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Genome, que cuenta la historia del ahora descodificado genoma humano.

«Es increíble —apunta Ridley—, pero el código genético resulta estar escrito de manera que podemos entenderlo. Es como inglés escrito, el código genético es un lenguaje lineal, escrito en línea recta.»

Era el mismo impresionante hallazgo que había hecho el doctor Rips con respecto al código de la Biblia. Estaba dirigido a nosotros, escrito en un lenguaje que pudiésemos entender. Ya lo decía el mismo código: junto a la expresión «clave del código» aparecía la frase «en nuestras manos el resolverlo».

Por lo tanto, el código del ADN, como el de la Biblia, «existía en el lenguaje del hombre».

¿Era posible que nuestra búsqueda de la clave del código nos condujese también al hallazgo de un código universal, del código de la Biblia, del código de toda la Creación?

En ese momento descubrí que la primera tabla que habíamos hallado, la que me había llevado a buscar la clave del código (es decir, allí donde se cruzaban las expresiones «boca de los obeliscos» y «clave del código»), encerraba otra extraordinaria revelación.

Codificadas en el mismo lugar, hallé las palabras «árbol genealógico en Lisan». Lo cual podía ser también traducido como «él buscará los orígenes de los ancestros en Lisan».

En esta tabla encontramos claramente asociados el código de la Biblia y el código genético. Y lo que nos dice la Biblia es que se hallan localizados en el mismo lugar. La idea de fondo es, asimismo, que el «señor del código» no es un simple codificador, sino nuestro creador.

También encontré codificada la siguiente expresión: «En Lisan ADN.» En hebreo «Lisan» también significa «lenguaje», de manera que las mismas palabras se pueden traducir como «en el lenguaje del ADN». Y a ello le cruzaba la frase «fue traído una copia de todo».

Estábamos ante una especie de Arca de Noé de alta tecnología, con cada forma de vida conservada en un código de ADN. Además, la expresión «en Lisan ADN» aparecía una segunda vez junto a «Mazra».

En hebreo, «Mazra» también significa «plantado», de nuevo una descripción perfecta de la teoría del origen de la vida de Crick y del código de la Biblia».

Y en el mismo lugar apareció el mismo versículo del Génesis que también vimos junto a «ADN fue traído en un vehículo», la promesa de Dios a Abraham: «Te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas de los cielos.»

También encontré codificada la expresión «código de vida», de nuevo junto a «Mazra» y «plantado».

Una y otra vez, la X en el mapa del tesoro, «Mazra» y «Lisan», aparecía junto a «ADN». Las dos localizaciones aparecían con todo lo relacionado a «código de la Biblia».

«Espiral de ADN» estaba, de hecho, codificado con «Mazra» y «Lisan, lengua del mar».

Y de nuevo el código afirmaba claramente que el código genético podía ser hallado en un «obelisco». En concreto, «en obelisco» cruzaba «código ADN».

«ADN humano» aparecía también junto a «obelisco» y el texto oculto afirmaba: «copia en un pilar».

Por otro lado, encontramos la expresión «creación del hombre» dos veces, una junto a «Lisan» y otra junto a «Mazra». En las palabras originales de a Biblia encontramos «ésta es la solución» solapándose con «Lisan» y cerca de «creación del hombre».

Las palabras del texto directo que cruzan con «creación del hombre» y «Mazra» son: «Os lo di como herencia, yo soy Dios.»

Se trata de una afirmación realmente extraordinaria que dice abiertamente que el código de la vida, así como el código de la Biblia, pueden estar enterrados en la península cuyo nombre significa «lenguaje», en la bahía cuyo nombre significa «plantado».

También está muy claro, por lo tanto, que el código de la Biblia y el código genético tienen una fuente común, que el mismo ser los trajo a ambos desde el exterior a nuestro planeta.
LA INVASIÓN
Siempre que volvía a Oriente Medio tenía la sensación de que nos aproximábamos más rápido hacia el fin de los días.

29 de marzo de 2002. Viernes Santo de la Pascua judía. Tierra Santa. El primer ministro Ariel Sharon envía sesenta tanques y doscientos camiones con 2500 soldados al cuartel general de Yasir Arafat en Ramala, en represalia por una semana de atentados suicidas.

Los bulldozer golpean los muros del edificio que alberga las oficinas del líder palestino. Soldados israelíes ocupan unas cuantas salas convirtiendo a Arafat en prisionero de forma indefinida. Yo había estado allí hacía un año, reunido con él y algunos de sus colaboradores.

Israel ocupó prácticamente todas las ciudades importantes de Cisjordania, en la mayor ofensiva desde la guerra de los Seis Días de 1967.

Como era de esperar, todo ello ya se había vaticinado. La frase «Sharon invadirá» cruzaba «Arafat» en el código de la Biblia.

Había encontrado esa predicción con cerca de un año de antelación e incluso había hallado el momento en que iba a tener lugar. «Sharon invadió» apareció de nuevo, esta vez cruzando con «pascua».

Y, lo que era peor, la frase «Sharon invadió» aparecía otra vez junto a «guerra» y «en el fin de los días».

Los acontecimientos seguían su curso tal y como rezaba el guión del código de la Biblia.

