Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Cuando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última esperanza de la humanidad.

Theron -Pelo oscuro, deber comprometido y mortalmente engañoso. Es el líder de los Argonautas, un grupo de guardianes de élite que defienden el reino inmortal de las amenazas del Inframundo.

Desde el momento en que entró en el club, Casey supo que este tipo era diferente. Los hombres como él simplemente no existían en la vida real -sedoso cabello largo hasta los hombros, pecho increíblemente amplio y una manera depredadora que sólo gritaba oscuridad y peligro. Estaba buscando algo. A ella.

Era la única. Tenía la marca. Casey tendría que morir para que su especie pudiera vivir, y era deber de Theron cumplirlo. Pero, incluso siendo un descendiente de Hércules de 200 años, no era lo suficientemente fuerte como para resistir la atracción de sus insondables ojos, para arrancarse a sí mismo lejos del calor de su cuerpo.

Mientras la guerra con el Inframundo se acerca, alguien tendrá que hacer el último sacrificio.

CAPÍTULO 1

Algunas noches, una mujer sólo quería golpear su cabeza contra una pared para no gritar. Para Casey Simopolous, esta era una de esas noches.

—¡Eh, hermana! Mi lengua no se pone a remojo sola —el rubio aspirante de la fraternidad en el otro extremo de su sección levantó sus anchos brazos con una ¿podrías-ser-más-estúpida? expresión de su rostro—. ¿Nos traes las bebidas o qué?

Los dos idiotas sentados junto a él en la pequeña mesa circular se echaron a reír y le dieron una palmada en el hombro en un movimiento eres-el-hombre que hizo a Casey apretar los dientes.

Oh, podría pensar en un número de respuestas para eso, pero como la chica mala que no estaba en este antro de indecencia, se mordió el labio en su lugar. Emplastó una sonrisa que no sentía, dejó caer las cervezas en la mesa once y se dirigió a los alborotadores.

Levantó la llena bandeja por encima de su cabeza mientras zigzagueaba a través del XScream. A su alrededor, la opresiva resonancia se hacía eco de los altavoces ocultos en las paredes, el suelo vibrando bajo sus pies, salpicando su cerebro contra el cráneo en el proceso. Tenía un dolor de cabeza asesino, y ese zumbido de bajo nivel que había estado experimentando durante los últimos treinta minutos estaba causando estragos en su estado de ánimo normalmente sereno. Si no hubiera comido recientemente, podría haberlo atribuido a la bajada de azúcar, pero ya que Dana le había obligado a tragarse una hamburguesa durante su descanso, sabía que no era el caso. Y estaba cansada de tratar de descubrir qué estaba mal con ella de todos modos.

Todavía con un acentuado mal humor, ¿verdad? Jesús…

Se sacudió el pensamiento y se abrió paso alrededor de las mesas, pasando a los leñadores, profesores e incluso al alcalde del pueblo. No era quien para juzgar a aquellos que obtenían sus emociones en un lugar como éste. A su derecha, Anna estaba en el escenario, trabajando para todos los que valían la pena y, por el rabillo del ojo, Casey vio un sujetador -o ¿era un tanga?- volando por el aire, pero hizo caso omiso de eso también. Tal como hacía todas las noches.

Los estudiantes universitarios habían estado lanzando sus gilipolleces toda la noche gritando de alegría y voceando al ver girarse a Anna con una sonrisa lujuriosa, agachándose por la cintura y meneando su trasero tamaño cero. Obviamente no captaban el hecho de que un seductor guiño de Anna y el lamer de labios estaba motivado nada más que por los billetes de dólar, pero entonces no sería exactamente una sorpresa. Estos tres palurdos eran cualquier cosa menos estudiosos de Rodas.

Apenas le dirigieron una mirada a Casey cuando se acercó, lo que era muy bueno para ella. El conjunto mini de colegiala que Karl insistía en hacer que todas las camareras llevasen no era el conjunto más favorecedor a su cuerpo de metro setenta y siete de altura, y ella no podía esperar a terminar su turno para poder salir de él lo más rápidamente posible.

Puso la primera cerveza en la mesa frente al alborotador número uno, pasó tras el rubio que estaba moviendo la cabeza en un movimiento, sí-nena mientras salivaba con Anna, y alcanzó la siguiente cerveza de su bandeja. Pero antes de que pudiera envolver los dedos alrededor del cristal enfriado, un cuerpo se estrelló contra ella desde un lado, empujando las bebidas y a ella y derramando el dorado líquido por encima de su bandeja.

