Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Isadora alisó las sábanas sobre sus piernas y emplastó una sonrisa tan falsa como el circonio cúbico por el que algunas mujeres humanas se encaprichaban mientras miraba al médico personal de su padre.

El pliegue entre las cejas perfectas de Callia no era una señal de optimismo.

No es que Isadora necesitara confirmación de la sanadora más grande de la raza. Estaba poniéndose más débil cada día. Lo sabía en su cabeza, lo sentía en sus huesos. Simplemente no sabía por qué.

Callia sustituyó los enseres en su bolsa con tranquila cautela.

—No hay lesiones visibles. Tus signos vitales son fuertes. Cualquier virus que encontraras en el mundo humano no debería estar afectándote de esta manera. ¿Hay algo que no estás contándome?

Ahora, esa era la pregunta. ¿Cómo en el nombre de Hades le respondía?

Isadora retorció las manos en su regazo para darse tiempo a pensar en una respuesta, se apartó el largo pelo por encima del hombro y deseó unas tijeras para poder cortar la pesada masa. Aunque la tradición lo prohibiera. Las hembras de la familia real se mantenían intactas hasta el matrimonio. En todos los sentidos de la palabra.

¿Y no era eso sólo una patada en los pantalones? Por no mencionar, una de las muchas cosas que pensaba cambiar en la monarquía, tan pronto como fuera la reina.

Si, es decir, vivía lo suficiente como para asumir la corona.

—Por supuesto que no —dijo ante la mirada despiadada de Callia—. Te lo he dicho todo.

La expresión de Callia permaneció estoica. Sus ojos violeta pálido se entornaron. Era evidente que sabía que Isadora estaba mintiendo, pero la sanadora no estaba dispuesta a desafiarla.

Al menos no todavía.

Un cheque en la columna de las ventajas.

El único problema era que no hizo mucho para impulsar el estado de ánimo de Isadora. Era una tontería sentirse inferior, considerando que estaba destinada a dominar más poder que cualquier otro Argolean, pero en ese momento, delante de esta gynaíka, Isadora se sentía como una mota en el suelo debajo de una bota sucia. Como sanadora, Callia tenía poderes con los que la mayoría de Argoleans sólo soñaban, y al padre de Isadora le encantaba hablar maravillas del cerebro de Callia bajo su sorprendente belleza. Hasta el grado que Isadora, a menudo, era de la opinión de que él tomaba a Callia como la hija que el único destino le había robado.

La mayor decepción de su padre era que, en casi sus setecientos años de vida, su única heredera había sido mujer. Mujer y débil.

Callia finalmente rompió la mirada bajándola y terminó de reunir sus cosas. Su largo pelo castaño rojizo se derramaba por su espalda mientras se movía. Llevaba delgados pantalones a medida y una ajustada chaqueta azul viéndose elegante y atrevida. Como la mayoría de Argoleans eran al menos mitad humanos, y fascinados con la cultura humana en su conjunto, su vestimenta y maneras a menudo imitaban los del mundo humano. La excepción era la familia real, e Isadora, en particular. Protegida. Enclaustrada. Prohibido cruzar el portal, ni siquiera mirar a través al otro lado. Todo en nombre de la tradición y en defender lo que se había creado hacía más de tres mil años.

Callia representaba todo lo que Isadora quería ser. Ella era una consumada profesional con el suficiente sex-appeal cargando el aire a su alrededor para iluminar un pueblo entero. Y un confidente sin defectos. Otra razón -entre muchas- por lo que a Isadora no le gustaba.

—Regreso a la clínica e investigaré los síntomas en más profundidad. —Callia levantó la bolsa desde el lado de la cama de Isadora—. Después hablaré con tu padre.

—No es necesario agobiarle con mi situación. —dijo Isadora rápidamente.

—Sigue siendo el rey. Y sospecho enormemente que la salud de su heredero es una monumental preocupación para él.

Correcto. Su heredero. No su hija. No porque a él le importara ni nada.

Isadora no se molestó en responder. ¿Qué podía decir de todos modos?

Callia salió de la suite del dormitorio con tanta gracia como había entrado. De más allá de las puertas dobles de roble, un trío de voces murmurando fue a la deriva en la habitación. Callia, la criada de Isadora, Saphira, y el inconfundible sonido de una voz masculina.

