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—le recordé—. Necesitamos encontrar las demás piezas del rompecabezas ahora mismo. Tenemos que actuar antes de que sea demasiado tarde.

—Cada una de las piezas es parte de un todo que no podemos alcanzar a ver —dijo Rips—. Por lo tanto, cualquier intervención es un acto de impertinencia.

Mencioné las predicciones relativas a «guerra mundial», «holocausto atómico» y «fin de los días», frases que estaban codificadas junto con el año 2006. También subrayé que habíamos investigado todos y cada uno de los años de aquí hasta el próximo siglo y que sólo ese año se hallaba claramente codificado. De hecho, en ese mismo momento nos hallábamos sentados en un lugar al que se señalaba como objetivo del peligro: «Jerusalén.»

—Estamos en las manos de Dios —dijo Rips.

Le pregunté de nuevo:

-Pero ¿piensa usted que es posible que podamos algún día ver el código completo?

-Si conseguimos la clave, sí —respondió.

---------------------------------

La clave. Estuve pensando en ella durante todo el tiempo que permanecí en Israel y, una noche, encendí mi ordenador portátil y busqué en el código bíblico la expresión «clave del código». La encontré citada cuatro veces.

Una de esas expresiones codificadas se veía atravesada por una palabra hebrea que desconocía. Sólo la pude encontrar en un diccionario hebreo especializado. Su significado: «obeliscos».

Obeliscos. No era lo que yo esperaba. Había visto obeliscos en alguna que otra ocasión: pilares de piedra rematados en forma de pirámide. Eran unas construcciones egipcias de unos tres metros de altura. Se pueden contemplar algunos en Roma, Londres y París, botín de los conquistadores de Egipto a lo largo de los siglos. He llegado a tener delante incluso un obelisco de 3600 años de antigüedad en Nueva York, cincelado con jeroglíficos que relataban la vida heroica de un antiguo faraón.

Pero eso no era lo que me esperaba en relación a «clave del código». Imaginaba que podía encontrar una fórmula matemática o un conjunto de instrucciones, no un objeto físico y mucho menos un obelisco.

En ambas ocasiones, la palabra «obeliscos» aparecía como parte de una frase, «boca de los obeliscos». Ello me sugería que no se trataba de simples pilares de piedra, sino de una especie de oráculos, de predictores del futuro. Quizá nos pudiesen contar algo.

Era difícil de creer: Pero no había duda de que estas palabras habían sido puestas alli de manera intencional. «Obeliscos» aparecería dos veces junto a la expresión «clave del código» dos veces, en ambas ocasiones cruzándola.

Una coincidencia que superaba claramente cualquier probabilidad azarosa.

Como siempre, Rips calculó las probabilidades en un ordenador muy potente de la Universidad Hebrea y me envió un mensaje electrónico con el redosultado: «La probabilidad de que las expresiones "clave del código" y "boca de los obeliscos" coincidan por azar es de una entre un millón. ¡Enhorabuena!».

Más tarde, Rips me contó que era el mejor resultado de todos los que habíamos hallado. «Ningún otro par de datos en la historia de la investigación obre códigos ha tenido una significación estadística tan alta —decía—. Dos coincidencias así no pueden ocurrir por casualidad. Se trata de algo intencional. El código es, a nivel matemático, rigurosamente cierto.»

Y en el mismo lugar, en ambas ocasiones, el texto directo de la Biblia decía «señor del código».

Señor del código. Esta expresión, en hebreo, tiene más de un significado. También puede ser una manera bíblica de decir «el codificador». Era demasiado perfecto.

Después busqué en el código si existía la expresión «señor del código» (esta vez, codificada) y cuál fue mi sorpresa cuando la encontré en el mismo pasaje del Éxodo que hablaba de Dios descendiendo al monte Sinaí para darle a Moisés las tablas de la ley escritas en «zafiro», la palabra que identificaba al científico que iba a descubrir el código, «Rips».

