Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Las horas se volvían borrosas. Casey no sabía cuánto tiempo Marissa y ella llevaban escondidas en la cueva, pero estaba segura que a estas alturas fuera ya estaría oscuro. Debían llevar en esta caverna por lo menos seis horas y sin noticias de Theron.

Ya se había imaginado todas las cosas horribles que podían haberle ocurrido, sabiendo que podía estar ahí fuera sufriendo mientras ella estaba sentada aquí escondiéndose, pero era incapaz de levantarse y buscarle. Él le había dicho que se quedara oculta. Y cada vez que había pensado ignorar esa orden, la extraña alerta de Marissa se encendía en su cerebro.

Lo que te harán a ti será peor.

¿Por qué ella? Cuando ese daemon se había dejado caer en su camino, cuando huían desde el granero, había actuado como si la conociera. Ahora que lo pensaba, los que estuvieron en su librería e incluso los de la noche en que había conocido a Theron habían actuado como si supieran quién era. ¿Cómo era posible? Y ¿qué significaba?

Un chirrido fuera del túnel la hizo levantar la cabeza. Cogió la linterna del suelo junto a su muslo. Aunque la había apagado hacía horas para conservar la vida de la batería, quería poder ver lo que venía hacia ella. Las manos le temblaban de nuevo, agarró el cuchillo con fuerza mientras avanzaba poco a poco rodeando la esquina y adentrándose en la pieza principal.

Lo que venía a través del túnel era grande. Podía oírlo gruñendo y raspando a lo largo del estrecho pasaje. Ella no se atrevió a iluminarlo ahora, así que rezó para estar apuntando con el cuchillo en la dirección correcta.

El sonido se detuvo. El corazón le golpeaba tan fuerte que estaba segura de que la delataría. Quienquiera, o lo que fuera, había llegado a través del espacio elevado a pie y respiraba de forma entrecortada.

—No me acuchilles, Acacia.

—¡Theron! —Casey dejó caer el cuchillo y la linterna y se abalanzó sobre su voz.

Sus fuertes brazos la agarraron y la abrazaron fuertemente. Ella ahogó un sollozo, nunca fue tan feliz de ver a alguien como en este momento.

Una suave risita salió de su pecho, vibrando contra ella hasta que lo sintió hasta en los dedos del pie.

—¿Me echaste de menos, meli? —le susurró él en el pelo.

Oh, Dios. El sonido de su voz. Como música. Las manos cerradas en puños contra su camisa húmeda.

—Han pasado horas. ¿Dónde has…?

—¿Dónde está la niña?

—Durmiendo. Por fin. Theron. Dios mío. ¿Cómo supiste dónde encontrarnos?

Una fuerte mano se deslizó a lo largo de su cabello.

—Te lo dije. Siempre podré encontraré.

No tenía ni idea de lo que quería decir con eso y no quería entrar en eso ahora. Estaba tan agradecida que él estuviera aquí. Apoyó la frente contra su enorme pecho.

—Theron. Yo estaba tan… —No quería decirle “preocupada”, porque eso la hacía sonar como una enclenque. Pero lo estaba. Apartó de la mente la preocupación por él. Dio una pequeña sacudida con la cabeza—. ¿Qué pasó?

—Te lo dije. Esto es lo que hago.

¿Lo que él hacía? ¿Y esperaba que no alucinara cuando los monstruos de una de las novelas de Stephen King venían tras él? Sí, claro.

—Tardaste mucho tiempo. Pensé…

—Fueron enviados de vuelta al Hades, poco después que te fueras con la niña. No hay nada de qué preocuparse.

Poco después. Casey se apartó de su pecho y levantó la mirada, deseando poder verle el rostro, pero por suerte para él, estaba demasiado oscuro.

—¿Poco después? ¿Qué demonios has estado haciendo desde entonces? ¿Haciéndote la pedicura?

—Esperando —dijo él—. Para asegurarme que no había ningún rezagado.

