Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




descargar 1.31 Mb.
títuloUando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última
página5/23
fecha de publicación26.02.2016
tamaño1.31 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Derecho > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   23
Theron estaba acuñado en el lugar más caliente, más apretado y más resbaladizo en Argolea. Y estaba disfrutando de cada momento.

Levantó sus caderas. Combado para llegar más alto dentro de la gynaíka montada a horcajadas en su regazo y respirando pesadamente contra su cuello. Ella se apretó en torno a su longitud hasta que estuvo seguro de que explotaría. En un gemido, ella se movió para aliviar la presión. Él gimió por la frustración, alzándose dentro de su ardiente humedad mientras ella empezó a montarlo y, en recompensa, el clímax que había estado buscando llegó gritando de regreso, tensando sus pelotas a niveles casi dolorosos.

Donde falló su clímax. Burlándose de él. Ridiculizándole. Justo fuera de su alcance.

Con una maldición él la rodó sobre su espalda. Empujó profundamente, mientras el sudor se deslizaba por su sien y descendía por su rostro. Sus uñas marcaron la base de su columna mientras él bombeaba duro una y otra vez. Ella golpeó su oscura cabeza contra la almohada y gritó su liberación. Pero él no pudo llegar con ella. No importa lo que hiciera, no podría acabar. Frustrado, siguió dando golpe tras golpe en ella. Buscando. Deseando. Pero nada funcionó.

A punto de gritar por la agonía, se dejó caer sobre su espalda de nuevo. El sonido de un portazo en algún lugar de la distancia hizo que sus ojos se abrieran de inmediato.

Su pesada respiración era el único sonido en el oscuro cuarto. El ruido de pasos hizo eco en algún lugar cercano. Lentamente, se empujó por los codos y se dio cuenta de que estaba en la cama. Desnudo. Solo.

Skata, había estado soñando. Soñando con follar alguna sexy y sin rostro gynaíka. Y a juzgar por el estado del asunto entre las piernas, no sólo había estado soñando, había estado jodiendo en el colchón inútilmente.

Extraños recuerdos se filtraron a través de su confusa mente mientras se relajaba retrocediendo. Una belleza de pelo oscuro salvándole de un grupo de daemons. La misma misteriosa gynaíka atendiendo sus heridas. Una voz suave. Amables y violetas ojos. Ella, inclinada sobre él, llevando nada más que un sujetador de encaje blanco que en ese momento no parecía importante, pero que ahora había hecho endurecer su polla en una barra de acero.

¿Quién era la gynaíka que lo había dejado en tal arrebato de desesperación sexual que no podía recordar la experiencia? Definitivamente no era su futura esposa. Isadora precisamente no le excitaba. Estaba débil, supo que había estado en algún tipo de pelea y que el sexo debería ser lo último en su mente, pero no era así. Ahora mismo, todo lo que podía pensar era en su sueño de la gynaíka y dónde infiernos estaba cuando más la necesitaba.

Se sacó a patadas el caliente cobertor con su pierna sana, cerró los ojos y vio su cuerpo. Esbelta cintura. Pequeños, firmes y regordetes pechos que se adaptaban a sus manos a la perfección. Deliciosos labios en los que un ándras podría hundirse.

Un escozor se dirigió a su estómago cuando se imaginó esos bellos labios envueltos alrededor de la punta de su erección. La tortuosa visión erótica le arrancó un gemido de su pecho. Se arrojó su brazo sobre los ojos y casi se corrió allí mismo sin ningún tipo de estimulación física.

Toc, toc, toc.

Sus ojos se abrieron de golpe cuando se dio cuenta que no estaba solo, después de todo.

—He oído movimiento dentro —dijo una sensual voz femenina desde el otro lado de la puerta—. ¿Puedo entrar?

Santa skata. Por Hades, ¿qué fue eso?

Él gateó por la colcha y se la deslizó sobre su muy excitado cuerpo. Y cuando la bruma sexual se aclaró de su mente y su visión nocturna se agudizó, se dio cuenta de que ésta no era su cama.

No, ni su cama, ni su casa y esa definitivamente no era una voz que reconociera.

—¿Estás bien ahí dentro? —Esa voz ahora se mantenía al borde del pánico.

El pomo de la puerta se sacudió y giró.

Los nervios de Theron le patearon internamente mientras se empujaba contra el cabecero. Apretó los dientes por la punzada de dolor en su pierna y miró a su alrededor. No podía ver su ropa. O sus armas.

Doble skata.

Contuvo el aliento cuando la puerta se abrió. Luego exhaló un ahogado gemido cuando una alta belleza, de pelo oscuro con ojos como un amanecer violeta entró en la habitación.

Vestía vaqueros desteñidos y un jersey blanco con cuello en V. El oscuro cabello ondulado caía sobre los hombros. Tenía la nariz recta, la barbilla ligeramente puntiaguda y sus pómulos bien definidos, cuando atraparon la poca luz que entraba por las ventanas. Pero nada de eso fue lo que le hizo tragarse un resurgimiento de una explosión de lujuria.

