Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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En el vestuario del club, Casey se cambió rápidamente a sus pantalones vaqueros y camiseta blanca. Se deslizó en sus Keds, tiró la patética excusa de uniforme en su mochila y se dirigió a la entrada de servicio a un lado del edificio.

Aventuró un vistazo al interior del club mientras empujaba para abrir la puerta, y vio que Nick la estaba observando.

Sus nervios pegaron un brinco, pero se dijo que no había nada de qué preocuparse mientras cogía sus llaves y cruzaba el aparcamiento hasta su coche. Las noches a mediados de septiembre, en las estribaciones de las Cascadas en el oeste de Oregón, eran templadas, con la suficiente mordida para recordarle que el otoño estaba justo a la vuelta de la esquina. En una o dos semanas necesitaría un suéter cuando llegara aquí después del trabajo.

Después de abrir la puerta de su Taurus, se deslizó tras el volante. Supo sin mirar que Nick estaba parado en la puerta, vigilándola. Efectivamente, una vez que inició el arranque, encendió las luces y miró hacia atrás, él estaba allí.

No pienses en ello.

No lo haría.

Apartó el pensamiento a un lado y se dijo que debería estar agradecida en lugar de volverse loca mientras salía del aparcamiento. La había salvado una vez. Si hubiera tenido intención de hacerle daño, lo habría hecho hace mucho tiempo. Subió el volumen del reproductor mientras rodeaba el edificio, entonces, frenó de golpe cuando vio un grupo de animales comiéndose el armazón de lo que tenía que ser el cuerpo de algún pobre mapache confiado, zorro o ciervo.

Su primer pensamiento fue que eran perros, aunque lo cambió a lobos cuando vio sus orejas más de cerca. Cuando el más cercano a ella levantó la cabeza y se volvió hacia el estruendo de sus luces, su mente quedó en blanco.

Un escalofrío se deslizó por su columna. No era un perro ni un lobo, ni ninguna otra cosa que jamás hubiera visto en su vida. Esta cosa tenía la cara de un león, las orejas de un perro y los cuernos de una cabra. Y, maldita sea, llevaba ropa. Vestido… como un hombre.

Negó con la cabeza, cerró los ojos y los volvió a abrir, segura de que lo que había visto era una invención de su imaginación. Y fue entonces cuando se dio cuenta de lo que los animales o cosas -no sabía cómo llamarlos- estaban alimentándose no era un armazón sino un cuerpo humano.

En ese instante, estuvo de vuelta en ese terreno baldío, el frío y duro suelo presionando su espalda, los dos poderosos hombres desgarrando su ropa mientras gritaba fútilmente y trataba de escapar. Las náuseas se aunaron en su estómago, cuando se vio a sí misma en el suelo, sin nadie que la ayudara.

Antes de que supiera lo que estaba haciendo, puso el coche en punto muerto, abrió la puerta y saltó gritando desde el asiento del conductor, agitando los brazos violentamente en un intento de obligar a los animales a alejarse de la persona.

Cuatro pares de brillantes ojos verdes se volvieron hacia ella mientras corrió hacia ellos. Cuatro bajos gruñidos hicieron eco en sus oídos. No fue hasta que estuvo casi encima de ellos que el sentido común finalmente la golpeó y se dio cuenta de que estaba en mierda profunda.

Patinó hasta detenerse y se congeló.

El más cercano se puso en pie y vio, con vívida claridad, que efectivamente tenía el cuerpo de un hombre. Sólo que era enorme. Fácilmente dos metro diez de altura y cerca de ciento cuarenta kilos, con acarminada sangre chorreando de su cara sobre el pecho. Los otros tres, igual de grandes, se levantaron rápidamente a su espalda y unieron filas detrás de él.

—Vuelve al coche, humana. Esto no es asunto tuyo.

¡Caray!, hablaba.

Inmovilizada en el lugar, todo lo que Casey podía hacer era mirar con los ojos muy abiertos a algo que posiblemente no podía ser real. Bajó la mirada hacia el hombre detrás de ellos, cubierto de sangre, mientras el contenido de su estómago daba bandazos hasta su garganta.

—Oh, Dios. ¿Qué… qué ha pasado aquí?

La criatura que había hablado se detuvo a medio paso hacia ella. Inhaló, largo y profundamente, como tratando de atraerla hacia sus pulmones. Sus ojos se ampliaron, y algo así como un shock, o tal vez reconocimiento -si puede llamarse así- cruzó rápidamente por su cara gatuna antes de que se volviera y hablara con confusas palabras a los tres a su espalda.