Y en el mismo fragmento donde se leía «obeliscos» aparecían de nuevo las palabras del texto directo que decían «objeto del Cielo».

A partir de ahí busqué información antigua sobre «obeliscos» y encontré un texto judío de 1700 años de antigüedad llamado el Midras que confirmaba inmediatamente el código bíblico:

«¿Qué eran esos "obeliscos"? No eran objetos creados por la mano humana, sino ingenios del Cielo.»

Se trataba, sin duda, de una afirmación extraordinaria. La fuente autorizada más antigua decía claramente que los «obeliscos» no provenían de este planeta; quizá de otro reino. Pero aún había más. El Midras también decía que eran humanoides:

«Tenían ojos como ventanas; eran una especie de hombres y mujeres al mismo tiempo.»

El texto antiguo no decía que estuviesen vivos, pero sugería que podían ver y quizá hablar.Y el Midras parecía decir que los obeliscos eran representantes de cierta forma de vida, quizá no de este mundo.

Volví a ver a Eli Rips. Él, por supuesto, no estaba nada sorprendido de que los obeliscos no fuesen de este mundo, porque él estaba seguro de que el código de la Biblia y la Biblia misma procedían de otro reino: el de Dios.

Le conté a Rips que yo creía que iba a encontrar una fórmula matemática no un pilar de piedra, de este mundo o del que fuese. Rips respondió: «Podrían ser ambas cosas.»

Me contó que en hebreo la palabra «clave» también significaba «grabado». De manera que «clave del código» podía traducirse como «código grabado». Y que, por lo tanto, tenía sentido que la palabra relacionada con ello fuese «obelisco». Ello sugería que la clave que estábamos buscando estaba grabada en pilares de piedra.

Buscamos en su ordenador la expresión «clave matemática». También estaba codificada. Entonces, ambos hallamos algo extraordinario: de nuevo, junto a «clave matemática» aparecía el mismo pasaje del Éxodo en el que Dios se revela en el monte Sinaí. El pasaje que dice que la primera Biblia estaba escrita en «zafiro», la palabra que al revés da lugar a «Rips».

Buscamos «código en el obelisco». Apareció una vez e iba a asociada al término «Cielo».

Volvimos a buscar la codificación de «código de la Biblia» que habíamos buscado muchos años antes. Cruzando la expresión «código de la Biblia» se hallaba la palabra «obelisco».

Ambos estábamos sorprendidísimos. La confirmación parecía absoluta. Había obeliscos (al menos, los había habido mucho tiempo atrás) que contenían los secretos del código de la Biblia.

Pero si era cierto que el código de la Biblia era real; si se necesitaba un objeto físico para obtener la clave de su interpretación, estaríamos delante de algo muy importante y revelador: tendríamos la prueba de que no estamos solos en el universo.

Si en un obelisco de miles de años de antigüedad existiesen restos de una ciencia más avanzada que la nuestra, una difícil clave matemática, llegaríamos a la conclusión de que fue obra de una civilización más evolucionada que la nuestra, procedente directamente del «Cielo», del Más Allá.

Ningún ser humano, ni de la antigüedad ni del presente, podría haber creado el código de la Biblia. Nuestra ciencia es todavía demasiado primitiva Y ninguno de nosotros puede ver el futuro.

Así que si pudiésemos encontrar los obeliscos mencionados, no sólo accederíamos a la clave del código de la Biblia y contemplar el futuro sino que tendríamos pruebas de la existencia de un pasado olvidado.

Quizá alcanzásemos a conocer la identidad del «señor del código», el codificador. Quizá incluso la identidad de Dios.

Pero ¿qué fueron los obeliscos?

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Me encontraba de viaje rumbo a Israel, poco antes del día de Acción de Gracias de 1998, estudiando la expresión «código de la Biblia» junto a la palabra «obelisco».

