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A R A F A T
En la medianoche del 12 de abril de 2001, después de siete meses de intifada, un coche sin matrícula llegó a mi hotel en la frontera entre el este y el oeste de Jerusalén para recoger una carta que había escrito para Yasir Arafat.

«Tengo información de que su vida está en peligro», decía mi carta.

«La advertencia procede de la misma fuente que predijo que Itzhak Rabin sería asesinado, un año antes de que fuese muerto.

»Mi fuente es un código oculto en la Biblia que predice el futuro, pero sabemos que los peligros vaticinados se pueden evitar.»

En ningún caso esperaba que Arafat quisiese recibirme. Cómo iba a pensar que el líder de los palestinos fuese a estar interesado en el Libro Sagrado de su enemigo o en advertencias codificadas en hebreo, especialmente en ese momento de crisis.

Israelíes y palestinos se encontraban muy cerca de la guerra abierta. Ariel Sharon, el nuevo primer ministro, había jurado aplastar el levantamiento de Arafat, que ya acumulaba 450 muertos.

Pero el hecho es que Arafat creía en las profecías. Había estado intentando llegar a él durante un año y todos sus consejeros me habían dicho lo mismo.

«Arafat lo tomará en serio —me había dicho su ministro de Asuntos Exteriores, Nabil Sha'ath, en nuestra entrevista de Gaza al inicio de la intifada, días antes de que helicópteros israelíes destruyeran el edificio donde nos encontramos—. Es un auténtico creyente.»

Abu Ala, el líder del Parlamento palestino, vino a decirme lo mismo cuando me encontré con él tras el fracaso de las conversaciones de paz de Camp David. Ala parecía resignado, asumía que el destino de Arafat estaba sellado. «Si es la voluntad de Dios...», me dijo. Pero accedió a entregarle mi carta y alertó al jefe de seguridad del líder palestino.

Pero, como supe más tarde, ni Sha'ath ni Abu Ala llegaron a darle la misiva a Arafat. Los dos prometieron hacerlo, mes tras mes, pero no cumplieron su palabra. Finalmente, el mismo Sha'ath me explicó el porqué. «Arafat le creerá —dijo—. Y se asustará.»

Pero ahora, un año después, la carta llegaba finalmente a su destinatario. Estaría en manos de Arafat pasada la medianoche, mientras yo me encontraba haciendo las maletas para abandonar Israel a la mañana siguiente.

Y a la 1.15 de la mañana me despertó una llamada urgente pidiéndome que acudiese a entrevistarme con Arafat al día siguiente. «El presidente ha leído su carta y desea verle —me dijo, nervioso, su jefe de gabinete—¿Podrá quedarse hasta mañana?»

No pude dormir durante la siguiente hora. Obviamente, Arafat había leído mi carta y se había dado cuenta de la importancia del mensaje. En unas pocas horas le tendría que decir, cara a cara, que podía ser asesinado. De repente, no estaba seguro de querer hacerlo.

Yo soy periodista, no profeta. Pero Arafat no me quería ver como antiguo reportero del Washington Post y el Wall Street Journal. De hecho, no le había concedido una entrevista a un periodista norteamericano en diez años. Arafat quería hablar conmigo porque, a sus ojos, yo era un profeta. En realidad, la carta que le había enviado era muy parecida a la que mandé a su homónimo israelí, Itzhak Rabin, un año antes de que fuese asesinado el 4 de noviembre de 1995.

La carta del 1 de setiembre de 1994 destinada a Rabin empezaba:

«Un matemático israelí ha descubierto un código oculto en la Biblia que parece revelar detalles de hechos que tuvieron lugar miles de años después de que se escribiese la Biblia.

»La razón de que quiera informarle a usted de esto es que la única vez que ha surgido su nombre completo (Itzhak Rabin) codificado en la Biblia, aparecía asociado con la frase "asesino que asesinará".»

Ahora, mientras conducía hacia los controles israelíes para ver a Arafat en la parte oeste de la ciudad de Ramala, por una carretera en la que había peligro de ser tiroteado por francotiradores, en una ciudad donde habían muerto muchos palestinos y se había linchado a dos soldados israelíes, recordé aquel día de setiembre de 1993 en el que Rabin y Arafat se dieron la mano en los jardines de la Casa Blanca. En ese momento, todos creímos que había llegado la paz.

Ahora, Rabin estaba muerto, tal y como la Biblia había predicho y, si el código estaba en lo cierto, Arafat también sería pronto asesinado.

El viernes 13 de abril de 2001, a las 21 horas, llegué al edificio, fuertemente resguardado, donde se hallaba Arafat. Me hicieron pasar de prisa por la gran verja de hierro de la entrada y en poco tiempo me hallaba esperando a Arafat en una pequeña sala de reuniones. Había llegado media hora antes pero Arafat entró en la habitación casi inmediatamente. El palestino conocía de sobra el motivo de mi visita.

Arafat se sentó a mi lado con su kefiyeh, el pañuelo a cuadros que le acompañaba a todas partes, y su uniforme militar de color oliva.

Le enseñé de nuevo la carta que escribí al malogrado primer ministro israelí Rabin, y la tabla que decía «asesino que asesinará» cruzando el nombre codificado de «Itzhak Rabin».

«Lloro su muerte todos los días», dijo Arafat, hablándome directamente en inglés. A mi parecer, la tristeza que vi en sus ojos era muy real.

Entonces le mostré la tabla del código donde aparecía su nombre —«Yasir Arafat»— con las mismas palabras fatídicas que marcaron el destino de Rabin: «asesino que asesinará».

Arafat observó atentamente la tabla y el labio le empezó a temblar. Su mano estaba agitada y, sin embargo, no parecía sorprendido.

Supe entonces que él ya se veía en peligro y, de hecho, las negociaciones de Camp David estuvieron influidas por ese temor. Cuando el presidente Clinton le pidió que renunciase al control de Jerusalén, Arafat le dijo por respuesta: «¿Quiere asistir a mi funeral?»

