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CAPÍTULO DOCE: EL VIAJE DEL HÉROE

Las palabras de Joseph Campbell en relación al clásico «viaje del héroe» aparecen en su libro The Hero with a Thousand Faces [El héroe de las mil caras] (Princeton University Press, 1968), p. 30. La frase de Campbell de que los poderes divinos «resultan haber estado siempre en el corazón» del héroe, aparece en la p. 39 de su libro.

Las últimas palabras de Moisés a los antiguos israelitas aparecen en el Deuteronomio 30:11-14. La afirmación del doctor Rips de que el hecho de que «obelisco» y «clave del código» estén asociadas en más de una ocasión (y que este vínculo no se deba, matemáticamente, al azar) no prueba que esos objetos existan en este mundo, fue pronunciada por él en enero de 2000, aunque hemos vuelto a hablar del tema en infinidad de ocasiones.

Rips halló un pasaje del texto directo de la Biblia que habla de la existencia de una copia de la Tora grabada en piedras y un antiguo comentario dice que, de hecho, fue grabada en piedras en setenta lenguajes diferentes correspondientes a todas las naciones de la Tierra.

«Por lo tanto, no es tan impensable que sus obeliscos existan —dijo Rips—, aunque, por supuesto, me quedaría helado si los encontrase.»

El fragmento de la historia de José cuando es rebautizado por el faraón como «Zafenat-panea» —que en hebreo significa «descodificador del código»— aparece en el Génesis 41:45. «Ésta es la solución», palabras pronunciadas por José en dos ocasiones en las que revela el futuro, aparecen en Génesis 40:12 y 40:18 y están asociadas al nombre de la península de «Lisan».

La afirmación del doctor Rips de que el código «procede de una inteligencia que no es simplemente superior, sino diferente» fue pronunciada en un encuentro que tuve con él poco antes de la Pascua de 1999. En la misma reunión, Rips me dijo que para el codificador no existe distinción entre pasado, presente y futuro.

Una afirmación similar de Einstein —«La distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión, aunque, eso sí, persistente»— aparece en una carta que escribió a la viuda de un físico, amigo de toda la vida, Michele Besso, el 21 de marzo de 1955 (del archivo de Einstein 7-245, publicado en The Quotable Einstein, Princeton University Press, 1996, p. 61).

En varias ocasiones he hablado con el director de cine Stanley Kubrick acerca del código de la Biblia, especialmente cuando me encontraba trabajando en mi primer libro, a mediados de los noventa. Cuando le conté, por primera vez, los primeros detalles acerca del código de la Biblia, la reaccción inmediata de Kubrick fue: «Es como el monolito de 2001, una odisea en el espació.»

Stephen Hawking dijo en la introducción de The Physics of StarTrek (Basic Books, 1995), p. XII, que «viajar en el tiempo podría estar dentro de nuestras capacidades en el futuro». Hawking repite esta idea en su libro Historia del Tiempo (Grijalbo, 1991). También añade que cualquier forma de viaje espacial avanzado requeriría superar la velocidad de la luz, lo cual significa automáticamente ir hacia atrás en el tiempo.

La frase de Bin Laden —«Los americanos aman la vida, ésa es su debilidad. Nosotros amamos la muerte, ésa es nuestra fuerza»— fue tomada de una de sus apariciones emitidas por el canal árabe Al Yasira, y se cree que fueron grabadas antes del 11 de setiembre.

CAPÍTULO TRECE: LA CUENTA ATRÁS

Poco después del 11 de setiembre le dije a Rips que, ahora, incluso los no creyentes pensaban que podíamos estar viviendo el fin de los días. Tal idea se vio corroborada por el artículo del Time del 1 de julio de 2002 titulado «La Biblia y el Apocalipsis: ¿por qué los estadounidenses leen y hablan más que nunca sobre el fin del mundo?». En ese trabajo se citan las declaraciones del ministro de la iglesia presbiteriana de la Quinta Avenida de Manhattan: «Desde el 11 de setiembre, los abogados y los agentes de Bolsa de Nueva York, tipos duros y cínicos como pocos, están empezando a decir "¿Es que se va a acabar el mundo?".» La profecía de la «Batalla Final» del Nuevo Testamento que citamos en este libro procede de la versión King James, y más en concreto del Libro de Revelaciones 20:7-9. La cita del Antiguo Testamento «¿Es éste aquel varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos?» procede del Libro de Isaías 14:16.

