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impeachment.'
* impeachment es una acusación formulada contra un alto cargo por delitos cometidos en el desempeño de sus funciones. En el caso de la presidencia de un país conduce, en caso de prosperar, a la destitución del mandatario.
Para mi sorpresa, encontré que las palabras «Clinton» e «impeachment» estaban codificadas juntas, muy claramente, y contra toda probabilidad.

Y, en el mismo párrafo de la Biblia, donde estaba codificado «impeachment» junto con «Clinton», encontré también el escándalo de Monica Lewinsky:

«Secreto oculto, amante de sirvienta.»

Era extraordinario. «Sirvienta» era, sin duda, la palabra del lenguaje del Antiguo Testamento más cercana a «becaria» que podía haber.

Justo cuando hube acabado de hallar estos vaticinios, el presidente terminaba su confesión de cinco minutos de duración y los mismos comentaristas de televisión aseguraban que no sobreviviría al escándalo.

Investigaba en el código de la Biblia mientras en la televisión veía, una y otra vez, la grabación en la que Clinton negaba su aventura, moviendo el dedo a la nación diciendo: «No he tenido relaciones sexuales con esa mujer, la señorita Lewinsky», para, acto seguido, matizar que «Lo que sí tuve fue una relación con la señorita Lewinsky».

Hasta aquel momento me había parecido absurdo buscar en un texto antiguo información relacionada con tal escándalo cuando estábamos pendientes de un destino mucho más trágico, un peligro sin precedentes.

Pero entonces estaba en juego el destino del presidente. Era la primera vez Que la nación se enfrentaba a un juicio por impeachment desde hacía más de trescientos años. Así que decidí buscar la respuesta en el código de la Biblia.

Cuando busqué con mayor atención la palabra «Clinton» me di cuenta de que había un segundo nivel.

La palabra anterior «impeachment» era «contra». El mensaje real, lo que estaba asociado con «Clinton» en el código de la biblia era «pueblo», nación contra impeachment», o más literalmente: «nos oponemos al impeachment»

Y sobre ese texto, solapado a él, «su opinión lo evitará».
El 17 de agosto de 1998, la noche en la que Clinton se confesó a la nación, en el momento en que su presidencia parecía estar al borde de la ruina, el código de la Biblia predijo que Clinton sobreviviría al escándalo.

El 12 febrero de 1999, el Senado de Estados Unidos absolvió al presidente Clinton de las dos acusaciones de impeachment después de un año de escándalo e investigaciones.

Una vez más, el código de la Biblia había probado su exactitud.

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Dos años más tarde, el 6 de octubre de 2000, llegué a la Casa Blanca para conocer al jefe de gabinete del presidente Clinton, John Podesta.

Estaba allí para advertirle que el código de la Biblia avisaba de que ya estábamos en el fin de los días.

El agente del servicio secreto de la entrada estaba nervioso. De nuevo había estallado la tensión en Oriente Medio y existía una alerta terrorista. Tardé media hora en acceder al interior del edificio.

Mientras esperaba fuera de la Casa Blanca, me pregunté mentalmente qué le podía decir al segundo hombre más poderoso de la Tierra, la persona que decidía quién veía al presidente, qué veía el presidente y, en gran medida, qué hacía el presidente.

Podesta ya le había entregado a Clinton una copia de mi libro acerca de código de la Biblia. Me contó que el presidente lo había leído en Camp David junto con la carta que le envié el día en que anunció la cumbre entre el primer ministro israelí Ehud Barak y el líder palestino Yasir Arafat.

Mi carta, fechada el 5 de julio de 2000, decía:

«Le adjunto una copia de mi libro El código secreto de la Biblia, porque su anuncio de hoy de la cumbre de Camp David entre Arafat y Barak confirma las predicciones del código.

»El código, que parece revelar el futuro, sugiere que usted desempeñará un importante papel a la hora de determinar si habrá paz o guerra en Oriente Medio y que lo que está en juego en esta reunión es más importante de lo que se puede imaginar.

»He dudado sobre si entrar o no en los detalles del asunto en esta carta porque entiendo que suena muy apocalíptico.»

No podía presentarme y decirle al presidente de Estados Unidos que ya estábamos en el «fin de los días». No podía decirle que, según el código de la Biblia, el mundo llegaría a su fin en pocos años. En realidad, a mí mismo me costaba creerlo. Sabía muy bien que, si no mantenía cierta discreción, cualquier empleado de la Casa Blanca creería que era uno de esos tipos que habitan en el parque que hay enfrente del edificio presidencial. Una de esas personas que sostienen carteles en los que se lee: «Arrepiéntete, el fin está

PRÓXIMO.»

De manera que mi carta seguía de la siguiente manera: «De hecho, yo no soy religioso y estoy seguro de que podemos evitar el desastre.»

El código de la Biblia, le dije al presidente, era ciencia, no religión, y revelaba nombres de lugares, personas y fechas, aunque se trataba de un texto de tres mil años de antigüedad.

«En realidad, su elección fue mi primera confirmación de la realidad del código. Contra toda probabilidad y meses antes de que fuese elegido, encontré su nombre perfectamente codificado junto a la palabra "presidente".

«Ahora he descubierto que existe otra expresión cruzando su nombre, "reparó, restauró". En hebreo, este verbo tiene un significado todavía más profundo: significa "restaurar, reparar, transformar el mundo".

»Aunque la alternativa también está descrita en el código de la Biblia, el auténtico Armagedón, la guerra mundial nuclear que ha de empezar en Oriente Medio. Si el código es correcto, el peligro se halla aún a unos años de distancia.

«Pero lo que hagamos ahora, lo que usted haga ahora, puede determinar lo que finalmente suceda. Creo que ésa es la razón de la existencia del código de la Biblia. Para advertirnos a tiempo de los cambios que debemos realizar para cambiar el futuro.

«Usted puede hallarse en mejor posición que nadie para acabar con miles de años de violencia entre árabes y judíos», concluía mi carta a Clinton.

«Camp David» también está codificado en la Biblia y junto a ese nombre oculto se puede leer en el texto directo «ciudad de refugio» y «paz».

Además, «Camp David» —el aislado retiro de los presidentes, el lugar donde se firmó la paz entre Egipto e Israel y el lugar donde Clinton reunía ahora a Barak y Arafat— estaba codificado allí donde el texto directo de la Biblia hablaba de las reglas que permitían a los asesinos encontrar «redención, liberación».

Pero Camp David acabó en fracaso. Ambos, Clinton y Barak, pensaron que Arafat no podía rechazar la oferta que le iban a hacer. De hecho, casi todo el mundo pensó que en cuestión de días o semanas, Arafat aceptaría la creación de un Estado palestino con el noventa por ciento de Gaza y Cisjordania, la mayor parte del este de Jerusalén y la mitad de la Ciudad Antigua. Pero Arafat rechazó la propuesta. Nadie entendió por qué. La razón había que buscarla en la importancia que tenía la religión en todo aquello.

