Una vida entre el cielo y la tierra




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YOHANA GARCÍA

FRANCESCO

UNA VIDA ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

EL LIBRO MUERE CUANDO LO FOTOCOPIAN

Amigo lector:

La obra que usted tiene en sus manos es muy valiosa, pues el autor vertió en ella conocimientos, experiencia y años de trabajo. El editor ha procurado dar una presentación digna a su contenido y pone su empeño y recursos para difundirla ampliamente, por medio de su red de comercialización.

Cuando usted fotocopia este libro, o adquiere una copia "pirata", el autor y el editor dejan de percibir lo que les permite recuperar la inver- sión que han realizado, y ello fomenta el desaliento de la creación de nuevas obras.

La reproducción no autorizada de obras protegidas por el derecho de autor, además de ser un delito, daña la creatividad y limita la difusión de la cultura.

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COORDINACIÓN EDITORIAL: Matilde Schoenfeld PORTADA: Sergio García Castillo

© 2006

Editorial Pax México Librería Carlos Cesarman, S.A. Av. Cuauhtémoc 1430 Col. Santa Cruz Atoyac México DF 03310

Teléfono: 5605 7677 Fax: 5605 7600 editorialpax@editorialpax.com www.editorialpax.com

Primera edición ISBN 13 dígitos: 978-968-860-777-0

ISBN 10 dígitos: 968-860-777-0 Reservados todos los derechos Impreso en México / Printed in México

EDITORIAL PAX MÉXICO

Prólogo

Si hubiera tenido que escribir este prólogo tan sólo habiendo leído el texto de Yohana García, ante la bella sorpresa de encon- trar temas del alma expresados con profunda compasión, además de la fluidez y el encanto con que son narrados, éste no hubiera variado; yo me habría perdido lo que ahora sí puedo decir que tengo: la dicha inmensa de conocer a esta mujer sabia y noble, y de considerarme su amigo.

Entre los muchos seres luminosos que hemos descubierto en este último trayecto vital, gracias a la existencia de "Un mundo mejor", Yohana ocupa un sitio altísimo, ganado a fuerza del amor incondicional y de la generosidad con que, siempre y en todo lugar, nos dio lo mejor de sí misma. Y eso fue ciertamente mucho, todo el tiempo.

Yohana habla y embellece cualquier tema sobre el que se le pregunte, sin descartar obviamente la gravedad de muchas de esas inquietudes. Tiene el don de hacer fácil la comunicación entre las personas y de darle a cada una lo que parece estar esperando como contención de afecto y valorización individual.

No hay lugar, que hayamos recorrido, donde no nos digan cuan honda emoción y profundo placer les causa escuchar a esta mujer tan joven, que despliega un arco iris de elementos, para que todos puedan intuir que, en algún punto de esa exposi- ción, estamos todos representados, y que la forma de aceptar hechos, de apartar sufrimientos y crecer y de convertir la evolu- ción en gozo es una bendita responsabilidad y derecho que debemos practicar, con absoluta convicción sobre nuestra natu- raleza divina.

Yohana nos regala su libro que tiene un pie en la Tierra y otro en el Cielo. Un pie en las primeras gotas de lluvia y otro en el océano abierto e infinito. Yohana nos habla de incertidumbres y revelaciones. De sufrimientos elegidos y de la posibilidad rápida

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vi Yohana García

de liberarse de ellos. Nos cuenta las maravillosas etapas de la li- beración como único camino consciente de plenitud.

Yohana nos pinta un perfecto retrato de cielos y purgatorios; pero apuntando en cada línea, con la emoción más genuina e incluso con humor, a que sepamos que la gracia divina está viniendo vertiginosa, desbordada de retribuciones, para quien se entrega a ella con devoción y fe.

Yohana nos habla del tránsito de un alma. Del camino que conduce, una y otra vez, al aprendizaje, que se cierra cuando nos ganamos el éxtasis merecido.

Su libro nos enseña a no temer a la muerte y abrazar la exis- tencia en plenitud; en concreto, a convertirnos en dueños de nuestras acciones, entendiendo hacia dónde van dirigidos y hacia dónde regresan, en instacia automática y final.

El texto del alma de Yohana nos permite escuchar la voz de la conciencia y expandir el corazón y la mente, para que la energía fluya en plenitud hacia lo mejor de nosotros mismos.

¡Qué dicha leer sus páginas y sentirnos parte de esa aventu- ra, que ya tantas veces habremos vivido y a la que quizás debe- mos regresar, claro que cada vez más con elementos rotundos que nos permiten comprender la verdadera felicidad!

