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EL VIAJÉ DEL HÉROE
Algunas mañanas, cuando me despertaba con las noticias de nuevas amenazas terroristas, me daba la impresión de que mi búsqueda de la clave del código no era más que un sueño.

Frente a la amenaza de Bin Laden, todavía con el 11 de setiembre fresco en mi mente y la certeza de que ni Nueva York ni el mundo habían vivido su última pesadilla, mi aventura por el desierto parecía irrelevante.

Pero algo me decía que debía de haber una solución, quizá la única solución. Necesitábamos un milagro puesto que el horror podía alcanzar unas proporciones míticas.

Quizá, por esa misma razón, se necesitaba un acto igual de mítico: «El héroe mítico es aquel que se aventura; aquel que parte de su previsible mundo para introducirse en una región de maravillas sobrenaturales. Allí encuentra fabulosas fuerzas que le permiten alcanzar la victoria. Después, el héroe retorna de su misteriosa aventura con la capacidad de ayudar a sus congéneres.»

Ésta es la descripción de Joseph Campbell del «viaje del héroe». Se trata de un mito presente en casi todas las culturas antiguas. De hecho, Campbell gustaba de llamarlo El héroe de las mil caras.

Efectivamente, encontramos héroes en Prometeo, que asciende a los Cielos para robar el fuego y entregárselo a los hombres. En Jasón, que se embarca en una aventura para capturar el vellocino de oro. Y, en su forma más antigua, Gilgamesh, el legendario rey sumerio que hace seis mil años luchó contra los mares que rodean al mundo, los empujó a las profundidades y obtuvo la planta de la inmortalidad.

Pero inevitablemente, el poder sobrenatural ganado en la batalla se pierde cuando el héroe entra de nuevo en este mundo. A veces se lo roban, otras se desintegra o simplemente desaparece.

Y la moraleja de la historia es siempre la misma: que la recompensa real no son los resultados finales de la campaña, sino el viaje mismo. En palabras de Campbell: «Los poderes sobrenaturales que busca el héroe y que tan peligrosamente consigue resultan haber estado siempre en su corazón.»

El viaje, la aventura, es sólo una vía para descubrir lo que ya había dentro del héroe.

En ocasiones, mientras buscaba la «clave del código», los «obeliscos», el mágico talismán procedente de otro reino, la clave para la revelación del pasado olvidado y todo nuestro futuro, imaginé que estaba en mi propio viaje heroico.

Pero la verdad es que yo no era un héroe. Y, por supuesto, no era un ser mitológico. En todo caso, yo era un antihéroe, un periodista cínico que había tropezado con un antiguo misterio en un mundo moderno.

Es posible que, como decía Campbell, todo lo que necesitamos, las respuestas a los misterios más profundos, moran ya en nuestro interior. Sólo tenemos que descubrirlas.

La Biblia dice básicamente lo mismo. Moisés, en sus últimas palabras a los israelitas antes de morir, les comunica: «No está lejos de vosotros, no está oculto. No está en los cielos, para que se diga: "¿Quién ascenderá por nosotros a los cielos y nos lo conseguirá, para que nos deje oírlo para que lo pongamos por obra?" Porque la palabra está muy cerca de ti, en tu propia boca y en tu propio corazón, para que la pongas por obra.»

Quizá. Quizá el camino, la búsqueda, era una manera de desenterrar el secreto que yace en nuestro interior. Pero es que ese mismo párrafo me revelaba también que podía encontrar la «clave del código» en la Tierra, que podía sacar a la luz los obeliscos, que estaban a mi alcance.

En el párrafo de la Biblia donde Moisés dice sus últimas palabras —«N está en los cielos para que se diga: «¿Quién ascenderá por nosotros a los cielos?»— encontré codificado de nuevo las palabras «en Lisan» y «Mazra».

Ésta no es una afirmación metafísica. No quiere decir que la búsqueda es una manera de desentrañar los secretos que guardamos dentro. Es una afirmación directa de que existe un objeto físico enterrado en ese mismo lugar.

Por muy improbable que pareciera que pudiese encontrar el tesoro, yo siempre había creído que el código de la Biblia significaba exactamente lo que decía. «Lisan» y «Mazra» eran lugares, localizaciones geográficas, la X del mapa del tesoro.

El doctor Rips coincidió conmigo en que «Lisan» y «Mazra» no podían aparecer de esa manera por azar, no podía ser por casualidad que «obeliscos» cruzase dos veces a «clave del código». Pero, como siempre, no podía adivinar el significado que tenían esas palabras en el mundo real.

«Nada sería más emocionante que encontrar esos restos guiados sólo por el código de la Biblia —dijo Rips—. Pero yo sólo puedo hablar de la coherencia de lo hallado; sólo puedo decir que, matemáticamente, va más allá del azar. Lo que no puedo es afirmar que los obeliscos existen en la actualidad.»

Al margen de lo improbable que podía parecer que un simple periodista topezase con el secreto más importante de todos los tiempos, yo creía que allí abajo había algo extraordinario —no de este mundo, pero en este mundo-— y que se encontraba justo donde indicaba el misterioso texto. Cabía la posibilidad que el hallazgo detuviese el mismísimo Armagedón.

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Existe, además, en la Biblia otra evidencia de que el código es una realidad. Sólo tenemos que acudir al adivinador más famoso de la Biblia, José. Sus palabras son definitivas: «Ésta es la solución.»

Confirma que en un tiempo antiguo, algo mágico vino a la Tierra, exactamente donde estoy buscando y sigue ahí hasta nuestros días.

En la historia de José encontramos oculta la confirmación de la existencia de la clave del código y su localización secreta.

Vendido como esclavo por sus celosos hermanos, José llegó a ser el auténtico gobernante de Egipto gracias a su capacidad para adivinar el futuro. En concreto, vaticinó una larga hambruna y salvó a Egipto. El faraón convirtió a José en su regente, le puso una cadena de oro alrededor del cuello y le dio un nuevo nombre: «Zafenat-panea.»

Durante miles de años, grandes sabios han debatido acerca del significo de ese nombre. Algunos creen que es una traducción hebrea de jeroglíficos egipcios y que significa «revelador de secretos». Otros dicen que los

pictogramas originales de pájaros y serpientes significan «Dios habla y vive».

Pero, de hecho, el nombre tiene un significado muy claro en hebreo: «descodificador del código».

