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BUSH
El 3 de agosto de 2001 le envié al presidente George W. Bush una carta, diciéndole que «el código de la Biblia nos advierte que el mundo se enfrenta a un terrible peligro (una guerra nuclear mundial que empezará en Oriente Medio) y que tendrá lugar siendo usted el presidente de la nación».

Mi carta llegó al jefe de Personal de la Casa Blanca, Andrew Card, justo cuando Bush iniciaba unas vacaciones de un mes en su rancho de Crawford Texas. Card reenvió mi misiva a la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice. Pero mi carta nunca llegó al presidente.

El 10 de setiembre, al regreso de Bush, llamé a la Casa Blanca para insistirle a Card de que entregase mi carta al presidente y que me ayudase a concertar una entrevista con él.

«El señor Card le ha dado su carta a la doctora Rice —me dijo su asistente—. Ha sido leída por dos de los cargos más importantes del gobierno. Le siento, pero han decidido que no se la van a hacer llegar al presidente.»

Al día siguiente, el 11 de setiembre de 2001, unos terroristas árabes atacaban Nueva York y Washington, destruyendo las Torres Gemelas y causando graves destrozos en el Pentágono. La Casa Blanca se libró del ataque sólo gracias a que los pasajeros del cuarto avión secuestrado estrellaron el aparato antes de que llegase a la capital norteamericana.

La carta que había enviado a Bush, un mes antes del 11 de setiembre, no fue la única advertencia desaprovechada. Más tarde se supo que el 6 de agosto, casi al mismo tiempo que llegaba mi carta a la Casa Blanca, la CÍA informó al presidente que los seguidores de Osama bin Laden estaban planeando secuestrar aviones comerciales. Y un informe, que nunca llegó a Bush, le advertía de que Bin Laden podría haber mandado operativos para aprender a pilotar aviones en escuelas de aviación norteamericanas con el fin de perpetrar ataques terroristas.

De hecho, a mediados de agosto fue arrestado el que se sospecha iba a ser el secuestrador número veinte. Pero el FBI no consiguió encontrar la clave que desprotegía su ordenador portátil: una palabra que podía haber conducido a la detención del líder de los atentados, Mohammed Atta.

Y ahí no acaba la cosa: el 10 de setiembre de 2001, la Agencia de Seguridad Nacional interceptó un mensaje en árabe: «Mañana es la hora cero.» Pero el mensaje no fue traducido hasta el 12 de setiembre.

Yo sabía perfectamente que, en aquellas frenéticas jornadas posteriores al ataque, no habría manera de llegar al presidente. Pero el 1 de octubre le envié una carta a Bush a través de su jefe de Personal, Card, y de Condoleezza Rice. Les decía, una vez más, lo mismo de siempre: «Si vuelven a leer mi carta teniendo en cuenta los atentados, creo que decidirán entregársela al presidente. Y si el señor Bush lee la carta, creo que querrá verme.

«Pueden decirle al presidente que el ataque a Nueva York, que presencié con mis propios ojos, estaba codificado en la Biblia desde hace tres mil años.» La carta que le había escrito al presidente el 1 de octubre decía: «Yo no soy religioso, de manera que no puedo explicarle cómo es posible que se pueda conocer el futuro o por qué existe un código en la Biblia.

»Pero lo cierto es que "Torres Gemelas" se halla codificado junto a "avión" y la reveladora frase "hará que se caigan". "Pentágono" está codificado con "dañado" y "Bin Laden" con "la ciudad y la torre".»

Le expliqué al presidente que el peligro no había pasado: «El código de la Biblia habla claramente de esta amenaza en términos modernos: el código menciona tanto "holocausto atómico" como "guerra mundial". Y ambos están codificados junto al mismo año, 2006.»

Acabé mi carta a Bush con una disculpa: «Siento no haber podido avisarle con anticipación de los ataques terroristas de Nueva York y Washington. Ambos estaban codificados en la Biblia desde hace tres mil años. Pero no los vimos hasta el mismo 11 de setiembre.

»Si el código de la Biblia es correcto, aquí no acaba la amenaza. No ha hecho más que empezar. Con el código no podemos anticipar todos los peligros, pero podemos prevenir los que detectamos.

»Es muy importante que nos reunamos porque el peligro es real y mortal: es posible que nos enfrentemos a una guerra mundial en cinco años».

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«Presidente Bush» está codificado en la Biblia junto con «el segundo», descubrimiento que hallamos meses antes de las elecciones de noviembre de 2000.