Todos ellos la miraron con asombro y luego, en una nube de humo, se desvanecieron sin dejar huella.

Casey le dio a su cabeza una rápida sacudida. Abofeteó la mano contra su frente. Se dijo que lo que acababa de ver no podía ser real. Dios mío, tenía que dejar de comprar las novelas de vampiros de la tienda de su abuela.

Cuando el hombre en el suelo gimió, Casey le echó una aguda mirada. No importaba lo que hubiera pasado, definitivamente había un hombre herido delante de ella.

Con su cabeza todavía dando vueltas, se abalanzó hacia él, se arrodilló y miró su cara. El dios griego. Del club. El que había salido rápidamente con esa rubia en sus brazos como un caballero de brillante armadura. Estaba gravemente herido. Cortado, magullado y ensangrentado en casi todas las partes de su cuerpo. Por un momento, Casey no supo qué hacer. Luego, él trató de moverse, y su cerebro trabajó a toda marcha.

—No, no te levantes. Oh, Dios. Voy a pedir ayuda. Estás… —contuvo la bilis—. ¿Qué te pasó?

—Ninguna… ayuda —graznó él con una voz muy acentuada—. Descansar. Sólo… necesito… descansar.

El hombre estaba delirando. Necesitaba un hospital, un litro de sangre y médicos que supieran qué hacer para ayudarlo. Dios mío, ¿tenía mordiscos en los brazos? Parecía como si su carne hubiera sido roída hasta el hueso.

Trató de mantenerle quieto, pero incluso herido como estaba, era demasiado fuerte para ella. Él se empujó para estar sentado. Su cabeza pendía como si simplemente pudiera caérsele del cuerpo.

—Por favor —dijo con voz áspera—. Simplemente… sácame de aquí antes de que regresen.

Ante esas palabras, Casey levantó la vista y miró alrededor. No había viento, ni grillos gorjeando ni movimiento de coches en la calle. Ninguna otra persona tampoco. La mujer con la que había dejado el club había desaparecido. Sólo había silencio. Un espeluznante y extraño silencio totalmente contrario con los sonidos de una noche normal de Silver Hills, Oregón.

Puesto que él ya estaba poniéndose de pie, le ayudó deslizando un brazo alrededor de su espalda y pasando uno de los suyos sobre el hombro. Por alguna gracia de Dios llegaron a su coche, aunque no estaba enteramente segura de cómo. Cuando se dejó caer en el asiento del pasajero como una tonelada de peso muerto, Meat Loaf bombeó del estéreo, cantando sobre lo que haría por amor. Casey gruñó mientras levantaba las piernas del hombre dentro del coche y cerraba la puerta tras él.

Las náuseas siguieron reuniéndose en su estómago mientras rodeaba el coche hacia el lado del conductor, pero se detuvo en su puerta abierta y, por un momento, pensó en la rubia de nuevo.

Miró por encima del asfalto a la vacía porción de terreno y a los árboles donde empezaba el bosque. ¿Dónde diablos estaba? Casey consideró buscarla, pero el hombre gimió otra vez y el sonido atrapó su atención.

—Por favor —murmuró—. Deprisa. Volverán.

Recordando lo que pensó que había visto, Casey se subió al coche, apagó el estéreo y aseguró la puerta con el cierre automático, por si acaso.

Muy bien, piensa. Le ayudaría, después llamaría a las autoridades para que vinieran y buscaran a la mujer. Imaginando que era tan buen plan como cualquier otro, miró al hombre a su derecha y puso en marcha el coche.

—Te llevo al hospital.

Su mano culebreó tan rápido, que ella apenas la siguió. Se cerró alrededor de su muñeca con una fuerza impresionante para alguien que parecía estar en su lecho de muerte. Su dedo índice apretó contra el punto de su pulso.

—Ningún hospital. Descansar.

La lucha se deslizó de sus palabras y, en su voz pesadamente acentuada, sintió algo… familiar. Los oscuros ojos se centraron en los suyos hasta que todo lo que vio fueron piscinas de obsidiana, negras como la noche. El calor se precipitó a través de sus miembros hasta que cada músculo de su cuerpo se relajó.

—Todo lo que necesito es descansar. Después, prometo que me iré. No te haré daño.