La religión dominaba las conversaciones de paz. En realidad, el código de la Biblia ya lo había vaticinado. El caballo de batalla era la «Explanada de las Mezquitas».

Esa explanada de 35 acres de Jerusalén que, en el pasado, había sido la sede de un antiguo templo judío construido por Salomón, albergaba ahora una gran mezquita con una cúpula dorada y nadie quería renunciar a ella. Para los judíos, los restos del templo, el Muro Occidental, al final de la Explanada de las Mezquitas, eran su santuario más sagrado. Para los musulmanes, la mezquita situada en lo alto de la montaña que ellos llamaban Ha-ram-Al-Sharif, era la segunda en importancia después de La Meca. Durante miles de años, la montaña del Templo ha sido el campo de batalla de una enconada guerra religiosa, la eterna disputa por el control de la Ciudad Sagrada, y siguió siendo el principal impedimento en las conversaciones de Camp David.

La expresión «Explanada de las Mezquitas» estaba codificada junto a los nombres de los tres mandatarios presentes en la cumbre: «Clinton», «Arafat» y «Barak».

Hay que destacar que la expresión «Explanada de las Mezquitas» aparecía en el texto oculto todo seguido, sin saltos, mientras que «Clinton» figuraba en vertical. En el mismo lugar, la fecha del encuentro, «5760», es decir, el año 2000.

Donde aparecía el nombre de «Arafat» sin saltos, también se leía «ataque a la Explanada de las Mezquitas», una vez más contra toda probabilidad. La palabra «Barak» cruzaba «Explanada de las Mezquitas» en el mismo lugar y las palabras originales de la Biblia advertían del «fin de los días».

Era extraordinario que los tres participantes en las negociaciones de paz estuviesen codificados junto con el nombre del lugar sagrado que evitó el éxito de las mismas. El código de la Biblia parecía sugerir que era inminente un ataque a la Explanada de las Mezquitas.

En julio, después de que las conversaciones de paz fracasasen (también lo harían los intentos de reanudarlas, en agosto, setiembre y octubre), seguí intentando hacerme oír e informar a Clinton, Barak y Arafat.

Llegué a Israel a principios de agosto de 2000. La cumbre de Camp David no había servido de nada y el gobierno israelí estaba al borde del colapso. El primer ministro Barak defendía desesperadamente un plan de paz, pero sus ministros fueron dimitiendo uno a uno. El pueblo israelí perdió toda esperanza de ver el final de su lucha con los palestinos.

Barak, ahora aislado y a la defensiva, no iba a escuchar un extraño mensaje de un supuesto código de la Biblia.

De hecho, yo ya había intentado ver a Barak antes de que fuese elegido. El 17 de mayo de 1998, cuando ni siquiera él sabía que se iba a presentar al cargo, recibió una carta mía que decía:

«Nueva información extraída del código de la Biblia afirma que usted será primer ministro en una época de gran peligrosidad para su país. Creo que usted será el próximo líder de Israel y espero que podamos vernos.»

El código incluso predecía el año, «5759», que en el calendario moderno correspondía a 1999. Como parecía una cosa imposible, no incluí este último detalle en la carta. Las siguientes elecciones estaban previstas para el año 2000.

Un año y un día después de la fecha en la que le envié mi carta a Barak, el 17 de mayo de 1999, éste ganó por sorpresa unas elecciones anticipadas y se convirtió en primer ministro de Israel.

Pero no experimenté necesidad de reivindicación. Sólo una terrible sensación de que se cernían sobre todos nosotros unos terribles augurios. La codificación de la Biblia que me permitió predecir la victoria de Barak con un año de antelación también me advertía de un gran peligro; se trataba de una información específica y muy preocupante.

En una sola matriz aparecía codificada la expresión «primer ministro E. Barak» y, acto seguido, «crisis y muerte». La advertencia era muy explícita. La crisis surgiría en los lugares sagrados de Jerusalén que reclamaban tanto musulmanes como judíos, «la Explanada de las Mezquitas».

Cruzando «primer ministro E. Barak» el texto oculto decía: «Golpearán la Explanada de las Mezquitas.»

Así que cuando Barak fue elegido, tal y como predecía el código, envié inmediatamente varios mensajes urgentes a sus consejeros para advertirle del peligro.

Envié un fax al jefe del equipo científico del Ministerio de Defensa, el general Isaac Ben-Israel: «Lo que me preocupa es que si el código ha predicho correctamente su victoria, también puede acertar a la hora de predecir que Barak será presidente en un período de extremo peligro.»

Pero Barak, tan ocupado ahora que ni siquiera veía a sus hombres más cercanos, me contestó que no me podía recibir.

Decidí enviarle una nueva misiva. Decía: «Hemos hallado un mensaje codificado en la Biblia que dice "golpearán la Explanada de las Mezquitas" junto con "primer ministro Barak". Piense que hace un tiempo encontramos algo muy parecido que resultó fatídico: "asesinato" y "Itzhak Rabin".»

Barak sabía que el código de la Biblia era auténtico. El día en que Rabin rué asesinado, el mejor amigo de Rabin, el hombre que le transmitió mi advertencia, llamó a Barak y le dijo: «El periodista norteamericano ya lo sabía hace un año. Yo mismo se lo dije al primer ministro. Estaba escrito en la Biblia.»

De hecho, Barak había investigado personalmente el código de la Biblia, general Ben-Israel me contó que después del asesinato de Rabin, el nuevo primer ministro, Simón Peres, ordenó a Barak, entonces secretario de Estado, que estudiase el asunto.

«También te investigó a ti —me confesó Ben-Israel—. Quería saber si habías tenido algo que ver en el asesinato.»

Al principio me quedé pasmado, pero lo cierto es que tenía mucho sentido. Era más fácil que Barak creyese que yo estaba detrás del atentado que no que la Biblia podía predecir el futuro mediante un código de tres mil años de antigüedad oculto en ella.

«Estabas limpio», dijo Ben-Israel.

De manera que Barak sabía todo acerca del código de la Biblia. Sabía que había predicho el asesinato de Rabin y ahora su propia elección, ambos con un año de antelación. Pero aun así, no quería verme.

«No lo tomes como algo personal —me dijo el general Ben-Israel—. No tiene tiempo para hablar con nadie; ni siquiera con sus consejeros más cercanos. Ni siquiera conmigo. Ahora está totalmente aislado.»

Pero no podía soslayar el peligro. La expresión «la Explanada de las Mezquitas» no sólo cruzaba «primer ministro Barak», sino también «ataque a la Explanada de las Mezquitas». Incluso en la misma tabla figuraba su nombre, «Ehud Barak» y «5760», el año 2000.