Es asombroso cómo el código de la Biblia, de tres mil años de antigüedad, predice adecuadamente el resultado de una elección tan reñida como ésta. De hecho, no se supo quién había ganado hasta que la Corte Suprema declaró a Bush vencedor un mes más tarde de finalizados los comicios.

De hecho, el código también habla de ello. Yo estaba al corriente del resultado de las elecciones incluso antes de que ningún candidato fuese nominado.

Diez meses antes de las elecciones más disputadas de la historia de Estados Unidos fui a ver al doctor Rips a Nashville, Tennessee, donde ejercía de profesor en la Vanderbilt University. Rips me contó que había dado una charla sobre el código de la Biblia en una sinagoga local y, en respuesta a una pregunta del público, buscó en el código información sobre el héroe local, el vicepresidente del gobierno de Clinton, Al Gore.

Rips me mostró la tabla del código. «Al Gore» estaba codificado en el Génesis junto con la palabra «presidente» con una poquísima probabilidad de aparición azarosa.

Le expliqué a Rips que me parecía muy improbable que Gore alcanzase la presidencia. Todas las encuestas daban a Bush como ganador. De hecho, no estaba claro que Gore llegase a se candidato a demócrata.

Así que busqué la expresión «presidente Bush» y la encontré codificada junto con la palabra «presidente» y ésta a su vez cruzada por la misma expresión: «presidente».

—Esto no tiene un significado claro —dijo Rips—, porque ya ha habido un presidente Bush.

Entonces le enseñé a Rips que en esa misma tabla la expresión «presi dente Bush» estaba codificada junto a «el segundo».

—¿Qué cree que significa? —le pregunté a Rips.

—No lo sé —me contestó—. Quizá que tanto Gore como Bush son probabilidades, que ambos tienen posibilidades de ser presidentes.

A lo largo de los siguientes diez meses, el doctor Rips y yo vimos cóm Bush y Gore eran nominados y después asistimos a su enconada pugna electoral. Finalmente, el día después de las elecciones volvimos a hablar.

Había sido una noche trepidante. Primero Gore llamó a Bush para felicitarlo por la victoria. Después le volvió a llamar para retirarle la felicitación Al final, el resultado iba a ser decidido por unos cuantos cientos de votos d un solo estado, Florida.

—Ahora ya sabemos por qué el código contemplaba la posibilidad de la victoria de los dos contendientes —dijo Rips.

Mientras se llevaban a cabo los innumerables recuentos y batallas legales, yo consulté el código para intentar vaticinar el resultado. Ahora vi que donde «Al Gore» estaba codificado como «presidente Gore», las letras hebreas que seguían a su nombre predecían otro final: «Ahora decidirá un juez, se te hará mucho mal.»

Dos horas antes de la medianoche del 12 de setiembre de 2000, la Corte Suprema de Estados Unidos le robó las elecciones a Al Gore, quien había obtenido un mayor voto popular, deteniendo el recuento de Florida. George W. Bush, con el respaldo de cinco jueces conservadores, fue declarado presidente de Estados Unidos.

Aquella noche busqué de nuevo en la tabla del código donde se predecía la victoria de Bush. Justo por encima de «presidente Bush» aparecía «por error».

Pero lo más importante hacía referencia a un momento histórico decisivo para la humanidad.

«G. W. Bush» estaba codificado junto a «presidente» donde el texto directo mencionaba «el fin de los dias».

Yo sabía, mucho antes del 11 de setiembre, que Bin Laden era una amenaza muy seria pues el código de la Biblia advertía sobre él. En la primavera de 1998, cuando visité al doctor Rips en Israel, me mostró una tabla que creía revelaba la auténtica naturaleza de Dios: junto a la expresión «juicio de Dios» encontrábamos asociada la de «piedad de Dios».

«Según el Midras —dijo Rips—, el mundo fue creado dos veces: primero fue concebido desde el punto de vista del juicio absoluto, donde prima lo correcto y lo incorrecto. Entonces, Dios vio que el mundo no podía existir esa manera, que de esa forma no había espacio para la imperfección humana y añadió la piedad.

«Pero esto no es como mezclar agua caliente y agua fría para obtener templada, es como mezclar fuego y nieve y que cada uno de estos elementos mantenga su existencia de forma separada. Ésas pueden ser las dos hebras del código de la Biblia.»

Tan pronto como Rips me mostró esa tabla, sin embargo, vi algo más. «Bin Laden» aparecía sin saltos, perfectamente deletreado, y cruzaba a la expresión «juicio de Dios».

