Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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títuloUando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última
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Tendría que haber estado sorprendida al verlo otra vez, pero Casey estaba demasiado entumecida para sentir nada aparte de irritación por la interrupción.

—Está cerrado debido al mal tiempo.

—Yo… —Theron se aclaró la garganta—. Estoy buscando a Acacia Simopolous.

¿Ni siquiera sabía que la buscaba a ella? Maravilloso. Su día estaba mejorando.

—La encontraste —Ella volvió a centrarse en su tarea y empujó un libro en el estante más duramente de lo necesario—.Y para que conste, la única persona que me llama Acacia es mi abuela, quien, gracias por recordármelo, está muerta. Ahora, si esa es la razón por la que estás aquí, puedes irte por dónde has venido.

Dejó escapar lo que a ella le sonó como un frustrado suspiro. Como si le importara.

—Me gustaría hablar contigo unos minutos.

Ella se volvió fulminándolo con la mirada desde su posición elevada.

—Mis amigos me llaman Casey. Ya que no eres ni mi amigo ni mi pariente, puedes llamarme Srta. Simopolous. Suponiendo, claro, que puedas recordar mi maldito nombre.

Como siguió mirándola con una expresión confundida, ella perdió la última pizca de paciencia.

—Oh, por Dios. ¿Qué diablos estás haciendo aquí, Theron? Dejaste perfectamente claro la otra noche que no querías tener nada que ver conmigo.

—¿Te acuerdas de eso? Yo no…

—Confía en mí, amigo. Nada me gustaría más que olvidar que alguna vez te conocí.

—Acacia.

Ella hizo un gesto con la mano y continuó rodando sobre él mientras la presión en el pecho se intensificaba y cada una de sus preocupaciones la golpeaba con toda su fuerza como un camión Mack.

—Así que realmente no hay ninguna razón para que puedas estar aquí ahora, ¿verdad? Sólo da media vuelta y lárgate, porque no quiero que… estés… aquí…

Oh, Dios. Iba a flaquear. La presión se construyó hasta que sintió como si una bomba de diez toneladas se sentara en su pecho. Las lágrimas empujaban en los ojos. No iba a llorar delante de este hombre. No le daría una sola razón para pensar que se debía a la forma en que la había tratado, porque no era así. Se trataba de todo lo demás. Todo lo que acababa de decirle Jill.

Descendió rápidamente de la escalera y se presionó la mano en el pecho.

—Meli —él avanzó hacia ella.

—No lo hagas —sostuvo en alto una mano para detenerle.

Su voz debió contener el suficiente pánico, porque se detuvo a dos pasos. Ella se centró en tomar varios alientos, en despejar la cabeza y cuando se sintió más calmada, abrió los ojos y levantó la mirada.

Su piel se había curado muy bien, no había ni rastro del accidente que había sufrido. Era, se percató ella ahora, tan robusto, peligroso y sexy como le había parecido esa noche en el XScream. La incipiente barba de la mandíbula, el oscuro, sedoso pelo peinado hacia atrás de su rostro, el fuerte mentón cuadrado y esos profundos ojos negros. Pero también parecía cansado. Consumido. Como si llevara sobre los hombros el peso de una opresiva carga.

Bueno, pues ya eran dos. Y no tenía ni tiempo ni energía para preocuparse de qué demonios pasaba con él.

—Te dije que te fueras. Agradecería que al menos hicieras una cosa que te pido.

—¿Estás bien?

¿Qué si estaba bien? Qué broma. Quiso gritarle, No, No estoy bien. ¡Nunca volveré a estar bien, idiota! Pero sabía que era inútil e infantil y tenía la suficiente autoestima como para no hacer la tonta delante de él. Ya lo hizo bastante la otra noche, cuando casi se fue a la cama con un desconocido.

—Estoy bien —replicó ella, apartando la mano antes de que pudiera tocarla. ¿Por qué no se iba?

Él echó un vistazo alrededor de la tienda, como si tomara nota de todo.

—¿Qué haces…? —Él gesticuló hacia las pilas de libros—. Creí que trabajabas en ese club.

Oh, era eso. No sólo casi se había acostado con este tipo. Si no que casi se va a la cama con él después de conocerlo en un club de striptease. Sí. Esta vez conseguiría la medalla de oro por su cerebro.

—Lo hago —Resopló ella—. A tiempo parcial. No es que sea de tu incumbencia de todos modos.

Lo que sólo podría ser descrito como compasión se deslizó por los ojos de él. Lástima que alimentó su temperamento.

—En realidad esperaba haberme equivocado.

¿Equivocado? Oh, esto era el colmo.

—Mira, colega. No estoy completamente segura de qué diablos está pasando aquí, pero…

Su columna se tensó.

—Es necesario que hable contigo sobre algo de suma importancia, Acacia.

El tono en su voz detuvo la discusión en los labios.

—¿De qué querrías hablar conmigo? —Preguntó ella con vacilación.

—Tu padre.

Bueno, se había equivocado. Verlo de nuevo, no fue la mayor sorpresa de su vida. Este virtual desconocido acababa de dejar caer una jodida bomba sobre ella.

—¿Mi padre? —Preguntó ella con incredulidad—. Mi padre está muerto.

—No, no lo está. Está muy vivo. Al menos por el momento.

Casey se recostó contra el mostrador y estabilizó la mano en una pila de libros. Las novelas en rústica le presionaron la columna, pero apenas las sintió. Por primera vez desde que Jill le había dado los resultados del examen, y la serie de pruebas adicionales que quería hacerle, no pensó en sí misma.

—¿Dónde está?