El libro de Daniel, del Antiguo Testamento, y el Libro de las Revelaciones, del Nuevo Testamento, hablan de una época de gran sufrimiento antes de la venida del Mesías. En un libro de comentarios del Corán también se habla de ello.

La carta sellada que le entregué a mi abogado, Michael Kennedy, lleva fecha del 6 de octubre de 1998.

Mi carta a Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, tiene fecha del 13 de setiembre de 2001 y le llegó a su oficina el 17 de setiembre. Esi coincidió con el inicio del año hebreo de «5762», que estaba codificado junto a «crisis económica», y también con el día en el que los mercados financieros volvieron a abrir por primera vez después del 11 de setiembre. El índice Dow Jones cayó 684 puntos, su mayor pérdida de la historia, dando inicio a la peor semana desde la Gran Depresión, según un artículo de The New York Times del 22 de setiembre de 2001.

El responsable de prensa de Greenspan, Lynn Fox, me confirmó el 28 de setiembre de 2001 que el presidente de la Reserva ha «leído su carta», pero no concede nunca entrevistas. The New York Times del 27 de noviembre de 2001 publicó que el National Bureau of Economic Research había declarado oficialmente la entrada en una «recesión».

En julio de 2002, la peor crisis del mercado en toda una generación hizo que los índices se desplomasen hasta los niveles del 11 de setiembre. The New York Times informó el 23 de julio de 2002 que el Dow había caído por debajo de los 8000, concretamente hasta los 7702, su peor nivel desde octubre c 1998, y el índice de Standard & Poor cayó hasta 797, sus peores resultados desde abril de 1997. El 21 de julio, el Times informó que el mercado había perdido siete billones de dólares en sólo dos años.

La Bolsa cerró el año hebreo de 5762, el 6 de setiembre de 2002, con pérdidas en seis de los ocho últimos días y en cada uno de los últimos cinco meses, la primera vez que el índice Dow había bajado durante cinco meses consecutivos desde la recesión de 1981. El Times informó el 4 de setiembre de 2002 que el mercado «ahora podría darse una caída de tres años seguidos, la más larga desde la Gran Depresión».

Omito deliberadamente el nombre de la base terrorista codificada en la Biblia junto a «en el fin de los días» por razones de seguridad. Sin embargo, proporcioné la información a la inteligencia israelí y estadounidense.

El periódico israelí Ha'aretz informó el 31 de octubre de 2001 que «los asesores de seguridad del primer ministro Ariel Sharon le han informado que la amenaza no convencional más peligrosa a la que se enfrenta Israel en la actualidad es la viruela».

Según Jonathan Tucker, en su libro Scourge (Atlantic Monthly Press, Nueva York, 2001), la viruela se cobró «cientos de millones de vidas» antes de que fuese erradicada del mundo en 1980. Su libro también afirma que un tercio de sus víctimas murieron y que a los supervivientes les dejó terribles secuelas. Tanto Estados Unidos como Israel decidieron en el verano de 2002 vacunar a los empleados de los servicios de emergencias y de la salud pública, los primeros en dar la cara ante un ataque bioterrorista. El Times informó el 7 de julio de 2002 que Estados Unidos iba a vacunar a medio millón de trabajadores del sistema sanitario, que el país disponía de cien millones de dosis y que hacia finales de 2002 poseería suficientes reservas para vacunar a toda la población estadounidense. Israel, según Ha'aretz, ya ha acumulado suficientes vacunas para toda la población.