De manera que la existencia del código de la Biblia, el código que predice el futuro, es algo de lo que habla el mismo texto directo de la Biblia.

Y en esa parte de la Biblia, el código decía en vertical «descodificador del código» y en horizontal se hacía mención al auténtico objeto de mi búsqueda: «clave». Junto a esta última palabra también encontré «acero en el cabo».

«Ésta es la solución», dice José cuando vaticina el futuro. Y bajo esas palabras, siempre que son pronunciadas por José, el texto oculto revela la localización de la clave del código: «Lisan.»

«Ésta es la solución.» Es como si el antiguo profeta hubiese querido revelar de la manera más directa posible dónde buscar la «clave» que descodifique el código... en la península que se adentra en el mar Muerto, «Lisan».

La expresión «código de Dios» está codificada en el punto donde «Lisan» se cruza con «ésta es la solución». No podía estar más claro. Otra tabla del código decía «encontró el lugar exacto, Mazra», frase que también aparecía junto a «Lisan» y «ésta es la solución».

Por increíble que parezca, en la historia del antiguo adivinador había encontrado, miles de años después, la confirmación de un detalle esencial de mi búsqueda.

En realidad, todas estas expresiones, «arca de acero», «arca de hierros «ADN en obeliscos», «creación del hombre», «Lisan» y «código de Dios», se hallan codificadas bajo la frase de José: «Ésta es la solución.»

La «clave» se tenía que encontrar en alguna forma de barco de metal y nos revelaría tanto el código de la Biblia como el código de la vida.

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Y no sólo hallé pruebas en la Tora, sino también en los últimos libros de la Biblia.

«Clave del código » está codificado en Job, junto a la expresión « en la punta de Lisan que se asemeja a un látigo».

De nuevo nos hallamos ante otra afirmación precisa que hace referencia a la localización, a la punta que se introduce en el mar Muerto desde el extremo norte de la península formando la bahía de Mazra.

Por otro lado, la frase «encontró el lugar exacto, Lisan», esta codificada en Josué, donde el versículo del texto directo describe la misma localización: «Lisan, lengua del mar, en el extremo.»

Por lo tanto, es cierto que en la Biblia existe un auténtico mapa del tesoro. Nos confirma que estamos sobre la pista correcta. Afirma que el objeto todavía existe en la actualidad.

Si pudiésemos encontrar la clave del código, si pudiésemos encontrar los obeliscos, encontraríamos incluso la identidad del codificador.

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¿Quién es el codificador?

El científico que descubrió el código, el doctor Rips, tiene su propia respuesta. El código, como la misma Biblia, son obra de Dios.

«Procede de una inteligencia que no es simplemente superior, sino diferente —dijo Rips—. Ve lo que sucederá en el futuro, existe a lo largo de los tiempos. Todo lo que pensamos y hacemos está previsto.»

Pero, a diferencia de Rips, yo no asumo que el codificador sea el Creador. Para mí, la existencia del código no prueba la existencia de Dios, sólo la del codificador.

Existe una persistente sugerencia en el código de que el codificador está, en cierta forma, aún vivo. De hecho, la misma palabra «codificador» también significa en hebreo «él está codificando».

Le pregunté a Rips si el código de la Biblia podía llegar a ser una forma de diálogo con la humanidad. ¿Era posible que el código de la Biblia estuviese escrito en tiempo real, que obtuviésemos respuestas a las preguntas que hacemos en este momento y en este momento fuesen respondidas?

«Puedo imaginarme una inteligencia que haya existido a lo largo de los tiempos, para la que el pasado, el presente y el futuro son una misma cosa —aseguró Rips—. Así que aunque uno esté haciéndose preguntas "ahora" y busque las respuestas en un libro escrito en el "pasado", desde el punto de vista del codificador, todo está sucediendo en un mismo instante, incluido el "futuro" que nos revela a través del código.»

Y no sólo Rips, una persona religiosa que cree en el Dios eterno, era capaz de imaginar tales fantasías. También Einstein dijo: «La distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión, aunque, eso sí, persistente.»

Pero para mí esto no era una respuesta completa. No quería un concepto metafísico. Quería evidencia irrefutable.

¿Procede el código de un hombre, un dios o un extraterrestre?

El texto directo de la Biblia nos da una sola pista al respecto. Las palabras originales dicen muy claramente que Dios bajó al monte Sinaí y le dio la Biblia a Moisés.

La expresión «códigos de Moisés» aparece en el texto oculto junto con «codificador» y las probabilidades de hallar esta asociación son minúsculas.

«Códigos de Moisés» aparece de nuevo cruzando a «clave» y «barco de hierro».

Si, según la Biblia, Moisés escribió las palabras del texto original, es inevitable que, aun sin darse cuenta, escribiese también el código.

Sin embargo, debido a que Moisés era humano, no podía haber creado el código porque no podía predecir el futuro.

Mi suposición es que la Biblia y su código son una forma de información que ni siquiera podemos imaginar.

Los textos bíblicos fueron, en un inicio, escritos en pieles de animales grabados en piedras. Más tarde se usaron pergaminos y, finalmente, libros.

Pero la Biblia siempre ha sido como un programa de ordenador más avanzado de los que disponemos en la actualidad.

¿Qué otra fuente de información podría contener? Quizá algo que ahora no podemos ni imaginar, como los nómadas del desierto de hace dos siglos no hubiesen entendido un ordenador. Quizá una información para la que estemos preparados dentro de tres mil años.

Stanley Kubrick lo comparó con el monolito negro de su película 2001, una odisea en el espacio, la misteriosa fuente de conocimiento que parecía reaparecer en sucesivos momentos de la evolución humana, cada vez que estábamos preparados para ascender a un nivel superior.

En el código de la Biblia también encontramos la expresión «máquina del tiempo». Y, lo más sorprendente, a «máquina del tiempo» la cruzaba la frase «vendrá en todos los tiempos». Parece una promesa de eterno retorno. Pero en hebreo las mismas palabras también significan «podría venir en cualquier momento». Aquello me parecía una advertencia de que la próxima visita podría ser inminente.

«Se trata de una expresión perfecta de lo que yo decía —dijo Rips—. Desde el punto de vista del código, o del codificador, no hay una diferencia real entre el presente y cualquier otro momento.»