Aun así, no es tarea fácil decirle a nadie que es posible que lo vayan a asesinar, especialmente cuando lo tienes sentado enfrente. Y el hecho de que Arafat creyese en el código no hacía más que ponerme las cosas más difíciles.

«Aquí tenemos tres claras advertencias que hacen referencia a su persona», le dije, señalándoselas en la tabla. Yo traducía el texto del hebreo al inglés y el jefe de su equipo de negociación, Saeb Erekat, traducía mis palabras del inglés al árabe. En cualquier caso, Arafat me miraba directamente a los ojos mientras hablaba.

«Asesino que asesinará —dije, leyendo las palabras codificadas en voz alta—. Y también hemos hallado lo siguiente, "el emboscador lo matará" y cruzando esta otra expresión: "pistoleros de Yasir Arafat".»

Erekat tradujo mis palabras al árabe. Arafat me miró con mayor intensidad. Los ojos se le salían de las órbitas.

—¿Cuándo sucederá? —preguntó.

—No lo sé —le dije—. Lo siento. No podemos encontrar ninguna fecha en el código. Yo sólo soy un periodista. No sé nada acerca del futuro, excepto lo que me dice el código.

Arafat me escrutaba con la mirada, supongo que en un intento por dilucidar si escondía alguna información. Parecía esperar algo más de mí, como si yo tuviese facultades sobrenaturales.

—Ni siquiera sé si el peligro es real —le dije a Arafat—. Pero creo que debe ser tenido en cuenta. Rabin fue asesinado cuándo y dónde predijo la Biblia. Le puedo asegurar que los asesinatos de Anwar Sadat y John F. Kennedy también se hallan codificados en la Biblia. Y con todo detalle.

»Así que le estoy diciendo lo mismo que a Rabin, creo que puede estar en peligro, pero también pienso que ese peligro puede ser evitado si entendemos los detalles de la advertencia.

—Pero si está escrito, ¿qué puedo hacer? —preguntó Arafat.

—Ya le digo, creo que es una advertencia, no una predicción —respondí—. No creo que sea nada definitivo. —Pero sabía que estaba diciendo algo que iba en contra de las creencias básicas del islam. Según esta religión, el destino del hombre se halla sellado; toda su vida está decidida de antemano, incluso antes de haber nacido.

Ésta era una de las razones que me habían hecho dudar de si debía entrevistarme con Arafat. De hecho, su ministro de Asuntos Exteriores, Sha'ath, me había informado que Arafat había dicho muchas veces: «Dios determinará lo que quiere hacer de mí.» Las palabras exactas de Sha'ath fueron: «Él cree que nuestro destino está cerrado. No tenemos ni un día más ni un día menos de lo designado por el Cielo.»

No pude menos que insistir en que el código era diferente, que el mismo motivo de su existencia era precisamente cambiar el futuro.

«Le puedo decir que el código de la Biblia no revela sólo un futuro, sino todos los futuros posibles —le dije—. Lo que decidimos hacer, es lo que determina el resultado final.»

Arafat permaneció callado, sonriendo. Me preguntaba si su expresión indicaba que me creía o sólo que yo me equivocaba, que tenía mucho que aprender.

En ese momento me vino a la mente una de las principales razones por las que había dudado de hablar con él y se la comuniqué abiertamente: «Tengo amigos en Israel e incluso en Estados Unidos que nunca me perdonarán que haya venido aquí para intentar salvarle la vida.»

Yo soy judío. Y para muchos, probablemente para la mayoría de los judios, Arafat es un terrorista y un asesino. De hecho, el primer ministro Sharon así lo había afirmado en público. Y aquella misma mañana, cuando le dije a Rips, el científico que había descubierto el código, que me iba a encontrar con Arafat, insistió en que éste era como Hitler y Saddam Hussein.

Yo no lo veía así. Reconocía que Arafat podía ser una terrible amenaza para Israel, pero también creía que su asesino acabaría con la última oportunidad que teníamos para conseguir la paz. En cualquier caso, me sentía obligado a advertirle, a intentar evitar otro asesinato.

—Estoy aquí porque soy periodista y, además, me veo en la misma obligación de advertirle a usted que a Rabin —le dije a Arafat.

—Sí —me contestó—. Un periodista tiene que ser imparcial.

—Por otro lado, creo que su asesinato sería una catástrofe para Israel y para su pueblo —le dije—. Y, por encima de todo, creo que es posible evitarlo.

Le mostré a Arafat una segunda versión de la misma tabla en la que se leía la palabra «terrorista» y «Hamas» cruzándose con su nombre y con la expresión «pistoleros de Arafat».

La advertencia era clara: el grupo extremista palestino que se oponía a la paz con Israel y que reclamaba la autoría de la mayor parte de los atentados terroristas, podía intentar asesinar a su propio líder, Arafat.

—Hamas —repitió Arafat, apoyando mis palabras con un gesto afirmativo.

Acto seguido, le mostré a Arafat una tercera tabla codificada que el doctor Rips había encontrado esa misma mañana. En ella, la frase «dispararon a Arafat» se cruzaba con «ismaelitas», el nombre bíblico de los árabes, los hijos de Ismael.

—Árabes, no judíos —dije.

Arafat me miró fijamente. Después dirigió la mirada hacia su negociador y su jefe de gabinete, Abu Rudaineh, e hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Al parecer, todos asumían que Arafat estaba en peligro y que éste procedía de su propia gente. Su asesino iba a ser un árabe, tal y como el asesino de Rabin había sido un judío.

—En una ocasión, Jomeini puso precio a mi cabeza por firmar la paz con Rabin —me explicó Arafat, refiriéndose al mismo ayatolá iraní que ordenó el cerco a la embajada estadounidense y la toma de rehenes americanos.

Me preocupaba que Arafat emplease mi advertencia sólo como una nueva razón para no hacer la paz. Él sabía perfectamente que era más probable que lo matasen por firmar la paz que por no hacerlo. Sadat había sido asesinado por un egipcio que le acusaba de haber pactado con Israel, y Rabin, por un judío que le acusaba de traidor por negociar con Arafat.

—Es evidente que si llega a un acuerdo de paz —le dije—, su vida estará en peligro. Pero si no lo hace, lo estará todo su pueblo.