Y entonces vi que en el texto directo de la Biblia cercano a «obelisco» y «código de la Biblia» se hacía referencia a un lugar: «en el valle de Sidim».

Sabía que había visto mencionado ese nombre antes en algún lugar. Consulté en mi ordenador portátil y ahí estaba: «código en el obelisco» y, cruzando, la expresión «valle de Sidim».

La localización de ese valle aparecía en el texto directo de la Biblia, en la historia de Abraham. La referencia completa del Génesis 14:3 revelaba dónde se hallaba: «el valle de Sidim, en el mar Muerto».

El mar Muerto es, por supuesto, un lugar bien conocido. Se encuentra entre Israel y Jordania, un mar interior tan salado que nada puede vivir en él.

Pero otra cosa era el valle de Sidim, que no aparecía en ningún mapa moderno. Consulté muchos mapas de lugares bíblicos. Ni rastro. Todo lo que podía saber de su localización era lo que decía el Génesis. Ningún estudioso moderno sabía más. Algunas personas especulaban que el valle podía estar sumergido. Por lo tanto, no cerca del mar Muerto, sino bajo el mismo. Una cosa era evidente: el valle de Sidim era un lugar antiguo y aparentemente perdido incluso en la época en que fue escrita, hace más de tres mil años.

Es tan antiguo que cuando se redactó el Génesis su autor identificó su localización con el mar que ya entonces lo cubría.

Pregunté a rabinos y estudiosos de la Biblia. Me dijeron que en el Midras, libro de comentarios sobre la Biblia, existía una mención al valle de Sidim de unos dos mil años de antigüedad. La información más conocida era la proporcionada por Rashi, un ciudadano francés de origen judío del Medievo. Éste escribió que el valle era en el pasado un lugar fértil cubierto de orquídeas, pero que el mar Mediterráneo lo anegó, lo que supuso el nacimiento del mar Muerto.

Pero ningún sabio antiguo o moderno sabía ahora dónde se hallaba exactamente el valle.

Fui a ver a la mayor autoridad científica sobre el mar Muerto, un geólogo israelí llamado David Neev.

«Aquí está todo lo que sabemos de ese lugar a través del Génesis —me dijo Neev—. En la Biblia se identifica el valle con el mar Muerto. Es el lugar donde se libró una gran batalla. Fue donde los reyes de Sodoma y Gomorra, huyendo de la guerra, cayeron en fosos de alquitrán.»

Neev sugería que el valle de Sidim debía, por lo tanto, estar cerca de Sodoma y Gomorra. Según su teoría, un gran terremoto destruyó las dos ciudades hace más de cuatro mil años y las enterró bajo el mar Muerto. Ése era, según él, el suceso real detrás del mito de la Biblia.

Pero nadie sabía exactamente dónde se levantaban las ciudades, probablemente sumergidas bajo las aguas.

Pero aun así, todavía quedaba alguna esperanza. El mar Muerto se encontraba en esos momentos en su nivel más bajo de los últimos cinco mil años. Lo que había estado bajo el agua desde el amanecer de la civilización podría ahora salir a la luz.

«El mar Muerto es como una tetera a fuego rápido, está hirviendo y el líquido se evapora —decía Neev—. En otros cien años, grandes partes del mar simplemente desaparecerán. Hasta que no quede nada excepto sal.»

El geólogo me enseñó un gráfico que revelaba los niveles del agua. El mar había reducido su caudal en cuatrocientos metros durante la pasada década.

La última vez que los niveles habían sido tan bajos fue hace entre 5500 y 8000 años.

¿Estaba el mar Muerto a punto de revelar sus secretos más antiguos?

La última vez que el caudal estuvo tan bajo se trataba de una época misteriosa en la que aparecieron las primeras civilizaciones, una época en la que prácticamente de la nada aparecieron la escritura, las matemáticas, la astronomía y la agricultura, el hombre aprendió a trabajar los metales y se construyeron las primeras ciudades.