No, tenía a la vista esos regordetes y deliciosos labios rosados enmarcando una boca sensual, curvada en una nerviosa sonrisa. Una sonrisa que reconoció. Con sólo mirarla sintió a su polla pedir a gritos la liberación otra vez.

La gynaíka de su sueño.

Todo volvió atrás rápidamente. Fue ella quien le había rescatado en el aparcamiento detrás de ese club. La misma que le había traído a su casa, atendido sus heridas, metido en su cama y susurrado palabras tranquilizadoras al oído.

Sólo respira.

Su piel se volvió ardiente por el recuerdo de su sexy voz. Era ella con la que había fantaseado sólo unos momentos antes. La misma en la que desesperadamente quería meterse dentro en este momento.

Sólo que no era Argolean. No, esta belleza era una humana bellísima.

Humana.

Simplemente la palabra girando en su cerebro atenuó su excitación e hizo estallar un zumbido en el pecho que le puso en guardia.

Ella dio un paso hasta el borde de la cama y se detuvo. Fue entonces cuando se dio cuenta de la bolsa de plástico en la mano. Su columna se tensó.

—Tienes mejor aspecto. Te ha vuelto el color. ¿Tienes hambre?

Sus ojos se entornaron sobre la cara de ella. Su rostro le era familiar. La había visto antes en alguna parte, simplemente no la podía situar.

Como si ella pudiera leer su mente, bajó la mirada a sus piernas, cubiertas por la manta. Él levantó las rodillas para formar una carpa escondiendo lo que todavía estaba ocurriendo bajo las sábanas y cruzó los brazos sobre su desnudo pecho. Ella levantó la mirada y trató de sonreír, aunque él podría decir que era forzada.

—Mi nombre es Casey, por cierto. No fuimos exactamente presentados. Oficialmente. Ayer por la noche.

Él asintió con la cabeza, sólo porque sabía que se esperaba de él, y se mantuvo vigilándola como un halcón.

—Theron.

—Theron —dijo ella como si degustara el nombre en su extensión—. ¿Cómo te sientes hoy? Has estado durmiendo todo el día. Ni siquiera te moviste cuando te giré para cambiar la ropa de la cama.

¿Había estado durmiendo? ¿Durante todo el día? Echó un vistazo a las ventanas y más allá de la oscuridad. Sus lesiones debieron haber sido peor de lo que recordaba.

—Estoy bien —dijo él—. Un poco rígido.

Mieeerda. Gran elección de palabra. Estaba más que rígido en lugares que estaba seguro ella no quería conocer.

Se hizo el silencio entre ellos. Él sabía que su falta de conversación la ponía incómoda, pero todavía no estaba del todo seguro de sus motivos, y el saber que la gynaíka con la que había estado fantaseando había resultado ser una humana aún le estaba cabreando más de lo que le gustaba.

Ella echó una mirada por la habitación como si no supiera dónde mirar y se avergonzara de encontrarse con sus ojos. Mientras lo hacía, él recordó la forma en que le había acariciado suavemente el pelo después de suturar su herida. La forma en que había limpiado la sangre de su rostro y se inclinó sobre él con nada más que un sexy sujetador blanco.

Su erección regresó golpeando, aunque peleó como el infierno para contenerla.

Ella levantó la bolsa en las manos.

—Te he traído algunas cosas para vestirte. Tus pantalones estaban arruinados, así que los tiré.

Un rubor corrió por sus mejillas. Y, entonces, se dio cuenta de que había sido ella quien le había desnudado. Él miró a su alrededor otra vez. Por Hades, ¿qué les había pasado a sus armas?

Ella apartó la mirada de sus ojos.

—Habían algunas, um, herramientas extrañas en los bolsillos. Las puse sobre la cómoda.

Sus ojos siguieron el barrido de la mano y sintió un alivio instantáneo. Todo estaba allí. Incluso en sus fundas individuales. Como si ella no las hubiera abierto siquiera. Lo único que faltaba era su espada. Y esa, recordó de prisa, la había metido debajo de la cama cuando se quitó la camisa la noche anterior, mientras que ella había estado reuniendo suministros.

Ella miró con atención en la bolsa.

—No estaba segura de la talla. No pude encontrar una etiqueta de tus, um, pantalones —puso la bolsa en los pies de la cama y dio un paso atrás—. Hice un poco de sopa, si tienes hambre.

Sus ojos se entornaron sobre su cara otra vez. ¿Qué quería de él? Según su experiencia, los humanos tomaban lo que querían, sólo pensaban en sí mismos y rara vez se preocupaban por los demás. ¿Por qué, exactamente, le estaba ayudando?

Ella cruzó las manos delante en un movimiento vacilante cuando él no respondió.

—Yo podría traértela si todavía estás muy cansado o herido para levantarte.

—No —dijo él lentamente—. Saldré de la cama.

Y cogería sus armas. Inspeccionaría la casa. Vería dónde estaba. Accedería a la configuración del terreno. Se aseguraría de que ella no estaba planeando rebanarle y cortarle en pedacitos mientras dormía. Sólo para estar seguro.

Ella asintió con la cabeza.