El general Isaac Ben-Israel, jefe del equipo científico del Ministerio de Defensa, me dijo el 12 de diciembre de 2001 que la viruela puede ser «la pesadilla para todo el mundo» porque se transmite por el aire, de persona a persona, y en el mundo de hoy alcanzaría proporciones globales en semanas. «Es muy fácil de hacer —dijo Ben-Israel— y sería hasta criminal no tomarlo en cuenta.»

Mi cita de mi libro del código de la Biblia, publicado en 1997 —«el Armagedón podría iniciarse con un acto de terrorismo nuclear»—, aparece en la p. 125 {El código secreto de la Biblia, Planeta, 1997).

El informe del Senado estadounidense sobre el peligro del terrorismo nuclear, «Proliferación global de armas de destrucción masiva» (Sen. Hrg. 104-422), fue publicado en 1995. La cita que dice: «Nunca antes se había desintegrado un imperio estando en posesión de treinta mil armas nucleares», es del senador Sam Nunn, en un discurso del 3 de octubre de 1995.

The New York limes Magazine habla en su número del 26 de mayo de 2002 del terrorismo nuclear a través de la pluma de Bill Keller. El titular decía: «Tarde o temprano, tendrá lugar un ataque aquí.» El modelo informático del impacto de un artefacto nuclear de un kilotón sobre Times Square citado por Keller fue desarrollado por Matthew McKinzie, un científico del Natural Resources Defense Council. Mi descripción está tomada del artículo de Keller.

La descripción del impacto de una bomba de un megatón sobre Nueva York procede del gran libro de Jonathan Schell, The Fate of the Earth (Knopf, Nueva York, 1982), pp. 47-49. La estimación de Schell de la probabilidad que caiga una bomba de veinte megatones se halla en su libro, en las pp. 52. Su descripción de un ataque desde el suelo se encuentra en la p. 53.

El experto en terrorismo Robert Wright escribió en su columna del Times del 24 de setiembre de 2001: el 11 de setiembre «los terroristas no usaron armas nucleares o biológicas, pero la próxima vez podrían hacerlo».

La cita del doctor Rips de la advertencia de Moisés de que «seguro que la calamidad les sobrevendrá en el fin de los días» procede del Deuteronomió 31:29. Rips vio que ese pasaje de Moisés deja claro que tenemos la opción de cambiar el futuro, ya que añade: «A través de esta palabra prolongaréis vuestros días sobre la Tierra.»

EPÍLOGO

La afirmación de Newton de que no sólo la Biblia, sino todo el universo, es «un criptograma enviado por el Todopoderoso» está tomada del escrito John Maynard Keynes «Newton, el hombre» (Essays and Sketches in Biography, Meridian Books, 1956).

El genoma humano fue descifrado por dos equipos de científicos, uno público y otro privado. El hito se anunció conjuntamente el 26 de junio 2000 y el mismo 27 de junio, The New York Times hacía pública la noticia con el titular: «El código genético de la vida humana descifrado por los científicos.»

El telescopio espacial Hubble nos envía unas imágenes como nunca antes habíamos visto, que captan la luz procedente del inicio del universo. «Cuanto más lejos ve un telescopio, más antigua es la luz que divisa. En este caso, de hasta trece billones de años de antigüedad, lo cual se estima que es la edad del universo», informaba The New York Times del 23 de julio de 2002. El astrónomo británico sir Martin Rees afirma en su libro Just Six Numbers (Basic Books, 2000) que unos pocos números impresos en el momento de la Creación determinaron la forma de todo.

Newton creía que el universo era un rompecabezas hecho por Dios que nosotros debíamos resolver. El doctor Rips también cree que el código de la Biblia es un rompecabezas que hizo Dios; de hecho, el código afirma que «está en nuestras manos el resolverlo».
APÉNDICE
Eliyahu Rips ha desafiado a la ciencia moderna y ha cambiado la manera que tenemos de ver el mundo al descubrir y probar la existencia de un código en la Biblia que revela hechos que tuvieron lugar miles de años después que ésta se redactase.