—¡Oye! —Exclamó, tratando de enderezar la bandeja antes de perderlo todo sobre la mesa a su lado—. ¡Cuidado!

Ese zumbido se detuvo en su cabeza y, antes de que las palabras incluso salieran fuera, una sensación de hormigueo se encendió en sus caderas irradiando hacia afuera por la parte inferior de su espalda y golpeando fuertemente su equilibrio.

Casey se tambaleó, extendió la mano hacia la mesa, pero sólo alcanzó el borde con la punta de los dedos. Tuvo un momento de ¡Oh, mierda! mientras caía, oyó sillas raspando el sucio suelo y los gritos de sorpresa de los estudiantes universitarios. Pero antes de que su cuerpo golpeara el suelo, un brazo de acero que pareció surgir de la nada se envolvió alrededor de su torso, y otro se lanzó rápidamente para rescatar la bandeja de la caída.

No tuvo tiempo para hacer nada más que jadear. El hombre misterioso que casi la había tirado al suelo la recogió en su brazo como si no pesara más que una pluma y la puso sobre sus pies. Le entregó la bandeja, asintió con la cabeza y dijo con fuerte acento:

—Perdón.

Y Casey perdió toda capacidad para hablar.

Era enorme. Fácilmente, un metro con noventa y ocho de estatura y por lo menos ciento quince kilos de firme músculo. Sus piernas eran como troncos de árbol, con el pecho tan ancho que era todo lo que podía ver. ¿Y esa cara? Dios griego vino a su mente, con esa piel aceitunada, el pelo color de medianoche largo hasta los hombros y esos ojos negros como el pecado. Pero fue la manera en que estaba mirándola lo que realmente le hizo bajar la guardia. Como si la reconociera, pero no lograra ubicarla. Como si se hubieran conocido, aunque la idea no le emocionara. Como si ella fuera la última persona en el planeta que quisiera ver ahora mismo.

—Jesús —exclamó uno de los universitarios detrás de ella—. ¿Eres estúpida o qué?

Oh, maldita sea. Esos imbéciles estudiantes universitarios.

Estaba a punto de girarse para calmar la situación, cuando el dios griego que la había golpeado, disparó contra ellos una fulminante mirada que podría haber convertido la carne en piedra. La boca del listillo se cerró, y los comentarios murieron detrás de ella. Ninguno de sus amigos osaron vejarla más.

Y, por primera vez en toda la noche, un poco del dolor de cabeza de Casey se disipó. Quería darse la vuelta y mirar las expresiones atontadas en las caras de los alborotadores, pero no podía apartar la mirada del hombre frente a ella. Debió de haber notado su mirada, porque él le echó otra desconcertada mirada a su manera, dio una veloz sacudida a su cabeza y se dirigió al otro lado del club.

Y no fue hasta que hubo cruzado toda la sala que ella finalmente respiró.

Cielo santo. ¿Qué fue eso?

Sus pulmones repentinamente parecieron ser de un tamaño demasiado pequeño. Tomó aire, se pasó una mano por la frente y trató de regular su respiración mientras continuaba con la mirada fija. Él se detuvo en una cabina cerca de la pared del fondo, y aunque Casey no podía ver su rostro, era evidente que estaba hablando con alguien sentado frente a él.

Ese alguien era una mujer, rubia y menuda y quien había entrado sola hacía media hora escabulléndose entre las sombras para ver el espectáculo.

En ese momento, Casey no le había dado a la mujer demasiada importancia. De vez en cuando las mujeres entraban solas en el club. Pero ahora lo hizo. Ahora que su héroe de negro se concentraba en la belleza rubia, Casey definitivamente quería saber más sobre cada uno de ellos.

—¿Vas a quedarte mirando toda la noche o te pones a trabajar?

La voz a sus espaldas sacó a Casey de la niebla fraguándose en su cabeza. Girándose, volvió su atención a los tres jóvenes universitarios, que la estudiaban como si fuera una completa retrasada mental, su irritación con ella, obviamente, usurpando la anterior intimidación del hombre misterioso. La bandeja se tambaleó en la mano, pero ella la atrapó antes de que las copas medio vacías se derramaran de nuevo.

—Lo siento mucho —murmuró Casey, agarrando un trapo de su bandeja y enjuagando el desparrame en su mesa. ¿Qué pasaba con ella?—. Mis disculpas.

