Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Él quiere que le quites los pantalones.

Casey capturó el significado de las palabras de Theron, pero sus mensajes estaban amortiguados, casi como en un sueño. La sangre atronando en sus oídos le hacía difícil escuchar su voz, pero la mirada en sus pecaminosos ojos le dijo exactamente lo que él quería.

No estaba segura de cómo consiguió levantarse, pero gracias a Dios las piernas no le fallaron. Después de tragar saliva, se secó las sudorosas manos en los muslos y se acercó más, hasta que estuvo embriagada con toda su masculina y dulce testosterona.

Ya podía ver por el bulto tras la cremallera que él estaba excitado, y quería saber exactamente cómo se veía erecto. Pero si lo hacía, estaría cruzando la línea de Florence Nightingale a la traviesa enfermera de la que no sería capaz de volver.

Oh, Dios. ¿Realmente iba a hacerlo?

Su mirada examinó rápidamente su duro cuerpo, desde su erección creciente subiendo por su abdomen hasta sus impresionantes pectorales y finalmente a su robusto rostro.

No, él no era clásicamente guapo. Sus rasgos eran demasiado prominentes, la mandíbula demasiado dura, la forma de los pómulos demasiado cincelados para ser considerado magnífico. Y había una peligrosa mirada en sus oscuros ojos, en todo su ser, que la hizo sentir como si estuviera jugando con un… dios.

La idea la golpeó de la nada, aunque fuera apropiado. Él parecía un gran, oscuro y amenazante dios motorista que la montaría duro y la dejaría húmeda sin pensarlo dos veces.

Sin cadenas. Sin enredos emocionales. Sin remordimientos.

Nunca había creído del todo en las aventuras de una sola noche antes, pero había algo acerca de este hombre que tiraba de ella. Seduciéndola. Desafiándola a tomar un pequeño y escandaloso bocado y enviar al infierno el resto del mundo.

Su conversación con Dana volvió a revolotear por su mente.

No tengo un tipo.

Y si lo tuviera, definitivamente no sería del tipo chico malo motorista.

Sí. Iba a hacerlo, jodida previsibilidad, y caminar en el lado seguro. Al menos por esta noche, quería hacer algo completamente salvaje y totalmente fuera de su carácter.

Se acercó más y levantó la mano. Sus dedos se rozaron cuando ella tocó la cintura del pantalón. Las manos de él se apartaron y contuvo el aliento cuando abrió el segundo botón. Y el tercero. Y, finalmente, el cuarto. Le sintió como el acero debajo de los boxers negros de algodón que le había comprado. Observó cómo sus oscuros e hipnóticos ojos brillaban con una erótica luz. Y se llenó de una confianza que arrolló a través de ella hacia la nada.

Su piel se calentó. Saboreó cada roce de sus dedos, cada roce de piel contra algodón. Un dulce dolor se estableció entre sus muslos cuando deslizó las manos en la cintura de sus vaqueros y las colocó en las fuertes y delgadas caderas. Con suavidad, y con los ojos todavía fijos en los de él, los deslizó hacia abajo.

Oraios —dijo él con voz áspera.

Ella no tenía ni idea de lo que había dicho, pero amaba su voz ronca y la cadencia de su acento. Le bajó los vaqueros por las caderas y se tragó un gemido cuando, rápidamente, vio su impresionante erección, que obviamente luchaba por ser libre.

Por un momento, deseó que no se le hubiera ocurrido comprarle ropa interior alguna, dándose cuenta que podría ser una bendición. Era como desenvolver un regalo. Uno que se volvía cada vez mejor con cada capa que quitaba.

Ella era amable mientras empujaba los vaqueros por sus muslos, con cuidado de no frotar el tejido sobre su lesión. Se arrodilló delante de él cuando arrastró los pantalones hasta el suelo y le ayudó a liberar las piernas. El olor almizcleño de su excitación inundó sus sentidos mientras trabajaba, enviando chispas y a su lívido con la super directa hacia el centro de sus muslos. Su cuerpo respondió a su vez, ese dolor dulce creciendo a niveles explosivos. Contuvo el impulso de desnudarse aquí y ahora y usarle para extinguir el fuego que ardía en su interior.

Cuando él estuvo libre de sus vaqueros, ella inclinó la cabeza indicando el sofá.

