Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Estás seguro de eso?

Atalanta se asomó a través del río Styx en el vientre del Inframundo y apretó los dientes ante lo que acababa de enterarse.

—Sí, mi reina —dijo su daemon supremo—. No hay error. Su esencia era fuerte.

Ella se volvió para mirar hacia Deimus, la criatura que consideraba su daemon número uno, y entornó sus ojos. Sus túnicas rojo sangre se derramaban sobre su desnudo hombro, con los dobladillos reunidos en el ennegrecido suelo que pisaba.

—Él fue sabio protegiéndola de nosotros.

—Sí, mi reina. Sabio, pero no perspicaz. Pensar que no la encontrarían fue un descuido por parte del rey.

—Hm —fue todo lo que ella dijo—. ¿Y sobre la princesa?

Un gruñido bajo retumbó desde el pecho de Deimus.

—El Argonauta Theron la envió de vuelta a Argolea antes de que pudiéramos capturarla.

—Ya veo.

Supo, por supuesto, que enviando Theron a la princesa de regreso a su casa, habría drenado los poderes del Argonauta. Así como supo que él todavía vivía, debido a la ineptitud de sus daemons. Levantó una ceja desafiante.

—¿Y está muerto?

—No, mi reina. La mujer humana intercedió. Ella… Cuando la reconocimos, vinimos directamente a comunicarlo para vuestra guía.

—Ya veo —dijo de nuevo, con una calma perfecta. Enlazó las manos detrás de su espalda y miró fijamente a Deimus, tres escalones abajo en el suelo ennegrecido. Era alto, incluso siendo uno de los héroes originales, como también lo era ella. Y él no tenía ni la décima parte de los poderes que ella tenía—. Infórmame sobre la princesa.

Él exhaló lo que sonó como un suspiro de alivio.

—Es frágil, mi reina. Para ella, es una cuestión de tiempo. Ésta otra, sin embargo… —vaciló—. Podría fortalecer su causa si no se la frena.

—Y sin embargo dijiste que no es más que una humana.

Deimus asintió con la cabeza.

—Humana y débil, mi reina. Como todos los humanos.

Deimus no conocía la profecía, aunque Atalanta sí. El temperamento que cuidadosamente había apisonado retumbó profundamente en su alma.

—¡Entonces explícame por qué todavía vive!

Él inclinó la cabeza sumisamente. La vacilación confirmó lo que ella sospechaba.

Débil.

El disgusto la atravesó. Volcó su completa furia contra él.

—¿No sangro por lo que he creado? ¿Acaso no me he sacrificado a mí misma por lo que he construido? —levantó sus brazos y miró al remolineante cielo, ahora de color rojo y resplandeciendo de la rabia que se vertía de su cuerpo—. ¿No renuncié a todo lo que estaba a mi alcance por la inmortalidad, para guiarte a ti y a tu banda de canallas?

En dos sencillos pasos estuvo en terreno llano. La cabeza de él se elevó ante su rápido movimiento. Ella observó sus sorprendidos ojos mientras hábilmente sacaba la espada de la cadera de su guardia y, sin apartar la mirada, lanzó su brazo lateralmente. La hoja cortó la yugular del daemon a la izquierda de Deimus, enviándolo de rodillas en un jadeante borbotón de sangre.

Él no hizo nada para ayudar a su hermano en la batalla. Los horrorizados ojos de Deimus rápidamente se desviaron del daemon, que momentos antes había estado con él en el aparcamiento humano, de vuelta a Atalanta. Él dejó caer su cabeza más abajo.

—Sí, mi reina.

La repugnancia de Atalanta crecía a medida que empujaba la ensangrentada espada al suelo y pateaba el retorcido daemon en su espalda. Inútil. Todos ellos. ¿Tenía que estar siempre rodeada de imbéciles?

—¡Una mujer humana no será la caída de lo que estoy a punto de dominar! —Gritó—. No he pasado los últimos tres mil años en las entrañas del infierno para fallar ahora. Argolea es mía. Ocuparé el lugar que me pertenece en el trono y gobernaré lo que debió haber sido mío hace eónes. Ni el rey de buen corazón, ni la princesa infeliz, ni el más poderoso de los Argonautas podrán impedir que alcance lo que es mío. Y saborearé el día en que sean desterrados de mi reino para siempre. Ella no es más que una humana, como tan elocuentemente señalaste, Deimus. Encuéntrala. Mátala. Y tráeme su cabeza.

Verdes y gatunos ojos se elevaron hacia los de ella. Y ardiendo en ellos había verdadero miedo.

