Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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Desde su silla junto a la ventana, el rey Leónidas le hizo un gesto a Theron para unirse a él con una débil y huesuda mano.

—Vamos, vamos. Siéntate.

El anciano ándras había perdido peso desde que Theron lo hubiera visto hacía sólo una semana. Su pijama de cuadros rojos y bata de seda azul colgaba de sus hombros delgados. El pelo volviéndose cada vez más plateado capturaba la luz del sol brillando a través de las altas ventanas. Líneas que Theron no había visto antes plegaban profundamente la cara hundida del rey.

Como los Argoleans sólo comenzaban a envejecer durante los últimos veinticinco años de su vida, los cambios en Leónidas se amplificaban más cada día. Era de esperar, entonces, que cada arruga y hueso prominente parecieran una cruel sentencia de muerte para tal sabio y tempestuoso varón, y no por primera vez, Theron maldijo a los dioses que les dieron todos esos poderes increíbles, aunque limitando su existencia como simples mortales.

—He estado esperando por ti, hijo mío —Leónidas inclinó débilmente la cabeza hacia las puertas dobles que Theron había cerrado a sus espaldas—. La vieja bruja con el termómetro podría gobernar a los Argonautas con puño de hierro y hacer correr al mismo Zeus en la tierra si quisiera. No demuestres miedo, muchacho. Ella huele la debilidad —Una chispa traviesa iluminó sus ojos cuando miró a la chaqueta de Theron. —¿Me trajiste un regalo?

Theron metió la mano bajo su abrigo. El rey tenía algunas debilidades, entre ellas su conocida inclinación por el whisky irlandés. Cada vez que Theron entraba en el mundo de los humanos, se traía una botella a casa sólo para el rey.

Era una de las cosas que Theron siempre había disfrutado más acerca de Leónidas, su pasión por la vida, que a diferencia de otros Argoleans eran, como raza, más reservados. Sospechaba que el rey había desarrollado estos deseos durante su estancia pasada secretamente entre los humanos, aunque el anciano ándras nunca hablaba de aquellos días, y Theron no se había molestado en preguntarle.

Theron sacó la botella del bolsillo interior de su chaqueta de cuero y se la entregó al rey.

—Si ella encuentra este contrabando, tendré que delatarte.

El rey cogió la botella como un sediento en un desierto polvoriento.

—Mariquita.

El argot humano llevó una sonrisa a los labios de Theron cuando puso una silla frente a Leónidas.

El rey rompió el sello y tomó un largo trago de Jameson, y luego dejó escapar un suspiro de satisfacción.

—Los malditos irlandeses hicieron algo bien. Si fueras la mitad de listo de lo que Zeus dice, te habrías comprado una botella de esta magia para ti cuando estuviste allí —Sus ojos violetas se entornaron con un inadvertido conocimiento—. Pero no lo hiciste, ¿verdad?

—No.

El rey tomó otro largo trago y se recostó en su asiento. Aunque el cuerpo de Leónidas había decidido después de seiscientos ochenta y cuatro años que ya había llegado su hora, su mente todavía era tan afilada como un cuchillo. Y la luz de astucia brillando en sus ojos confirmaba exactamente lo que sospechaba Theron que había en la mente del anciano ándras.

—Dime, Theron. ¿Cómo encontraste el mundo humano?

Ahí estaba. La misma pregunta que siempre le hacía cada vez que Theron volvía.

¿Cómo lo encontró? Ayer por la noche había estado húmedo y sudoroso y nada parecido a lo que alguna vez hubiera experimentado antes. Y tenía la sensación que el recuerdo de ese ardor podría obsesionarle durante su matrimonio.

Como sospechaba que eso era algo que su futuro suegro no querría escuchar, sólo dijo:

—Caliente.

Leónidas se echó a reír.

—A veces. Pero vibrante —él agitó la nudosa mano alrededor de la habitación.— Oh, muchos dirían que nada podría compararse a Argolea, y estaría de acuerdo en la mayoría de los casos, aunque siempre ha habido algo intrigante acerca del mundo humano… algo que nos falta aquí. El Olimpo carece también de ello, lo cual es una de las razones por la que los dioses siempre se han sentido tan intrigados con los humanos.