La adrenalina escogió ese momento para dispararse. Que le jodan, preocupada. Ahora estaba enfadada.

—¿Mientras que yo estuve aquí sentada durante las últimas seis horas imaginando que te descuartizaban y enloquecía de miedo? ¡Imbécil! ¡Muchas gracias! —Se armó de valor y le pateó en la espinilla tan duro como pudo, después se giró sobre los talones y se dirigió a lo que esperaba fuera el pasaje a la zona de al lado. Sería sólo suerte no chocar de cabeza contra un muro de rocas en su lugar.

La atrapó antes de que ella diera tres pasos, esos musculosos brazos envueltos alrededor de la cintura y levantándola del suelo hasta que ella estuvo en volandas.

—¡Bájame! —Siseó a fin de no despertar a Marissa—. Ya he sido lo suficiente maltratada por un día.

—Contente, meli —La cambió de posición para que no pudiera patearle en las pelotas, reposicionando los brazos hasta que la tuvo inmovilizada. Ella luchó, pero sabía que era inútil. Era mil veces más fuerte que ella cuando estaba sano. Ahora, con la mezcla de miedo, agotamiento y malestar atravesando su cuerpo, ella era como un palillo de dientes meciéndose en la brisa—. Hubiera venido antes si hubiera pensado que era seguro.

—Sabias palabras. No es seguro para ti ahora, así que vete por donde viniste.

Él suavizó el agarre, pero aún la sujetaba con firmeza.

Meli.

Maldita sea, ¿por qué esa sola estúpida palabra la hacía volverse suave y pegajosa? ¿Sobre todo cuando él la decía con tanta ternura?

La lucha desapareció de ella como un borrón. Se mordió el labio duramente para no llorar como un sollozante bebé.

—No tienes ni idea de lo que he pasado.

—Shhh —liberó el agarre y la giró suavemente hacia él—. Y en la oscuridad.

Él le acarició el pelo apartándolo de la cara con un movimiento que fue tan malditamente dulce, que se alegró que él no pudiera verle los ojos. Había salvado su vida dos veces y aunque ella no lo entendía en lo más mínimo, tenía la sospecha que él estaba en lo cierto: Una especie de predestinación o destino que no podía ver y no estaba segura de creer los estaba empujando juntos.

La única pregunta era, ¿por qué?

—Ya pasó, meli.

—Para ti —susurró ella. Gracias a Dios que tenía el anonimato de la oscuridad—. Pero esos monstruos… Dime la verdad, Theron. Me están buscando, ¿verdad?

Cuando envolvió de nuevo los brazos alrededor de ella y la atrajo hacia sí, sin responder, supo que tenía razón. Por algún motivo, los daemons estaban cazándola. Y sospechaba que tenía algo que ver con un padre al que nunca había conocido y un mundo que era tan ajeno para ella como China.

—¿Qué pasó con la linterna que te di? —preguntó.

Casey sabía que estaba cambiando de tema, pero estaba demasiado cansada como para decírselo. Se dejó caer en sus brazos cuando la liberó del agarre, no porque ella quisiera sino porque era eso o caerse de culo.

—Se me cayó en alguna parte.

Sus grandes botas se arrastraron por el suelo de roca. Segundos después, un rayo de luz atravesó la oscuridad. Theron iluminó alrededor, comprobando la cueva.

Casey señaló hacia el área más pequeña y bajó la voz.

—Marissa está durmiendo dentro. Le di mi chaqueta.

Theron señaló con la luz en esa dirección.

—Eso está bien. Fuera está oscuro. Vamos a dejarla dormir hasta mañana, luego nos dirigiremos a la colonia. —Se volvió y recogió algo del suelo detrás de él. Minnie.