Arafat y Sharon estaban haciendo válidos sus propios destinos. Arafat había hecho posible que Sharon llegase al poder rechazando el plan de paz que le ofrecieron Barak y Clinton en Camp David. Ahora Sharon, invadiendo Palestina y los alrededores del cuartel general de Arafat en Ramala, había convertido a Arafat en un mártir, un héroe para todo el mundo árabe.

Mientras en Cisjordania se libraba una auténtica batalla campal, fui a ver a Eli Rips a su casa de Jerusalén. Decidimos seguir investigando el código.

Rips tecleó el nombre de la operación militar israelí, «muro defensivo». Apareció una vez en el código de la Biblia y cruzando a esa expresión el nombre de la ciudad palestina donde se estaban dando los combates más duros, un campo de refugiados llamado «Jenin». Justo debajo de esas palabras, se leía «Casbah». Era el nombre de la ciudad antigua de Nabus, donde tenía lugar el segundo choque más importante.

El texto directo que cruzaba a «muro defensivo» hablaba de «el derrocamiento de las ciudades». Por encima se hallaba codificado «lucha». Y también en el mismo lugar, las palabras originales de la Biblia describían el momento: «Odiaban y les era imposible hablar de paz.»

Era tan exacto y detallado como los reportajes de noticias de la CNN, tan concisos como los titulares del Jerusalem Post o del New YorkTimes. La única diferencia es que ésta se trataba de información codificada en un texto de tres mil años de antigüedad.

Rips calculó las probabilidades. El emparejamiento entre los nombres de las ciudades y el nombre de la operación militar tenía una probabilidad de aparición por azar de una entre varios miles.

—Esto dice exactamente lo mismo que el reportaje que vi ayer en televisión —le dije a Rips—. ¿Adonde cree que conducirá esta situación?

—Creo que Israel se encontrará de espaldas al mar otra vez, como los antiguos israelitas en el mar Rojo —dijo el matemático.

Entendí la alusión. Rips hablaba de aquel episodio de la Biblia, en la primera pascua, 3200 años atrás, en el que los hebreos, huyendo de Egipto, se encontraron atrapados entre el ejército del faraón y las aguas del mar Rojo, enfrentándose a su completo exterminio.

—Necesitaremos de nuevo de la intervención divina —dijo Rips. Rips entendía que aunque Israel tenía ahora la sartén por el mango, la batalla no había hecho más que empezar. No podía dejar de darle la razón, aunque no me imaginaba un nuevo milagro de partición de las aguas.

Si tenía que haber un milagro, debía de ser el que estábamos presenciando él y yo. El futuro vaticinado en un texto antiguo; una advertencia de lo que estaba por venir.

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—Lo que sucede ahora es secundario —le dije al general Meir Dagan, mano derecha de Sharon, antiguo jefe de la contrainteligencia y próximo responsable máximo del Mossad.

Le enseñé a Dagan las precisas predicciones de la guerra que estaba por venir y le dije que debía advertir a Sharon que, según el código, nos hallábamos ante el «fin de los días» y que Israel se enfrentaba a su aniquilación total.

—Ya le he entregado su carta al primer ministro —dijo Dagan—, pero no sé si la leerá.

—Debe decirle que todo está sucediendo tal y como predice el código —le dije.

—Usted me recuerda una historia escrita por el poeta griego Homero —dijo Dagan—. La historia de Casandra, a la que maldijeron para que conociese el futuro, pero que nadie la creyese.

Le entregué una nueva carta para Sharon. Repetía la advertencia que había estado intentando hacerle llegar durante todo el año.

«Este momento crítico para la historia de Israel fue, sin duda, predicho por el código —afirmaba mi carta—. Los nombres de "Sharon", "Arafat" y "Bush" se hallan codificados en la Tora, junto con una expresión que designa el peor de los peligros existentes: "el fin de los días".»

En esta ocasión añadí una nueva advertencia: «Si el código es correcto, lo que está sucediendo ahora es secundario. El peligro real está todavía por venir. Primero, una "plaga", un ataque con armas biológicas y químicas, en el que morirán decenas de miles de personas. Finalmente, un "holocausto atómico".»

Dagan prometió una vez más que haría entrega de mi carta a Sharon a través del jefe de gabinete del primer ministro Uri Shani.

—El es la persona más cercana a Sharon en el día a día del gobierno, incluso más influyente que Omri —dijo Dagan, refiriéndose al hijo del primer ministro, al cual había conocido un año antes.

Al cabo de unos días, el jefe de gabinete de Sharon accedió a verme, pero sólo después de que el primer ministro hubiese acabado con su encuentro con el secretario de Estado norteamericano Colin Powell, que acababa de llegar a Israel para negociar un alto el fuego entre israelíes y palestinos.

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Así que, en su lugar, fui a ver al único líder palestino al que los israelíes no mantenían prisionero, en la única ciudad de Cisjordania que no había sido invadida, la urbe más antigua del mundo, Jericó.

Saeb Erekat, el jefe de los negociadores de paz de los palestinos, recordaba nuestro pasado encuentro, un año atrás. Había hecho de traductor para mí en la reunión que tuve con Arafat en su cuartel general, ahora semiderruido y rodeado de tanques.