—Lejos. Pero ha preguntado por ti. De donde vengo es un hombre de gran importancia. No queda mucho tiempo —Theron le tendió la mano—. Si te vienes conmigo, te llevaré con él.

Casey le miró de su fuerte mano volviendo a los intensos ojos de medianoche, y viceversa. Podría llevarla con su padre. Con el hombre que había conocido a su madre. Con el hombre que debería haber sido el único en criarla, amarla y cuidarla. Con el que podría unir los pedazos rotos de su familia y contestar a todas sus preguntas acerca de quién era ella realmente.

Lentamente extendió su mano. El calor y la electricidad corrieron a lo largo de su piel, incluso antes de que sus palmas se unieran. Levantó la vista, sorprendida, y fue entonces cuando lo vio. Sólo un parpadeo tras sus duros ojos. Una ventana a sus pensamientos. Y lo que vio la dejó helada.

Mentiras.

Sacudió su mano de nuevo antes de que pudiera tocarla, y cerró los dedos en un puño.

—Antes de aceptar, quiero saber lo que está pasando. ¿Quién eres?

Una risita amenazadora llegó desde la puerta.

—Un héroe que está a punto de morir.

Theron giró en redondo ante la gruñidora voz, y lo que Casey vio de pie en medio de su tienda estaba sacado de una pesadilla. Una forma de altura imponente con cuernos, colmillos y garras tan grande que parecía que algo de Alien vs Predator hubiera cobrado vida.

Los ojos de la bestia se volvieron de un verde deslumbrante, encendido. Y por el rabillo del ojo, notó a dos más igual que el primero, de pie en las sombras, esperando para atacar.

Sus ojos se ampliaron repentinamente. Los había visto antes. En el estacionamiento detrás del XScream. Con Theron.

El borroso recuerdo contra el que había estado luchando en los últimos días volvió a la carrera.

El gran cuerpo de Theron se situó entre ella y la primera bestia. Sus músculos se tensaron como alambres cuando rápidamente volvió a la postura de un luchador. En un instante, estiró el brazo sobre la cabeza y sacó un arma que era una mezcla entre daga y espada, tan largo como el antebrazo, de alguna parte del interior de su chaqueta.

Un momentáneo pensamiento la golpeó, que de alguna manera ella se había colado en alguna extraña serie de ciencia ficción y nada de esto era real, y luego no pudo seguir la pista de nada. Ni los movimientos frente a ella, ni a su alrededor ni por encima. Todo demasiado rápido para seguirlo con los ojos. Pero lo oyó. El choque de metal contra la carne, de las garras contra la piel, de los dientes contra el hueso.

Y gritó al igual que la bestia que cargaba directamente contra ella.

Isadora se sobresaltó despertándose con un sudor frío.

Las sábanas estaban mojadas debajo de ella y su corazón latía como si hubiera estado compitiendo en los Juegos Olímpicos modernos. Se centró en llevar aire a sus pulmones mientras miraba alrededor de la lujosa recámara, con sus pesadas cortinas de brocado, con mobiliario antiguo, zona curvada para sentarse y techos que planeaban en las alturas.

El castillo. Su suite. Un lugar que en estos días odiaba al cual llamar hogar.

Le llevó un momento darse cuenta que en realidad no estaba en una pequeña librería en el mundo humano, una revestida con estanterías de madera y plantas y con olor a vainilla humeante y el hedor de la muerte inminente.

Pero ella sabía, sin lugar a dudas, que Theron estaba allí. Ella lo veía con tanta claridad como si estuviera ahora junto a ella.

Apartó las mantas y se escapó hacia la puerta, sin importarle que sólo llevara un camisón, que su pelo fuera un desastre, o incluso, que sus pies estuvieran desnudos. Tenía que llegar a su padre. Para encontrar a Theron. Para advertirle antes de que él cayera en una trampa.

Abrió volando la puerta del dormitorio que golpeó contra la pared. Recogió la frágil falda blanca que le llegaba al suelo, con las manos y corrió por el pasillo. Como era de noche, las velas encendidas por los sirvientes se alineaban por el pasillo de piedra. Por un momento fugaz mientras corría, le resultó irónico que en la actualidad, con la tecnología, su padre insistiera aún en mantener las velas encendidas en el castillo. Él todavía era de la vieja escuela mientras ellos evolucionaban.

Dobló la esquina, su pelo volando tras ella, y extendió la mano para agarrarse a la balaustrada de piedra. Los músculos de los muslos le quemaron cuando sus pies aterrizaron en los escalones de mármol y brincó por las escaleras para llegar al cuarto piso lo más rápido posible. Respirando pesadamente, palmeó la última barandilla y flotó rodeando la esquina, sólo para chocar contra una pared de músculo.

Dejó escapar un grito ahogado. Sus manos volaron hacia los lados para estabilizarse cuando el suelo fondeó bajo sus pies. Y por un esclarecedor momento, tuvo el horrible presentimiento que estaba cayendo hacia su muerte desde una altura imponente.

Qué irónico, y claramente incorrecto, ¿no? Podía ver el futuro de todos los demás excepto el suyo, por lo que no sabía exactamente cómo iba a morir. Aunque esta sería una forma repugnante de hacerlo.

Los fuertes dedos ahondaron en la carne de sus brazos superiores, y antes de que pudiera enderezarse, fue sacudida con fuerza y levantada contra acero sólido otra vez. Reconoció el olor del Argonauta que la abrazaba. Y la malvada risita retumbando en su pecho era algo que nunca olvidaría.

—Oh, Princesa. En qué posición tan precaria nos encontramos esta noche.

Demetrius.