—Revisé la pierna hace un tiempo cuando estabas durmiendo. Parece mucho mejor. Todavía no estoy segura cómo es posible, pero… bueno, me alegro de ver que estás recuperándote tan rápidamente.

Parecía sincera, como si honestamente estuviera preocupada por él. Él recordó el pánico en sus ojos cuando él había estado semi-consciente y lidiando con el dolor de sus heridas. Recordó cómo de estable había estado y cómo había hecho lo que debía hacerse sin enloquecer. Y aunque no quisiera, estaba impresionado por su compostura.

Entonces su cerebro saltó a la visión de esos largos y delgados dedos tocando su piel desnuda bajo la manta cuando comprobó su herida. Su cuerpo entero tembló con una renovada acometida de ardiente excitación.

Lo que no debería estar sucediendo.

Ella miró hacia la puerta de su izquierda.

—Hay toallas en el baño, si quieres darte una ducha —cuando volvió la mirada, un nuevo rubor se arrastraba por sus mejillas—. Si necesitas ayuda para levantarte…

—No —dijo él rápidamente, sabiendo que no necesitaba ninguna ayuda en esa sección. Ya estaba demasiado levantado para su gusto—. Puedo arreglarme.

Ella sonrió en lo que él sólo podría describir como alivio completo, aunque el color aún manchaba sus mejillas.

Él asintió con la cabeza pero no se atrevía a darle las gracias.

Como si ella supiera lo que estaba pensando, vaciló. Levantó sus ojos violetas trabando los suyos. Y se le quedó mirando como si ella le conociera.

Ese déjà vu volvió a llamear. ¿Donde la había visto antes?

Ella dio un paso atrás tan rápidamente, que golpeó el marco de la puerta con el hombro. Luego saltó como si la madera le hubiera mordido en el culo.

Y él simplemente no la detuvo. La diversión alzó su ceja. ¿Había pensado que esta mujer era una amenaza? No era más peligrosa que una hormiga.

—Está bien —logró decir ella—. Estaré, eh, en la otra habitación si me necesitas.

Ella se volvió y huyó.

Solo, la curiosidad de Theron se desvaneció mientras miraba la puerta abierta. Su salida no sólo le había despojado de su inusual compañía, sino también de su excitación.

Confundido en cuanto a lo que le estaba ocurriendo a su cuerpo y por qué, decidió que tal vez no estaba tan bien como había pensado al principio. Retiró el cobertor y bajó la vista a su pierna lesionada. Los puntos apenas eran visibles, y la herida ya no estaba roja o inflamada. Un día más y no sería más que otra cicatriz que añadir a su colección. A juzgar por las otras marcas en su cuerpo, habían sanado igual de bien.

Desafortunadamente, sin embargo, las extrañas sensaciones que zumbaban en su pecho y cabeza le advirtieron que no había vuelto a la normalidad, así que no sería prudente tratar de abrir el portal y enviarse de regreso a Argolea todavía. En su estado debilitado, sería un blanco perfecto para los daemons, y ni siquiera sabía si tenía el poder suficiente para llegar a casa una vez que hiciera la conexión.

No, se decidió. Una mejor idea era quedarse aquí esta noche. Comer la comida que esta inusual pero inofensiva humana hubiese preparado para él. Relajarse, recuperar algo de su fuerza para que mañana, tal vez, pudiera volver a casa.

Cuando arrojó sus lastimadas piernas sobre el borde de la cama y se puso en pie, apretó la mandíbula ante la puñalada de dolor en su muslo. Extendió la mano para apoyar su peso sobre el pie de la cama y reprimió un gemido. Oh, sí, definitivamente no lo bastante bien como para tratar de llegar a casa. Incluso el más fuerte de los Argonautas tenía límites, no es que fuera a admitirlo a ninguno de sus congéneres.

Apretó los dientes para evitar lloriquear como una pequeña gynaíka mientras arrastraba los pies hasta el baño. En el interior encendió la luz y comenzó la ducha, luego gimió aliviado cuando el agua caliente cayó en cascada sobre su cuerpo dolorido y arrastró el último escozor de sus cortes y magulladuras.

Y aunque no era su intención, mientras sus ojos se cerraban, no podía dejar de pensar en la mujer en la cocina e imaginando sus dedos y labios corriendo por su piel húmeda, en lugar del agua.

Buenos dioses. ¿Una mujer? Estaba definitivamente más herido de lo que creía. Su lujuria por una humana era una prueba clara de que no estaba bien de la cabeza. No importaba lo sexy que fuera o las razones que tuvo para ayudarle. Era humana y, para él, eso significaba que estaba prohibida. Para siempre.

CAPÍTULO 5

—¿Qué es lo que huelo?

La cuchara en la mano de Casey cayó sobre el horno, rebotó en la superficie y golpeó el suelo de baldosas a sus pies. La sopa salpicó en su suéter y pantalones vaqueros, y ella siseó con un suspiro.

Skata —dijo Theron, moviéndose hacia ella—. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

Casey cogió el paño enganchado sobre el asa de la puerta del horno. Se secó la mancha del estómago y sus muslos.

Refinada, Case. Realmente refinada.

