Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Casey dejó caer al hombre herido echado sobre su hombro encima de su cama con un gruñido, no del todo segura de cómo lo había llevado desde el coche a su casa sin derrumbarse.

Él se tambaleó sobre el colchón, rodando de espaldas y gimiendo largo y fuerte por el dolor. La sangre fresca de numerosos cortes se filtraba a través de su desgarrada camiseta negra, corriendo por sus macizos antebrazos en riachuelos. Sus negros pantalones vaqueros estaban rasgados en el muslo y la sangre continuaba derramándose por la pierna del pantalón y sobre la bota. Su rostro no estaba mucho mejor, innumerables raspones y arañazos en casi cada parte de él.

Las náuseas se agruparon en el estómago de Casey mientras le daba buen vistazo a sus heridas. Se apretó el dorso de la mano contra la boca para evitar vomitar la cena.

Necesitaba un hospital. Necesitaba una transfusión de sangre y profesionales médicos que supieran qué hacer para ayudarle. Necesitaba…

Meli, ayúdame.

Su mano extendida, recubierta en su propia sangre, la llamó por señas.

Ella se adelantó, casi como si alguien la empujara, y tímidamente deslizó su mano en la de él. Sus ojos permanecían cerrados, pero sus dedos se cerraron alrededor de los suyos con una fuerza impresionante.

Bueno, eso no parecía estar bien. Algo estaba fuera de lugar. Trató de despejar la niebla de su cerebro, que parecía estar colgando como una mortaja.

—D… Dime qué hago para ayudarte —susurró.

—Lavanda.

—¿Qué? —De ninguna manera le habría oído decir…

—Fresca —siseó él en un suspiro—. Lavanda. Crece. Aquí. ¿No?

—Um, sí —dijo mientras su mente daba vueltas.

Él trató de mover su enorme cuerpo hacia arriba en la cama. Soltando su mano, ella le ayudó a levantar las piernas. Él gimió cuando ella tocó la extremidad herida.

—Lo siento —dijo con un sobresalto, y entonces recordó lo que él había pedido—. No entiendo. ¿Por qué necesitas…?

—Debes conseguirla para mí. Macera la lavanda en agua hirviendo —dijo con los dientes apretados, agarrando entre los puños la colcha una vez blanca de sus costados—. Remoja trapos y tráemelos. Date prisa.

Casey miró sus heridas, momentáneamente paralizada por el daño. Su cabeza le daba vueltas. Nada parecía tener sentido. Ni quién era o qué le había pasado o cómo había conseguido traerlo aquí, a su casa. ¿Y ahora quería lavanda? Esta solicitud era más absurda que cualquier otra cosa que él hubiera…

—Ahora —jadeó él con voz firme—. Tienes que traer la lavanda ahora. Antes de que sea demasiado tarde.

Se encontró asintiendo con la cabeza, pero no sabía por qué. Y luego sus piernas se movieron y salieron precipitadamente del cuarto, llenó una olla con agua en la cocina y lo colocó sobre el fogón para hervirla antes de salir corriendo de la casa.

Lavanda. Debo conseguir lavanda para él, porque la necesita.

Fuera, la luna se asomaba sobre un alto pino de Oregón, salpicando sombras sobre la superficie del lago mientras ella se movía y su mente luchaba contra una fuerza invisible que parecía estar espoleándola. En algún lugar de la distancia un búho gritó, un sonido casi fantasmal en medio de la quietud. Las pocas casas anidadas alrededor del lago estaban separadas por bosques y distancia, la más cercana al menos a unos trece kilómetros y esta noche se alegró.

Se detuvo abruptamente al borde de su pequeño jardín y cogió un puñado de lavanda del macizo de flores. De vuelta dentro se fue derecha a trabajar, en espera que la olla hirviera y lanzó las hierbas en su interior para la infusión. Mientras que se calentaba, corrió hacia el armario de ropa blanca del baño y cogió tantos paños y toallas de mano como pudo encontrar, luego los llevó a la cocina. Lanzó los paños en la olla, cogió la pila de toallas de manos y se dirigió a su dormitorio.

A mitad de camino una oleada de náusea se apoderó de ella, y se detuvo en el pasillo, con una mano en la pared, para recuperar el aliento.

Está bien. Estoy bien. Es sólo por ver la sangre. Y el extraño virus con el que estás luchando. Nada más.

Tragó una, dos veces, y esperó hasta que el vértigo pasó, luego continuó hacia adelante.