El peligro parecía incluir una fecha exacta: el «9 de Av». El día en que, según la leyenda, fue destruido el Primer Templo a manos de los babilonios en 586 a. J.C. y el Segundo Templo a manos de los romanos en el año 70 d. J.C. Por lo tanto, en la mañana del 9 de Av, es decir, el 10 de agosto de 2000, fui a ver al secretario del gabinete de Barak, Isaac Herzog, el hijo de un ex presidente de Israel, quien ya había recibido una carta mía, que a su vez él había entregado al primer ministro.

«Barak mismo ha ordenado que se esté alerta —me dijo Herzog—. El primer ministro está al corriente del peligro. No podemos hacer nada más.»

Herzog también me dijo que había llamado al jefe de la policía de Jerusalén para alertarle del supuesto ataque y que también había avisado a los demás altos funcionarios de seguridad del posible peligro que había ese día.

Todo el mundo en Israel sabía que un ataque a la Explanada de las Mezquitas haría estallar una yihad, una guerra santa. Los extremistas religiosos de ambos bandos habían intentado atentar contra el lugar en el pasado, esperando dar inicio al Apocalipsis. Muchos creían que el año 2000 era el año del desastre final. De hecho, un artículo del New York Times preguntaba: «En el próximo año, el año del milenio, mientras algunos cristianos esperan que vuelva el Mesías, ¿no intentará nadie destruir la Cúpula de la Roca o la cercana mezquita de Al-Aksa para acabar con el plan de paz e iniciar el fin de los días?»

El líder del grupo terrorista palestino Hamas, Sheik Ahmed Yassin, declaró al respecto: «Eso significaría el fin de Israel.»

Así que le mostré a Herzog, mano derecha de Barak, que tanto «Barak» como «Arafat» aparecían en el código de la Biblia junto a «fin de los días».

—¿Qué opina Rips de todo esto? —-preguntó Herzog.

—Él piensa que obtener las palabras «Arafat» y «Barak» en el mismo lugar que la expresión «fin de los días» por azar es prácticamente imposible —le respondí.

Pero nada sucedió el día 9 de Av. No hubo ningún ataque a la Explanada de las Mezquitas. Aquel día no actuó ningún fanático terrorista. Temía que, a partir de entonces, me pasaría como al pastor que gastaba bromas acerca de la venida del lobo. Nadie me creería.

De todas formas, le pedí de nuevo a Herzog que me consiguiese una entrevista con el primer ministro.

—No está viendo a nadie —me dijo—. Ahora es imposible.

Así que dirigí mis esfuerzos hacia Yasir Arafat.

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El 13 de agosto de 2000 conocí a Abu Ala, el líder del Parlamento palestino, quizá el segundo hombre más importante del país después de Arafat. Abu Ala es un hombre bajo, calvo y corpulento, con un eterno puro en la boca. Su oficina de Ramala estaba presidida por una gran fotografía de la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén.

Le entregué a Abu Ala una carta para Arafat. Le dije que se trataba de una advertencia codificada en la Biblia, una profecía que Arafat debía ver. La leyó cuidadosamente y, cuando acabó, le noté claramente conmovido.

Yo imaginaba que Abu Ala se mostraría escéptico, incluso hostil. Después de todo se trataba de un código en hebreo en el libro sagrado de su mayor enemigo. Pero Abu Ala lo tomó muy en serio y se preguntó en voz alta si debía hacérsela llegar a Arafat ese mismo día, aunque éste se hallaba de visita oficial en China.

«Nosotros también tenemos cosas como ésta en el Corán —me dijo—. Arafat es un buen creyente, así que creo que se tomará el tema con seriedad. Más que Rabin.»

Pero pasaron los meses y Abu Ala nunca entregó la carta. Así que me encontraba con que no podía llegar hasta Arafat ni Barak. Sólo me quedaba intentar hablar con Clinton.

A finales de setiembre, con las conversaciones de paz estancadas, le envié una nota al jefe del gabinete del presidente, John Podesta:

«Es posible que para salir del punto muerto al que han llegado Barak y Arafat se necesite algo más que una solución política racional.

»Si el problema es la religión, entonces la solución puede ser el código de la Biblia.»

La Casa Blanca tardó mucho en contestarme y cuando me llamó Podesta para concertar una cita, yo ya estaba de vuelta en Israel. Ya era demasiado tarde. Ese mismo día empezó una nueva intifada. Una guerra abierta entre israelíes y palestinos que se inició en la Explanada de las Mezquitas, exactamente como la Biblia había predicho. El día anterior a mi llegada, el 28 de setiembre, el líder de la derecha israelí, el general que había jurado derrotar a Arafat, Ariel Sharon, envió a miles de policías y soldados antidisturbios a la Explanada de las Mezquitas. Al siguiente día, el 29 de setiembre de 2000, después de las oraciones del viernes en la mezquita, se inició un nuevo levantamiento palestino. El resultado fue cuatro jóvenes muertos por soldados israelí es en la Explanada de las Mezquitas.

El ataque a la Explanada de las Mezquitas no vino dado por extremistas religiosos o terroristas, sino por uno de los personajes más importantes de la política israelí, lo cual disparó una espiral de violencia sin igual.

Por otro lado, la palabra «Sharon» estaba también codificada junto a «Explanada de las Mezquitas».

Todas las predicciones que le había enviado al primer ministro Barak, dos años antes, se habían hecho realidad.

«Golpearán la Explanada de las Mezquitas» —las palabras que cruzan la expresión «primer ministro E. Barak»— y la advertencia de «crisis y muerte» eran ahora una triste realidad.

Pero Barak seguía sin acceder a recibirme. Fui a ver a algunas de las pocas personas en las que confiaba el primer ministro, su hermano político Doron Cohén, un abogado de Tel-Aviv. Le entregué una nueva carta para Barak. Pero antes de que pudiera leerla, recibió una llamada de la oficina del primer ministro.

«En estos momentos no habrá encuentro —dijo Cohén tras colgar el auricular—. Dos soldados israelíes acaban de ser linchados en Ramala.»

Las imágenes de la televisión israelí eran horribles. Una turba violenta había rodeado la estación de policía palestina de la ciudad cisjordana. Perseguían a dos jóvenes soldados israelíes que se habían perdido en territorio palestino. Los golpearon hasta matarlos, mutilaron sus cuerpos y los arrojaron por la ventana. Uno de los asesinos mostraba sus manos cubiertas de sangre mientras la multitud aclamaba a los perpetradores.

En represalia, helicópteros israelíes derrumbaron el cuartel general de la Autoridad Palestina en Ramala y Gaza. Fueron los peores actos de violencia desde que Rabin y Arafat se estrecharon las manos en los jardines de la Casa Blanca en 1993. Era la guerra.