Y la presa escogió ese momento para desbordarse. Matar a tres monstruos decididos a mutilarla no era lo suficientemente heroico para él. Oh, no. Theron, líder de los argonautas y descendiente de Hércules, el mayor héroe que alguna vez existió, tenía que rescatar a esa estúpida muñeca y traérsela a una niñita que se sentía miserable sin ella.

Casey estaba sentada en el suelo, apoyando la espalda contra la pared de la caverna y secándose los ojos como una idiota cuando él regresó de devolver el juguete a Marissa. Vio la alarma en su cara y frunció el ceño, deseando haber dejado la maldita linterna encendida antes para que la batería se hubiera agotado. No necesitaba ver su preocupación. Ya tenía la sensación de que estaba peligrosamente cerca de caer por este tipo sin ella.

Un héroe. Fabuloso. De todas las cosas estúpidas que había hecho en su vida, ésta se llevaba la palma. Olvida el hecho de que procedían de dos mundos completamente diferentes. Olvida el hecho de que estaba enferma y no parecía estar mejorando. Incluso si estuvieran en la misma tierra, ella nunca sería suficiente para él. Había visto el disgusto en su cara cada vez que se acordaba que ella era una humana. Y ahora que había vislumbrado lo que había sucedido con su padre, comprendió el porqué.

—No llores, meli —Se dejó caer a su lado y la atrajo a su regazo.

Ella pensó en negarse, entonces decidió, ¿qué sentido tiene? Estoy demasiado débil para luchar contra él y hay muchas posibilidades que termine aquí de todos modos.

—No puedo soportar verte tan alterada.

—No estoy llorando por ti, estúpido idiota. —Se secó los ojos de nuevo y le dio un puñetazo en el hombro con la poca fuerza que le quedaba—. Estoy cansada…

Él apagó la linterna y la colocó en el suelo junto a la cadera. En el silencio ella oyó el fuerte ritmo de su corazón.

—Lo hiciste bien ahí fuera —dijo él—. Me salvaste otra vez. Es mejor dejar que mis congéneres no lo sepan o van a despedir mi culo y a reclutarte en los argonautas.

Ella dejó escapar un suspiro y se relajó contra él. Dios, su cuerpo se sentía bien. Caliente. Correcto. Incluso empapado en sudor y otras cosas que no quería imaginar.

—Odio esas cosas.

Le pasó la mano por encima del cabello, presionando suavemente contra la cabeza hasta que ella la apoyó sobre el hombro.

—Todos lo hacemos.

En el silencio se hizo una pregunta que le había rondado la cabeza desde la pelea en su librería.

—¿Por qué no usas armas?

—¿En combate?

—Sí.

—Lo hemos intentado con todo. Hasta ahora, los daemons han sido capaces de deshacerse de las balas con poco esfuerzo. Un cuchillo para cortar la carne funciona mejor, hace más daño. De todos modos, Titus, uno de mis argonautas, está constantemente experimentando con nuevas armas en nuestra lucha.

Interesante.

—¿Quién es Atalanta?

Su mano se detuvo en el pelo.

—¿Cómo sabes de ella?

—El daemon que nos acorraló la mencionó. Él dijo: “Atalanta está esperándote”.

Su silencio la enervó y cuando estaba a punto de levantar la cabeza y preguntarle que le escondía, él dijo:

—Ella es la que cambió su alma a Hades por la inmortalidad y el dominio sobre los daemons. Sintió que fue rechazada de los argonautas porque era hembra.

—¿Ella era uno de los cincuenta y cinco argonautas originales?

—Según algunas versiones, sí.

—¿Y lo fue? ¿Rechazada?

—Probablemente. Hace tres mil años, las mujeres se veían de manera diferente. Y un argonauta hembra no es aún tan fuerte como un hombre, por lo que los guardianes elegidos de cada línea son generalmente varones.

—Una mujer puede ser presidente y puede servir en el ejército, pero aún así no puede luchar. Supongo que el sexismo cruza todas las barreras culturales, ¿eh?

Él se rió entre dientes, y las vibraciones silbaron a lo largo de sus terminaciones nerviosas.