—Eso, y que les gusta entrometerse —murmuró Theron.

Leónidas sonrió.

—Es verdad. Pero los Argoleans están fascinados también. Mira a tu alrededor. A veces tengo dificultades para creer que éste es el mismo reino en el que nací. El estilo, el habla, incluso nuestra tecnología más avanzada, son similares en estos días a la que se encuentra en el reino humano.

Theron frunció el ceño. Sí, él también se había dado cuenta en los últimos doscientos años. Los Argoleans estaban solicitando cada vez más pasaje al reino de los humanos, incluso mientras no era seguro por los daemons volviéndose cada vez más audaces, trayendo de vuelta la cultura popular como si se tratara de un tesoro para ser codiciada, y el Consejo dejándole sólo a los varones. No importaba que la mayoría pensara que eran intelectual y físicamente superiores a los humanos, estaban cautivados con lo que no tenían. Theron no podía ver la fascinación. Y francamente, le disgustaba. O al menos lo hacía. Antes de anoche.

Leónidas tomó otro trago de la botella.

—Dime, Theron. Has estado por todo el reino humano. ¿Cuál es tu lugar favorito?

—Cuando estoy en el mundo humano, no presto mucha atención al paisaje.

—No, por supuesto, no lo haces, ¿verdad? Cazas daemons, haciendo aquello para lo que has sido criado.

Leónidas ojeó a Theron durante un buen rato, como si debatiera qué decir a continuación, lo cual era algo nuevo para el rey, ya que siempre parecía saber qué decir y hacer. La intriga molestó a Theron.

—Sabes —dijo Leónidas finalmente—, que eres probablemente el mayor Argonauta desde Heracles. Tu padre fue un gran guardián, y un buen amigo mío, pero Solón nunca fue tan fuerte como tú. Él estaría orgulloso de en lo que te has convertido.

¿Su padre estar orgulloso? Theron lo dudaba. Solón nunca habría querido ver a los humanos atrapados en medio de su guerra. Theron pensaban diferente. Lo único que le gustaba era la lucha. Y puesto que conforme a la ley no podía desatar su ira sobre los humanos, descargaba esa rabia sobre los daemons que encontraba.

—Tú, por supuesto —continuó Leónidas, ajeno a sus pensamientos—, eres más inteligente que Solón. Me gustaría pensar que yo tengo algo que ver con eso, aunque sé que es probablemente más por un legado de tu genética que por nuestra amistad a lo largo de los años.

El rey estaba, obviamente, sintiendo su edad. Theron hizo a un lado el escozor del recuerdo de la muerte de su padre y la repulsión que lo había provocado y relajó los hombros.

—Me has enseñado muchas cosas, Su Alteza.

Leónidas agitó la mano.

—Bah. Me aproveché, Theron. Los dos sabemos eso. Si fuera decisión mía, el reino caería en tus manos tras mi muerte. El Consejo… —lanzó un suspiro— El Consejo tiene otras ideas.

—La tradición debe ser defendida. Eso ha alimentado nuestra raza durante siglos.

El anciano ándras miró por la ventana, una mirada lejana en sus ojos.

—Alimentado, pero no nutrido. Recuerda mis palabras, muchacho. Ellos hundirían este reino en la tierra si pudieran. Eres el único lo suficientemente fuerte para detenerlos.

Volvió la mirada hacia Theron, y toda la pena que antes habían mostrado sus ojos había desaparecido.

—Sé que no estás emocionado con la perspectiva de casarte con mi Isadora — Cuando Theron abrió la boca para protestar, Leónidas levantó la nudosa mano para detenerlo—. No, ahora no vamos a tener pelos en la lengua. Hay demasiadas cosas que tengo que decirte esta noche, y me temo que nuestro tiempo está llegando a su fin. Debes saber esto, sin embargo, Theron. Los sacrificios que hagas ahora y en el futuro se hacen por una razón. No podemos verlos en el momento que se presentan, pero ahí están, no obstante. Tú y yo, los dos somos de la línea de Heracles, y por lo tanto nos rige el honor y el deber. Recuerda tu sangre cuando todo sea dicho y hecho. Recuerda los votos que tomaste como fuiste reclutado en los Argonautas.

