La historia de la sociologia




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Utiliza cinco operaciones distintas: referir los actos, los hechos extraordinarios, las conductas similares a un conjunto que es a la vez campo de comparación, espacio de diferenciación y principio de una regla que seguir. Diferenciar a los individuos en función de esta regla de conjunto. Medir en términos cuantitativos y jerarquizar en términos de valor las capacidades, el nivel, la “naturaleza” de los individuos. Hacer que juegue, a través de esta medida “valorizante”, la coacción de una conformidad que realizar. La penalidad perfecta que atraviesa todos los puntos, y controla todos los instantes de las instituciones disciplinarias, compara, diferencia, jerarquiza, homogeniza, excluye. En una palabra, normaliza.

Se opone, por tanto, a una penalidad judicial, que tiene por función esencial la de referirse, no a fenómenos observables, sino a un corpus de leyes y de textos; no la de diferenciar a unos individuos, sino de especificar unos actos bajo cierto número de categorías generales; no la de jerarquizar sino la de hacer jugar pura y simplemente la oposición binaria de lo permitido y de lo prohibido; no la de homogenizar, sino la de operar la división de la condena. Los dispositivos disciplinarios han secretado una “penalidad de la norma”, irreductible a la penalidad tradicional de la ley. Las disciplinas han fabricado un nuevo funcionamiento punitivo, y es éste el que poco a poco ha revestido el gran aparato exterior que parecía reproducir modesta o irónicamente. El funcionamiento jurídico-antropológico que se revela en toda la historia de la penalidad moderna tiene su punto de formación en la técnica disciplinaria que ha hecho jugar esos nuevos mecanismos de sanción normalizadora.

Aparece el poder de la Norma, que desde el S XVIII se ha agregado a otros poderes obligándolos a nuevas delimitaciones, el de la Ley, el de la Palabra y del Texto, el de la Tradición. Lo Normal se establece como principio de coerción en la enseñanza con la instauración de una educación estandarizada y el establecimiento de las escuelas normales; en el esfuerzo por organizar un cuerpo médico y un encuadramiento hospitalario capaces de hacer funcionar unas normas generales de salubridad. Como la vigilancia, y con ella la normalización, se torna uno de los grandes instrumentos de poder al final de la época clásica. El poder de normalización obliga a la homogeneidad; pero individualiza al permitir las desviaciones, determinar los niveles, fijar las especialidades y hacer útiles las diferencias ajustando unas a otras. El poder de la norma en el interior de una homogeneidad que es la regla, introduce, como un imperativo útil y el resultado de una medida, las diferencias individuales.

EL EXAMEN

El examen combina las técnicas de la jerarquía que vigila y las de la sanción que normaliza. Es una mirada normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y castigar. En todos los dispositivos de disciplina el examen se halla altamente ritualizado. Manifiesta el sometimiento de aquellos que están sometidos. La superposición de las relaciones de poder y de las relaciones de saber adquiere en el examen toda su notoriedad visible.

 


Una de las condiciones esenciales para el desbloqueo epistemológico de la medicina a fines del S XVIII fue la organización del hospital como aparato de “examinar”. El ritual de la visita médica es su forma más llamativa. Una observación regular que pone al enfermo en situación de examen. Dos consecuencias: en la jerarquía interna, el médico, elemento ahora externo, comienza a adquirir preminencia sobre el personal religioso. Aparece la categoría del “enfermero”. El hospital bien “disciplinado” constituirá el lugar adecuado de la “disciplina” médica; ésta podrá entonces perder su carácter textual, y tomar sus referencias en un dominio de objetos ofrecidos al examen.

De la misma manera, la escuela pasa a ser una especie de aparato de examen ininterrumpido que acompaña en toda su longitud la operación de enseñanza. Se tratará de una comparación perpetua que permite medir y sancionar. El examen en la escuela crea un constante intercambio de saberes entre el maestro y el discípulo. La escuela pasa a ser el lugar de elaboración de la pedagogía. Y así como el procedimiento del examen hospitalario ha permitido el desbloqueo epistemológico de la medicina, la época de la escuela “examinatoria” ha marcado el comienzo de una pedagogía que funciona como ciencia.

 

 

 

El examen lleva consigo todo un mecanismo que une cierta forma de ejercicio del poder con cierto tipo de formación de saber.

