Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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títuloUando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última
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Estaba perdiéndolo de verdad.

Isadora avanzó hacia las ventanas, se giró y se retorció las manos mientras pasaba de largo el sofá. Cuatro pasos más y estaba junto a la puerta del armario, moviéndose junto al tocador y girando alrededor de la cama de dosel otra vez. Esa habitación siempre había sido un lugar de confort y soledad para ella, pero no ahora. No cuando estaba preparada para abrirse camino a zarpazos a través de la piedra y el mortero sólo para liberarse.

Saltó ante el suave golpe contra la puerta.

—¿Si?

—Soy yo, mi señora —dijo Saphira asomando la cabeza por la puerta—. ¿Puedo pasar?

Isadora suspiró de alivio. Casi había esperado que fuera Demetrius o uno de los otros Argonautas. Para ser un grupo de ándras que no podían soportar el castillo, últimamente habían estado deambulando demasiado por el lugar. Lo que no podía ser bueno de ninguna manera.

—Sí, sí, pasa.

Cuando la puerta se abrió captó un destello de su último centinela, Cerek, con su corto cabello oscuro y sus amplios hombros fácilmente distinguibles en la antesala de sus aposentos.

El resentimiento ardió en ella, pero lo pisoteó cuando Saphira cerró la puerta con un suave click. La joven mujer traía una bandeja con comida -sopa, galletas y un bol de fruta fresca. El aroma del pollo y los vegetales guisados hizo que el estómago de Isadora se encogiera. Se puso una mano sobre el abdomen, rechazando con un ademán de la mano la bandeja y su contenido igual que las demás.

—No tengo hambre.

Saphira dejó la bandeja en una mesa baja cerca de la chimenea.

—Deberíais comer, mi señora.

Comer era lo último que Isadora tenía en mente. Y sabía que vendrían refuerzos si lo intentaba.

—¿Ha vuelto Theron al castillo?

Saphira echó un vistazo a la puerta como si temiera hablar demasiado alto. Se acercó y, en voz baja, dijo:

—No, mi señora. Todavía no.

Maldita sea. A pesar de que ser encadenada a Theron no era la primera elección de Isadora, al menos sabía que él no la encerraría en una habitación y se olvidaría de ella, cosa que su padre y el resto de esos mercenarios le estaban haciendo en esos momentos.

—¿Y el rey?

—Lo mismo. Callia ha ido a verles varias veces, pero no hay resultado.

Isadora se puso el dedo sobre los labios y caminó hacia las ventanas. El vestido que llevaba le pesaba sobre los hombros y, no por primera vez, juró que cambiaría las arcaicas tradiciones monárquicas -y la ropa sería lo primero- tan pronto como fuera reina.

—¿Sabes dónde está Theron? —preguntó.

La voz de Saphira escondía un rastro de lástima que carcomía los nervios de Isadora.

—Se dice que está en una importante misión para vuestro padre. Y nadie parece saber dónde ha ido. Y con uno de los Argonautas fuera de vuestra habitación cada minuto, muchos en el castillo están comentando, chismorreando sobre lo que saben.

Isadora cerró los ojos. Un favor personal para su padre. Eso sólo podía significar una cosa. Y tenía una buena idea de dónde había ido Theron. Y con quién estaba. La pregunta era, ¿Sería capaz de convencerla para que viniera a Argolea con él? Y si lo hacía, ¿Sería demasiado tarde?

Isadora elevó sus esqueléticas manos y miró su pálida piel. Incluso ella sabía que se estaba marchitando. La manera en que su energía estaba decayendo, se imaginó que tenía una semana, dos como mucho, antes de perder la batalla completamente.

La profecía relampagueó en su mente mientras estaba de pie. La que había visto por casualidad en los libros de su padre cuando había ido a sentarse a su lado durante su enfermedad.

Habrá dos en cada era,

nacidos de dioses, tierra y hombres.

Uno de valor y otro de fuerza,

dos mitades separadas que el final traen.

Y serán conocidos por las marcas que portarán,

unidos en el año veintisiete.

Sólo unidos los fuertes sobrevivirán,

para disolver el pacto y el fin de la vida traer.

Un escalofrío recorrió a Isadora por lo que su padre estaba haciendo. Pero, ¿Cómo podía estar seguro de lo que ocurriría? ¿Y cómo podía sacrificar una hija por otra?

No por primera vez, pensó en la hermana mestiza de la que no había sabido hasta sólo hacía unos días. ¿Tendrían algo en común? Si se cruzaban por la calle, ¿Se reconocerían? ¿Habría una conexión?

No lo sabía. Pero había algo claro. La facilidad con la que su padre y los Argonautas la habían encerrado en esa sala dejaba claro que no esperaban de ella que fuera más que un peón. Nada más que una mascota que mantener alimentada, tranquila y acicalada.

La firmeza de su pecho contra la que había estado luchando los últimos días volvió con venganza. Y mientras miraba el patio bajo ella, sabía lo que tenía que hacer.

—Saphira, necesito tu ayuda.

—Lo que sea, mi señora.

Isadora atravesó el lugar y alcanzó una pieza de papel del cajón superior de su escritorio. Garabateando rápido, dijo:

—Encuentra a Orfeo y dale ésta carta.

—¿Orfeo? —preguntó Saphira, desconcertada—. Pero, ¿por qué? Es el sobrino de Lucian.

Ya que Lucian era el miembro de más estatus del Consejo, y no se mostraban muy amigables, la pregunta estaba justificada. Pero lo que Saphira no sabía era que Isadora conocía los más oscuros secretos de Orfeo. Y él haría cualquier cosa por asegurarse de que nunca salieran a la luz.