—Pero ella es…

—¿Te atreves a cuestionar mi autoridad? —Bramó—. Yo soy la diosa. Tú no eres más que un siervo en mi reino. Mi dominio sobre los daemons lo abarca todo y las elecciones que hago referente a esta regla son sólo mías. Ningún dios, incluyendo a Zeus, puede hablar contra mi autoridad. No te equivoques, Deimus, si no puedes hacer el trabajo que ordeno, te entregaré a Hades yo misma. ¿Crees que esto es malo? —Hizo un gesto al laxo daemon a sus pies y lentamente sacudió la cabeza—. Tu tiempo en mi reino se sentirá como el cielo en comparación con lo que le espera a él.

Deimus bajó la cabeza una vez más, y aunque la línea tensa de sus hombros se mantuvo desafiante, su consentimiento fue palpable.

—Sí, mi reina.

Esperó hasta que Deimus y sus tontos guerreros incompetentes arrastraron al mutilado daemon fuera de su templo de piedra, luego volvió su atención hacia el Río Estigia. Tomó un tranquilizante aliento para calmarse mientras subía los escalones de nuevo y miraba hacia el agua.

Oh, cómo les odiaba a todos. Todos y cada uno de los Argolean. Especialmente a los Argonautas. Había habido un tiempo…

Pasó la mano por sus labios y recordó. Sí, había habido un tiempo cuando ella sólo había deseado unírseles. Pero ese tiempo había terminado. Su dominio se acercaba a su fin. Los Argonautas eran meramente mortales con vidas más largas que el promedio. Podían ser asesinados. Serían asesinados. Ella viviría hasta el día que los Argonautas –hasta el último de ellos- fuera borrado de la faz de la Tierra y los Argoleans a los que protegían fueran suyos para tomarlos.

Contaba con el Inframundo. Su momento había llegado.

Tomó otra profunda y calmante respiración. La profecía nunca se cumpliría. La había impedido antes. Lo haría de nuevo costara lo que costase.

Una sonrisa se abrió camino en su rostro mientras el conocimiento la relajaba más. Y el hielo, tan frío e invernal como los vientos que soplaban a través del Ártico en el mundo humano, se solidificó en el espacio que una vez había ocupado su corazón.

Casey estaba a medio camino de la sala de estar, donde pensaba acostarse en el sofá y conseguir al menos treinta minutos de sueño antes de ir a comprobar otra vez al misterioso hombre en su cama, cuando oyó que llamaban a la puerta principal.

Se congeló, miró el reloj en la pared —3:14— después a la puerta. Y por un momento tuvo un destello paralizador de enfurecidos animales salvajes en la parte de atrás del XScream.

Lo cual estaba fuera de las gráficas dementes porque esas cosas simplemente no existían.

El golpe puso su corazón golpeando a mil. Su inyección de adrenalina por las nubes.

¡Oh, Dios! ¿Y si eran…?

—¿Casey? —Una amortiguada voz llamó desde detrás de la puerta—. Sé que estás ahí. La luz todavía está encendida.

Nick.

El pánico pasó del desconcierto a la aprehensión. ¿Qué estaba haciendo Nick Blades en su casa a las tres de la mañana?

—¿Nick?

Ella dio dos pasos hacia la puerta.

—Abre la puerta, Casey —dijo con una voz más fuerte.

Su mano gravitó sobre la manija de la puerta cuando miró hacia abajo, a sus pies, y de repente se dio cuenta de que no llevaba nada más que las arruinadas Keds, vaqueros manchados de sangre y su sostén.

—Um. Espera un momento. Tengo que… no estoy decente. Sólo… espera.

Salió corriendo hacia el baño y agarró su blanca túnica de felpa, sólo para darse cuenta que sus manos estaban cubiertas de sangre seca. Mierda. No tenía tiempo para lavarse. La anterior advertencia de Nick pasó con rapidez por su mente, y supo a ciencia cierta que no podía dejar que supiera nada sobre el hombre herido en su cama.

Tiró de la túnica por encima de su sujetador y la apretó con fuerza, abarquillando el cuello hacia arriba para esconder así la sangre que pudiera haber salpicado el pecho. Luego desenrolló las mangas tanto como pudo hasta que colgaron sobre la punta de sus dedos. Confiando que sus manos ahora estaban ocultas, se miró en el espejo del baño y se tragó un grito de asombro por lo que vio.

Su cabello se mantenía en extraños ángulos y oscuros círculos se habían formado bajo sus ojos, así que decidió, que se joda. Lo que fuera que Nick quisiera, que se lo dijera rápidamente para continuar con su camino.

Tomando una profunda respiración que esperaba calmara sus nervios, se dirigió a la puerta principal y en el último segundo se acordó de sus zapatos.