Isadora se puso tensa.

Durante dos días se había estado preguntando qué había pasado con Theron. Recordó que entró a por ella en el club de striptease humano y se la llevó al exterior. Pero después, todo fue un borrón. Se había despertado en el castillo. En esta misma monstruosidad de cama con dosel donde podrían dormir cómodamente seis personas y amenazaba con tragársela entera cada día de su patética vida debajo del pesado cobertor de brocado que ella odiaba, con la luz matutina de Tiyrns -una ciudad que sólo veía desde su terraza- brillando en las ventanas de la catedral a través de su habitación.

Nadie tenía noticias de él. Cuando ella investigó, la enfermera de su padre le dijo simplemente que el rey había transmitido un mensaje a Isadora indicando que Theron estaba atendiendo un asunto de los Argonautas.

Lo que significaba que no era asunto que le incumbiera.

Pero Isadora sabía que no era cierto. Theron había ido a buscarla porque se había escapado. Y algo le había sucedido.

El ruido de pesados pasos cruzaron la sala de estar tras su puerta, seguido por el fuerte golpeteo de nudillos contra la madera y la voz tensa de Saphira, instando a la visita a salir y dejar a la princesa dormir.

Isadora tragó saliva y se cubrió con el cobertor hasta el pecho. Odiaba sentirse débil y tímida frente a los Argonautas, especialmente delante de Theron, porque era tan grande y fuerte… y robusto. Odiaba, más aún, estar atrapada en esta condenada cama y pareciéndose a la débil criatura que realmente estaba dentro.

—¿S…Sí? —Logró decir en lo que incluso ella supo era una patética voz.

Gran dominante presencia para que la futura Reina de Argolea presente a sus leales súbditos, Isa.

Se aclaró la garganta.

—Mi señora —dijo Saphira desde la otra habitación—. El Argonauta Demetrius está aquí para veros. ¿Le recibís?

¿Demetrius? ¿Aquí? ¿Ahora?

De todos los Argonautas, Demetrius era el que más la odiaba, incluso más que todos los Argonautas juntos, aunque ella no sabía por qué. Y eso era mucho decir, teniendo en cuenta que los Argonautas tenían una auténtica astilla sobre los hombros con todo lo relacionado con la política. Todos ellos, excepto Theron. Él era el único que nunca parecía disgustado por tener que pisar el suelo real cuando se le citaba.

—¿Mi señora?

El pelo en la nuca de Isadora se erizó al pensar en Theron nuevo. ¿Qué pasaba si Demetrius había venido aquí para transmitir malas noticias?

Oh, dioses. Esto no podía ser bueno.

—A… Adelante.

Ambas pesadas puertas se mecieron para abrirse como si no pesaran nada. Y el guardián que pasó a través de la apertura era tan alarmante como el choque de madera golpeando la pared.

Demetrius era el más grande de los Argonautas, un poco más de metro ochenta y cinco de altura y cerca de ciento treinta kilos de puro acero. Sus rasgos parecían tallados en mármol -mandíbula cuadrada, nariz recta, notable hoyuelo en la barbilla y profundos ojos café. Corto pelo negro enmarcaba su rostro y el cuerpo bajo el guardapolvo de cuero negro y ceñidos pantalones negros, era tan impenetrable como cualquier torreón del castillo. Así como lo eran sus pensamientos. Tenía un aire de no-juegues-conmigo que invadía cada habitación en la que entraba, e Isadora nunca le había visto sonreír.

A veces se preguntaba si incluso podría.

—Su Alteza —dijo Saphira con voz desesperada—, os pido disculpas. Él no ha cambiado de opinión. Le dije que no estabais lo bastante bien como para recibir visitas hoy. Pero él…

—Está bien, Saphira —Isadora se empujó más alto en las almohadas—. Le veré.

No retrocedas. No parezcas débil. Mantente firme.

O ataca duramente, según sea el caso.

Demetrius no hizo una reverencia, ni inclinó la cabeza, ni reconoció a la heredera al trono de ninguna manera, no es que Isadora lo esperara. Los Argonautas eran, colectivamente, las ovejas negras de la raza. Y Demetrius, incluso más negra.