La cautela se apoderó de Theron mientras escuchaba al rey. Había algo en la mente del anciano ándras. Algo más que el pesar de una larga vida y la preocupación por su delicada salud.

El rey tomó un último trago de whisky, coronó la botella y se la devolvió a Theron.

—Estuviste ausente en los últimos días. Lo tomaré como que te metiste en problemas.

Theron se guardó la botella en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Cuatro daemons llegaron al mismo tiempo justo cuando localicé a Isadora.

El rey asintió con la cabeza.

—La enviaste de vuelta aquí y trataste con ellos por tu cuenta. Tu valentía es encomiable. Cuatro contra uno. Esa es una ventaja insuperable, incluso para ti.

Theron pensó brevemente en su caballero de brillante armadura y la forma en que había cuidado de sus secuelas. La fuerza, sabía, a menudo venía en paquetes imprevisibles, pero él no la hubiera esperado de la mujer humana con la que se había tropezado accidentalmente.

—No del todo insuperable.

El rey lo miró un momento y luego se levantó de su silla y cojeó hacia las ventanas. La luz del sol del atardecer le salpicó sobre sus arrugados rasgos y el cansancio se hizo evidente en su marchitado cuerpo.

—Te estás conteniendo. ¿Qué te preocupa, Theron?

Theron cambió de posición en su asiento. Entre los más grandes poderes del rey estaba su capacidad de sentir las emociones en otros. Algunos decían que podía leer la mente, aunque Theron nunca había sabido que éste fuera el caso. Leónidas, sin embargo, tenía la capacidad de extraer directamente lo que estuviera pasando por su cabeza, y en este caso, aunque el rey sabía que Theron no amaba a Isadora, no quería que el viejo ándras conociera los pensamientos que mantenía sobre una humana de la que no tenía ningún derecho a pensar.

—El poder de los daemons continúa creciendo —dijo Theron, con la esperanza de distraer al rey—. Aunque los Argonautas han tenido éxito en eliminar a un gran número de su ejército durante los últimos años, no estamos haciendo la mella que deberíamos.

El rey no mostró ninguna reacción, sólo siguió mirando a la ciudad y el centelleo de las primeras luces de las casas a lo lejos.

—Eso no es lo que realmente te preocupa, sin embargo, ¿no?

Theron recordó la noche que había enviado a casa a Isadora. En el hecho de que los daemons no hubieran matado a Casey cuando lo podrían haber hecho tan fácilmente. Eligió sus palabras cuidadosamente.

—Ellos no están cazando humanos. Los pocos que encontramos muertos parecían más un accidente al azar que un asesinato intencionado.

—No —Dijo el rey sin volverse—. No obtienen ningún beneficio en matar directamente a humanos. No, a menos que maten a la persona correcta.

Theron arrugó la frente ante el extraño comentario, y mientras esperaba que el rey continuara, su columna zumbó.

El rey se volvió finalmente.

—Conoces la historia de Atalanta, Theron.

Sí, cada Argonauta conocía la historia de Atalanta, quien había negociado su alma por el dominio sobre los daemons después de que Zeus se negara a nombrarla como una de los siete Guardianes Eternos. Incluso milenios más tarde, todavía estaba buscando venganza. Su objetivo era doble: Matar a los Argonautas que custodian el portal entre Argolea y el reino de los humanos, y al mismo tiempo fortalecer su ejército de daemons.

—Cada alma Argolean que envía al Hades la hace a ella y a su ejército mucho más fuerte —Continuó Leónidas—. Y eso incluye también a las almas de los mestizos que matan.

—Mestizos —preguntó Theron—. Creía que eran un mito.

—Y los humanos creen que el mito somos nosotros. Los mestizos sí existen, aunque son raros —dijo Leónidas con un suspiro.

Theron pensó en la marca que había visto en la parte baja de la espalda de Casey, el omega griego rodeado por alas. Se había convencido de que no era más que un tatuaje humano. Todos los Argoleans llevaban marcado el alfa, una marca de los mismos dioses que significó el comienzo de su raza, pero esto era diferente.

El rey le dio una mirada escrutadora y asintió.