—Porque me lo debe.

Releyó la nota rápidamente y, satisfecha con que aquello pusiera el mecanismo en marcha, firmó con su nombre, deslizó el papel en un sobre y lo marcó en su sello real. Le tendió el papel a Saphira.

—Envíalo ahora mismo. Pero ten cuidado. Es sólo para Orfeo. Para nadie más.

Saphira asintió y deslizó el sobre dentro de su chaqueta.

—Así será hecho.

Sola, Isadora miró al patio exterior una vez más y suspiró con fuerza. Entonces pensó en su hermana.

Dos semanas. Máximo. Tenía dos semanas para poner su plan en marcha antes de que ambas murieran.

Sólo rezaba por estar haciendo lo correcto.

CAPÍTULO 17

La mujer era tan espinosa como el árbol del que recibía su nombre.

Theron frunció el ceño mientras seguía detrás de Acacia por el estrecho camino. No había sido capaz de disuadirla sobre su alocado plan para ir a buscar a la cría. Aunque Theron se resistía a tenerla en cualquier lugar al descubierto, sabía cuando se estrellaba contra una obstinada pared de roca, y estaba descubriendo rápidamente que Acacia podía clavarle los talones al mejor de ellos.

Dado que no había manera de que pudiera confiarle su seguridad a nadie excepto a sí mismo, había tenido que venir. Se habían separado de los demás hacía más de una hora, y escudriñaba los lados del bosque mientras avanzaban. Había muchas probabilidades de que la niña ya estuviera muerta, aunque el por qué le molestaba tanto era muy extraño ya que no podía dejar de pensar en meterse entre los muslos de Acacia en este mismo instante.

Céntrate, maldita sea.

Había miles de cosas en las que debería concentrarse, saber cómo en Hades era posible que un mestizo tuviera el don de la visión retrospectiva. Pero en lo único que podía pensar en este momento era en lo suave que su piel había sido la noche anterior, su exuberante cuerpo, lo perfecta que encajaba contra él.

—Lo estás haciendo otra vez —dijo ella desde delante.

Levantó la cabeza.

—¿Haciendo qué?

—Murmurando en otro idioma. ¿Nunca te enseñó nadie que es de mala educación?

Le echó un vistazo al suave balanceo de sus caderas mientras ella se movía y a la forma en que su trasero llenaba los vaqueros.

—¿Preferirías que dijera mis pensamientos en inglés?

El timbre ronco de su voz debió alertarla, porque se detuvo bruscamente y se volvió hacia él. Tenía las mejillas sonrosadas por el fresco aire matutino, pero había un calor en ella que no tenía nada que ver con la temperatura. Su mirada rastrilló su cara, se deslizó por el pecho y permaneció allí hasta que la sangre de él se calentó por la excitación.

—Mira tú relleno, meli —susurró él.

Sus ojos se apartaron justo antes de que ella girara sobre sus talones y reanudara la marcha.

—No me gustas.

Uno de los lados de su boca se curvó, divertido mientras la seguía. Era una mentirosa terrible, algo que había descubierto desde el principio. El conocimiento le emocionó.

—Sí, te gusto. Mucho.

—Puede. Una vez. —Levantó una rama, de modo que pudiera moverse debajo de ella, entonces la soltó con la sincronización perfecta para que así le abofeteara en la cara.

Se rió entre dientes, incluso mientras se frotaba el escozor en la mejilla. A él le gustaba que ella le plantara cara. No había una gynaíka en Argolea que se atreviera a decirle qué hacer. Si tenía que ser atrapado aquí fuera, no se lo ocurría nadie mejor con quien serlo. La mujer tenía que estar exhausta, habían estado caminando cerca de una hora, pero estaba decidida, y no se dejaba afectar por su estado de ánimo. Cada vez que le sugería buscar en otra dirección, ya que era inconcebible que un niño caminara hasta aquí, ella simplemente le miraba y seguía su camino.

—Eso sería —añadió ella, cortando sus pensamientos—, antes de que intentaras seducirme para después largarte sin una palabra.

—Acacia.

La detuvo con una mano firme en el brazo. Este no era el momento ni el lugar para entrar en ese tema, pero tenía la imperiosa necesidad de explicarle lo que había sucedido esa noche y por qué se había ido.

Aunque el por qué creía él que podría hacerla comprender cuando todavía tenía problemas para racionalizar todo el asunto, no podía entenderlo.

—Lo que pasó entre nosotros no tiene nada que ver con el motivo por el que ahora estoy aquí. Entonces no sabía quién eras. Me enteré de tu identidad cuando te encontré en la librería.

—¿Esperas que me crea eso?

—Es la verdad. Mírame a los ojos. Verás que no estoy mintiendo.

Ella lo hizo. Y sus ojos se encontraron. Después un rubor estalló en sus mejillas, lo que le dijo que ella recordaba exactamente lo que había ocurrido entre ellos.

Ese calor se volvió al rojo vivo. Urgente y necesitado. Tan exigente que bloqueó el lado racional de su cerebro, lo que le advirtió que esto era una mala idea.

Antes de que él lo pensara mejor, la tomó del otro brazo.

—¿Crees en la predestinación?

—¿Quieres decir como el destino? —Él asintió con la cabeza, y ella negó con la cabeza—. No. Todo el mundo toma sus propias decisiones.

—Pero, ¿crees que el destino nos da opciones, y vamos donde nos corresponde?

Sus ojos violetas se entornaron.