Eso era lo que realmente había venido a decirle a Arafat. No sólo que podía ser asesinado, sino algo más. Tenía que decirle lo que ya les había comunicado a Clinton y Barak, lo que ahora trataba de decirles a Sharon y Bush, la terrible advertencia del código de la Biblia de que es posible que todos muramos en horrendas circunstancias.

—-Según el código de la Biblia, estamos ahora en tiempos de auténtico peligro —le dije a Arafat—. Quizá los peores tiempos de la historia de la humanidad, ese momento que han predicho las tres grandes religiones occidentales.

Abrí mi libro por la página en que ambas expresiones bíblicas del «fin de los días» estaban codificadas juntas y le mostré la tabla en hebreo a Arafat.

-Pronuncie esas palabras, por favor —me pidió Arafat.

No leía hebreo y, supongo que quería oír cómo sonaban las palabras. No reconoció la primera frase pues procedía del Libro de Daniel, pero cuando pronuncié las palabras fatídicas de la Tora, supo inmediatamente a qué hacían referencia.

—Es lo mismo en árabe —exclamó sorprendido, una vez más hablándome directamente en inglés—. Es exactamente lo mismo.
—El día del juicio —dijo su jefe de gabinete Rudaineh.

—El final —dijo su negociador Erekat.

—El fin de los días —concluyó Arafat.

Eso era verdaderamente lo que había venido a decirle: que ya habíamos entrado en el fin de los días, pero me preguntaba si no había ido demasiado lejos. En esos momentos me sentía más que un periodista, un profeta del Antiguo Testamento que había acudido a la corte de un rey para advertirle de los mandatos de Dios.

Pero, en realidad, no tenía por qué estar preocupado. Arafat había recibido el aviso en toda su profundidad y eso era lo más importante.

—Yo ya sabía que éstos eran tiempos muy difíciles —dijo Arafat—. Mahoma dijo que el hombre dispondría de mil años, pero no de dos mil.

Entendí lo que quería decir: en el calendario musulmán, éste era el año 1422. Ya habían pasado cuatrocientos años del segundo milenio. Según Mahoma, no íbamos a agotarlo.

Después le mostré a Arafat lo que no decía en mi primer libro, lo que había ido descubriendo a lo largo de los últimos años.

Rodeé con un círculo las letras hebreas que aparecían debajo de «en el fin de los días»: «A-R-A-F-A-T.»

El mandatario reconoció inmediatamente su propio nombre. Obviamente, lo había visto muchas veces en los titulares de los periódicos israelíes. Señaló la página e indicó a Erekat y Rudaineh que acudiesen a mirar. Pero al principio no parecía estar sorprendido.

La mayoría de los hombres, cuando se encuentran con su nombre perfectamente escrito en un texto oculto en la Biblia (y además en el mismo lugar que el Apocalipsis) se quedan conmocionados. Arafat parecía haberlo previsto.

Después hice un círculo sobre las letras que formaban el nombre de «E. Barak», el ex primer ministro israelí que intentó sellar la paz con Arafat en Camp David. Su nombre cruzaba la segunda afirmación del «fin de los días». Después marqué las letras que formaban el nombre del nuevo primer ministro israelí, «Sharon». Y finalmente destaqué las letras que formaban la palabra «Bush».

Arafat miraba el código con la máxima atención. Ahora estaba temblando. Su labio se movía incontroladamente. Sus ojos casi se salían de las órbitas. Parecía más afectado por esta advertencia que por su propio asesinato. Todo el mundo en la habitación se quedó en silencio durante un momento, asumiendo la enormidad del peligro del que hablaba el código.

Finalmente, Erekat rompió el silencio. «¿Y dónde están las buenas noticias?», preguntó.

Hice un círculo sobre las letras hebreas que formaban la palabra «paz».

«Según el código de la Biblia —le dije a Arafat, cuyos ojos estaban ahora pegados a los míos—, la elección no es entre paz o luchas callejeras, ni siquiera entre paz o guerra, sino entre paz y aniquilación.»

Le mostré a Arafat dos nuevas tablas: «guerra mundial» y «holocausto atómico», ambos codificados con el mismo año hebreo, «en 5766».

«Eso es el año 2006 del calendario moderno —le expliqué—. Según el código, nos quedan cinco años.»

De nuevo se hizo el silencio. Le conté a Arafat que había investigado todos los años del siglo xxi y sólo 2006 coincidía con «guerra mundial» y «holocausto atómico». Le expliqué que las probabilidades de hallar estos resultados por azar eran de una entre cien mil y que las de obtener su nombre junto con los nombres de los máximos mandatarios de Israel y Estados Unidos, todos asociados a «fin de los días», eran de una entre un millón.

Pero Arafat no parecía preocuparse de los números. Intenté decirle que esto había sido calculado por un gran científico, el hombre que descubrió el código de la Biblia, pero Arafat no prestaba atención a la ciencia ni a la informática. Me oyó, me entendió, pero simplemente, eso no le llamó la atención.

Le había mostrado la prueba final, la evidencia matemática incuestionable, y Arafat, que parecía totalmente convencido hasta ahora, mostró una frialdad absoluta. Le pregunté, entonces, si creía que el código de la Biblia era real, si creía que los peligros eran reales.

«Por supuesto -dijo sin dudarlo-. En el Corán también tenemos cosas asi.»

Arafat creía que lo que predecía el código de la Biblia era real, no porque había sido hallado mediante un ordenador o porque lo decía la estadística, sino porque se trataba de una profecía.

«Si está escrito, ¿qué podemos hacer?», me preguntó de nuevo. Le dije a Arafat que era como interceptar un cometa que fuese a estrellarse contra la Tierra. Si supiésemos, con cinco años de antelación, que se dirige hacia nosotros, podríamos cambiar su trayectoria o destruirlo. Pero si lo detectásemos con sólo una semana de tiempo para evitarlo, no habría nada que hacer. Todos moriríamos.

—A una semana de distancia sería tan grande y brillante como la Luna —dijo Arafat—. Sería demasiado tarde.