No le dije nada a Rips. No sabía cómo iba a reaccionar. Yo mismo estaba conmocionado. Era como si Bin Laden fuese el moderno instrumento elegido por Dios para nuestra destrucción, de la misma manera que se relataba en la Biblia al respecto de otros enemigos.

Fue sólo después del 11 de setiembre que le mostré a Rips lo que había hallado años antes. Su interpretación era muy diferente. «Es una afirmación muy clara de que Dios juzgará a Bin Laden», dijo Rips. Me explicó que un amigo suyo en Israel había encontrado una codificación muy similar: «maldito sea Bin Laden y al Mesías le corresponde la venganza».

Le dije a Rips que creía que era tarea nuestra, de la gente del mundo real, ajusticiar a Bin Laden, independientemente del castigo que mereciese en el otro mundo.

Pero Rips se mantenía en su perspectiva religiosa, la cual entendía poque el terrorismo se había convertido en una religión y Bin Laden era su sumo sacerdote.

Rips me enseñó entonces algo nuevo que había encontrado en una tabla donde se mencionaba al líder del ataque del 11 de setiembre. En cierta parte de la Biblia, justamente donde se lee «su alma le fue arrancada ante mí, yo soy el Señor», se leían las siguientes palabras: «terrorista Atta».

«Eso contradice directamente la creencia de Atta y Bin Laden de que tendrán una recompensa en la otra vida —comentó Rips—. Se trata de una afirmación clara de exactamente lo opuesto; significa que será castigado en el Más Allá.»

Rips estaba tratando el tema desde una perspectiva religiosa, al igual que lo hacían los terroristas. Después del 11 de setiembre, el FBI encontró un diario manuscrito perteneciente a Atta, con mucha información y que manifestaba que estaba llevando a cabo una misión en nombre de Dios.

Pero para mí, el código de la Biblia era sólo información, un sistema de advertencias. Nuestro futuro dependía de nuestra capacidad para hacer frente a esos peligros.

La primera tarea era encontrar a Bin Laden.

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Cuando Estados Unidos lanzó su ataque sobre Bin Laden y sus aliados talibanes en Afganistán, el 7 de octubre de 2001, y la CÍA informó al Congresoo de que las probabilidades de que hubiese otro importante atentado terrorista eran «del ciento por ciento», busqué en el código de la Biblia las dos palabras cruciales: «Bin Laden.»

El terrorista más buscado, decía el código, se convertirá en un fugitivo huyendo constantemente de lugar en lugar.

«Ciudad de refugio» aparece dos veces en el texto directo de la Biblia y en el mismo lugar. El significado original de esos versículos es muy significavo. Hablaban de las antiguas «ciudades de refugio» donde un «asesino» podía escapar a su castigo, y que la única manera de matarlo era en caso de que saliera de su refugio. Quizá ésa era la manera como le gustaría ser atrapado a Bin Laden.

«Capturado» estaba, de hecho, codificado paralelamente a «Bin Laden», sugiriendo que en un momento dado sería encontrado.

En realidad, donde se hallaba codificado «Bin Laden» junto a «el próximo terrorista», el texto oculto afirmaba: «se movió y fue asesinado».

Pero el código de la Biblia decía claramente que Bin Laden no sería detenido en Afganistán. El código parecía afirmar que escaparía al ataque norteamericano en sus escondites y campos de entrenamiento y reestablecería su red de terror desde una base en otro punto de Oriente Medio.

El código de la Biblia hacía mención a un lugar exacto. Cruzaba por dos veces al nombre hebreo de «Bin Laden» y especificaba claramente la localización de su «cuartel general del ejército». La misma localización también estaba vinculada a las diferentes expresiones del último peligro, entre las que se contaban «arma atómica», «holocausto atómico», «ataque químico» próxima guerra».

Esa misma localización, en el desierto, que nunca había aparecido en un informe de inteligencia también estaba codificada junto a los dos objetivos más probables: «Nueva York» y «Jerusalén».

Sin perder tiempo, les entregué la información a miembros destacados de la inteligencia militar israelí y estadounidense. Les dije que ello «podía estar relacionado con Bin Laden y su organización, Al Qaeda». También añadí que «podría tratarse de la localización de armas no convencionales, quizá la fuente de la amenaza más importante para Israel y Estados Unidos».