La vista que la saludó arrancó un jadeo de su boca y trajo ese revoltijo de vuelta a su estómago. Su paciente estaba sentado en la cama, desnudo hasta la cintura, desgarrando sus pantalones en el muslo herido. Su cara estaba arrugada, apretada y los labios comprimidos por el obvio dolor. El pelo negro le caía sobre el rostro. A la luz del pasillo, los cortes, cuchilladas y, -oh, Dios, ¿marcas de garras?- a través de su torso eran mil veces peor de lo que había imaginado.

Se obligó a entrar en la habitación, aunque quiso huir, y encendió la lámpara de noche.

—Yo… oh, Dios.

Él estaba empapado en sudor. Un rugido que destrozó su oído salió de él cuando se desgarró la pernera del pantalón en dos hasta la pretina, cayendo después contra las almohadas.

Casey inmediatamente rodeó la cama, dejó caer el fajo de toallas cerca de sus pies y tomando la de arriba presionó el suave algodón contra el chorro de sangre para frenar el flujo. Tragando saliva, siguió presionando mientras él gruñía bajo en su garganta y se retorcía debajo de ella.

Esto era una locura. Necesitaba un médico. Moriría si la herida no se cerraba y continuaba sangrando por todo el antiguo edredón de encaje blanco de su abuela. De alguna forma, tenía que meterle en su coche y llevarle a la ciudad, donde podría recibir verdadera ayuda. ¿Por qué diablos lo había traído aquí, en primer lugar?

Frenética, miró hacia la puerta, luego otra vez a su pierna. No quería dejarle, pero necesitaba llegar al teléfono.

—Necesita sutura para cerrarse.

Su voz grave trajo de vuelta su cabeza y le miró a la cara, a este enorme hombre oscuro y peligroso que había andado a través del XScream esta noche con la arrogancia de un guerrero, ahora sólo a unos centímetros del umbral de la muerte.

—Yo… yo puedo llamar a alguien. Si sujetas esto, iré…

—¡No! —Él se recostó rápidamente, aunque ella vio el disparo de dolor en su contorsionado rostro cuando lo hizo. La agarró por la muñeca apretadamente. Ese calor se propagó por su cuerpo de nuevo—. Aguja. E hilo. ¿Tienes de eso, verdad?

La niebla volvió. Más espesa. Más densa. Rodeando su cuerpo y bloqueando su visión periférica hasta que todo lo que vio fueron sus ojos negros-como-la-noche. Hasta que todo lo que oyó fueron sus palabras. Hasta que todo lo que sintió fue su dedo acariciando el punto de su pulsación, una y otra vez.

Poco a poco, asintió con la cabeza, como lo había hecho antes, como él deseaba que hiciera.

Con su mano libre él se presionó la toalla sobre su muslo herido, y luego apretó los dientes.

—Consíguelos y vuelve.

Ella vaciló. Le miró fijamente. Y tuvo la extraña sensación que lo había conocido antes. En algún lugar. O quizás no a él. Pero definitivamente alguien como él.

Loca. Él era un extraño. Alguien que obviamente se había metido en su cabeza esta noche. Podría ser un criminal. Un mercenario. Un loco. Pero mientras los pensamientos parpadeaban por su mente, los rechazó. En este momento, no era más que un hombre que necesitaba su ayuda.

Con el corazón martilleándole, Casey se volvió y salió de la habitación, y cuando regresó con su costurero, vio que él no la estaba sujetando tan unida ahora. Su respiración era dificultosa. El sudor goteaba por su frente. Su piel estaba pálida, sus ojos nublados. Sospechaba que estaba luchando con todo lo que le quedaba para evitar desmayarse.

Sus manos temblaban mientras cavaba entre el costurero y encontraba una aguja y se calmó cuando otro pensamiento la golpeó.

—Algodón. El hilo es de algodón. Eso no es bueno, ¿verdad? Quiero decir, los hospitales usan algo estéril. Necesito…

—Algodón está bien —raspó él—. Será absorbido por la piel en cuestión de horas.

Quiso preguntarle cómo era eso posible, pero él levantó los nublados ojos de ónice a los suyos antes de que pudiera y ella recibió ese difuso sentimiento en la cabeza otra vez, como si alguien más estuviera controlándola desde el exterior hacia dentro.

—Puedo perder el conocimiento. Trataré de permanecer despierto, pero no estoy seguro si podré… aguantar. Después que sutures la herida, trae las toallas de lavanda —cerró los ojos apretándolos y dejó escapar un aliento—. Trae las toallas, escúrrelas y extiéndelas sobre mis heridas.