Al duodécimo día de unos disturbios continuados que se cobraron casi cien vidas, me encontré con el ministro de Asuntos Exteriores de Arafat, Nabil Sha'ath. El lugar del encuentro estaba en una zona palestina bombardeada dos días atrás. Mi conductor me dejó en la parte israelí de la frontera y caminé una distancia equivalente a la longitud de unos dos campos de fútbol, a través de tierra de nadie, para llegar hasta Gaza.

El secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, había llegado justo antes que yo y el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Ivanov, estaba de camino. Mi encuentro con Sha'ath fue retrasado.

« ¿Qué es este libro con todo este hebreo? », me preguntó el doctor Sha'ath cuando finalmente nos vimos. Sostenía una copia de mi primer libro sobre el código de la Biblia.

Le mostré la tabla con el código que aparece en la cubierta, donde las palabras «asesino que asesinará» cruzaban el nombre codificado de «Itzhak Rabin». Le expliqué que había venido a prevenir a Arafat de que corría un gran peligro.

—El presidente Arafat cree en las profecías —dijo Sha'ath, abandonando su talante hostil—. Esto le afectará. En 1997, determinadas personas capaces de ver el futuro le avisaron de que su vida estaba en peligro y Arafat estuvo muy preocupado durante meses. Le temblaban los labios. Todo el mundo pensaba que estaba enfermo, pero no era así. Era la profecía.

»Le entregaré su carta, pero tengo que encontrar el momento propicio. Quizá cuando se calmen un poco las cosas.

—Para entonces es posible que sea ya demasiado tarde —le dije—. No creo que las cosas se calmen así como así. Si el código está en lo cierto, no estamos hablando de paz o disturbios callejeros, sino de paz o aniquilación. Sha'ath me explicó que, a pesar de todo, él era de la creencia de que habría paz. Dos días más tarde el edificio donde nos reunimos fue destruido por un misil lanzado por un helicóptero israelí.

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Ahora, dos meses después del fracaso de las conversaciones de Camp David, se había pasado de una posible paz duradera a una guerra abierta. Hacía sólo dos semanas que el jefe del gabinete del presidente de Estados Unidos había accedido a verme, pero en ese lapso el mundo ya había dado un giro de 180 grados. Una vez más, me encontraba en la puerta de la Casa Blanca, esperando para avisar a Clinton de que ya habíamos entrado en el fin de los días.

Finalmente, el 16 de octubre de 2000, a las 14.30, fui llevado ante el jefe del gabinete del presidente.

John Podesta, un hombre delgado, sosegado y discreto, me dijo que le había entregado personalmente tanto mi libro como mi carta a Clinton. Añadió que le hablaría al presidente acerca del código de la Biblia en cuanto volviese de su cumbre con Barak y Arafat en Egipto, donde estaba intentando desesperadamente conseguir una tregua.

—En realidad, ya he hablado con el presidente acerca de esto —dijo su jefe de gabinete— y volveré a hacerlo.

—¿Alguna noticia de la cumbre de Egipto? —le pregunté. Podesta movió la cabeza.

—Nada —murmuró—. Nada bueno.

En ese momento decidí explicarle toda la verdad porque el peligro parecía mucho más real ahora que hacía unos meses, cuando fue anunciada la entonces esperanzadora cumbre de Camp David.

Le dije claramente a Podesta que el código de la Biblia parecía afirmar que nos enfrentábamos a un peligro definitivo vaticinado por las tres grandes religiones de Occidente: el fin de los días.

Le mostré la tabla donde aparecían las afirmaciones bíblicas relativas al «fin de los días». Y después hice un círculo sobre los nombres «Arafat» y «Barak», que aparecían exactamente en el mismo lugar.

Podesta lo estudió con atención. Miró los nombres de los dos líderes codificados sin saltos en un texto de tres mil años de antigüedad, cada uno de ellos asociado a una advertencia sobre el fin de los días. ¿Qué significa esto? —me preguntó.

No sé exactamente qué significa «fin de los días», pero seguramente nos enfrentamos a un gran peligro —le dije—. En el libro de Daniel se dice:«Y ocurrirá un tiempo de angustia, como no la habido desde que hubo nación.»

—En el caso de Israel, eso es mucho —dijo Podesta. Pero él conocía per­fectamente el significado bíblico de «en el fin de los días»—. Lo que me gus­taría saber —explicó— es qué significa eso en el mundo de hoy.

Entonces le mostré algo extraordinario. Donde «Arafat» aparecía bajo la expresión «en el fin de los días», el nombre del líder palestino aparecía como parte de una frase: «Arafat está siendo terco.»

—En eso estoy de acuerdo —dijo Podesta.

Después le enseñé la parte en la que la palabra «Barak» se cruzaba con otra afirmación del «fin de los días». Sobre Barak el texto oculto decía «en una batalla de tu país».

—¿Dónde están las buenas noticias? —preguntó Podesta. Le enseñé que «paz» estaba codificado justo por encima de «fin de los días». Pero entonces le enseñé cómo con «paz» se entrelazaba también la pa­labra «terror».

—¿Y eso son las buenas noticias? —preguntó Podesta.

—Creo que es la pura realidad —le dije—. Creo que, en el mejor de los casos, habrá una gran batalla entre la paz y el terrorismo. Incluso si en estos momentos se llega a la paz, incluso si Clinton lleva a cabo el milagro, el peligro no estará resuelto, sino que volverá con fuerza.

«Existe un vaticinio claro de peligro para este preciso momento porque es matemáticamente imposible que "Arafat", "Barak" y "fin de los días" coin­cidan de esta manera por casualidad.

»Según el código de la Biblia, éste es el "fin de los días" —añadí.

—¿Ahora? —preguntó Podesta.

—Si el código está en lo cierto, lo que está sucediendo ahora es sólo el principio. El peligro auténtico es un "holocausto nuclear", una posible "gue­rra mundial" que empezaría en Oriente Medio.

¿Cuándo?—preguntó Podesta—.¿Dónde?

—El código parece decir que la tercera guerra mundial podría empezar con un acto de terrorismo —le dije—Jerusalén es la única ciudad citada.

Finalmente, le expliqué que el peligro estaba claramente codificado en un año concreto. Tanto «guerra mundial» como «holocausto nuclear» apare­cían en el mismo año 2006.

—¿En cinco años? —preguntó Podesta.

—Mire. Yo no sé nada acerca del futuro —le contesté—. Pero estoy seguro de que el código es real, así que pienso que con toda probabilidad las advertencias son también reales.

Podesta parecía dar crédito a lo que yo decía. Habló muy poco escuchaba atentamente. Durante todo el tiempo que estuvimos hablando casi una hora, no recibió ninguna llamada.

Le dije que acababa de volver de Oriente Medio y que lo que había visto sobre el terreno me preocupaba. Le expliqué que ya me había entrevistado con la mayor parte de las personas del entorno de Barak y Arafat y que sólo veía una posible solución.