Les dejé bien claro que no había una evidencia definitiva que apoyase lo que decía el código de la Biblia y que no sabía cuándo sucedería. Yo no podía saber si Bin Laden ya había huido del lugar y dónde se reagruparía su red terrorista.

«No sé si la base está activa en estos momentos —dije—. Pero éste puede ser el momento adecuado para averiguarlo. Lo que es seguro es que es mejor intentarlo demasiado pronto que demasiado tarde.»

Y todavía les dije otra cosa a americanos e israelíes: allí donde aparecía el nombre de los terroristas hallamos las palabras «arma de Libia». Todo parecía sugerir que Libia adquiriría alguna arma de destrucción masiva que los terroristas usarían para atacar a Occidente.

Varios meses después se publicó en la prensa israelí: «Los esfuerzos de Libia para conseguir armamento nuclear preocupan seriamente a los gobiernos norteamericano e israelí. La semana pasada, los dos países aliados mantuvieron conversaciones estratégicas en Washington para tratar de la amenaza de Libia.»

El artículo del Ha'aretz decía: «Aunque Libia no ha sido incluida de manera formal entre los países del "eje del mal" citados por el presidente George Bush, el gobierno norteamericano considera que está en la órbita de este eje y tiene informaciones de que está desarrollando armas de destrucción masiva.»

Se trataba de la misma advertencia que le había dado a Simón Peres cinco años antes, cuando era primer ministro de Israel; que «Libia» estaba codificado junto a «holocausto atómico», pero que el peligro real era el terrorismo nuclear.

Días después, en un discurso en Jerusalén, Peres hizo mención a esta advertencia públicamente, aunque sin hacer alusión al código de la Biblia. El peligro más importante al que se enfrenta el mundo, dijo Peres, es que armas nucleares «caigan en manos de países irresponsables, de locos fanáticos».

Ahora el código nos proporcionaba los nombres de esos radicales, Osama bin Laden y su organización terrorista Al Qaeda. Tenía la esperanza que también revelase su paradero.

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En mayo de 2001, en plena ola de violencia en Oriente Medio, le envié una carta al secretario de Estado, Colin Powell. Se trataba de una carta personal dirigida a su residencia de Virginia.

No estaba seguro de que escribirle a su hogar fuese la mejor idea, pero quería contactar con él antes de que iniciase su gira diplomática europea. Existían rumores que decían que se iba a reunir, por primera vez, con el lider palestino Yasir Arafat.

Aviones F-16 israelíes acababan de golpear Gaza y Cisjordania. Desde la guerra de los Seis Días, en 1967, no se llevaba a cabo una acción militar de tal envergadura. El motivo, como siempre, era la represalia por un atentado suicida. Mi instinto me decía que iba a suceder algo terrible y que ahora tenía la oportunidad de hablar con Powell, justo antes de que se hubiese entrevistado con Arafat y Peres.

Mi carta a Powell del 19 de mayo decía: «Acabo de volver de Oriente Medio y me he entrevistado con Yasir Arafat y Simón Peres. Espero ver pronto al primer ministro Sharon.

»Es posible que exista una posibilidad de que se dé un alto el fuego, una nueva manera de que las dos partes se avengan a negociar. Es por eso que le mando esta carta a su casa. Normalmente, me hubiese dirigido a usted a través de los canales oficiales, pero he leído hoy en el New York limes que usted decía que "si hubiese una solución para el problema de la región trabajaríamos en ella inmediatamente; organizaríamos un encuentro de forma inmediata". Pues es posible que tengamos tal solución, al menos un nuevo enfoque con el que empezar.

«Arafat cree en las profecías. Yo mismo he estado más de una hora hablando con él acerca de lo que profetiza la Biblia. Al final se convenció de que las dos únicas opciones existentes son la paz o la aniquilación.

»Nadie ha intentado aproximarse a él desde esta perspectiva y es posible que ahí esté la clave.»

Le expliqué a Powell qué era el código oculto de la Biblia. Tenía la esperanza de que el secretario de Estado estuviese abierto a este tipo de informaciones porque leí en su autobiografía que era un hombre religioso, que en alguna ocasión había dado clases de catequesis y que creía en el Antiguo Testamento.

Así que le dije a Powell lo que le había dicho a Bush: «El código de la Biblia nos advierte de que existe un peligro real de guerra nuclear mundial que se iniciará en Oriente Medio.»

«Aunque usted no crea que exista un código de la Biblia que prediga el futuro es importante que nos veamos porque Arafat sí cree en él», le decía a Powell en mi carta.