—Maldita sea —murmuró en voz baja mientras con las punta del pie se sacaba las ensangrentadas Keds pateándolas detrás de la puerta.

Luego empujó la pesada muerta abriendo una rendija y miró con atención a través de la oscuridad hacia donde Nick estaba de pie sobre su porche delantero.

Y esta vez se quedó sin aliento. Enmarcado por la más absoluta oscuridad, su rostro lleno de cicatrices resaltado sólo por la luz proveniente de la cocina detrás de ella, resultaba enorme. Como un camión Mack llamando a la puerta. Se alzaba imponente sobre ella, un tipo oscuro y motorista peligroso de cojones, como Dana le había etiquetado, con ojos entornados estudiándola como si esperara que ella hiciera algo completamente impredecible, como atacarle.

Esa noche hace tres meses brilló en su mente sin previo aviso. Y como hacía cada vez que el recuerdo la golpeaba, su estómago se revolvió de nuevo. Había dejado el club a las dos de la madrugada para dirigirse a su casa. A mitad de camino a su coche, los dos tipos borrachos que habían intentado varias veces meterle mano en el interior salieron en su camino y no muy amablemente le ofrecieron un viaje a casa. Ella les dijo que no, pero ellos tenían otros planes. Tres minutos más tarde ella estaba de espaldas en el sucio suelo del adyacente terreno vacío, a no más de un centenar de metros del club donde servía bebidas noche tras noche. Supo que iban a violarla, posiblemente matarla, igual que supo que no podría hacer nada para impedirlo.

Y entonces, como salido de un sueño -o una pesadilla- Nick se materializó detrás de ellos. Una imponente e intimidadora amenaza desde lo alto. Incluso ahora podía oír los gritos. Oler la sangre. Evocaba los horrendos sonidos que algunas veces la despertaban por la noche. Se había cubierto los oídos y rodado por la suciedad para escapar del horror. Cuando, por suerte, se desmayó.

Se había despertado en el hospital a la mañana siguiente. Dana estaba allí, sosteniendo su mano. Su amiga le dijo que una de las bailarinas la había encontrado en el aparcamiento unos momentos después de que hubiera dejado el club, que había resbalado en una mancha de aceite en el pavimento y se golpeó la cabeza. Pero Casey sabía que eso no era cierto. Todavía no estaba segura qué era exactamente lo que les había sucedido a los dos perdedores, pero nunca les volvió a ver otra vez. Nick, por otra parte, no se había perdido una noche en el club desde entonces.

Este es Nick, se recordó. Te salvó una vez. No está aquí para asesinarte en tu sueño.

—Um, hola, Nick —dijo en lo que supo era una insegura voz—. Es un poco tarde. ¿Qué puedo hacer por ti?

Son las tres de la mañana, advirtió su mente. ¿Qué diablos crees que quiere que hagas por él?

¡Ya basta!

—¿Todo bien? —Preguntó él, inclinando la cabeza hacia un lado, casi como si la hubiera oído discutiendo consigo misma.

Asintió con la cabeza demasiado rápidamente. Mantenía una mano sujetando unidas las solapas de su túnica, la otra firmemente en la puerta.

—Sí. Estaba a punto de irme a la cama. ¿Pasa… algo malo?

Sus ojos se entornaron en delgados cortes. Él ojeó el exterior de su casa. Miró sobre su cabeza a través de la pequeña abertura en la puerta y dentro de su sala de estar.

Casey se puso tensa.

—¿Nick?

Su mirada regresó corriendo hacia ella. Rodó desde la cabeza a los pies. No un barrido húmedo, como había visto a algunos hombres hacer en el club, sino más un examen. Como si satisficiera una curiosidad.

—¿Cocinando algo? —Preguntó él de pronto.

—Oh. Um —¿podía oler la lavanda? Tomó una bocanada profunda sin darse cuenta—. Sólo té. Siempre lo tomo antes de irme a la cama —mintió—. Esto… uh, ¿necesitas algo?

Su mirada se posó de nuevo en ella, aunque no podía leer su pétrea expresión. No tenía ni idea de lo que estaba pensando.

—Hubo una conmoción en el club después que te fueras —dijo él al final—. Los estudiantes universitarios sobre los que derramaste cerveza. Preguntaron por ti, donde vivías y cosas personales. Esa bailarina, con la que no te llevas bien…

—¿Paula?

—Sí. Paula. Estuvo hablando con ellos. Pensé que tal vez les dio tu dirección. Así que decidí subir aquí de camino a mi casa y comprobar cómo estabas, sólo para estar seguro.