Fue un comentario extraño viniendo de un hombre que ni siquiera podía mantener su cabeza erguida. La cosa más segura a hacer sería ir directamente al hospital o a la policía o simplemente correr de regreso al club, donde sabía que Nick estaba sentado.

Pero no lo hizo. En cambio, asintió con la cabeza lentamente, incapaz de contenerse. Una nebulosidad extraña llenaba su cabeza, de la que trató de librarse, pero no pudo. Cuando puso el coche en marcha, salió del aparcamiento e intentó dar la vuelta hacia el hospital, un hormigueo vibró en la parte baja de su espalda. El coche hizo un giro a la derecha en Old Cornell Road casi como si tuviera una mente propia, dirigiéndose a su casa en el lago.

—Gracias, meli —susurró él mientras le soltaba el brazo y cerraba los ojos—. Esto acabará pronto. Lo prometo.

Nick Blades pateó la puerta del apartamento para cerrarla y tiró las llaves de su Harley en la pequeña mesa en el centro de la vacía sala de estar. Se quitó la chaqueta de cuero y la arrojó sobre las llaves, y luego sacó la silla del escritorio y se sentó, crujiendo el barato vinilo bajo el peso de su cuerpo cuando lo hizo.

Algo no encajaba.

Abrió su portátil, lo único caro en el miserable apartamento que mantenía aquí en Silver Hills, y esperó a que la máquina arrancara. Cuando Windows parpadeó en la pantalla, se mordió el interior de los labios y se pasó la mano por la incipiente barba de su mentón.

Había reconocido a la rubia en la esquina del club en el momento en que había entrado. Era imposible saber cuánto tiempo había estado allí, pero la manera en que había estado mirando a Casey estableció sus instintos en estado de alerta. ¿Qué demonios estaba haciendo una Argolean en ese club, tratando de hacerse pasar por una humana?

Rodó los dedos sobre el teclado y envió un mensaje instantáneo. Esperaba que Orfeo estuviera conectado para que pudiera contestar alguna de esas malditas preguntas.

Efectivamente, el único enlace que tenía en Argolea estaba allí.

Comenzó a escribir.

Niko: Necesito respuestas. ¿Puedes chatear?

Orfeo: ¿Qué tal, hombre? Ha pasado tiempo. ¿Cómo están tratándote esas mujeres humanas?

Nick frunció el ceño mientras sus dedos volaban sobre el teclado.

Niko: Como a un semental. ¿Por qué coño crees que me quedo aquí?

Un emoticón sonriente rodó por la pantalla.

Orfeo: Eres el mayor jodido mentiroso que alguna vez haya conocido. Y estoy celoso como el pecado. ¿Qué necesitas?

Niko: ¿Qué rumores has oído del Consejo?

El cursor parpadeó, y Nick se recostó en su silla, con una mano en el reposabrazos, mientras esperaba a ver si Orfeo contestaba. El tipo era el más tecno-sabio –persona o dios- que Nick hubiera conocido. Él engullía la tecnología humana como un niño en una tienda de caramelos y la transformaba con la que hacía su raza, que era la única razón por la que Nick podía charlar con él de esta manera. Si existiera la posibilidad de que Orfeo pensara que su conversación se viera comprometida, no correría el riesgo de responder.

Orfeo: ¿Por qué lo preguntas?

Niko: Curiosidad.

Orfeo: ¿Sabes lo que los humanos dicen que le pasó al gato curioso?

Niko: Yo ya he estado muerto una vez. ¿Recuerdas? Correré el riesgo.

Orfeo: Muy bien, listillo. Pero yo no te he dicho nada.

Niko: Nunca lo haces.

El tío de Orfeo era uno de los doce miembros del Consejo que aconsejaban al rey. En realidad, el Consejo desafiaba al rey la mayoría de las veces y no era ningún secreto que anhelaba un cambio en el poder. Por eso, Orfeo tenía toda la verdad en todo lo que pasaba en el reino Argolean -lo bueno y lo malo. Y era el único enlace de Nick a algo que había dado la espalda años atrás.

El cursor parpadeó y luego comenzó a moverse.

Orfeo: El rey se muere. Algunos dicen que estará muerto antes de la próxima luna llena.

Niko: El Consejo debe estar muy contento.

Orfeo: No lo están. De hecho, están disgustados como el infierno. Está programado que Isadora se case con el guardián Theron a finales de semana. Se anunció hace pocos días.