Le entregué a Erekat una nueva carta para Arafat, pero antes de que pudiese leerla sonó el timbre del teléfono. Era el líder palestino. Arafat le decía que tenía frío, que se le acababa la comida, el combustible y las medicinas y estaba preocupado de que Powell no pudiese verlo porque había habido un nuevo atentado suicida en Jerusalén.

A pesar de todo, después de una rápida llamada a la embajada norteamericana, Erekat leyó mi carta. Decía:

«Estoy de vuelta en Oriente Medio para avisarle a usted y a los israelíes de que ha llegado el momento previsto por las tres grandes religiones de Occidente: el "fin de los días", la peor época de peligro que el mundo ha visto jamás.

»Ésta puede ser la última oportunidad que tengamos de conseguir la paz y evitar el horror que está por venir. Tanto a israelíes como a palestinos les espera el mismo destino. Si no firman la paz, se enfrentarán juntos al "fin de los días". Ahora deben actuar. Éste es el momento.»

Erekat leyó mi carta con atención y dijo que se la entregaría a Arafat cuando se encontrase con Colin Powell.

—¿Cuándo va a ser el "fin de los días"? —preguntó Erekat—. ¿Ahora?

—Justo ahora —le respondí—. Ya ha empezado.

—¿Lo que los israelíes han hecho llevará al mundo a la destrucción?

—preguntó Erekat.

—Lo que se están haciendo los unos a los otros —le dije.

Le enseñé las tablas que le había enseñado a Dagan, donde se lee «Sharon invadirá» cruzando a «Arafat» y, una vez más, «en el fin de los días».

Asimismo le mostré una tabla donde aparecía la expresión «guerra mundial» codificada junto a «terrorismo» y la palabra árabe que significa «terrorista suicida»: «shahid».

—¿Dice ahí shahid? —preguntó Erekat, escudriñando en los caracteres hebreos.

Señalé la palabra en cuestión y le leí parte de mi carta a Arafat. «Debe usted estar por encima de su lucha con Sharon. Los terroristas son los verdaderos enemigos de ambos bandos y si consiguen un mayor poder destructivo acabarán con ambas naciones y, ulteriormente, con toda la civilización humana.»

Erekat prometió de nuevo que le haría llegar mi carta a Arafat y que me conseguiría un encuentro con él (siempre y cuando Powell convenciese a los israelíes de que levantasen el sitio).

Cuando conducía de vuelta hacia el control militar israelí me pregunté otra vez si no habría ido demasiado lejos. Erekat se lo había tomado muy en serio, Arafat me creía a pie juntillas y Dagan estaba intentando advertir a Sharon de que el código de la Biblia decía que el Apocalipsis ya había llegado.

De repente, todo me pareció absolutamente irreal. Incluso cuando las advertencias que había propagado por todas partes durante años se habían convertido en algo de sentido común.

De hecho, un mes antes de los atentados suicidas que segaron las vidas de 150 israelíes, antes de que Sharon empezase la guerra abierta contra los palestinos, el columnista del New York Times Tom Friedman, había advertido de un peligro muy similar al del código.

Friedman decía en el Times exactamente lo que yo le había intentado comunicar a todo primer ministro israelí desde que Rabin fue asesinado y a la Casa Blanca desde Camp David: que el conflicto en Oriente Medio «va a ser la espoleta de una guerra mucho más generalizada entre civilizaciones».

Friedman avisaba, tal y como yo había intentado antes con Sharon, de que si caían «armas de destrucción masiva» en manos de terroristas o estados árabes radicales, «podrían borrar a Israel de la faz de la Tierra».

La proliferación de armas nucleares y biológicas, la aparición de Bin Laden, el creciente vínculo entre terroristas y fanáticos religiosos había hecho que lo que parecía, hacía sólo unos años, apocalíptico y paranoico pareciese, en la actualidad, cosa de sentido común. El mundo se había actualizado según los parámetros del código de la Biblia.

Y nunca antes había sido tan consciente de ello —al menos desde que vi caer las torres del World Trade Center— como en ese momento, cuando pasé el control militar para salir de Jericó.

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Desde la muerte de Itzhak Rabin había estado asistiendo al desarrollo de un guión perfectamente detallado. Para empezar, por encima de donde se leía la frase codificada «asesino que asesinará» cruzando con «Itzhak Rabin», se distinguía la advertencia: «Toda su gente en guerra.»

El asesinato del primer ministro que firmó la paz con Arafat no fue sólo un hecho que determinaría la historia de Israel, sino la de todo el mundo. En mi último viaje a Israel había conocido a la hija de Rabin, Dalia. —Ya ha empezado —me dijo en una conversación que mantuvimos en el knesset, el Parlamento israelí—. He intentado detenerlos, pero nadie me ha escuchado. Y en estos momentos ya no hay marcha atrás.

No entendía.

—Sharon —dijo—. El ataque ya está en marcha.

Más tarde, en la CNN, vi lo que quería decir. Sharon había enviado aviones F-16, helicópteros y tanques a Gaza y Cisjordania. Era el inicio del mayor ataque israelí a territorios palestinos desde que Rabin y Arafat se estrecharon las manos en los acuerdos de Oslo de 1993.

Dalia Rabin supo al instante que la paz que había conseguido su padre era papel mojado. Ahora era ayudante del ministro de Defensa y, de hecho, acababa de salir de un encuentro ministerial.