Aunque habían sido elegidos por Zeus y nombrados como protectores de la raza cuando se estableció hace más de tres mil años, pocos en el reino de hoy comprendían o aprobaban su papel. Veían a los Argonautas como guerreros violentos con demasiado poder dado por el rey. Sujetos renegados que pasaban la mayor parte de su tiempo en el mundo humano cazando daemons, los que en realidad no eran realmente una amenaza para su sociedad.

La verdad sea dicha, hasta la semana pasada, Isadora había temido a los Argonautas como todos los demás. Ella los había considerado como rebeldes peligrosos que se deleitaban con su poder y vivían para el asesinato. Había incluso estado de acuerdo en los últimos tiempos con la campaña propagandística anti-Argonauta del Consejo, que divulgaba que siempre que el portal estuviera protegido, Argolea estaría segura y los Argonautas no serían necesarios. Aquellos que solicitan permiso al Consejo para cruzar al otro lado en el mundo humano para satisfacer su curiosidad lo hacían bajo su propio riesgo. Por lo tanto, ¿cuál era la gran amenaza?

Pero entonces Isadora se encontró las cartas de su padre. Y se dio cuenta del por qué los Argonautas eran tan importantes. Y tan peligrosos. En ese momento, había descubierto toda la verdad.

—¿A qué debo este inesperado encuentro, Argonauta? —Trató de mandar un aire de autoridad desde la regia cama, pero sabía que hizo un trabajo a medias.

No estaba en condiciones, física o mentalmente, para ordenar ni siquiera una pizca de autoridad.

Un gruñido curvó un lado de la boca de Demetrius.

—Nadie ha oído hablar de Theron desde que se fue en tu búsqueda hace seis días. Sé que piensas que tus propias y estúpidas razones para ir al reino de los humanos estaban justificadas, pero no estoy de acuerdo, Alteza.

Su última palabra fue dicha con tal repugnancia, que bien podría haberle dado un puñetazo en el estómago. El efecto hubiera sido el mismo. ¿Había pensado ella que tenía alguna autoridad sobre él?

Piensa otra vez.

—Por ti —continuó él—, es posible que hayamos perdido a uno de los nuestros. Quiero saber exactamente dónde fuiste y lo que viste.

Ella aún estaba conmocionada por su falta de gracia social, pero una cosa le llegó alta y clara: Un indicio de satisfacción en su voz.

Por un momento horrible, se preguntó si Demetrius quería a Theron muerto.

Pero eso era ridículo, ¿verdad? Eran congéneres, nacidos de la misma clase guardiana.

Su columna se tensó.

—Sería sabio vigilar tu lengua, Argonauta.

La mirada que él le envió la heló hasta los huesos, pero levantó la barbilla de todos modos, enderezó los hombros y se recordó que era de la realeza. No era prudente poner a prueba a un Argonauta, especialmente a uno justamente enfadado, pero en algún momento tenía que dejar de ser la debilucha que todo el mundo esperaba que fuera y defenderse a sí misma. Si, los dioses no lo permitan, algo le había pasado a Theron en el reino humano, entonces tan pronto como su padre falleciera, estaría sola. Y dirigir a este grupo de gentuza le competiría a ella.

Que los dioses la ayudaran.

—Tú no eres mi reina —gruñó él, su mirada deambulando sobre ella como si pudiera ver a través de las sábanas y el camisón bajo todo el camino hasta su carne desnuda. Y el desprecio allí fraguado le dijo que no estaba impresionado—. Todavía no, de todos modos, y no probablemente dado el aspecto de las cosas por aquí. Yo respondo sólo ante el rey. Y ante mis congéneres. Tú, princesa, sería prudente que cuidaras la lengua conmigo.

Isadora se negó a tragar saliva o a mostrar ni un gramo de intimidación. Theron la asustaba a veces, pero sabía que él nunca haría nada para hacerle daño. Los otros –especialmente Demetrius- eran una historia completamente distinta.

—Le dije al sirviente que tus congéneres enviaron ayer todo lo que sabía —dijo con una voz que esperaba por Hades no temblase—. Cuando dejé a Theron, estaba bien. Preguntas a la persona equivocada.

Él dio un paso más cerca de la cama, entornando los ojos sobre su cara como una cobra lista para atacar.

—Oh, creo que no, Alteza.

Isadora se puso rígida.

—No ha escapado a mi atención que todavía no has declarado lo que era tan malditamente importante en el mundo humano, en primer lugar. Si Theron ha muerto por tu causa, mis congéneres sabrán lo que estás escondiendo. Y realeza o no, buscaremos venganza.