—No fue mi intención asustarte.

Su mano se detuvo ante el sonido de ese excitante acento, después, se dio una sacudida mental y continuó limpiándose la ropa. El hombre se movía como una sombra silenciosa, incluso cuando estaba herido. Estaba segura de que sólo había oído la ducha apagarse hacía un momento.

—No —dijo, tratando de sonar indiferente—. Estaba pensando en otra cosa.

Sí, seguro.

Él se inclinó sobre sus pies para recuperar la cuchara. Ella miró hacia abajo y lo siguió con la mirada mientras él se levantaba, para luego desear no haberlo hecho.

Él se alzaba sobre ella. Cerca de dos metros de altura y, por lo menos, ciento quince kilos de puro músculo. Tenía el pelo húmedo de la ducha, peinado hacia atrás de la cara y lo suficientemente largo como para enroscarse en el cuello de una manera que le rogaba que pasara sus dedos por la masa húmeda. La camisa negra de manga larga que ella le había comprado se ajustaba contra sus brazos y musculoso pecho y el descolorido Levi’s montaba bajo en sus delgadas caderas. Por debajo de los dobladillos de sus vaqueros, asomaban sus pies descalzos, viéndose ridículamente masculinos en contra de su suelo de baldosas rosa pálido.

Se tragó un gemido cuando imaginó cómo sería ese cuerpo completamente desnudo. Los músculos tensados, ángulos cincelados, huecos y planos que ahora podía imaginar demasiado bien. Las cicatrices del pecho se revivieron ahora en su mente, junto con la flecha de pelo oscuro que atrajo su atención hasta que sólo el recuerdo la hizo ruborizarse.

Herido le había encontrado salvajemente atractivo, pero ahora, casi curado y bien descansado, era más que eso. Él era el peligro en un bastón, colgando delante como un caramelo para un niño. La fantasía sexual de toda mujer hecha realidad. Y, por alguna loca razón, estaba de pie en su cocina, mirándola con ojos cautelosos.

Todavía no estaba del todo segura de cómo había llegado a pasar, y si él no la estuviera mirando ahora mismo, probablemente lo atribuiría a un sueño. Pero no era así. Él era real, con olor a jabón de Ivory y un toque de su champú favorito. Tuvo que bloquear las imágenes de él mojado y desnudo en su ducha, usando sus productos de baño en su piel desnuda, ya que el simple pensamiento era muy difícil de controlar. Y porque sabía que debía parecer una idiota en este momento, prácticamente babeando sobre él, con la sopa manchando la parte delantera de su ropa.

Parpadeó y se volvió hacia el armario, rompiendo la fuerza del hechizo bajo el que caía cada vez que le miraba.

—Lo que hueles es sopa. Debes estar muerto de hambre. Siéntate y te pondré algo de comida.

Él caminó arrastrando los pies por el suelo y se dejó caer en una silla de la redonda mesa de roble. Sólo cuando él gruñó le hizo recordar que estaba herido.

—¿Cómo está tu pierna?

—Mejor —dijo mientras ella dejaba un tazón humeante delante de él. Sus ojos apenas miraron la sopa antes de regresar a ella—. Duele un poco —se inclinó y tomó una bocanada profunda mientras ella abría el cajón y sacaba una cuchara limpia—. ¿Qué es esto?

—Brócoli con cheddar. Receta de mi abuela —le entregó la cuchara, colocó la mantequilla y un plato de pan caliente sobre la mesa cerca de su brazo. Cuando él siguió mirándola, ella se atragantó con una carcajada—. No te preocupes, no te envenenaré. Sé cómo cocinar.

Las líneas del ceño fruncido arrugaron su frente, pero tomó un poco con la cuchara, soplando sobre ella, entonces, con cautela probó una pequeña cantidad. Sus cejas oscuras se levantaron, sorprendido.

—Está buena.

Casey sonrió mientras abría la nevera y tomaba una soda. Levantó la lengüeta y la puso delante de él, después se puso un plato de sopa para ella.

—Sé que se supone que a las mujeres modernas no les gusta cocinar, pero, bueno, a mí sí. Me hace sentir como que he logrado alguna pequeña hazaña durante el día.

Se deslizó en el asiento frente a él y levantó la cuchara para probarla por sí misma. Él esperó y la observó, y ella tuvo la extraña sensación de que la estaba inspeccionando para asegurarse de que no se desplomaba por una intoxicación alimenticia. Tomó una segunda cucharada y sonrió.

Las líneas de la frente se relajaron y reanudó la comida. Echó un vistazo a la lata que ella le había puesto delante, pareciendo estudiarla con atención, después la levantó y miró dentro del agujero en la parte superior.

—¿Qué es esto?

—¿No te gusta la soda?

—¿Soda? —Preguntó, levantando la lata y leyendo por un lado.

Una vez más la miró, esperó a que ella levantara la suya y tomara un trago. Sólo cuando ella lo hizo, volvió a poner su lata en la mesa y continuó comiendo, él levantó la suya para tomar un largo sorbo.

A continuación, escupió Diet Dr Pepper por toda la mesa.

