La historia de la sociologia




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LA COMPOSICIÓN DE FUERZAS

Desde fines S XVII el problema técnico de la infantería ha sido el de liberarse del modelo físico de la masa. Se busca hacer útil a cada individuo y rentable la formación de las tropas. Pero estas razones económicas han llegado a ser determinantes a partir de la invención del fusil: permitía explotar la potencia de fuego al nivel individual; e inversamente, hacía de todo soldado un blanco posible, exigiendo por ello una mayor movilidad.

 


Ocasionaba, por tanto, la desaparición de una técnica de masas en provecho de las unidades y los hombres a lo largo de líneas prolongadas, relativamente flexibles y móviles. De ahí la necesidad de inventar una maquinaria cuyo principio no fuera ya la masa móvil o inmóvil, sino, una geometría de segmentos divisibles cuya unidad de base fuera el soldado móvil con su fusil.

Los mismos problemas cuando se trata de constituir una fuerza productiva cuyo efecto deba ser superior a la suma de las fuerzas elementales que la componen. “La fuerza productiva específica de la jornada laboral combinada es una fuerza productiva social de trabajo, o fuerza del trabajo social. Surge de la cooperación misma” (Marx).

Aparece así una exigencia nueva para la disciplina: construir una máquina cuyo efecto se llevará al máximo por la articulación concertada de las piezas elementales de que está compuesta. La disciplina no es ya simplemente un arte de distribuir cuerpos, de extraer de ellos y de acumular tiempo, sino de componer unas fuerzas para obtener un aparato eficaz. Esta exigencia se traduce de diversas maneras.

 

  1. El cuerpo singular se convierte en un elemento que se puede colocar, mover, articular sobre otros (combinación de los cuerpos). Su fuerza no es ya la variable principal que lo define, sino el lugar que ocupa, la regularidad. El hombre de tropa es un fragmento de espacio móvil, antes de ser una valentía o un honor. Reducción funcional del cuerpo, pero también inserción de este cuerpo-segmento en un conjunto sobre el cual se articula. El cuerpo se constituye como pieza de una máquina multisegmentaria.

  2. Piezas igualmente, las diversas series cronológicas que la disciplina debe combinar para formar un tiempo compuesto, de manera que la cantidad máxima de fuerzas pueda ser extraída de cada cual y combinada en un resultado óptimo. Ejemplo: se apela en los grandes talleres a niños y ancianos como mano de obra barata. También se ha comenzado por confiar a los escolares mayores tareas de simple vigilancia, después de control del trabajo, y más tarde de enseñanza: todo el tiempo de los alumnos ha quedado ocupado en enseñar o en ser enseñado, contribuyendo así al proceso general de enseñanza.

  3. Esta combinación cuidadosamente medida de las fuerzas exige un sistema preciso de mando. Toda la actividad del individuo disciplinado debe ser sostenida por órdenes terminantes cuya eficacia reposa en la brevedad y la claridad; la orden es precisa y basta que provoque el comportamiento deseado. Ejemplo: entre el maestro que impone la disciplina y aquel que le está sometido, la relación es de señalización: se trata no de comprender la orden, sino de percibir la señal. Situar los cuerpos en un mundo se señales a cada una de las cuales está adscrita una respuesta obligada. El soldado disciplinado comienza a obedecer mándesele lo que se le mande. La educación de los escolares debe hacerse de la misma manera: pocas palabras, ninguna educación. El alumno deberá aprender el código de señales y responder automáticamente a cada una de ellas.