—Acacia, creo que tienes una idea equivocada. Las gynaíkes son las madres, las esposas, las hijas que hacen florecer nuestra raza. Ningún ándras en su sano juicio permitiría que su compañera sirviera en las filas de los argonautas. Y ningún argonauta jamás dejaría a su alma gemela cerca de la batalla.

—¿Tuvo Atalanta un alma gemela?

Él movió su gran cuerpo debajo de ella, acurrucándola con más fuerza contra su ingle. Aunque no podía estar segura, creyó sentir el despertar de su erección presionándole la cadera. Pero eso no podía ser, ¿verdad? Tenía que estar agotado y exhausto de pelear, y ni siquiera hablaban de nada ni remotamente sugerente.

—Algunos dicen que lo tuvo. Su padre quiso que se casara y ella se negó, por lo que estableció una carrera a pie a pesar de su negativa. Cualquier pretendiente que pudiera ganarla en velocidad ganaría su mano. Hippomenes fue el único en superarla y se casaron finalmente. Pero muchos creen que él no era su alma gemela.

—¿Por qué no?

—Debido a que un argonauta sólo tiene una. Un castigo, como te dije, urdido por Hera y Láquesis, una de las Moiras. No es ningún gran secreto que Hércules tenía un apetito sexual feroz. Sedujo a hombres y mujeres, dioses y mortales, sin preocuparse por las consecuencias. Cuando Zeus concedió Argolea a los descendientes de Hércules y de otros argonautas, Hera se aseguró de intervenir en sus destinos.

—¿Dándoles un alma gemela? Eso suena como una bendición.

—Dándoles un alma gemela única, meli. Y haciendo que fuera el opuesto exacto de lo que los argonautas quieren y necesitan. Para empeorar las cosas, Hera se aseguró de que la única manera que un argonauta pudiera reconocer a su alma gemela era conectarlo con su humanidad, algo que no estamos ejercitados para hacer.

—¿Por qué? No lo entiendo.

Él dejó escapar un largo suspiro.

—Porque hacerlo despierta emociones que tienden a ponerse en el camino de nuestros deberes. Nuestro lado de dios… digamos, no está demasiado preocupado por el bien y el mal, teniendo una conciencia, siendo generosos. Los doce dioses del Olimpo no son entidades que adoramos. No son nada más que ángeles caídos que se apartaron del Creador para su beneficio egoísta. Las emociones auténticas, como amor, odio, sacrificio, los dioses no las entienden, porque no las sienten. No en su forma más pura, al menos. Reprímelas y suprimirás ese lado de nuestra herencia que nos deja vulnerables y débiles. Muy pocos argonautas son capaces de abrirse a su humanidad y continuar sirviendo como guardianes. Por lo tanto, la mayoría no encuentra nunca a su alma gemela.

Las cejas de Casey se unieron, mientras pensaba en lo que le había dicho. Ella era humana, y definitivamente algo que él despreciaba. ¿Podría el destino haberle unido a un alma gemela humana sólo para joderle?

La cuestión envió una alarma a su cerebro. ¿Realmente se estaba cuestionando esto? Sacudió la cabeza y replanteó la conversación.

—¿Pero Atalanta tuvo una? ¿Y no fue Hippomenes?

—No. La mayoría cree que su alma gemela fue Meleager, un príncipe griego y guerrero feroz que mató numerosas veces para ganarse su atención. Por razones que nadie comprende muy bien, ella negó su amor hasta que fue demasiado tarde y él fue asesinado. Después, ella estuvo como envuelta en niebla durante años, una gran guerrera por sí misma, pero sin corazón. Finalmente, su padre la persuadió con engaños para que se casara con Hippomenes, pero ella no le amaba, y también fue asesinado tiempo después. Algunos dicen que su desesperación por haber perdido a ambos hombres agravó la cólera por ser rechazada para los argonautas. Y que la espoleó para hacer su pacto con Hades.