—Tuve una cita con Abu Ala en Ramala y me encontré con Nabil Sha'ath en Gaza y ambos me dijeron lo mismo, que Arafat se tomaría muy en serio este tema —le dije a Podesta—. Arafat cree en las profecías. Creo que ahí de estar la solución.

Podesta parecía más interesado en esto que en nada más, quizá porque el problema era, a ojos de la Casa Blanca, Arafat. Clinton había pasado más tiempo con él que con ningún otro líder mundial y le causó una gran decepción que se negase a aceptar la oferta de Camp David.

Le dije a Podesta que quizá el presidente estaba equivocado al tratar a Arafat como si fuese Barak, Rabin o Peres.

—En mi opinión, Arafat es un místico —le dije—. Cree en su propio destino. Cree que sirve a un poder superior. Por eso pienso que quizá las advertencias de la Biblia le convenzan.

—Llámeme si consigue ver a Arafat —dijo Podesta.

Al final del encuentro, le pregunté a Podesta si era religioso.

—Sí —me contestó.

Después le pregunté si podía creer que el código de la Biblia fuese real.

—Sí puedo —respondió.

Entonces seguro que todo esto es más fácil para usted que para mí –le dije.

Podesta se rió.

Clinton también es creyente —dijo—. No sé si cree en profecías no hay duda de que es creyente. Además, conoce la Biblia bastante bien.

—Habiéndose dedicado a la política en el sur, tiene que serlo

Podesta rió de nuevo.

—Es verdad que es creyente —concluyó.

—¿Puede organizarme un encuentro con el presidente? —pregunté. Podesta me respondió afirmativamente.

—Lo llamaré para decirle cuándo —me dijo cuando ya nos levantábamos para irnos—. Sé que sonará absurdo después de lo que me ha contado, pero tenemos que encontrar un hueco en la agenda del presidente. Ahora está muy ocupado. Sólo estará en su puesto unos pocos meses más y hay muchas cosas que hacer.

Cuando bajaba por el sendero que conduce de la Casa Blanca a la puerta de hierro de la salida, la enormidad del momento me causó una gran impresión: con quién había estado hablando, lo que había dicho y lo que estaba sucediendo en el mundo en esos momentos.

Quizá era el lugar —la Casa Blanca, la sede gubernativa más importante de nuestros tiempos— o quizá el hecho de que acababa de volver de dos semanas de violencia en Israel. Quince días que habían destrozado el estrechamiento de manos que Arafat y Rabin se habían dado siete años antes en este mismo lugar. Pero el encuentro con Podesta me había suscitado sensaciones muy diferentes de las que había experimentado en otras reuniones. Y no eran enteramente gratas.

Tanto Podesta, la persona que tenía mayor acceso al presidente, como el mismo Clinton, parecían haber aceptado la realidad del código de la Biblia incluso antes de que yo llegase.

Las palabras que tanto temía pronunciar delante de él (por miedo a que pensase que estaba completamente loco) —«fin de los días»— no parecían haberle sorprendido en absoluto.

Entonces me di cuenta de que yo formaba parte de una minoría. Que la mayor parte de la gente era religiosa o, al menos, creía en Dios. Que la gente como el presidente y su jefe de gabinete crecieron leyendo acerca del «fin de los días» en la Biblia, oyendo sermones sobre el tema y, sencillamente, aceptándolo como real.

Para mí, todo ello era bastante extraño. Allí estaba yo, en la Casa Blanca, diciéndole al principal colaborador del presidente que tenía en mis manos el vaticinio de la hecatombe final. Él me sugería que creía en todo aquello, que ya había hablado del tema con el presidente y que hablaría de nuevo con él.

Así que salí de la Casa Blanca más convencido que nunca de que todo era real. Pero, por esa misma razón, eso significaba que los terribles hechos augurados por el código estaban más cerca de lo que nos pensábamos.
EXISTE
El mismo día que empezó la cumbre de Camp David encontré la prueba final de que había estado buscando la «clave del código» en el lugar correcto.

El código confirmaba mis hipótesis: junto a «código de la Biblia» aparecía la frase «existe en Lisan».

Pero en esas mismas palabras se hallaba algo más que la prueba de que me encontraba investigando en el lugar correcto. En hebreo, «Lisan» también significa «lenguaje». Por lo tanto, esa tabla afirmaba que el «código de la Biblia» «existe en el lenguaje del hombre».

«Existe en el lenguaje del hombre.» Finalmente, ahí estaba la prueba de que el código de la Biblia fue diseñado para nosotros, para que lo resolviese el hombre.

Llamé a Eli Rips. Todo lo que había hallado era el resultado de un nuevo descubrimiento de la persona que había elaborado el programa que usábamos Rips y yo, el doctor Alex Rotenberg.

La expresión «código de la Biblia» estaba codificada con un salto muy pequeño, tan pequeño que era prácticamente imposible que se debiera al azar. Para Rips, se trataba de una importante prueba matemática.

«Se trata de una prueba sencilla y correcta —me dijo Rips—, porque esta expresión, "código de la Biblia", es bastante larga y aparece no una sino dos veces, codificada con saltos muy cortos. Nadie va a encontrar nada parecido en ningún otro texto excepto en la Biblia.»

Este punto era de singular importancia porque «código de la Biblia» era, por supuesto, la más importante de todas las codificaciones posibles.

Pero el doctor Rips estaba igualmente impresionado por la nueva frase hallada: «existe en el lenguaje del hombre». «Es un hermoso hallazgo, no hay duda de ello —decía—. Significa que el código de la Biblia está escrito en nuestro propio lenguaje y que el código es, por lo tanto, accesible a todos. No se necesita poseer un conocimiento o habilidad superior a lo humano.»

Las probabilidades de que apareciese «código de la Biblia» en el mismo lugar y con la misma secuencia de salto que «existe en Lisan/existe en el lenguaje del hombre» iban más allá del azar.

Era sorprendente que esta nueva confirmación de mi búsqueda de la «clave del código» se diese en un momento tan crítico para Israel, cuando el destino de la nación, y con él el destino del mundo, iba (en teoría) a decidirse en el encuentro entre Barak, Arafat y Clinton en Camp David.

Recordemos que yo había abandonado momentáneamente mi búsqueda arqueológica de la «clave del código» para centrarme en los peligros inmediatos anunciados en la Biblia (intentaba informar al presidente de Estados Unidos acerca del «fin de los días»), pero el mismo código me devolvía a la búsqueda de la «clave del código».

Quizá ahora lo más importante era encontrar la prueba final de la autenticidad del código y la clave que permitiese entender el texto por completo.

Quizá aquél era el momento de desenterrar la clave, eso que «existe en Lisan», eso que «existe en el lenguaje del hombre».