—Puedo ver tu mente trabajando, hijo mío. Si los daemons no obtienen beneficio en matar a humanos, y no son intencionadamente cazados, ¿qué buscan? ¿Qué es lo que tú y los Argonautas estáis protegiendo realmente? La respuesta a ambas preguntas es simple: La clave de la profecía.

—¿Qué profecía? —Preguntó Theron con cautela.

—La que cambiará para siempre esta guerra.

Theron vio como el rey se acercaba a la gran mesa tallada a mano en el salón de su suite. El ándras mayor sacó un libro encuadernado en cuero de un estante en la pared y lo puso sobre la superficie de madera brillante. Después de darle un tirón para abrirlo, se sentó en su regia silla, mirando cada centímetro de sus más de seiscientos años como miembro de la familia real.

—Cuando Atalanta fue omitida como Argonauta, hizo su pacto con Hades por la inmortalidad, Zeus se mostró muy preocupado porque ella hiciera estragos en los humanos, en represalia, ya que los Argonautas protegían el portal y ella no podía entrar en Argolea para obtener su venganza en nosotros. No es un secreto que Zeus y Hades tienen una larga enemistad, o que Hades encontró divertido desatar a Atalanta sobre los humanos con los que Zeus había estado durante mucho tiempo tan fascinado. En pago por la creación de Argolea, Zeus ordenó a los Argonautas que protegieran no sólo a nuestra raza, sino también a los humanos, algunos dirían que para enmendar el mal del que una vez fue una de los nuestros. Y los Argonautas lo han hecho, durante casi tres mil años. Pero como señalaste antes, Atalanta sigue creciendo en fuerza, independientemente de tus esfuerzos —Su mano se detuvo en el libro—. Pronto ella y su ejército serán lo suficientemente fuertes como para dominar a los Argonautas, dejando sin protección el portal. Después podrá masacrar a nuestro pueblo a su antojo. Ahí es donde entra en juego la profecía.

Dio la vuelta al libro para que Theron pudiera verlo. Tentativamente, Theron se adelantó y bajó la mirada a la página escrita a mano delante de él. La escritura era vieja, pero reconoció al instante la lengua nativa Argolean.

—Traducido libremente —dijo el rey—, se habla de una…

—Laguna en el acuerdo de Atalanta con Hades —cortó Theron, mientras sus ojos examinaban la página. La crónica que estaba leyendo tenía tres mil años de antigüedad y llevaba el sello del mismo Heracles.

Leónidas asintió con la cabeza.

—Sí. A Hades le encanta una buena broma, y como sabes, siempre hay una trampa en sus ofertas. Básicamente, esto resume el final a la inmortalidad de Atalanta. En cada generación deben haber dos mitades de un todo que, cuando se unen, harán a Atalanta mortal una vez más.

Theron entornó los ojos con comprensión.

—Ella está cazando a los profetizados. Para asegurarse su inmortalidad.

—Sí.

—¿Y las dos mitades son humanas?

—No, hijo mío. Uno de ellas es un mestizo. Y la otra un Argolean.

Theron levantó los ojos a Leónidas.

—¿Por qué nunca has reconocido la existencia de los mestizos?

El rey suspiró.

—Porque no hay suficientes para justificar nuestra preocupación. Aprendieron pronto a mantenerse a salvo de los humanos, y también de nosotros. Los primeros reyes creyeron, imprudentemente, que los Argoleans eran superiores a los humanos, y eso también incluía la descendencia entre un Argolean y un humano. Como ves, los mestizos tienden a vivir más que el promedio humano, pero no poseen los poderes que tenemos. Los pocos mestizos que surgieron fueron… firmemente animados a permanecer con sus padres humanos.

—¿Por qué no se le dijo a los Argonautas?

—Ha sido la carga de todos los reyes decidir cuánto contar a sus guardianes. Decidí hace mucho tiempo, que cuanto menos se supiera de la profecía, más seguros estaríamos todos. Hemos tenido, como sabes, algunos Argonautas que no se han consagrado a nuestra causa como tú y yo. Algunos han ignorado las normas y han dejado pasar a nuestra gente a través del portal. Y por lo general con terribles consecuencias.

Theron sabía que era cierto. Pensó en concreto en Demetrius.