—Pero, ¿cómo…?

—La lavanda tiene propiedades curativas. Confía en mí. Adelante. ¿De acuerdo, meli?

Sus ojos se trabaron en los de ella. Y algo pasó entre ellos en ese momento. Una conexión que no podría explicar. Una familiaridad que la tocó en algún lugar profundo de su interior. Mientras su corazón se aceleraba al máximo, todo lo que Casey pudo hacer fue asentir.

Él respondió asintiendo con la cabeza, luego levantó la mano de su pierna dañada y se dejó caer sobre el colchón con un gemido.

El estómago de Casey empezó a enloquecer como un pez fuera del agua mientras empezaba la tarea. Después de limpiar la aguja, trató de no pensar en lo que estaba haciendo o la forma en la que la sangre corría por sus manos mientras trabajaba. Hizo puntadas metódicas y recordó las palabras de su maestra de labores de la escuela secundaria: Puntos pequeños, parejos, Casey. No te apresures.

Oh, Señor, si la Sra. Stevens pudiera verla ahora.

Trató de mantener la concentración para evitar que sus manos temblaran. En algún momento se dio cuenta de que el hombre en su cama había dejado de gemir y que sus músculos se habían vuelto laxos. Levantó la vista sólo para descubrir que él se había desmayado en algún momento después de que hubiera empezado, aunque no sabía cuándo. El temor de que le hubiera matado casi la paralizó. Extendió la mano rápidamente con los dedos ensangrentados y le tomó el pulso. Débil pero constante. Exhaló un suspiro de alivio, luego, se obligó a centrarse y continuar cosiendo. Sólo cuando tuvo la herida completamente cerrada y estaba cortando el extremo del hilo se dio cuenta que el flujo de sangre se había reducido considerablemente.

Al menos eso era una buena cosa.

Había usado todas las toallas que había traído para limpiar la sangre mientras trabajaba, y había otros cortes en los brazos y el torso que necesitaban atención. Una rápida mirada hacia abajo y se dio cuenta que su camiseta estaba arruinada, empapada vívidamente por parte de su sangre. Al no ver razón para salvarla, levantó el algodón sobre su cabeza y la apiñó contra una herida de mal aspecto por debajo de las costillas. Él gimió, trató de moverse ligeramente, y ahí es cuando la respiración que Casey no se había dado cuenta que había estado aguantando salió en una ráfaga.

Definitivamente no estaba muerto. Estaba durmiendo.

Probablemente mejor. No sabía cómo había podido soportar ese dolor sin anestesia. Ella ya se habría muerto.

Era reacia a suturar cualquier otra herida, si bien pensó que lo podría necesitar. Él sólo había estado preocupado por una, y era un hombre que había tenido, obviamente, una parte considerable de peleas antes. Ella se dio cuenta entonces, al mirar su pecho desnudo y el abdomen tonificado, de la gran cantidad de cicatrices que cruzaban su piel.

Y los extraños tatuajes en sus antebrazos que llegaban hasta los dedos. Los cuales, estaba casi segura que había visto antes.

¿Quién era este tipo? Y ¿qué le había sucedido realmente esta noche?

Meli —dijo con voz grave, volviendo la cabeza hacia ella.

Usó la arruinada camiseta de su mano para limpiarle la sangre de la cara tan suavemente como pudo mientras se inclinaba sobre él. Y de la nada, una ola de ternura que no pudo contener batió a través suyo al mirar hacia este grande, fuerte y corpulento hombre, que estaba tan vulnerable ante ella ahora mismo.

La emoción estaba completamente fuera de lugar. Ella no le conocía. No tenía el menor vínculo con él. Y, sin embargo, no le pudo volver la espalda ni siquiera aunque lo hubiera intentado.

Tal vez fuera porque había visto a su abuela morir pocos meses antes. Entonces, había sido incapaz de ayudar. Ahora no lo era. Mientras estudiaba sus cincelados rasgos, corrió la punta de sus dedos sobre las sedosas cejas, sintiendo ese destello de familiaridad una vez más.

Aunque, tal vez fuera algo más.

—Shh —dijo ella suavemente, sacudiéndose el extraño pensamiento—. Ya pasó.

Él levantó una mano, como a cámara lenta, y deslizó los dedos sobre la piel desnuda de su brazo. Un estremecimiento le recorrió la columna, y la electricidad corrió por su piel.

—Toallas —dijo él con voz débil—. Lavanda.

—Las traeré —susurró—. Quédate quieto y respira.