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El nuevo descubrimiento que Rips y Rotenberg habían hecho y mi repentina comprensión de que «existe en Lisan/existe en el lenguaje del hombre» estaba codificado paralelamente a «código de la Biblia» era la afirmación más clara que había visto hasta el momento de que íbamos por buen camino.

Le recordé a Rips que, con anterioridad, habíamos encontrado una afirmación similar junto a «código de la Biblia». En el mismo lugar que «obeliscos» se podía leer: «en nuestras manos está el resolverlo».

Era casi como si el codificador nos estuviese animando abiertamente a que siguiésemos con la investigación.

Y todavía había más en esa nueva tabla del código. En el texto directo de la Biblia se leía «dos tablas de piedra», debajo de lo cual se hallaba codificado «existe en Lisan/existe en el lenguaje del hombre».

Otra reveladora expresión, esta vez cruzando «existe en Lisan», era «palacio/templo para la escritura/escritor». Ello nos sugería que podríamos encontrar más de un obelisco, que los obeliscos podrían ser parte de un templo o palacio, construido para albergar la clave del código o quizá al codificador.

De repente, se me ocurrió que podía ser que el codificador se estuviese revelando a sí mismo. El hecho de que el código afirmase «existe en el lenguaje del hombre», no sólo nos decía que podíamos acceder al código, sino que parecía implicar además que su origen no era humano, más bien procedente de una inteligencia ajena que quería comunicarse con nosotros.

También en la misma tabla encontramos codificado un sinónimo hebreo de «obelisco»: «aguja», al que cruzaba la expresión «él grabó, tú abrirás».

Esta extraordinaria matriz parecía confirmar todos los elementos básicos de mi investigación sobre la «clave del código». Y sugería que las pesquisas nos conducirían a algo importante.

Un poco más atrás hemos visto que la frase «existe en Lisan» también podía leerse como «existe en el lenguaje del hombre», lo cual interpretábamos en el sentido de que nosotros, como hombres, podemos descifrar el código. Pues bien, también existe una tercera traducción y dice más o menos: «existe un hombre en Lisan». Esto parecía sugerir que podemos encontrar enterrado en la misma península del mar Muerto, no sólo el origen del código de la Biblia, sino también el origen de la humanidad, o al menos del hombre moderno.

Desde el principio de mi investigación me había sorprendido mucho que el nombre del lugar donde teníamos que buscar significase también en hebreo «lengua» o «lenguaje», cosa muy apropiada para un código en la Biblia. Pero también es cierto que el «lenguaje» es fundamental para la humanidad. Se trata de una habilidad especial que distingue al hombre de las demás criaturas de la Tierra.

Y el lugar donde, según el código, se hallaba la X del mapa del tesoro, «Mazra», también tiene un significado alternativo en hebreo: «sembrado». Juntos, «sembrado» y «lenguaje» parecen revelar otro significado más elevado, de más alto nivel.

De manera que la tercera traducción de la matriz del código que corre paralela a «código de la Biblia», «existe un hombre en Lisan», puede señalar el momento en el que el hombre moderno fue «sembrado», cuando consiguió ese regalo especial que lo diferenciaría de las demás especies, el «lenguaje».

Y todavía hay una cuarta manera de leer esa misma serie de letras: «un hombre volverá a Lisan». Era difícil de creer, pero parecía que se vaticinaba nuestra expedición.

De vuelta a Nueva York, encontré una nueva tabla que confirmaba que Lisan era la localización definitiva. De nuevo, esa expresión estaba ligada al origen del lenguaje, a la clave del código.

La expresión «Tora de Lisan» o «Biblia de Lisan», que en hebreo también significa «las leyes del lenguaje» o «lingüística», se hallaba ligada también a «codificado».

Era, sin duda, muy significativo que el párrafo de la Biblia que nombraba el lugar exacto de la península donde se debía buscar, «Lisan, lengua del mar», cruzase a «Tora de Lisan».

Y en el mismo versículo, Números 26:15, encontramos la expresión codificada «clave antigua» junto a «Lisan, lengua del mar». En hebreo, esas palabras también quieren decir «mapa del sensor».

La palabra «codificado», que se cruza con «Tora de Lisan», aparece dos veces en ese versículo. «Codificado» significa también en hebreo «escondido» y «norte»; de nuevo una detallada descripción de la localización: teníamos que buscar el cabo que se halla en el extremo norte de la península.

El doble significado de esas frases concordaba demasiado con el resto del texto oculto para ser debidos a la casualidad.

Las auténticas «leyes del lenguaje» se hallaban pues codificadas en la Biblia original, en la «Tora de Lisan», lo cual nos iba a revelar los orígenes del lenguaje e iba a ser la «clave» del código.

La expresión «lenguaje original» también estaba codificada y ello, en hebreo, también significaba «Lisan es el origen». La palabra «código» aparecía en el mismo lugar.

Parecía evidente que estábamos buscando la clave en el lugar adecuado. Pero más que eso, también parecía evidente que nos conduciría al origen del regalo que distinguía a la condición humana, el lenguaje.

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De alguna manera, todo el asunto giraba en torno al lenguaje. No era por casualidad que en hebreo «Lisan» significase «lenguaje».

En mi siguiente viaje a Israel le mostré al doctor Rips que la palabra «diccionario» cruzaba a «código de la Biblia» y que en la misma tabla también se leía «Lisan».

«Veamos qué dice el texto directo de la Biblia correspondiente a esa tabla», me indicó Rips, apuntando al versículo 10:5 del Génesis, en el cual tanto «Lisan» como «diccionario» estaban codificados cruzando la expresión «código de la Biblia».

«Procedente de éstos, la población de las islas de las naciones se esparció por sus tierras, cada una según su lengua», decía el versículo. Es decir, se explicaba el origen de las primeras naciones del mundo.

Al revés las mismas letras en hebreo decían: «buscarás el diccionario, algo robado, el regalo de la verdad».

Entonces, Rips vio algo extraordinario. La expresión codificada «código de la Biblia» (que a su vez estaba cerca de «Lisan» y cruzaba con «diccionario») se hallaba bajo otro versículo de la Biblia que versaba directamente sobre el lenguaje.

Se trataba de la famosa historia de la torre de Babel, en el Génesis 11:7: «¡Vamos! Bajemos y confundamos allí su lenguaje para que no escuche el uno el lenguaje del otro.»

La expresión oculta «código de la Biblia» cruzaba los dos versículos de la Biblia que tratan directamente del lenguaje. Y, además, estas palabras se hallaban relacionadas con Lisan (codificada muy cerca), que también significa lenguaje, y con «diccionario». Y en la misma matriz apareció «clave», cruzando a «programa informático».

Busqué de nuevo la expresión «clave del código». Y ahora encontré otra palabra vinculada a ésta: «diccionario». Una vez más, la afirmación del texto oculto era extraordinaria: «El diccionario, y fue abierto.»