—¿Por qué me preguntas eso?

¿Exactamente que podía decirle? ¿Cuánto quería que ella supiera? ¿Que su vida, probablemente se podría contar en días, no en años? ¿Que ella estaba destinada a causar el comienzo de una guerra que se esperaba liberara a su pueblo? ¿Que él estaba empezando a sospechar que ella era su alma gemela, y aparte de los beneficios sexuales que evocaba en su mente, la idea le volvía loco?

Nada de eso sonaba como algo que ella fuera a creer, o entender, así que optó por lo más urgente. Y creyó que un poquito de honestidad no sería malo en este momento.

—Creo que el destino nos está jugando una mala pasada. He tenido estas extrañas corazonadas… que tú y yo fuimos unidos por una razón que nada tiene que ver con tu padre.

Le fulminó con una mirada tan condenadamente sexy que él se moría de ganas por besarla.

—Escuchas voces, ¿verdad?

Sí.

—No exactamente. Es difícil de explicar.

—La esquizofrenia no es tan rara. Se trata con medicación.

Listilla.

—No creo…

—Yo tampoco. —El humor se desvaneció de sus ojos—. Mi así llamado padre nos unió porque quiere algo de mí. Eso no es el destino, Theron. Eso es manipulación.

—Y ¿cómo llamas a esta… esta atracción entre nosotros?

Ella ladeó la cabeza.

—¿Tu problema?

—Yo lo llamo oportunidad. Una oportunidad para ver si el destino nos está empujando hacia un destino conjunto. Y hay una manera de saberlo con certeza.

Sus ojos se estrecharon.

—¿Cómo?

Se acercó, apenas rozando su cuerpo contra el de ella, y la sintió estremecerse.

—Todo lo que necesito es una noche.

Ella parpadeó dos veces.

—¿Hablas en serio?

—En mi mundo, un ándras puede decirte si una gynaíka es su alma gemela, compartiendo la cama.

—Alma gemela. Ya veo. Y asumo que, compartir la cama, ¿se haría en el sentido bíblico?

—¿Hay alguna otra manera?

Lo miró durante tanto tiempo, que su sangre se calentó sabiendo que estaba considerando la oferta. Se imaginó llevándola de nuevo a la colonia, desenvolviendo su ropa pieza a pieza, abriendo el regalo de su perfecto cuerpo, para después, presionar su espalda a esa suave cama y uniéndolos de un modo que le haría saber a ciencia cierta si ella era suya o simplemente un capricho del que pronto lograría sobreponerse.

La visión fue tan real, que sus pantalones se apretaron y el ritmo cardíaco se aceleró al ritmo de un redoble de tambor. Esperó a que diera el paso hacia él, que se elevara sobre la punta de sus dedos del pie. Para juntar sus bocas y unir sus cuerpos con el contacto que tanto necesitaba.

Pero entonces ella se echó a reír. Un arrollador, enriquecedor sonido que salía de su estómago y que le sacó de su fantasía para lanzarlo de vuelta a la realidad.

Reía sin parar, hasta el punto de que el ceño fruncido se abrió camino entre las cejas. Cuando finalmente se detuvo para respirar, las lágrimas corrían por su rostro. Levantó la mano para limpiarse la mejilla.

—Oh, Dios mío. Esa ha sido la mejor excusa que he oído nunca. Ahora, duerme conmigo y te diré si eres mi destino. Bonito, Theron. —Todavía riéndose para sí misma, se liberó del agarre y reanudó la caminata.

—No creía que fuera tan divertido —murmuró Theron a sus espaldas.

—No puedes hablar en serio —dijo ella, agitando las manos hacia los lados mientras caminaba—. Eso es la cosa más poco convincente que he oído nunca. Y yo trabajaba en un club de striptease, por el amor de Dios. ¡He oído algunas invitaciones muy tristes!

—¿Por qué estabas allí? —Preguntó, su comentario había traído a colación una pregunta que se había hecho varias veces.

—¿Por qué trabaja alguien en un club de striptease? El dinero es bueno.

—Pensé que tu familia poseía esa librería.

Un suspiro de pesar se le escapó de la boca, y sabía que ella estaba recordando el fuego y lo que había perdido.

—Las facturas del hospital de mi abuela fueron muy altas. Necesitaba dos empleos para poder subsistir.

—Acerca de ese club. ¿Hiciste…? ¿Eras…?

—¿Era qué, Theron?

El humor en su voz sólo lo agravó más. Se detuvo en el camino, sin saber cómo expresar su pregunta.

—¿Cuánto dinero ganabas?

Ella se detuvo también, se volvió en el camino y golpeó el dedo en la mejilla en un gesto pensativo.

—Bueno, eso depende. Ya sabes, en un lugar como el XScream, la paga de una mujer se basa en el desempeño laboral, y yo era buena. Muy, muy buena en lo que hacía. —Deslizó una sonrisa maliciosa en los tentadores labios—. Pregúntale a Nick.

Una lanza de celos lo apuñaló en el intestino.

Pero los Argonautas no sentían celos. Sólo lo hacían los humanos.

Y luego ella sonrió. Una sonrisa mezclada con la victoria pura y el placer femenino. Estaba jugando con él. Y lo disfrutaba.

—No eras una bailarina. —Sus ojos se pasearon sobre su esbelto cuerpo y el alivio que se precipitó a través de él fue veloz y consumidor—. No puedo imaginarte quitándote la ropa para hombres extraños por ninguna cantidad de dinero.

Ella sólo puso los ojos en blanco y continuó caminando.