Casey saltó de su silla y cogió el paño de cocina otra vez. Lo apretó en su mano y contra su boca.

—No eres un fan de la dieta, ¿eh?

Toses, toses.

—Te traeré otra cosa.

Optó por una Coors de la nevera, ya que nunca se molestaba en comprar soda normal, y le entregó eso. Se bebió la mitad de ella antes de apartar la botella de su boca, frunció el ceño y miró la etiqueta.

—Sabe como el agua.

Ella cogió otro paño para absorber el refresco.

—Bueno, no es una Guinness, pero definitivamente no es agua. ¿De dónde diablos eres si no bebéis refrescos dietéticos o cerveza sin alcohol?

Él terminó de toser y estudió la lata de soda dietética de la mesa como si fuera a saltar y morderlo. Después de acabarse el resto de la cerveza, puso la botella vacía sobre la mesa antes de decir:

—De un pequeño pueblo. Nosotros… no tenemos un gran comercio exterior.

Bromas aparte. Casey se deslizó de nuevo en su asiento.

—¿Un pequeño pueblo dónde? ¿En Marte?

Finalmente, él apartó su mirada de la lata y la miró a los ojos. La familiaridad se desató de nuevo cuando ella estudió su rostro. ¿Qué tenía él que la hacía sentir como si se hubieran conocido antes?

—Un pequeño pueblo cerca del Egeo.

—¿El Mar Egeo? —Él asintió con la cabeza. Bueno, de hecho tenía sentido, en realidad. Había sabido que no era americano. Casey volvió a su sopa—. Así que eres griego.

—No, no exactamente —justo cuando estaba segura de que no iba a continuar, él dijo—. El círculo… político de donde soy siempre está cambiando.

Tenía la forma más extraña de unir las palabras. Como si se esforzara demasiado en sonar normal.

—Ya veo —dijo ella.

Aunque en realidad no lo hacía. Ella sabía que las guerras de Yugoslavia en la década de los 90 habían cambiado el paisaje de la región de los Balcanes. A pesar de que podía remontar sus raíces por la zona y que era buena con la geografía, no estaba segura de cómo se habían repartido los países después de que los disparos hubieron cesado.

—Entonces, ¿qué te trajo a Oregón? Es un viaje bastante largo para ti.

Él asintió con la cabeza y tomó un panecillo.

—Estaba buscando a un amigo.

La mujer en el club.

Casey se tragó un brote de celos que no entendió y siguió comiendo. Pero un conglomerado de remordimiento se reacomodó duramente en su estómago cuando se dio cuenta de lo que tenía que decirle a continuación.

Dejó la cuchara y se limpió las manos en la servilleta, dejándola junto al tazón sobre la mesa.

—No sé qué pasó con la mujer con la que estabas. Cuando te encontré en el aparcamiento, ella se había ido.

Él no levantó la vista de su comida.

—Ella está bien.

¿Y qué diablos significaba eso?

—¿Cómo lo sabes? Ya estabas muy herido para cuando te encontré. ¿Adónde se fue?

Casi como si se diera cuenta de que había dicho demasiado, él bajó la cuchara y la miró a los ojos. Ella vio conocimiento y secretos en su oscura mirada. Junto con la verdad lisa y llana de que no iba a explicarle nada.

Ella se recostó en su silla y entrecerró los ojos, tratando de mirarlo objetivamente y no como el símbolo sexual con el que había estado fantaseando con anterioridad.

—Sabes, estoy empezando a pensar que algo sobre ti simplemente no está bien. ¿Qué te pasó? Alguien te atacó en el aparcamiento, ¿no? No fuiste atropellado por un coche. No importa cuántas veces he tratado de decirme que es todo lo que pasó, sé que no lo es. Creo que es hora de que seas honesto conmigo.

Él le apretó el brazo sobre la mesa antes de que ella le viera moverse, le volvió la palma hacia arriba, deslizó los dedos por el centro de la mano y entrelazó su meñique alrededor del pulgar, sujetando su mano con facilidad. Lentamente, hizo círculos con el dedo índice sobre el centro de la palma, hasta el talón de su mano, más bajo, hasta que la electricidad quemó a lo largo de la muñeca. Las chispas se dispararon directamente a la espalda y una cálida y casi líquida sensación corrió por todo su cuerpo.

Su respiración se tranquilizó. Las pupilas de sus ojos se ampliaron hasta que se encontró mirando perdidamente hacia piscinas de obsidiana oscura como la noche. Y de pronto tuvo problemas para recordar lo que había estado haciendo justo un momento antes. Aunque ella sabía que había algo. Alguna razón. Colgando sobre el borde de su subconsciencia. ¿Por qué no podía alcanzarlo?

Pero la idea fue anulada por la forma en que la tocaba. Así… tan pecaminosamente deliciosa y extrañamente tranquila.

—Escucha con atención —dijo él lentamente—. Yo estaba caminando por el aparcamiento cuando tú doblaste la esquina con tu coche. Estaba oscuro. Estabas cansada. No me viste hasta que fue demasiado tarde. Tu coche me golpeó. Me has traído aquí porque estás preocupada por mí y te sentías culpable. No estoy familiarizado con los hospitales americanos y no quise ir a uno si no tenía que hacerlo. Me ayudaste a curarme. Has hecho una buena obra.