Ella se balanceó peligrosamente cerca del borde. Todo lo que él tenía que hacer era soltarla y caería dando volteretas y abriéndose la cabeza sobre el suelo de mármol que tanto amaba su padre.

—Me encuentro en un dilema. —Le susurró él con una voz amenazante cerca de su oído—. Ser el héroe o el villano, del que tanto me acusas. Suplícame que te salve, Princesa, para que pueda elegir lo que ser.

La adrenalina aguijoneó a Isadora. Cada horrible sensación que alguna vez hubiera tenido acerca de Demetrius se precipitó sobre ella. Sabía que la soltaría sólo para verla sufrir.

—¡Demetrius!

Fuertes pasos hicieron eco tras la espalda de Demetrius. Isadora jadeó cuando esas hirientes manos tiraron bruscamente de ella contra el implacable pecho y Demetrius les giró a ambos.

—¿Qué está pasando aquí?

Ella reconoció la otra voz. Zander. Uno de los Argonautas de Theron. El más impredecible, y se rumoreaba, el único que no podía ser asesinado.

Ahora mismo, balanceándose en el borde de ese precipicio, con Demetrius como la única cosa entre ella y la muerte, habría estado encantada de ser inmortal.

—Sólo salvar la situación. —Dijo Demetrio, atrayéndola aún más hasta que ella sintió como le faltaba la respiración—. Parece que la noche ha sacado a todas las clases.

Tan rápidamente como Demetrius la había capturado, la soltó, y se encontró tambaleándose sobre sus propios pies. Zander la agarró por el brazo para estabilizarla.

—No te ves bien, princesa.

—Est… estoy bien —Isadora se pasó la mano por la frente, tragando saliva para recuperar la compostura. Y recordó el por qué había volado de su cama en primer lugar—. Necesito ver a mi padre.

Los dos Argonautas intercambiaron miradas, y como siempre, Demetrius fue como una sólida, pétrea, inquebrantable presencia a su lado, una de la que no podía alejarse lo suficientemente rápido.

—Me temo que eso no es posible —dijo Zander—. Tu padre está descansando.

—No entiendes. Tengo que…

Zander se volvió hacia las escaleras.

—Te llevaremos de vuelta a tu habitación.

—No. Yo…

—Estos son tiempos peligrosos, Princesa. Y no estás bien. Tu padre pidió que garanticemos su seguridad.

¿Tiempos peligrosos? ¿Qué por Hades significaba eso?

Isadora se encontró siendo conducida por las escaleras lejos de su meta, mientras que las preguntas y la incredulidad volvía a su mente. Los pesados pasos de Demetrius sonaban muy cerca a su espalda.

Cuando llegaron a la segunda planta su cerebro finalmente se puso de nuevo en marcha y se sacudió para detenerse.

—No. Espera. Necesito encontrar a Theron. Debo hablar con él. Tengo que…

—Theron está en un asunto para el rey. Le pondremos en contacto contigo cuando regrese. Ahora, Princesa…

Joder con eso. Isadora flexionó la mandíbula y hundió los talones desnudos en el mármol. Ella iba a ser reina. Estos dos Argonautas no podían decirle lo que debía hacer.

Y justo cuando estaba a punto de poner a Zander en su lugar, esos duros brazos asquerosamente familiares la levantaron del suelo por detrás, y se encontró acunada, no tan suavemente, contra de Demetrius.

—Suficiente cháchara. Vas a quedarte en tu suite hasta que el rey considere que estás lo suficientemente bien como para aventurarte a salir. Fin de la historia, Princesa.

La última palabra fue dicha con desprecio, y ella luchó contra su agarre, pero fue inútil. Momentos después fue echada sobre la cama, las mantas levantadas hasta la barbilla, con el eco de retumbantes pasos arremolinándose en la habitación mientras los Argonautas se iban. Entonces se quedó sola, el único sonido fue el chasquido de una llave en la puerta doble desde el exterior.

Y entonces supo que no estaba siendo protegida. No de cualquier amenaza exterior o por el bien de su salud. Era una prisionera. Y su padre acababa de emitir su sentencia de muerte.

CAPÍTULO 12

El grito de Acacia hizo girar la cabeza de Theron en redondo. El daemon con el que había estado luchando le golpeó en la mandíbula. Theron rugió y atacó con su espada, cortando a la bestia en el pecho. Una oleada de líquido se roció sobre su piel, pero en el caos no supo si era su sangre o del daemon.

Él giró rápidamente y pateó a la segunda criatura en el pecho, y luego hundió su parazonium, la antigua daga griega que había recibido de su padre, profundamente en el costado del impío. La bestia cayó con un aullido, los treinta centímetros de la hoja desaparecieron dentro de la carne del daemon, pero Theron no sabía si estaba muerto, o sólo aturdido y en segundos se abalanzaría otra vez.

Sin embargo, no tenía tiempo de acabar con ellos completamente. Se volvió para ocuparse de Acacia, sólo para ver que había gateado detrás del mostrador y estaba lanzando los libros y útiles de oficina al tercer daemon, que siguió avanzando amenazadoramente sobre ella, como si eso le contuviera. Cuando eso no funcionó, ella se puso de pie y tiró del extintor de la pared, apuntó al daemon y lo activó a toda velocidad.

El daemon fue temporalmente cegado por el torrente de espuma blanca, pero con un rugido fue de nuevo a la carga. Theron corrió rápidamente cruzando la sala y llegó justo cuando Acacia mecía la botella y se la clavaba al daemon en un lado de la cabeza. Ella se encaramó a lo alto del mostrador y volvió a hacerlo, esta vez utilizando su ventaja desde arriba para clavarlo con más fuerza.