Una búsqueda más y apareció codificada la expresión «diccionario de los obeliscos» junto a «tabla vitalizó al obelisco». Ello sugería que lo que estaba buscando no era tanto un pilar grabado o un diccionario de piedra sino algo que podía ser activado, quizá alguna forma de inteligencia artificial, una especie de ordenador.

Finalmente, descubrí que, en el código de la Biblia, «diccionario» se cruza tanto con «codificador» como con «descodificador».

Las cuatro expresiones más importantes: «código de la Biblia», «clave del código», «codificador» y «descodificador» se cruzaban con «diccionario». No podía tratarse de una casualidad.

Parecía claro que en Lisan, la península cuyo nombre significa «lenguaje», existe algún tipo de diccionario o lexicón que define el código.

¿Estaría cifrado en hebreo o en algún otro idioma? El código mismo sólo decía que «existe en el lenguaje del hombre». ¿Podría ser el largamente buscado lenguaje de la humanidad?

Quizá ese «diccionario» podría ser algo así como la piedra Roseta, la tabla encontrada hace doscientos años en la desembocadura del Nilo que permitió a los arqueólogos descifrar los jeroglíficos egipcios, la escritura pictórica de pirámides y obeliscos desde los tiempos de los faraones. Esa piedra contenía varias versiones de un mismo texto, uno con jeroglíficos y otro en griego, lo cual reveló que aquellos misteriosos dibujos eran la expresión de un lenguaje.

¿Podría este «diccionario» de Lisan revelar un protolenguaje de toda la humanidad, el «lenguaje del hombre»?

Le pregunté a Rips si era posible que la «clave del código» fuese un tipo de lenguaje diferente del hebreo, quizá la lengua original que compartía toda la humanidad.

«El lenguaje original de la humanidad es el hebreo», me contestó Rips sin dudarlo.

«El hebreo es el lenguaje de la Tora y la Tora fue creada antes del mundo me explicó Rips pacientemente—El diálogo de Adán con Dios fue en hebreo.»

Yo le sugerí, con toda delicadeza, que el relato de las conversaciones entre Adán y Dios estaba en hebreo porque ése es el lenguaje de la Tora, no necesariamente porque era el lenguaje que hablaban entre ellos.

De nuevo, Rips se mostró muy seguro. «No, no —dijo—, la conversación tuvo lugar en hebreo.»

«Pero es mucho más profundo que eso —continuó—. Las letras mismas, la raíz de las palabras, no son sólo símbolos, sino que tienen un significado independiente. Están conectadas con las cosas que nombran.»

Rips estaba invocando la sabiduría del Talmud y del Midras, antiguos libros que comentan el contenido de la Biblia. Todos los judíos religiosos creían que Dios creó la Tora antes de crear el mundo y que el hebreo no era solamente el lenguaje original, sino que cada palabra en hebreo encierra la esencia de la cosa que nombra y que cada letra del alfabeto hebreo fue una construcción de la Creación.

«El lenguaje es parte del diseño del mundo —dijo Rips—. El lenguaje es anterior a la existencia del mundo, porque la Tora es anterior al mundo. Debido a que la Tora y el código fueron creados simultáneamente, el código también es anterior al mundo.»

Rips citaba a la mayor autoridad, el sabio que escribió la exégesis más famosa de la Tora, el rabino conocido como Rashi, y me enseñó que donde el Génesis afirma «toda la Tierra tenía un único lenguaje», Rashi afirma «un lenguaje, la lengua sagrada (el hebreo)».

En verdad, admiraba la seguridad de Rips. Pero no me sorprendería nada descubrir que la «clave del código» usaba una forma de lenguaje totalmente desconocida para el mundo moderno.

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Nadie conoce cuándo o cómo empezó el lenguaje.

Así que la afirmación del código de la Biblia de que «existe en el lenguaje del hombre» me tenía intrigado, hasta que se hizo público un descubrimiento científico novedoso.

En medio de mi investigación, The New York limes informó que «Un equipo de genetistas y lingüistas afirma haber encontrado el gen que permite el desarrollo del habla y del lenguaje».

El nuevo descubrimiento, si se ratificaba, suscitaba una extraordinaria pregunta: ¿cuándo apareció este regalo concedido sólo a la especie humana? ¿Evolucionó o apareció repentinamente? ¿Cómo?

En la mismísima Biblia aparece codificada la expresión «el gen del lenguaje». Y como ya es habitual, asociada a otra expresión cruzada que parece responder a una pregunta: «El gen de Dios.»

«Dios» nos dio el regalo del lenguaje, según el código. Parece haber habido una especie de ascenso. Y la Biblia vincula claramente «lenguaje» a «código», como si las dos palabras hubieran estado siempre entrelazadas, la una inherente a la otra.

La expresión el «gen del lenguaje» está codificada junto a las primeras palabras que encontré asociadas a «clave del código»: «monte de los obeliscos» y «señor del código».

«Gen del lenguaje» estaba codificado una tercera vez junto a «obeliscos», «clave antigua» y «Lisan», lengua del mar».

No había duda de la localización. En Josué, el único libro de la Biblia que habla brevemente del lugar exacto de nuestra búsqueda arqueológica, la expresión «gen del lenguaje» cruza el versículo que describe los límites de la zona (Josué 15:5): «y el límite en el rincón del norte estaba en Lisan, la lengua del mar».

Se trata de una descripción perfecta del cabo situado en el extremo norte de la península, donde el mar Muerto se convierte en la bahía de Mazra. Y en la misma tabla, el código afirmaba que «el gen del lenguaje» podía encontrarse allí: «En perfectas condiciones hasta el día designado.»

Pero quizá el texto codificado más interesante relacionado con «el gen del lenguaje» es el que aparecía en otro libro de la Biblia, el de Ezequiel.

Allí comprobamos que «genio» se cruzaba con «gen del lenguaje» y justo debajo hallamos la expresión «en los humanos».

Más tarde, encontramos en la misma tabla la expresión «Diseñar un gen, Dios para el hombre».

El código de la Biblia parecía decir muy claramente que el hombre había sido provisto de la habilidad del lenguaje. Parece ello confirmar lo que el lingüista Noam Chomsky sugirió hace más de cuarenta años. Que el lenguaje es innato al hombre, que poseemos un circuito neuronal específico insertado en nuestras neuronas. Es el regalo que hace a los seres humanos realmente humanos.

Y en el código, esta habilidad específica del hombre estaba ligada una y otra vez al mismo «código de la Biblia». Era como decir que el lenguaje y el código son una sola cosa.

No era sólo que la expresión «señor del código» se cruzase con «gen del lenguaje» o estuviese vinculada a la localización exacta de nuestra búsqueda. Las conclusiones van más allá. Estamos hablando de la verdadera esencia de la lengua hebrea y de una de las historias más antiguas sobre la creación.