—Caray —murmuró el rubio, sacudiendo la cerveza de sus dedos—. ¿Tienes una enfermedad mental o algo así?

Casey ignoró el comentario y terminó de limpiar la mesa.

—Os traeré tres cervezas más, cortesía de la casa, por supuesto.

—Bien —chasqueó el único que estaba a su derecha, mientras se volvía para mirar hacia la stripper bailando a unos metros de él en el escenario.

Hizo caso omiso de eso también mientras agarraba las botellas vacías, entonces miró hacia la gigantesca sombra varias mesas más allá.

—¿Esos chicos están dándote problemas? —preguntó Nick Blades mientras ella se acercaba.

—No más problemas que lo normal.

Cuidadosamente, Casey cogió las apelotonadas servilletas de la mesa y las dejó caer en su bandeja. Él era casi tan grande como el dios griego, pero ahí es donde las similitudes acababan. El pelo rubio de Nick estaba cortado al estilo militar, luciendo una extraña serie de tatuajes y piercings, y era difícil no mirar la cicatriz que le corría por el lado izquierdo del rostro, desde la sien hasta la mandíbula. Él siempre se sentaba en su sección, y aunque ella se había dicho mil veces que era inofensivo, una parte no podía convencerse de ello. Había estado allí. Había visto lo que podía hacer. Y, aunque se sentía agradecida, no quería volver a verlo.

Él la observó con atención, pero ella no hizo contacto visual.

—Parecías un poco distraída.

La mano de Casey hizo una pausa mientras recordaba al gigantesco dios griego, y el calor se propagó hasta sus mejillas mientras volvía a limpiar la mesa de Nick. Tenía perfecto sentido que un tipo como ese la mirara de pasada y después se fijara en una mujer como la de la esquina. Los hombres no se fijaban en delgadas mujeres amazónicas cuando curvilíneas y pequeñas rubias estaban cerca.

—¿Quieres otra, Nick?

Por su silencio, Casey finalmente levantó la vista, y fue entonces cuando se dio cuenta que Nick no la estaba observando, sino que estaba mirando a través del club con los ojos entornados y la mandíbula apretada. Con la mirada fija en el dios griego y su rubia explosiva. Aunque no estaba mirando con admiración o curiosidad, ni siquiera celos. No, Nick estaba mirando con rencor y un reconocimiento muy claro.

Curioso. ¿Cómo alguien como Nick conocía a un tipo así?

—¿Nick?

Nick apartó los ojos de la esquina, su rostro volviéndose impasible.

—Otra estaría bien.

Ese hormigueo se intensificó otra vez en la parte baja de la espalda de Casey cuando ella se apartó de su mesa.

—Voy por ella y vuelvo.

Le dejó sentado en el mismo lugar y se dirigió a la barra, recordándose a sí misma todo el camino que no quería saber lo que Nick Blades pensaba de nadie. Tenía bastante con preocuparse de sus propios problemas. Con un largo suspiro, puso la bandeja sobre la superficie brillante y le entregó a Dana, el barman, sus pedidos.

Dana abrió el grifo y llenó tres pintas para los chicos sobre los que Casey la había derramado unos momentos antes. Entonces, miró hacia el centro de la habitación.

—Veo que tu admirador está aquí otra vez esta noche.

Casey frunció el ceño. No le gustaba llamar a Nick un admirador. No le gustaba llamarle nada, para el caso. Pero nunca había compartido la verdadera razón con Dana, y no lo haría ahora.

—Lo sé.

—Es un poco dulce —dijo Dana—. Aunque no me parece que sea tu tipo.

Casey no pensaba que fuera dulce. Últimamente, bordeaba lo espeluznante. Pero ella se encogió de hombros a favor de Dana.

—No tengo un tipo.

Dana sonrió y colocó las cervezas en la bandeja de Casey.

—Y si lo tuvieras, definitivamente no sería del tipo chico malo motorista.

—No juzgues un libro por su cubierta, Dana.

Dana la inmovilizó con una mirada mientras vertía vodka en un vaso y añadía zumo de naranja de una jarra.

—Hablas como una verdadera vendedora de libros. ¿Cómo va la tienda de todos modos? —Dejó caer una cereza en la copa y la puso sobre la bandeja.

—Muy bien. No tan ocupada como este lugar, pero al menos no reparto sexo entre las páginas.

—Tal vez deberías.

Casey no pudo evitar sonreír.

—Sí, tal vez debería.