La bestia se derrumbó. Theron sacó su hoja. Y fue a rematarle desde atrás cuando uno de los otros dos recuperó nuevamente el equilibrio.

Las garras destellaron, Theron fustigó alrededor, su hoja cortando carne y aire, pero el daemon aún se acercaba, dos metros diez y ciento cuarenta kilos de músculo sin fin. Detrás de él podía oír a Acacia balanceando el extintor de incendios sobre la otra bestia. Un gruñido desde la parte delantera de la tienda le indicó que el tercero estaba de vuelta sobre sus pies.

Skata. Estaban en serios problemas.

A dos podría manejarlos con facilidad. Tres si estuviera solo. Pero no con Acacia. Y aunque pudiera ingeniarse una forma de salir de esto y llevarla lo suficientemente lejos para concentrarse y abrir el portal, ella tenía que irse voluntariamente con él. Porque era humana, no podía forzarla a atravesar el umbral.

¿Y en su estado actual de histeria? Eso no pasaría. Lo que significaba que estaban bien y realmente jodidos.

El daemon se abalanzó y le lanzó al suelo. Theron estrelló la cabeza contra el daemon y arrojó a la bestia por encima como si no pesara nada. El daemon se estrelló contra una parte de la estantería. Los libros llovieron sobre él, pero el monstruo se apresuró a levantarse y a prepararse como si ni siquiera hubiera sentido el golpe. Theron se puso de pie también, y con un barrido de su poderosa espada desgarró carne y hueso. Con un crujido repugnante, la cabeza fue separada del cuerpo del daemon y rodó por la alfombra encharcada de sangre.

Un horrendo rugido se hizo eco a través de la tienda. El daemon que Theron había dejado ensangrentado en la puerta se estrelló contra él y lo llevó hasta la alfombra. La espada salió volando de su mano y sonó contra el mostrador. La cara de Theron fue presionada en la alfombra mientras las garras desgarraban a través de la chaqueta en su espalda.

Joder. Ahora estaban jodidos de verdad.

Entonces oyó un ruido sordo, y una acometida. Sintió un chorro de algo caliente en la espalda y oyó un aullido poderoso cuando el daemon se apartó de él.

Theron se puso de pie en un instante, sólo para darse cuenta que Acacia tenía su espada sumergida de lleno en el pecho del daemon.

Ella sacó el arma. El daemon cayó hacia atrás, se sacudió y parecía que reunía sus fuerzas.

Theron rápidamente tomó el arma de Acacia y la empujó detrás de él. Por el rabillo del ojo vio que el segundo daemon, cubierto de espuma, se ponía lentamente en pie.

—¡Atrás!

—Oh, mierda —murmuró ella.

Él se acuclilló en la posición de luchador, se abalanzó hacia el primero y sintió al segundo avanzando en círculos hacia Acacia. Tuvo microsegundos para decidir su próximo movimiento, y de repente la corriente cambió.

Los cristales de la parte delantera de la tienda se rompieron, y un hombre atravesó al vuelo los cristales resquebrajados y cargó contra el segundo daemon.

Armas que entrechocaban. Mandíbulas que se rompían. Metal contra carne y hueso. Cabezas que rodaban, y después no hubo nada más que sangre, partes del cuerpo cortadas y las secuelas de una pelea que terminó tan rápido como había empezado.

Respirando pesadamente y teniendo problemas para ver a través de lo que esperaba fuera sudor, y no su propia sangre, Theron se enderezó y estudió al recién llegado, humano, pero no completamente. Y un Argonauta.

Lo que no tenía en absoluto jodido sentido.

El hombre se volvió hacia Acacia, que se las había ingeniado para trepar de nuevo al mostrador.

—Casey, baja.

—Oh, Dios mío. Nick. Jesucristo, ¿qué demonios…?

Las grandes manos del rubio arrancaron a Acacia directamente del mostrador antes de que Theron tuviera oportunidad de detenerle, y la puso de pie en medio de la tienda. El hombre la agarró por los hombros y la mantuvo firme.

—Respira, Casey. Vendrán más.

—¿Más? ¿Qué…?

Entonces, casi como si acabara de darse cuenta que no estaban solos, sus ojos se dirigieron hacia Theron, la comprensión emergiendo en sus profundidades violetas. Y por primera vez desde que la había conocido, se dio cuenta de la similitud de sus ojos a los del rey.

—Esas cosas —dijo ella—, las vi esa noche contigo. Fuera del XScream.

El hombre al que había llamado Nick le miró bruscamente.

—¿Tú los trajiste aquí? ¿A ella?

—No —dijo Theron, empujando su arma de regreso a la vaina en la espalda. ¿Ahora él era el chico malo? Que se joda—. Me enviaron para protegerla.

Nick frunció el ceño.

—¿Enviado? ¿Por quién?

Él vaciló y luego pensó que si este hombre sabía de los daemons, tenía que saber sobre el resto.

—El Rey Leónidas.

Y oh, sí, este tipo definitivamente tenía algún vínculo con Argolea y eso no le gustó, porque sus ojos se iluminaron al oír el nombre y la mandíbula se endureció hasta que fue un trozo de acero debajo de la carne.

Acacia miró a uno y a otro con un pequeño ceño entre las cejas mientras trataba de dar sentido a la conversación.

—¿Quién es Leónidas? ¿Qué eran esas cosas? ¿Y de dónde vinieron? ¿Va a decirme alguien que diablos está pasando aquí?