—Creo que el código de la Biblia existe para que precisamente tengamos tiempo de salvarnos —dije—. Pero no podemos esperar cinco años y después, de repente, correr para intentar evitar la catástrofe. Lo que hagamos hoy, lo que haga usted hoy, determinará lo que suceda dentro de cinco años. Arafat hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. —Tenemos que actuar ahora mismo —dijo.

Después le conté al líder de los palestinos lo que le había dicho a Clinton durante los últimos días de su mandato.

—No creo que se firme un tratado de paz hasta que las dos partes se den cuenta de que sólo hay dos posibilidades: paz o aniquilación —le comenté. »La paz tiene que ser lo suficientemente sólida para sobrevivir al próximo atentado suicida, el próximo tiroteo en una mezquita o sinagoga, el próximo acto de terror. La paz tiene que ser suficientemente fuerte para sobrevivir al próximo asesinato de un primer ministro israelí o palestino. —¿Le dirá esto también a Sharon? —me preguntó Arafat.

Le contesté que esperaba ver pronto al primer ministro israelí, que ya le labia enviado una carta en la que decía exactamente lo mismo: que según el ódigo de la Biblia, las únicas opciones eran paz o aniquilación.

Y acto seguido añadí que con la paz entre él y Sharon no se eliminaba todo el riesgo.

—Creo que el código afirma que una tercera parte podría atacar con armas no convencionales, matando tanto a palestinos como israelíes —le dije.

—¿Quién? —preguntó Arafat.

—Cuando firme la paz con Sharon, vendré de nuevo y se lo diré —le contesté.

Arafat se rió.

—Será usted bienvenido siempre que quiera, como amigo —me dijo.

Cuando me levanté para partir, Arafat me estrechó la mano, me abrazó y me besó en ambas mejillas. Después, tomó mi mano de nuevo, esta vez sin dejarla ir. No importaba cuántas veces le había dicho que no era un profeta, sólo un periodista que simplemente tenía acceso al código. Era evidente que aún me veía como a un elegido.

Así, fuimos de la mano hasta llegar al ascensor y después, muy amablemente, me dijo adiós con la mano mientras se cerraban las puertas del mismo.

Yo conocía su pasado. Sabía que tenía las manos manchadas de sangre. Pero estaba seguro de que Arafat creía en las advertencias del código de la Biblia y que encarnaba la única posibilidad de alcanzar la paz.
EL ARCA DE ACERO
Vi dos colosales pilares, quizá la puerta de un templo o de un palacio, quizá las torres gemelas de alguna antigua ciudad.

La visión se desvaneció. Estaba solo en la yerma península de Lisan, rodeado por el mar Muerto, intentando imaginar los «obeliscos» que en otro tiempo se erguían orgullosos aquí.

Pero todo lo que había a mi alrededor era una gran extensión de cal blanca, los escarpados acantilados del cabo que dibujaban la línea costera y la gruesa capa de sal que el mar iba dejando atrás. Caminé por el terreno que limitaba con el arrecife colindante. Se trataba del punto más bajo de la Tierra, el fondo del mundo, donde las aguas habían desaparecido exponiendo un suelo sumergido bajo el mar Muerto durante cinco mil años.

Y me pregunté: aunque los «obeliscos» hubiesen estado aquí alguna vez, ¿existirían todavía? ¿No habría el tiempo acabado con ellos? ¿Se los habría tragado el mar? ¿Eran sólo fantasmas de un mundo ya desaparecido o podían ser realmente la «clave del código» todavía por hallar?

Busqué en la Biblia la expresión «la clave hoy». Se hallaba codificada en el versículo del Génesis donde también aparecía «código de la Biblia» y «código del obelisco», las palabras en la Biblia que me revelaron por primera vez la localización de la clave, «el valle de Sidim, en el mar Muerto».

La expresión «clave hoy» también aparecía asociada a dos localizaciones que mencionaban los mapas modernos: un pueblo y una bahía llamados «Mazra», en el extremo norte de la península de «Lisan».

Pero aunque estuviese buscando en el lugar correcto, aunque estuviese en ese mismo momento pisando el suelo donde se hallaba enterrada la «clave», no sabía cómo encontrarla, ni siquiera sabía qué era.

El código me decía que necesitaba un «sensor», algún tipo de tecnología avanzada que pudiese buscar bajo tierra. Pero nadie podía decirme qué instrumento utilizar a no ser que supiese de qué estaba hecha la «clave». Es decir, de qué piedra, de qué mineral estaban tallados los «obeliscos».

De manera que busqué en el libro de Daniel, cuyo texto oculto ya me había confirmado que Lisan era Sidim («Lisan como Sidim») e identificado «Mazra» como la X del mapa del tesoro. El mismo pasaje también hablaba del «pilar en el palacio», inscrito con «toda la sabiduría» del mundo antiguo.

Y allí, en Daniel, encontré la expresión «clave hoy», pero nada sobre el material de que estaba hecha: quizá «mármol» o «granito» o cualquier otro tipo de piedra.

Pero una mirada más atenta me reveló que allí se leía «hierro» y que esta palabra cruzaba la expresión «clave hoy». Y aún más: solapándose con «hierro», la frase «un secreto que no adivinó, yo se lo revelaré».

Por último, codificado paralelamente a «clave hoy», con la misma secuencia de salto, encontré «arca de acero».

El texto directo escrito por el anciano profeta decía en ese lugar: «Proporciona sabiduría al sabio y conocimiento a aquellos que tienen entendimiento.:

«Revela cosas secretas y profundas», decía Daniel, en palabras que en hebreo también significan «su contenedor es profundo, el lugar oculto». Y esto aparecía sobre «arca de acero».

El texto directo de Daniel parecía confirmar la promesa de que obtendrémos la clave del código. El texto oculto revelaba un secreto que yo no había descubierto: estaba hecha de «hierro» o preservada en una «arca de acero)

Después busqué la expresión «clave del código» en Daniel. «Acero» estaba de nuevo codificado exactamente en el mismo lugar, cruzándose con «Lisan». «Código» aparecía dos veces más, esta vez cruzando a «amalgamado».