Ojalá el lector disfrute la poesía que emana de cada idea y la coherencia del relato. Seguramente inspiraron a Yohana seres de luz que, desde su plano evolutivo, asisten a otros que estamos dormidos, para que podamos recuperarnos de la amnesia y des- pertemos con rapidez, recordando que se trata de estar vivos.

CLAUDIO MARÍA DOMÍNGUEZ

Agradecimientos

Escribir un libro es algo parecido a gestar un hijo. En este nuevo camino que acabo de emprender tuve la suer- te de tener cerca a muchas personas lindas que me han acom-

pañado. Mil gracias a mi querida familia por ser el pilar en mi vida. A Robert, mi hijo mayor, que es un ser con una luz que me

ilumina el alma, y a Christian, mi chiquito, que para todo tiene una sabia respuesta.

A mis padres, Mabel y Ernesto, por todo lo que son.

Agradezco a Estela Villagra, mi amiga incondicional, y a María del Carmen, quien con mucho cariño le dio forma a Fran- cesco.

Agradezco a mis pacientes por seguir confiando en mí y por dejarme entrar a ser parte de sus vidas.

Y gracias por existir a mi madre espiritual Sylvia Dolores Casarin, y a Mariano Osorio, por ser la maravillosa persona que ayudó a darle a Francesco vida propia.

A las hermosas personas que se acercan para compartir la misión de mi vida. Y por encima de todo a Francesco, por dic- tarme al oído su vida en el cielo.

Desde que nació Francesco no deja de sorprenderme la can- tidad de señales que he recibido del propio Francesco; todo lo que pueda contar puede llegar a sorprenderte. Quizás en alguna plática podremos encontrarnos a compartir nuestras experiencias.

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1 El regreso

Cuando el espíritu se desprende de la materia, va en busca de su propia liberación. Tu espíritu es como una lámpara que irradia luz; cuando está en contacto con el cuerpo, lo único que lo opaca es la mente.

Después de haber realizado un largo viaje, Francesco se encontró en un lugar desconocido.

Entonces se empezó a preguntar:

"¿Dónde estoy? Huelo un aroma muy dulce parecido al de las rosas, y también el aire está impregnado de... no sé. Creo que es canela o miel. Siento una brisa casi imperceptible que me hace sentir liviano. Totalmente liviano, sin peso, sin cuerpo."

Es como si estuviera rodeado por suaves copos de algo- dones, mullidos, de color pastel.

Todo el fondo de lo que veo es rosa y celeste, pero tiene algo especial que nunca antes había visto.

El cielo, en algunos lugares, desprende destellos dorados. Escucho música... ¡es suave como un murmullo! Parece música celta, semejante al canto gregoriano de voces

armoniosas. Una temperatura agradable me rodea y puedo sentir una

sensación de plenitud como hacía años no sentía. ¿Dónde estoy, dónde está mi gente, mi familia o algún cono-

cido? Veo personas que pasan a mi lado, todas de blanco; sus

ropas parecen de lino transparente. Esos colores tan particu- lares, ¿qué serán?

Y toda esta gente que pasa y me mira... todos me sonríen; algunos llevan en sus manos libros, y otros llevan cosas raras que no son fáciles de reconocer.

En todos estos minutos que llevo en este lugar me han aparecido ciertos pensamientos raros...

Tal vez esté soñando. Posiblemente sí. ¡Cuando me despierte ya no los recordaré! Los sueños siempre se me olvi- dan al despertarme. ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué estoy

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esperando? Tal vez pueda preguntarle a alguna de estas per- sonas tan particulares.

¿Cuánto tiempo hace que estoy? Bueno, después de todo no sé de qué me quejo.

Éste es un lugar que no me desagrada. ¡Al contrario, yo diría que es mágico!

¡Francesco! ¿Quién me llama? ¿Quién sabe mi nombre en este lugar? Discúlpame, yo no estoy autorizado a darte esa información:

pero no te preocupes, pronto lo sabrás. Mi nombre es Ariel y soy el encargado de conducir a todas las per-

sonas recién llegadas a este lugar. Ven, te voy a mostrar tu... bueno, creo que ustedes le dicen

| habitación o algo así. Mire, usted me parece muy atento, pero también lo noto

un poco misterioso. Hasta ahora tenía la idea de que todo esto era un sueño, pero ya me están entrando algunas dudas. Esto no es un sueño; tengo la sensación de que todo me está suce- diendo de verdad.