«Si lo que busca fue erigido durante el período calcolítico, en el que se dio el surgimiento repentino de la civilización, entonces es posible que se haya mantenido oculto hasta el día de hoy —dijo Neev—. Pero si su objeto fue construido hace cinco mil años y después el mar lo cubrió durante siglos, cuando el nivel del mar se reduzca no podrá ver ningún obelisco, ni siquiera un palacio o una ciudad; sólo barro, sedimento y sal.»

El geólogo me dio otra pista más: «Sidim en hebreo significa "cal", así que creo que debería buscar el valle de la Cal. De hecho, algunas traducciones de la Biblia llaman al valle de Sidim "el valle de la Cal".»

Neev me sugirió que buscase en la parte jordana del mar Muerto. «Existe una península allí llamada Lisan —me dijo—. Se trata de una pequeña extensión de roca salina cubierta de piedra caliza.»

Él nunca había estado allí puesto que Israel había tenido tres guerras con Jordania. «Tenga cuidado —me advirtió—. Es territorio enemigo.»

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Mi guía no entendía por qué quería ir a la península de Lisan. Era el primer turista que le pedía ir a allí.

Lisan es un saliente de terreno con una forma muy extraña que se introduce en el interior del mar Muerto. Parece una lengua y, de hecho, tanto en hebreo como en árabe «Lisan» significa «lengua».

Cuando llegamos allí era como si acabásemos de pisar la Luna. El paisaje de Lisan es yermo, completamente desprovisto de vegetación. Al brillante sol del desierto, el terreno parecía blanco, cubierto completamente de cal.

Esta península es el único lugar del mar Muerto que queda por encima del nivel del agua, reminiscencia del «valle de Sidim», el «valle de la Cal». Parecía mitológicamente perfecto. El ombligo del mundo. El lugar más bajo del planeta, a cuarenta metros bajo el nivel del mar.

En todo el planeta no hay tierra tan seca y baja. Yo desembarqué en una zona que había salido a la superficie durante la última década. Así que cuando puse el pie en la costa de la península de Lisan, recientemente expuesta a la superficie tras cinco mil años de inmersión, me hallaba en la zona más baja del lugar más bajo de la Tierra. El fondo del mundo.

Entre los mensajes del código de la Biblia se leía «el fondo del mundo». En la misma tabla, «Lisan» y, cruzando esta palabra, «clave antigua».

Lo que una vez se levantó en tierra firme para pasar a estar sumergido durante toda la historia de la civilización humana podría quedar ahora expuesto a la superficie, cubierto de arena, barro, arcilla y la gruesa capa de sal que dejó el mar.

Ahora la península estaba absolutamente vacía. No quedaba ningún signo de haber sido habitada. Ni ahora ni nunca. Las únicas personas en toda la península eran trabajadores de las minas de sal.

Lisan se hallaba desértica, pero estaba rodeada por extraordinarios hallazgos arqueológicos de un glorioso pasado bíblico.

Al otro lado del mar se encontraban las cuevas de Qumran, donde se hallaron las copias más antiguas de la Biblia, los pergaminos del mar Muerto. Durante más de dos mil años se preservaron allí palabras sagradas escritas sobre pieles de animales. En 1947, un joven pastor lanzó una piedra al interior de las cuevas y oyó un crujido de cerámica. Dentro de la urna rota encontró un libro completo de la Biblia; había resistido intacto el paso del tiempo.

No muy lejos de allí, en la parte israelí, se podía distinguir la fortaleza de Masada, donde hace dos mil años una pequeña comunidad de judíos resistió el ataque de las legiones romanas hasta que finalmente perecieron todos. Allí arriba, coronando el altiplano, las antiguas piedras de la fortaleza contemplaban el inhóspito paisaje, inamovible durante dos milenios.

