Investigación de los enigmas que han planteado a la




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títuloInvestigación de los enigmas que han planteado a la
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fecha de publicación04.02.2016
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J. J. Benítez

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El hombre pareció conforme y desapareció corredor adelante, mientras yo volvía a colgar el

cartel de No molesten.

Me vestí en segundos, pellizqué uno de los panecillos y cargué con la bolsa de las cámaras,

en cuyo fondo había depositado los cartuchos de cartón y la carta del mayor. Mi reloj señalaba

las 14.45.

Tras asegurarme que la puerta de mi habitación quedaba perfectamente cerrada, guardé la

llave y, como un fantasma, salvé los treinta pasos escasos que me separaban de la salida de

urgencia. Al cerrarla tras de mí dediqué unos segundos a una exhaustiva exploración de la calle

y de los tramos que debía descender. Todo se hallaba tranquilo.

Sin perder un minuto más, me precipité escaleras abajo, procurando pisar con las puntas de

las botas. Al alcanzar el penúltimo descansillo me detuve. El corazón no me cabía en el pecho...

Lancé una ojeada y, tras comprobar que el camino seguía expedito, continué con un exceso de

optimismo. Y hago esta observación porque, al encararme con los últimos peldaños, a punto

estuve de romperme la crisma. Yo no había contado con un pequeño-gran obstáculo: la

escalera de incendios moría a una considerable altura sobre el suelo.

Me asomé y comprendí con angustia que, sí pretendía mantener mi fuga, primero debería

saltar aquellos dos o tres metros. (La verdad es que nunca supe con certeza a qué distancia me

hallaba del pavimento.) Tenía que actuar con rapidez: o regresaba a la sexta planta o me

lanzaba. Mi posición al final de aquella escalera de incendios era francamente comprometida.

Cualquier viandante que acertara a pasar en aquellos instantes podía descubrirme.

Tragué saliva y pegué la bolsa a mi vientre, rodeándola con ambos brazos. Después, en un

acto de pura inconsciencia, salté.

A pesar de la flexión de piernas, el golpe fue respetable. En mi afán por proteger el equipo

fotográfico, me incliné en exceso hacia un costado, rodando cuan largo soy por el duro

cemento.

Pocas veces me he incorporado a tanta velocidad. Mi única preocupación -la verdad sea

dicha era que alguien hubiera podido verme saltar. Pero la fortuna parecía aún de mi lado. La

callejuela seguía solitaria. Limpié la zamarra con un par de palmetazos y salí pitando hacia el

cruce que se adivinaba al fondo. Si todo funcionaba como yo deseaba, al otro lado de la

manzana y en dirección opuesta a la que yo había tomado, debería continuar el turismo del FBI.

Veinte minutos más tarde -cuando mi reloj estaba a punto de señalar las tres y media- un

taxi me situaba en el Memorial Drive, a las puertas mismas del cementerio.

Aunque en mi rápido desplazamiento hasta Arlinglon yo no habla apreciado -a pesar de mis

constantes miradas hacia atrás- que nos siguiera el temido vehículo azul, en esta nueva visita

al cementerio de los héroes norteamericanos evité el ingreso por la puerta principal. Caminé

por el paseo de Schley y a los cinco minutos me presenté ante el mostrador del Temporary

Visitors Center.

Sinceramente, mientras le explicaba a una de las funcionarias que mi propósito era localizar

la tumba de un viejo amigo, mis esperanzas -a la vista de los escasos datos que poseía- no

eran muy sólidas. La mujer tomó nota del nombre y apellidos, así como del año del supuesto

fallecimiento (1977), y sin más, como si aquella consulta fuera una de tantas, dio media vuelta

y se dirigió a un monitor de televisión, situado a la izquierda de la sala. Le vi teclear y a los

pocos segundos en la pantalla del terminal del ordenador surgieron unos signos y palabras de

color verde que no alcancé a descifrar. Acto seguido, la funcionaria tomó uno de los pequeños

mapas que yo ya conocía y escribió en rojo el primer apellido y el nombre de «mi amigo» y en

la línea inferior, en negro y en los espacios destinados a la grave (tumba) y a la section

(sección), los números correspondientes a cada una de ellas.

-¿Conoce el cementerio? -me preguntó.

-No mucho...

-Bien, es fácil -añadió con su tono monótono-. Nosotros estamos aquí

Con el rotulador rojo marcó el Temporary Visitors Center y a continuación trazó una línea

sobre el paseo de L'Enfant y de Lincoln. Con una precisión que me dejó estupefacto señaló un

punto en la sección 43, concluyendo:

-Aquí hallará la lápida. Si va a pie son diez minutos...

