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A.A. Nº 30035, Zona 3

Barranquilla
Impresores Editorial Mejoras

Todos los artículos son responsabilidad exclusiva de sus autores

VARGAS VILA:

La Vida de un Rebelde

Por: Libardo González

"El hombre es su actitud,

la actitud hace al hombre"

Ralph Waldo Emerson



Ningún escritor colombiano ha levantado tan enconadas polémicas ni ha creado una escuela ideológica de los alcances de la de José María Vargas Vila. No se trata aquí de la imposición de un estilo liberario, ciertamente desueto ya en nuestro medio -tanto como es desueta la manera de versificar de José Asunción Silva- pero rico en profundidades y contenidos. Vargas Vila iluminó muchos caminos en el terreno de la historia, de la estética, de la política, de su concepción sobre la religión, de su anecdotario, de su resistencia proverbial a aceptar la égida de las dictaduras latinoamericanas, de su antiimperialismo. Otros aspectos resaltan también en su obra, que fueron muy llamativos en los círculos intelectuales de clase media, como el misoginismo y la propaganda a la filosofía nietzschiana del súper yo. Por qué esta faceta de la obra y el pensamiento de José María Vargas Vila ha sido acentuado con saña por los discípulos y comentadores, se explica por la incapacidad de ahondar en los aspectos más profundos de su pensamiento, que ponen de relieve, a su vez las limitaciones suyas, tanto por la época como por las influencias que sufrió en el período de desarrollo de su obra.
La época: el modernismo
A finales del Siglo XIX, el romanticismo había comenzado a declinar en Europa. El modernismo comenzaba a apuntar, en medio de grandes conmociones políticas en los países latinos, y la decadencia del imperialismo inglés. La América Latina, que se sentía tributaria cultural de una Europa desgastada, latina y humanista, sentía los pasos del gigante norteamericano que, luego de resolver sus problemas internos con la Guerra de Secesión, se lanzaba a conquistar el mundo. El vecino más cercano, adonde podía llegar la garra con todas sus uñas, era América Latina, sobre todo México, Centroamérica, Panamá, Cuba.
En ese orden, todos estos países sufrieron las invasiones norteamericanas sobre las regiones más débiles o más cercanas. Finalmente, Estados Unidos tenía el control de todo el Caribe y Centroamérica, y amedrentaba permanentemente a México. Con Suramérica, se contentó con apuntar sus cañones sobre Panamá, para ablandar a Colombia y Venezuela, y comenzar luego su empresa de inversiones en el banano y el petróleo.

Todo el conjunto de América del Sur se presentaba como un arrapiezo de unidades, político-geográficas en guerras civiles continuas, y guerras internaciones sangrientas en el Cono Sur. La desunión favorecía los anhelos yanquis de conquista, y debilitaba las posibilidades de oponerse, tanto a sus cañones como a sus dólares y sus inversiones en la minería y la agricultura.
En Colombia, el período del Olimpo Radical había producido una corriente intelectual y política que abogaba por las más amplias libertades públicas, llegando al punto de permitir el libre tráfico de armas y el porte sin limitaciones legales de las mismas. Este espíritu liberal tenía que ser contrarrestado por un proyecto que eliminó todos los vestigios de libertades políticas indiscriminadas, la separación total de la Iglesia y el Estado, la autonomía de las provincias y los estados. Tal proyecto se llamó la Regeneración y su autor, Rafael. Núñez, no vaciló en olvidar los postulados de su partido liberal para aliarse con el conservador Miguel Antonio Caro y propiciar un nuevo régimen centralista, dictatorial y antidemocrático.
El partido liberal que combatió contra la Regeneración en las guerras de 1895 y en la de los Mil Días, finalmente, entraría al pasillo de las componendas para apoyar a un conservador contra otro, dada la división de los históricos y nacionalistas en el seno del partido de Caro. En 1922, en la famosa convención de Ibagué, el partido liberal apoyaría las líneas gruesas del programa de la Regeneración, el centralismo y el proteccionismo, para no distinguirse más de su antiguo enemigo en las líneas generales de la política. Fue así como el liberalismo apoyó al histórico Marroquín contra el nacionalista San Clemente; a Reyes nacionalista contra su opositor histórico; a Carlos E. Restrepo de nuevo histórico contra los nacionalistas y, finalmente, logró llegar al poder valiéndose del desgaste del conjunto del partido conservador.
La corrupción de los gobiernos conservadores, las intrigas y el entreguismo de que hicieron gala en el caso de Panamá, se acompasaban con los crímenes palaciegos y a campo abierto de las guerras civiles y el gobierno de Reyes.
Vargas Vila, que había sido educado en la tradición liberal radical y había luchado en las guerras civiles, fue uno de los pocos intelectuales que se opusieron a la Regeneración y los gobiernos conservadores, después de la guerra de los Mil Días. Hasta tal punto fue consecuente con su punto de vista, que emigró de Colombia, hacia Venezuela, Cuba, México, Estados Unidos y, finalmente Europa, en un peregrinaje periodístico en el que no dejó de fustigar a los dictadores, al imperialismo norteamericano, a la degradación cultural y moral de todo el mundo