En la parte jordana, a menos de una milla del mar, había sido desenterrado recientemente un pueblo de cinco mil años de antigüedad, Bab-Edrah. Sus muros permanecían intactos. Podía tratarse de la bíblica Zoar, adonde, según la leyenda, Lot huyó para escapar a la destrucción de Sodoma y Gomorra.

Por lo tanto no era enteramente imposible que bajo mis pies, en esta yerma península, hubiese un obelisco grabado con la «clave del código».

La península de Lisan era sólo un punto en el mapa, pero tenía cuarenta kilómetros cuadrados. Allí, de pie, mientras contemplaba aquella extensión de cal y sal, me di cuenta de que era una área demasiado grande para buscar un pilar o un palacio que seguramente estarían bajo tierra. Podía estar pisando, en ese mismo instante, el punto exacto donde se encontraban y no llegar nunca a sospecharlo.

Así que volví a la Biblia y al código.

Existe un libro en el Antiguo Testamento donde se menciona Lisan. Se trata del libro de Josué, la historia de un joven guerrero que condujo a los israelitas a su destino final, después del fallecimiento de Moisés. De hecho, su tarea fue llevarlos de Jordania a Israel.

En Josué 15:5 encontré «Lisan, lengua del mar», y codificado en vertical, la frase «encontró el lugar exacto, Lisan».

En Josué 18:19 aparece de nuevo «Lisan, lengua del mar Muerto, al norte» e incluso una descripción aún más precisa de la localización de mi objetivo.

«Codificador» aparece también codificado en vertical sobre el texto directo que revela la localización. «Codificado» aparece cinco veces en la misma tabla y en hebreo la misma palabra significa «oculto» y «norte».

Así que el texto de Josué el único libro de la Biblia que menciona el nombre de Lisan,parecía revelar el lugar exacto de la península en el que buscar: en su extremo más septentrional, donde se formaba una pequeña bahía, una «lengua del mar Muerto».

Busqué en la Tora la expresión codificada «Lisan, lengua del mar» y apareció enteramente, sin saltos, una sola vez. «Lisan» cruzaba «lengua del mar» y «clave antigua» cruzaba las dos expresiones anteriores.

Fui a ver a Eli Rips. Le enseñé las codificaciones y le dije que había estado visitando el terreno.

Rips estudió el código en su ordenador e inmediatamente vio algo destacable.

«Las mismas letras en hebreo que forman la palabra "clave antigua" también forman "mapa del sensor" —dijo Rips—. Y también hallamos "lengua del mar" y "Lisan".»

Se trataba de un descubrimiento crucial. La única manera de encontrar un «obelisco» sería mediante la utilización de un sensor, una tecnología avanzada que pudiese observar bajo las aguas (o bajo tierra) para hacer un «mapa» de lo que el ojo humano no puede ver.

Las letras alternantes en la secuencia de dos saltos que formaban las expresiones «clave antigua/mapa del sensor» formaban una nueva expresión: «Descubierto, visible, descubrimiento, detectar.»

Más tarde descubrí que este mismo pasaje de la Biblia, en que «Lisan, lengua del mar» aparecía sin saltos en el texto oculto y «clave antigua/mapa del sensor» estaba codificado a través, no sólo aparecía con «Lisan», sino también con otras diez importantes claves en mi búsqueda de la «clave del código».

«Obelisco en Lisan» cruzaba «Lisan, lengua del mar». También lo hacía «mapa del lugar oculto». Por otro lado, «clave» aparecía tres veces en esa tabla, donde a su vez «mapa del sensor» cruzaba «mapa del lugar oculto».

Rips y yo buscamos otra expresión en el ordenador: «el sensor marcó el lugar». Increíblemente, también se hallaba codificada en vertical en el único lugar de la Tora en que aparecía «Lisan» sin saltos. Las probabilidades eran de dos entre diez mil.

Y finalmente, sentado una noche frente a mi ordenador portátil, busqué en el libro más profético de la Biblia, el de Daniel, y encontré allí la expresión «sensor marcando» junto a Lisan.