«Si esto es real, se trata de un descubrimiento tan importante como el de Einstein», me dijo el físico más respetado de Israel, Yakir Aharonov, cuando le hablé del código por primera vez, hace ya unos años.

En otro encuentro, que mantuvimos recientemente, me dijo al respecto:

—Si es real, se trata de un descubrimiento más importante que el de Newton.

—Lo ha ascendido de categoría —le dije.

—Sí —dijo Aharonov—. Es que si es auténtico, transformará la ciencia como lo hizo Newton.

Pero como Thomas S. Kuhn apunta en su libro La estructura de las revoluciones científicas, muchos de los grandes descubrimientos son rechazados e incluso ridiculizados por el establishment científico. La razón de ello es que todos los grandes descubrimientos, por definición, ponen en entredicho los presupuestos defendidos hasta el momento, y con ellos, a los peces gordos de las universidades que se empeñan en mantenerlos.

«Cada uno de los descubrimientos implicaba el rechazo de una teoría científica respetada hasta el momento, porque lo que emergía era otra teoría plicativa incompatible con la primera —escribía Kuhn—. La ciencia normal silencia muchas veces los hallazgos novedosos, aunque sean fundamentales para el conocimiento, porque son necesariamente subversivos.»

Recuerdo que le dije al propio Rips (antes de que se publicase mi primer libro sobre el código de la Biblia) que cuando se hiciese público su descubrimiento, le lloverían las críticas. Era inevitable. Le pedía al mundo que aceptase una teoría tan radical que, una vez aceptada, nunca volvería a ser el mismo.

—Está usted desafiando al mundo de la misma forma que lo hizo Galileo cuando dijo que la Tierra giraba alrededor del Sol y que el Sol, y no la Tierra, era el centro de nuestro sistema. No fue sólo la Iglesia quien lo condenó, sino todo el establishment científico de la época. Usted está desafiando al establishment religioso y científico del presente.

—Me contentaría con que ya no quemasen a la gente en la hoguera —dijo Rips.

Pero Rips se enfrentaba a otro tipo de ataque. Estaba siendo atacado por muchos científicos ordinarios que no podían aceptar que fuese real un fenómeno que no podían entender.

A pesar de todo, nadie pudo encontrarle una sola tacha al experimento original de Rips publicado en agosto de1994 en Statistical Science, una respetadísima revista matemática norteamericana.Entonces, absolutamente

nadie envió una refutación.

Después, cinco años más tarde, Statistical Science, con una nueva dirección, publicó una refutación redactada por un equipo de matemáticos dirigido por un australiano que no sabía leer en hebreo, el lenguaje del código de la Biblia.

Sin embargo, disponía de cierto número de aliados israelíes que pusieron en duda no la metodología del experimento de Rips, sino la selección de datos: la lista de los nombres de los 32 sabios hebreos que se encontraron codificados en la Biblia, junto con sus fechas de nacimiento y muerte.

Según los críticos, se podía encontrar el mismo fenómeno en cualquier libro. Ésa fue la primera pregunta que le hice a Rips cuando lo conocí. ¿No podía encontrarse la misma aparente coincidencia en cualquier libro usando un programa informático?

Rips me dijo que él y sus colegas habían buscado en otros tres libros no bíblicos los nombres de los sabios (junto con las fechas de nacimiento y muerte), con el mismo programa informático y las mismas pruebas matemáticas.

En la Biblia, los nombres y las fechas estaban codificados juntos. En los otros tres libros no. Y la probabilidad de encontrar información como ésta por azar era de una contra un millón.

«Los datos han estado seleccionados con el objetivo de que pasen la prueba», decían los críticos. Era tanto como acusar al doctor Rips y sus colegas de fraude, de haber escogido sólo los nombres y fechas que estuviesen relacionados en la Biblia.

Yo sabía que esto era falso porque comprobé los hechos antes de publicar mi primer libro. Esa fue la segunda pregunta que le hice a Rips: ¿Quién ha cogido los datos?