Él lo haría. Eso era seguro. Pero no por su dolor por Theron.

No, Demetrius buscaría venganza por el simple placer de hacerlo y la promesa de una matanza.

Él sobresalía en altura por encima de ella, a los pies de la cama. Estaba claro para ambos que podría hacer lo que quisiera con ella antes de que alguien pudiera oírla gritar.

Ella cerró la boca apretadamente.

Los segundos se hicieron eternos entre ellos, una implícita mirada hacia abajo que la dejó tan fría como se imaginó que debía ser su sangre bombeando en sus venas. Por último, recogió su coraje y sacó las piernas por el lado del colchón.

A pesar de que necesitó hasta el último gramo de fuerza que tenía, lentamente se puso en pie. Incluso cuando estaba de pie, él todavía era casi cuarenta y cinco centímetros más alto que ella, pero ella se negó a mostrar un ápice de debilidad. La túnica carmesí que llevaba se abrió, revelando el camisón blanco de debajo, pero sus ojos no se desviaron hacia abajo. Para él, ella no era nada.

—Dos veces me has desafiado, Argonauta. No habrá una tercera. Tienes permiso para irte.

—Princesa —se burló él—, estás temblando.

Él dio un paso tan cerca, que ella tuvo que estirar el cuello para mirarle, y todavía no se tocaron. Una malévola y conocedora sonrisa atravesó sus labios. Una que seriamente le hizo querer retroceder.

Ella luchó contra el impulso.

—Dime, princesa. ¿Te doy miedo?

El sudor se deslizó por su piel y se reunió en la base de su columna.

—No tengo miedo de ti.

Él se inclinó para que sus labios estuvieran a un soplo de su oído. Y por un momento, ella quiso que él la tocara. Sólo una vez. Así podría tener la conexión y ver en su futuro y lo que él tenía planeado, como ella había sido capaz de hacer tan a menudo en el pasado.

El único problema era que no estaba segura de que sus poderes funcionasen esta vez.

—Deberías —le susurró él en un tono frío—. Harías bien en tener mucho miedo.

—Demetrius. Suficiente.

Ambos se volvieron ante la ruda orden y miraron hacia la puerta. Theron estaba justo dentro de la habitación, igual de oscuro, amenazante y peligroso como el comandante que era.

El alivio se extendió por el frágil cuerpo de Isadora. Apoyó una mano sobre el colchón para no caerse cuando Demetrius se apartó. Una rápida mirada le confirmó sus sospechas. El desprecio se deslizó a través de los rasgos de Demetrius antes de que lo camuflase rápidamente con indiferencia.

Los congéneres compartieron tranquilas palabras en la puerta desde donde Isadora no podía oír. Demetrius le echó una última mirada fulminante antes de salir con paso decidido de la habitación.

Toda su energía se marchitó. Ella quería tambalearse de regreso a la cama que detestaba, pero todavía odiaba aún más mostrar debilidad.

Theron caminó hacia la cama como si fuera el dueño de la habitación, esas macizas y pesadas botas golpeando contra el suelo de baldosas, el sonido resonando en su cabeza. Y por un momento le extrañó los vaqueros de mezclilla que llevaba -algo que nunca le había visto usar antes-, pero luego volvió a mirarle a la cara, viendo allí las duras y desaprobadoras líneas, y su interés en su ropa desapareció.

—Estás pálida de nuevo, Isadora.

Su voz era directa y firme. No la voz de un prometido preocupado, sino la de un general, al mando de sus tropas. Sin querer, ella retrocedió hasta que sus piernas golpearon el colchón.

Buenos dioses, este era el ándras que pronto sería su marido. No había ninguna razón para que le tuviera miedo. Ella acababa de recordar que su padre podría haber elegido a cualquier otro Argonauta, que le disgustaban más -y todos ellos habrían sido diez veces peor que Theron. Entonces ¿por qué la aterrorizaba el pensamiento de pronto?

Deja de mirarle como si fuera un leproso y anímate.

Ella respiró profundamente para calmarse y reforzar su valor. La situación la repugnaba, aunque debía sacarle el mejor partido. Por el bien de ambos.

—Tus congéneres estaban preocupados. Creo que temían que algo te hubiera sucedido.

