Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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títuloUando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última
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Casey apretó las manos sobre el regazo, liberando sus dedos y conteniendo el impulso de petarse los nudillos. ¿Qué demonios le estaba llevando tanto tiempo?

Miró el reloj de pared en el cuarto de examen de la doctora Carrow en la tarde del lunes y respiró hondo para calmar sus nervios. Había estado esperando diez minutos. Sólo diez minutos. Tenía que mantener el control y tranquilizarse.

Pasaron dos minutos más. Dos minutos en los que Casey sintió como si gateara fuera de su piel.

Bueno, quedándose quieta no iba a conseguir hacerlo. El papel se arrugó cuando ella brincó fuera de la mesa y mantuvo el vestido de algodón rosado en su espalda. Venir aquí fue una idea inteligente. Jugar sobre lo que sería su cansancio excesivo y las náuseas no le estaba haciendo ningún bien. Habría una explicación lógica para la forma en que había estado sintiéndose últimamente. No significaba que fuera a terminar como su abuela.

Un nítido golpe sonó en la puerta, y Casey se dio media vuelta por el sonido.

—Adelante —dijo ella rápidamente, volviendo a la mesa de examen.

La Dra. Jill Carrow entró en la sala vestida con pantalones y una blusa azul marino. Su cabello castaño rojizo estaba recogido en una cola de caballo, un estetoscopio estaba enredado en su cuello y tenía un historial médico en la mano. Era, pensó Casey, probablemente no mucho mayor que ella, pero emanaba una confianza que Casey nunca había tenido. Y eso gustaba a Casey. Al menos un poco.

Jill sonrió.

—Me alegro de verte, Casey. Ha pasado tiempo.

—Sí —Casey se encogió de hombros, sintiéndose estúpida por no haber llamado a la mujer que había cuidado de su abuela hasta el final. Apretó los puños a los costados del cojín de vinilo y pensó en mil excusas del por qué no había previsto esa fecha para el almuerzo como había prometido hacía seis meses en el funeral de su abuela. Todas ellas ya sonaban vacías. Acordó dar la verdad en su lugar—. Los consultorios no son mis lugares favoritos para pasar el rato.

Jill se echó a reír.

—Confía en mí, lo sé. No pasa nada —Ella se sentó en el taburete giratorio, abrió la carpeta para el estudio de su última nota y luego levantó la vista—. Así que dime qué te pasa.

Casey respiró hondo.

—No mucho. Quiero decir, bueno… —Aquí es donde ella sonaba como una hipocondríaca. Cruzó los pies colgando por los tobillos y retorció las manos juntas sobre el regazo de nuevo—. He estado teniendo algunos síntomas. Nada importante, pero… —Se mordió el labio.

Jill asintió con la cabeza de inmediato entendiendo.

—Pero creíste que mejor hacer una revisión para estar segura —Ella se levantó de su asiento y colocó la carpeta en el mostrador situado junto a la pared del fondo. Con una mano sacó una linterna del bolsillo y le emitió el haz sobre los ojos de Casey—. Echemos un vistazo.

—Probablemente no sea nada —dijo Casey rápidamente—. Quiero decir, un poco de insomnio no es gran cosa, realmente. Yo…

—Casey —Jill le puso la mano en el brazo de Casey—. Una mujer inteligente hace caso de las señales de su cuerpo. Si nota algo fuera de lo normal, debe comprobarlo. Has hecho lo correcto en venir. Estoy segura que probablemente no sea nada, pero vale la pena un chequeo rápido. Y teniendo en cuenta tus antecedentes familiares, eso es inteligente.

Casey soltó el aliento que había estado reteniendo. Por supuesto, la Dra. Jill lo entendió. Había sido una tonta por pensar que la mujer no lo haría. Esbozó una débil sonrisa.

—Gracias.

Jill sonrió.

—Está bien entonces. Ahora dime lo que te ocurre.

Casey describió sus síntomas, insomnio, náuseas, pérdida del apetito. Trató de restar importancia a los ratos de pérdida de memoria que había experimentado el fin de semana porque era algo que a su abuela no le había pasado, pero una mirada mordaz de la Dra. Jill y lo dejó ir de todos modos. Podría ser al menos completamente honesta.

Un pequeño surco apareció entre los ojos de Jill cuando palpó tras las orejas de Casey y a lo largo del cuello.

—Así que no son exactamente apagones sino…

—Más bien lapsos —Dijo Casey rápidamente—. Y sólo los dos últimos días —Decidió no hablar de sus extraños sueños por miedo a que la buena doctora la pudiera enviar al psiquiatra. En cambio, agregó—. Recuerdo haber ido a casa desde el club, pero no cómo me metí en mi coche o por qué me fui.

—Hm —dijo Jill—. Podría ser simplemente agotamiento. Tienes algunas marcas aquí en el cuello —Se trasladó a estudiar el lado de la garganta de Casey más cercana—. Parecen…

El calor subió por las mejillas de Casey.