De hecho, los nombres de los sabios fueron escogidos mecánicamente. Rips y sus colegas simplemente acudieron a la Encyclopedia of Sages [Enciclopedia de Sabios], un trabajo de referencia estándar, para escoger los primeros 34 que tuviesen una longitud mínima. Cuando los científicos que supervisaron el experimento original pidieron datos nuevos —para así evitar cualquier posibilidad de fraude—, Rips escogió los 32 sabios siguientes en la lista de la enciclopedia.

No hubo posibilidad de manipulación. La elección de los nombres fue puramente mecánica.

Pero también hubo alguna disputa por la correcta transcripción de nombres de esos rabinos, la mayor parte de los cuales vivieron en una época en la que la escritura no estaba tan estandarizada. De manera que Rips y sus colegas consultaron a la principal autoridad en bibliografía rabínica, el profesor Shlomo Z. Havlin, para que decidiera independientemente cómo se tenían que deletrear los nombres. Entrevisté a Havlin y me dio la siguiente aclaración escrita:

«Certifico que las dos listas de nombres y denominaciones han sido elaboradas por mí, con mi único criterio. Además, he examinado escrupulosamente los detalles con la base de datos computerizada del Centro de Procesamiento de Datos de la Universidad de Bar-ilan.»

Antes de que Statistical Science publicase su refutación, al cabo de cinco años, Havlin había enviado a la revista una declaración aún más detallada de cuál fue su papel a la hora de escoger los nombres en el experimento de Rips.

«Debo subrayar que, mientras elaboraba las listas mencionadas, no sólo me era imposible saber qué efecto podía tener la elección de un nombre particular en el experimento, sino que tampoco tenía ni idea de la metodología general del mismo.»

La principal acusación contra Rips y sus colegas —que habían escogido los datos para que saliesen esos resultados— era obviamente falsa. Ni Rips ni sus colegas escogieron los datos. Havlin lo hizo.

Pero aunque Statistical Science estaba al corriente de ello (puesto que Havlin les había escrito), de todas formas publicó el refutamiento.

El refutamiento incluía otra crítica al experimento de Rips. El australiano Brendan McKay hizo su propio «experimento», pero no con la Biblia sino con Guerra y paz. Y, en esta ocasión, McKay sí manipuló los datos de forma deliberada para crear un falso «código» de la novela rusa.

Lo que intentaba demostrar es que si él podía falsificar el experimento, también lo podía haber hecho Rips.

Por supuesto, la crítica era tonta e incierta. En primer lugar, Rips no pudo haber manipulado su experimento porque el que escogió los datos fue una persona independiente. Y Havlin no sabía cómo iba a afectar su elección sobre los resultados.

Pero más allá de eso, todo lo que había probado McKay es que había falsificado un experimento, que había perpetrado un engaño. Como dijo el matemático más famoso de Israel, Robert Aumann, de la Universidad Hebrea: «Si McKay falsifica un billete de cien dólares, eso no prueba que todo el dinero es falso. Sólo demuestra que McKay es un falsificador.»

La refutación era tan burda, tan absurda, que en circunstancias ordinarias jamás hubiese sido publicada.

Pero de hecho era aceptada por muchos científicos porque éstos ya habían tomado su decisión. Lo que Rips decía, lo que había demostrado, lo que nadie había podido refutar —que hay un código en la Biblia que revela hechos futuros— desafiaba de tal forma a la ciencia occidental que algunos científicos decidieron, sin atender a las pruebas, que no podía ser cierto.

Si Rips tenía razón, ellos estaban equivocados. Si Rips tenía razón, las leyes de la física, las matemáticas, la naturaleza misma del tiempo tenía que ser reevaluada.

Se trata del mismo desafío al que se ha enfrentado casi todo científico que ha hecho un gran descubrimiento, cualquiera que haya desafiado a la ciencia de su tiempo.