1) El examen invierte la economía de la visibilidad en el ejercicio del poder. Tradicionalmente, el poder es lo que se ve. Aquellos sobre quienes se ejerce pueden mantenerse en la sombra. En cuanto al poder disciplinario, se ejerce haciéndose invisible, pero imponiendo a aquellos a quienes somete un principio de visibilidad obligatorio. En la disciplina, son los sometidos los que tienen que ser vistos para garantizar el dominio del poder que se ejerce sobre ellos. Y el examen es la técnica por la cual el poder, en lugar de emitir los signos de  su potencia, en lugar de imponer su marca a sus sometidos, mantiene a éstos en un mecanismo de objetivación. En el espacio que domina, el poder disciplinario manifiesta su poderío acondicionando objetos. El examen equivale a la ceremonia de esta objetivación.

Hasta aquí el papel de la ceremonia política había sido dar lugar a la manifestación excesiva y regulada de poder. La ceremonia se aparejaba siempre al triunfo. En cuanto a la disciplina, tiene su propio tipo de ceremonia: el “desfile”, forma fastuosa de examen. Los “súbditos” son ofrecidos en él como “objetos” a la observación de un poder que no se manifiesta sino tan sólo por su mirada. No reciben directamente la imagen del poder soberano. La visibilidad apenas soportable del monarca se vuelve visibilidad inevitable de los súbditos. Y esta inversión de visibilidad en el funcionamiento de las disciplinas es lo que garantizará el ejercicio del poder. Entramos en la época del examen infinito y de la observación coactiva.

2) El examen hace entrar también la individualidad en un cambio documental. El examen que coloca a los individuos en un campo de vigilancia los sitúa igualmente en documentos que los captan y los inmovilizan. Los procedimientos de examen han sido inmediatamente acompañados de un sistema de registro intenso y de acumulación documental. Constitúyese un “poder de escritura” como una pieza esencial en los engranajes de la disciplina. Se modela sobre todo de acuerdo con los métodos tradicionales de la documentación administrativa, pero con técnicas particulares e innovaciones. Unas conciernen a los métodos de identificación, de señalización o de descripción.  Era el problema de los hospitales, donde había que reconocer a los enfermos, expulsar a los simuladores, seguir la evolución de las enfermedades, verificar la eficacia de los tratamientos. Era el problema de los establecimientos de enseñanza, donde había que caracterizar la aptitud de cada cual, situar su nivel y su capacidad.

 

 

 

De ahí la formación de toda una serie de códigos de la individualidad disciplinaria que permiten transcribir homogeneizando los rasgos individuales establecidos por el examen: código físico de la señalización, código médico de los síntomas, código escolar o militar de las conductas. Estos códigos marcan el momento de una “formalización” inicial de lo individual en el interior de las relaciones de poder.

Las otras innovaciones de la escritura disciplinaria conciernen la puesta en correlación de estos elementos, la acumulación de los documentos, la organización de campos comparativos que permiten clasificar, fijar normas. Los hospitales del S XVIII han sido grandes laboratorios para los métodos escriturarios y documentales. Entre las condiciones fundamentales de una buena “disciplina” médica en los dos sentidos de la palabra, hay que tener en cuenta los procedimientos de escritura que permiten integrar, los datos individuales en sistemas acumulativos, para que se pueda encontrar un individuo en un registro general y para que cada dato del examen individual pueda repercutir en los cálculos de conjunto.

Gracias a todo este aparato de escritura que lo acompaña, el examen abre dos posibilidades correlativas:

  • la constitución del individuo como objeto descriptible, analizable; en modo alguno para reducirlo a rasgos “específicos” como hacen los naturalistas con los seres vivos, sino para mantenerlo en sus rasgos singulares bajo la mirada de un saber permanente;

  • la constitución de un sistema comparativo que permite la medida de fenómenos globales, la descripción de grupos, la caracterización de hechos colectivos, la estimación de las desviaciones.

Esas pequeñas técnicas de notación, de registro, que han permitido el desbloqueo epistemológico de las ciencias del individuo. Pero está el pequeño problema histórico de la emergencia, a fines del S XVIII, de lo que se podría colocar bajo la sigla de ciencias “clínicas”; problema de la entrada del individuo (y no ya de la especie) en el campo del saber; problema de la entrada de la descripción singular en el funcionamiento general del discurso científico. A esta simple cuestión corresponde una respuesta sin grandeza: hay que mirar del lado de esos procedimientos de escritura y registro, del lado de los mecanismos de examen, del lado de la formación de los dispositivos de disciplina, y de la formación de un nuevo tipo de poder sobre los cuerpos. ¿El nacimiento de las ciencias del hombre? Hay que buscarlo en esos archivos donde se elaboró el juego moderno de las coerciones sobre cuerpos, gestos, comportamientos.