-Muchas gracias.

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Es posible que la señorita interpretara aquel agradecimiento y mí larga sonrisa como un

sentimiento lógico al poder ubicar tan rápidamente a la persona que buscaba. Pero los tiros

iban en otra dirección...

Mientras caminaba hacia el punto indicado en el plano, mi excitación fue en aumento. El

hecho de que la computadora de Arlington hubiera respondido afirmativamente -declarando que

allí, en efecto, había sido sepultado el «hermano» del mayor-, me había hecho vibrar de

emoción, olvidando momentáneamente mis pasados sinsabores.

En el cruce de L'Enfant Drive con el Lincoln Drive me detuve. Si las indicaciones de la

funcionaria no estaban equivocadas, debía encontrarme a poco más de 300 metros de la

sepultura. Al repasar el mapa advertí otro detalle que precipitó mi alegría: ¡las coordenadas 44

y W confluían matemáticamente en aquella área de la sección 43! Esto despejaba la primera

parte de la cuarta frase de la clave del mayor: El hermano duerme en 44-W.

El pequeño sendero asfaltado me condujo hasta una pradera en la que se alineaban cientos

de lápidas blancas, de apenas medio metro de altura. Consulté el número de la tumba y, tras

varios paseos por el cuidado césped, el nombre y apellidos del también oficial de la USAF

surgieron ante mí casi como un milagro.

Una pequeña cruz encerrada en un circulo, había sido grabada -como en el resto de las

sepulturas de Arlington-, en la parte superior de la piedra. Debajo, la identidad del fallecido, su

graduación, el Ejército al que había pertenecido y las fechas de su nacimiento y muerte,

respectivamente. Eso era todo.

Sentí una mezcla de rabia y tristeza. Aquel hombre, al igual que mi viejo amigo, el mayor,

había sido inhumado sin una sola alusión a la fascinante misión que había llevado a cabo en

vida. Y lo peor es que su propio país -al menos los servicios de Inteligencia- estaba empeñado

en que dicho «viaje» siguiera clasificado como «secreto y confidencial»...

En el horizonte, difuminado entre el verde, el amarillo y el rojo de los árboles del Cementerio

Nacional, el blanco monolito erigido a la memoria del primer presidente de los Estados Unidos

señalaba paradójicamente a los cielos...

Me arrodillé y juré que lucharía hasta el final. Nada ni nadie me detendría ante aquel

compromiso de difundir el legado de aquellos hombres.

A las cuatro y media, después de fotografiar la lápida, y cuando me disponía a retirarme,

una sombra me sobresaltó. Parte de la inscripción había empezado a oscurecerse. Levanté la

vista y reparé en un arbolillo. ¡Era un níspero!

La sombra del níspero -recordé la última parte de la cuarta frase del mensaje del mayor- le

cubre al atardecer.

Quedé absorto, contemplando cómo la cimbreante sombra de aquel humilde compañero de

soledad iba robando la luz de la piedra, segundo a segundo. Al observar la pradera caí en la

cuenta que aquél era el único árbol que crecía junto a esta sección del camposanto. Ya no había

duda: la clave estaba resuelta.

Recogí algunas de las níspolas que habían caído sobre el césped y las guardé en mi bolsa.

Por último, corté una pequeña rama y la deposité al píe de la lápida.

Poco a poco, con un sol moribundo a mis espaldas, fui alejándome de aquel lugar. No he

vuelto a ver el frágil níspero de hojas verdes y diminutas que acompaña al héroe

norteamericano, pero ambos sabemos que aquella tarde, parte de mi corazón quedó en

Arlington.

En mi plan original de fuga yo no había previsto, ni mucho menos, que el regreso fuese

precisamente por la puerta principal del hotel. Ahora que lo pienso con una cierta perspectiva,

de haber sabido entonces que no existía posibilidad de acceso desde la callejuela posterior a la

escalera de incendios, lo más seguro es que no me hubiera jugado el todo por el todo por

aquella innecesaria comprobación en el Cementerio Nacional de Arlington. Pero ya no podía

echarme atrás. Soy hombre que acepta los riesgos y, además, encantado.

El crepúsculo había empezado a adormilar los colores de la gran ciudad cuando el taxi se

detuvo frente a la puerta giratoria de mi hotel. Mientras abonaba la carrera, respiré aliviado al

reconocer frente a mí, a una veintena de pasos, el turismo de mis perseverantes guardianes. O

mucho me equivocaba, o aquellos individuos me creían durmiendo a pierna suelta. Pronto iba a

comprobarlo...

