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mucho más sencilla.

Omri leyó de nuevo la carta, lenta y cuidadosamente, e hizo una última pregunta:

—Sólo veo peligros. ¿Dónde está la solución?

—El código de la Biblia sólo nos da información —le dije—. No nos dice qué hacer. Pero parece insinuar que su padre puede conseguir la paz.

Le enseñé el párrafo que hacía referencia a «Sharon», codificado junto con la expresión «fin de los días». También se leía allí la palabra «paz».

Acto seguido le mostré otra tabla con las expresiones «holocausto atómico», «Sharon» y «tratado de paz».

Omri releyó unos cuantos párrafos de mi carta y, cuando acabó, me dijo que se la entregaría a su padre ese mismo día. Mi carta a Sharon decía:

«Le he pedido a su hijo Omri que le entregue esta carta y organice un encuentro entre usted y yo porque el código nos advierte de que Israel puede enfrentarse a un peligro terrible. Es posible que se trate de una hecatombe mortalmente definitiva.

»No hay duda de que la historia de Israel va a pasar por un momento crítico. Está claramente vaticinado en el código de la Biblia.»

»El texto oculto de la Tora menciona a "Sharon", "Arafat" y "Bush", junto con las dos expresiones bíblicas que hablan sobre el mayor peligro al que se enfrenta la humanidad, "el fin de los días".

»Y aunque existen muchas interpretaciones acerca del significado de la expresión "fin de los días", todos los estudiosos sugieren que se corresponde con la descripción del libro de Daniel:

»"Y ocurrirá un tiempo de angustia, como no la ha habido desde que hubo nación."»

«Si hace referencia a Israel, eso es decir mucho», dijo Omri, levantándose para marcharse.

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Ahora pienso que el verdadero problema no es que Sharon creyese o no creyese en el código de la Biblia, sino que no tenía voluntad de firmar la paz.

Lo que me persuadió de ello no fue mi encuentro con su hijo, sino con un viejo amigo del Ministerio de Defensa, el científico y general Isaac Ben-Israel. Conozco a Isaac desde hace unos diez años. De hecho, cuando advertí a Rabin de que el código de la Biblia anunciaba su asesinato, me puse también en contacto con Isaac. Recuerdo que llevé al doctor Rips a la sede del Kirya, el cuartel general del ejército en Tel-Aviv, para que le hablase a Ben-Israel sobre el código. Isaac, el físico que decidía qué armas debía comprar fabricar Israel, era la única persona del gobierno israelí con suficiente conocimiento científico para entender el código de la Biblia al nivel que Rips podía explicarlo.

Debido a este conocimiento y debido a que había visto cómo la predicción de Rabin se hacía realidad, Isaac nunca tuvo miedo de facilitarle a cualquiera las advertencias que yo le proporcionaba. De hecho, me consta que habló del tema con otros generales, los responsables de la inteligencia militar e incluso con el primer ministro.

Pero ahora, en nuestro último encuentro de abril de 2001, en Tel-Aviv, Isaac me dio miedo. Nunca habíamos hablado acerca de política. Yo asumía que él se situaba a la izquierda, junto con Rabin, Peres y Barak.

En estos momentos, el general Ben-Israel parecía reflejar la actitud de la nueva administración de Sharon.

Sabía que despachaba regularmente con los más importantes cargos de Defensa, a veces incluso con el primer ministro. Y su posición se había endurecido.

Le mostré a Isaac las mismas tablas que le había enseñado a Omri y que esperaba enseñar a Sharon. Puse especial hincapié en la tabla donde aparecían «Sharon», «Arafat» y «Bush» junto al «fin de los días». Le dije lo de siempre, que, según el código, la única posibilidad parecía ser paz o aniquilación.

—¿Qué nos puede hacer Arafat? —preguntaba Ben-Israel—. No puede hacernos daño.

—Claro que puedes derrotarle militarmente —le dije—. Pero si lo haces, todo el mundo condenará tus acciones y entonces es posible que os ataquen lunáticos islámicos con misiles y armas no convencionales.

—No creo que el mundo nos condene —dijo Ben-Israel—. No, si golpeamos después de un importante ataque terrorista.

—¿Cuan importante ha de ser ese ataque? —le pregunté.

—No tres muertos, sino trescientos —dijo Isaac—. Los hemos detenido varias veces planeando saltar por los aires algún edificio de oficinas de Tel-Aviv. Algo como eso.

—¿Qué haría entonces Israel? —le pregunté.