—Siéntate —le dijo con una ruda voz por su propia excitación. Tosió una vez para disimularla, pero supo que él tuvo que oírla también—. Voy a, uh, echarle un vistazo a tu herida.

Se ocupó en buscar algunos suministros en el botiquín mientras él retrocedía. No habló mientras estaba sentado en el sofá junto a ella. Cuando ella tuvo lo que pensaba que iba a necesitar, se volvió hacia él y sus ojos de inmediato corrieron hacia sus caderas. Sus piernas se mantenían abiertas, y la maciza erección empujaba contra sus boxers, simplemente mendigando su atención.

Oh, Dios. El sudor se desató sobre su frente. Su pulso se aceleró, y toda la sangre en su cuerpo se precipitó hacia el sur.

Céntrate, Casey.

Tragó saliva y se concentró en el vendaje de su muslo. Sus dedos temblaban un poco al llegar a la esquina de la cinta y lentamente despegó las tiras. Él respiró fuerte y, por un momento, pensó que lo había herido. Pero cuando ella alzó la vista para asegurarse de que estaba bien, vio pura y sin adulterar lujuria tensando los rasgos de su cincelado rostro. Su mirada barrió rápidamente de nuevo a sus caderas, y la erección que antes había pensado era grande ahora crecía ante sus ojos.

Oh, hombre. Estaba en problemas.

Volvió a centrarse en lo que estaba haciendo. Entonces se quedó sin aliento cuando liberó completamente el vendaje.

No había puntos de sutura. Ninguna evidencia de una herida abierta. Sólo una delgada cicatriz roja que, sospechaba, con el tiempo palidecería.

—Increíble —susurró.

Él miró hacia abajo, a su pierna.

—Se ve bien, ¿no?

—Se ve muy bien. Eres un milagro médico, ¿lo sabías? —Deslizó los dedos por la cicatriz y se maravilló de la diminuta cresta de herida que había quedado.

La respiración de él se detuvo.

Casey inmediatamente retiró su mano.

—Oh. ¿Eso duele? Supuse que como se veía tan bien, se había curado complet…

Sus dedos se envolvieron alrededor de su muñeca, y le pasó la mano hacia su muslo, regresando a la herida y a la piel que había estado acariciando momentos antes.

—No, meli. No duele. Se siente bien. Calmante. No te detengas.

Ella le miró la pierna por el anverso y reverso otra vez.

Debía detenerse. Se estaba metiendo en aguas desconocidas. Estaba en la sala de su abuela, por el amor de Dios. En cuestión de minutos ya se habría lanzado de cabeza. Deslizó la punta de los dedos ascendiendo por el muslo, flotando en el borde de los cortos boxers y se lamió los labios.

—Sí —susurró él—. Más como eso.

Sintiéndose más atrevida, trazó el dobladillo de sus boxers, deslizando los dedos por el vello en la cara interna del muslo. Los músculos de la garganta se le constriñeron y su polla se sacudió bajo el hilo negro, tan cerca de su mano.

El punto de no retorno.

—Tus dedos son tan magikos —susurró él—. Hablas de lo asombrosa que ha sido mi curación. Sin embargo, pareces olvidar que, sin ti, no estaría aquí sentado ahora.

Eso era cierto, ¿no? Ella deslizó su mano ascendiendo por el muslo hasta la unión de la pierna y la cadera, sintiendo el poder acordonado debajo cuando sus palabras se fueron a pique. Suavemente, apretó su pulgar en el punto de presión y fue recompensada con un pequeño jadeo que le dijo que le gustaba lo que le estaba haciendo.

—Tu tacto es más agradable que el de cualquier sanador de mi mundo —jadeó él—. Cada roce de tu mano me da fuerzas.

Una sonrisa tiró de su boca. Ella sabía exactamente la clase de fuerza a la que él se refería, y si alguien más la hubiera tirado sobre esa línea ella se habría mofado. ¿Pero con él? ¿Ahora mismo? Por razones que no estaba dispuesta a examinar, en lugar de apartarse, se movió más cerca. Y fue recompensada cuando él extendió la mano y le rozó los nudillos en el abdomen.

Las chispas se dispararon hacia su centro. Su pulso brincó y levantó la mirada.

Cualquier cosa que quiera.