—He intentado detenerlos —repetía—, pero nadie me ha hecho caso. Le entregué una copia de la carta que le había enviado a su padre un año antes de que fuese asesinado en noviembre de 1995, advirtiéndole de que el código de la Biblia predecía que iba a ser asesinado. La leyó sin decir una palabra, pero vi que la afectó profundamente.

Su cara traslucía perfectamente lo que pasaba por su mente: el recuerdo de ese momento tan desagradable, junto con el horror de lo que sucedía en el presente. No quise preocuparla más. Pero esa mujer no era sólo la hija de Rabin. También era un importante cargo del gobierno israelí y tenía que saber que grandes peligros se cernían sobre su pueblo.

—Si el código es correcto, lo que ha sucedido y lo que sucederá ahora es sólo el inicio —le dije.

Habían pasado cuatro meses desde la invasión de Cisjordania (en concreto, de la zona denominada West Bank), suceso que yo ya conocía de antemano gracias al código. Pero ahora lo que ocupaba mi mente era la gran advertencia: una «plaga» que el código situaba en el año 2005, una «guerra mundial» y un «holocausto atómico» para el año 2006.

—Yo también creo que esos peligros son reales y no necesito que me lo ratifique el código —dijo Dalia Rabin—. Estoy intentando frenar a Sharon y organizar la defensa ante un ataque atómico, químico o biológico.

Guardó silencio durante un momento.

__Pero si ya está predicho, ¿qué podemos hacer? —me preguntó.

__Tanto Peres como Arafat me hicieron la misma pregunta —le dije—.

No pienso que se trate de una predicción, sino de una advertencia. Creo firmemente que podemos variar el curso de los acontecimientos.

Dalia le echó una mirada a mi libro, que se hallaba sobre su escritorio, junto a la carta que le había enviado al primer ministro un año antes de su muerte. En la portada se veía una ilustración del código que describía el asesinato de su padre.

—Nadie hubiese podido evitarlo —dijo ella.

—Yo creo que sí —repliqué—. Su padre recibió la advertencia, pero no creyó en ella.

Volvió a guardar silencio. Parecía triste.

—En estos momentos están bombardeando Gaza —dijo—. ¿Qué podemos hacer?

—Le digo lo mismo que le dije a Arafat y lo que intento expresarle a Sharon: no creo que se llegue a un acuerdo de paz hasta que ambas partes no entiendan que la única alternativa es la aniquilación. Creo que Arafat asume este hecho, pero no he podido hablar todavía con Sharon.

—No le hará caso —respondió—. No quiere escuchar ese tipo de cosas. Sólo si las cosas se pusiesen realmente mal, habría una posibilidad de influirle.

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Mientras esperaba un posible encuentro con Sharon fui a ver al militar más influyente en la esfera de poder de la inteligencia israelí.

El general Yossi Kuperwasser estaba a cargo de los análisis de la inteligencia. Toda la información que reunían los espías israelíes, todos los datos procedentes de los satélites norteamericanos y europeos, iban a parar a su despacho.

El lunes 15 de abril de 2002 me reuní con él en Kirya, el cuartel general del ejército israelí, en el corazón de Tel-Aviv.

—Se ha afeitado la barba —me dijo el general Kuperwasser cuando entré en su despacho. Al principio no sabía de qué demonios hablaba. Después me di cuenta de que nos habíamos conocido diez años atrás, en mi primer viaje a Israel, cuando fui a hablar con el jefe de la inteligencia israelí acerca de la guerra del futuro.

Kuperwasser era entonces el joven asistente del general responsable del servicio. En aquel entonces se me presentó como Yossi y lo cierto es que no había relacionado los nombres. Todo encajaba en un círculo perfecto. Fue a la salida de aquel encuentro, diez años atrás, que tuve por primera vez noticia del código de la Biblia.

Kuperwasser no necesitaba que nadie le convenciese. Aunque no era religioso, creía en el código de la Biblia.

—Hace varios años me encontraba en el aeropuerto buscando algo que leer y tropecé con su libro —me dijo—. Nosotros tenemos que estar atentos a cualquier advertencia de peligro.

Nuestro amigo mutuo, el científico y general Isaac Ben-Israel, ya le había informado a Kuperwasser de los nuevos peligros de que advierte el código de la Biblia.

En ese preciso momento le enseñé algunas tablas codificadas.

—La palabra «viruela» está codificada junto a «2005» —le dije al general.

Miró la tabla donde aparecía el año predicho y vio que el texto directo de la Biblia que cruzaba con «viruela» decía «los muertos en la plaga fueron 14700».

—Ésas son las palabras originales de la Tora —dijo Kuperwasser, sorprendido—. Se aproxima enormemente a nuestras estimaciones del coste de vidas de un ataque de ese tipo.

—Tanto «Jerusalén» como «Tel-Aviv» también aparecen codificadas junto a «viruela» y «en el fin de los días» —le dije, mostrándole las tablas impresas del ordenador.

El general Kuperwasser dijo que él también se tomaba en serio la amenaza de un «holocausto atómico, para el 2006. «Coincide cin nuestra porpia estimación de cuándo alguno de nuestros vecinos se harán con armas nucleares», dijo.

-Los americanos están obsesionados con Iraq -comentó— A nosotros nos preocupa más Irán. –Quizá debería poner los ojos en Libia respondí. — El código de la Biblia sugiere en más de una ocasión que el arma mortal saldra de Libia, aun cuando el ataque lo perpetren terroristas .