Su juicio contra la Regeneración, una flecha en el blanco.

Para Vargas Vila, la Regeneración como tal -no sólo los gobiernos de Marroquín o de Rafael Reyes, sino la Regeneración en su conjunto- fue una empresa reaccionaria, promovida por Núñez y Caro. Los poderes concedidos al Ejecutivo; la monopolización del poder y la apertura hacia la corrupción administrativa; la falta de elementos de control de parte de los representados sobre sus representantes; la arbitrariedad consagrada en los poderes ilimitados de los gobernantes que podían acudir al Estado de Sitio cuando lo quisieran; la ausencia de partidos opositores al partido gobernante; todo este cuadro era complementado con el Concordato y los convenios en los que se entronizaba la Iglesia como la depositaría de todos los medios de difundir la cultura y la educación; el poder ilimitado de los curas sobre la vida cotidiana de los colombianos; la creación de un ejército que sólo servía para aplacar a los díscolos; es esta la obra de la Regeneración, y por lo que mereció el calificativo de reaccionaria, dado por Vargas Vila. Para él, todos estos aspectos ejemplificaban un propósito de detener el progreso de las ideas, y de encerrar las mentes en la cámara oscura de los pasillos monacales.
Por esta razón, no se cansa de mostrar al cura atrabiliario, el don Cirilo de Ibis, que supone una licencia absoluta de intervención en los asuntos de su parroquia, sin detenerse en la vida íntima y las costumbres. Es la Iglesia la que se opone al progreso en la educación, que se intentó imponer con métodos modernos, a finales del siglo XIX, con la misión alemana. En Flor de Fango, Vargas Vila muestra cómo se sucede esta oposición que terminó por darle todo el control educativo a la Iglesia y desechar, por décadas, todo intento de cambiar los viejos estilos. Aún hoy día, la enseñanza de la religión en escuelas y colegios continúa aportando un lastre a la entrada de nuevas ideas.
Vargas Vila se hizo masón, cuando ello implicaba la consecuente lucha contra el jesuitismo dominante en la educación colombiana. Pero, Vargas Vila no se queda en la crítica mordaz al conservatismo, sino que toma distancia de sus antiguos copartidarios liberales, a quienes supone integrados totalmente en el sistema ideológico imperante. Aún en 1930, cuando Olaya Herrera llegó al poder, Vargas Vila no quiso regresar al país. La desconfianza hacia el liberalismo estuvo paralela a su oposición férrea contra todo el conservatismo.
El reclamo de Vargas Vila no se queda en la sola crítica. De hecho, propone un modelo de educación libre, apartado de todo confesionalismo, de toda creencia religiosa y de toda autoridad cultural. El personaje central de Ibis, y el de todas las demás novelas, es un esteta refinado, librepensador, o para ponerlo en forma más precisa, cada vez más desligado de la religión católica.
Este mensaje llegaba al fondo de las cosas, y no por azar, Vargas Vila era leído en los colegios y las universidades, no sólo de Colombia, sino de España, en donde la Iglesia Católica ha tenido tal poder ideológico. Era el autor más conocido por tocar el fondo del problema de la formación cultural latinoamericana: la opresión clerical y confesional. Esta no venía sola, sino que se dejaba acompañar de un espíritu acendradamente conservador en otros órdenes de la cultura, como la poesía, la gramática, la historia. Vargas Vila se propuso erradicar todos estos mitos, y rechazar las poesías catequísticas del poeta Casas, el poeta Caro o el poeta Núñez sobre la patria, la familia y la tradición. Su prosa, desenvuelta en giros inusitados para su época, tocaba todos los mitos, los de la patria, los de la familia, loa de la religión y la tradición, y los colocaba bajo una nueva luz. El conocido decálogo en el que caracteriza la procreación como un acto carnal, sin ningún contenido ético-religioso, es uno de sus mejores cuadros. Sus personales no tienen nacionalidad, ni se guían por pasiones estrechas del espíritu gregario. Todos son personajes solos, egoístas, orgullosos y soberbios, que saben que no serán comprendidos, como el mismo autor.
En cuanto a la gramática de Cuervo y Caro, de Marroquín y de Suárez -todos conservadores- Vargas Vila predica la libertad absoluta de utilización de giros nuevos, de puntuación no sujeta a reglas, de ortografía no convencional. Más tarde, Juan Ramón Jiménez y León de Greiff mostrarían las riquezas de una estructura gramatical no sujeta a las reglas de los clásicos y mostrarían, junto con Silva, la fuerza de las palabras repetidas, la musicalidad de ciertas entonaciones.
Rubén Darío con lo que los gramáticos llamarían cacofonía ("ya suenan los claros clarines") o los modernistas colombianos como Silva (en el Nocturno) se apartarían de estas reglas caducas. Sin exageraciones, se puede afirmar que Vargas Vila es el más consecuente impugnador de la ortografía y la gramática conservadora y tradicional, y el primero que afrontó el silencio de las antologías cuidadosamente editadas con las loas a la patria y la familia, a la religión y a Dios. Sus expresiones son siempre martilladas, con puntuación arbitraria, los adjetivos llevan mayúscula:
"el Pasado, nos atrae, el Pasado, nos fascina, con sus extraños mirajes; el Pasado, nos llama, con su adorable clamor reminiscente; nuestro Pasado".
Como todos los solitarios, Vargas Vila abstrae al lector de sus reglas y su cotidianeidad literaria, y lo somete a seguir un nuevo cauce en el que es maestro. A Vargas Vila se le rechaza de inmediato, o se sume uno en su lectura y ya queda picado por el néctar de nuevas tonalidades.
Aún en sus novelas, es un propagandista de sus ideas, más que un artesano que fragua sus personajes y les da vida. Su lucha ideológica contra la reacción, la corrupción y la tiranía, y a favor de la libertad, el pensamiento no atado por mitos, la educación sin tapujos, no le permitió elaborar grandes personajes, como los novelistas franceses a quienes admiraba. Más bien copió estos personajes, de Flaubert, de Balzac, de Stendhal.
El retorno al pasado...
Como escritor, intelectual, esteta y comentarista político, Vargas Vila observaba el mundo de acuerdo a la lente elaborada por él mismo, o referenciaba solamente aquellos que consideraba dignos de admiración. Tal fue el caso de Nietzsche, el intelectual que, si bien no dejó una filosofía elaborada, esparció aforismos sobre los aspectos más profundos del hombre moderno, con una lucidez nunca antes imitada. Vargas Vila lo admiraba, y de él extrajo gran parte de sus energías contra lo tradicional. El ateísmo de Nietzsche lo seducía, su desapego a la nacionalidad, su búsqueda por los vericuetos del subconsciente, su indagación histórica y cultural sobre Grecia y el mito de Dionisios en la tragedia, su reivindicación del yo y la subjetividad.
Renán había realizado una investigación enjundiosa acerca de los orígenes del cristianismo, para mostrarlo como un producto histórico, humano, muy humano, para usar la expresión nietzscheiana.
Anatole France ahondaba en la pesquisa sobre las diferentes sectas religiosas que proliferaron en el período bizantino, la vida de los anacoretas del desierto en la era medieval, y escribiría novelas como Thais, la rebelión de los ángeles, en los que se mostraría la ignorancia y la locura, predominando sobre la razón y la ciencia, según la expresión de un personaje de Thais.
El regreso al pasado, durante finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX tiene un sentido para los humanistas y literatos: se trata de liberarse del pasado cristiano que pesa sobre Occidente, y que oprime el cerebro tos pensadores con siglos de hegemonía En tanto que los escritores y novelistas, ensayistas y poetas, no eran materialistas, y no podían explicar el papel del cristianismo en el proceso de universalización del mundo, dieron en interpretarlo como una' reacción al pensamiento libre de Grecia y el helenismo. Parcialmente cierto, no se podía llegar a otro camino que al del culto del helenismo, en forma absoluta. De ahí la recreación de los mitos griegos, contra los mitos cristianos, mucho más ricos y profundos los primeros, más utilitaristas y encubridores los segundos.
También Goethe había caído en esta tentación, al proponer el culto a Júpiter. Los propios papas de la Edad Media tenían recaídas en el culto a Venus.
Vargas Vila refleja este sentimiento, sólo que, tal vez por la penuria cultural bogotana con respecto a la cultura griega, sólo llegó hasta Roma en su retroceso temporal, y la erigió como su cuna intelectual. En todo caso, hay algo lógico en el hecho de detenerse en Roma, pues es allí en donde la lucha entre el paganismo y el cristianismo se trenzó con todo lo decadente que el primero poseía y la capacidad de asumir características de movimiento de masas del segundo.
Para Vargas Vila, el ataque al cristianismo se convierte, al igual que para Nietzsche, en un ataque a toda idea que adquiera corporeidad en oleadas de fanáticos. Postura reaccionaria? Desde el punto de vista de su suspicacia con respecto a la Comuna de París, al marxismo y a los movimientos políticos progresistas, evidentemente lo es. También en lo que respecta a su actitud con respecto a la mujer, a la que considera la causante de la -pérdida de la espiritualidad, depositaría de pasiones de baja estofa, portadora de la libido, proclive a la concupiscencia y el libertinaje sexual, envuelta en la hipocresía de la Virtud.
De esta manera, Vargas Vila recoge al parecer del paganismo sobre la mujer, que produjo la discriminación sobre ella, racionalizada en sofisticadas fórmulas estéticas. Simplemente, se trata de un estadio menos elaborado de la sociedad patriarcal, en el que el Macho debe imponerse, contra la mujer; el romano debe imponerse contra el nubio; el artista debe imponerse contra el trabajador manual.