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Salté del taxi y crucé la acera, mirando de reojo hacia mi izquierda. Aunque fue cuestión de

segundos, pude percibir cómo uno -el que permanecía al volante- se agitaba, tocando con

precipitación el hombro de su compinche, que se hallaba leen o un periódico. No sé qué pudo

suceder después. Me colé en el hall como una exhalación, evitando el ascensor. Gracias al cielo,

el recepcionista se encontraba de espaldas y presumo que no me vio desaparecer escaleras

arriba.

Jadeando y maldiciendo el tabaco irrumpí en mi habitación, en el momento preciso en que

sonaba el teléfono. Traté de recobrar el pulso y lo dejé sonar un par de veces. Al descolgarlo

reconocí la voz del recepcionista:

Disculpe, señor -anunció el empleado en un tono muy poco convincente-, ¿me dijo usted que

le llamara a las cinco y media o a las seis y media...?

Me dieron ganas de ponerle como un trapo. Pero disimulé, dando por sentado que junto al

recepcionista debía encontrarse alguno de los agentes, sino los dos...

-A las seis y media, por favor -respondí con voz seca y cortante.

-Disculpe, señor... Ha sido un error.

Acepté las disculpas y, por lo que pudiera ocurrir, me desnudé, dando buena cuenta del

olvidado almuerzo. Eran las cinco y media de la tarde. Si el FBI tragaba el cebo y estimaba que

todo había sido una confusión y que yo no me había movido para nada de mi habitación, quizá

aquellas últimas horas en Washington no fueran demasiado difíciles. Pero, ¿y si no era así?

Había que salir de dudas.

Y empecé a maquinar un nuevo plan. Era necesario que averiguase hasta qué punto creían

en mis palabras...

Mi preocupación, como es fácil adivinar, estaba centrada en los documentos. Tenía que

ponerlos a salvo a cualquier precio. Pero, ¿cómo? Pasé más de media hora reconociendo y

explorando hasta el último rincón de la habitación. Sin embargo, ninguno de los posibles

escondites me pareció lo suficientemente seguro. Llegué, incluso, a desenroscar la alcachofa de

la ducha, considerando la posibilidad de enrollar y ocultar parte del diario del mayor en el tubo

que sobresalía algo más de 35 centímetros de la pared del baño. Gracias a Dios, el instinto o la

intuición -o ambos a un mismo tiempo- me hicieron recelar y, finalmente, me decidí por la

solución más simple... y arriesgada. Perforé cuidadosamente el segundo cilindro y extraje otro

paquete de folios, igualmente protegido en una funda de plástico transparente y

minuciosamente grapada.

Arrojé todas las grapas en el interior de la botella de vino, que había quedado medio vacía, y

con la ayuda de varias tiras de cinta adhesiva, sujeté ambos mazos de folios a mi pecho y

espalda, respectivamente.

Después me vestí cuidadosamente, procediendo a rellenar los cartuchos de cartón con rollos

de fotografía, aún sin estrenar. Los deposité en el fondo de la bolsa de las cámaras y retiré las

películas de ambas máquinas, sustituyéndolas por otras, aún vírgenes.

Mi propósito era salir del hotel, a cuerpo descubierto y dejar el campo libre a los tipos del

FBI. Corría el gravísimo peligro de que, en lugar de registrar mi habitación, optaran por

seguirme y cachearme. En este segundo supuesto, los documentos habrían volado en cuestión

de minutos.. En previsión de que esa delicada circunstancia llegara a hacerse realidad, guardé

los rollos de TRI-X y de diapositivas que había obtenido en mi reciente investigación en México,

así como las imágenes de Arlington, en los bolsillos de la zamarra y del pantalón. «En caso de

registro -pensé- siempre es mejor que localicen primero las películas. Quizá se den por

satisfechos y se olviden del resto...»

No es que aquella estratagema me convenciera excesivamente pero, ¿qué otra cosa podía

hacer?

Corté las colas de las películas de una decena de rollos, todavía sin emplear, y los alineé

sobre el reducido escritorio, simulando que se trataba del fruto de mi trabajo gráfico en

aquellos últimos días.

A las seis y quince minutos tomé una hoja de papel, con el membrete del hotel, y escribí con

trazos descuidados:

Viernes (6-XI-81)... llamar a D. Garrón a las 13 horas (teléfono 6525783).