Meses más tarde, el 4 de setiembre de 2002, el primer ministro Sharon dijo en la televisión israelí: «Libia esta convirtiendose en una nación más peligrosa de lo que imaginábamos. Libia puede convertirse en el primer país árabe en hacerse con armas de destrucción masiva.»

No sé si tal declaración fue producto de mi advertencia al general Kuperwasser, pero no era la primera vez que el código de la Biblia había puesto sobre aviso a la inteligencia israelí y la prensa había reproducido la noticia como si procediese de informes militares.

Le mostré a Kuperwasser la localización de una posible base terrorista en Yemen o Irán. Estaba codificada en la Biblia junto a los principales peligros de Israel: con «viruela», «holocausto atómico» y «Bin Laden».

Pero existían dos localizaciones con el mismo nombre, una en Yemen y otra en Irán, ambas sospechosas de albergar terroristas.

—Isaac me dio las coordenadas —dijo Kuperwasser—. De hecho, ya habíamos investigado. En Yemen nada. En Irán captamos alguna actividad, pero nada definitivo. Quizá buscamos demasiado pronto. Seguiremos en ello.

Era evidente que Kuperwasser se tomaba el código con seriedad. Le pregunté si podía arreglarlo para que pudiese ver a Arafat, en ese momento aislado en sus propias oficinas de Ramala, rodeado por tanques israelíes.

—Hace un año me entrevisté con Arafat —le informé al general—. Él cree en el código de la Biblia; de hecho, creo que piensa que soy una especie de profeta. Le dije que, según el código de la Biblia, la elección gira en torno a paz o aniquilación.

—Es posible que le crea —dijo Kuperwasser—, pero eso no significa que Arafat vea las cosas igual que usted. No sería de extrañar que él escogiese la aniquilación.

Sabía que Kuperwasser no apreciaba mucho a Arafat. De hecho, el general acababa de regresar de Washington con la misión de persuadir a la Casa Blanca de que Arafat era un terrorista y que nunca cambiaría.

En cualquier caso, Kuperwasser añadió que de ninguna forma podría abrirme paso hasta las oficinas de Arafat.

—Sólo el primer ministro puede aprobar algo así —me dijo.

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El día del Memorial del Holocausto me entrevisté en Jerusalén con Dan Meridor, el ministro encargado de prevenir ataques terroristas con armas químicas, biológicas y nucleares.

Le mostré a Meridor las dos advertencias más importantes del código de la Biblia. Que Israel sería golpeada por una plaga «moderna» —la «viruela»— en 5765, el año hebreo equivalente al 2005 occidental.

Y después el aviso final, que Israel se enfrentaría a un «holocausto atómico» al año siguiente, en 2006.

«Ya sabíamos que eso era posible —dijo Meridor—. Incluso que esos años tienen cierta probabilidad.»

Meridor se expresaba de forma fría. No mostraba ninguna emoción. Hablaba como un contable que repasa los balances y concluye que las cuentas cuadran perfectamente.

El hecho de que estuviésemos hablando de dos hechos terribles y definitivos no parecía alterarle. Estábamos sentados en el mismísimo polvorín y el código de la Biblia no dejaba de predecir con exactitud fechas y nombres, pero él seguía con su expresión calculadora.

Lo cierto es que mi conversación con Meridor, uno de los pocos hombres con conocimiento profundo del asunto, confirmaba de forma notable lo que predecía el código.

Tanto la CÍA como la inteligencia israelí habían llegado independientemente a la misma conclusión: que la amenaza de terrorismo nuclear llegaría a su apogeo en 2005 y 2007.

El ministro de Defensa israelí, Benjamín Ben-Eliezer, había dicho públicamente que «alrededor del año 2005 Irán dispondría de armas nucleares capaces de amenazar a la región y posiblemente a todo el mundo conocido».

Y poco después del 11 de setiembre, Meridor mismo presidió un comité nacional para la seguridad que advirtió al primer ministro Sharon de que la peor amenaza para el país era la viruela.

De hecho, Meridor acababa de dar una charla sobre la inminente amenaza del «terrorismo no convencional» en el National Security College de Israel el mismo 11 de setiembre, cuando se recibió el primer informe sobre el ataque a las Torres Gemelas.

—Desafortunadamente, este ataque es sólo el comienzo —comentó.

Pero aunque los avisos del código de la Biblia eran virtualmente los mismos que las estimaciones de la inteligencia israelí, Meridor subestimaba la importancia de nuestras predicciones.

—Todo esto ya lo sabíamos —volvió a repetir—. Para eso no necesitamos un código en la Biblia.

—Quizá —respondí—, pero el código ha estado prediciendo esos mismos peligros mucho antes de que ustedes llegasen a vislumbrarlos. No olvide que se trata de un texto de tres mil años de antigüedad.

—Yo soy una persona racional —dijo Meridor—. No creo en tales cosas.

—Pero fíjese que se cumplen todas las predicciones —le respondí—.

Simon Peres le podrá explicar que cuando me reuní con él justo después de la muerte de Rabin en 1996, cuando ya era primer ministro, le avisé del peligro del «holocausto atómico» en 2006. Y recuerde que un año antes de que lo mataran también advertí a Rabin de que podía ser asesinado.