En resumen, puede decirse que la disciplina fabrica a partir de los cuerpos que controla cuatro tipo de individualidad, o más bien, una individualidad dotada de cuatro características: es celular (por el juego de la distribución espacial), es orgánica (por el cifrado de las actividades), es genética (por la acumulación del tiempo), es combinatoria (por la composición de fuerzas). Y para ello utiliza cuatro grandes técnicas: construye cuadros; prescribe maniobras; impone ejercicios; en fin, para garantizar la combinación de las fuerzas, dispone “tácticas”. La táctica, arte de construir, con los cuerpos localizados, las actividades codificadas y las aptitudes formadas, unos aparatos donde el producto de las fuerzas diversas se encuentra aumentado por su combinación calculada, es la forma más elevada de la práctica disciplinaria. En este saber, los teóricos del S XVIII veían el fundamente general de la práctica militar.

Es posible que la guerra como estrategia sea la continuación de la política. La “política” ha sido la continuación del modelo militar como medio fundamental para prevenir la alteración civil. La política ha tratado de utilizar el dispositivo del ejército perfecto, de la masa disciplinada. Si hay una serie política-guerra que pasa por la estrategia, hay una serie ejército-política que pasa por la táctica. Es la estrategia la que permite comprender la guerra como una manera de conducir la política entre los Estados; es la táctica la que permite comprender el ejército como un principio para mantener la ausencia de guerra en la sociedad civil. Los historiadores de las ideas atribuyen fácilmente a filósofos y juristas del S XVIII el sueño de una sociedad perfecta; pero ha habido también un sueño militar de la sociedad; su referencia fundamental se hallaba no en el estado de naturaleza, sino en los engranajes cuidadosamente subordinados de una máquina, en las coerciones permanentes, en la educación y formación indefinidamente progresivos, no en la voluntad general, sino en la docilidad automática. Los militares y los técnicos de la disciplina, elaboraban los procedimientos para la coerción individual y colectiva de los cuerpos.

 

 

 

LOS MEDIOS DEL BUEN ENCAUZAMIENTO


El poder disciplinario tiene como función principal “enderezar conductas”. No encadena las fuerzas para reducirlas; lo hace para multiplicarlas y usarlas. Lleva sus procedimientos de descomposición hasta las singularidades. “Encauza” las multitudes móviles, confusas, inútiles de cuerpos y de fuerzas en una multiplicidad de elementos individuales –pequeñas células separadas, autonomías orgánicas, identidades y continuidades genéticas, segmentos combinatorios. La disciplina “fabrica” individuos como objetos y como instrumentos de su ejercicio. No es un poder triunfante, es un poder modesto que funciona según el modelo de una economía calculada y permanente.

 

Procedimientos menores, si se comparan con los rituales majestuosos de la soberanía o con los grandes aparatos del Estado. Y son ellos los que van a invadir poco a poco esas formas mayores, a modificar sus mecanismos y a imponer sus procedimientos. El éxito del poder disciplinario se debe al uso de instrumentos simples: la inspección jerárquica, la sanción normalizadora y su combinación en un procedimiento específico: el examen.

LA VIGILANCIA JERÁRQUICA

El ejercicio de la disciplina supone un aparato en el que las técnicas que permiten ver inducen efectos de poder y donde, de rechazo, los medios de coerción hacen visibles aquellos sobre quienes se aplican. En el transcurso de la época clásica, vemos construirse esos “observatorios” de la multiplicidad humana. Al lado de la gran tecnología de los anteojos, de las lentes, ha habido las pequeñas técnicas de las vigilancias múltiples, miradas ven sin ser vistas.

Estos observatorios tienen un modelo casi ideal: el campamento militar, como ciudad apresurada y artificial. El viejo y tradicional plano cuadrado ha sido afinado de acuerdo con innumerables esquemas. Se dibuja la red de las miradas que se controlan unas a otras. El campamento es el diagrama de un poder que actúa por el efecto de una visibilidad general. Durante mucho tiempo se encontrará en el urbanismo, en la construcción de ciudades obreras, de hospitales, de asilos, de prisiones, este modelo del campamento o al menos el principio subyacente: el encaje espacial de las vigilancias jerarquizadas.