—Lo hice por ti ¿no? Y gratis, nada menos. Y eres el más extraño de todos.

—Acacia —la agarró por el brazo de nuevo, deteniéndola. Cuando se volvió, una voz en su cabeza le gritó: Mantén la boca cerrada, pero no pudo—. Hace tres mil años, cuando Zeus creó Argolea para nuestra raza, Hera jugó su broma más cruel.

—¿La esposa de Zeus? ¿Qué le importaría a ella tú o tu raza?

—Odiaba a Hércules. Por diversas razones, pero sobre todo porque él fue una de las más flagrantes deslealtades de Zeus. Y por el afecto que Zeus les tenía a todos los héroes en conjunto, ella asimismo odiaba a los Argonautas. ¿Qué mejor manera de vengarse de todos nosotros que convencer a las Moiras para asegurar que nunca fuéramos felices?

—¿Qué quieres decir?

—A los Argonautas, a cada uno de ellos, yo incluido, se les dio un alma gemela. Sólo una. Y siempre es la última persona que jamás elegirías. La mayoría de los Argonautas pasan su vida sin encontrar la suya. Desde que te conocí, todas las señales te apuntan siendo la mía.

—¿Qué señales?

No se lo digas.

Él miró de nuevo alrededor del bosque, recordando que estar al descubierto no era seguro, pero incapaz de dar por terminado el tema.

—La atracción entre nosotros, por ejemplo. El calor sexual. —Sus mejillas se ruborizaron de nuevo, alentándolo—. El hecho de que, incluso cuando pensaba que eras humana, reconocí algo único y fascinante en ti que no había reconocido en otra.

—No estás encantado de que sea humana, ¿verdad?

No respondió. No podría.

Ella le miró al pecho y después subió hasta los ojos y a él le pareció ver un destello de decepción que ocultó muy bien.

—¿Exactamente con cuántas mujeres tienes que acostarte para encontrar a esta alma gemela?

Reconoció su sarcasmo, y sabía que estaba bailando peligrosamente cerca del borde con ella.

—No es así.

—Oh, ¿no lo es? —Preguntó inocentemente—. ¿Entonces eso significa que no quieres hacer el amor conmigo?

Él se acercó más y bajó la voz.

—Me gustaría mucho estar contigo, lo sabes. Lo puedes ver en mis ojos.

—Para saber si soy tu alma gemela —dijo ella explícitamente.

—Sí. —Sus ojos brillaron—. No —corrigió él. Buenos dioses, trataba de atraparlo en una mentira—. Quiero acostarme contigo porque no he podido dejar de pensar en la forma que te sentí y saboreé aquella noche en tu casa.

Ella inclinó la cabeza.

—Y una entusiasta y dispuesta cautiva es mucho más atractiva que una combativa.

—Acacia.

—¿Sabes qué, Theron? Ni siquiera te esfuerces. —Ella le palmeó en el hombro—. Buen intento, sin embargo. Estoy segura de que funciona en algunas mujeres. Pero no conmigo.

Marchó por el sendero con un satisfecho balanceo de sus caderas.

Mientras se alejaba, Theron maldijo entre dientes y se reprendió a sí mismo por ser tan estúpido. ¿Por qué en el nombre de Zeus le habló sobre las almas gemelas? Nunca había entendido la importancia o el hecho de que los Argonautas en su conjunto fueron aparentemente inmunes a conectar con su humanidad, lo cual era el plan original de Hera. Incluso si lo hicieran, el hecho de que la diosa se hubiera asegurado que su otra mitad fuera exactamente lo opuesto de lo que querían era una garantía de desastre. ¿Y si un Argonauta que había encontrado su alma gemela la perdía después? Él bien podría abrirse una vena y desangrarse por todo el suelo. Porque eso es lo que pasaría. Nada quedaría dentro de él. Theron sabía que era cierto al ver a su pariente Zander durante estos últimos diez años. Y no era algo que quisiera experimentar.

Por supuesto, Acacia nunca llegaría a eso. Demonios, ni siquiera había aceptado plenamente quién y qué era. ¿Y entonces llega él y le dice que sabría si estaban destinados a estar juntos jodiéndola? Sí. Bien mirado, tenía suerte de que ella no le hubiera tirado de espaldas y arrancado las pelotas por esa sugerencia.

Estaba tan absorto en sus propios pensamientos que no se dio cuenta que Acacia había tomado velocidad hasta que dobló la curva y desapareció de su vista. Un cosquilleo se extendió por su columna mientras corría para alcanzarla. Al girar el recodo, descubrió que el bosque se abría en un claro y en lo que una vez había sido un pequeño asentamiento.

Había sido, advirtió, porque todo lo que quedaba ahora eran un conjunto de edificios quemados, paredes derruidas y cimientos soportando ennegrecidas vigas y ventanas rotas.

Acacia se situó en el borde de la aldea, con los ojos tomando la escena entera cuando se acercó a ella.

—Este fue el lugar donde ocurrió —dijo ella, levantando un delgado brazo y señalando hacia lo que quedaba de una casa, tres edificios más allá—. Eso era suyo.

El asentamiento estaba anidado en un valle. Las montañas se alzaban por tres lados, y un arroyo serpenteaba a lo largo del borde de la aldea, burbujeando y gorjeando en el cálido aire.

—Atacaron por las montañas. Los aldeanos ni siquiera tuvieron tiempo para reaccionar.