—¿Qué pasa si un argonauta no encuentra a su compañera del alma?

—Existe como siempre ha hecho. Viviendo, una máquina de matar que respira, nacida para el honor y el deber.

Su definición de sí mismo era tan práctica que un escalofrío le recorrió la espalda. Sin embargo, explicaba mucho acerca de quién era y cómo funcionaba. Pensó en la escena con su padre.

—¿Qué pasa con los niños?

Se encogió de hombros.

—Es posible, incluso alentado, para un argonauta tener hijos fuera del matrimonio. Después de todo, “creced y multiplicaos” fue, y sigue siendo, el lema de los dioses, y joden a cualquiera que se interpone en su camino. Esa mentalidad se ha transmitido hasta nosotros multiplicada por diez. Pero eso es todo lo que es. Sexo para la diversión y la procreación… si es el momento adecuado para la gynaíka. Un argonauta no vinculado nunca se involucra emocionalmente con sus hijos. No tiene auténticos vínculos con ellos.

El tipo de hombre que describía parecía tan diferente del que ella había llegado a conocer. Había vislumbrado momentos tiernos, incluso en su casa antes de que ella hubiera sabido lo que era. Seguramente un argonauta que la había llamado su “amada” desde el primer momento no podía ser tan cruel como todo esto.

Y entonces se le ocurrió una idea. Una que le contrajo el estómago y envió una ola de inquietud a través del cuerpo.

—¿Tienes hijos?

—No.

—Pero tú dijiste…

—Mi padre fue uno de los afortunados, meli. Un argonauta que encontró su otra mitad. Crecí en un hogar cariñoso, a diferencia de mis congéneres. Cuando tenga hijos será con la gynaíka que es mi alma gemela, con nadie más.

Exhaló un suspiro de alivio, aunque el porqué su respuesta le gustaba, no podía decirlo. Por razones que no quería estudiar, no podía soportar la idea de él con nadie más. Al menos no ahora, cuando estaba sentada precariamente sobre su regazo y sus manos estaban subiendo y bajando por la espalda de esa manera lánguida que le dio ganas de comérselo a bocados.

Y fue entonces cuando se acordó de lo que él le había dicho durante la caminata.

Agradecida de que no pudiera ver su rubor, dijo:

—Así que, um, acerca de eso. Dijiste que había una manera de que pudieras saber si alguien es tu alma gemela. Sospecho que eso significa que has tenido mucha práctica en la búsqueda de tu alma gemela.

Se movió de nuevo debajo de ella, y oh, sí. Esta vez no había duda de su excitación presionándole la cadera. La piel le hormigueó por el contacto, y recordó la erótica forma que la había tocado esa noche en su casa. Si ella se volvía muy ligeramente y echaba la pierna por encima de su cadera, podría sentarse en la parte superior de todo ese duro acero, exactamente donde, de repente, lo necesitaba.

—Nunca he tenido ningún motivo para indagar —dijo él en voz baja—. Hasta ahora.

El corazón de Casey pateó, y con el silencio sabía que él tenía que haberlo oído también.

—¿Por qué no? —preguntó, aunque sabía que este era un camino peligroso para viajar.

—Porque no te había conocido. Y no me atrevía a pensar en buscar en el mundo humano a mi otra mitad.

Oh, chico. ¿Había dicho él lo que ella creía que había dicho? Vale, ignorando la parte incierta de ser su —ella tragó— alma gemela, ¿era posible que nunca hubiera estado con una humana?

La sangre se le calentó con el pensamiento. Casey no era estúpida. El hombre tenía más de doscientos años de edad y el primitivo calor sexual que exudaba, sin duda, haría que incluso la mujer más fuerte se arrojara a sus pies y se arrancara toda la ropa con un movimiento de su dedo. Y a juzgar por la memoria irregular de Casey, ella había hecho precisamente eso. Lo que significaba que tenía mucha más experiencia en el sexo-por-diversión de lo que había mencionado antes. ¿Pero toda la idea que tenía la había practicado exclusivamente con las mujeres de su clase y no con humanas? Oh, sí. Eso la electrificó. La arrebató. La dejó ardiente y salvaje.