Una arquitectura que ya no está hecha simplemente para ser vista, sino para permitir un control interior, articulado y detallado. El viejo esquema simple del encierro y de la clausura –del muro grueso, de la puerta sólida– comienza a ser sustituido por el cálculo de las aberturas, de los pasos y de las trasparencias. Así se organiza poco a poco el hospital-edificio como instrumento de acción médica: debe permitir observar bien a los enfermos, debe impedir los contagios. El hospital ya no simplemente como lugar para la miseria y la muerte cercana, sino como operador terapéutico. Igualmente la escuela-edificio debe ser un operador de encauzamiento de la conducta (ej. de la escuela militar). Las instituciones disciplinarias han secretado una maquinaria de control que ha funcionado como un microscopio de la conducta; las divisiones tenues y analíticas que han realizado han llegado a formar un aparato de observación, de registro y de encauzamiento de la conducta.

 

El aparato disciplinario perfecto permitiría a una sola mirada verlo todo permanentemente: ojo al cual nada se sustrae y centro hacia el cual están vueltas todas las miradas.

Necesita descomponer sus instancias, pero para aumentar su función productora. Especificar la vigilancia y hacerla funcional. Es el problema de los grandes talleres y fábricas, donde se organiza un nuevo tipo de vigilancia, diferente del que en los regímenes de las manufacturas realizaban desde el exterior los inspectores. Se trata ahora de un control intenso, continuo, a lo largo de todo el proceso de trabajo; no recae solamente sobre la producción, sino que toma en cuenta la actividad de los hombres, distinta del control doméstico del amo, ya que se efectúa por empleados, vigilantes, contralores y contramaestres. A medida que aumentan el número de obreros y la división del trabajo, las tareas de control se hacen más necesarias y más difíciles. Vigilar pasa a ser una función definida, integrante del proceso de producción. Se hace indispensable un personal especializado, constantemente presente y distintos de los obreros La vigilancia pasa a ser un operador económico decisivo, a la vez una pieza interna en el aparato de producción y un engranaje del poder disciplinario.

El mismo movimiento en la organización de la enseñanza elemental: especificación de la vigilancia. Se da por ej. el esbozo de una institución de tipo “de enseñanza mutua”, donde están integrados en el interior de un dispositivo único tres procedimientos: la enseñanza propiamente dicha, la adquisición de conocimientos por la actividad pedagógica, y una observación recíproca y jerarquizada. Encontramos en el corazón de la práctica de enseñanza una relación de vigilancia como mecanismo inherente que multiplica su eficacia.

 

La vigilancia jerarquizada, continua y funcional, no es una de las grandes “invenciones” técnicas del S XVIII, pero su extensión debe su importancia a las nuevas mecánicas de poder que lleva consigo. El poder disciplinario, gracias a ella, se convierte en un sistema “integrado” vinculado del interior a la economía y a los fines del dispositivo en que se ejerce. Se organiza también como poder múltiple, automático y anónimo; su funcionamiento es el de un sistema de relaciones de arriba abajo, pero también de abajo arriba y lateralmente (en redes): vigilantes perpetuamente vigilados. El poder en la vigilancia jerarquizada de las disciplinas  no se transfiere como una propiedad; funciona  como una maquinaria. La organización piramidal le da un “jefe”, pero es el aparato entero el que produce “poder” y distribuye los individuos en ese campo continuo. Lo cual permite al poder disciplinario ser indiscreto, siempre alerta, no dejando ninguna zona de sombra y controlando a aquellos mismos que están encargados de controlarlo; y discreto ya que funciona en silencio. Gracias a las técnicas de vigilancia, la “física” del poder, el dominio sobre el cuerpo se efectúan de acuerdo con las leyes de la óptica y de la mecánica, con todo un juego de espacios, líneas, pantallas, y sin recurrir, en principio al menos, a la violencia.