Las dos caras que había visto en el club finalmente encajaron. La rubia no era cualquier Argolean común. Era la gynaíka que se convertiría en reina de su raza. Y el colosal Argonauta que había venido a buscarla no era sólo uno de sus guardianes, era su líder. Los lazos de sangre de los Argonautas eran los más fuertes de cualquier Argolean, todo el camino de regreso a los siete héroes originales. Su poder era de largo alcance.

No es de extrañar que el Consejo estuviera alborotado. Isadora era la única heredera viva que el Rey Leónidas había procreado. Y todo el mundo sabía que ella era una criatura débil. Pequeña, frágil y dócil. La gynaíka no era una líder. Pero con Theron como su compañero, el Consejo no se atrevería a desafiarla. Y los herederos que él e Isadora engendraran salvaguardarían la monarquía durante milenios.

No es que a Nick le importara una mierda lo que le pasara a ninguno de ellos. Después de lo que le habían hecho, le importaba poco si toda la raza Argolean implosionaba sobre sí misma.

Pero, ¿por qué había estado la princesa en un club de striptease humano de mala muerte? Y, ¿por qué se había fijado en Casey?

Nick cavilaba sobre esa pregunta cuando volvió a escribir.

Niko: ¿Estaban los Argonautas presentes en el anuncio?

Orfeo: Sí. Los siete. Incluso Demetrius. No parecía emocionado por la noticia.

Nick apretó con fuerza la mandíbula. No, dudaba que Demetrius estuviera encantado de oír que Theron obtendría aún un mayor control.

Orfeo: Los rumores están circulando, sin embargo. Nadie ha visto a Theron desde entonces. O a Isadora, para el caso. Algunos dicen que ya se han fugado para evitar la reacción violenta por parte del Consejo.

Nick sabía a ciencia cierta que no se habían fugado. El Argonauta se había cabreado cuando encontró a Isadora en el club, lo llevaba escrito en toda la cara. Pero eso seguro como el infierno no explicaba por qué la princesa había estado en el XScream en primer lugar.

Niko: Gracias por la info.

Orfeo: ¿Estás pensando en volver?

Niko: ¿Para qué?

Orfeo: No lo sé. Ha pasado tiempo desde que estuviste interesado en algo que sucediera en el reino. Sabes que mi tío Lucian tiene mano con el Consejo. Se encargaría de tu situación. Con tu hermano…

Nick no se molestó en leer el final de la frase de Orfeo. Sus dedos volaron sobre el teclado.

Niko: No es mi hermano. Y no tengo ganas de volver a Argolea, ahora o en el futuro. Por mi seguridad y la seguridad de otros, me gusta permanecer informado, eso es todo.

Orfeo: Lo tomaré entonces como que las cosas al final son pacíficas.

Niko: Tan pacíficas como puedan ser.

No es que Nick pensara confiarle nada a Orfeo. Especialmente nada relacionado con dónde estaba y qué estaba haciendo. Confiaba lo suficiente en Orfeo como para creer que las noticias que le pasaba de Argolean fueran precisas. Pero eso era de lejos todo lo que le pasaba. Nick había aprendido hacía mucho tiempo a no corresponder. Si los Argonautas alguna vez se enteraban de dónde estaba y lo que estaba haciendo, le acorralarían y le matarían sin pensarlo dos veces.

Y esa era una razón más de que la presencia del Argonauta Theron en Silver Hills esta noche fuera un motivo de preocupación aún mayor para Nick. Algo se estaba gestando bajo la superficie. Algo de lo que ni siquiera Orfeo sabía nada.

Nick se desconectó y cerró el portátil. Y mientras estaba sentado en la oscuridad del tranquilo y vacío apartamento cerca del XScream, recordó cómo Isadora había estado mirando a Casey la mayor parte de la noche. Si la gynaíka había estado a la caza de una hembra para satisfacer su apetito, fácilmente habría elegido a una de las otras.

No. Ella había querido a Casey. Lo que significaba que la gynaíka sabía exactamente quién era.

Se levantó rápidamente de su silla, cogió su chaqueta y se la puso. Una creciente sensación de inquietud se precipitó a través de él, una necesidad de ver por sí mismo que Casey estaba realmente sana y salva.

Cogió las llaves y dio un portazo a la puerta a su espalda. Y ni una sola vez pensó en el hecho de que eran cerca de las tres de la madrugada o que Casey estaba probablemente profundamente dormida en su casita del lago.

CAPÍTULO 3
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