Quizá tanto Rips como yo teníamos razón. Quizá el código procediese de un tipo de inteligencia que ha existido durante todos los tiempos y, al mismo tiempo, la «clave del código» es un objeto físico que trajo a la Tierra un viajero del tiempo.

Algunos científicos importantes, incluido el más importante de todos ellos en la actualidad, Stephen Hawking, creen que la gente podría ser capaz un día de viajar a través del tiempo. «Viajar en el tiempo —dijo Hawking— podría estar dentro de nuestras capacidades en el futuro.»

Cualquier forma de viaje espacial, cualquier desplazamiento entre estrellas y galaxias, implica unas distancias tan grandes que se requeriría desplazarse más rápido que la luz. Para ello tendríamos que deformar la relación espacio-tiempo.

Según la mayoría de los científicos, ello significaría automáticamente que también viajaríamos en el tiempo, específicamente que viajaríamos hacia el pasado.

¿Pudo venir a la Tierra un antiguo astronauta, no sólo de otro lugar, sino de otro tiempo?

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El auténtico objeto de mi investigación ha sido siempre identificar al codificador.

En cuanto supe que había un código en la Biblia que vaticinaba el futuro, me obsesionó la idea de saber de quién procedía.

La existencia del código de la Biblia es la primera evidencia científica de que no estamos solos, ya que ningún hombre puede ver el futuro.

Por ahora, el codificador permanece no identificado. Pero es posible que nos esté conduciendo, paso a paso, a él mismo.

Quizá mi búsqueda de la clave del código fuese sólo un viaje para revelarme niveles de realidad que, de otra manera, no alcanzaría jamás. Quizá ese viaje era lo que me había llevado a hacerme las preguntas cósmicas que me estaba haciendo en esos momentos. Quizá me llevase a tropezar con el origen de la vida.

Lo cierto es que, a día de hoy, estoy seguro de que encontraré la clave de código, los obeliscos y quizá incluso la faz del codificador.

«No me cabe duda de que detrás de las tablas que está usted encontrando hay algo de realidad —dijo Rips—. Pero no puedo decir si se trata de un; realidad física o metafísica.»

Ésa era la cuestión que me había estado preguntando a mí mismo. ¿Pertenecía la clave del código a este mundo o a otro reino?

«Si es metafísico, todavía es más real, más cercano a la fuente última de toda realidad —dijo Rips—. Pero quizá lo que está usted buscando sólo puede verse con herramientas espirituales, porque requiere que contacte con ese otro reino.»

Le pregunté a Rips qué razón podía haber para que el código de la Biblia me estuviese conduciendo hacia una búsqueda si no iba a encontrar nada allí.

«Podría ocurrir que no encontrase nada no porque el código fuese falso sino porque se situaría a otro nivel», dijo Rips. Su consejo era práctico. Estaba de acuerdo con mi instinto en que «Lisan» significaba «Lisan», «Mazra» significaba «Mazra» y que «obelisco» era un objeto físico, en el cual estaba codificada la «clave».

«Obviamente, la primera cosa que hay que probar es un magnetómetro, un radar de baja frecuencia, es decir, la tecnología de que disponemos —dijo Rips—. Pero es posible que usted se halle sobre el lugar correcto y no lo vea, porque las herramientas de que disponemos no puedan detectarlo.»

La cuestión podría ser no que la Biblia esté en lo cierto o no, o que la hayamos interpretado bien, sino si nuestra tecnología está suficientemente avanzada como para encontrar la clave o no. Quizá esté tan lejos de nuestro alcance como estaba cuando se escribió la Biblia, hace tres mil años. Quizá requiera de una tecnología que todavía no se ha inventado.

No sabremos la respuesta hasta que se nos permita excavar en Lisan.

¿Encontraremos la primera evidencia de que no estamos solos? ¿Acabará esa revelación con la violencia que azota a Oriente Medio? ¿O la misma guerra impedirá que encontremos el código?

¿Encontraremos la clave a tiempo para salvarnos del peligro que nos acecha?

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¿A quién le importamos tanto que hizo un viaje en el tiempo para salvarnos de un desastre anunciado?

Estamos convencidos de que no es por accidente que esa inteligencia capaz de ver el futuro haya creado un código para que lo encontremos en este momento de la historia de la humanidad. El código contiene una cerradura que sólo podía abrir el paso del tiempo. Su época de apertura era, sin duda, la de los ordenadores.

Sólo puede haber una razón para ello: en estos momentos necesitamos esa información.

Como ya hemos visto, el código habla de un «ataque atómico» junto a la localización de la clave del código, «Lisan» y la reveladora frase, «ésta es la solución».

Por otro lado, encontramos «ataque atómico» codificado también junto a 2006, el mismo año que aparece asociado a «holocausto atómico», «guerra mundial» y el «fin de los días».

Si el código de la Biblia es correcto, estamos ante el último horror, no una epifanía religiosa, sino la destrucción total de la humanidad, una pesadilla de muerte y aniquilación que va más allá de nuestra imaginación, en la cual, todos y todo morirá de manera horrible.

Aquellos que rezan por el fin no entienden lo que sucede. Los fanáticos religiosos que desean traer el Apocalipsis adoran a la muerte. El mismo Bin Laden dijo: «Los americanos aman la vida, ésa es su debilidad. Nosotros amamos la muerte, ésa es nuestra fuerza.»

El peligro definitivo vaticinado por el código de la Biblia es que los fanáticos religiosos obtengan armas de destrucción masiva y hagan que la antigua profecía se convierta en realidad.

La cuenta atrás ya ha empezado. Quizá, la única manera de detenerla sea encontrar a tiempo la antigua advertencia.

Es posible que el mensaje que necesita la humanidad para creer, y por lo tanto prevenir, el horror que se nos avecina sea precisamente la clave que nos permita ver todo nuestro futuro.
LA CUENTA ATRÁS
Muchas veces pienso que el 11 de setiembre de 2001 fue el precio que tuvimos que pagar para darnos cuenta de la magnitud del peligro al que nos enfrentamos. Quizá era necesario vivir ese horror para poder entender la dimensión del «fin de los días».

Días después del atentado, hablé con el doctor Rips. Ya habíamos encontrado el vaticinio del ataque a las «Torres Gemelas» en el código de la Biblia, y, profundamente afectado, le dije que incluso las personas desvinculadas de la religión, como yo, no podíamos menos que creer en ese terrible destino del que hablan las religiones occidentales.