Y una y otra vez las palabras directas de Daniel parecían confirmar lo que el código había prometido: «Ahora te diré la verdad. »

Decidí entonces buscar de nuevo en aquel lugar donde encontré por primera vez «clave del código» cruzándose dos veces con «obeliscos». Esta vez vi algo más: la palabra «acero» codificada dos veces.

Era difícil de creer.

Hace tres mil años, más o menos cuando Dios le entregó a Moisés la Biblia en el monte Sinaí, apareció una nueva civilización: la de la edad de hierro.

De hecho, el texto directo de la Biblia menciona un «horno de hierro». Los arqueólogos han descubierto objetos de hierro de esa época en Egipto y Asia Menor. Pero sólo se han encontrado pequeños utensilios, cuchillos y joyería. Su fabricación consistía en calentar mineral de oro en primitivos fosos de carbón.

Por lo tanto, el mundo antiguo también conocía el hierro. En la Biblia se habla de ello: «los carros brillaban con su acero». Pero esta mención se encuentra en uno de los últimos libros, escrito probablemente cerca de mil años después de los tiempos de Moisés.

No hay evidencia de que se hubiese podido forjar una gran «arca de acero» antes de la era industrial, en el siglo xviii. Los arqueólogos que consulté sostenían que no podía existir un objeto de «hierro» o «acero» con esa antigüedad y proporciones.

A pesar de ello, el texto oculto de la Tora mencionaba una «arca de acero» y proponía a «Lisan» como su ubicación actual.

Las palabras del texto directo que se solapaban con «Lisan» eran decisivas: «ésta es la solución».

Si la «clave del código», los «obeliscos», eran de verdad una «arca de acero», entonces nos hallaríamos ante la solución.

Un objeto hecho de hierro o de acero era posible de encontrar. Quizá la única cosa detectable bajo Lisan, el depósito de sal más grande de la Tierra, el lugar del planeta más difícil de penetrar con un radar.

Además, sabía que cualquier objeto hecho de hierro es magnético. Un magnetómetro podría captarlo, aunque se hallase en las profundidades. La señal magnética podía penetrar incluso la sal de Lisan o las aguas del mar Muerto.

Además, se tenía que tratar de un objeto de hierro o acero porque qué otro material podía haber resistido el paso del tiempo desde tiempos bíblicos.

Sin embargo, comprendía que un gran objeto de acero de miles de años de antigüedad era un anacronismo difícil de explicar. Aunque el objeto no me diese la clave para descodificar el código, aunque no aportara nada a la ciencia, su mera existencia suscitaría preguntas difíciles de responder.

Al igual que el código oculto o los obeliscos (cuya leyenda decía que estaban hechos en el Cielo), un objeto antiguo de hierro no podía ser de este mundo.

Pero si existía, primero había que encontrarlo.

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Fui inmediatamente a ver a Eli Rips y le conté que podríamos encontrar la «clave del código» en una «arca de acero».

Para evaluar este notable aunque increíble descubrimiento, Rips sugirió que buscásemos también «arca de hierro». Y allí estaba, codificada en la Tora. Y después ambos vimos algo extraordinario.

Exactamente las mismas palabras que aparecían en «arca de acero» cruzaban «arca de hierro»: el nombre de la península, «Lisan», solapado con la frase «ésta es la solución».

«Mazra» aparecía justo encima de «Lisan». No había duda de que el código de la Biblia afirmaba claramente que existía un depósito de «hierro» o «acero» exactamente en el mismo lugar en el que se hallaba la clave del código, los obeliscos.

Rips había sido escéptico al respecto. Pero ahora tenía que admitir que el hecho de que apareciera la misma frase de la Biblia y los mismos nombres de lugares tanto junto a «arca de hierro» como a «arca de acero», era completamente increíble.

—Existe un término matemático para esto —dijo Rips—. Se llama «recombinación». Se toma cierta cantidad de palabras y se las recombina en todas sus posibles combinaciones y se encuentra un grado de correlación entre las palabras. Es un buen experimento.

»Es realmente notable —continuó Rips—. No se puede negar que esto ha sido escrito a propósito. Pero ¿cómo explicarlo? ¿Qué significa? Sólo puedo observar su consistencia y afirmar que está más allá del azar.

—¿Por qué el código me estaba conduciendo tan consecuentemente, tan intencionalmente, a ese lugar si no estuviese enterrada allí la clave? —pregunté.

Para Rips, como siempre, no había lugar para la duda:

—Yo no puedo afirmar que lo que dice el código se corresponde con la realidad, pero para mí, la coherencia, la significación de esta codificación, ya me parece una maravilla, tanto si encontramos el obelisco como si no.

Quizá fuese así para un matemático. Quizá para un hombre de religión. Pero yo quería conseguir una prueba material. Y ahora me sentía más cerca de ello que nunca.

«Ésta es la solución.» Estaba seguro de que esas palabras no podían solaparse por azar con «Lisan». No donde además se hallaban codificadas las expresiones «arca de acero» y «arca de hierro».

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«Arca.» Tanto en hebreo como en español, una arca es un gran cajón, quizá un recipiente que guarda algo sagrado pero, en definitiva, una caja. Pero el arca más conocida, por supuesto, es el arca de Noé. Y esa arca era también un vehículo.

Busqué en el código de la Biblia la expresión «vehículo de acero» y allí estaba. Pero eso no era todo. Cruzando esa expresión, en el texto directo, se leía perfectamente «su vehículo que Él lanzó al mar».

Estas palabras proceden de un famoso versículo del Éxodo que cuenta cómo Dios salvó a los antiguos israelitas dividiendo las aguas del mar Rojo, para ahogar a sus perseguidores egipcios en sus aguas.

Me preguntaba si también pudiese hacer referencia a algún antiguo vehículo ahora perdido en el mar Muerto, el «arca de acero» que estaba buscando.

La expresión «acero» aparecía dos veces más, solapada con «pilar» y cruzando a «vehículo de hierro».