—Lamentablemente —continuó el rey—, he cambiado mi forma de pensar sobre este punto.

—¿Por qué? —Preguntó Theron con los ojos entornados—. ¿Qué ha cambiado?

—Mi hija se está muriendo. —El rey rodeó el escritorio para detenerse frente a Theron, haciendo una mueca por el dolor de las piernas— .Callia me ha informado de la deteriorada salud de Isadora. Tenía la esperanza de que tuviéramos más tiempo, pero ahora veo que es un sueño.

El rey enderezó la espalda, y la soberanía que una vez hubo dominado pareció inundar sus hombros, manteniéndole erguido unos cuantos centímetros más.

—Me he quedado sin ninguna opción, Theron. En su estado actual, Isadora nunca gobernará, y sin otro heredero, el Consejo anulará todo lo que yo y los reyes antes que yo hayamos luchado por contener. Casarte con ella no resolverá este problema, no a menos que ella esté lo suficientemente sana como para engendrar un heredero, cosa que ambos sabemos no está.

—El Consejo no entiende la sed de venganza de Atalanta. A través de los años y con el tampón manteniendo el portal, se han olvidado de lo cruel que puede llegar a ser. Quieren disueltos a los Argonautas, no viendo la necesidad de sus servicios que tú y tu familia ofrecieron, aparte de la protección del portal. Lo que, tontamente, creen que pueden hacer por sí mismos. Si eso ocurre, nuestra raza será exterminada.

—He pensado mucho en esto, y quiero que sepas ahora que esto es una pesada carga, que no la pondría en tus hombros a menos que fuera en última instancia inevitable. Isadora lleva la marca de la Unidad. Estoy bastante seguro de mi otra hija lleva la otra marca.

Pasaron segundos mientras las palabras del rey se le hundían. Si Theron había pensado que la admisión del rey sobre la existencia de los mestizos fue una sorpresa, se había equivocado. Nada comparado con lo que acababa de serle revelado.

—Sí. —dijo el rey en voz baja—. Hay otro heredero, aunque ella nunca gobernará, porque es una mestiza. Las posibilidades son buenas ya que ella ni siquiera sabe lo que es o que su destino está a punto de cambiar para siempre.

—¿Cómo…? —Theron tenía problemas para comprender todo lo que se le estaba diciendo—. ¿Cuánto tiempo hace que sabes de ella?

—Desde que nació. Su madre era humana, una estudiante que conocí cuando me aventuré a Atenas. Gaia era… —Algo suave pasó sobre sus ojos mientras miraba hacia el espacio—. Cariñosa. La madre de Isadora había fallecido poco antes que conociera a la mujer, y Gaia me aportó el consuelo que necesitaba en ese momento. Nuestra aventura fue breve, pero ella significó mucho para mí. Organicé que ella y su hija estuvieran cuidadas y tuve cuidado de no revelar quién o lo que era, aunque creo que ella lo supo. Era una muchacha muy inteligente. Apasionada. Llena de vida, y muy interesada en su herencia y los mitos de los dioses. Ella desapareció con el bebé poco después del nacimiento, y aunque me he preguntado a menudo qué pasó con ellas, nunca las volví a ver.

La inquietud rodó a través del estómago Theron.

—Entonces, ¿cómo sabes que esa niña lleva la marca?

—No lo sé. Pero sospecho que, principalmente debido a que Isadora y la joven son de la misma fuerte línea de sangre, y porque Isadora fue a buscarla después que encontró hace días el pasaje de la profecía en las crónicas.

Eso explicaba lo que Isadora había estado haciendo en el mundo humano. Había ido a encontrar a su otra mitad. Su mente regresó velozmente una vez más a lo que había visto anoche en la piel de Casey. En la marca que había temido fuera algo más que un tatuaje.

—La única manera de garantizar la seguridad de la raza es encontrar a esta mestiza marcada y traerla a Argolea antes de que la encuentren primero los daemons y la maten —dijo Leónidas firmemente.

—¿Y luego qué? —Preguntó Theron—. Si la profecía se cumple y Atalanta llega a ser mortal, será aún más violenta en su búsqueda de venganza.