A ver, Francesco, haz memoria. ¿Memoria de qué? De lo que te estaba sucediendo antes de que entraras acá. A ver, déjame pensar... recuerdo que yo estaba internado

en una sala de cuidados intensivos; creo que ya había perdido la noción del tiempo.

Me desesperaba sentir que todas las horas eran iguales, no diferenciaba la noche del día. Recuerdo que los médicos contro- laban cada aparato que tenía conectado a mi cuerpo, pero ya se habían olvidado de mirarme o simplemente de tocarme.

Yo me sentía cada vez más derrotado.

Fantaseaba con irme cuanto antes a casa; empezar a disfru- tar de cada instante de estar sano. Dentro de mí, muy adentro de mi corazón, ¡había prometido no hacerme más problemas ñor lo que pudiera sucederme en el futuro!

El regreso 3

4 Yohana García

Claro que llevaría todo un aprendizaje, yo me había acos- tumbrado a enojarme por tonterías.

Pero, otros días deseaba curarme y salir a viajar, conocer lugares mágicos o históricos.

Me preguntaba por qué no había querido hacerlo mientras estaba sano; siempre criticaba a los que gastaban el dinero en ese tipo de placeres.

¡Qué tontería!, ¿cómo podía haber sido tan cerrado? Pero, para todo eso que yo pensaba hacer, ya era tarde.

¡Sólo un milagro podía salvarme la vida! También tenía días negros, sin fe, sin esperanza. Había días muy duros, en que veía los ojos de lástima y de

tristeza de las personas que me visitaban, y veía las lágrimas retenidas de mis hijos, que venían con una sonrisa dibujada, como si un lápiz les hubiera trazado el contorno de la boca. Sentía la angustia de mi esposa, a quien cada día veía más chiquita, como si esa angustia la estuviera consumiendo día a día... Y entonces, cuando me quedaba solo, le pedía a Dios que me llevara con él.

Aunque yo no era demasiado creyente, siempre me pareció que eso de que los niños buenos van al Cielo y los malos al infierno era un cuento de niños.

Otras veces, cuando estaba a punto de quedarme dormido, creía entrar en esos túneles en cuyo final hay una luz que te ilumina junto a un ser querido muerto, como cuentan esas per- sonas que estuvieron clínicamente muertas unos segundos o minutos. Eso es todo lo que recuerdo, así de simple... y de difí- cil; así fue transcurriendo la muerte de mi vida.

¿Y tú, Francesco, no te diste cuenta de nada? ¿De qué habla? Hablo de cómo llegaste a este lugar. Este lugar es muy especial y usted, Ariel, también lo es.

Séame sincero y, por favor, deje de hacerse el misterioso. Dígame: ¿estoy muerto?... ¿estoy muerto?

Francesco, tranquilízate. Ya te expliqué que no tengo permiti- do contar todo lo que te está sucediendo. Ten paciencia y todo se te va a aclarar a su debido tiempo.

Decidí callarme la boca; este hombre parecía muy conven- cido de lo que estaba diciendo. Por más que yo insistiera, sabía que él no cambiaría de idea. Me hizo señas de que lo siguiera...

Decidí hacerlo: caminaba con unos pasos más atrás, guardando cierta distancia respetuosa hacia este personaje que acababa de conocer.

De vez en cuando se daba vuelta para mirarme; lo hacía con cierta dulzura, como queriendo darme seguridad.

El camino se aclaraba cada vez más; las luces eran muy especiales, los olores se atenuaban a medida que caminába- mos, y la música se escuchaba más suave aún.

Entramos en una especie de pasillo cuyas paredes eran de cristal con destellos dorados. Por las paredes pasaban rayos de colores, como si un gran sol iluminara un arco iris después de una gran tormenta.

La habitación a la que llegamos era redonda, también de cristal, y los muebles eran tan raros como el resto del lugar. ¡Lo gracioso era que, con sólo pensar que uno quería sentarse, ese mueble se transformaba en un sillón! En un rincón, sobre una pequeña mesa, lucía un gran ramo de flores de colores brillantes e intensos, que despedía un perfume tan dulce como suave. Al lado, las acompañaba un pequeño cáliz dorado. En el aire, algunas mariposas revoloteaban entre nosotros, y un arpa, con unas pocas cuerdas, descansaba sobre una de las paredes, adornando la extraña habitación.

Bueno, Francesco, hemos llegado a tu nuevo hogar. Sé que no estás cansado aunque hayas tenido un viaje largo. Todos los que entramos aquí, por primera vez, nos sentimos renovados de energía y dentro de uno empieza a renacer una paz interior muy particular, que nos hace sentir muy bien, quizás mejor que nunca. Puede que te

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encuentres un poco confundido, pero no te preocupes, que sentirse así también es normal.