Ella esperó a que Dana terminara su pedido, y dio unos golpecitos con los dedos sobre la barra al ritmo de Sexy Back de Justin Timberlake. Jessica estaba ahora en el escenario, oscilando en sus excitantes pantalones cortos, y Nick apenas prestaba atención. La mirada de Casey recorrió la sala, y por un instante, se preguntó qué diría su abuela si pudiera verla ahora.

Acacia. Meli, ¿qué te ha ocurrido?

Nada, Gigia. Es sólo temporal.

Siempre es temporal contigo, meli.

—¿Te queda poco?

La voz de Dana sacó a Casey de sus meditaciones y asintió.

—Sí. Gracias a Dios. Quince minutos más, entonces seré libre para el fin de semana. La librería estará cerrada mañana y el lunes.

—Bien. Trabajas demasiado, Casey. No sé cómo lo haces. Durante todo el día en la tienda, por las noches aquí. Alivia mi preocupación, cariño, y dime que tienes planeada una cita excitante.

Casey cogió la bandeja.

—Sí, con un buen libro.

—Necesitas salir más, Case. Encontrar un tipo guapo que te recuerde cómo vivir la vida.

Casey pensó en el dios griego. Apostaba que ese tipo podría hacerle recordar cómo disfrutar de la vida.

Se sacudió la idea de encima mientras levantaba la bandeja y se volvía para irse.

—No tengo tiempo para citas excitantes. Estoy demasiado ocupada.

—Después de entregar esos —dijo Dana a su espalda—, vete pronto. Te cubriré.

Casey miró hacia atrás.

—¿Estás segura?

Dana se encogió de hombros y sonrió mientras limpiaba un vaso, su suave pelo rojo brillando bajo las tenues luces.

—Sí, claro. Adelante. Si surge algo, obligaré a Jane a cubrir tus mesas.

—Gracias —dijo Casey en un suspiro, sintiéndose cansada de repente.

—Una cosa antes de irte. Cuando llegues a casa, ¿puedes mirar si dejé mi teléfono cuando estuve la otra noche? No puedo encontrarlo.

—Por supuesto. Te llamaré a tu casa.

Dana le guiñó un ojo.

—Te lo agradezco. Que tengas un buen fin de semana, Casey. Te lo mereces.

Casey se detuvo en la mesa de los universitarios y entregó sus cervezas, y luego miró hacia la esquina de atrás. La rubia estaba saliendo del cubículo, pero tropezó cuando sus pies tocaron el suelo, lo que era extraño porque Casey estaba segura que la mujer no había bebido nada. El dios griego estaba allí para sujetarla, al igual que había hecho con Casey.

No, no como había hecho con Casey. Sus ojos se entornaron mientras le miraba. Él era mucho más suave con esta mujer. Él la atrajo hacia sí, como si estuviera hecha de cristal y segundos después la levantó en sus brazos y la llevó por la puerta trasera del club, como una escena sacada de Oficial y Caballero.

Sólo que este tipo era diez veces más grande y un millón de veces más excitante de lo que Richard Gere fue nunca.

El calor se precipitó a las mejillas de Casey nuevamente mientras observaba, y la envidia, la única palabra que conocía para describir esa extraña opresión en el pecho, acuchillaba en su interior. ¿Qué se sentiría al tener un tipo como ese concentrado en ella?

La puerta trasera se cerró con un chasquido detrás de él, dejando sólo oscuridad y aporreando la base del club en su estela. Con el ceño fruncido, Casey respiró hondo y se volvió.

No tenía sentido preocuparse por algo que nunca tendría. No tenía sentido preocuparse por algo para lo que ella no tenía tiempo de todos modos. Necesitaba terminar su turno para poder llegar a casa y dormir, para eliminar ese extraño virus con el que había estado luchando los últimos días. Luego se calmaría para que pudiera hacerlo todo otra vez la mañana del martes.

Ella se dirigió a Nick y le entregó su Coca-Cola.

—Ya me voy, Nick. Si necesitas algo más, Dana se ocupará de ti.

Él levantó la fría botella. Largas mangas cubrían sus brazos, y los guantes sin dedos que siempre llevaba lo ocultaban todo, excepto la punta de los dedos, de la vista.

—De acuerdo. Y ¿Casey?

Ella se detuvo y se medio giró mirando hacia atrás.

—¿Sí?

—¿El tipo que se topó contigo? Si lo ves por el pueblo, quiero que me lo digas.

Casey frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Razones personales.