—Una acción devastadora —contestó Isaac.

No estaba dispuesto a dar detalles. Pero era obvio que estaba pensando en planes ya trazados por los altos círculos de la inteligencia militar.

Y supe en ese momento que Sharon estaba sólo esperando la excusa adecuada para llevar a cabo la acción decisiva contra los palestinos. Ya estaba planeado.

Le expliqué a Isaac que tenía miedo de que ello significase el desastre más completo para Israel, que entonces se darían todos los requisitos necesarios para que la profecía se cumpliese: el terrible futuro que vaticinaba el código de la Biblia para Israel en los próximos cinco años.

—Podemos sobrevivir a un ataque químico —dijo Ben-Israel—. Ya lo hemos contemplado. Quizá morirán doce mil personas. Sería trágico, pero no definitivo.

Le mostré a Isaac otra tabla del código. «Arafat» cruzaba a «plaga» y el versículo completo del texto directo decía: «los muertos en la plaga fueron 14700».

—¿Y qué me dices de un ataque atómico? —le pregunté.

—Eso sí sería definitivo —respondió Isaac.

Abandoné aquella reunión más atribulado que nunca. Los sucesos de los siguientes días —el bombardeo de la estación de radar siria en el Líbano y la invasión israelí de Gaza— me confirmaron que existía un plan para evitar que los jordanos presentasen una oferta de paz a Sharon. Entonces vi con claridad que el primer ministro estaba esperando el momento de cumplir con su destino: golpear definitivamente a los palestinos con toda su fuerza militar.

En ese momento, el futuro vaticinado por el código de la Biblia me pareció más real que nunca. No era suficiente con que Arafat aceptase las advertencias del código. Tenía también que llegar a Sharon. Tenía que asustarlo de la misma forma que había asustado a Arafat.

Tenía que convencer a Sharon de la realidad del «fin de los días».

Al despedirme de mi amigo Isaac, le pregunté quién me podía conseguir una entrevista con Sharon. Me sugirió que fuese a ver al general retirado al que el primer ministro pensaba convertir en nuevo jefe del Mossad.

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—He oído rumores que dicen que usted será el próximo responsable del Mossad —le comenté al general Meir Dagan cuando nos encontramos en Rosh Pina, la ciudad donde residía en el norte de Israel.

—Yo también he oído algo de eso —me contestó Dagan.

Había acudido al norte para ver al general porque después de Omri, él era el principal confidente del primer ministro. Tras el ataque de Sharon a la Explanada de las Mezquitas, Dagan habló en un mitin, que tuvo lugar en Jerusalén, en contra de la paz. «Debemos responder a la guerra con guerra —le dijo Dagan a la multitud—. Ha llegado el momento de enviar a Yasir Arafat de vuelta a Túnez», el país norteafricano donde había vivido exiliado.

Ése era el hombre al que tenía que persuadir de que Israel no tenía alternativa a la paz, porque la otra opción era la autodestrucción.

Le mostré a Dagan las mismas tablas que le había enseñado a Omri, donde aparecían «Sharon» y «Arafat» junto a «fin de los días», además de las advertencias de «holocausto atómico» y «guerra mundial» para el 2006.

—Así pues, ¿qué significa esto? —preguntó Dagan—. ¿Y qué podemos hacer?

—Creo que significa que Israel está en serio peligro y que tienen cinco años para encontrar una solución. Una solución que les salve la vida a todos —le respondí—. Estoy convencido de que el futuro se puede cambiar. Ésa es la razón de que haya venido a verle.

Sabía que Dagan desarrollaba su trabajo de una manera totalmente secular. Le pregunté si podía creer en el código de la Biblia.

—Sí —me dijo—, porque tengo la obligación de atender a cualquier amenaza.

Dagan había sido responsable del contraterrorismo durante el último gobierno de derechas, cuando Bibi Netanyahu era primer ministro. Le dije que me había dado cuenta de que las personas que habían trabajado en departamentos relacionados con la inteligencia militar eran más abiertos respecto al código de la Biblia, aunque no fuesen religiosos.

—Está en lo cierto —dijo Dagan—. Tenemos que serlo. No podemos pasar por alto ninguna advertencia.

Pero había algo más, algo que Dagan no me revelaría hasta nuestro siguiente encuentro, meses más tarde.

Fue en diciembre de 2001. Sharon había acabado de nombrar a Dagan jefe del equipo israelí en las conversaciones de alto el fuego con los palestinos. El mediador norteamericano era el general Anthony Zinni.