Por cierto que también hallamos codificada la expresión «vehículo de hierro» y el texto directo que la cruzaba ofrecía, como en otras ocasiones, múltiples significados.

La traducción original del texto directo hacía referencia al tabernáculo, el templo portátil que usaban los israelitas durante su éxodo.

«Y lo llenaré del espíritu de Dios en sabiduría, entendimiento, conocimiento y habilidad para toda clase de artesanía», dice el versículo del Éxodo acerca del artesano que construyó el tabernáculo.

Pero donde esas palabras cruzaban con «vehículo de hierro», las mismas letras hebreas también decían «hierro forjado, todo el trabajo del ordenador».

Por otro lado, «Lisan» aparecía en el texto oculto justo por encima de «vehículo de hierro» y «cabo, amalgamado» se cruzaba con «hierro».

En el texto directo del Libro de Josué también aparece dos veces «vehículo de hierro». Una vez más, las antiguas palabras parecían tener dos significados muy diferentes.

«Todos los cananeos que moran en la tierra del valle poseen carros de hierro», dice el texto directo de la Biblia, advirtiendo del gran poder de las personas que habitan en la Tierra Prometida.

Josué, el líder de los israelitas, les asegura «expulsaréis a los cananeos, aunque ellos tengan carros de hierro».

En Josué, «vehículos de hierro» aparece dos veces, codificado junto «tel de los obeliscos».

Un «tel» es un yacimiento arqueológico, un montículo de tierra que cubre los restos de unas ruinas antiguas.

Una vez más, otra confirmación: junto a «vehículo de hierro» hallamos codificado «él encontró el lugar exacto, Lisan». Y eso aparece exactamente donde el texto directo de Josué informa de la localización exacta, la única vez que aparece en la Biblia: «Lisan, lengua del mar.»

¿Podría el vehículo de hierro que estaba buscando estar hecho por el hombre desde los tiempos bíblicos? Por otro lado, parecía improbable que nada del tamaño de un «carro» pudiese contener un «obelisco».

Si realmente existiese alguna forma de vehículo de miles de años de antigüedad, hecho de hierro o acero, enterrado en la península que se adentra en el mar Muerto, entonces lo más probable es que su origen no fuese de este mundo.

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¿Qué era esta «arca de acero»? ¿De dónde procedía? Y lo más importante, ¿existía todavía?

¿Podía un objeto antiguo de hierro o acero haber sobrevivido durante miles de años?

Miré de nuevo al código que confirmaba que estaba buscando en el lugar correcto, es decir, donde la expresión «código de la Biblia» aparecía junto a la frase «existe en Lisan».

En ese momento me di cuenta de que el texto oculto que cruzaba «código de la Biblia» también afirmaba «en un vehículo ahí, hasta este día».

Una vez más, «acero» estaba codificado en ese mismo versículo de la Biblia. Por lo tanto, si el código era correcto, el «vehículo» todavía se encontraba enterrado en la península de Lisan.

Pero cuando volví a Lisan con un arqueólogo jordano del Departamento de Antigüedades, éste cuestionó que pudiese existir todavía un objeto de esas características, especialmente en un terreno inundado de sal.

Después consulté con un prestigioso geofísico israelí, un experto en detectar hierro bajo tierra, y me dijo que si había sobrevivido algún objeto como aquél, estaría tan oxidado que no lo detectaría ningún magnetómetro.

De repente, en unos minutos toda mi investigación se había ido al garete, parecía obvio que si el «arca de hierro» estaba bajo el agua, a estas alturas estaría oxidada. Si estaba sumergida en agua salada, incluso se hubiese oxidado más rápido. Y lo mismo daba que estuviese bajo tierra puesto que en ese lodazal salado también se hubiese desintegrado hace tiempo.

La península de Lisan tenía la más alta concentración salina del mundo. De hecho era una roca de sal de kilómetros de profundidad, rodeada por un mar tan salado que nada podía vivir en él, razón por la que se denominaba mar Muerto.

Llamé a todos los expertos que pude encontrar. Uno tras otro, me explicaron que cualquier objeto de hierro se habría reducido a polvo y herrumbre hacía cientos o miles de años.

Todos los arqueólogos, metalúrgicos y empleados de museos estaban de acuerdo en que casi todos los objetos antiguos de hierro que se habían encontrado hasta el momento estaban completamente corroídos y que la corrosión se veía acelerada por el contacto con la sal. Es una realidad que la mayor parte de los objetos de hierro desaparecen en sólo unos años. Ninguno sobrevive durante tantos siglos.

Estaba completamente desmoralizado. Temía que mi investigación hubiese llegado a su final. Pero no me di por vencido. Hice una última llamada. Ronald Latanision es un reconocido experto en corrosión del MIT (Mas-sachusetts Institute of Technology). Le pregunté si un objeto de hierro podía haber sobrevivido durante miles de años bajo el agua.

«Depende de cuán alta sea la concentración de sal», me respondió. No quería decirle que se trataba del mar Muerto, la más alta concentración de sal del mundo, pero tuve que hacerlo.

«Entonces cabe la posibilidad de que todavía esté allí», dijo Latanision. En el entorno único de Lisan, en el mar Muerto, las reglas de la química no funcionan de la misma manera que en el resto del planeta. Se trataba de la única excepción a todo lo que me habían dicho hasta el momento.

«Es cierto que el agua oxida y que la sal acelera la corrosión —dijo Latanision—, pero si la concentración de sal es muy alta, en realidad puede evitarla. Cuando se llega a un 35 % de sal en el agua, el oxígeno desciende abruptamente. Sin oxígeno no hay corrosión.»

Llamé al geólogo David Neev en Israel, el mejor experto sobre el mar Muerto. Le pregunté si la concentración de sal era mayor o menor que el 35 %.

«Mayor —dijo Neev—. Se trata del único lugar en el mundo con tal concentración.»

Además, Neev me confirmó lo que el experto del MIT me había dicho. Un objeto de hierro hundido en las profundidades del mar Muerto podría realmente haberse preservado porque esas aguas carecen de oxígeno. Y sin oxígeno no hay corrosión.