—¿Demetrius te hizo daño?

Su gran cuerpo parecía absorber todo el aire a su alrededor mientras él se acercaba. Ella estiró el cuello para mirarle a la cara y fue golpeada por las ásperas líneas y hostiles rasgos.

—Cielos, no. ¿Por qué piensas eso?

—Porque pareces estar a punto de fregar el suelo con ese vestido que llevas.

—¿Vestido? Yo…

Él la cogió en brazos levantándola de sus pies antes que la protesta llegara a sus labios, entonces la colocó sobre la cama dejada de la mano de Dios.

—Por Hades, Isadora. No pareces estar mejor que la última vez que te vi.

Su tacto era cálido contra su ropa. Cálido, y se fue tan deprisa que apenas tuvo tiempo de registrar la sensación. Él tiró de los gruesos y opresivos cobertores sobre ella otra vez y los subió hasta la barbilla.

Inmediatamente, ella los empujó hasta su cintura. ¿Qué era ese olor? Ella respiró hondo. Lavanda. ¿Había sido herido?

Rápidamente apartó la pregunta a un lado, ya que no tenía importancia. Estaba aquí, y estaba sano, y a él nunca le habían gustado las mujeres que se preocupaban por él.

—Theron, estoy bien.

Si él la escuchó, no respondió. En su lugar, caminó a grandes pasos cruzando la habitación, sacudió la puerta para abrirla y le ladró órdenes a Saphira en la sala de estar. Isadora oyó la horrorizada respuesta de Saphira, luego los pasos de la gynaíka dispersándose en la distancia.

Él cerró la puerta y se dirigió de nuevo a ella, su pelo oscuro balanceándose mientras se movía. Lo hizo hasta el extremo de la cama y se detuvo.

—Dime lo que estabas haciendo en ese club.

Oh, por Hades. ¿Había esperado realmente que él lo dejara pasar? Dioses, había estado engañándose a sí misma.

—Yo… yo tenía curiosidad.

—No me mientas, Isadora. No soy Demetrius, ni tu padre ni tu humilde sierva.

—Doncella.

—Semántica —apretó la mandíbula—. No le he dicho a nadie dónde estabas, pero como tu futuro esposo, creo que tengo derecho a saber sobre las tendencias de quien pronto será mi mujer. ¿Cómo conseguiste pasar por mis guardias hacia el mundo de los humanos? ¿Y por qué ir allí, específicamente?

Oh, chico. Isadora frunció los labios, bajando la vista a los pesados cobertores. No podía hablarle de Orfeo y cómo la había ayudado. Eso sólo causaría demasiados problemas. ¿Pero podía contarle el resto? La indecisión luchaba en su interior. ¿Estaba ya enterado de los mestizos? ¿Sobre su padre? ¿Sobre la razón de que su padre y cada rey antes que él continuara enviando a los Argonautas al mundo de los humanos en medio de la creciente desaprobación de la raza?

No estaba segura. Y no era el momento de decírselo. Todavía no. No hasta que su padre hubiera muerto y ella gobernara Argolea.

En caso que ella gobernara Argolea.

—Tenía curiosidad, Theron —cuando él resopló con exasperación, ella añadió rápidamente—. Después que mi padre anunció nuestro… compromiso… me puse nerviosa. Conoces las reglas de la aristocracia. Sabes que estoy… intacta —aunque le avergonzaba admitir su virginidad ante él, sabía que lo sospechaba, y habría descubierto la verdad en cuanto se casaran de todos modos, así que enterró la vergüenza y siguió adelante—. Oí hablar sobre los clubes de piel humanos como aquél. Fui a ver lo que toda gynaíka en el reino probablemente ya sabe. No quise desagradarte con mi inexperiencia.

No era exactamente una mentira. Al menos no completamente. Ella simplemente optó por omitir el hecho de que la idea de tener sexo con él la asustaba a muerte.

Contuvo la respiración y esperó a su respuesta, pero él sólo la miró con ojos ilegibles. Justo cuando estaba segura de que no iba a decir nada, él dejó escapar un largo suspiro, frustrado.

—Isadora, no puedes desagradarme. En todo caso, soy yo el que no tiene experiencia. Esta realeza, protocolo, procedimiento, skata, no sé cómo llamarlo. Todo ello está más allá de mi comprensión. Sé que esta situación no es lo que cualquiera de nosotros esperaba, pero es nuestra responsabilidad hacer que funcione.