Caballo de Troya

J. J. Benítez

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Rasgué la hoja en trozos pequeños y los dejé caer en la papelera metálica, separando

previamente uno de los cuadraditos de papel en el que podía leerse el siguiente fragmento:

éfono 6525. Deposité esta parte del escrito en el suelo de la habitación, muy cerca de la

papelera, como si en la maniobra -al lanzar los papeles-, uno de ellos hubiera caído fuera del

recinto.

Después vacié uno de los ceniceros en la citada papelera y procedí a desordenar la cama,

arrugando minuciosamente las sábanas.

A las seis y treinta, tal y como esperaba, sonó el teléfono. El empleado, en un tono mucho

más amable, me recordó la hora.

-Muchas gracias -repuse, aprovechando la oportunidad para rematar mi plan-. Por cierto,

quisiera ir al cine... ¿Sabe si hay alguno por aquí cerca?

-Sí señor... ¿Qué tipo de película desea ver el señor...?

-Bueno, si es tan amable, vaya mirándolas usted mismo. Ahora bajo.

Al colgar me froté las manos. A pesar de los pesares, aquello resultaba electrizante...

Por último, y antes de abandonar la habitación, envolví cuidadosamente mi cuaderno de

notas en un par de periódicos, escondiendo entre sus páginas la carta que había rescatado del

box número 21. Comprobé que llevaba el pasaporte, los billetes -todavía «abiertos»- de mi

viaje de regreso a España, vía Nueva York, y mis últimos treinta dólares y, abriendo la puerta,

empujé el carrito del almuerzo hasta el pasillo. Retiré el cartel de No molesten y cerré. Al

encaminarme hacia el ascensor pasé ante una bandeja -con algunos restos de comida- que

había sido depositada en el piso, junto a otra de las habitaciones. De pronto recordé las grapas

y, retrocediendo, tomé mi botella de vino, cambiándola sigilosamente por la de aquel huésped.

Una vez en el hall conversé sin prisas con el recepcionista, que, gentilmente -y a petición

mía- me acompañó hasta la calle, señalándome el camino más corto para llegar al cine elegido.

Simulé no haber comprendido bien y el hombre repitió sus indicaciones con todo lujo de

detalles. Tanto él como yo observamos furtivamente el coche azul metalizado, que continuaba

aparcado a corta distancia. Aquella comedia, en realidad, formaba parte de la segunda fase de

mi plan. Deseaba que quedara perfectamente establecido que, en el transcurso de las dos horas

siguientes, yo iba a tratar de disfrutar pacíficamente de una película. Y, naturalmente, era vital

hacerse notar...

Con las manos en los bolsillos y el «dietario de campo» bien sujeto bajo el brazo, camuflado

entre los periódicos, fui alejándome con aire distraído, como quien inicia un apacible paseo. El

peso de los folios -en especial los del tórax- empezaba a lastimarme.

Con dos o tres paradas, aparentemente casuales, frente a otros tantos comercios, fue más

que suficiente como para comprobar que los agentes no se habían movido del interior del

turismo. Con aquel paso igualmente displicente desaparecí de la calle 17, en busca de la

populosa avenida de Pennsylvania, entre cuyos restaurantes, galerías comerciales, pub y

cinematógrafos siempre resulta más fácil pasar inadvertido.

Adquirí un boleto y a las siete y media penetraba en una de las salas de proyección. Pero mi

intención no era ver una película. A los 15 minutos, y ante la indiferencia del portero, abandoné

el cine, dirigiéndome a una cabina telefónica.

Aunque me hallaba muy cerca de la calle 14, estimé que era mucho más prudente llamar

primero a la oficina de la agencia Efe en Washington. Uno de los periodistas -viejo amigo- iba a

jugar un papel decisivo en esta última parte del plan. Como era de esperar, el primer número

comunicaba sin cesar. Marqué el segundo -3323120- y, al fin, logré hablar con la redacción.

No me vi forzado a darle demasiadas explicaciones. El compañero y colega, cuya identidad

no puedo revelar, por razones obvias, intuyó que me ocurría algo fuera de lo normal y aceptó

verme de inmediato.

A eso de las ocho y media de la noche retrocedí hasta McPherson Square y, convencido de

que nadie me seguía, me deslicé rápidamente hacia el vetusto ascensor del National Press

Building, en la mencionada calle 14 del sector NW de la ciudad. Mi amigo me aguardaba en el

departamento 969, sede de la agencia Efe.

Una hora después, con el mismo aire de despreocupación, empujaba la puerta giratoria del

hotel. De buen grado, y sin hacer demasiadas preguntas, el periodista me había prometido su

ayuda. A las diez de ¡a mañana del día siguiente -tal y como habíamos acordado- se

presentaría en mi hotel..

Caballo de Troya
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