Buscamos de nuevo la expresión que usa el código para definir ese momento de destrucción mítica, «el fin de los días». Allí donde esas palabras se cruzan con «en el fin de los días» encontramos los nombres de «Bush», «Arafat» y «Sharon». Se trataba, sin lugar a dudas, de una descripción del momento actual. Por lo tanto, estábamos hablando del presente.

Se trataba de la misma profecía que aparecía en el texto directo del Antiguo y Nuevo Testamento. En Oriente Medio se iniciaría una «batalla final» que acabaría engullendo a todo el mundo.

En el Libro de las Revelaciones se lee: «Satán será liberado de su prisión, y saldrá a extraviar a aquellas naciones que están en los cuatro ángulos de la Tierra, a Gog y a Magog, para reunirlos para la guerra. Y rodearon el campamentó de los santos y la ciudad amada. Pero fuego descendió del Cielo y los devoró.»

En el código de la Biblia se narra la misma profecía antigua, pero en términos modernos: «guerra mundial» y «holocausto atómico» están codificados junto a «Jerusalén» y el año 2006.

Y en el mismo código se pueden leer con absoluta propiedad los nombres de los gobernantes actuales. De repente, todo parecía muy real.

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Aquel desgraciado 11 de setiembre, mientras veía caer las torres del World Trade Center, recordé con un escalofrío las palabras del primer profeta, Isaías:

«¿Es éste aquel varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos y destruía sus ciudades?»

Se trata del primer relato sobre el mito de Lucifer, del diablo caído del Cielo. Pero en ese momento, el 11 de setiembre, entendí claramente que una terrible maldad andaba suelta por el mundo. Eran locos, y no naciones, los que podían destruir ciudades enteras.

Eso era lo que me asustaba de las palabras de Isaías, que descubriríamos que el gran diablo no era más que un hombre. No se trata de una fuerza sobrenatural que no podamos combatir, sino uno de nosotros, alguien a quien hubiésemos podido derrotar fácilmente.

Si Hitler hubiese permanecido escondido durante toda la segunda guerra mundial y sólo lo hubiésemos descubierto al final de la guerra, nos habríamos hallado ante una sorpresa similar a la de ese párrafo de la Biblia: «¿Es éste aquel varón que hacía temblar la tierra?»

En aquel caso no se trataba de un poder enorme, de un ser omnipotente, sino de un hombrecillo patético que, sin embargo, hizo que el mundo se convirtiese en un páramo salvaje.

Si los acontecimientos de hoy nos conducen a una tercera guerra mundial, entonces seguro que cuando saquen a Osama bin Laden de su cueva la gente se hará la misma pregunta.

¿Cómo hemos permitido que el mundo esté a merced de Bin Laden, de un fanático religioso que pueda usar la tecnología avanzada de una civilización que detesta y desea destruir? ¿Cómo podemos permitir que un lunático como ése se haga con armas de destrucción masiva?

Si eso sucediese ahora, después de que hayamos abierto los ojos, será porque nos negamos a ver el serio peligro del fanatismo religioso y apocalíptico de un mundo que ha perdido el control de su tecnología militar, incluso de su poder nuclear.

Pero si la tecnología es lo que puede darles poder a los terroristas, es la religión la que los guía. Y si el problema es la religión, entonces la soluciór podría ser el código de la Biblia.

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En la tabla donde encontramos las expresiones codificadas de «fin de los días» junto con los nombres de los líderes de Israel, Palestina y Estados Unidos, también encontramos la palabra «terrorismo» que se solapa con «paz».

Cuando le enseñé esta tabla al doctor Rips, vio que habíamos dado con algo importante y, emocionado, me explicó que existía un segundo significado de la raíz de la palabra «terrorismo».

«Es perfecto —dijo Rips—. En el Talmud, en el Midras, aparece esta misma expresión junto a "fin de los días". Significa "el sufrimiento del fin de los días", pero también "los dolores de parto del fin de los días", porque se entiende como el tiempo anterior al advenimiento del Mesías.

«Pero al mismo tiempo habla del momento presente de Israel, en el que cualquier esfuerzo por hallar la paz es dinamitado por los actos de terrorismo. Quizá ésos sean los "dolores de parto del fin de los días".»

A veces me desesperaba. El código de la Biblia parecía advertir que los principales problemas vendrían después de haber sellado la paz, que la paz en sí misma no era la solución; no en Oriente Medio.

Rabin había sido asesinado por hacer la paz con Arafat. Sadat había muerto por hacer la paz con Israel. Yo ya le había dicho a Arafat que podrían asesinarlo si llegaba a un acuerdo de paz con Sharon. Y era obvio para mí, quizá ahora para todo el mundo, que los Bin Laden, los fanáticos religiosos que deseaban una batalla apocalíptica final, no permitirían nunca que reine la paz. Incluso a Rips, judío ortodoxo, se le notaba cierta satisfacción ante la idea de que se aproximaba la venida del Mesías.

El cristianismo y el islam también comparten esa creencia, que antes de la llegada del Salvador el mundo experimentará un sufrimiento terrible. Será el reinado del Anticristo, el reinado de Dajal.

Las tres principales religiones occidentales tienen la misma visión del mundo y su final, excepto en el punto que hace referencia a la fuente de la salvación divina.

Así que mientras tenía dificultades para entender cómo el doctor Rips, ese gran científico, ese brillante matemático que había descubierto el código de la Biblia, podía creer en una fantasía tan primitiva, me veía obligado a aceptar que la mayor parte del mundo compartía esa visión. Incluso los líderes políticos a los que había acudido aceptaban los principios básicos de este mito.

Para mí sólo existía el horror de un futuro lleno de peligros, pero estaba seguro de que nadie vendría a salvarnos desde los cielos.

El peligro al que nos enfrentábamos era tan grande que sólo el lenguaje bíblico podía describirlo.

En la carta sellada que entregué a mi abogado en 1998 (que debía ser abierta en 2002) figuraban tres predicciones bíblicas:

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«a) que el mundo se va a enfrentar a un "colapso económico" que empezara en el año hebreo de 5762 (2002 en nuestro calendario moderno);

»b) que ello nos conducirá a una amenaza sin precedentes ya que las naciones con armas nucleares se desestabilizarán y los terroristas podrán comprar o robar bombas capaces de destruir ciudades enteras;

»c) que el peligro alcanzará su apogeo en el año hebreo de 5766 (2006 en nuestro calendario moderno), el año más claramente codificado junte "guerra mundial" y "holocausto atómico".»