La histeria estaba abriéndose paso en su voz, y Theron supo que sólo tenía segundos para apartarla y atravesar el portal antes de que ella decidiera no cooperar. Él le tendió la mano.

—Ven conmigo y te lo explicaré todo.

Nick la agarró del brazo antes de que ella lo levantara, y esos ojos color ámbar brillaron contra los negros.

—Ella se queda. Sé exactamente lo que eres, Argonauta, y si crees que la dejaré ir a alguna parte contigo, estás flipando.

Theron sintió la apertura del portal en las afueras de los límites de la ciudad y supo que en cuestión de minutos estarían rodeados y superados en número otra vez. Y esta vez había buenas posibilidades de que no salieran de ésta tan fácilmente. Nick, obviamente, lo sintió también, porque su mano se apretó alrededor de la parte superior del brazo de Acacia y la urgencia se precipitó en sus palabras.

—¿Tienes cerillas?

Perpleja, levantó la mirada.

—En el cajón. Pero ¿para qué?

Nick la soltó y se dirigió detrás del mostrador. Él tiró bruscamente para abrirlo, hasta que sacó una caja grande, luego abrió la puerta del armario y rebuscó, sacando por fin un bote de metal de algún tipo.

—Rasga los lomos de algunos libros y tíralos sobre los cuerpos.

—Un momento. ¿Rasgar el qué de mis libros? Espera un minuto.

Theron no necesitó preguntar, y no tenía tiempo para aclarárselo a Acacia. Alcanzó los libros de bolsillo del expositor más cercano y comenzó a arrancar las páginas hasta que tuvo un montón de papeles arrugados y cubrió al daemon más próximo. Nick hizo lo mismo, luego roció líquido sobre toda la masa.

Los ojos de Acacia se abrieron de golpe.

—¿Qué crees que estás haciendo? Vas a tener que pagar por esto. No puedes… ¡oooh!

Ella gritó y saltó hacia atrás cuando el cuerpo estalló en llamas. Nick encendió al segundo después al tercero y tiró la caja de fósforos y la botella de alcohol al fuego. Las llamas lamían el suelo y se levantaron hasta el techo, formando una nube negra, que ya se estaba propagando.

—Vámonos.

Theron se reunió con ellos en la puerta y detuvo a Nick al salir con Acacia.

—Ella no va a ninguna parte sin mí.

En la fracción de segundo de silencio entre ellos, Nick, obviamente, supo que se quedaba sin tiempo y sin opciones. Asintió con la cabeza.

—Que así sea. Pero si dañas un solo pelo de su cabeza te mataré. El líder de los Argonautas no significa nada para mí y los míos.

Theron miró a Acacia, mientras las llamas rugían a la vida detrás de él, recordando curiosamente a los fuegos del infierno.

—Que así sea.

Ellos habían incendiado su tienda.

Casey se encontró siendo empujada hacia la parte posterior de un enorme SUV mientras luchaba por mirar atrás hacia la destrucción que una vez había sido el orgullo y alegría de su abuela. Su pecho se apretó hasta que le fue difícil tomar aire, y supo que no era sólo por la adrenalina o el humo.

El único lugar donde ella pensó que había encajado se había ido. Ahora engullido por las llamas.

Nick se deslizó en el asiento del conductor, mientras que Theron se encajó en la parte trasera con ella. Los dos hombres eran tan grandes que parecían absorber todo el aire del vehículo, y si ella no estuviera ya al borde de un ataque, sólo eso sería suficiente para hacerle perder el control.

Las cuatro cerraduras de las puertas se cerraron al mismo tiempo que Casey se volvió para mirar el edificio ardiendo.

Oh, Dios mío. Ellos han incendiado mi edificio.

—Rápido —exclamó Theron, agarrando el asiento delantero del pasajero y girándose para mirar detrás de ellos—. Ya vienen.

La furia erupcionó en el pecho de Casey cuando el motor del SUV rugió. Estrelló el puño contra el hombro de Theron.

—¡Hijo de puta! ¡Has quemado mi tienda!

El SUV se sacudió apartándose de la cuneta con una fuerza que envió a Casey a tumbarse contra el macizo pecho de Theron. Él la agarró por las muñecas y fácilmente la sujetó con una mano, sosteniéndola con la otra para asegurarse de que no se caía.

—Suponiendo que podamos salir de aquí, nos lo agradecerás más tarde. Sólo el fuego puede destruir el cuerpo de un daemon.

¿Acaso le importaba eso ahora? Todo por lo que había trabajado tan duro durante los últimos meses había desaparecido.

El cielo escogió ese momento para liberar su sufrimiento en el pequeño pueblo de Silver Hills, y un torrente de lluvia azotó el vehículo, acuchillando contra el SUV como si la Madre Naturaleza estuviera cabreada mientras iban disparados por la calle vacía. Casey arañó a Theron para que la soltara, pero él simplemente la agarró con más fuerza.

Nick conducía como alma que lleva el diablo. Le gritó algo a Theron que Casey no captó. Luego Theron la cambió de posición y se metió la mano en el bolsillo. Antes de que ella viera lo que llevaba, él bajó la ventanilla y arrojó el objeto detrás de ellos. Una bola de fuego estalló en la carretera a sus espaldas, seguido de aullidos y gritos, del tipo que Casey supuso sólo podrían venir del infierno. Y fue entonces cuando se dio cuenta que esas cosas de su tienda aún les seguían. O mejor dicho, que los nuevos se habían sumado a la lucha. No estaban fuera de problemas todavía. Ni mucho menos.