3) El examen, rodeado de todas sus técnicas documentales, hace de cada individuo un “caso”: un caso que constituye un objeto para un conocimiento y una presa para un poder. El caso es el individuo tal como se lo puede juzgar, medir, comparar y esto en su individualidad misma; y es también el individuo cuya conducta hay que encauzar, a quien hay que clasificar, normalizar, excluir, etc.

Durante mucho tiempo la crónica de un hombre, el relato de su vida, relatada al hilo de su existencia formaban parte de los rituales de poderío. Ahora bien, los procedimientos disciplinarios invierten esa relación, rebajan el umbral de la individualidad descriptible, haciendo de esta descripción un medio de control y un método de dominación. No ya monumento para una memoria futura, sino documento para una utilización eventual. Y esta descriptibilidad nueva es tanto más marcada cuanto que el encuadramiento disciplinario es estricto: el niño, el enfermo, el loco, el condenado pasarán a ser a partir del S XVIII objeto de decisiones individuales y de relatos biográficos. Esta consignación por escrito de las existencias reales funciona como procedimiento de objetivación y de sometimiento.
El examen indica la aparición de una modalidad nueva de poder en la que cada cual recibe como estatuto su propia individualidad, y en la que es estatutariamente vinculado a los rasgos, medidas, desvíos que lo caracterizan y hacen de él un “caso”.

Finalmente, el examen se halla en el centro de los procedimientos que constituyen el individuo como objeto y efecto de poder, como efecto y objeto de saber. Combinando vigilancia jerárquica y sanción normalizadora, garantiza  las grandes funciones disciplinarias de distribución y de clasificación, de extracción máxima de las fuerzas y del tiempo, de acumulación genética continua, de composición óptima de las aptitudes. Por lo tanto, de fabricación de la individualidad celular, orgánica, genética y combinatoria. Con él se ritualizan esas disciplinas que se pueden caracterizar diciendo que son una modalidad de poder para el que la diferencia individual es pertinenete.

Las disciplinas marcan el momento en que se efectúa la inversión del eje político de la individualización. En sociedades con régimen feudal la individualización es máxima del lado en que se ejerce la soberanía y en las regiones superiores del poder. Cuanto mayor cantidad de poderío más marcado se está como individuo: una individualización “ascendente”. En cambio, en un régimen disciplinario la individualización es en cambio “descendente”: a medida que el poder se vuelve más anónimo y más funcional, aquellos sobre los que se ejerce tienden a estar más fuertemente individualizados; y por vigilancias más que por ceremonias, por observaciones más que por relatos conmemorativos, por medidas comparativas que tienen la “norma” por referencia, y no por genealogías que dan los antepasados como punto de mira; por “desviaciones” más que por hechos señalados. En un sistema de disciplina, el niño está más individualizado que el adulto, el enfermo más que el hombre sano, el loco  más que el normal. Es hacia los primeros a los que se dirigen en nuestra civilización todos los mecanismos individualizantes; y cuando se quiere individualizar al adulto sano es siempre buscando lo que hay en él todavía de niño, la locura secreta que lo habita, el crimen fundamental que ha querido cometer. Todas las ciencias, análisis o prácticas con raíz “psico-” tienen su lugar en esta inversión histórica de los procedimientos de individualización.

El individuo es el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la sociedad; pero es también una realidad fabricada por esa tecnología específica de poder que se llama la “disciplina”. Hay que cesar de describir siempre los efectos de poder en términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “oculta”. De hecho, el poder produce; produce realidad; produce ámbitos  de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción.










III. PANOPTISMO


Fines del SD. XVIII; medidas q’ había q’ adoptar cuando se declaraba la peste: Una estricta división espacial, privación de salir de la zona bajo pena de la vida; división de la ciudad en secciones distintas; cada calle queda bajo la autoridad de un sindico; se ordena a cada cual q’ se encierre en su casa; el sindico cierra personalmente cada casa; cuando es preciso en absoluto salir de la casa se hace por turno y evitando todo encuentro. Hay un espacio petrificado, inmóvil. Cada cual esta pegado a su puesto, y si se mueve, le va con ello la vida, contagio o castigo.

 

La inspección (vigilancia) funciona sin cesar, la mirada esta por doquier en movimiento. Un cuerpo de milicia, en las puertas, en el ayuntamiento y en todas las secciones.  Cada cual encerrado en su jaula, asomándose a la ventana y mostrándose cuando se lo llama, es la gran revista de los vivos y de los muertos.