El 11 de setiembre de 2001, después de presenciar el atentado al Woi Trade Center de Nueva York, recuperé una copia de esa carta.

Dos días más tarde le envié una nueva misiva a Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal.

Mi carta a Greenspan decía: «En la Biblia existe un código profético oculto en el que se lee "crisis económica" junto a los años hebreos equivalentes 1929 y 2002. También habla de "las depresiones".

»El famoso matemático israelí que descubrió el código de la Biblia a calculado las probabilidades de encontrar esta información por azar y éstás son de una entre veinte mil.

»Hace ya algunos años, en pleno boom económico, que encontramos esta advertencia profética —le dije al hombre con mayor influencia en la economía mundial—. Le quiero hacer llegar este mensaje porque esta crisis puede estar muy próxima y más tras los acontecimientos de esta semana.»

Mi carta llegó a Greenspan el 17 de setiembre, la víspera del Año Nuevo hebreo de 5762. El año codificado junto a «crisis económica». Ese día, los mercados de valores abrían sus puertas por primera vez tras el 11 de setiembre y el Dow Jones caía 684 puntos, su máxima pérdida en la historia, lo que dio pie a la peor crisis de la Bolsa desde 1929, en plena Gran Depresión.

Dos meses después, el gobierno lo hizo oficial. Estábamos atravesando una «recesión». The New York Times informó de ello: «La economía estadounidense ha caído en la depresión, cerrando un período continuado de diez años de expansión.» Por su parte, el Times decía que casi todos los países estaban sufriendo su primera recesión en dos décadas.

Por un momento parecía que el mundo se iba a pique. En el verano de 2002 se vivió el peor período del mercado de valores de toda una generación, lo que devolvió a los índices de Bolsa por debajo de las profundidades a las que se había llegado justo después del 11 de setiembre.

El Dow Jones cayó por debajo de 800 puntos, perdiendo 1500 en los diez días que siguieron a la visita del presidente a Wall Street. El índice Standard & Poor cayó por debajo de los 800 puntos por vez primera en cinco años. El Nasdaq perdió un 75 % de su valor y todo el mercado perdió más de siete billones en sólo dos años.

El mercado de valores cerró el año hebreo de 5762, el viernes 6 de setiembre de 2002, con pérdidas en seis de los últimos ocho días hábiles y en todos y cada uno de los últimos cinco meses.

Era la primera vez que el índice Dow Jones había bajado cinco meses seguidos desde la recesión de 1981. El Times informó que «ahora podría darse una caída de tres años seguidos, la más larga desde la Gran Depresión».

La primera predicción del código de la Biblia ya se había cumplido. En el año hebreo de 5762 había empezado «una crisis económica». La cuestión era cuán profunda podría ser la «crisis económica» y si la «recesión» de 2002 iba a ser una «depresión» real.

Mi temor no era el de enfrentarnos a tiempos difíciles. Podríamos superarlo. De hecho, ya habíamos pasado por ello en el pasado. Mi principal temor era que las dos siguientes predicciones de la Biblia se hiciesen realidad. "

Mi temor era que si el código predecía una «crisis económica» y ésta ya había empezado, ello significaba que nos precipitábamos sin remedio hacia el «fin de los días», y que la fecha de tan terrible acontecimiento iba a ser el año 2006.

En cualquier caso, desde el 11 de setiembre, era obvio que el mundo se enfrentaba a una época de peligros sin precedentes.

En el verano de 2002, con la economía cayendo en picado, con Oriente Medio en estado de guerra y Bin Laden en paradero desconocido, investigué de nuevo el código de la Biblia, con la seguridad de que los peligros reales estaban todavía por venir.

«Ataque atómico» estaba codificado junto a «misil».

Los dos objetivos más probables eran «Nueva York» y «Jerusalén».

El código de la Biblia parecía afirmar que todavía tendría que ocurrir un gran ataque sobre la ciudad de Nueva York. Las palabras «misil» y «guiado» estaban ambas codificadas junto a «Nueva York», lo que sugería que el atentado contra las Torres Gemelas era sólo el primer golpe de una guerra terrorista, pero ni el peor ni el último.

En el código distinguimos claramente dos años cruciales asociados a «Nueva York»: «En 5761» (2001), el año del ataque del 11 de setiembre, y «en 5764» (2004). A 2004 le cruza la expresión «por el fuego de un misil».

«Jerusalén» está codificado junto a «holocausto atómico» y «guerra mundial». También aparece junto a «Bin Laden»

El código de la Biblia sugiere claramente que el mundo se enfrentará a una época de terror a una escala completamente diferente de lo que hemos experimentado hasta el momento. Sucesos que harán que los atentados suicidas de Israel, e incluso el ataque del 11 de setiembre, sean sólo una minucia, el inicio de una larga guerra cuyos objetivos serán las ciudades más grandes y, finalmente, toda la civilización.

Será una guerra enteramente diferente de cualquier otra que hayamos vivido hasta el momento. No se tratará de conquistas de espacios físicos o de hacerse con recursos naturales, sino del asesinato de los «infieles» por parte de aquellos hombres que creen que cumplen una misión divina, que están llevando a cabo la voluntad de Dios de acabar con el mundo.

La yihad seguirá su camino con Bin Laden o sin él. El código de la Biblia afirma claramente que la red terrorista de Al Qaeda continuará «después de Bin Laden».

El «terrorismo» será coordinado desde unos cuarteles generales en Oriente Medio, «en el fin de los días».

Me parecía que la única manera de detener estos actos de terrorismo es acabar con su fuente generadora.

Mi única esperanza es que el código de la Biblia me indicase con precisión dónde se hallaba esa base terrorista. De hecho, ya había entregado una localización a los servicios de inteligencia norteamericanos e israelíes. Teníamos que encontrar a los fanáticos y su arsenal de armas químicas, biológicas y nucleares antes de que dejasen caer sobre la humanidad las terribles plagas bíblicas.

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«Plaga» es uno de los peores peligros codificados junto con «fin de los días».

Cuando el primer ministro de Israel preguntó a sus asesores en seguridad cuál era el principal peligro al que se enfrentaba la nación, le contestaron que era la viruela.