Renunció a luchar, y en su lugar se sujetó a la camisa de Theron, agarrando el algodón entre los puños mientras Nick conducía a toda velocidad fuera del pueblo y más allá del bosque. La adrenalina aguijoneó mientras se hundía en la realidad de la situación. Luego cerró los ojos y dijo cada oración que conocía para conseguir salir de ésta vivos.

No soltó la camisa de Theron, ni siquiera cuando él se reclinó apoyándose en el asiento de nuevo. Y ella no se opuso a la mano en su espalda o a los brazos rodeándola estrechamente, cuando cualquiera persona en su sano juicio lo hubiera hecho.

Está bien, le hacía ser una enclenque, pero no le importaba. Su tienda ya no estaba y algunos monstruos muy extraños les seguían. Teniendo en cuenta todo lo que había pasado por la mañana con Jill, sus nervios estaban al borde de un ataque. Considerándolo todo, aceptaría un momento de comodidad donde pudiera conseguirlo, incluso de él.

—Creo que les perdimos —dijo Theron, mirando por encima del hombro.

Nick carraspeó desde el asiento delantero.

—¿A dónde nos llevas? —preguntó Theron tras un silencio, después de que hubiera estado conduciendo durante un tiempo.

—A su casa —dijo Nick.

—Allí la encontrarán.

—¿Cómo?

—Porque están aquí por ella.

Casey no comprendió el silencio que siguió, o la tensión entre los dos hombres en el coche con ella. Y aunque no supo cómo, entendió que estos dos se conocían de alguna parte. O sabían el uno del otro. Y ninguno era feliz con ese conocimiento. Nick sacó bruscamente el vehículo a un lado del camino y frenó de golpe.

Fue proyectada hacia delante y hacia atrás, pero Theron mantuvo su firme agarre.

—Ella no va a ninguna parte sin mí —reiteró Theron mientras el vehículo estaba al ralentí—. Fui enviado aquí para protegerla. No quiero tener nada que ver contigo o los otros.

¿Otros?

—Que los dioses te ayuden —escupió Nick—, si me estás mintiendo.

—No lo hago.

El silencio colgó como una oscura y gruesa nube en el vehículo. Casey no se atrevió a moverse. Percibió que estos dos estaban en un implícito empate, y si no tenía cuidado, quedaría atrapada en el medio. Lo que podría pasar entre ellos dejaría esa batalla pasada en su tienda en una vergüenza.

Por último, Nick juró en un lenguaje que Casey no reconoció, y entonces maniobró el todo terreno en una U, en medio de la carretera. Theron reforzó una mano en el asiento frente a él para estabilizarlos a ambos, ya que se dispararon vertiginosamente a la carretera e hicieron un giro brusco de noventa grados hacia un camino de tierra que conducía a los árboles. Un camino que Casey nunca había visto antes.

—Esto no cambia nada, Argonauta —rechinó Nick.

—No lo querría.

Nick resopló y aceleró. El polvo se levantaba detrás de ellos.

—En pocos minutos puedes estar deseando no haberte fijado nunca en ella.

Una mano fuerte sacudió a Casey de su sueño. No estaba segura de cuánto tiempo había estado dormida o hasta donde había conducido, pero cuando consiguió abrir los párpados y se despegó del pecho de Theron, no reconoció los alrededores.

Nick ya estaba fuera del SUV y abriéndole la puerta. Ella salió del vehículo y tropezó en el destrozado camino. Theron la agarró desde atrás antes de que cayera al suelo.

—Despacio.

Podía estar débil y cansada por todo lo que había sucedido, pero no quería parecerlo delante de él. Aunque había aceptado la comodidad de Theron en el todo terreno, su cerebro estaba comenzando a funcionar de nuevo, y hasta que no consiguiera algunas respuestas, no quería ni necesitaba su ayuda.

Retiró con fuerza el brazo del agarre de Theron y echó un vistazo alrededor. El camino, si se le podía llamar así, no era más que una sección de tierra que llegaba a un abrupto final. Los elevados árboles y la densa maleza les rodeaban casi por todas partes. En un tono brusco, Nick dijo:

—Esperad aquí —luego trepó al vehículo y se introdujo entre los arbustos hasta que desapareció de la vista. Unos momentos más tarde reapareció, haciendo un gesto con el hombro—. Desde aquí caminaremos.

Nick se puso al frente, abriendo camino a través del bosque, y Casey le siguió de cerca, observando dónde pisaba él, con cuidado de no apartar la mirada de donde caminaba. Aún estaba temblorosa, un poco insegura sobre los pies, y lo último que necesitaba era caerse de culo frente a estos dos.

Theron era una presencia dominante a la espalda, lo suficientemente cerca como para tocarle y olerle. ¿Por qué no retrocedía? ¿Y por qué le crispaba tanto los nervios? ¿Especialmente ahora?

La mente todavía estaba trabajando en todo lo que había sucedido, pero una cosa era manifiestamente clara: Theron había vuelto por ella. Había dicho que esos daemons la andaban buscando. Lo que significaba que él sabía lo que querían. También significaba que no había venido a buscarla porque quisiera reanudar lo que habían dejado. O sea, caliente y perverso sexo con el que había estado fantaseando desde que él había desechado su culo por pastos más verdes.

Bastardo.

La ruta subía elevándose hasta que la respiración de Casey se volvió rápida y difícil. El sudor le goteaba por el pecho entre los senos. Se pasó la mano por la frente y deseó desesperadamente que pudieran detenerse. Sólo por un minuto, tiempo suficiente para poder recobrar el aliento. Pero no iba a pedirlo. Tenía la extraña sensación de que Nick estaba intentando llevarles a su destino rápidamente. Y ese pensamiento hizo que su cerebro recordara directamente el motivo por el que estaban huyendo en primer lugar.