Sí, esa tenía que ser la manera en que sucedió. El ritmo cardíaco de Casey se desaceleró mientras se relajaba más con su tierna caricia. Él tenía unos dedos muy suaves. Sus manos eran cálidas y tentadoras. No podía evitar imaginar esas caricias deslizándose sobre sus hombros, hasta su abdomen y, finalmente, hasta sus pechos.

—Tú quieres continuar ayudándome —dijo él con voz aún más suave. Una que sonaba como el terciopelo y papel de lija al mismo tiempo y desató una oleada de hormonas profundamente en su cuerpo—. Cualquier cosa que necesite.

Por supuesto que tenía que ayudarlo. Sus heridas habían sido por su culpa. Pero… ¿cualquier cosa? Sus mejillas se encendieron. Visiones de su cuerpo desnudo colocado como una ofrenda sobre su edredón blanco corrió por su mente otra vez.

Y fue entonces cuando vio la taimada sonrisa rizar un lado de su boca, casi como si pudiera leer sus pensamientos.

—Sí, meli —susurró él—. Cualquier cosa que quiera, tú lo harás para mí.

El calor serpenteó a través de su abdomen, goteando más abajo hasta que sintió la humedad inconfundible de su excitación. Y entonces él rompió el contacto con su mano tan rápidamente como la había cogido.

Ella parpadeó varias veces. Se sentía extrañamente aturdida. A pesar de que él volvió a su comida, su piel hormigueaba, como si él todavía estuviera acariciándole la muñeca. Y algo dentro de ella se desplegó entonces, una parte oculta que había estado esperando. En espera de… este momento en toda su vida.

—Tu sopa se enfría, meli.

Casey arrancó su mirada de su robusto cuerpo y bajó la mirada a su plato. Cooooorrecto. Cena. Eso es en lo que se supone que se centraría. No en él ni en esa extraña sensación que no tenía ni pizca de sentido.

Poco a poco, ya que su mano todavía temblaba, levantó la cuchara y le dio un pequeño sorbo. Pero no sabía a nada. Porque lo que ella repentinamente quiso en su lengua no lograría caber en una cuchara.

Algún tipo de música instrumental se filtraba a través de los altavoces en el techo mientras Theron, sentado en la cocina, miraba a Casey fregar los platos de la cena. Una vela en un gran farol titiló en el centro de la mesa, arrojando luz cálida y olor de vainilla en la habitación. Pero lo que mantuvo su atención no fue la vela o la música, sino más bien la mujer en su línea de visión.

Mujer. Santo Hades. Una mujer humana. Una en la que no parecía poder dejar de pensar. Había cambiado su recta mente durante la cena. Cuando le tomó la mano entre las suyas y reconoció el deseo en los ojos de ella. Por alguna razón, las Moiras le habían dado este respiro aquí, con ella, mientras se curaba. ¿Por qué debía oponerse?

Ella estaba de espaldas a él mientras lavaba los platos. Se había ofrecido a ayudarla, pero le había dicho que se sentara y se relajara para no empeorar las heridas. Si ella supiera lo que estaba pensando, no estaría allí, pareciendo tan a gusto.

Los ajustados vaqueros moldeaban su cuerpo como una segunda piel. Su sencillo suéter blanco con cuello en V era de alguna forma más picante que cualquier lencería que él hubiera visto usar nunca a las gynaíkes de Argolean. Mirándola, la sangre se le apresuró a la ingle apretándole los vaqueros hasta que tuvo que cambiar de posición en su asiento para liberar la presión.

Levantó la cerveza en la mano y tomó un pequeño sorbo para enfriar el calor alzándose en sus venas. Había estado mejor, aunque esto no era tan malo. Y agotaría esa carbonatada mierda cualquier día. Los humanos tenían algunos sabores extraños, sin embargo, estaba disfrutando de éste. Y podría seguir mirando a la mujer delante de él moviéndose durante toda la noche.

Qué irónico, considerando los malos ratos que le había hecho pasar a su pariente Zander sobre su enfermiza obsesión con las mujeres humanas. Y, sin embargo, aquí estaba.

Theron la vio agacharse y colocar una cacerola en un armario inferior. El tejido del vaquero se estiró por su culo en forma de corazón, la pretina sumergiéndose bajo su espalda hasta que vio un atisbo del encaje blanco asomando por debajo. Su pulso le pateó y la sangre atronó en la cabeza.

Ella abrió un armario a su derecha y se levantó sobre la punta de los pies para guardar un tazón. Cuando fue obvio que estaba teniendo problemas para alcanzar el estante más alto, él se levantó lentamente y se movió para ayudarla. El dolor en la pierna había perdido intensidad hasta ser una insulsa punzada, pero no había ninguna razón para decírselo.

Cítricos y lavanda flotaron hacia su nariz cuando se acercó, los restos del mismo champú que había usado en su ducha y alguna otra cosa que podría haber sido una loción o perfume, no estaba seguro de cuál. Se situó detrás de ella y le cogió el cuenco de su mano.