La viruela es la más temida de las armas biológicas. Esta enfermedad mató cientos de millones de personas, más que todas las guerras juntas, antes de que fuese erradicada en 1980.

El hecho de que ya no exista en nuestro planeta hace que la gente sea más vulnerable si, de repente, reapareciese. Nadie es inmune a ella.

Un tercio de sus víctimas muere y los que sobreviven sufren sus terribles secuelas. Es muy infecciosa. Se transmite por el aire de persona a persona. No se puede contener. Se extendería por el mundo como el fuego por un bosque seco.

Los únicos países que reconocen oficialmente que guardan muestras de viruela en sus laboratorios militares son Rusia y Estados Unidos. Pero otros países, incluidos Iraq y Libia, podrían obtener secretamente el virus.

«Nueva York», «Jerusalén» y «Tel-Aviv» están todas codificadas junto a «viruela».

Estados Unidos ha ordenado que sean vacunadas medio millón de personas que trabajan en los servicios sanitarios, es decir, aquellas que ocuparían la primera línea de trabajo en cualquier ataque bioterrorista. Israel almacena vacunas antivariólicas para toda la población.

Al principio de la guerra del Golfo, hace más de diez años, Israel estudió el tema de la amenaza de un ataque con viruela. Pero según el jefe de los servicios científicos del ejército, el general Isaac Ben-Israel, todo el mundo coincidió en que incluso Saddam Hussein no estaba tan loco como para liberar la viruela. En ese caso, atacar a Israel sería atacar también a los palestinos, jordanos, libaneses, sirios, egipcios, y finalmente a todo Oriente Medio, incluida Iraq.

«Así que concluimos que no había un peligro inmediato —dijo Ben-Israel—. Pero ahora está Osama bin Laden.»

Un «piloto suicida» a bordo de un aeroplano procedente de Karachi o Kabul podría volar a Nueva York o Tel-Aviv e iniciar una plaga que matase a un tercio de la población mundial.

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Era obvio que habíamos llegado a un momento crítico en la historia de la humanidad en la que las armas más mortíferas habían escapado a nuestro control y pronto, si no las tenían ya, caerían en manos de estados deshonestos y locos de atar.

Por eso, ahora, el «fin de los días» me parecía tan real. Era de lo que había estado advirtiendo durante años.

«Si el código de la Biblia es correcto, los terroristas nucleares podrían encender la mecha de la próxima guerra mundial», escribí hace cinco años en mi primer libro sobre el código.

«La segunda guerra mundial acabó con una bomba atómica. La terce guerra mundial puede empezar de esa manera.»

Durante los últimos diez años, desde la caída de la Unión Soviética, hemos visto señales de advertencia por doquier, algunas bien obvias. Como decía un informe del Senado: «Nunca antes se había desintegrado un imperio estando en posesión de treinta mil armas nucleares.»

El mismo informe calificaba a la antigua Unión Soviética de «enorme supermercado potencial de armas químicas, biológicas y nucleares», y añadía que «la probabilidad de que Rusia, Europa, Oriente Medio o incluso Estad Unidos sufran las consecuencias de un ataque nuclear han aumentado considerablemente ».

Armas que estaban antes sólo a disposición de algunas superpotencias entraron, de repente, en el mercado negro, disponibles para todos aquellos que pudiesen pagar su precio. Y no hemos hecho nada para impedirlo.

De hecho, una de las primeras medidas del presidente Bush fue detener el programa de Clinton de cien millones de dólares para comprar armas y material nuclear a la Unión Soviética. Más tarde, el Congreso rechazó el programa para pagar a los científicos militares soviéticos desempleados.

Ahora, países inestables del Tercer Mundo, como Pakistán, tienen armas nucleares. Armas que mañana podrían caer en manos de radicales islámicos. No hay duda de que pronto naciones como Iraq, Irán y Libia comprarán o construirán sus propios arsenales nucleares.

Es sabido que Bin Laden intentó adquirir armas nucleares y es posible que Al Qaeda hubiese conseguido hacerse con una «bomba sucia», no una arma nuclear, sino una bomba convencional con material radiactivo que podría hacer inhabitable cualquier ciudad.

Hasta recientemente, nos engañábamos pensando que la pesadilla nunca ocurriría. En palabras de un artículo en The New York Times, «La mejor razón para pensar que no sufriremos un atentado terrorista nuclear es que todavía no ha sucedido y eso no tiene ninguna lógica».

Un escalofriante titular del Times de mayo de 2002, cuyo autor es el conocido periodista Bill Keller, decía: «Tarde o temprano, tendrá lugar un ataque aquí.»

Estos artículos han marcado un hito en la historia del periodismo norteamericano, aunque llegan diez años tarde. Entonces aún hubiésemos estado a tiempo de hacer algo. De hecho, tras el 11 de setiembre, el Times, el periódico de referencia en Estados Unidos, decía abiertamente: «Todo lo que hizo el 11 de setiembre fue convertir una posibilidad teórica en un peligro real.» Y daba un ejemplo; una simulación realizada por ordenador recreaba el estallido de un artefacto nuclear de un kilotón en medio de Times Square. No se trataba de una bomba de quinientos kilotones, sino una mina nuclear que puede llevar un hombre en una mochila.

Un terrorista con una bomba en una mochila podría destruir el centro de cualquier ciudad. Si ocurriese esto en Nueva York, sería el horror: veinte mil personas morirían en cuestión de segundos. Todas las personas que se hallasen a un cuarto de kilómetro a la redonda del centro de la explosión morirían durante ese mismo día de una muerte muy cruenta. En ese radio viven doscientas cincuenta mil personas. La nube tóxica que provocaría ascendería más de dos kilómetros en el aire para después dejar caer material contaminante a la tierra, lo que ampliaría la destrucción a diez kilómetros a la redonda.

Si la bomba fuese de un megatón, destruiría todos los edificios de Manhattan. Según Jonathan Schell, en su libro El destino de la Tierra: «El derrumbe físico de la ciudad mataría a millones de personas. A una distancia de dos kilómetros del centro de la explosión, los vientos alcanzarían los cuatrocientos kilómetros por hora. La bola de fuego crecería hasta alcanzar un kilómetro de diámetro y una altura máxima de seis kilómetros. Durante diez segundos asaría todo lo que hubiese en la superficie. Al poco tiempo se levantarían nubes de polvo y humo que invadirían todo el paisaje de la zona. El hongo de la explosión seguiría creciendo en el aire hasta alcanzar los doce kilómetros de diámetro, impidiendo la entrada de los rayos solares, con lo cual se haría de noche repentinamente.»