Esta vigilancia es apoyada por un sistema de registro permanente (informe de los síndicos a los intendentes); al comienzo del “encierro”, se establece, uno por uno, el papel de todos los vecinos presentes en la ciudad. De todo lo q’ se advierte en el curso de las visitas, se toma nota y se transmite a los intendentes y magistrados. Estos tiene autoridad sobre los cuidados médicos de las persona. El registro de lo patológico debe ser constante y centralizado. La relación de cada cual con su enfermedad y su muerte pasa por las instancias de poder, el registro a q’ estas la someten y las decisiones q’ toman.

Cinco o seis días después del comienzo de la cuarentena se procede con la purificación de las casa.

Este espacio cerrado, recortado, vigilado, en todos sus puntos, en el q’ los individuos están insertos en un lugar fijo, en los q’ los menores movimientos se hallan controlados [...] en el q’ el poder se ejerce de acuerdo con una figura jerárquica [...] constituye un modelo compacto del dispositivo disciplinario. A la peste responde el orden. Contra la peste q’ es mezcla, la disciplina hace valer su poder q’ es análisis. La peste como forma a la vez real e imaginaria del desorden tiene como correlato medico y político la disciplina.

 

 

 

Si bien la lepra a suscitado rituales de exclusión y encierro, la peste ha suscitado esquemas disciplinarios. Más q’ la división masiva y binaria entre los unos y los otros,  apela a separaciones múltiples, a distribuciones individualizantes, a una organización en profundidades de las vigilancias y de los controles, a una intensificación y ramificación del poder. El leprosos esta prendido en una práctica del rechazo, del exilio-clausura. El gran encierro de una parte, el gran encauzamiento de la conducta por la otra. La lepra y su división, la peste y su reticulado. La una esta marcada, al otra analizada, y repartida. El exilio del leproso y la detención de la peste  no llevan con sigo el mismo sueño político. El uno es el de una comunidad pura, el otro el de una sociedad disciplinada. Dos maneras diferentes de ejercer el poder sobre los hombres.

La peste es la prueba en le curso de la cual se puede definir idealmente el ejercicio del poder disciplinario. En le fondo de los esquemas disciplinarios la imagen de la peste vale por todas las confusiones y  desordenes; del mismo modo que la imagen de la lepra, del contacto que cortar, se halla en el fondo de los esquemas de exclusión.
Lentamente, se le ve aproximarse, y corresponde al S XiX haber aplicado al espacio de la exclusión cuyo habitante simbólico era el leproso, la técnica del poder propia del reticulado disciplinario. Tratar a los “leprosos” como  “apestados”; servirse de los procedimientos de individualización para marcar exclusiones – esto es lo que ha sido llevado a cabo regularmente por el poder disciplinario desde los comienzos del S XIX.

Todas las instancias de control individual funcionan de doble modo: el de la división binaria y la marcación; y el de la marcación coercitiva, la distribución diferencial. De una lado, se “apesta” a los leprosos; se impone a los excluidos la táctica de las disciplinas individualizantes; y, de otra parte, la universalidad de los controles disciplinarios permite marcar quien es “leproso” y hacer jugar contra él los mecanismos dualistas de la exclusión.

El Panóptico de Bentham es la figura arquitectónica de esta composición. Es una construcción en forma de anillo, tiene en el centro una torre con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. Esta dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción; estas tiene dos ventanas,  una que da al interior (correspondientes a las ventanas de la torre) y la otra que da al exterior permite que la luz atraviese la celda. Basta con situar un vigilante en la torre y en cada celda un loco, un enfermo, un condenado, etc. Se recorta sobre la luz las pequeñas siluetas cautivas en cada celda de la periferia. El dispositivo panóptico dispone unas unidades espaciales que permiten ver sin cesar. La plena luz y la mirada de un vigilante captan mejor que la sombra, que en ultimo termino protegía. La visibilidad es una trampa.

Cada cual en su lugar, está bien encerrado. Es visto, pero él no ve, objeto de una información, jamás sujeto en una comunicación. La disposición de su aposento, frente a la torre central, le impone una visibilidad axial; peor las divisiones del anillo, las celdas bien separadas implican una invisibilidad lateral. Y está es garantía del orden (no hay peligros de revueltas ni de contagios). La multitud, masa compacta, lugar de intercambios múltiples, individualidades que se funden, efecto colectivo, se anula en beneficio de una colección de individualidades separadas.

 
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