«¿Y qué podía haber sucedido si el "arca de acero" estuviese bajo tierra?», les pregunté a Neev y Latanision.

Un objeto de hierro enterrado en el barro o la arcilla de Lisan probablemente también habría sobrevivido porque ese suelo es casi impenetrable al aire, según Neev. Un objeto de hierro enterrado en el terreno salino que hay bajo la península de Lisan podría preservarse indefinidamente, en palabras de Latanision.

«Una caverna de sal absorbería la humedad —respondió el profesor del MIT—. Sin humedad no hay corrosión. Sin oxígeno no hay oxidación. Cualquier cueva, cápsula o bodega hermética y estanca podría preservar un objeto de acero o hierro.»

Increíble. Estaba buscando en el único lugar de la Tierra donde una «arca de acero» podría haber sobrevivido durante miles de años.

Busqué en el código de la Biblia la confirmación final. Y allí la encontré, aunque una sola vez: «el hierro no se oxidó». «Se preservó» y «descubrimiento, revelación» aparecía en el mismo lugar.

La clave del código todavía podía existir preservada en un objeto de hierro. Pero también existía, en el código de la Biblia, la sugerencia de que para encontrar los obeliscos podía prescindir de una expedición, de un equipo de geofísicos con un magnetómetro.

«Preservado en acero» venía codificado junto a la localización «al otro del mar, en la frontera de Moab», el nombre bíblico de Jordania. Y allí, el texto oculto decía: «lo verás desde allí, una pequeña punta de ello».

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El texto sugería que podía encontrar el código de la Biblia con cierta facilidad, incluso accidentalmente. Que parte del obelisco podía incluso emerger de la tierra.

También estaba codificado «obelisco saliente, obvio», junto a «Mazra» y «Lisan».

«Desde Lisan, sale a la superficie» aparecía con las mismas palabras bajo el texto directo de la Biblia donde se cruzaban «arca de acero» y «arca de hierro». Y todavía más: la frase «ésta es la solución» se solapaba con «Lisan».

Y esa geografía única de la península lo hacía posible. Buscaba la clave del código en una tierra que había estado bajo el agua durante cinco mil años. El mar Muerto está ahora en su nivel más bajo desde los albores de la civilización humana y sigue reduciendo su caudal con celeridad. Y la nueva tierra expuesta también estaba hundiéndose rápidamente. De hecho, un geólogo israelí había acabado de publicar un artículo titulado «El lugar más bajo de la Tierra se hunde».

Era perfectamente posible que un objeto enterrado hace miles de años emergiera repentinamente por efecto de esos fenómenos naturales.

Sólo había un problema. Un objeto de hierro o acero, preservado bajo el mar o bajo tierra durante miles de años, se desintegraría en un minuto en cuanto aflorara a la superficie. Tan pronto como quedara expuesto al aire, al oxígeno, lo que habría sobrevivido a milenios desaparecería en días, incluso en horas.

De repente, me di cuenta de que mi investigación se había vuelto incluío más urgente.

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El 5 de octubre de 2000 volé a Ammán, en Jordania, para ver al embajador norteamericano, William Burns. Éste me había prometido que intentaría convencer a importantes funcionarios jordanos, incluso al nuevo rey, Abdalá II, de que dieran luz verde a la investigación arqueológica sin más retraso.

Pero cuando llegué, la embajada norteamericana estaba rodeada por veinte mil manifestantes airados que gritaban consignas antijudías y antiamericanas.

Al otro lado de la frontera israelí habían muerto ya cerca de cien palestinos como consecuencia de la nueva intifada iniciada en la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén una semana antes. Los tanques y helicópteros israelíes estaban atacando Gaza y Cisjordania. Muchos de los manifestantes fuera de la embajada sostenían fotografías de un niño palestino de doce años caído a causa de los disparos de los soldados.

Las protestas se habían extendido desde los campos de refugiados de las afueras de Ammán hasta las universidades y ahora amenazaban al gobierno jordano.

Dentro de la embajada norteamericana vi al embajador Burns. Estaba realmente conmocionado. Me dijo que iba a ser muy difícil persuadir a los jordanos para que me permitiesen llevar a cabo trabajos arqueológicos en Lisan, en la parte del mar Muerto que queda justo frente a Israel.

«Ahora no es el momento apropiado ni siquiera para pedirlo», me dijo.

Tres días más tarde me reuní con el ministro de Turismo y Antigüedades y con el ayudante del primer ministro de Jordania y me aseguraron que darían el visto bueno a la expedición. Pero no en ese momento.

El nuevo estallido de violencia en Israel me impedía buscar la «clave del código», justo en el momento en el que las advertencias del código de la Biblia se empezaban a hacer realidad, cuando todo el Próximo Oriente parecía a punto de estallar trayendo consigo la tercera guerra mundial.
SHARON
«Me va mejor con los árabes que con los judíos», le expliqué al hijo del primer ministro, Omri Sharon.

Omri rió con ganas. Acababa de entrevistarme con Yasir Arafat, que aceptaba por completo la existencia del código de la Biblia y, sin embargo, no podía hacerlo con el padre de Omri, el nuevo primer ministro israelí, Ariel Sharon.

Era martes, 17 de abril de 2001. La noche anterior, los tanques israelíes habían invadido Gaza, entrando en territorio palestino por primera vez desde los acuerdos de paz de Oslo en 1993. De manera que me sorprendió que Omri quisiese recibirme en medio de aquella crisis.

Lo reconocí de inmediato. Su retrato había aparecido en primera página de todos los periódicos israelíes cuando se supo que el primer ministro había estado enviando secretamente a su hijo de treinta y seis años como emisario ante Arafat. La izquierda del país estaba enojada porque Sharon había pasado por encima de su ministro de Asuntos Exteriores, Simón Peres. La derecha se quejaba, por su parte, de que Sharon hubiese entablado cualquier tipo de negociaciones en la actual oleada de violencia palestina.

Pero Omri era el confidente más cercano de su padre, su consejero más apreciado. Se decía de él que era el segundo hombre más poderoso de Israel. Ciertamente, era el político en la sombra con más sentido común del gobierno del Likud.