Bueno, eso era raro también.

—Y serías inteligente si te mantienes alejada si lo ves —añadió en voz baja—. Lejos. Es peligroso.

Ese punto en la parte baja de la espalda de Casey comenzó a hormiguear de nuevo y alzó la barbilla. Había cuidado de ella y ahora le estaba diciendo lo que tenía que hacer. Y aunque algo instintivo le dijo que no volvería a ver al dios griego de nuevo, ahora mismo, viniendo de Nick, tampoco le apetecía.

—Sí, Nick —murmuró cuando se volvió y se dirigió hacia el vestuario—. Me aseguraré de hacerlo.

Theron, bájame.

La mano libre de Isadora empujó el pecho de Theron, pero su protesta no hizo nada por molestarle.

Él no perdía los estribos. El hecho de que hubiera pasado cuatro días rastreándola era intrascendente en este momento. También lo era el hecho de que hubiera dejado a sus congéneres para ir a por ella. Él simplemente la llevaría a su casa antes de que el Consejo descubriera que había desaparecido y todo el infierno se desatara.

—Theron, lo digo en serio —dijo de nuevo, cuando la puerta del club humano se cerró detrás de ellos y se dirigieron lejos del edificio.

—Es hora de ir a casa, Isadora. Ya has tenido tu diversión.

Isadora volvió la cabeza hacia el edificio con una mirada derrotada en sus ojos.

—Tú no entiendes. La necesito.

¿La necesita? Como el infierno. Él era al único que necesitaba en este momento. Si su padre descubría lo que se había traído entre manos…

Él apretó los dientes ante la idea y siguió andando. Si fuera por él, nadie sabría dónde había estado estos últimos días, o lo que había estado haciendo. Lo último que él -líder de los Argonautas y descendiente de Heracles, el héroe más grande que alguna vez existiera- necesitaba era que sus hermanos guerreros supieran que su futura esposa tenía una mujer humana como fetiche.

Se sobresaltó ante el pensamiento. Ambas -mujer humana-y-futura esposa.

Isadora se retorcía en sus brazos de nuevo, pero finalmente se rindió con un suspiro. Y eso estuvo muy bien para Theron. No estaba de humor para ser amable.

El aire era húmedo, aunque Theron casi no lo sintió. Un amortiguado bumba-bumba-bumba hizo eco del club detrás de él mientras caminaba. Quedamente, Isadora dijo:

—¿Era hermosa, verdad? Elegante y alta. Yo... yo no esperaba que fuera tan alta.

Más frustrado cada segundo ante el extraño comportamiento de Isadora, Theron aceleró el paso. No fue sino hasta que Isadora volvió a suspirar y apoyó la cabeza contra su pecho, que recordó lo ebria que estaba y lo fuertemente que debía abrazarla.

Aflojó el agarre y se obligó a suavizar la voz, aunque incluso él supo que salió ruda y forzada.

—Isadora, tú precisamente no puedes salir corriendo de esta manera.

—Yo... lo sé —susurró contra él, su cuerpo cada vez más laxo en sus brazos. Tembló y trató de acurrucarse más cerca—. Sólo quería…

Su desvanecida voz le hizo recordar cómo había tenido dificultades para mantenerse en pie en el club. Por primera vez, se dio cuenta que no había habido un solo vaso sobre la mesa. Ni siquiera una marca de agua que hubiera sido recientemente eliminada. Recogiéndola en un brazo, pasó a su alrededor y palpó su frente. Tenía la piel fría y pegajosa.

Su irritación se transformó en urgencia. Ella no estaba borracha en absoluto. Estaba enferma.

Skata. Tenía que llevarla de vuelta a Argolea. Ahora mismo.

—Agárrate a mí —le dijo con firmeza en el oído, reposicionando su brazo por debajo de las piernas de nuevo—. Te llevaré a casa.

Ella cerró los ojos y, tras un momento de lo que parecía increíble dolor y angustia, asintió con la cabeza en lo que él pudo decir era de muy mala gana.

—Sí. Sí. Tienes razón. Ha pasado mucho tiempo. Llévame a casa, Theron.

Él dio un paso hacia adelante con ella en sus brazos y sintió el cambio de aire. Pasó de húmedo y tibio a helado en el lapso de un nanosegundo. Y supo sin mirar, que no estaban solos.