Porque entonces el presente era tan nuevo para él como lo era para ella.

Un lento dolor pulsó profundo en su núcleo, se deslizó más abajo hasta que ella tuvo que apretar los muslos para evitar gemir.

¿Qué sería él como amante? Duro, ardiente y exigente, estaba segura. ¿Estaba lo suficientemente fuerte para tomarlo? ¿Le importaría ella después que la hubiera conseguido?

Sensuales imágenes iluminaron su cerebro. Su boca sobre la de ella, su piel pegada a la suya. Su cuerpo inclinado sobre ella en el sofá, como había hecho una vez antes, para conducirse a su interior.

La mano que había estado utilizando para acariciarle la espalda se deslizó por el brazo para descansar en el muslo. Un escalofrío le corrió la piel, y lo único que podía pensar era en lo bien que se sentía al tener de nuevo las manos en la piel desnuda.

—Puedo escuchar tu corazón —le susurró él en el silencio entre ellos.

Oh, sí, ¿en serio? Casey se mordió el labio mientras él trazaba con sus dedos un perezoso patrón en el muslo.

—¿Te sientes bien?

No, no se sentía bien en absoluto. Estaba agotada y débil. Para agravar su enfermedad estaba el hecho de que no había comido en casi dos días. Se sentía como si pudiera dormir durante un mes y aún no ponerse al día, pero por el momento nada de eso importaba. Debido a que toda su energía se concentró en lo que él estaba haciéndole en el cuerpo con sólo el toque de sus talentosos dedos.

—¿Acacia?

Su cálido aliento le abanicó sobre la cara, diciéndole que estaba más cerca de lo que creía. Un leve movimiento y ella podría reclamar esa robusta boca como suya. Sus dedos avanzaron lentamente subiendo por el muslo hasta que rozó la unión con la cadera. Ella contuvo el aliento y esperó.

—¿Me tienes miedo? —preguntó él.

Un milímetro. Todo lo que tenía que hacer era inclinarse hacia delante un milímetro y podría besarle.

—¿Qué está diciendo? —susurró ella.

—¿Qué está diciendo qué?

—Mi corazón.

Él dejó escapar un largo suspiro que le cayó encima de la mejilla mientras sus dedos bailaban subiendo por su caja torácica. Y entonces su mano gravitó sobre el lado izquierdo del pecho, justo encima del corazón.

—Espero que lo mismo que el mío.

Ella tragó saliva. Con fuerza. Y supo que no había vuelta atrás.

—¿Lo tienes? Es decir, ¿tienes un corazón, Theron?

—Creía que no —dijo con esa voz ronca—. Pero ya no estoy tan seguro. —Vaciló, apenas rozando su boca, y movió la mano para acariciarla el brazo—. Bésame, meli. Bésame como hiciste…

No le dejó terminar. Le presionó la boca hasta quedarse mareada. Por reflejo, las manos subieron por su pecho, llegando alrededor del cuello para apartarle el sedoso pelo de la cara. Sus músculos se tensaron y los brazos se trenzaron alrededor de ella mientras la apretaba con fuerza contra él.

Él dejó escapar un gemido. Cambió el ángulo del beso, pasó la lengua a lo largo de la costura de los labios y la instó a dejarlo entrar. Ella se preguntó, por un momento, si estaba cometiendo un error monumental. Entonces gimió cuando él la cambió de posición para un mejor contacto con las caderas y finalmente consintió, abriéndose por instinto a él y tomándolo profundamente. Ella dejó a un lado las mil razones que estaban mal y se centró en lo bien que se sentía ahora. En lo bien que él se sentía.