Pero los expertos consideran que lo más probable es que si el objetivo fuese Nueva York, los terroristas usarían una bomba de veinte megatones: «La bola de fuego alcanzaría cuatro kilómetros de diámetro. La gente expuesta a la superficie en un radio de veintitrés kilómetros sería borrada de faz de la Tierra. La ciudad de Nueva York y sus alrededores quedarían transformados en un desierto plano en unos pocos segundos.»

Pero lo más probable es que los terroristas nucleares hiciesen estallar una bomba sobre el terreno. Una vez más, Jonathan Schell nos explica: «Si estallase una bomba de veinte megatones en la superficie, la bola de fuego sería de, al menos, seis kilómetros de diámetro y todo el mundo que cayese dentro moriría instantáneamente, la mayoría desaparecería físicamente. Nueva York y su población, ahora convertidos en polvo radiactivo, quedarían esparcidos en el enorme hongo atómico.»

Tengo el temor de que cualquier día me despertaré con la noticia de que toda una ciudad ha sido destruida —no dos edificios, sino toda una ciudad que Nueva York, Tel-Aviv o Jerusalén ya no existirán más.

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El 11 de setiembre se convertiría en una minucia, un recuerdo distante El suceso que cambió el mundo sería olvidado porque lo que ocurra no sólo cambiará, sino que lo pondrá patas arriba.

Y lo cierto es que ya estamos viviendo en esa nueva era y, al negar la evidencia, estamos cruzándonos de brazos esperando que llegue lo peor.

«El presidente Bush dice que el atentado del 11 de setiembre marca el inició de un nuevo tipo de guerra —escribió el experto en terrorismo Robe Wright en Times dos semanas después del 11 de setiembre—. En cierto sentido es cierto, pero lo escalofriante es que el verdadero nuevo tipo de guerra está por venir. Los terroristas no usaron armas nucleares o biológicas, pero la próxima vez podrían hacerlo. Un futuro ataque enemigo podría matar no seis mil personas, sino seiscientas mil.»

La advertencia del código de la Biblia, el aviso final que encierra el mensaje del «fin de los días» no hace referencia al 11 de setiembre. Los hechos del 11 de setiembre pueden ser sólo la preparación para algo mucho peor: el «fin de los días».

Cuanto más analizamos las advertencias del código de la Biblia, más claramente vemos que el peligro está centrado en el año 2006. Ése es el año más claramente codificado con «holocausto atómico» y «guerra nuclear» y también con «fin de los días».

Si la cuenta atrás comienza el 11 de setiembre de 2001, entonces contamos con cinco años para ganarnos la supervivencia.

Una nueva ojeada al código de la Biblia nos revela los siguientes mensajes: «holocausto atómico» junto a «en 5766», es decir, en el año 2006.

En otra tabla, la expresión «guerra mundial» está codificada junto al mismo año: «en 5766».

Escuchemos, de nuevo, lo que el científico que descubrió el código de la Biblia, el doctor Rips, dijo acerca de las probabilidades matemáticas de encontrar juntos «holocausto atómico», «guerra mundial» y «fin de los días junto al mismo año, 2006: «las probabilidades de encontrar ese conjunto de coincidencias por azar es de menos de una entre cien mil».

Y, con su personalidad característica, el doctor Rips aún dejaba abierta la puerta a la esperanza. Me hizo notar que donde se hallaba codificado el año hebreo de «5766» junto a «en el fin de los días», Moisés, en el texto directo de la Biblia, advertía: «seguro que la calamidad les sobrevendrá en el fin de los días».

Abrió la Biblia y leyó un pasaje del Deuteronomio en el que Moisés decía sus últimas palabras antes de morir, planteando dos alternativas a la maldad, el camino de la maldad y el de la rectitud.

«No es una predicción —dijo Rips—, sino una advertencia de qué es lo que puede suceder, según lo que hagamos.»

Sin hacer ninguna referencia bíblica, eso es exactamente lo que le había dicho a todos los gobernantes que había visto. El código de la Biblia pone sobre la mesa probabilidades, no habla de hechos irremediables. En el fondo, nuestras acciones son las que determinan lo que sucede.

El código de la Biblia no predice que todos moriremos en el año 2006. Es una advertencia de que, si no cambiamos nuestro futuro, podríamos morir en el año 2006. Lo que hacemos aquí y ahora, en la Tierra, determinará nuestro destino.
EPÍLOGO
El científico más importante de todos los tiempos, el hombre que creó por sí solo la ciencia moderna, sir Isaac Newton, tenía razón cuando decía que no sólo la Biblia, sino todo el universo, era un «criptograma organizado por el Todopoderoso», un rompecabezas ideado por Dios. Nuestro deber es resolverlo.

Newton demostró ser capaz de resolver parte del rompecabezas de la naturaleza a través de su ciencia. Debemos concederle, pues, cierto crédito.

Pero Newton se dio cuenta de que la ciencia moderna no era suficiente. Para resolver los misterios más profundos, también era necesaria la sabiduria antigua. Antes de morir, hace trescientos años, Newton guardó bajo llave miles de documentos manuscritos. El afamado economista John Mayrnard Keynes los descubrió en Cambridge. Esperaba encontrar datos acerca de la gravedad y el cálculo. Cuál debió de ser su sorpresa cuando lo que halló fueron infinidad de informes y estudios acerca de civilizaciones perdidas, el código de la Biblia y el Apocalipsis.

«Newton no fue el primer hombre de la era de la razón —escribió Keynes—. Fue el último mago, el último babilónico y sumerio, la última gran mente en escudriñar el mundo visible e intelectual con los ojos de los que construyeron nuestra herencia intelectual.»

Newton hubiese querido ver las palabras grabadas en los obeliscos.

Yo, como periodista ajeno a la religión, también tenía mi fe en la investigación periodística: no hay misterio que no se pueda resolver.

Para mí no fue una casualidad que, mientras nos hallábamos intentando descifrar el código de la Biblia, la ciencia estuviese, simultáneamente, descifrando el código genético. La humanidad iba a descubrir la huella del ADN en el mismo momento en que nosotros íbamos a descifrar lo que el código decía acerca de nuestros orígenes y nuestro futuro.