—Debes estar cansado después de toda esta… curación —susurró—. Tendrás que decirme lo que puedo hacer para que sea más fácil para ti.

Uno de los lados de su boca se curvó en la esquina cuando él percibió el tono juguetón de su voz. La excitación oscureció sus ojos. Su mano le rozó el brazo, deslizándose hasta su mejilla y acariciando suavemente su piel. Ella se inclinó ante su toque y contuvo la respiración mientras su propio pulgar corría sobre su labio inferior.

—Realmente eres una gynaíka de fantasía.

Cruzó por su mente preguntarle lo que quería decir, pero antes de que pudiera, él inclinó su cara hacia adelante. Y de pronto se olvidó de cualquier pregunta que tenía y se entregó más a su toque.

Sus labios se rozaron con los suyos, suaves al principio, pero con más ardor mientras el beso se volvía más profundo y los dedos se apretaban en el pelo. En el segundo paso se abrió a él sin vacilar cuando su cálida y húmeda lengua serpenteó en su boca y acarició la suya con movimientos largos y seductores.

Él sabía a gloria. Un toque de menta, de la cena que habían compartido, de pecado servido en bandeja de oro. Una de sus grandes manos se deslizó por la espalda y la atrajo hacia sí, hasta que ella se vio encima de sus rodillas, a caballo entre sus caderas.

Su piel estaba en llamas cuando él cambió el ángulo del beso y sus manos se volvieron más urgentes. Por un segundo, ella se preguntó si él estaría demasiado débil para tener sexo, pero rápidamente desechó la idea cuando él la tiró hacia abajo y la ubicó sobre la monstruosa erección por la que había babeado antes. Si él no tenía fuerzas para ello, sería ella la que hiciera el trabajo. De ninguna manera se iba a detener ahora.

Sus manos cobraron vida propia mientras observaba su musculoso torso y lo besaba de nuevo. Sus dedos bajaron por la camisa negra hasta el dobladillo, para ascender por debajo así poder sentir sus cincelados abdominales y la piel suave como la seda de su estómago. Su polla tembló contra ella, apretándose más contra él en respuesta, no queriendo nada más que sentirlo profundamente en su interior.

Él gruñó con aprobación. El beso se volvió frenético. Posesivo. Sus manos se apresuraron a los botones de sus vaqueros.

—Tengo que tocarte —murmuró él entre jadeos—. Necesito sentir si estás mojada.

Estaba empapada, pero no podría dejar de besarlo para decírselo. Tan pronto como sus dedos encontraron el botón en su cintura, algo en su interior se rompió. Una necesidad urgente que nunca había experimentado antes. De repente, se encontró contoneándose contra sus vaqueros, ayudándole de cualquier manera que pudiera.

Él retorció la cremallera para abrirla, deslizándola lo suficiente como para poder deslizar una mano dentro. Traspasó su ropa interior y se dirigió directamente a la piel, quedándose ella sin aliento al primer toque.

Su dedo encontró el resbaladizo nudo, ya duro y excitado. Él lo frotó por encima y alrededor hasta que ella se soltó de su boca, echó la cabeza hacia atrás y gimió de éxtasis.

Sus labios se deslizaron por su garganta. Él mordió, y una pizca de dolor la atravesó. Luego él amamantó el punto hasta que ella gimió una vez más.

—Oh, meli. Estás tan mojada —su dedo se deslizó más abajo. Más profundo. Dentro. Él gimió contra su pulso—. Y tan estrecha.

Casey no podía hablar. Apenas si podía moverse. Su liberación se acercaba y ella estaba impotente para detenerla. Agarrando sus hombros con ambas manos, se apretó alrededor de su dedo y se dejó ir.

Pero justo cuando la ola estaba a punto de golpearla, su mano se deslizó libremente y la presión se aflojó. Él gruñó bajo en su garganta y apretó el tejido de los vaqueros en las caderas.

—Necesito éstos fuera. Ahora —la empujó rápidamente para ponerla en pie y la despojó de sus vaqueros con un veloz descenso.

Ella no tuvo tiempo para protestar, y debería haber estado avergonzada, de pie frente a él sólo con un suéter y un tanga, pero no lo estaba. Cuando él bajó la cabeza y volvió a besarla, ella se le entregó devolviéndole el beso mientras él la acercaba más clavándole la erección en el vientre.