Theron se volvió en su dirección sólo para flojear ante el dolor que vio profundamente grabado en su rostro. Una vez más estaba impresionado por su fuerza y determinación. Por su lealtad a un pueblo que acababa de descubrir y la facilidad con la que se lanzó a ayudar. Y por todo eso, se dio cuenta que si ella resultaba no ser su alma gemela, tendría dificultades para encontrar otra gynaíka que le intrigara y desconcertara de la manera que ella lo hacía.

Miró a lo largo de las casas quemadas y se imaginó por lo que las familias mestizas habían pasado durante el feroz ataque. Los daemons, no eran conocidos por la misericordia. Y el rey fue consciente de su lucha durante eones.

Su pecho se apretó. De regreso a la colonia, él habría sido capaz de convencerse que no tenía que soportar los problemas de los misos. Pero aquí de pie, viendo la destrucción, todo en lo que podía pensar era “Pudimos haber hecho algo”.

—Acacia, yo…

—Shh. —Colocó la mano sobre su pecho, y la piel debajo de la camisa hormigueó despertando ante el ligero toque—. ¿Has oído eso?

Escuchó, sin oír nada, el viento silbaba a través de los inquietantes pinos de Oregón. El aire era cálido, así que sabía que no podía haber oído una jauría de daemons.

—No oigo nada.

—Eso.

Él volvió la cabeza para escuchar detenidamente. Y oyó el leve sonido.

—Eso.

—Una voz —dijo ella, la excitación construyéndose en sus palabras.

—Acacia, espera.

Pero ella no escuchó. Salió corriendo hacia el único edificio intacto en el asentamiento. Un viejo granero que estaba asentado en el extremo más alejado del pueblo con una cuerda desde la buhardilla del segundo piso soplando suavemente con la brisa.

—¿Marissa? —Llamó Acacia—. Dulzura, contéstame si eres tú. Soy Casey. ¿Marissa? Todos estamos preocupados por ti.

Silencio.

Theron se reunió con ella cuando entró al oscuro granero. La agarró por el brazo y se acercó a su oído.

—Quédate cerca de mí. En esto no negociamos.

Asintió con la cabeza y le dejó tomar la iniciativa, pero continuó llamando a Marissa, y no la detuvo porque esperaba que la niña respondiera a su voz.

—¿Marissa? —Gritó de nuevo—. Hemos recorrido un largo camino para encontrarte. Hay un montón de gente preocupada por ti, cariño. No tengas miedo, dulce. Pero tienes que decirnos dónde estás.

Un deslizante sonido hizo eco desde arriba. Acacia puso su mano sobre Theron para detenerlo. Ella ladeó la cabeza hacia el techo y los dos alzaron la vista.

Una escalera a la izquierda parecía que llevaba al segundo piso. Theron colocó una mano y pisó sobre los agrietados rieles rezando para que sostuvieran su peso. Justo cuando estaba a punto de pisar el primer peldaño, se oyó una vocecita desde arriba.

—Casey, ¿eres tú?

Acacia dejó escapar un largo y aliviado suspiro.

—Sí, cariño. Soy yo.

—¿Estás sola?

Los dos intercambiaron una mirada, y Theron negó con la cabeza, con miedo de que si la cría sabía que estaba allí, pudiera asustarse para huir otra vez, pero Acacia ignoró su advertencia.

—No, Marissa. No estoy sola. Theron está aquí conmigo.

—¿Solo?

—Sí.

Silencio.

Theron miró hacia arriba y escuchó detenidamente cualquier movimiento que indicara que Marissa se preparaba para huir.

—En ese caso —dijo Marissa en esa misma voz suave—, podéis subir y tomar el té conmigo y Minnie.

La sonrisa de Acacia tocó a Theron en algún profundo lugar en el pecho, y mientras subía la desvencijada escalera, se sintió más ligero. Más paz de la que había tenido en… nunca.

Y tenía la sospecha que era a causa de Acacia.

Estaba más iluminado escaleras arriba. El sol inundaba el segundo piso por una abertura al final de la buhardilla. Theron esperó mientras Acacia subía la escalera. A través del cuarto, Marissa sonrió y le saludó con la mano como si fueran dos viejos amigos que se encuentran en el parque. Estaba sentada en un fardo de heno. Su muñeca, Minnie, estaba a su lado. Un cajón volcado servía de mesa, y en el otro lado había otro fardo de heno. Un diminuto juego de té astillado estaba colocado delante de cada una de ellas.

Acacia estaba de rodillas frente a Marissa y cogió a la niña en sus brazos.

—Lo que hiciste no estuvo bien, Marissa. Tu madre está enferma de preocupación por ti. Como todos en la colonia.

—Pero estoy bien.

Acacia apartó a la chica de sus brazos.

—Cariño, sabes lo peligroso que es salir así.

Marissa puso en blanco sus grandes ojos marrones.

—Nada le ocurrirá a los otros.

—¿Cómo lo sabes? La gente está buscándote ahora mismo.

—Lo sé porque Minnie me lo mostró.

Acacia miró a Theron, de pie a un lado, y luego a la muñeca de Marissa.

—¿Qué te mostró?

—La mujercita en largas túnicas con bonitos hilos. Dijo que vosotros me encontraríais si venía aquí. —Ante la expresión de perplejidad de Acacia, Marissa se inclinó más cerca y le susurró no demasiado calmadamente—. ¿No lo ves? Tuve que hacerlo para que así pudierais pasar juntos más tiempo a solas.

Los ojos de Acacia se volvieron desconfiados.

—¿Qué quieres decir?

Theron contuvo el aliento y sintió que él sabía la respuesta incluso antes de que las palabras fueran dichas. ¿Era éste otro signo? ¿O la imaginación hiperactiva de una niña?