Bueno, no hablo más porque te estoy atosigando con tanta charla. Te dejo para que descanses y te pongas cómodo. Más tarde te vendré a buscar. Hasta luego.

¡Ariel, espere, espere!

Pero Ariel no esperó, cerró la puerta y Francesco se quedó en silencio: un profundo y grandioso silencio.

Se recostó en un sillón y se puso a pensar... Muy en el fondo de su alma sabía que estaba muerto. Pero su estado ya no era lo que le preocupaba: de hecho, se sentía muy, pero muy bien.

Lo que le preocupaba eran todos los problemas que no había podido resolver mientras vivía.

No hacía más que pensar en su familia. ¿Qué iba a ser de ellos? Su enfermedad los había dejado prácticamente en la calle. Se preguntaba cómo podrían vivir ellos sin él, porque creía ser indispensable para los demás. ¿Qué sería de ellos y qué se-

ría de él? Nunca más los volvería a ver... ¡Cuántos sueños truncados!

¡Cuántas ilusiones inconclusas habían quedado en medio del camino!

AL DÍA SIGUIENTE...

Una suave brisa envolvía el cuerpo de Francesco. Como si lo acariciara muy tiernamente; un suave y dulce perfume se acer- caba a él.

Francesco se despertó y se quedó quieto un buen rato.

Se sentía mucho más tranquilo, más relajado. Decidió que era el momento de empezar a aceptar lo que le estaba pasando y lo que le tendría que pasar más adelante, del mismo modo que había aceptado su enfermedad.

De pronto, se escucharon golpes en la puerta de cristal y Francesco se levantó bastante sobresaltado y ansioso.

Abrió la puerta, y ahí, parado muy tímidamente, estaba Ariel, sonriendo como de costumbre, con esa paz que lo caracterizaba, extendiendo su mano derecha en forma de saludo.

¡Vamos, Francesco!

Sí, vamos. Se supone que, si te pregunto a dónde, no me responderás, ¿verdad?

Supongo que hoy te sientes mejor; tu energía tiene más luz.

Sí, me siento maravillosamente bien. Hacía mucho tiem- po que no me sentía así.

Ariel fue llevando a Francesco por inmensos jardines, todos repletos de ñores: las más lindas y coloridas que habían visto sus ojos.

De repente se encontraron con una luz muy intensa.

En ese momento, como de la nada apareció un hombre muy alto, de cabello ondulado y claro, y una larga barba canosa.

Le llamaron la atención sus manos flacas y largas; una túnica blanca cubría su cuerpo, y una sonrisa muy cálida encendía su rostro. Esa sonrisa logró tranquilizarlo, así como su tono de voz, suave y dulce.

Hola, Francesco, yo soy José, uno de los maestros guía de los espíritus que ingresan al primer Cielo.

Mi misión va a ser, de ahora en adelante, enseñarte todas las mañanas algunas lecciones de vida, las que tendrías que haber aprendido en la Tierra, mientras tenías un cuerpo y una vida.

Ya veo, ¡Tú llegas un poquito tarde! José, si yo estoy muerto!... Si esto es el Cielo, se supone que tú podrás ser mi guía o un santo, o lo que fuere. Pero me pregunto: ¿Para qué me quieres enseñar lo que yo tendría que haber hecho en su momento mientras vivía? Si ya es tarde... No tiene sentido nada de esto. ¡Por qué no apareciste cuando cometí cada error en mi vida? Porque después de todo lo que pasé, después de todo lo que sufrí, no le encuentro sentido a todo esto; ¡explí- came qué sentido tiene aprender una lección después de muerto!

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Entiendo. No creas que porque yo sea un maestro no puedo comprenderte. Todos reaccionan del mismo modo. Hasta yo hice lo mismo cuando ingresé, pero éstas son las leyes que tenemos aquí. Vas a tener un camino para recorrer y, al final del camino sabrás por qué lo hacemos, y créeme que vas a agradecer haberlo realizado.

Sí deseas, tienes también otra opción; aquí no se obliga a nadie a hacer lo que no quiere.

Dime, ¿cuál es la otra opción? A lo mejor es más intere- sante, quizá... volver a mi casa con mi familia.