Por rechazar el cristianismo, Vargas Vila recoge todo el legado romano, sin depurar más que sus aspectos políticos, la decadencia que le imprime el cesarismo a Roma, la corrupción y su debilidad ante el Nazareno y sus acólitos. Si no se atrevió a formular una concepción sobre la homosexualidad, se debía más bien a los recatos impuestos por el medio conservador, que en este aspecto sólo comenzó a romperse con el sicoanálisis, ya pasadas las primeras décadas del Siglo XX. Pero es claro que Vargas Vila se complace en mostrar la belleza masculina, el portento de la inteligencia del joven esteta, su carácter de acero ante los ídolos, mientras para la mujer relega la negatividad de estas características, porque ella es la lujuria, el adulterio, la malicia.
Homosexual reprimido en sus obras, Vargas Vila muestra siempre la unión entre dos inteligencias, la del Maestro y la del discípulo. Ciertamente, él había sido maestro en la época en que comenzó su formación intelectual, y un sicoanalista podría hacer un análisis sobre estas coincidencias, entre la vida y la obra.
En todo caso, el retorno al pasado sigue siendo, para Vargas Vila, el venero de donde brotan casi todas sus ¡deas y su musa; después de "Aura o las Violetas", novela romanticona y banal, y de "Flor de Fango", que recuerda a Zola y su naturalismo socializante, el resto de la obra literaria de Vargas Vila tiene títulos cristianos o paganos: "Salomé", "María Magdalena", "Los discípulos de E-maús", "Los estetas de Teópolis".