—Déjame ayudarte.

Ella se puso tensa cuando sus dedos se rozaron. Los músculos de los brazos y las piernas se volvieron rígidos. Su pecho le rozó la espalda cuando él colocó el tazón en el estante superior, y el codo le bajó por su antebrazo en un escaso roce de piel contra piel.

—Gracias —dijo ella en voz baja, volviendo a situarse sobre sus pies.

El movimiento puso sus caderas en contacto con ese delicioso culo que había estado admirando antes, y la erección contra la que había estado luchando toda la noche volvió a rugir.

Él supo que ella la sintió también porque se quedó inmóvil. A lo largo de la cena, mientras habían mantenido una intranscendente cháchara sobre la zona, el lago y sus vecinos, ella había estado mirándole como si no estuviera segura de lo que él haría a continuación. Durante un tiempo, había pensado que era el miedo volviéndola cautelosa, pero ahora sabía que no era el caso. La forma en que su cuerpo se tensaba, la manera en que respiraba con fuerza y cómo se mantenía sin hacer ni un movimiento por su contacto era un signo claro de excitación.

Ninguno de los dos habló, y en el silencio pudo oír su corazón latiendo a un ritmo errático. Él le levantó un mechón de pelo de su hombro y lo deslizó entre el pulgar y el índice. Era suave y sedoso, y tuvo el perverso deseo de ver la oscura masa derramarse sobre su abdomen, mientras sus labios se perdían a lo largo de todo su cuerpo. Él levantó el mechón a su nariz e inhaló.

—¿Naranja o pomelo?

Ella tragó saliva.

Bed Head.

Él frunció el ceño y supo que ella se había percatado de su expresión confundida por el rabillo del ojo.

—Es un tipo de champú —se volvió lentamente y se relajó lo suficiente para que su dulce trasero rozara contra él para después apartarse—. Realmente vives en una zona aislada, ¿no?

Él asintió con la cabeza, viendo la forma en que sus ojos observaban su cara como si ella buscara una respuesta a alguna pregunta no formulada.

—Ya casi he terminado aquí —dijo ella—, y parece que el CD se ha parado. ¿Por qué no vas a la sala y buscas algo más para escuchar? El reproductor de CD está en el centro de entretenimiento.

Ante sus palabras, se dio cuenta que los altavoces de la cocina estaban en silencio.

—Si no te importa, hay algunos puntos de sutura en la pierna izquierda que podrían ser quitados. Podría necesitar tu ayuda.

Su mirada relampagueó hasta el muslo arropado en tejido vaquero, gravitando momentáneamente sobre su creciente erección. Sus ojos se ensancharon levemente justo antes que el sonrojo se apoderara de sus mejillas. Ella se volvió rápidamente a sus platos.

—Oh, sí. Claro que sí. Yo, um, cogeré algunos materiales y me reuniré contigo en la sala.

Una sonrisa cortó a través de la boca de Theron mientras se dirigía al armario del estéreo. Su pierna se robustecía a cada minuto, y realmente no había razón para quitar los pocos puntos que quedaban, ya que habrían desaparecido a la mañana siguiente, pero él no estaba por encima de usar cualquier medio que pudiera para conseguir llevar a su pequeña humana exactamente donde quería.

Ella era, decidió mientras abría el armario y echaba un vistazo alrededor de la sala, una multitud de contradicciones. Cuando él le preguntó cómo lo había encontrado detrás de ese club de striptease, ella le había dicho que trabajaba allí. Había tratado de imaginársela en el XScream pero no pudo. Era alta para ser una mujer, y definitivamente tenía el cuerpo para desnudarse, pero había tal inocencia en sus ojos que los humanos que trabajaban en esos lugares no tenían. La forma en que había cuidado de él después del ataque -un desconocido con el que se había tropezado, de un club de striptease, nada menos- estaba en oposición directa a la mujer fuerte que, obviamente, tenía que estar en esos locales. Trató de conciliar las dos partes de ella, pero no pudo.

Y luego estaba esta casa. Antes de que él hubiera hecho su aparición en la cocina, había hecho una minucioso examen y se había familiarizado tanto con el interior como con el exterior. La casa era vieja, el interior hecho sobre todo de paredes blancas y delicadas molduras en la cúspide. Las habitaciones eran pequeñas, el techo sólo a unos treinta centímetros por encima de su cabeza. El mobiliario eran antigüedades que él no podría imaginarla comprándolos, porque no encajaban con lo que había visto en su habitación: un sillón de terciopelo rojo y mullidas almohadas doradas en las que él fácilmente podría visualizarla hundiéndose dentro. Arte moderno en las paredes, un espejo con marco de plata reflejando la luz hacia el interior de la habitación. La mayor parte de la casa estaba decorada por una persona de edad avanzada. Esa habitación no.

Él hizo nota mental para preguntarle acerca de la diferencia, y luego cambió de idea. A la larga, su respuesta no tendría importancia. Después de esta noche nunca la volvería a ver.