Pero hasta el momento, nadie ha encontrado evidencia que contradiga los hallazgos de Rips. Nadie ha podido negar la exactitud de sus cómputos matemáticos, de su programa informático, de sus resultados. Allí estaban los nombres de los 32 sabios (personas que vivieron en épocas posteriores a la redacción de la Biblia), con sus fechas de nacimiento y muerte con probabilidades de diez millones a una.

De hecho, un descodificador de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Harold Gans, replicó el experimento israelí usando su propio programa informático. Gans estaba tan seguro de que el código de la Biblia no era real que llevó su experimento un paso más allá: buscó en el código nueva información, los nombres de las ciudades donde los mismos sabios nacieron y murieron. Cuál fue su sorpresa cuando los encontró codificados en el mismo lugar.

McKay y colaboradores afirmaron sin fundamento alguno que Gans había «renunciado» a su experimento. De hecho, Gans dijo públicamente que había reproducido su propio experimento y que estaba seguro de sus resultados.

«Nuestra principal evidencia contra los "códigos" es que simplemente no podemos encontrarlos», escribieron McKay y colaboradores, pasando por alto el hecho de que un veterano con veinticinco años de experiencia en la ASN, que se había pasado toda la vida descifrando códigos para la inteligencia militar, sí pudo hallarlo.

Más aún, McKay y colaboradores, de hecho, sí encontraron evidencia de que el código era real. Primero, pusieron en entredicho la selección original de los nombres. Según ellos, el criterio que se había seguido —la medida de las columnas de la Enciclopedia de los Sabios— no era el correcto. Cuando lcKay realizó el experimento por segunda vez usando sus propios datos, los resultados fueron incluso mejores. McKay y colaboradores simplemente lo dejaron de lado.

Por lo tanto, en su propio primer experimento, aun con la idea de desmontar el código de la Biblia, McKay y colaboradores encontraron un resultado positivo. En vez de informar de ello, cambiaron su método experimental, imponiendo unas condiciones que hacían imposible que los resultados fuesen positivos. De hecho, Rips ya les había advertido que en tales condiciones no iban a hallar nada. Lo que publicaron fue finalmente ese segundo experimento, ocultando los datos positivos que habían hallado en el primero.

Y, por supuesto, nadie ha explicado cómo es posible que el código de la Biblia prediga hechos futuros, a no ser que se trate de algo real. Nadie ha encontrado en Guerra y paz o en Moby Dick una predicción correcta de un hecho de importancia mundial.

Nadie puede manipular un código para que prediga algo que no ha sucedido todavía, como el asesinato de un primer ministro.

Quizá ésa es la razón de que casi todo el mundo, fuera de un pequeño círculo de científicos, acepte la realidad del código de la Biblia.

En su ataque, Statistical Science argumentó que «el artículo de Rips está incluido en el libro de Drosnin (1997), un bestseller en muchas lenguas, lo que lo convierte en el artículo científico más leído de todos los tiempos».

Muchísima difusión y, sin embargo, sólo ha atraído una refutación desde su aparición. Una refutación, como ya hemos demostrado, que puede ser la más falsa de toda la historia de las revistas científicas.

En su contrarréplica a Statistical Science, Rips y sus colegas mostraron mediante un análisis matemático muy detallado que el trabajo de McKay no tenía «ninguna validez» metodológica. Rips añadió que «el reconocido estudioso S. Z. Havlin, de la Universidad de Bar-ilan, y Harold Gans, un descodificador experimentado estadounidense, estaban de su lado y también afirmaban que las acusaciones de McKay eran simplemente falsas».

«La evidencia del código de la Biblia es más fuerte que nunca —escribió Rips—. Hemos hecho nuevos experimentos que muestran que además de nombres de personas figuran en el código detalles sobre su vida.»

Pero la revista matemática que publicó originalmente el experimento Rips y que prometió concederle el derecho a la réplica ante cualquier refusión que surgiese, se negó a hacerlo esta vez.