Levantó la cabeza una vez para echar un vistazo alrededor, y en el proceso tropezó con una piedra que estaba en el camino. Lanzó rápidamente la mano para sujetarse a la base de un árbol a su derecha, pero nunca hizo contacto. De un solo golpe fue levantada en brazos y acunada contra el macizo pecho de Theron.

—Bájame —le espetó—. Puedo caminar muy bien.

—Así no, no puedes. Estás pálida como la nieve —Cuando ella se retorció en su contra, él apretó el agarre en los brazos y por debajo de las rodillas—. Deja de pelear o ambos nos caeremos.

—Si piensas que voy a dejar que me toques después de lo que hiciste…

El resto de su protesta salió de su boca en un chillido cuando la lanzó por encima del hombro por lo que las manos se dispararon a su musculosa espalda para mantener el equilibrio y el culo sobresalía levantado al aire.

—Así está mejor para mí, meli. —Con los dos brazos le sujetó las piernas trabadas juntas contra el pecho, en una tenaza—. Y la vista es más atractiva.

El calor se precipitó a las mejillas de Casey, seguido por la incredulidad ante su descaro.

—¿Por qué…?

—¿Qué pasa ahí? —preguntó Nick por delante de ellos.

—Nada —dijo Theron—. Acacia estaba un poco inestable. Lo tenemos resuelto.

Experiencia traumática o no, este tipo no hablaba por ella. Casey abrió la boca para ponerle en su lugar, sólo para ser cortada por una atronadora advertencia del hombre que la mantenía cautiva.

—Sería prudente hacer lo que te digo ahora mismo, meli. No sé hacia dónde nos dirigimos, y forcejear contigo, al mismo tiempo que azuzas el interés, es demasiada distracción.

—Me está bajando la sangre a la cabeza, imbécil.

—Bien. Te volverá el color.

—De todos los…

Él se rió entre dientes y aceleró el paso.

Con un resoplido, Casey se apartó el pelo de los ojos. Insultándole no conseguiría nada y en parte estaba contenta por descansar los doloridos pies. Aunque nunca lo admitiría, ni en un millón de años.

Frunció el ceño y se relajó contra él, sólo para tensarse una vez más cuando su mano subió por la parte posterior del muslo. Ella apoyó las manos en la parte baja de su espalda y se alzó.

—Cuidado, amigo.

—Sólo te agarro mejor.

Oh, apuesto que sí.

Antes de que pudiera decirle exactamente lo que podía hacer con sus manos, la oscuridad la envolvió, y se dio cuenta que habían entrado en una especie de cueva o túnel.

Theron la ayudó a bajar hasta el suelo. Detrás de ella, Nick dijo:

—No está lejos. Quedaos cerca y no me perdáis de vista. Los túneles se ramifican en varias direcciones. Os perderéis para siempre si elegís la equivocada.

Eso no sonaba tan atractivo para Casey en este momento, que no quería nada más que una cama caliente, una bebida fuerte y una oportunidad de dormir después del día de pesadilla de hoy sólo para sacarlo de la mente. Siguió de cerca a Nick y supo después de la primera vuelta que si no estuviesen guiándola, se perdería en un momento.

En lo que la poca luz de la abertura rápidamente desapareció y la oscuridad les envolvió empezaron a dar un giro tras otro. Casey extendió una mano hacia las paredes de roca para mantener el equilibrio, los olores de la tierra hormigueaban pesadamente en su nariz. Delante vio un rayito de de luz y se dio cuenta que Nick había sacado una linterna de su bolsillo. Aunque el túnel era lo suficientemente alto para que los tres estuvieran de pie, las paredes estaban cerca, y los dos hombres tuvieron que girar lateralmente para ajustar sus anchos hombros a través del espacio.

Después de lo que pareció una eternidad de cerradas curvas y rápidos cambios de elevación que robaron nuevamente el aliento de Casey, el túnel se abrió por fin en una enorme caverna iluminada por cientos de antorchas. Casey contuvo el aliento mientras parpadeaba rápidamente por el aumento de luz. Estructuras de madera de tres pisos se forjaban en la roca a ambos lados de la caverna. Las puertas, ventanas y balcones se asomaban a una piscina central de agua, alimentada por una inmensa cascada que caía del techo de la cueva, casi treinta metros por encima.

—Oh, Dios —susurró ella. La gente arremolinada alrededor de la piscina central se detuvo para mirarles mientras cautelosos ojos les observaban desde las estructuras de ambos lados.

Retrocedió cautelosamente y golpeó contra el pecho de Theron, aunque él no se movió. Esos ojos que la observaban no eran ni un poquito agradables y tuvo la descabellada impresión que había sido arrojada al foso de los leones.

Una niña pequeña, de no más de cinco años, se liberó de una mujer que se mantenía a distancia en un lado y corrió hacia ellos, gritando:

—¡Nick! Nick!

Nick cayó de rodillas para coger a la niña cuando se arrojó a sus brazos. El abrazo fue breve, pero estuvo claro incluso para Casey que los dos compartían un lazo especial.

—Sabía que volverías bien —le dijo la niña. En las manos sostenía una muñeca que acunaba contra el pecho—. Minnie me lo dijo.

—Minnie es una chica lista —dijo Nick, pellizcándole la barbilla y poniéndose de pie.

La chica miró brevemente a Theron, de pie tras Casey, luego volvió su atención a Casey. Y fue entonces cuando Casey notó las marcas.