No sólo en la piel y en el cuerpo. Sino en el alma. Esa conexión que había sentido con él desde el primer momento estalló nuevamente cuando alzó la cabeza y pasó la lengua por la suya. El gruñido de satisfacción resonando en su pecho sólo alimentó la necesidad, y ella deslizó los dedos para ahuecarle la cara mientras le besaba más profundamente y se deleitaba con la forma de su cuerpo endurecido debajo de ella y su lujuria creció exponencialmente con la suya.

Meli —susurró él contra su boca—. Soñaba con tocarte así otra vez.

¿Lo hacía? Oh, Dios. Perdía rápidamente el control y ni siquiera le importó. Su boca rastreó el camino a la oreja, donde su aliento caliente y lascivo contra el cuello le provocó temblores en todo el cuerpo y contracciones en el sexo. Con las manos todavía a ambos lados de su rostro, ella se deleitó con las sensaciones y ladeó la cabeza, dándole tanto acceso al cuello como él quería, amando cada lamido, chupetón y beso que presionaba contra ella.

El tiempo fue olvidado. Las circunstancias que les había traído hasta aquí se convirtieron en algo trivial. Todo en lo que ella podía centrarse era en despojarse de la ropa que separaba sus cuerpos y deslizarse sobre su piel desnuda, hasta que la llenara con su calor.

Sus dedos corrían por el borde de la camisa mientras le besaba el cuello, de arriba a abajo hasta que él pasó rozando la piel desnuda del abdomen y el estómago se le tensó. Ella volvió la cabeza, capturando la boca de nuevo en la suya, y gimió largo y profundo cuando sus dedos le rozaron los pezones cubiertos de seda.

Se movió en su regazo, deslizando la pierna por encima de él hasta que le montó a horcajadas. Una de sus manos seguía acariciándola los senos mientras que la otra se deslizó a las caderas y tiró de ella hacia abajo de modo que estuviera sentada sobre su erección y él se frotara justo donde ella más quería.

Meli —La voz se volvió frenética, su boca posesiva contra la suya. Antes de que ella sintiera sus manos moverse, él partió en dos los vaqueros y sus dedos se deslizaron dentro, bajando hasta los húmedos rizos—. Necesito sentirte cuando te corras.

Ella envolvió los brazos alrededor de su cuello, gimiendo ante sus eróticas palabras. Cerrando los ojos, se levantó justo lo suficiente para darle acceso. Su dedo se deslizó más abajo mientras su boca volvió al cuello, lamiendo y chupando, y luego todo se puso al rojo vivo. Ella tembló violentamente al primer toque. Conforme sus dedos se deslizaban en los pliegues y la electricidad recorrió su centro hasta cada célula del cuerpo.

Él se rió contra la columna de su cuello, desacelerando sus golpes aunque continuó acariciando y atormentándola con el toque más dulce.

—Dioses, como me complaces.

El pecho subía y bajaba mientras ella respiraba con dificultad. Tendría que haber estado avergonzada. Nunca había llegado así al clímax, tan rápido y con tan poca estimulación. Pero este hombre, argonauta o lo que sea, tenía un extraño control sobre ella.

—No suenes tan orgulloso de ti mismo.

Él se rió de nuevo y el sonido ronco la calentó de dentro hacia afuera. Al igual que la curva de sus labios mientras le besaba el cuello y la oreja moviéndose en círculos para tomarle de nuevo la boca.

Su mano se quedó en los pantalones, aflojándola en torno al trasero, acercándola hasta que su excitación fue empujada contra los vaqueros. Él profundizó el beso, y en el silencio entre ellos, ella oyó su fuerte y constante corazón golpeando al mismo ritmo que el suyo.