Sus palabras deberían haberla confortado. Aunque fueran dichas en ese duro y dominante tono de voz que siempre usaba con ella. Lo que le hizo pensar que estaba ordenándole que se calmara.

Esa vía no surtía efecto para ella.

El resentimiento se fraguaba en sus venas mientras lo estudiaba –esos oscuros ojos, barba incipiente en la mandíbula, la caída de pelo negro alrededor de su cara. Supuso que para otra gynaíka sería atractivo. Para ella no era algo que quisiera.

Y mirando más de cerca, vio lo mismo reflejado en él.

Él no quería comprometerse a ella más de lo que ella quería estar atada. Él estaba renunciando a tanto como ella. Más, quizás.

Ella respiró hondo y se recostó contra las almohadas, de repente más cansada de lo que nunca recordó haber estado.

—Necesitas descanso, Isadora. Tengo asuntos que atender con los Argonautas, pero estaré de vuelta para la ceremonia de unión dentro de unos días. Si me necesitas entre ahora y entonces, sabes cómo ponerte en contacto conmigo.

Isadora asintió con la cabeza. A través de su criado, Lerna, en su finca en los bosques fuera de Tiyrns. Ella nunca la había visto, pero se la imaginaba a menudo -techos altos, paredes de cristal, tan macizas y grandes como él. ¿La llevaría allí después que se hubieran casado? ¿Quería ella ir?

Probablemente no y no. Las nauseas se agruparon en su estómago cuando afrontó la sombría realidad que en cuestión de días estarían casados. Unidos. Permanentemente. Esa parte de su alma que nunca había estado cómoda agarrada para ser puesta en libertad.

—Buenas noches, Isadora.

Ella no tenía palabras para ofrecerle en respuesta.

Como si lo supiera, él asintió con la cabeza y desapareció.

Sola y agotada, Isadora se deslizó en las almohadas y se quedó mirando el techo abovedado de madera con intrincadas vigas. Ella trató de aclarar su mente de todo para así poder dormir, pero un pensamiento se mantenía golpeando en su mente.

Acacia.

Si sólo hubiera habido una forma…

Theron volvió a la base de la grandiosa escalinata y se dirigió a la suite del rey en el cuarto piso del castillo. Enormes columnas griegas flanqueaban el sólido pasillo. Lujoso mobiliario, espejos dorados, estatuas y flores frescas sobre pedestales y mesas de mármol llenaban el espacio a su alrededor mientras caminaba. La riqueza goteaba de cada baratija, desde las cortinas de terciopelo en las enormes ventanas al polvo de oro de las puertas que él pasaba a lo largo de su camino.

El lugar definitivamente no era su estilo, con los hombros apretados con cada paso que daba. ¿Cómo podían el rey o Isadora soportarlo? ¿Cómo en el Hades se las arreglaban para vivir en este mausoleo? Él apenas podía caminar por el pasillo sin sentir la imperiosa necesidad de correr por la libertad.

Así, cuando llegó al final del pasillo, la puerta del rey se abrió y Callia salió recogiendo su bolso de sanadora. Él esperó a que ella se volviera y le viera antes de hablar.

—Callia.

—Theron —ella echó su pelo sobre el hombro y le dio una mirada—. Veo que los rumores eran ciertos. Huelo a lavanda. ¿Hay algo que quieras que mire?

Siempre la misma Callia. Directa al grano.

—No —dijo él—. Estoy bastante bien.

Gracias a Casey.

Apartó rápidamente los pensamientos de la humana de su mente.

—Háblame de Isadora. Su salud me preocupa.

Callia lanzó un rápido vistazo por encima del hombro hacia la puerta del rey, luego le hizo una señal a Theron para reunirse con ella a través del pasillo, fuera del alcance del oído.

—Sí —dijo ella cuando llegaron a las asombrosas ventanas mirando desde lo alto hacia el patio de piedra de debajo—. Theron, no estoy segura de cómo decirte esto pero, no hay otra manera de decirlo. Isadora se está muriendo.

Sus palabras deberían haber producido una reacción, pero todo lo que Theron sintió fue… nada.

No, eso no era del todo cierto. Una pequeña parte de él se sintió aliviada. Y esa emoción le enfadó más que el sufrimiento que él supo debería estar sintiendo.