Nos sentamos juntos en el patio del hotel King David, mirando hacia la Ciudad Antigua, la amurallada Jerusalén bíblica, ahora el principal campo de batalla del conflicto palestino-israelí.

La nueva intifada había entrado en su séptimo mes, habían muerto casi quinientas personas y ahora se estaban enviando tanques a Gaza. Parecía que Sharon iba a declarar la guerra total en cuestión de días.

En verdad, muchas personas responsabilizaban a Sharon de haber provocado la guerra con su visita a la Explanada de las Mezquitas —el lugar más sagrado de Israel para árabes y judíos— con mil hombres fuertemente armados y policía antidisturbios, en la víspera de las conversaciones de paz de Camp David.

Y ahora, el conservador militar que había encendido la mecha del derramamiento de sangre era primer ministro de Israel. Nadie, incluido Sharon, pensaba que tal escenario podía ser posible.

Pero todo ello ya estaba vaticinado en la Biblia.

«Cuando nadie pensaba que su padre podría ser ni siquiera candidato, el código predijo que sería primer ministro», le expliqué a Omri, acercándole la tabla del código que vaticinaba el resultado de las elecciones del 6 de febrero de 2001.

«"Sharon" estaba codificado junto a la fecha hebrea "13 de shevat" y "primer ministro Sharon", junto al año hebreo "5761". Esto es, el 6 de febrero de 2001.»

Omri examinó la tabla del código con escepticismo.

—No creo en este tipo de cosas —dijo—. Uno puede encontrar todo lo que desee.

—Pero es que esta profecía la hallamos con dos meses de antelación —le respondí—. Y, desde entonces, hemos seguido obteniendo resultados similares. El código de la Biblia ha vaticinado con toda precisión el resultado de las tres últimas elecciones israelíes (al contrario de las encuestas).

Omri seguía impasible.

—Si no lo veo, no lo creo —me dijo—. Y mi padre en eso es como yo.

Ariel Sharon no es sólo un hombre realista, es también un hombre de la tierra. Se crió en una granja. Es desafiantemente secular. No hay una mota de misticismo en él. No es un intelectual como Peres. No le atraen los conceptos abstractos como a Barak. Y, por supuesto, no es un creyente practicante como Ararat.

La mayor parte del mundo no es consciente de ello, pero Israel no es una teocracia. Al menos, medio país es totalmente ajeno a la religión y nunca ha habido un primer ministro muy religioso.

Si Sharon tenía una religión, ésta era la defensa de la tierra de Israel por todos los medios. Él cree que los árabes odian a los judíos y que esto nunca cambiará. Antes de que Sharon pensase en la posibilidad de llegar a ser primer ministro, cuando nadie confiaba en sus posibilidades, dejó muy clara su postura frente a la paz: «Ya saben mi opinión acerca del asunto. No la podremos obtener jamás.»

«Los árabes no nos quieren aquí —declaró en una entrevista en la precampaña electoral—. Ésta es la clave de toda esta historia. Quieren tomar esta tierra por la fuerza.»

«Defenderé la vida de los ciudadanos israelíes —dijo Sharon—. Y no creo que tenga que dar más explicaciones. Los árabes me conocen. Y yo los conozco a ellos.»

Ésta es la auténtica religión de Sharon.

Sabía que no iba a ser fácil venderle el código de la Biblia a Ariel Sharon. Pero también sabía que Omri era el mejor canal de acceso al primer ministro; que él había estado en contra de la visita de su padre a la Explanada de las Mezquitas, que había entablado conversaciones con los líderes árabes de su generación y que quería la paz.

Le entregué a Omri una copia de la carta que le había enviado a Itzhak Rabin un año antes de que fuese asesinado.

—Enséñeme esto —me dijo, señalándome el lugar donde le decía a Rabin: «La única vez que aparece su nombre completo (Itzhak Rabin) codificado en la Biblia, las palabras "asesino que asesinará" lo cruzan.»

Le entregué a Omri una copia de mi libro en cuya portada se puede ver la tabla que contiene esa profecía.

—¿Y usted envió a Rabin esta carta en 1994? —preguntó—. ¿Un año antes de que fuese asesinado?

Era la primera vez que veía a Omri realmente interesado.

—Sí —le dije—. El código no sólo predecía que Rabin iba a ser asesinado, sino también especificaba en qué año iba a suceder y quién sería su asesino. Rabin leyó la carta, pero no hizo caso de la advertencia.

Omri guardó silencio durante un rato. Estaba estudiando el código de la tabla.

—¿Y por qué deseaba verme? —me preguntó de repente.

Le enseñé la misma tabla codificada que le había enseñado a Arafat, donde aparecían dos afirmaciones acerca del «fin de los días» y los nombres de «Arafat» y «Bush» junto con el de «Sharon».

—Las probabilidades de encontrar estos resultados por casualidad son de menos de una entre un millón —le dije.

—Son sólo estadísticas —dijo Omri—. Las estadísticas se pueden manipular.

—Aunque no crea que exista un código en la Biblia que revele el futuro, aunque su padre no crea una palabra de este asunto, es importante que lo vea, porque Arafat sí cree en ello —le dije a Omri.

Omri sabía que yo había visitado a Arafat porque unos días después él mismo se había reunido también con el líder palestino.

—No quisiera ofenderle —le dije—, pero creo que Arafat le da más importancia al código de la Biblia que a cualquier cosa que pueda usted decirle porque él cree en las profecías. Esto forma parte de su cultura.

—Yo sé cómo hablarles a los árabes —replicó Omri.

—Piense que no es occidental —le advertí.

—Ni yo tampoco —dijo Omri—. Yo soy de Oriente Medio y entiendo la manera de pensar de Arafat.

—Mi opinión es que tanto Barak como Clinton no lo entendían —comenté.

—Estoy de acuerdo —dijo Omri.

Le confié a Omri la carta que le había escrito al primer ministro y le dije: —Creo que su padre es una persona más abierta porque tiene una mayor consciencia de su propio destino.

—Ojalá fuese menos consciente de ello —dijo Omri—. Su vida sería
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