—Quiero tocarte —susurró ella.

Él le tomó el labio inferior en su boca en señal de aprobación. Mientras él se llenaba con su labio, ella se deleitó con el beso, rozando la mano por su torso y deslizando la palma dentro de sus boxers. Él gimió larga y profundamente en su boca cuando ella envolvió los dedos alrededor de su excitación. Terciopelo y acero llenaron su mano, poder puro y duro y la promesa de placer sin límites. Le acarició el eje, rodeándole la cabeza, y se maravilló del control que ejercía sobre él mientras su gran cuerpo se estremecía en contra sí.

Sus manos le acariciaron los pechos, deslizándose debajo de su suéter y dentro de su sostén. Sus pezones se tensaron cuando un áspero dedo le raspó la punta. Su boca mordió su mandíbula, besando su camino a través de la piel, asentándose en la suave piel bajo la oreja mientras él jugaba con sus pechos y la llevaba a nuevas alturas de excitación sexual.

Sus movimientos se hicieron más largos, más audaces, con cada toque de sus manos. En la carrera descendente ella deslizó sus dedos más abajo para asir sus pelotas.

Él gimió contra su cuello.

—Estás jugando con fuego. En un momento no seré capaz de detenerme.

—No quiero que te detengas. Quiero saber lo que sientes cuando te corras.

Cualquier freno que él hubiera estado ejercitando se rompió con sus palabras. Su suéter fue arrancado rápidamente por su cabeza y le rasgó el sujetador, liberando sus pechos, como si fuera de papel. Él se inclinó, su boca capturó primero el pezón derecho y luego el izquierdo, hasta que ella pensó que iba a explotar por esa atención.

Justo cuando ella estaba a punto de rogarle que la tomara, él la giró rápidamente y la empujó por las rodillas sobre el asiento del sofá. Una gran mano le apretó la espalda para que recostara el torso sobre los cojines azules y naranjas a cuadros de su abuela.

—Dioses, eres hermosa —gruñó él. Su peso oprimió el sofá mientras reforzaba una de las rodillas en los cojines entre sus piernas y codeaba los muslos más ampliamente—. No puedo esperar para saber si estás tan apretada como lo estabas en mi sueño.

¿Su sueño? Oooooooh, sí.

Se le ocurrió entonces que probablemente debería tener un poco de miedo. Ella estaba con un hombre macizo al que no conocía, en una posición de sumisión donde él le podría hacer casi cualquier cosa que quisiera, y estaría en apuros para defenderse. Teniendo en cuenta lo que esos dos hombres habían tratado de hacerle en el exterior del XScream hacía unos meses, debería haber estado asustada. Pero no lo estaba. De alguna manera, sabía instintivamente que Theron no le haría daño. Y sus eróticas palabras la enviaron dentro de un completo frenesí que derritió su mente.

Una de sus gruesas manos se envolvió alrededor de su torso para ahuecarle el pecho, con la otra sujeta a la cadera. Su boca encontró la oreja y le mordió el lóbulo hasta que ella quiso gritar. Y cuando él empujó sus caderas hacia ella, frotándose de atrás a adelante, luz blanca erupcionó detrás de sus ojos.

El placer fue rápido, eléctrico y ni de cerca suficiente. Ella no se percató hasta momentos más tardes que ambos todavía estaban vestidos, él con sus boxers y ella en ropa interior. Él presionó hacia delante otra vez, retirándose, burlándose de ambos, imitando lo que, en un momento, le haría a su piel desnuda.

—Theron —dijo ella con voz áspera.

Sus labios se deslizaron hacia la nuca. Arrastrándose más abajo. Él trazó la mano bajando por su espalda mientras se frotaba otra vez contra ella. Ambas manos encontraron los laterales de su ropa interior mientras sus labios besaban la base de su columna. Él levantó ligeramente la cabeza y bajó el borde.

—Oh, sí —Casey arqueó la espalda y cerró los ojos.

Estaba tan arrollada por el momento que no se dio cuenta que Theron se había movido detrás de ella hasta que presionó de nuevo y sólo encontró aire.

Ella se volvió un poco para encontrarlo mirando su piel con los ojos muy abiertos.

—¿Qué ocurre?

Su dedo rozó la parte inferior izquierda de la espalda, justo encima de la nalga.