Su mano cayó sobre el colchón cuando ella se volvió y salió de la habitación. En la cocina, usó pinzas para levantar los paños remojados en el agua humeante, los trasladó a un colador y exprimió tanta humedad como pudo. Mientras se enfriaban en el fregadero, echó la infusión en una taza y rebuscó entre las alacenas hasta que encontró una caja de pajitas articuladas que había comprado para su abuela, cuando había estado demasiado débil para levantar un vaso. Puso todo lo que necesitaba en una bandeja y se la llevó al dormitorio.

Le puso un trapo húmedo sobre cada una de sus heridas. Él se sobresaltó cuando las toallas tocaron su piel blanda, y luego lanzó un suspiro que sólo podría describirse como de alivio cuando cada una de sus heridas estuvo cubierta. Asombroso. Siempre había amado el aroma de la lavanda, pero ¿quién sabía que pudiera ser tan calmante?

Le levantó la cabeza con una mano y le dio un sorbo de la infusión, luego colocó el vaso sobre la mesilla mientras la relajante fragancia inundaba la habitación. Recorriendo su cuerpo con la mirada, se percató de que los pantalones embebidos en sangre necesitaban ser desprendidos, así que se dispuso a cortarlos de sus piernas tan cuidadosamente como pudo.

No fue fácil. Y después de diez minutos con las tijeras sin hacer ningún progreso, fue al garaje y regresó con un alicate. El tejido –no era como nada que hubiera visto antes- un tipo de mezcla entre cuero, vinilo superfuerte y… Kevlar. Pero eso no tenía sentido, ¿verdad? Lo miró más de cerca mientras despegaba la prenda de su cuerpo. Era gruesa. Tan fuerte como el acero. ¿Y la había rasgado con sus manos desnudas? En un examen más detallado descubrió que el interior alojaba inusuales fundas para las herramientas -¿armas?- en los extraños bolsillos que nunca había visto en ningún par de pantalones antes.

Bueno, eso era raro.

Estaba a punto de abrir la primera de las muchas fundas para ver lo que había dentro cuando volvió la mirada a su paciente y se percató… que no llevaba ropa interior.

Un rubor calentó su piel cuando sus ojos tomaron una vista de él allí, extendido desnudo delante de ella en la cama. Incluso golpeado como el infierno, ensangrentado y amoratado, era impresionante. Acerados músculos en sus hombros, brazos y pectorales, tensos abdominales y delgadas caderas, y más abajo…

Ese rubor se volvió una quemadura al rojo vivo que sintió por todas partes.

Oh, sí. No vayas allí.

Se volvió, llamándose a sí misma diez clases de idiota mientras ponía sus cosas en una silla cercana y se trasladaba al armario, donde cogió una manta del estante superior. El edredón bajo él estaba empapado con su sangre, pero no quiso moverle todavía. Con suavidad, y sin mirar a sus caderas otra vez, puso la colcha de su abuela sobre su maltratado cuerpo y se lo plegó hasta el cuello para protegerle del frío. Después le pasó el dorso de la mano contra su frente, para comprobar la temperatura.

Mantente profesional. Estas siendo simplemente una Buena Samaritana. Pero, oh, infiernos. Tenía un abrumador deseo de ser todo lo contrario.

Él gimió ladeando la cabeza con los ojos todavía cerrados. Ridículamente espesas y oscuras pestañas por las que cualquier mujer moriría abanicaban sobre la suave piel bajo sus ojos. No se sentía caliente, así que creyó que esa era una buena señal.

Sólo respira —susurró—. Y ahora duerme —alargó la mano para apagar la lámpara de la mesilla y se obligó a apartarse—. Vendré a ver cómo estás dentro de un rato.

—Gracias, meli —susurró él mientras salía de la habitación.

Vaciló en la puerta, sorprendida por el hecho de que él hubiera usado el mismo término cariñoso que su abuela siempre había utilizado. Su acento era definitivamente europeo, pero ninguno que hubiera oído antes. ¿Europa del Este tal vez? Pero incluso eso no encajaba. Su abuela había nacido a las afueras de Atenas, y luego emigró a los Estados Unidos cuando era apenas una niña. Y aunque las raíces de Casey eran griegas por parte de su madre, sabía con certeza que la cariñosa meli no lo era.

Extraño, se dijo, pero no más importante. En el gran esquema de las cosas, lo que este hombre la llamara era trivial a lo sumo. Asegurarse de que no muriera en su guardia era lo único que importaba.

CAPÍTULO 4

—¿
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