No, ésa no; ya es tarde. Te explicaré. Te puedes quedar sin enseñanzas, sin entrenamiento interior, puedes deambular libremente por todo el Cíelo. No tendrás ninguna obligación de escuchar a ningún maestro, ni tiempo que cumplir. Tú elige, pero escucha muy bien mi consejo; sí eliges estar libre, te perderás el final y sería real- mente una pena.

Si quieres, piénsalo y después vuelve a conversar conmigo. Tú sigues siendo libre tal como lo eras mientras vivías, sigues teniendo el libre albedrío que Dios te dio cuando creó tu alma.

Francesco, piensa y después hablamos con más tranquilidad. Algunos se deciden más rápidamente y otros necesitan más tiempo.

No, no tengo nada que pensar; siempre me consideré una persona con una gran curiosidad. Si tomo el camino de apren- der, va a ser pura y exclusivamente para mantenerme ocu- pado.

Si tomara el camino de la libertad de ambulante, me deprimiría. Sentiría que el tiempo no pasa nunca. ¡No puedo estar sin hacer nada!

José esbozó un gesto gracioso y con una mirada cómplice le guiñó un ojo a Ariel.

Francesco, si deseas vuelve a pensarlo, nadie te estará apuran- do. Sé muy bien que falta tiempo para asumir tu transmutación o tu muerte. Es lo mismo que le pasa a tu familia. Te puedo asegurar que, a medida que vayan pasando los días, no vas a querer irte de aquí.

Dime: ¿qué es lo que tengo que hacer?, ¿qué es lo que tengo que contar?, ¿a quién tendré que escuchar y de qué ten- dré que arrepentirme?

Vamos a hacer algo que te va a gustar: hoy tómate el día libre, estoy seguro de que hoy mismo Ariel te va a enseñar a subir a las nubes. Vas a poder pasear por el cíelo; disfrutarás de una experien- cia totalmente placentera. ¡Si tienes suerte, podrás encontrarte con algún ser querido que no ves desde hace mucho tiempo!

Todavía no estás preparado para ver a tu familia desde las nubes; quizás más adelante lo puedas hacer.

Mañana, apenas los rayos del sol formen dibujos en tu habitación, irán a buscarte y entonces nosotros dos vamos a tener una larga charla. Ahora te dejo tranquilo. Hasta mañana, Francesco.

Otra vez volvía a estar solo en su nuevo estado espiritual, después de haber pasado un día inolvidable, un día muy espe- cial. Había aprendido a pasear en las nubes, y como experiencia le había encantado.

Disfrutó flotando, jugó con el viento, hizo dibujos en el aire, con sólo pensarlo.

Se sintió pleno y libre, terriblemente libre.

Pudo disfrutar de una nueva sensación, aunque se sintió cul- pable de estar tan feliz. Y sin darse cuenta, se quedó dormido.

El regreso 9

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Ser feliz

Para el espíritu, la felicidad es siempre, porque la felicidad es paz. Para una persona, forma parte de una palabra mágica y efímera.

Los rayos del sol fueron dándole luz y calidez a su habitación de cristal. Se dibujaron imágenes en las paredes, hasta que Francesco se despertó después de haber dormido plácidamente.

Escuchó que golpeaban a su puerta y se levantó a abrirla. Del otro lado estaba Ariel, sonriendo como siempre.

Ariel lo invitó a que lo acompañara. Caminaron los dos en silencio, mientras los rayos del sol los iluminaban y el aire los envolvía en una suave brisa.

Desde lejos se podía ver a José, su futuro maestro, sentado en un sillón destellante de colores metálicos.

A medida que se aproximaban, José se hacía más luminoso; parecía que sólo su presencia iluminaba su contorno.

¡Qué tal, Francesco! ¡Se te ve muy bien! Te pedí que vinieras con la respuesta que tú hayas elegido; sea la que fuere, nosotros te entenderemos y te guiaremos siempre.

Mi respuesta es que voy aceptar tu propuesta, aunque sigo pensando que es tarde. ¡Después de muerto, aprender a vivir...! Hasta me suena a un cuento de humor negro.

Entonces, ¿por qué lo vas a aceptar?

Por curioso, porque no quiero andar dando vueltas, sin un rumbo y una dirección.

¿Por qué gritas? ¿Estás enojado? —Sí. ¿Por qué? Porque no bajaste y me enseñaste antes, cuando estaba

vivo. Cuando me equivocaba, no me diste señales. Ustedes tienen mucho más poder que nosotros, los que andamos por la vida tratando de encontrar un camino.

Mi vida fue, en cada etapa, luchas y crisis, alegrías y tris- tezas; pero muchas veces, cuando todo me había servido de
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