Todo el mundo sabía que Sharon había nombrado a Dagan para asegurarse de que no se llegaría a una paz definitiva. Pero de nuevo Dagan me sorprendió con su voluntad de persuadir al primer ministro para que nos encontrásemos y discutiésemos las advertencias del código de la Biblia.

Le enseñé las tablas del código de la Biblia que vaticinaban el 11 de setiembre con el ataque a las «Torres Gemelas», expresión que se hallaba codifada junto a «avión». Acto seguido le expliqué que parecía que el código nos advertía de que Israel iba a sufrir ataques a una escala mucho mayor.

—Hablaré con el primer ministro y con Omri —dijo Dagan—, pero dé por seguro que Sharon no le concederá ahora una entrevista.

En esos momentos, Israel se encontraba en un auténtico estado de guerra. En los últimos días, tres grandes ataques terroristas habían segado la vida de veinticinco personas y ahora aviones israelíes se hallaban atacando Gaza y Cisjordania.

—Entiendo que estamos en un momento muy delicado —le dije a Dagan—. Pero esto que sucede ahora es secundario. Veinticinco muertos es una tragedia, pero si el código está en lo cierto, el auténtico peligro está aún por llegar y entonces morirán miles de personas y, después, decenas de miles y, finalmente, toda la nación será aniquilada.

Dagan guardó silencio. Sabía que era un duro combatiente, pero me preguntaba si había ido demasiado lejos.

—Odio tener que decirlo tan duramente —añadí—. Si dispusiésemos de más tiempo, mis palabras serían menos dramáticas. Pero he intentado contactar con el primer ministro durante meses y necesito que entienda y le diga que estamos hablando de la supervivencia del país.

—Le he prometido que hablaré con Sharon y lo haré —me aseguró Dagan—. Yo no soy religioso, pero creo que hay fuerzas sobrenaturales que afectan a nuestra vida.

Reconozco que estaba sorprendido. Sabía por mi primer encuentro con Dagan que estaba abierto a creer en el código de la Biblia. En ese momento intuí su razón para creer.

—¿Por experiencia propia? —le pregunté.

—Sí —contestó Dagan, pero no me explicó más.

Decidí no ir más lejos. Pero no podía dejar de preguntarme qué es lo que había experimentado ese aguerrido guerrero para creer en fuerzas sobrenaturales y, por lo tanto, aceptar la realidad potencial de que un código oculto en la Biblia pudiese anticipar el futuro.

—Simplemente, no descarto que esas cosas puedan ser reales —me confesó Dagan. Para mí era suficiente.

Mi objetivo era sentarme cara a cara con Ariel Sharon como había hecho con Yasir Arafat.

Le dije a Dagan que seguramente me entrevistaría de nuevo con Arafat.

—No lo haga, al menos, durante unos días —me dijo.

—No tengo miedo —repliqué.

—Yo sólo le doy este consejo. No vaya ahora —insistió Dagan.

Unos días más tarde, tras otro atentado terrorista, un helicóptero de combate israelí destruyó parte de la sede del gobierno de Arafat en Ramala y tanques israelíes rodearon las oficinas del líder palestino.

Arafat permanecería bajo «arresto domiciliario» durante los siguientes meses.

Meir Dagan fue nombrado jefe del Mossad en setiembre de 2002 por designio de su viejo amigo, el primer ministro Ariel Sharon.

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La fotografía colgada en la pared me devolvió al pasado. Yasir Arafat le daba la mano a Itzhak Rabin en los jardines de la Casa Blanca. Bill Clinton sonreía en medio de los dos. Al lado de Rabin se distinguía claramente la silueta de Simón Peres.

Acababa de entrar en el despacho de Peres en la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores israelí, en Tel-Aviv. Pero la paz que tanto había perseguido parecía ahora sólo un borroso recuerdo en mi ajada memoria.

Me condujeron sin más dilación ante la presencia de Peres.

Él era mi última esperanza, pero parecía viejo, cansado y deprimido. Me daba la impresión de que su espalda cargaba con todo el peso de su fracasada política de reconciliación, quizá debido a que él había creído más que nadie en el momento que inmortalizaba aquella instantánea.

La última vez que vi a Peres, él era el primer ministro. Estábamos a finales de enero de 1996, pocos meses antes de que hallara en la Biblia las expresiones «fin de los días», «guerra mundial» y «holocausto atómico» junto con 2006.