Le entregué a Meridor una copia de la carta que le había enviado a Rabin.

La leyó mostrando signos de impaciencia.

—Digamos que le creo —dijo Meridor—. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Esto era exactamente lo que me había dicho el hijo del primer ministro Omri Sharon, la última vez que hablamos. Era, más o menos, lo que todos me decían, tanto si creían en el código de la Biblia como si no. Y lo cierto que no tenía respuesta para esa pregunta.

—Tenemos que prestar mucha atención a los próximos años —le respondí.

—Ya lo hacemos —replicó Meridor.

Más allá de eso, no tenía ninguna solución real, excepto la de comunicar la advertencia a los principales mandatarios implicados, como ya había hecho con Arafat y Clinton. Todavía me faltaba informar a Sharon y Bush. Les tenía que decir que sólo teníamos dos opciones, y éstas no eran paz o guerra, sino paz o aniquilación y que no sería posible alcanzar la paz hasta que todo el mundo lo entendiese así.

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Tenía que ver a Sharon. De hecho, antes de partir a Israel me había anotado en mi diario: «Sharon es la clave. Debes asustarlo como hiciste con Arafat.» Para alcanzar la paz, estos dos viejos adversarios tenían que creer que no había más elección que paz o aniquilación.

Tres importantes generales israelíes, Kuperwasser, Ben-Israel y Dagan, todos con mucha experiencia en inteligencia militar, se tomaban seriamente las predicciones del código. Tanto el responsable de los análisis de la inteligencia como el de los análisis científicos y el anterior responsable del contraespionaje y próximo jefe del Mossad creían que la Biblia podía vaticinar el futuro.

Pero me era imposible acceder al máximo mandatario israelí. No podía llegar hasta el hombre cuyas decisiones decidirían el destino final de Israel. El primer ministro Ariel Sharon no iba a recibirme. Su jefe de gabinete dejó el puesto el día en que tenía previsto reunirme con él y no había nadie más al que acudir. Ya había hablado con todo el mundo del entorno del primer ministro.

Antes de abandonar Israel fui a ver a Eli Rips. Contemplamos de nuevo las palabras que habíamos encontrado en la Biblia años antes, justo después del asesinato de Rabin: «Holocausto de Israel.»

En ese preciso momento le indiqué a Rips que «Sharon» estaba codificado en el mismo lugar.

Una ulterior investigación reveló que aparecía dos veces la palabra «anexionado» en esa misma tabla. Era evidente que hacía referencia a que las victorias militares de Israel, su ocupación de la tierra árabe, podía conducir a un nuevo holocausto.

Recordé entonces las palabras que le dirigió el primer ministro de Israel, Levi Eshkol, a un joven Ariel Sharon, después de la impresionante victoria en la guerra de 1967.

«Nunca conseguiremos algo estable mediante las victorias militares. Los árabes seguirán allí.»

Pero treinta y cinco años después, en junio de 2002, Sharon volvió a invadir Cisjordania y una vez más hizo prisionero a Arafat en su propio cuartel general. Y esta vez Sharon dijo que la ocupación israelí de Palestina podría durar años.

De manera que en verano de 2002, con los tanques israelíes de nuevo en Palestina, la amenaza del «holocausto» codificada en la Biblia parecía más real que nunca.
EXTRATERRESTRE
La gente imagina que el día que contactemos con una civilización extraterrestre veremos una nave espacial aterrizando en la Tierra de la que saldrá un curioso alienígena.

Pero los científicos que buscan vida inteligente consideran que un aterrizaje de ese tipo es la forma más improbable de contacto. Las enormes distancias requeridas para un viaje interestelar —cientos, miles o millones de años luz— lo hacen prácticamente imposible.

El SETI, un programa de búsqueda de inteligencia extraterrestre, ha estado escuchando durante diez años señales de radio procedentes de unas quinientas estrellas como el sol. El SETI dispone de una enorme red de satélites y veintisiete antenas dispuestas en forma de Y (es decir, una gran antena 35 kilómetros), escrutando el cielo desde el antiguo lecho de un lago en el desierto de Nuevo México. Hasta el momento, sólo silencio.

Cuando preparaba mi expedición arqueológica a Lisan —mi búsqueda de la «clave del código» y «los obeliscos»—, la NASA (National Aeronautics and Space Administration) anunció la creación de un nuevo programa de busqueda de vida extraterrestre mediante naves no tripuladas.

Pero lo cierto es que el espacio exterior es muy grande. Sólo nuestra galaxia, la Vía Láctea, posee miles de millones de estrellas. Y existen miles de millones de galaxias.

Sin embargo, disponemos de otra opción de búsqueda, quizá más fructífera.

Se trata de la alternativa mejor considerada por los científicos: el descubrimiento de un artefacto extraterrestre en la Tierra o cerca de ella.

¿Y si ese tan esperado contacto con otra forma de inteligencia hubiese tenido lugar hace mucho tiempo? ¿Y si el código de la Biblia fuese ese contacto?

Desde el inicio de mi investigación intuí que había algo de otro mundo en el código de la Biblia. Ningún ser humano podía haber previsto hechos que acaecerían al cabo de tres mil años. Ni siquiera era posible codificar información de la manera en que se había hecho en la Biblia.