SANCIÓN NORMALIZADORA

  1. En el centro de todo sistema disciplinario funciona un pequeño mecanismo penal. Las disciplinas establecen una “infra-penalidad”; reticulan un espacio que las leyes dejan vacío al reprimir conductas que su relativa indiferencia hacía sustraerse a los grandes sistemas de castigo. En el taller, en la escuela, en el ejército, reina una verdadera micropenalidad del tiempo (retrasos, ausencias, interrupciones de tareas), de la actividad (falta de atención, descuido), de la manera de ser (descortesía, desobediencia), de la palabra (charla, insolencia), del cuerpo (actitudes “incorrectas”, gestos impertinentes, suciedad), de la sexualidad (falta de recato, indecencia). Al mismo tiempo se utiliza, como castigos, una serie de procedimientos sutiles, que van desde el castigo físico leve, a privaciones menores y a pequeñas humillaciones. Se trata de hacer penables las fracciones más pequeñas de la conducta, que cada sujeto se encuentre prendido en una universalidad castigable-castigante.

  2. Pero la disciplina lleva consigo una manera específica de castigar, y que no es únicamente un modelo reducido del tribunal. Lo que compete a la penalidad disciplinaria es la inobservancia, todo lo que no se ajusta a la regla: el soldado comete una “falta” siempre que no alcanza el nivel requerido; la “falta” del alumno es una ineptitud para cumplir sus tareas.
    El orden que los castigos disciplinarios deben hacer respetar es de índole mixta: es un orden “artificial”, dispuesto por una ley, un reglamento, pero también definido por procesos naturales y observables: la duración de un aprendizaje, el tiempo de un ejercicio, que es también una regla. Los alumnos de las escuelas no son colocados ante una “lección” de la que no son todavía capaces.

  3. El castigo disciplinario tiene por función ser correctivo, reduciendo las desviaciones. Al lado de los castigos tomados directamente del modelo judicial (multas, látigo, calabozo), los sistemas disciplinarios dan privilegio a los castigos del orden del ejercicio –del aprendizaje intensificado, varias veces repetido. El castigo disciplinario es en buena parte isomorfo a la obligación misma; es menos la venganza de la ley ultrajada que su repetición. El efecto correctivo esperado pasa accesoriamente por la expiación y el arrepentimiento; se obtienen directamente por el mecanismo de un encauzamiento de la conducta. Castigar es ejercitar.

  4. El castigo disciplinario es un elemento de un sistema doble: gratificación-sanción. “El maestro debe evitar usar de castigos; por el contrario, debe tratar de hacer que las recompensas sean más frecuentes que las penas” (de un reglamento escolar de 1716). Este mecanismo de dos elementos permite cierto número de operaciones características de la penalidad disciplinaria. La calificación de las conductas y de las cualidades a partir de dos valores opuestos del bien y del mal; se tiene una distribución entre polo positivo y polo negativo; toda la conducta cae en el campo de las buenas y de las malas notas, de los buenos y de los malos puntos. Una contabilidad penal permite obtener el balance punitivo de cada cual. La “justicia” escolar ha llevado muy lejos este sistema. Y así los aparatos disciplinarios jerarquizan a las “buenas” y a las “malas” personas. La disciplina, al sancionar los actos con exactitud, calibra los individuos “en verdad”.

  5. La distribución según los rangos o los grados tiene un doble papel: señalar las desviaciones, jerarquizar las cualidades, competencias y aptitudes; pero también castigar y recompensar. La disciplina recompensa por los ascensos; castiga haciendo retroceder y degradando. El rango por sí mismo equivale a recompensa o castigo. Un ejemplo en una escuela militar muestra el doble efecto de esta penalidad jerarquizante: distribuir los alumnos de acuerdo con sus aptitudes y su conducta; someterlos todos al mismo modelo, para que estén obligados todos juntos a la docilidad.

En suma, el arte de castigar, en el régimen del poder disciplinario no tiende ni a la expiación ni a la represión.



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