-Cuando le vi por primera vez —dijo Peres—, el peligro se hallaba a diez años de distancia. Ahora sólo nos quedan cinco y ya no me parece algo tan probable. Después del fracaso de Camp David, tras casi siete meses de intifada, con Sharon instalado en el poder, aquel mensaje apocalíptico que le había confesado temeroso a Peres cuando era primer ministro parecía cosa de sentido común. Pero le dije a Peres que quizá aún había lugar para la esperanza.

—Acabo de entrevistarme con Arafat y parece aceptar sin reserva las advertencias del código —le indiqué.

Peres quería oír todos los detalles de aquel encuentro. —¿Qué le dijo y cómo reaccionó él? —me preguntó. —Le dije que, según el código de la Biblia, las opciones no son paz o desórdenes callejeros, o paz o guerra, sino paz o aniquilación. Me dio la impresión de que lo entendía y aceptaba por completo.

Abrí mi libro y le enseñé la ilustración que mostraba las dos expresiones del «fin de los días» y las letras hebreas que componían el nombre de «A-R-A-F-A-T».

—¿Y cómo ha reaccionado? —preguntó Peres.

—No parecía sorprendido —le respondí—. Me explicó que ya pensaba que estábamos viviendo tiempos críticos, pero cuando se dio cuenta de que la expresión hebrea era exactamente la misma en los dos idiomas, se sorprendió. Lo comentó con todos sus ayudantes y todos mostraron la misma perplejidad.

—Si está predicho, ¿qué podemos hacer? —preguntó Peres. La misma pregunta que me había hecho en nuestra reunión anterior, cinco años atrás. Entonces le enseñé la expresión «holocausto atómico», codificado junto a 2006.

—Arafat me ha preguntado lo mismo —le respondí—. Casi ha usado las mismas palabras; él dijo: «Si está escrito, ¿qué podemos hacer?»

—Así se expresan los árabes —puntualizó Peres—. «Está escrito.» Piensan que todo está predeterminado.

—Intenté convencerle de que el futuro se podía cambiar, que lo que está escrito en la Biblia es una advertencia, no una predicción —le dije a Peres—. «Lo que nosotros hagamos, lo que usted haga, lo que él haga, determinará lo que finalmente vaya a ocurrir.

También le dije a Peres que estaba en contacto con Sharon a través de su hijo Omri, pero que no pensaba que Sharon quisiese la paz.

Peres no protestó. Tampoco defendió a Sharon. Sólo dijo:

—Yo ya pienso que no tenemos elección salvo firmar la paz, de manera que, ¿por qué me cuenta usted todo esto a mí?

—Porque el hecho de que Arafat crea en el código de la Biblia, su completa aceptación de las advertencias bíblicas, puede darle a usted una nueva perspectiva en las negociaciones de paz. Independientemente de que usted crea o no que el código pueda predecir el futuro.

—Él y yo pertenecemos a mundos diferentes —dijo Peres—. Arafat es primitivo, procede de una cultura básicamente rural. Yo tengo una cultura científica, democrática. Ahí está la diferencia. En esas condiciones, la comunicación resulta muy complicada.

Peres guardaba silencio. Su tristeza era palpable.

Él era, sin lugar a dudas, el político israelí más inteligente que había conocido. Para la mayoría de los israelíes, Peres era el soñador y Sharon el realista. Pero yo tenía justamente la idea opuesta. Sharon era el soñador. Todavía creía en una victoria militar, en arreglarlo todo mediante una rápida batalla de tanques. Peres sabía lo que decía. Consideraba que el código de la Biblia estaba en lo correcto, que los árabes tendrían pronto armas nucleares, que Israel sólo disponía de cinco años para encontrar una salida hacia la supervivencia.

EL CÓDIGO DE LA VIDA
Toda la vida del planeta en el que vivimos procede de un código. Fue impreso en una sola molécula de ADN, aunque nadie sabe de dónde procede.

En mi búsqueda del código de la Biblia, pude haberme tropezado con la clave del código de la vida.

El secreto del código genético se halla revelado en el Génesis, donde Dios le dice a Abraham: «Te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas de los cielos y como los granos de arena que hay a orillas del mar; y por medio de tu descendencia ciertamente se bendecirán todas las naciones.»

Escondidas tras esas famosas palabras se halla la verdadera historia de nuestra Creación. Según el código de la Biblia, nuestro «ADN fue traído en un vehículo».