El matemático más respetado de Israel, Aumann, miembro de la Academia Norteamericana de Ciencias, envió una protesta escrita a Statistit Science, firmada también por uno de los mejores matemáticos de Harvard David Kazhdan, ante la injusticia que estaba cometiendo la revista científica.

«Somos conscientes de que el contenido del artículo es muy sensacionalista —escribieron Aumann y Kazhdan—, Statistical Science sería efusivamente felicitado si pudiese tener la honestidad y la valentía de publicarlo al margen de la tormenta mediática que provoque.»

Aumann recomendaba a Statistical Science que no siguiese «procedimientos mezquinos, inapropiados e injustos». Específicamente, se le pedía que no publicase refutaciones escritas en secreto, antes de enseñárselas al propio Rips.

Pero la revista matemática no hizo caso de las cartas de Havlin, Gans Aumann y Kazhdan y publicó un artículo que había sido rebatido con antelación.

Yo, por mi parte, estoy seguro de que el primer artículo de Rips será considerado un día como una auténtica «revolución científica».
AGRADECIMIENTOS
Este nuevo libro empezó a gestarse el día que encontré el nombre del científico israelí que había descubierto el código de la Biblia, Eliyahu Rips, en un versículo de la Biblia que dice que Dios bajó al monte Sinaí para entregarle la Tora a Moisés.

En los cinco años que han transcurrido desde entonces, Rips y yo hemos mantenido muchas conversaciones acerca del código. La evidencia de que el código es real procede de muchas fuentes, pero este libro no podría haber visto la luz sin la constante asistencia de Rips.

De todas formas, lo he escrito de forma independiente, lo que significa que Rips no es responsable de mis juicios y valoraciones. Sus palabras están debidamente citadas. Todo lo demás corre de mi cuenta.

El programa informático que he usado en mis investigaciones es el que crearon Rips y su colega, el doctor Alex Rotenberg. Todas las tablas del código de la Biblia que ilustran este libro han usado un software creado por Rotenberg y el doctor Alex Polishuk.

También he contado con la asistencia de muchos altos cargos del gobierno israelí. No los voy a mencionar porque a algunos los podría poner en aprietos, pero debo dar las gracias a mi amigo el general Isaac Ben-Israel, que fue hasta hace poco el jefe científico del Ministerio de Defensa. Por otro lado, quiero expresar mi agradecimiento a Joel Singer, el abogado que escribió los acuerdos de paz de Oslo, quien me ayudó a contactar con importantes personas en Israel y Jordania.

Dos geólogos, David Neev y su joven discípulo, Yuval Bartov, compartieron conmigo su conocimiento sobre el mar Muerto y Lisan, posibilitando mi búsqueda arqueológica.

Varios amigos se tomaron la molestia de leer mi libro, criticarlo y animarme. Uno de ellos, Jon Larsen, hizo incluso más que eso. Su consejo, siempre inteligente y sincero, me ha asistido durante años.

Otros dos amigos míos, mis abogados Ken Burrows y Michael Kennedy, me ayudaron más allá de lo que les exigen sus obligaciones laborales. Mi agente, John Brockman, consiguió mantener la existencia de este libro en secreto mientras se orquestaba su publicación simultánea en todo el mundo.

Wendy Wolf, mi editora en Viking, hizo fácil lo difícil poniendo el libro en el mercado en un tiempo récord. Susan Petersen Kennedy y David Shanks, presidenta y director general de Penguin Putnam Inc. respectivamente, fueron entusiastas desde el primer día y me dieron todo el apoyo que necesité. También debo dar las gracias a Jaye Zimet, el director de arte, y a Chip Kidd, el creador de la cubierta.

La publicación de este libro tampoco hubiese sido posible sin la ayuda de mis dos asistentes, Diana y Talya. Diana puso en orden todo el material, halló lo imposible y llevó a cabo importantes investigaciones. Talya, una brillante joven israelí, no sólo confirmó las traducciones, sino que también me ayudó a escribir el libro. No lo hubiese conseguido sin su asistencia.

FIN
* * *



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