Marissa sonrió radiante, la sonrisa de una niña.

—Ya lo verás.

El aire se enfrió, y el pelo en la nuca de Theron se erizó antes de que pudiera cuestionar a fondo a la niña. El destino olvidado, se aproximó a la apertura de la buhardilla que sobresalía en altura sobre la aldea quemada. Entonces maldijo largo y bajo.

—Marissa —dijo Acacia con voz enérgica—. ¿Te incitó Theron a esto?

Theron se movió tan rápido y silenciosamente como pudo cruzando el cuarto y tomando a Acacia por el brazo, levantándola a su lado.

—Tenemos un problema —le dijo en voz baja al oído.

Ella le miró con ojos irritados.

—¿Y ahora qué?

—Tres daemons. Parecen estar de patrulla —la cara de Acacia se volvió cenicienta—. Mi suposición es que buscan por la zona a los rezagados con la esperanza de que los puedan conducir a la colonia.

—Oh, mierda —susurró ella.

—Acacia —dijo bruscamente mientras ella temblaba en su contra—. Quédate conmigo. —Los ampliados ojos violetas se encontraron con los suyos, había miedo en ellos, mucho, cuando ella obviamente recordó su último encuentro con los secuaces de Atalanta.

Maldita sea, esto era lo que había temido en el momento que ella se puso en camino en esta búsqueda estúpida.

—Puedo manejar a los daemons. Pero tienes que poner a salvo a Marissa.

Ella rebotó la mirada de derecha e izquierda.

—¿A los tres? No puedes… confirmarlo como en la librería…

—Puedo —dijo rápidamente—. En la librería estaba preocupado por ti. Confía en mí. Sé lo que estoy haciendo. Pero sólo si trabajamos juntos.

—Oh, Dios. — Cuando ella se hundió en su contra, supo que estaba perdido.

Él apretó el brazo por la cintura mientras escuchaba atentamente lo que ocurría fuera. Los daemons se acercaban. Se estaba quedando sin tiempo.

—Tienes que reunir tus fuerzas ahora mismo, porque quiero oír todas las demás razones por las que no te sientes realmente atraída por mí.

Ella levantó la vista y tragó saliva. Y cuando sus ojos se encontraron, la conexión que habían compartido desde el principio ardió más intensamente en su alma. Supo que ella lo sintió también. Del mismo modo que sabía que si algo le sucedía a ella aquí, nunca volvería a ser el mismo.

Ella asintió con la cabeza una, dos veces, y elevó su coraje como si fuera una armadura.

—No… no me siento atraída por ti. —Pero se aferraba a su camisa por el pecho y no hacía ningún movimiento para soltarla.

—Mentirosa —susurró él, justo antes de sumergir la cabeza y tomar su boca.

El beso fue rápido, y ni remotamente tan profundo como él hubiera querido. Pero no tenía tiempo para nada más.

Él se sacó la daga con púas del tobillo, desabrochó la funda y la unió a ella. Luego abrió el arma que tenía la forma de un cuchillo de caza con amenazantes pinchos que sobresalían de la parte inferior del mango.

—Toma esto. Sostenlo así. —Le colocó los dedos—. Si alguno se me adelanta, esto no te servirá de nada a menos que estén cerca. Gíralo así. Lejos de tu cuerpo. —Movió el brazo para mostrarle lo que quería decir—. Los pinchos despedazan la carne y la hoja hace el resto. No matará a un daemon, pero un golpe consistente le dejará incapacitado el tiempo suficiente para que podáis escapar.

—Theron, yo…

—No tenemos tiempo —empujó una linterna en su bolsillo, entonces agarró a Marissa y la puso en brazos de Casey—. Espera hasta que me veas fuera, luego toma la escalera y dirígete a la montaña cruzando el arroyo. Trata de encontrar una cueva o refugio para ocultarte dentro. Te encontraré después.

Temblando, Acacia deslizó el cuchillo en su funda, y acunó a la niña contra su pecho.

—Pero ¿cómo sabrás dónde estamos?

Cruzó el cuarto, se detuvo en el borde de las sombras, fuera de la vista de los daemons, y le dio una última mirada.

—Siempre te encontraré, Acacia. Es una promesa.

—Theron…

Él no esperó su respuesta. En cambio, saltó del segundo piso y cayó sobre la fría tierra de la planta baja. Los tres daemons se volvieron en su dirección con sorprendidos ojos verdes brillantes.

—Hola, chicos —dijo él, alcanzando el parazonium sujeto en la parte baja de la espalda—. Os veis un poco perdidos. Dejadme que os envíe de vuelta al infierno.

CAPÍTULO 18

—¡Corre!

Casey puso a Marissa de pie y la empujó contra la escalera en la parte trasera del granero. Podía sentir el miedo de esta, pero afortunadamente la niña no la cuestionó.

Casey bajó la primera por la escalera, alzando las manos para ayudarla a bajar al suelo. Fuera, los frenéticos aullidos de los daemons se mezclaban con los gruñidos de Theron y el choque de las armas contra la carne mientras luchaban.

Un profundo instinto urgió a Casey a salir al frente, a ayudar a Theron aunque sabía que sería prácticamente inútil. ¿Qué podía hacer qué él no pudiera? Pero oh, Dios, ¿y si resultaba asesinado porque ella insistió en que fueran allí?

No pienses en eso. Recordó la imagen de él luchando contra los daemons en su tienda.

Sabía lo que estaba haciendo.