—Oh —la confusión por su repentina aparición se volvió gratitud, aunque algo en el fondo de su mente gritó: ¿No crees que es extraño que se sienta tan protector de ti?—. Gracias —dijo empujando a un lado ese pensamiento—. Estoy bien —intentó una sonrisa que esperaba alcanzara los ojos y no mostrara nada de con qué había tratado esta noche—. Sólo cansada. Sana y segura. Así que no hay razón para preocuparse por mí.

Él no parecía convencido. Su mirada la recorrió de nuevo, pero asintió con la cabeza, como si supiera que no debía insistir sobre el tema.

—Está bien —dijo, retrocediendo de su porche y bajando los dos escalones hasta que estuvo en el suelo, pero aún más alto que ella—. Te dejaré que vuelvas a la cama. Duerme bien, Casey.

Él estaba a medio camino en la parte delantera antes de que el sentido común finalmente la pateara.

—¿Nick?

Él se volvió lentamente.

—¿Sí?

—¿Cómo me has encontrado?

—Dana.

Su ceño se frunció.

—Oh. Pero…

—Buenas noches, Casey.

Su boca se cerró rápidamente. En el momento en que a ella se le ocurrió preguntar cómo había obtenido la información de Dana, ya estaba sobre su Harley, acelerando al máximo el motor. Segundos más tarde se había ido, y todo lo que quedó fue el sonido de su moto lloriqueando a través de los árboles a lo lejos.

Casey cerró la puerta con un chasquido, puso el pasador al cerrojo y giró la cerradura. Todavía recuperándose por la extraña visita de Nick, cruzó toda la casa hasta el cuarto de baño del vestíbulo.

Su mente era un torbellino de actividad mientras poco a poco pelaba la ropa de su cuerpo, para meterse dentro de la ducha y encender el agua caliente. Quince minutos más tarde, con la sangre del hombre misterioso limpia de su piel y sus nervios un poco más estables, se envolvió alrededor una toalla y fue a buscar ropa limpia.

Su paciente seguía profundamente dormido en su cama, en la misma posición que ella le había dejado, tendido de espaldas, con la cabeza inclinada ligeramente hacia un lado y su cabello oscuro desplegado sobre su almohada. ¿Por qué no le había llevado al hospital antes? Tentativamente, caminó hasta el borde de la cama y le tocó la frente de nuevo. Encontrando que aún estaba fresca, levantó la toalla que cubría su pierna herida y tomó un brusco aliento.

Ya se estaba curando. Una costra se había formado sobre la herida como si ya se hubiera curado durante dos días. Incapaz de creer lo que estaba viendo, levantó otra toalla del pecho para ver que la cuchillada sobre sus costillas estaba cicatrizando de la misma manera. Otra en su brazo. Una en el pecho. Y mirando de cerca su rostro, se dio cuenta que la inflamación cerca del ojo había disminuido y que sus raspaduras no eran tan frescas como lo habían sido hacía tan sólo una hora.

—¿Quién eres? —Susurró en voz alta.

Él no respondió. Sabía que no lo haría. Fuera quien fuese, sin embargo, era un milagro médico.

De repente, más exhausta de lo que había estado antes y demasiado cansada para encontrar respuestas a sus propias preguntas, Casey recolocó las toallas y la manta y se dirigió hacia el sofá. Dejó la puerta de la habitación abierta para poderle oír si la necesitaba durante la noche, aunque algo en su instinto le dijo que no lo haría.

Suspiró mientras yacía sobre los gastados cojines, tiró de la manta sobre ella y miró hacia el techo. Mil preguntas corrían por su mente mientras sus ojos se cerraban y el sueño se arrastraba sobre ella, aunque lo único en lo que pudo centrar su atención fueron sus palabras.

Gracias, meli.

Esa voz ronca se filtró en sus pensamientos, girando y girando en espiral, hasta que fue lo único que podía oír. Y entonces ya no escuchó nada más. Estaba soñando. En plantaciones de algodón, cañones y soldados con casacas grises, yendo a la carga. Armas disparando a través de un valle. El choque de armas contra armas. Penetrantes lamentos de agonía y gritos de infarto de victoria.

Y al margen, el hombre de su cama vestido todo de negro, de pie en las sombras de los árboles, observando la batalla con aguda mirada. Junto a él, otro hombre, este más viejo, con una estructura facial similar y el mismo cuerpo fuerte y de anchos y amplios hombros.

—Todo esto será tuyo —dijo el hombre mayor con un barrido de sus manos—. Todo eso. Tuyo para proteger. Tu derecho de nacimiento. No me decepciones.

Antes de que Casey pudiera oír la respuesta de su dios griego, el mundo se volvió negro.

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