—Esta marca. ¿Es un tatuaje?

Ella sabía lo que estaba viendo. Y no era la primera persona en comentárselo.

Ella se rió entre dientes.

—Tengo demasiado miedo de las agujas como para hacerme un tatuaje.

Cuando él no respondió, sólo siguió mirando fijamente a su piel, la aprensión se deslizó en su pecho.

—Nací con ella. Es sólo una marca de nacimiento.

Sus ojos se alzaron hasta los de ella. Aunque él había retirado la mano, el calor irradiaba de sus dedos donde gravitaron sobre su piel.

—Esto no parece una marca de nacimiento. Háblame de tus padres.

¿Quería hablar? ¿Sobre sus padres? ¿Ahora?

La aprehensión se volvió cautela, y la piel cerca de su marca de nacimiento comenzó a zumbar. Ella se levantó del sofá y se volvió lentamente, deslizándose sobre los cojines hasta sentarse y su marca fue ocultada a su vista.

Él tenía la mandíbula apretada, las cejas fruncidas hasta formar una profunda arruga delineada en la frente. Una mirada le confirmó lo que ya sospechaba. Que esa divina erección que se había presionado contra ella momentos antes se había ido.

Su piel se erizó, y una ráfaga de dudas sobre sí misma, por su desnudez, se apoderó de ella. Ella alcanzó su suéter, que colgaba del brazo del sofá.

—¿Mis… padres?

—Tu madre y padre. ¿Dónde están?

La inquietud anudó su estómago. Se puso el jersey por la cabeza y, en el momento que ocultó sus pechos, descubrió que él volvía a llevar los vaqueros, mirándola con tal intensa expresión que no pudo definirla.

Esto era lo que ella había querido evitar, cierto. Esta torpeza. Las cosas habían ido demasiado lejos, y ahora él lo lamentaba. ¿O sólo había cambiado de opinión? Él había estado encima de ella…

—Casey —dijo él bruscamente—, céntrate. Tu madre y tu padre.

Ella le dio una sacudida fuerte a la cabeza, sin saber por qué su cerebro parecía tan confuso.

—Mi madre murió poco después de que yo naciera. Mi padre… nunca le conocí. Ellos tuvieron una breve aventura cuando mi madre estuvo estudiando en Europa. Volvió a casa después de que descubriera que estaba embarazada. Yo… yo nunca le conocí —alzó la vista—. ¿Por qué quieres saber esto ahora?

Él ignoró la pregunta.

—¿Quién te crió?

—Mi abuela. Esta es su casa. Era —rectificó ella mientras miraba alrededor de la sala y una sensación de malestar se instaló en su estómago. Ella en realidad podía escuchar la voz de desaprobación de su Gigia en la cabeza sobre lo que casi había hecho—. Murió hace unos meses. Cáncer.

Él apretó la mandíbula mientras la estudiaba con los ojos entornados. A continuación, pronunció una palabra.

Skata.

Ella sabía lo suficiente de griego para reconocer algunas palabrotas. Y en ese momento, Casey recordó que él era un completo desconocido. No sabía nada de él aparte de su nombre. ¿Por qué le ayudó? ¿Qué había ocurrido realmente con él? Y, ¿qué estaba haciendo realmente en su casa ahora mismo?

Ella se levantó lentamente del sofá cuando las preguntas produjeron un sonido metálico en su cerebro otra vez. Las que de alguna manera –y tontamente- había dejado de lado antes.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué el repentino interés en mi genealogía? ¿Y quién eres?

Su expresión se suavizó. Sólo una pizca. Justo lo suficiente para que aquellos ojos negros-como-el-pecado absorbieran su atención.

O tal vez sólo se imaginó que lo hicieron. Pero por un momento, por una fracción de segundo, fue el sensual casi amante que había besado y acariciado salvajemente sólo unos minutos antes.

—Nadie —susurró él, mientras la tomaba de la mano—. Nadie importante —sus dedos se envolvieron alrededor de su muñeca y apretó en su piel muy ligeramente, justo encima de la vena, y aunque sabía que no podía ser, le pareció oír una nota de pesar en su voz—. Nadie a quien recordar. Ahora cierra los ojos, meli.

Y dirigiéndose como un cordero al matadero, ella lo hizo.

CAPÍTULO 7
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