Agarrando con fuerza la mano de Marissa entre las suyas, caminó de puntillas hasta la parte de atrás del granero. Un vistazo le confirmó que el área que las rodeaba estaba vacía. Miró los árboles, unos treinta metros más allá, que se convertían en bosque extendiéndose por un lado de la montaña. Luego consideró la posibilidad de correr y no ser vistas.

Más gruñidos sonaron en la parte delantera del edificio. Un agudo crujido resonó cerca. Marissa gritó cuando un cuerpo atravesó el frontal de la puerta del granero y se estampó en el cuelo sobre un montón de heno y basura.

Casey agarró a la chica y tiró de ella para abrazarla contra su estómago, ahogando los sollozos de la niña al tirar de ella hacia las sombras. Un vistazo le dijo que el cuerpo era Theron, pero él se levantó de un salto como si el empujón no le hubiera perturbado ni le hubiera tirado del granero, y se arrojó de nuevo a la batalla.

Tenía el corazón en la garganta, pero alzó a Marissa en brazos.

—Agárrate a mí y sujétate fuerte.

La pequeña cabeza de Marissa asintió contra el cuello de Casey. Respiró hondo, miró atrás hacia la puerta para asegurarse de que no había moros en la costa y corrió.

Atravesaron el claro trasero a una velocidad vertiginosa y apenas llegaron a los árboles antes de que un daemon se dejara caer de la nada frente a ellas.

Casey jadeó y frenó en seco. Los ojos del daemon refulgían en verde mientras ella retrocedía. El tomó un largo y profundo aliento y dijo una única palabra.

—Tú.

Casey bajó a Marissa al suelo y se puso frente a la niña, usando su propio cuerpo como escudo. Con los ojos desorbitados, tomó el cuchillo de su pantorrilla con manos temblorosas.

El daemon se rió entre dientes, como si encontrara la situación de lo más divertida.

—No puedes pararme, mestiza. Atalanta te está esperando.

En ese momento, Marissa dejó salir la madre de todos los gritos. El tono era tan agudo y alto, que tanto Casey como el monstruo se estremecieron y se congelaron momentáneamente. El sonido continuó hasta que finalmente Casey sacudió la cabeza y desenfundó el cuchillo como Theron le había enseñado.

La bestia se tensó como si fuera a lanzarse.

La mano de Casey movió el cuchillo cuando el daemon cargó. Pero antes de sentir el impacto, Theron saltó sobre ella y se estampó contra la bestia.

Los dos rodaron, mientras los puños y los colmillos volaban. El daemon tenía las de ganar y clavó a Theron en el suelo, presionando su enorme pierna contra el pecho de él con un poderoso aullido. Casey se dio cuenta enseguida de que Theron había perdido su daga al chocar contra la bestia cuando ésta se había lanzado contra ella.

—¡Theron!

Él giró la vista justo cuando ella le lanzaba el afilado cuchillo. Cayó en el suelo a treinta centímetros de su hombro. Su mano serpenteó como un rayo, incluso inmovilizado bajo el daemon como estaba. Luego todo lo que Casey vio fue la hoja reluciendo al sol. La sangre brotó del daemon. Theron volcó rápidamente al monstruo en el suelo y usó el cuchillo para decapitarlo.

Casey tiró de Marissa contra su cuerpo para que la niña no pudiera ver lo que estaba pasando.

Cuando todo acabó, el cuerpo de Theron estaba cubierto de una mezcla de sudor y sangre, y respiraba con fuerza, aunque no parecía herido. Dio un paso hacia ellas justo cuando un rugido resonó lejos de la fachada del granero. Theron empujó el cuchillo de vuelta a la mano de Casey y la empujó con fuerza hacia los árboles.

—¡Corre!

Casey no perdió el tiempo preguntando. Agarró a Marissa y se fue, con el corazón tronando y la adrenalina bombeando.

Las piernas le ardían y los pulmones le dolían como a una perra, pero no se paró. Cuando Marissa gritó “¡Minnie!” contra la garganta de Casey y alargó una mano, sólo aferró con más fuerza a la niña. No iba a dar la vuelta por nada, especialmente por una estúpida muñeca que la niña hubiera dejado atrás. Corrió con fuerza y deprisa, rodeando rocas y entre los árboles, y no paró hasta que ya no pudo oír el clamor de la batalla y el único olor era el de los pinos, el musgo y el bosque húmedo que la rodeaba.

La cara de Marissa estaba surcada de lágrimas cuando Casey finalmente la dejó en tierra. La niña se hizo un ovillo contra una roca. Ya la tranquilizaría luego. Ahora mismo lo que importaba era encontrar un lugar para esconderse.

Aún tratando de llevar aire a sus pulmones Casey estudió los alrededores. Los árboles eran gruesos, pero un poco más a la izquierda parecía haber una formación rocosa que tal vez tuviera suficiente espacio para esconderlas.

Alzó a Marissa en brazos otra vez.

—Vamos Marissa. Casi hemos llegado.

Un grupo de peñascos altos como un hombre estaban alineados en un ordenado círculo. Entre los dos primeros había una pequeña abertura, suficiente para que alguien gateara a través, que parecía llevar a las montañas.

Casey odiaba los espacios reducidos pero, dadas las opciones, consideró que esa húmeda y oscura cueva era mejor escondite que esos árboles de ahí fuera. Dejó a Marissa sobre sus pies y se puso de rodillas.

—Es aquí, cariño.

Marissa dudó.

—Está oscuro.

—Lo sé, pero yo estoy aquí.

Marissa miró sobre su hombro, claramente contemplando sus opciones. Casey le cogió la mano.

—No dejaré que te pase nada. Lo prometo.