Encontró el equipo de música y justo estaba abriendo el cajón del CD cuando ella entró en la sala. Un toque de lavanda la precedió, señalando su llegada a sus sentidos, haciendo estallar una acalorada reacción en su ingle.

—¿Encontraste algo que valiera la pena escuchar?

Él agarró el primer CD en la pila y leyó la tapa.

—¿Bing Crosby?

Casey se echó a reír. Él se volvió al oír el contagioso sonido, no del todo seguro de por qué encontraba su sugerencia tan divertida, pero gozando de la reacción. Si había una cosa que hubiera aprendido acerca de los humanos en las últimas dos horas, es que eran completamente imprevisibles y apasionados de una manera que los Argoleans nunca serían.

—¿Es eso malo? —Preguntó él vacilante.

—No, si tienes ochenta años, supongo —caminó hacia él y se detuvo tan cerca que pudo sentir el calor que irradia de su piel. Sus dedos se rozaron mientras hojeaba la pila, enviando un hormigueo a lo largo de sus terminaciones nerviosas que, extrañamente, le relajó—. La mayoría de estos eran de mi abuela. Sentía algo por el bueno de Bing —levantó dos CDs con los árboles de Navidad en la portada. Sabía lo suficiente acerca de la cultura humana para reconocer el día de fiesta—. Escuchaba estos durante todo el año. No importaba si era junio o diciembre.

Ella dejó los CDs de Bing y revisó un poco más antes de encontrar uno que le gustaba.

—Prueba con éste. Es mío. Voy a coger mi botiquín de primeros auxilios mientras lo pones.

Él echó un vistazo a la portada del CD. Un hombre con una camisa blanca y un sombrero de cowboy de gran tamaño le devolvió la mirada. No tenía ni idea de qué tipo de música era, pero pensó que si ella lo había elegido, tenía que ser buena. La música comenzó a filtrarse a través de los altavoces mientras se dirigía hacia el sofá y se sentaba.

El asiento no era lo suficientemente grande para su gran cuerpo, pero estiró las piernas y se relajó en los cojines de todos modos. Podía oír a Casey rebuscando en el armario del baño y sonrió para sus adentros. Había pasado mucho tiempo desde que había tenido que seducir a una hembra. Como un Argonauta, las mujeres de Argolea eran suyas para tomarlas. Si quería compañía, un movimiento de su dedo era por lo general todo lo que necesitaba.

Ella regresó a la habitación y se sentó en el borde del sofá justo fuera de su alcance, poniendo el botiquín de primeros auxilios en la mesita baja.

—Me encanta Kenny Chesney. Tiene la mejor voz.

Por un momento fugaz, se preguntó quién diablos sería ese Kenny y dónde encontrarlo para molerlo a palos. Luego, cuando ella empezó a tararear la música, se dio cuenta que estaba hablando sobre el cantante del CD.

¿Y por qué tenía esa reacción tan extraña? Si fuera humano, tendría que definir el sentimiento como celos, pero esa era una emoción desconocida para un Argonauta.

Él logró una lánguida sonrisa.

Ella recorrió su cara con una mirada de escepticismo, para después bajarla por las piernas y volver a subirla rápidamente. Un rubor se deslizó por sus mejillas, calentándole la sangre de nuevo.

—Tú —se aclaró la garganta—, tendrás que quitarte los pantalones si quieres, ah, que mire tu pierna.

Él luchó para evitar una sonrisa mientras se levantaba lentamente del sillón, asegurándose de mantener una mueca de dolor como si su pierna definitivamente le doliera, y deslizó sus manos hacia el primer botón de sus vaqueros. Los ojos de ella le siguieron y se congeló, atenta para ver lo que él estaba a punto de revelar.

Un malvado pensamiento se le ocurrió. Y la sangre corrió a su ingle.

Cualquier cosa que quiera.

Él se abrió el botón superior y vaciló.

—Todavía estoy un poco débil, meli. Creo que necesitaré tu ayuda con esto. Dame la mano.

CAPÍTULO 6

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   23

similar:

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconHace mucho tiempo, en la antigua Grecia, hubo una edad de oro de...

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconLa epilepsia es tan antigua como el hombre. Se sabe de legislaciones...

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconLa Kabbalah ofrece la sabiduría más antigua en el mundo, remontándose...

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última icon1. 1 Concepto de especie La especie se define como el conjunto de...
«Hay tantas especies diferentes como formas diversas fueron creadas en un principio por el ser infinito»

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconLa Vida Cotidiana en Grecia Antigua

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconHablar de derechos humanos, es referirse al patrimonio común e inalienable...

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconLas mutaciones pueden ser heredadas o pueden no ser heredadas. Con...

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconLas mutaciones pueden ser heredadas o pueden no ser heredadas. Con...

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconLos seres humanos modernos somos descendientes directos del
«gobierno» con los más fuertes y capacitados. Posteriormente se unificaría la autoridad máxima en la figura indiscutida del jefe...

Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última iconEspaña, un país de grandes contrastes y mucha diversidad, se encuentra...
«comunidades autónomas». Hay diecisiete comunidades autónomas que se pueden comparar más o menos con los estados de Estados Unidos....




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com