La expresión oculta completa del libro de Daniel era todavía más extraordinaria. Decía: «Lisan como Sidim.»

Estaba absolutamente seguro de que había encontrado el antiguo valle de Sidim. Estaba claramente indicado en Daniel. El valle era la península de Lisan. Pero el mensaje oculto en Daniel era todavía más extraordinario. En los primeros párrafos, el texto directo cuenta la historia del acoso a Jerusalén por parte de un rey babilónico. Éste se lleva a su palacio a algunos niños de Israel. Allí se les enseña todo lo que sabía aquella civilización antigua, «toda la sabiduría, conocimiento y ciencia», incluido el lenguaje de la primera civilización conocida, la «lengua de los caldeos».

Escondida en esos párrafos se encontraba la respuesta a mis investigaciones.

En hebreo, la expresión «la lengua de los caldeos» también significa «Lisan como Sidim». En el texto directo de Daniel se habla de los niños «de pie en el palacio» y esa frase en hebreo puede también traducirse como «el pilar en el palacio». Quizá se tratase del «obelisco» que estaba buscando, en el cual se hallaba grabada «toda sabiduría, conocimiento y ciencia».

Pero aún había algo más. Esas mismas palabras de Daniel me estaban indicando la X en el mapa del tesoro. «Mazra» también aparecía en el mismo texto que identificaba «Lisan como Sidim».

Y «Mazra» era el nombre de un pueblo en la costa meridional de aquella ensenada del mar Muerto, la «lengua del mar». Allí iba a encontrar el «pilar del palacio», el «obelisco», la «clave del código». Todos los libros de la Biblia que consulté parecían apuntar al mismo lugar: el objetivo era la zona conocida como valle de Sidim, ahora el mar Muerto, específicamente a la ensenada de la parte meridional de la península, la bahía de Mazra y la zona que forjaba la bahía, el cabo de Lisan.

En la Tora, donde estaba codificada «península de Lisan» también aparecía «Mazra», lo cual era estadísticamente muy significativo. Simplemente, no podía deberse al azar.

«Mazra» estaba codificado junto a «clave del código». Y «obelisco» cruzaba tanto a «Mazra» como a «clave del código».

Habíamos hallado la localización exacta. La única cuestión que quedaba por dilucidar era cómo podíamos encontrar ahora el objeto antiguo enterrado allí.

Aquello no iba a ser como en las películas. No podía, como Indiana Jones, apartar el polvo con mis manos y encontrar el arca perdida. Incluso con excavadoras, mi X en el mapa era demasiado grande como para empezar a cavar.

No tenía ni idea de qué estaba hecho el obelisco, a cuánta profundidad estaba enterrado, si estaba bajo tierra o bajo el mar, o si existía después de tantos miles de años.

El doctor Rips encontró otra pista, pero no eran exactamente buenas noticias.

Donde «obelisco» se cruzaba con «código de la Biblia», el texto directo decía: «La tierra abrió su boca y se lo tragó.» Si el obelisco había sido engullido, quizá en el gran terremoto que golpeó a la zona hace cuatro mil años, entonces, según el geólogo Neev, el obelisco podía estar muchos metros bajo tierra. Podía haber desaparecido completamente como Sodoma y Gomorra.

Conclusión: iba a necesitar una tecnología muy avanzada para encontrarlo. Lo que necesitaba ahora era, sin duda, «el mapa de un sensor». Consulté con varios expertos, es decir, geofísicos que buscan petróleo y metales preciosos bajo tierra (a veces, también objetos antiguos), pero con peor resultado incluso.

Los radares que penetran la tierra y que tan bien funcionan para encontrar objetos bajo las arenas de grandes desiertos no funcionan en terrenos saturados de sal como Lisan y el mar Muerto. Las señales del radar rebotarían sobre la superficie de la tierra o el agua.