Cuatro daemons, bestias del Inframundo atrapados entre un mortal y un dios, con afilados cuernos y dientes descubiertos, aparecieron como si se diluyeran en el aire. Uno directamente delante, dos a la derecha de Theron, uno a la izquierda. Tenían cuerpos de hombres, cubiertos de cuero y largos abrigos que aleteaban detrás de ellos mientras se movían, con caras horribles, algo así como una mezcla de león, lobo y cabra.

Los músculos de Isadora se relajaron en los brazos de Theron. No estaba seguro de si ella se había quedado dormida o si la enfermedad que había sacudido su cuerpo la había llevado a la inconsciencia, pero por el momento no le importaba. Era mejor para ella si no veía a lo que se enfrentaban.

—Libera a la princesa, Argonauta, y salvarás tu vida —el daemon directamente delante anunció con raspante voz.

Un sonido sin humor burbujeó desde el pecho de Theron, incluso mientras su mente daba vueltas buscando opciones sobre cómo salir de ésta. Sus congéneres no estaban en ninguna parte cerca. Había venido en busca de Isadora por su cuenta. ¿Desde cuándo los daemon eran conocidos por su misericordia?

El líder gruñó.

—Nuestra clemencia es lo único que te salvará. Suéltala. Ahora. No tendrás otra oportunidad.

No tenían posibilidades, por lo que podía ver Theron. Bajó la vista a Isadora, protegida del frío en sus brazos. Durante casi doscientos años había servido a su raza porque era su deber. A pesar de que no había sido su primera opción, había estado dispuesto a casarse con ella si eso significaba la preservación de su mundo. Esta noche, sin embargo, él sabía que iba a servir a la gynaíka que un día sería Reina de Argolea con el fin de salvar su vida y la de su pueblo. Incluso si eso significa perder la suya.

Los dos daemons a su derecha se acercaron. Theron cerró los ojos y utilizando toda la fuerza dentro de él formó un escudo protector en torno a Isadora. El esfuerzo le drenó de sus poderes. No le dejó nada para la lucha que se avecinaba.

Sabiendo que ella estaba ahora a salvo de los daemons, lentamente colocó a Isadora en el suelo a sus pies. Ella se acurrucó de costado sobre el frío asfalto, pero no mostró otros signos de consciencia. Él se elevó en toda su estatura de casi dos metros y miró fijamente a los cuatro daemons que incluso se elevaban por encima de él.

—Si la queréis, chicos, tendréis que venir y cogerla.

El que estaba en el centro, claramente al mando de los otros, se rió entre dientes, aunque el sonido fue cualquier cosa menos gracioso.

—Tan arrogante, Argonauta. Incluso cuando estás atrapado. Atalanta se divertirá más por tu impetuosidad.

—Atalanta es una bruja mezquina con un caso perpetuo de SPM. Y déjame adivinar... Como su chico latigazos número uno, ¿tú ganas el qué? ¿El derecho a limpiarle el culo? —Se echó a reír, aunque sabía que todo lo que hacía estaba enfureciendo a las bestias de su entorno. Si iba a morir, entonces, bien podría irse en un resplandor de gloria—. Déjame preguntarte esto, cara de perro, ¿cómo de insignificante es tu raza que Hades te entregaría con tanta facilidad a una perra como Atalanta, de todos modos?

Los cuatro gruñeron al unísono. Los ojos del líder brillaron en verde.

—Provoca todo lo que quieras, Argonauta. En pocos minutos, implorarás que te matemos.

Ellos avanzaron en unidad, como si fueran un único cerebro. Y sin dudarlo, Theron juntó sus dedos hasta que las marcas en el dorso de sus manos resplandecieron desde adentro hacia afuera. El portal se abrió con un destello y se cerró segundos más tarde, dejándole solo con los daemons en el frío estacionamiento.

En el instante de silencio que se estableció sobre ellos como una oscura nube, la furia llenó la cara de cada daemon, seguido por un bramido como los de un dios que alguna vez hubiera oído.

—Enviar a la princesa a casa fue el último error que cometerás, Argonauta —gruñó el líder.

Y le golpearon como una jauría, derribándole sobre el duro pavimento antes de que tuviera tiempo de alcanzar sus armas. Mostrando los dientes, colmillos desenfundados, desgarraron su carne.

Cuando su espalda golpeó el implacable suelo y el último vestigio de fuerza se precipitó fuera de su cuerpo, Theron tuvo un fugaz pensamiento.

Esto iba a ser malo. Antes de que terminara, iba a ser muy, muy malo.

CAPÍTULO 2
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