Vargas Vila, latinoamericano
La obra política y ensayista de Vargas Vila está circunscrita, casi toda, a fustigar las dictadoras latinoamericanas. En "Los Césares de la Decadencia", "Los divinos y los humanos", "Pretéritas, Históricas y Políticas", se encarga de desnudar la vileza de ciertos actos de gobierno, no sólo en Colombia, sino en Venezuela, en Centroamérica, Ecuador, Argentina, Rosas, García Moreno, Reyes, Cipriano Castro y José Vicente Gómez, los dictadores centroamericanos, son colocados en la galería dé personajes siniestros de que hace gala la historia latinoamericana. Los rasgos de la barbarie en el continente, matizados de algunos rasgos de civilización, que presentan un contraste vivo, de masacres, mazmorras, torturas, corruptela, al lado de unos pocos escritores que contrarrestaron la tendencia a alabar a los tiranos. Junto a Vargas Vila, sólo José Martí y Eloy Alfaro merecen para él el elogio de un pensamiento libre.
Aquella famosa anécdota, en la que un escritor centroamericano dijo a Vargas Vila: "maestro, usted y yo somos los únicos que vivimos de nuestras obras en América Latina", muestra el orgullo del interpelado que contestó: "Sí, pero con una diferencia, pie y usted de rodillas". Evidentemente, casi toda la prensa, la literatura y la propaganda estaba en manos de los turiferarios de las dictaduras, y Vargas Vila sonaba como un arpa sola entre ese concierto de cacatúas. La muerte de Martí en la independencia de Cuba, y la de Eloy Alfaro, muerto por la turba en Ecuador, lo dejó solo con sus ensueños libertarios, con su pluma y sus recuerdos.
Pero donde alcanzó la cima de su encumbramiento como escritor histórico y político, fue tal vez en "Ante los bárbaros". Es esta una filípica enérgica y corajuda contra el imperialismo norteamericano.
En la última década del siglo XIX, Estados Unidos había convocado a los países latinoamericanos a constituir la "Unión Panamericana", al tiempo que apoyaba las operaciones de conquista de William Walker en Nicaragua, desterraba a España de Puerto Rico y Cuba para imponer su enmienda Plat y su anexionismo; en Panamá, Estados Unidos, con Roosevelt, tomaba el Canal y dividía a Colombia; en México, Wilson apoyaba la intervención de las tropas de su país en los asuntos internos del águila y el nopal, para aprovechar el desconcierto y sacar una tajada más de territorio, después de haber partido en dos esta nación y quedarse con la parte más rica, Texas, Nuevo México, Arizona, California.
Es el período de la I Guerra Mundial, en la que las potencias europeas se desgastan, todavía creyéndose fuertes, en favor del imperialismo norteamericano, que entraría a la guerra al final, para recoger los despojos de los combatientes, y llevarse el botín de una guerra en donde escasamente combatieron.
Vargas Vila denunció entonces al imperialismo norteamericano, no sólo con respecto a sus intenciones sobre América Latina (combinación entre invasiones armadas del tipo filibustero, y la diplomacia hipócrita y paternalista del panamericanismo) como sobre todo el mundo. Para él, Europa ha decaído en la palestra mundial, Roma se ha desgastado frente a Cartago, y los nuevos fenicios vienen a imponer un nuevo orden al mundo. La cultura y el arte de que se ufanaron los pueblos latinos de Europa, cae ahora arrodillada ante el dólar y las armas yanquis.
La teoría sobre la supremacía racial estaba difundiéndose en Europa, y de contera, en Estados Unidos. Ella daba justificación a las guerras de conquista de Estados Unidos sobre América Latina y de Europa sobre Asia y África. Algunos articulistas se hacían eco en la propia América Latina, del carácter bárbaro de las formaciones latinoamericanas y de la emergencia de una nueva civilización regida por los yanquis y los teutones.
Sólo Vargas Vila desde Europa, y Rodó en Uruguay, se propusieron confrontar el mito de la superioridad racial norteamericana. Rodó lo hizo de manera eufemista, a través de la metáfora en la que signaba a América Latina con el espíritu de Ariel, mientras Estados Unidos sería Calibán. Estos personajes de "La Tempestad", de Shakespeare, contrastan en la limpidez y la pureza de una cultura desinteresada y libre (el Ariel latinoamericano) y el utilitarismo grosero (el Calibán norteamericano).
Vargas Vila es más incisivo que José Enrique Rodó, porque señala las incursiones norteamericanas sobre cada uno de estos países, a la vez que denuncia la teoría de la supremacía racial como un adefesio científico, y reivindica la cultura latina del continente como algo superior que los intentos guerreristas y prepotentes de Washington.
El yanqui, he ahí el enemigo! es la consigna de Vargas Vila, que pide a gritos la unidad latinoamericana (junto con España y con Italia) frente al poderío de los bárbaros. Es una unidad difusa, ciertamente, pero altamente progresiva, si tenemos en cuenta que al mismo tiempo, Vargas Vila estaba en contra de la revolución mexicana, y de las reivindicaciones planteadas por las fuerzas de Zapata y Villa en la revolución mexicana.
Ya mencionábamos la reticencia de Vargas Vila sobre los movimientos de masas, contra los cuales anteponía su esteticismo subjetivo y de expresión individualista. Por esa' razón, el hecho de mostrar la necesidad de una alianza de todos los países latinoamericanos contra el yanqui, releva su perspicacia y su capacidad para prever los acontecimientos que sobrevendrían posteriormente, con la postración de todo el continente ante los dictados de Roosevelt y Wilson.

La denuncia que Vargas Vila hace del entreguismo colombiano a propósito del Canal de Panamá, de los anexionistas puertorriqueños y cubanos, de los colaboradores del amo yanqui en Centroamérica, constituye una parte sustancial de su obra cómo escritor, y lo fundamental de su postura antiimperialista.



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