En hebreo, la expresión «el gen del lenguaje» también significa Lisan». Y donde está codificado «jardín de Lisan», las palabras oríginales de la Biblia afirman «antes de que el Señor destruyera Sodoma y Gomorra, era como el propio jardín de Dios».

Existe en el código una sugerencia bastante lógica de que la árida peninsula de la que hablamos fue en un tiempo un vergel, un auténtico edén y quizá ello esté ligado, de alguna manera, al origen del hombre moderno.

El habla humana fue un acto de ingeniería genética intencional. Eso es algo que el código afirma claramente. Una vez más, encontramos codificada en la Biblia una frase reveladora: «colocaré el gen del lenguaje», a la cual cruza la frase «le haré inteligente».

Así que la remarcable codificación «existe en el lenguaje del hombre» era más que una confirmación de una localización, más que la afirmación de que estaba hecho para nosotros, más que la promesa de que podía ser resuelto por el hombre.

También era la declaración de que nuestra singular herencia genética procedía del exterior. Esa frase hablaba de ese momento crucial en el que el hombre fue situado por encima del resto de la Creación.

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Y, sorprendentemente, la Biblia habla del momento en el que el hombre empezó a hablar en la siguiente frase codificada: «Dolores de parto del lenguaje.»

«Clave», «obelisco» y «código» aparecen en el mismo lugar y de nuevo el texto oculto afirma algo mágico: «su tabla vitalizó el obelisco».

El nombre de «Lisan» aparece cruzado con «dolores de parto del lenguaje», una vez más confirmando la localización y su conexión con «lenguaje». Se trataba de otra extraordinaria tabla que contenía todos los elementos clave de mi expedición arqueológica. Y las mismas palabras en hebreo tenían, al menos, tres niveles de significado.

En el nivel más alto podía estar la historia de la creación del lenguaje mismo en un tiempo perdido: «los dolores de parto del lenguaje».

Quizá este lugar, el extremo norte de la península, estaba de alguna manera relacionado con el origen mismo del lenguaje.

Pero las mismas palabras en hebreo también significan «la dificultad d aprender un nuevo lenguaje». Ello sugería de nuevo que la «clave del código podría estar en algún lenguaje diferente del hebreo, en algún lenguaje no nocido por el hombre.

Finalmente, en un sentido más práctico, las mismas palabras tienen un tercer sentido, «las líneas de medida de Lisan». Se trataba de una descripción perfecta de lo que iba a hacer mi equipo arqueológico. El primer paso qu llevaría a cabo cualquier topógrafo: desplegar cuerdas para formar una cuadrícula del terreno.

El texto oculto que cruzaba esta frase de múltiples significados parecía confirmar todos sus niveles: «Su código, él verá su origen, porque éste es el área de las letras grabadas.»

Llamé al doctor Rips. Eli estaba casi tan emocionado como yo. «Técnicamente, es realmente extraordinario —dijo—. Sin lugar a dudas, esto ha sido escrito deliberadamente.»

«Es sorprendente que "código", "obelisco" y "clave" estén codificados en el mismo lugar y que "Lisan" cruce con "dolores de parto del lenguaje", lo cual también significa "Lisan". Definitivamente, ésa es la manera que tiene el código de confirmar que todo esto ha sido deliberadamente puesto ahí.»

Le conté a Rips, una vez más, que me sentí como si alguien me condujese en busca de un tesoro. Parecía que me estaban dando una pista tras otra.

«Es obvio», replicó.

Le dije a Eli que no podía aceptar su conclusión, que nunca había creído que todo eso fuese otra cosa que un accidente con el que había tropezado, aun cuando ahora aceptaba la existencia de una inteligencia capaz de ver el futuro.

«¿Por qué no puede aceptar que esa inteligencia podría tener interés en comunicar con usted?», me preguntó.

Le dije a Rips, otra vez, que aunque creía que existía un código en la Biblia, yo no creía en Dios. Y que aunque podía llegar a creer en un Dios creador de todas las cosas, incluido el código, no podía creer de ninguna manera que éste tuviese ningún interés en comunicarse conmigo.

Le confesé que cuando tenía la sensación de que el código me estaba hablando a mí particularmente, me sentía muy incómodo.

«Usted no es la primera persona que se siente incómodo con algo así —dijo Rips—. A Adán le pasó lo mismo.»

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Pero todavía había algo que me hacía sentir más incómodo.

En Jordania, el Ministerio de Turismo y Antigüedades, que ya me había dado un permiso escrito para llevar a cabo una expedición arqueológica, de repente me prohibió seguir adelante. Sin más explicación.

Al mismo tiempo, un periódico jordano publicó un artículo en primera página, obviamente filtrado por el ministerio, lleno de diatribas antijudías y completas mentiras. Afirmaba que había una conspiración entre Israel y mi organización no gubernamental, Ark Foundation.

«¿Qué es lo que verdaderamente persigue la Ark Foundation en el área de Al Lisan? ¿Por qué se le habría de permitir a una fundación extranjera excavar en terreno jordano en busca de reliquias judías?»

Llamé al embajador norteamericano, William Burns. Me dijo que tenía que comprender que el artículo reflejaba la situación política en Jordania.

—Tiene que entender la cultura de ese país —me explicó.

—Ese artículo está escrito en un tono lleno de odio religioso y racial y creo que los norteamericanos no debiéramos tolerarlo —le dije.

—Ese periódico tiene mucho poder en Jordania —dijo el embajador—. Existe una lista negra en la que incluyen a todos aquellos que hayan tenido contactos con judíos. Hay incluso una corriente contraria a los tratados de paz con Israel. No es el mejor momento para hacer nuevos contactos.

—Ningún funcionario norteamericano debería excusar este tipo de calumnias —le dije a Burns—. Puede decirle al ministro que estoy seguro de que el artículo no refleja su actitud hacia el tema. Pero que si lo hace, me enfrentaré al problema directamente, tanto en Jordania como en Washington.

Yo sabía que el actual rey de Jordania, Abdalá II, había hablado en contra de la lista negra, incluso había arrestado a algunas personas que se oponían a la paz con Israel. Pero Burns me aconsejó que no llevase a cabo ningún esfuerzo para contactar con el rey.

—Está en una posición muy difícil —dijo el embajador—. La mayor parte de la población es palestina.

Era difícil esperar. Me daba perfecta cuenta de que era urgente encontrar la «clave del código». La Biblia advertía repetidamente de que la clave, el obelisco, podría revelar algún terrible horror futuro, el peligro definitivo al que se enfrenta la humanidad En todo caso, se iba a confirmar lo que el código de la Biblia ya había revelado, pero ahora de una manera que nadie iba a poder desconocer.

Y, mientras tanto, ya había estallado una guerra abierta en Tierra Santa.
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