Hablé con mis amigos de la inteligencia israelí, con el jefe del departamento científico del Ministerio de Defensa, con gente del Pentágono y la CÍA. Todos me dijeron lo mismo. No existía ninguna tecnología secreta que pudiese penetrar la tierra, ninguna técnica militar clasificada, ningún satélite espía que pudiese descubrir un obelisco enterrado en el lugar más salado de la Tierra.

Era desesperante. Habíamos llegado tan lejos... Habíamos descubierto lo más difícil: la palabra codificada «obelisco» que cruzaba dos veces la expresión «clave del código», coincidencia para la que había sólo una posibilidad entre un millón. Después, casi milagrosamente, la Biblia nos había llevado paso a paso al lugar donde probablemente se hallaba la clave. Quizá me encontraba de pie encima de ella. Pero, simplemente, no podía seguir.

—¿Sabe?, siento como si me estuviesen guiando en esta búsqueda —le confesé a Eli Rips.

__Por supuesto —me respondió, asumiendo que existe un plan divino.

Rips, como de costumbre, daba por hecho algo en lo que yo no creía.

__¿Por qué entonces me está resultando tan difícil? Cualquiera en su sano juicio habría abandonado ya —le dije.

—En su pregunta está la respuesta —replicó Rips.

Miró de nuevo la codificación original de «la clave del código» y dijo:

—Esto lo puede animar —señalando la pantalla del ordenador—. Dice «en nuestras manos está el resolverlo». La traducción literal del hebreo era incluso mejor: «En nuestras manos, romperlo», lo cual era equivalente a descifrar el código.

Pero las mismas palabras en hebreo podían ser traducidas como «en nuestras manos por una crisis». Y estoy convencido de que no era por casualidad que estábamos buscando la clave del código en este momento de crisis mundial.

La tensa situación en Oriente Medio hacía que nuestra búsqueda fuese urgente. La Biblia se hacía eco de ello. Nos advertía de que nuestra búsqueda no era ni más ni menos que una cuenta atrás hacia el Apocalipsis.

La expresión «en la península de Lisan» estaba codificada junto a «en el fin de los dias».

La advertencia estaba clara, pero también había una promesa esperanzadora. Cruzando «en la península de Lisan», justo debajo de «en el fin de los dias», el texto directo de la Biblia decía: «para que vosotros y vuestros hijos, para que prolonguéis vuestros días sobre la Tierra».
CLINTON
El presidente de Estados Unidos estaba confesando su pecado por televisión. Prácticamente, admitía haber mentido: «Tuve una relación no apropiada con la señorita Lewinsky.»

Era el 17 de agosto de 1998. Bill Clinton reconocía que había engañado a su mujer y al pueblo americano. Estaba admitiendo en un discurso solemne a la nación que había mantenido una relación íntima en la Casa Blanca con una becada de veinticuatro años de edad.

Veía la televisión y, al mismo tiempo, me concentraba en mi ordenador, buscando en el código de la Biblia.

Mis amigos me habían pedido durante los últimos meses que buscase en el código alguna referencia al escándalo Lewinsky, pero me había negado. Me parecía de mal gusto; demasiado trivial.

Pero ahora podía ser la causa de la caída de un presidente, el hombre que había reunido a Rabin y Arafat, el hombre que podía traer la paz al Próximo Oriente y prevenir los horrores que predecía del código.

Yo sabía que «Clinton» estaba en el código porque Bill Clinton fue el primer nombre que busqué en él.

De hecho, en junio de 1992, poco después de empezar a conocer el código de la Biblia, pasé mi primer examen: predije la victoria de Clinton seis meses antes de que fuese elegido presidente.

Efectivamente, la palabra «Clinton» estaba codificada junto con «presidente» en aquel código milenario de tres mil años de antigüedad.

Aquel 17 de agosto de 1998, cuando se confesaba ante toda la nación, busqué de nuevo Clinton en el código de la Biblia, para ver si se vaticinaba el
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