Era evidente que la mera existencia del código de la Biblia implicaba que, hace miles de años, había alguien sobre la Tierra que poseía una ciencia más avanzada que la que poseemos hoy.

En su libro Are We Alone? [¿Estamos solos?], el físico australiano Paul Davies imagina la existencia de un aparato extraterrestre abandonado en la Tierra por los extraterrestres... «programado para manifestarse sólo cuando la civilización llegase a cierto nivel de evolución. Tal ingenio, una especie de cápsula alienígena, podía almacenar una vasta cantidad de información para nosotros».

Una magnífica descripción del código de la Biblia.

El astrónomo Cari Sagan apuntó que si existiese otra forma de vida inteligente en el universo, posiblemente habría evolucionado más de lo que lo hemos hecho nosotros, pues hubiese tenido miles, o cientos de miles, o millones, o cientos de millones de años para desarrollar una tecnología que sólo ahora empezamos a vislumbrar.

«Lo que para nosotros es tecnológicamente difícil o imposible —escribió Sagan—, auténtica magia a ojos de nuestros contemporáneos, podría ser para ellos una trivialidad.»

¿Y si existiese realmente una clave mágica del código? ¿Y si los obeliscos que buscaba hubiesen sido enterrados por una civilización avanzada? ¿Y si proviniesen realmente de ese más allá que es el espacio exterior?

¿Y si una de las afirmaciones más antiguas de la humanidad fuese cierta «No fueron trabajo del hombre, sino del Cielo»?

Sería la primera prueba de que no estamos solos. No pude evitar ir imaginarme el momento en el que desenterrábamos el monolito para encortrarnos un objeto procedente del exterior. La solución a la gran pregunta que el hombre se había estado haciendo desde el inicio de los tiempos: sí existe otra vida en el universo y ha estado aquí.

Pero todavía era escéptico. Cuanto más me acercaba al descubrimi menos podía creer en él.

Aunque el código de la Biblia decía que los obeliscos, de miles de años de antigüedad, estaban preservados en una «arca de acero», lo que sugería que procedían de una civilización más avanzada, yo no estaba enteramente convencido.

Pero cuando el premio Nobel Francis Crick me confirmó lo que el código decía —que nuestro «ADN fue traído en un vehículo»—, que el código de la vida fue enviado aquí en una «nave espacial», busqué en el código de Biblia la palabra que tanto había evitado: «extraterrestre».

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Más tarde encontré la expresión «extraterrestre de Lisan» codificada en el libro de Josué, el único libro de la Biblia cuyas palabras originales describen exactamente la localización de nuestra búsqueda. El texto apuntaba de nuevo a esa parte de la península que entra en el mar Muerto formando una pequeña bahía, «al norte de la bahía en Lisan».

La expresión «extraterrestre de Lisan» está también codificada en la Tora, y está atravesada por el texto directo de la Biblia que hace referencia a Jordania, «en un campo de Moab, en lo alto de la colina».

Por lo tanto, se hablaba claramente de una determinada zona Lisan, en la parte alta del cabo, en el extremo norte de la península. De hecho, la palabra «cabo» estaba codificada en el mismo lugar.

Y justo debajo, las palabras directas de la Biblia dicen: «Hizo una escultura para ti con todas las formas que hay en el Cielo.»

Y todavía había mucho más en el código que parecía confirmar que la clave del código llegó realmente de otro planeta.

En una misma tabla encontramos «código extraterrestre», «Mazra», «detector», «obelisco» y «clave».

En otra matriz se leía «código del extraterrestre» junto a «horno de hierro» y «desde Lisan».

«Lisan extraterrestre», que en hebreo también significa «lenguaje extraterrestre», también se hallaba codificado cruzando a «Mazra».

«Mazra» en hebreo significa «área sembrada» y justo encima de esas expresiones encontramos «ADN», sugiriendo de nuevo que el código de la vida, como el código de la Biblia, son un «lenguaje extraterrestre».

¿Estaría Crick en lo cierto? ¿Habrían llegado el código de la Biblia y el código genético aquí en un «vehículo»?

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Miré de nuevo la tabla del código donde aparecía «vehículo de acero» junto a «Mazra» y «Lisan». Ahora vi que justo encima de «vehículo de acero» el texto oculto decía «obligado a bajar, interceptado».

En hebreo, esa expresión sólo tenía un significado, la intercepción de un aparato volador.

Esto era ciencia ficción. No podía ser real. ¿Cómo podía haber existido une nave espacial en aquellos días? Obviamente, sólo si procedía de otro mundo

Para mi sorpresa, hallé que también estaba codificada la expresión «extraterrestre en la Tierra» y, además, aparecía junto a «Mazra». Y de nuevo se sugería que la llegada a la Tierra no había sido intencional: «por error», cruzaba a «extraterrestre en la Tierra».

La descripción más clara de una nave espacial que encontramos en la Biblia se halla en el Libro de Ezequiel. Se trata de un párrafo al que se le denomina la «visión del carro».

«Y empecé a ver y, ¡miré!, había un viento tempestuoso que venía del norte, una gran masa de nubes y fuego trémulo, y tenía un resplandor todo alrededor; y de en medio de ello había algo como el parecer de electro, de en medio del fuego. Y de en medio de él había la semejanza de cuatro criaturas vivientes, y esto era lo que parecían: tenían la semejanza del hombre terrestre.»