«Cuando Sharon acepte también que la única alternativa a la paz es la aniquilación, entonces habrá paz —continuaba—. A mi entender, no importa cómo convenzamos a Sharon de que debe firmar la paz, mediante informes militares o profecías.»

Al final, Powell regresó a Estados Unidos sin haber visto a Arafat y nunca respondió a mi carta. Pero al cabo de un mes, Bush lo envió de nuevo para intentar conseguir un alto el fuego entre Arafat y Sharon.

Todos esos esfuerzos, que continuarían durante un año más, no dieron ningún resultado.

Pero en el código de la Biblia parecía entreverse alguna esperanza. «C. Powell» estaba codificado junto a «jefe de la cumbre», sugiriendo que el secretario de Estado podría acercar a las dos partes.

Pero en el mismo lugar encontramos su nombre, «Powell», junto con el grave peligro que también se halla asociado a «G. W. Bush»: «en el fin de los días».

A medida que la cuenta atrás hacia 2006 continuaba, me preocupaba cada vez más el no poder llegar al presidente. Y lo peor es que éste planteaba su guerra contra el terrorismo como una cruzada religiosa.

El código de la Biblia parecía advertir que la guerra contra el terrorismo de Bush, la guerra librada en Afganistán (con Bin Laden todavía en paradero desconocido), podía conducir a un terrible final.

«Guerra de Bush» estaba codificado en la Biblia junto a la última adver tencia: «el mal que caerá sobre ti en el fin de los días».

Las palabras del texto directo que cruzan «guerra de Bush» dejaban claro que el peligro era global: «Todas las naciones bajo el cielo.»

La expresión «el próximo terrorista» estaba codificada junto al peligro más temido de nuestros días, «atómico».

La expresión «el próximo atentado terrorista» estaba codificada junto a «Bin Laden» y la única ciudad del mundo que estaba codificada junto a «holocausto atómico» y «guerra mundial» era «Jerusalén».

Pero el código de la Biblia advertía que el impacto de la catástrofe podría ser global. «Guerra mundial» estaba codificado junto a «terrorismo» y, en el mismo lugar, aparecía la palabra árabe que significa «terrorista suicida» o «shahid».

De repente, temí que la suma de todas las advertencias del código de la Biblia fuese que el mundo iba a estar en un estado de guerra perpetuo durante los próximos cinco años, no una guerra convencional, sino una serie de ataques terroristas con armas de destrucción masiva y sucesivos contraataques del mundo occidental.

Se trataría de una guerra indefinida, algo que nadie querría admitir, una batalla entre nosotros y un islam militante, entre la civilización occidental y los fanáticos religiosos que quieren destruirla.

De hecho, las hostilidades ya habían comenzado. Todo aquello que había intentado evitar, todo lo que había visto codificado en la Biblia, se estaba convirtiendo en realidad. Y no estaba seguro de qué es lo que debía hacer.

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Todas las advertencias del código de la Biblia que aparecían en mi primer libro sobre la materia, publicado hace cinco años, habían pasado de rarezas apocalípticas a posibilidades reales, e incluso a realidades completamente aceptadas. En muchos casos, nuestros gobernantes empezaban a sospechar que no iban a ser capaces de prevenir las desgracias que se avecinan.

Todos los miembros del gabinete de Bush y el mismo presidente afirmaron que era prácticamente seguro que iba a haber un nuevo atentado terrorista (incluso un ataque nuclear).

«La posibilidad de que haya otro ataque sobre Estados Unidos es muy, muy real —dijo el vicepresidente Dick Cheney—. No es una cuestión de si nos atacarán o no, sino de cuándo lo harán.»

El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, le dijo al comité del Senado que los terroristas iban a obtener armas de destrucción masiva: «Tienen armas biológicas, químicas y algunos pronto tendrán armas nucleares.

»Es inevitable que se hagan con ellas y les aseguro que no dudarán un minuto en usarlas», dijo Rumsfeld.

«Nos vamos a tener que enfrentar a terribles atentados terroristas —añadió—. Lo importante es saber cuándo, dónde y cómo.»

«Es inevitable —dijo el director del FBI Robert Mueller—. Habrá otro ataque. No podremos detenerlo. Quisiera ser más optimista, pero no puedo.»

El problema, hasta el momento, había sido persuadir a los gobernantes de que los peligros que anunciaba el código de la Biblia eran reales. Ahora el problema era convencerlos de que esos peligros se pueden prevenir si atendemos a los avisos del código.
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