La respuesta pareció satisfacer a Marissa. Después de otro vistazo rápido, se arrodilló y entró gateando al lugar tras Casey.

El túnel no tenía más de un metro de altura pero, afortunadamente, no era largo. Diez metros después, Casey tuvo la impresión de estar bajo techos altísimos y un vasto espacio. Sacó de su bolsillo la pequeña linterna de bolsillo que Theron le había dado antes y la encendió. Luego jadeó por lo que veía.

Las estalactitas colgaban del techo en un arco iris de colores. La circular sala de cinco metros era lo suficientemente alta como para estar de pie y no ser apuñalada por todas esas formaciones rocosas con forma de colmillo. Otra sala más pequeña seguía a esta, pero no parecía tener más accesos desde el exterior. Y, afortunadamente, aparte de unos cuantos bichos en los que Casey no quería pensar, ambos lugares parecían estar desiertos.

Casey sujetó la mano de Marissa y la llevó tan al interior de la montaña como pudo, entrando en la sala menor y rodeando la esquina, para que si algo entraba en la primera sala buscándolas, no pudieran verlas. Después de rodear a Marissa con su chaqueta para abrigarla, se sentó contra las rocas con la niña acunada entre sus brazos.

Marissa sollozó y se acurrucó contra ella.

—Echo de menos a Minnie —susurró.

—Lo sé, cariño —Casey pasó la mano por el pelo de Marissa.

—¿No podemos volver a por ella?

—No, Marissa. No es seguro.

—Casey —susurró Marissa en el silencio—, ¿tienes miedo?

Casey dudó, y luego asintió mientras las lágrimas ardían en sus ojos cerrados.

—Sí, cariño. Lo tengo.

—No tengas miedo. Theron volverá a por ti.

Casey lanzó un suspiro entrecortado. Y pensó en lo rápido que podían cambiar las cosas. Unas horas atrás ella sólo quería alejarse de él. Ahora rezaba por que la niña tuviera razón.

El aroma de la muerte golpeó los sentidos de Nick en el segundo en que paró el motor de la moto y se quitó el casco.

La casa de Casey estaba oscura, pero supo lo que encontraría incluso antes de dar un paso en el interior.

Con un nudo en el estómago, rodeó la casa y encontró la puerta trasera reventada, con la puerta misma colgando de las bisagras. La cocina estaba limpia y ordenada, pero incluso allí podía oler lo que había más adentro.

Se obligó a cruzar el suero entarimado, con las botas golpeando a cada paso. Cuando alcanzó la puerta en arco que llevaba al salón, se paró y tragó la bilis que le subía por la garganta.

El sofá estaba desgarrado y volcado, y la mesa de café no era más que un montón de astillas. Libros y baratijas rotas ensuciaban el suelo y, en medio del desastre, descansaba el cuerpo sin vida de Dana.

—Mierda, Dana.

Se arrodilló a su lado, examinando lo que quedaba. Los ojos abiertos y desenfocados de Dana miraban hacia el techo, y su rostro estaba ensangrentado y magullado. Una pierna estaba doblada en un ángulo extraño, con el hueso sobresaliendo de la piel y los vaqueros, y rasguños ensangrentados tintaban la mayoría de su cuerpo. Pero lo más desagradable, y lo que Nick había sospechado cuando había entrado a la casa, era el agujero en el centro de su pecho donde su corazón solía estar.

Se pasó una mano por la boca, cerró los ojos con fuerza y se maldijo por abandonarla la otra noche. Había sentido que se aproximaba su muerte, pero no había hecho lo suficiente por protegerla. Si la hubiera llevado él mismo de vuelta a la colonia, si hubiera insistido más... Maldita sea, si hubiera abierto los ojos y se hubiera vuelto hacia ella, estaría viva ahora.

Si fuera por… mierda. Está muerta, y no gracias a ti.

Abrió los ojos y la miró. Su relación se había retorcido desde más de un frente pero, a su propio estilo, se había preocupado por ella. Seguro que más que por nadie en su vida. Ella le había entendido a él y a sus necesidades, y ni una sola vez dijo que no, incluso cuando esas necesidades habían sido demasiado retorcidas. ¿Y cómo la recompensaba? Con esto.

Ella le había acusado de tener complejo de dios. Y sabía que tenía razón. Pero ni siquiera un dios la jodería así.

El móvil de su bolsillo vibró.

—¿Qué? —respondió.

—Nick, soy Helene. Tenemos un problema.

Se puso en pie lentamente mientras las jodidas cicatrices de su espalda empezaban a hormiguear.

—¿Qué ha pasado ahora?

—Marissa se ha escapado esta mañana. Partidas de búsqueda están tras ella. Pero, ¿Esa mujer que trajiste ayer? ¿Casey? Ella y el Argonauta están por ahí fuera también. Y son la única pareja que todavía no se ha reportado.

Las manos de Nick se tensaron sobre el teléfono.

—No me jodas.

—Lo sé. Lo siento. No pude impedir que ella fuera.

—Voy de vuelta.

—¿Encontraste a Dana?

Nick bajó la mirada a Dana una vez más y enterró el dolor en lo más profundo de su interior tal y como había hecho cada vez que un miembro de su colonia era asesinado. La angustia por su muerte duraría tanto como la del resto, pero él era mitad Argonauta. Su lado más hijo de puta tomaría el control demasiado pronto.

—La encontré.

—¿Está...?

—Prepara las hogueras, Helene.

Cerró el teléfono justo cuando Helene comenzó a llorar.

CAPÍTULO 19
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