Y en ese mismo párrafo de Ezequiel encontramos codificadas las palabras «extraterrestre humano».

«Lisan» aparecía dos veces sin saltos en el mismo lugar y solapándose, en el sentido contrario, la expresión codificada: «humano cerca de una cripta».

Además, había otra codificación en la Tora que parecía confirmar que una criatura parecida al hombre había venido a la Tierra en un pasado muy remoto, dejándonos el código de la Biblia.

«El extraterrestre es un hombre», aparecía una vez en la Biblia.

En el mismo lugar, en el texto directo de la Biblia, encontré las dos frases que hallamos asociadas en un principio a «clave del código»: «boca de los obeliscos» y «señor del código».

Todo ello parecía sugerir bastante claramente que el codificador era humano, pero no uno de nosotros. Y de nuevo, en el mismo lugar, el código afirmaba: «obligado a bajar, interceptado».

¿Qué o quién podía haber forzado a aterrizar a un astronauta de la antigüedad? Sobre eso, el código no decía nada.

Pero todo parecía indicar que la clave del código había llegado a la Tierra en una nave espacial.

¿Era el «arca de acero» un medio de transporte extraterrestre? Cuanto más evidencia encontraba de que estábamos delante de un fenómeno extraterrestre, más dificultades tenía para creer en todo aquello.

Podía aceptar que la clave del código estuviese grabada en un obelisco y que el obelisco estuviese enterrado en una árida península, deshabitada desde tiempos bíblicos. Pero no podía creer que todo ello fuese consecuencia de una visita extraterrestre.

Pero Crick, el descubridor de la estructura del ADN, decía que nuestro código genético había llegado a la Tierra en una nave espacial enviada por alienígenas. Si el ADN era fruto de tal suceso, ¿por qué no el código de la Biblia?

La mera existencia de un código de la Biblia que revela el futuro demuestra que no estamos solos. El hecho de que exista un código que vaticine el futuro y que proceda de los tiempos de la Biblia nos sugiere que alguna clase de inteligencia superior tuvo que intervenir en nuestro mundo.

De hecho, ésta es una de las creencias que comparten todas las religiones. En cierto sentido, se puede decir que la Biblia es la historia de un encuentro con un ser que no pertenece a la Tierra. No se le ve, pero en muchas ocasiones se le oye.

En todo mito antiguo, en todas las religiones, existen historias de vehículos y seres que descienden del Cielo, de temerosos visitantes de otros mundos, de «barcos del Cielo». Incluso el descenso de Dios al monte Sinaí vino acompañado de humo y fuego.

Pero yo no creo en Dios. Y aunque casi todos los científicos están de acuerdo ahora en que es posible que exista vida inteligente en el universo, de ninguna manera creeré en la existencia de hombrecillos verdes hasta que aterricen aquí y se presenten ante todos.

Soy periodista. Necesito pruebas definitivas.

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En el Shavuot, la celebración que conmemora la entrega de la Biblia a Moisés en el monte Sinaí, encontré en el código de la Biblia la prueba final de que la clave del código que estaba buscando se hallaba en unos pilares depositados en una cubierta de acero.

Y en el mismo texto codificado encontré la palabra «Dios». La expresión «en acero, obeliscos» se halla codificada en la Biblia cruzando el versículo del Génesis que explica la creación de la humanidad: «A imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.» Ello probaba que los «obeliscos» se hallaban, en verdad, en una especie de «arca de acero».

Las palabras del Génesis parecían confirmar también el único comentario antiguo acerca de los «obeliscos», la afirmación del Midras de que tenían forma humana, de que eran «hombre y mujer».

Más que eso, parecía que vinculaba los obeliscos a nuestra creación, a nuestro creador:

«Éste es el libro de los descendientes de Adán: Cuando Dios creó al hombre, lo hizo a semejanza de Dios.»

Todo el párrafo del Génesis 5:1 que cruzaba «en acero, obeliscos» parecía confirmar que los obeliscos eran la clave del código, que iban a revelar nuestro pasado oculto y todo nuestro futuro.

Si nos fijamos bien, parece que se sugiere que el futuro de la humanidad se conocía desde el día de nuestra creación, que toda la historia del hombre fue escrita antes de que sucediera. Si pudiésemos leer ese libro, hallaríamos en él no sólo todo lo que ya ha sucedido, sino todo lo que está por suceder.

Y la misma tabla del código confirma, una vez más, la localización de los «obeliscos». «Pilar de Lisan, lengua de mar» aparece exactamente en el mismo lugar.

«En acero» encontraremos no sólo los «obeliscos», sino también nuestros auténticos orígenes. Toda la matriz decía: «Señor, propietario, será reconocido en acero, obeliscos.»

Parecía sugerirse que los obeliscos están hechos a la imagen de su creador, que puede ser también nuestro Creador

Había llegado el momento de emprender, sin más dilación, la búsqueda en Lisan, pero antes anoté en mi diario: «Estoy obligado a concluir que además de un "obelisco" o una "clave", estoy buscando al "extraterrestre" que creó el código, o al menos el que lo trajo aquí, y, con él, el "vehículo" que lo transportó hasta nuestro planeta.»
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