Como se puede apreciar en la tabla, la expresión «tu semilla» cruza con «ADN fue traído en un vehículo». Además, el texto oculto de la Biblia añade «en un vehículo, tu semilla, toda la gente de la Tierra», allí donde Dios dice: «y por medio de tu descendencia ciertamente se bendecirán todas las naciones».

No lo podía creer. Parecía ciencia ficción. ¡El ADN, la molécula de la vida, enviada a la Tierra en una nave espacial!

Automáticamente, me pregunté si habría algún científico en el mundo capaz de considerar esa idea fantástica.

Así que telefoneé a la máxima autoridad sobre el tema, el biólogo Francis Crick, el premio Nobel que descubrió la doble hélice, la estructura en forma de espiral del ADN. Fue uno de los descubrimientos más importantes de todos los tiempos. Como declaró el mismo Crick poco después del hallazgo, «hemos descubierto el secreto de la vida».

—¿Es posible que nuestro ADN proceda de otro planeta? —le pregunté a Crick en una reunión que mantuvimos en el Salk Institute, en San Diego, Cafornia.

—Hace veinticinco años publiqué un artículo con esa teoría —dijo Crick—. Yo lo llamo «panspermia dirigida».

—¿Cree que llegó en un meteoro o en un cometa? —le pregunté.

—Ni una cosa ni la otra —dijo Crick—. Nada podría haber sobrevivido a un viaje tan accidentado por el espacio.

—¿Está diciéndome que el ADN fue traído en un vehículo? —le pregunté.

—Es la única posibilidad —respondió Crick.

Crick había confirmado la afirmación del código de que el origen de la vida estaba en el exterior del planeta. Sin embargo, yo no le había hablado de La Biblia. Las investigaciones de Crick están absolutamente al margen de la religión. Le pedí que me explicase su teoría del génesis del ADN.

La molécula de ADN, dijo Crick, es demasiado compleja para haber evolucionado espontáneamente en la Tierra en un período de tiempo tan corto entre la formación de este planeta, hace cuatro millones de años, y la primera aparición de vida, hace 3,8 millones de años.

«Pero es improbable —continuó Crick— que organismos vivos pudiesen haber alcanzado la Tierra en forma de esporas desde otra estrella o incrustados en un meteorito.»

Por lo tanto, dijo Crick, sólo quedaba una posibilidad:

«Una civilización más avanzada habría plantado en la Tierra una forma primitiva de vida de forma deliberada.»

Era extraordinario. Crick estaba diciéndome exactamente lo que afirmaba el código de la Biblia: «ADN fue traído en un vehículo.»

Crick argumentaba que probablemente nuestro ADN fue enviado intencionalmente a la Tierra en una «nave espacial» y que «toda la vida sobre la Tierra se deriva de un clon procedente de un solo organismo extraterrestre». Todo ello se halla perfectamente detallado en un artículo científico de 1973.

Le pregunté si todavía creía en la «panspermia dirigida».

—Sabemos muy poco acerca del origen de la vida —dijo Crick—, pero todos los nuevos descubrimientos científicos apoyan mi teoría y ninguno la descarta.

«Hemos descubierto muchos nuevos datos desde que publicamos nuestra teoría por primera vez. Ahora sabemos que existen otras estrellas con planetas. Por lo tanto, es posible que existiese una civilización tecnológicamente avanzada en la galaxia incluso antes de que se formase la Tierra.

Crick estaba más seguro que nunca.

—El ADN fue traído aquí en un vehículo —dijo exactamente—. Por alienígenas.

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No era exactamente la historia que nos relata el Génesis, pero sí coincidía claramente con la información del código de la Biblia.

Me preguntaba qué opinaría Rips, el científico que descubrió el código, de esta teoría del origen de la vida. ¿Entraría en conflicto con sus creencias religiosas, con su fe firmemente depositada en el texto directo de la Biblia, el cual, por supuesto, afirmaba que Dios creó al hombre y toda forma de vida en la Tierra?

En noviembre de 1998, cuando llegué a Oriente Medio para iniciar mi investigación sobre los obeliscos, para buscar la clave del código oculto de la Biblia, le enseñé a Rips lo que la Biblia decía acerca del código de la vida: ADN fue traído en un vehículo.»

«Es una combinación extraordinaria —dijo Rips—. "ADN en un vehículo y "tu semilla en un vehículo": es perfecto, es autorreferencial.»