Sí, él tenía uno. Si él sólo hubiera estado interesado en conseguir lo que quería, no se habría molestado tan a fondo en darle placer. Incluso ahora, después de que ella había tenido su liberación, cuando estaba laxa y saciada, él fácilmente podría girarla de espaldas y conducirse a su interior sin siquiera una protesta de sus labios, y él lo sabía. Pero no lo hizo. En su lugar, continuó besándola despacio y suave, como si quisiera sacar el máximo provecho del momento. Como si ella le importara.

Ella cogió el botón de sus pantalones, sabiendo entonces que le tomaría en su interior tan profundamente como él quería. No porque necesitara saber si era su alma gemela, sino simplemente porque ella lo quería. Porque siempre lo había querido.

—Sí, meli —ronroneó él—. Tócame. Quiero sentir tus manos en mí. De la forma que tú desees.

El pulso se le aceleró. La garganta se le cerró con el deseo. Ella estaba a punto de sumergirse por debajo de su cintura y tomar el asunto en sus propias manos, cuando oyó una vocecita detrás preguntando:

—¿Casey? ¿Dónde estás?

Casey se congeló. Entonces, el sentido común se estrelló contra ella, y como una adolescente culpable, se apartó del regazo de Theron y se arregló la ropa. La cara le ardió por lo que había estado a punto de hacer y de la facilidad con la que se había olvidado que no estaban solos. Gracias a Dios por la oscuridad.

Ruborizada, Casey se puso de pie y se tambaleó, toda la sangre huyendo de la cabeza por el súbito movimiento. Theron la tomó en los brazos por detrás y la estabilizó. El hombre se movía como una sombra silenciosa. Ni siquiera le había oído levantarse.

—Casey —preguntó Marissa de nuevo, esta vez con voz asustada.

—Estoy aquí, cariño. —Extendiendo una mano, Casey cruzó la estancia hacia la voz de Marissa y finalmente encontró a la niña. Atrajo a la cría a su cuerpo en un abrazo—. Está bien. Todo está bien.

Marissa empujó a Minnie contra el torso de Casey.

—¡Mira! Minnie nos encontró.

Casey se puso en cuclillas delante de la chica.

—Lo sé. Theron te la trajo.

—¿Theron está aquí?

Desde el otro lado del recinto, la linterna se encendió. La luz brillante quemó las retinas de Casey durante un minuto, pero cuando la visión se ajustó, vio a Theron de pie en la pared del fondo, viéndose como el oscuro y sexy héroe por el que ella casi había desatado el infierno momentos antes.

Se ruborizó de nuevo y rápidamente volvió a mirar a Marissa. La niña tenía una sabia sonrisa en su rostro mientras les recorría a los dos con la mirada. La pequeña no podía saber lo que había pasado pocos momentos antes, ¿o sí?

—Te dije que regresaría por ti —dijo Marissa, dándole un golpecito en el hombro a Casey—. La vieja dama con el hilo me lo dijo.

Casey frunció el ceño.

—¿La que viste antes?

Marissa asintió con la cabeza.

¿Estaba la niña hablando de Láquesis? ¿El Destino que asignaba el hilo de la vida? Suponiendo que Casey creyera en esos mitos griegos y si Marissa realmente podía ver el futuro, tal vez sabría la respuesta a la candente cuestión de Theron. Tal vez podría decirles ahora mismo, si realmente estaban destinados a estar juntos…

Casey tomó la mano de Marissa en la suya.

—Marissa. Dulzura. ¿Qué más te dijo la dama con el hilo?

Marissa puso los nublados ojos grises en Casey.

—¿Acerca de ti?

Casey negó con la cabeza.

—No. Acerca de nosotros. Theron y yo.

La mirada de Marissa perforó a Casey, y justo cuando Casey estaba a punto agitar la mano delante de la cara de la niña para romper el trance en el que parecía haber caído, las pupilas de Marissa se expandieron hasta que no quedó ningún iris dejando únicamente un enorme agujero negro en un mar de color blanco.

—Me dijo que verás el Tártaro. Y Theron es la razón por la que irás.

CAPÍTULO 20
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