Todo el lado derecho de la cara de la niña estaba cubierto de arrugadas cicatrices, como si hubiera tenido algún terrible accidente de coche y después se quemara. El ojo derecho estaba cubierto por un parche, y el pelo que debería haber sido largo y grueso era escaso en ese lado de la cabeza.

Pero no fue el aspecto de la chica lo que hizo a Casey contener el aliento mientras miraba a la niña pequeña. Fue la mirada en el ojo sano de la niña. Como si hubiera visto el mundo y más allá. Como si ya hubiera vivido toda una vida y envejecido eónes para su edad. Como si estuviera mirando directamente a través de Casey y a un futuro que nadie conocía excepto ella.

—Sabía que vendrías —dijo la chica—. Minnie me lo dijo.

—¿Quién es Minnie? —se encontró preguntando Casey.

La niña levantó la muñeca.

—Minnie lo sabe todo. Ella sabía que Nick lucharía contra los monstruos hoy y ganaría, y que volvería a salvo a casa. Y ella sabía que te traería aquí para salvarnos.

Casey miró a Nick, quien estaba observando a la chica con una expresión de perplejidad.

Un escalofrío de presagio se deslizó por la columna de Casey. Volvió su atención a la chica.

—¿Qué quieres decir con salvarnos?

—A todos nosotros —la niña levantó la mano libre e hizo un gesto a sus espaldas—. A toda la colonia. Minnie dijo que por eso has venido.

Aunque era una locura y no tenía ningún sentido, teniendo en cuenta todo lo demás, dos palabras detonaron en el cerebro de Casey. Mi pueblo.

Ella cayó de rodillas delante de la chica sin dudarlo.

—¿Cómo te llamas?

—Marissa.

—Marissa —repitió Casey, con los ojos recorriendo a la pequeña niña—. ¿Qué más te contó Minnie sobre mí, Marissa?

—Que vendrías con él. —Inclinó la cabeza hacia Theron, que permanecía muy cerca de la espalda de Casey—. Y que no le tengas miedo —se inclinó hacia el oído de Casey—. Los demás no lo entienden. Ni siquiera Nick. Pero él está aquí para protegerte, y le necesitas tanto como nosotros te necesitamos a ti.

—¿Por qué? —susurró Casey.

Marissa empujó la muñeca a las manos de Casey.

—Deja que Minnie te lo muestre.

En el momento que los dedos de Casey tocaron la mano de la chica, una sacudida le atravesó, y de repente se remontó a través del tiempo y el espacio, hasta detenerse de pie sobre el borde de un gran acantilado, mirando una escena horrible.

Las llamas se disparaban hacia los cielos. Los gritos hacían eco a su alrededor y un rugido crecía desde una pelea más allá del incendio. La joven, Marissa, estaba herida y sangrando, las llamas engullendo el vestido y chamuscándola la carne. Una mujer estaba intentando sofocarlo, pero no podía apagarlo con suficiente rapidez para salvar la delicada piel de la niña. Detrás de ellas, los mismos monstruos que habían aparecido antes en la tienda de Casey devoraban a un hombre.

Entonces Nick apareció en escena y comenzó a luchar contra las criaturas, como lo había hecho en su tienda.

Era rápido y eficaz, y su fuerza y destreza eran abrumadoras. Él salvó a la jovencita y a su madre, pero el hombre fue devorado ante los ojos de la niña, y con horror, Casey vio como el monstruo metía la mano en el pecho del hombre que gritaba y le arrancaba el corazón.

La mano de la niña en el brazo de Casey la apartó de la visión y la trajo de vuelta al presente. Pero el dolor todavía seguía vivo y real en los ojos de la niña, y Casey también lo sintió. Su voz se convirtió en un susurro.

—Lo que te harán a ti será peor.

—¡Marissa!

Al sonido de la fuerte voz femenina, Casey se levantó, más agitada de lo que quería admitir. La mujer que venía corriendo a una velocidad vertiginosa también estaba quemada y con cicatrices, y recogió a Marissa en sus brazos justo antes de dispararle a Theron una abrasadora mirada e irse corriendo a la aldea, hablando en un idioma que Casey no entendió.

El corazón de Casey latía a mil por hora cuando miró a Nick, pero si había esperado encontrar respuestas en su duro rostro, estaba claro que no las tendría. Sus ojos color ámbar se entornaron y se centraron directamente en ella como si la viera por primera vez.

—Marissa es una adivina —murmuró Nick entre dientes—. Una vidente. Utiliza a Minnie, su muñeca, como su médium, aunque siente los sucesos del futuro sin ella.

Vaaaaaale. Eso no ayudaba nada. Porque de alguna manera Casey supo que lo que había visto no había sido el futuro, sino el pasado.

Casey dejó escapar una risita nerviosa sin ningún humor.

—Bueno, esta vez se equivoca. Ha cometido un error conmigo. Apenas puedo salvarme a mí misma, mucho menos a nadie más.

Theron y Nick intercambiaron confusas miradas, y con extrañas clarividencias o sin ellas, Casey decidió que era hora de algunas respuestas.

Ella irguió la espalda.

—¿Que está pasando aquí, Nick? ¿Qué eran esas cosas y dónde diablos estamos? —Miró la figura de Theron—. ¿Y de dónde infiernos vienes tu realmente? —Rebotó la mirada entre los dos gigantescos hombres otra vez mientras el filo del pánico volvía a su voz—. Ya es hora de que alguien empiece a hablar, o me largo.

Los ojos de Nick se asentaron en Theron.

—Creo que es hora de que todos tengamos algunas respuestas. Pero no aquí, delante de todos. Hagámoslo en un alojamiento.

CAPÍTULO 13
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