Le expliqué a Rips lo que Crick me había dicho, ideas ya plasmadas en un artículo publicado hace veinticinco años.

«Sólo se diferencia de la teoría de la Creación en un aspecto, en el nombre que le ponemos al agente inteligente —explicó Rips—. Yo ya sé que la idea de la evolución del ADN en la Tierra no es realista, de manera que es posible que un agente exterior lo trajese. El doctor Crick simplemente no le pone nombre a nuestro héroe.»

Rips nunca ve conflicto entre ciencia y religión. Cree que todo conocimiento es una búsqueda de la verdad última y debe conducir al mismo lugar. En ese momento, estaba sencillamente emocionado por el descubrimiento.

Animado, le enseñé a Eli otras codificaciones relacionadas. «Código genético» aparecía junto a «heredarás su gen». Rips encontró codificado en el mismo lugar: «para el avance del hombre».

La expresión «espiral de ADN» también estaba en el código y, cruzándola, la frase «en Adán el modelo, plantilla». En la misma tabla hallamos «a partir de un código».

«Se trata de una combinación de palabras y frases que hablan claramente del significado del código —dijo Rips—. Y las probabilidades de encontrar "espiral de ADN" allí son de una entre trescientas.»

Le pregunté a Rips si pensaba que era posible que el código de la Biblia y el código de ADN tuviesen ambos una estructura de hélice, que los dos fuesen espirales entrelazadas. Quizá se tratase de un código universal.

Finalmente, le mostré las dos expresiones ocultas, «código de ADN» y «código de la Biblia», que aparecían juntas a pesar de que había muy pocas posibilidades de que ello ocurriese por azar.

Rips estaba emocionado. Salió de su estudio un momento y volvió con una tabla del código que había impreso en una transparencia. Se leía en ella «juicio de Dios» y «piedad de Dios» codificado en el mismo lugar. Rips tomó la transparencia y juntó sus extremos convirtiéndola en un cilindro.

«El código es un cilindro tridimensional —explicó Rips—. Lo que hemos estado haciendo es desenrollarlo para verlo en dos dimensiones en una pantalla de ordenador, tal y como se despliega un mapa plano en vez de un globo terráqueo. Pero mire qué sucede cuando lo convertimos en un cilindro.»

«Piedad de Dios» quedaba claramente entrelazado con «juicio de Dios», las dos caras del Todopoderoso estaban representadas como si se tratase de dos hebras de ADN.

«Se trata de una doble hélice —dijo Rips—. Ambos códigos, el código de la vida y el código de la Tora, pueden tener la misma estructura. Y verdaderamente ninguno de los dos surgió por sí mismo aquí en la Tierra.»

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«Las raíces de nuestra forma de vida se hallan en otro lugar del universo, casi con toda seguridad en otro planeta», escribió Crick, ampliando su teoría de la panspermia dirigida.

«En ese lugar, la vida evolucionó y llegó aquí ya formada. La vida ha sido plantada mediante microorganismos enviados en una especie de nave espacial por mano de una civilización avanzada.»

Como evidencia, Crick apelaba a dos hechos: 1) «el código genético es idéntico en todos los seres vivientes»; 2) «los primeros organismos aparecieron repentinamente, sin dejar rastro de otros precursores aquí en la Tierra».

«Debemos postular que en un planeta distante, a unos cuatro billones de años de distancia, evolucionó una forma de ser más avanzado, que como nosotros descubrió la ciencia y la tecnología, pero su desarrollo, obviamente, es mucho mayor que el nuestro», escribió Crick.

«Debían de saber que, a largo plazo, su civilización estaba condenada a la destrucción. Por supuesto, es posible que tuviesen razones para creer que no podrían sobrevivir ni siquiera a corto plazo. En ese caso, podrían haber planeado colonizar planetas vecinos.

«Cuando uno se da cuenta de la naturaleza y escala de la galaxia, no puede menos que dudar de que seamos sus únicos habitantes —continuó Crick—. Sería incluso hasta peligroso no planteárselo.»

Finalmente, Crick se hizo una pregunta clave que todavía no hemos sabido responder: «¿Estarán todavía vivos los que plantaron la vida en nuestro planeta o sus descendientres? ¿0 cuatro millones de años han supuesto una distancia demasiado grande entre nuestros mundos?

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El ADN es una forma de lenguaje que se compone de cuatro letras.

«El filamento de ADN es información, un mensaje escrito en un código de sustancias químicas, una sustancia para cada letra», explica Matt Ridley en su libro
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