—Cierto, pero sus poderes serán limitados. Y entonces, Theron —dijo el rey en voz baja—, comenzará la auténtica guerra. La que con el tiempo nos dará la libertad.

Theron pensó en todo lo que su padre había creído. Todo lo que Theron despreciaba.

—¿Y qué pasará con los humanos? ¿No los usará para llegar hasta nosotros?

El rey se puso tenso.

—Nos estamos quedando sin opciones. Cada rey ha tenido que equilibrar la directiva de Zeus con lo que es mejor para nuestro pueblo. Al final, tengo que pensar primero en nuestro mundo. Sí, puede haber más víctimas humanas si la profecía se cumple, pero es un precio pequeño a pagar por la seguridad de nuestro reino. En última instancia, tengo fe que tú y tu gente podáis organizar una defensa. Y al hacerlo, Theron, salvarás a los preciosos humanos de Zeus. También salvarás a tu reina. Salvarás nuestra monarquía y nuestra forma de vida. Y te asegurarás que el Consejo no dominará en mi lugar. Tu destino te ha llamado, hijo mío — Dijo el rey en voz más baja—. Eres el único en quien confío para terminar lo que comenzó hace siglos. Es lo que naciste para hacer.

Theron consideró todo lo que el rey le había dicho. Aunque el dolor de la traición corrió por sus venas por los secretos guardados a él y sus congéneres, comprendió que el conocimiento de la profecía podría haber causado caos en la raza, especialmente entre el Consejo.

No importaba cómo Theron lo mirara, todas las elecciones frente a él estaban destinadas al fracaso. Un gran número moriría antes que llegara el fin, humanos, mestizos y Argoleans, y si él vivía, tendría que volver la mirada atrás y reconocer que sus decisiones fueron hechas a expensas de muchas vidas.

—¿Qué le pasará a esta mujer mestiza si la encuentro y se la traigo a Isadora?

Por primera vez, el rey evitó los ojos de Theron. Dejó caer el brazo a sus zapatillas, al parecer, con gran interés.

—No puedo estar seguro.

—Pero lo estás. —Dijo Theron, detectando la mentira del rey— .Sabes exactamente lo que sucederá con ella. No contengas tu lengua ahora, no cuando hay tanto en juego.

El rey levantó la mirada.

—Morirá. Su esencia Argolean, la parte de ella que Isadora está perdiendo, será reciclada por Isadora.

—¿Lo sabes a ciencia cierta?

—Sí.

—¿Cómo sabes que no será al revés?

—Porque tan débil como ella puede estar, la herencia Argolean de Isadora es más fuerte que la de la mestiza. Ella tomará lo que le falta y se curará. —El rey se acercó y le puso una mano sobre el hombro de Theron, y en su toque hubo compasión, aunque Theron no podía decir si estaba dirigida a él, a Isadora o a la hija que nunca había conocido—. No es una cuestión de cómo, Theron, es una cuestión de cuándo. Tienes que encontrar a esta mujer y traerla a Isadora. Antes de que sea demasiado tarde.

Esta mujer. Theron no se perdió el detalle de que el rey se negó a llamarla por su nombre. Si efectivamente encontraba a la Primera Elegida, y Theron era enviado a buscarla, su presencia en su vida la llevaría directamente a la muerte.

Él había matado a muchos. La muerte era una parte de quién y lo qué era. Pero rara vez un humano, y sólo cuando era inevitable. Y nunca una hembra.

¿Qué pasa si Casey era esta Primera Elegida? ¿Podría hacerlo?

Tan pronto como se le ocurrió, lo desestimó. La marca que había visto en su espalda no era una prueba. Todavía había una posibilidad de que no fuera más que un tatuaje normal. O una simple marca de nacimiento. Había estado cansado y herido y aguijoneado por la lujuria, cuando había estado con ella. No había estado pensando con claridad la noche anterior.

—¿Cómo la reconoceré? —Preguntó él.

—Debido a que ella lleva la marca de los Elegidos, al igual que Isadora. —el rey suavizó la voz mientras la mente de Theron daba vueltas—. A veces, hijo mío, se debe sacrificar a uno para la supervivencia de muchos. Búscala, Theron. Y tráesela a Isadora. Eres el único que puede.

CAPÍTULO 9
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