Por otro lado, el telescopio espacial Hubble nos ha enviado imágenes que captan la luz cercana al inicio del universo, el momento del teórico «Big Bang». Y algunos científicos creen ahora que en el momento de la creación existieron algunas afirmaciones matemáticas básicas, quizá sólo una secuencia de seis números que determinó la forma de todo.

Tal y como dijo el astrónomo sir Martin Rees, esos pocos números podrían explicar «cómo un solo "evento" creó billones de galaxias, agujeros negros, estrellas y planetas y cómo se han unido los átomos —aquí en la Tierra y quizá en otros mundos— para formar seres vivos».

A medida que avanza la ciencia, vamos respondiendo a estos grandes interrogantes. Después de seis mil años de civilización humana estamos enfrentándonos por fin a los últimos misterios de la vida. Pero por muy a punto que estemos de descubrir tan fascinantes saberes, si el código de la Biblia está en lo cierto, es posible que todo ello sea interrumpido por la más grande de las hecatombes.

Es como si alguna forma de bondad quisiera revelárnoslo todo, y una forma de maldad, destruirnos antes de que lo consigamos.

En cualquier caso parece que el objetivo que debemos perseguir para sobrevivir y obtener el saber que buscamos se halla en la «clave del código» enterrada en Lisan.
NOTAS
El doctor Rips ha empleado en sus investigaciones un texto en hebreo conocido como Textus Receptus. Ésta es la información base que emplea su programa informático, por lo tanto, la materia prima de su trabajo. El software que yo he utilizado ha sido diseñado por el mismo Rips y su programador, el doctor Rotenberg.

Todas las Toras —los primeros cinco libros de la Biblia escritos en hebreo— que existen en la actualidad contienen las mismas palabras. Una Torá con un solo error, por pequeño que sea, invalida el ejemplar.

La edición más famosa de ese texto, The Jerusalem Bible [La Biblia de Jerusalén] (Koren Publishing Co., 1992), contiene la traducción inglesa del Antiguo Testamento de mayor aceptación y es la principal fuente de referencia del texto directo que cita este libro.

También he consultado, y en ocasiones empleado, una traducción qu prefieren numerosos estudiosos: la del rabino Aryeh Kaplan, con el nombre de The Living Torah [La Biblia viva] (Maznaim, 1981).

Las citas del Nuevo Testamento proceden fundamentalmente de la versión King James, aunque también he consultado una versión moderna conocida como la New International Versión [Nueva versión internacional].

Las afirmaciones de Rips que he incluido en este libro son producto de una serie de conversaciones que he mantenido con él a lo largo de cinco años, principalmente en su casa de Jerusalén y en su despacho de la Universidad Hebrea, y de cientos de entrevistas telefónicas.

Muchos de los acontecimientos que describo fueron presenciados directamente por mí. Los demás sucesos relatados se basan en entrevistas con personas que participaron en ellos o fueron confirmados por artículos de

prensa.

Los nombres y acontecimientos codificados en la Biblia están en el mismo hebreo que el texto directo de la Biblia y el mismo hebreo que usan los israelíes de hoy. Los nombres de lugares y gentes son tomados de referencias estándares como la Enciclopedia Hebrea. Los nombres de los sucesos más corrientes son los que usan los periódicos israelíes.

Los años codificados en la Biblia se corresponden con los del antiguo calendario hebreo, que empieza en los tiempos bíblicos, 3760 años antes del calendario moderno. El año corriente, 2003, es equivalente al año hebreo de 5763. Pero los años hebreos empiezan en setiembre u octubre, según el calendario lunar, y terminan en setiembre y octubre del año siguiente.

Para todas las tablas del código de la Biblia que se muestran en este libro se han calculado las probabilidades asociadas y sólo se han incluido las que no se deben al azar. Estas probabilidades han sido calculadas mediante un programa informático elaborado por Rips y Rotenberg. El ordenador calcula el grado de ajuste entre palabras usando dos criterios: cuán cercanas aparecen éstas y si los saltos que las definen son los más cortos.

Cada palabra determina cómo el ordenador presenta el texto de la Biblia, es decir, qué crucigrama se forma. El orden original de las letras no se varían nunca.

Tomemos como ejemplo la búsqueda de la expresión «fin de los días». Estas palabras de Daniel están codificadas con un salto de 7551. De manera que el ordenador dividió toda la Biblia —el total de 304805 letras— en 40 filas de 7551 letras. La tabla que presentamos (p. 26) muestra sólo el centro de esa matriz.

Si el «fin de los días» estuviese formado por un salto de cien letras, entonces las filas serían de cien letras de longitud. Si el salto fuese de mil, entonces las filas serían de mil letras de longitud. Y, en cualquier caso, las filas están colocadas una encima de otra, nunca cambiando su orden original.

Hace tres mil años, la Biblia fue codificada de manera que las palabras de Daniel que predicen el «fin de los días» apareciesen exactamente donde las palabras de Moisés nos hablan de qué sucederá «en el fin de los días». Y, hace tres mil años también, se codificaron los nombres de los líderes del mundo moderno de manera que apareciesen en el mismo lugar.

La cita que abre este libro fue pronunciada por el premio Nobel de Física Richard Feynman en una conferencia que dio en la Universidad de Washington, en abril de 1963, publicada en el libro The Meaning of lt All [El significado de todo] (Helix/Addison-Wesley, 1998). Feynman, a quien muchos consideran el físico más importante desde Einstein, decía: «La única cosa que puede predecirse es la probabilidad de suceso de diferentes eventos» (Six Easy Pieces [Seis escritos sencillos], Helix, 1995, p. 135).

El antiguo libro de comentarios sobre la Biblia, el Talmud, dice algo similar: «Todo está previsto, aunque se nos ha dado libertad de acción.» Durante dos mil años, los sabios han debatido esta aparente paradoja: ¿Cómo podemos tener libre albedrío si Dios sabe todo de antemano? El código de la Biblia plantea la misma pregunta, incluso para alguien no religioso. La respuesta parece estar, una vez más, en la ciencia: sólo se trata de probabilidades, no hay un solo futuro, sino muchos posibles. Somos nosotros quienes definimos el resultado.

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