—¿Estás segura de esto? —Preguntó—. ¿Cómo? Ella parece…

—He consultado todos los libros que tengo, buscando algo, cualquier cosa, que sea remotamente similar. Ninguno de los métodos tradicionales de curación ha funcionado. Algo se rompe dentro de ella, sólo que no puedo imaginar qué. Es como…

—¿Qué?

Ella frunció el ceño.

—Pensarás que estoy loca.

—Nada puede ser más loco que saber que nuestro reino está a punto de perder tanto a su rey como a su heredera. No te refrenes por mí, Callia. ¿Qué?

Ella dejó escapar un suspiro.

—Es casi como si estuviera perdiendo esa parte de sí misma que es intrínsecamente Argolean. Su sistema inmunológico, que normalmente es fuerte, es el más débil que jamás he visto. Es casi como si su mitad humana estuviera absorbiéndola.

Theron miró alrededor de la elegante habitación pero no vio a nadie.

—¿Se lo has contado a alguien?

—No. Eres el único. Le he mencionado su debilitada salud al rey, pero no quiero darle más estrés del necesario. Él no la ha visto desde que volvió al reino. Me temo que la situación podría empujarlo al abismo.

Theron recorrió la mirada hacia la ventana de la catedral y la vista de Tiyrns en la colina más abajo. Un pájaro sobrevoló el parapeto, abalanzándose en picado y aterrizó en el borde de la fuente. Él siguió el aleteo de sus alas mientras la línea de tiempo que había estado haciendo tictac en su mente se precipitó a la velocidad de la luz. Había pasado preciosas horas con Casey, cuando había sido necesario aquí.

—¿Por cuánto tiempo? —Preguntó él—. ¿Cuánto tiempo crees que le queda?

—No estoy segura —dijo en voz baja Callia a su lado—. Pueden ser días. Semanas. Posiblemente más. Pero una cosa es cierta Theron. Ella no es lo suficientemente fuerte como para engendrar un heredero. Un embarazo sellaría su sentencia de muerte.

No, él se había equivocado. Sí sintió algo. Un desgarro de la inminente pérdida de Isadora. Y un bajo y abrasador dolor en el fondo de su corazón por su raza. Esto lo cambiaba todo.

Su mirada chasqueó en Callia.

—Esto no irá a más. El Consejo no puede ser informado.

—Eres el único. Como su futuro compañero, es tu responsabilidad informar al Consejo de Ancianos, cuando mejor te parezca.

Él asintió con la cabeza, aunque era un derecho que particularmente no estaba deseando. Era un luchador, un soldado que comandaba un grupo de guardianes de élite contra esos quienes destruirían su mundo si pudieran. Le importaba poco la política y el estado y los altercados del Consejo. Si Isadora moría sin engendrar un heredero -aunque él estuviera casado con ella, el Consejo nunca le permitiría convertirse en rey. Y la dirección de los Argonautas cambiaría para siempre.

Él miró hacia la puerta del dormitorio del rey.

—Trata de no permanecer más tiempo del necesario —dijo Callia—. Él es frágil. Si tienes alguna otra pregunta sobre la princesa, ven a buscarme.

Callia se alejó, dejándolo solo en el enorme vestíbulo desierto. Cuando ella desapareció de la vista, él se pasó una mano por la cara, y fugazmente pensó en Casey. Permanecer con ella habría sido mucho más placentero y agradable que volver a todo esto.

La enfermera del rey se levantó de detrás de un gran escritorio cuando él entró en la sala de estar exterior. Theron esperó mientras ella revisaba para ver si el rey estaba levantado para un visitante.

Cuando regresó, sus labios estaban caídos en un gesto de desaprobación y las líneas de piel entre sus ojos fruncidas. Era un gesto que había visto a menudo de ella durante las últimas semanas. No es que le importara.

—No tardes demasiado —dijo ella—. Él necesita su descanso.

Él llamó a la puerta de la habitación y esperó. Y se dijo que de alguna manera encontraría la forma de salvar a Isadora. Era su deber, no sólo como el líder de los Argonautas, sino como su futuro esposo.

—Entra, hijo —dijo una débil voz llamando desde el otro lado de la puerta—. Te he estado esperando.

CAPÍTULO 8
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