—Oh, sí. Eso —Levantó la mano para frotar el misterioso chupón del misterioso hombre con el que casi había tenido una aventura de una noche.

Theron. Ese era su nombre. Otro de sus lapsos. Recordaba su nombre, pero no mucho más de él, excepto que parecía ser un sexy dios andante con una forma extraña de hablar. Ah, eso y el hecho de que había algo extrañamente familiar en él, y que hubiera querido saltar por su huesos en el momento que le conoció.

Pero los hechos importantes, como la forma en que él había terminado en su casa y donde se había ido cuando se desvaneció después de su interrumpida sesión de sexo todavía era un misterio para ella.

—¿Casey? —Los ojos de Casey se levantaron bruscamente hacia la cara curiosa de Jill—. ¿Algo que quieras contarme?

Sí, claro. Casey le dio a la cabeza un movimiento rápido.

—No. Ah, quiero decir, fue una cita.

Más o menos.

Una sonrisa socarrona apareció en la cara de Jill.

—Bueno, al menos sé que no estás tan enferma o cansada para renunciar a tu vida social. Esa es una buena señal.

Casey frunció el ceño. Deseaba que fuera el caso. Su noche con Theron el Misterioso Tío Cachas había sido una excepción definitiva para su insignificante vida amorosa. O la falta de ella.

—Tienes un par de ganglios linfáticos inflamados —dijo la Dra. Jill—. Nada importante, así que mi conjetura es que tu cuerpo está luchando contra la gripe, por lo que no te sientes tan ardiente ahora mismo. Sólo para asegurarnos sin embargo y para descartarlo todo, haremos un examen físico completo, ¿de acuerdo? Veo en tu informe que tienes uno previsto de todos modos.

Casey asintió ciegamente con la cabeza. Sabiendo que no estaba condenada a la misma suerte que su abuela bien valía sufrir media hora de pinchazos e instrumentos.

—Está bien.

Jill sonrió.

—Voy a buscar a la enfermera y vuelvo.

Cuando Jill salió de la habitación, Casey se recostó sobre la mesa angulada y apoyó la cabeza sobre la almohada. El papel se arrugó debajo de ella. Se quedó mirando una diminuta hada que colgaba de una cuerda de pescar del techo, cruzó las manos sobre su vientre y exhaló un suspiro de alivio.

Estaba bien. Todo estaba bien. Cuando saliera de aquí podría volver a hacer exactamente lo que había estado haciendo antes de si cita de fin de semana alocado con Theron. Principalmente, calculando la manera de mantener a flote la librería de su abuela. Realmente no tenía otra opción, ¿verdad? Si no podía hacerla funcionar… ¿dónde más iría?

En algún momento tenía que dejar de vagar y establecerse. Dejar de buscar ese paraíso esquivo donde pudiera encajar y echar raíces. Tenía veintisiete años de edad, por el amor de Dios. Ese camino era tiempo pasado. Su abuela había amado este pueblo, había amado la librería. Casey estaba decidida hacer que este último paso funcionara.

Mientras se relajaba en la almohada, pensó brevemente en su actuación de casi una noche. Sus mejillas ardieron. No fue la cosa más inteligente que había hecho nunca, pero por lo menos uno de ellos había recuperado el sentido antes de que fuera demasiado tarde. Ella sólo atribuía la experiencia completa a malas decisiones. Y exceso de trabajo. Y agotamiento. Pero una cosa era cierta. Definitivamente no volvería a ocurrir.

—¿Casey? —llamó la Dra. Jill desde el otro lado de la puerta con un golpe suave—. ¿Estás lista?

—Sí —dijo Casey—. Tan lista como nunca lo estaré.

Nick sintió el cambio de aire como lo había sentido dos días antes. Levantó la boca del pecho que había estado mamando y se quedó completamente inmóvil.

—Jesús, no te detengas ahora —gimió Dana debajo de él cuando ella arqueó la espalda para ofrecerle más—. Todavía no.

—Shh —él plantó una mano sobre las sábanas de su cama y afinó su oído hacia el alboroto que había sentido.

Los ojos de ella se entornaron por la concentración como si estuviera escuchando tan detenidamente como él. Por supuesto, ella no podía, pero lo intentó de cualquier manera.

—No siento nada —susurró ella momentos después.

Su respiración abanicó en la mejilla de él, los restos del vodka y zumo de arándano que había tomado para celebrar el final de su turno en el XScream flotando hacia su nariz. Fuera, un coche pasó como un rayo por las lluviosas calles, el único sonido flotando hasta el apartamento del segundo piso que ella mantenía encima de la lavandería Wash and Go, en la Tercera en el centro de Silver Hills.

Él sabía el por qué ella se quedaba en el apartamento y no vivía con los demás, aunque le molestaba. Su clase debería mantenerse unida. Sobre todo ahora. Especialmente cuando sintió que había un cambio próximo. Sus cicatrices habían hormigueado desde hace días.

—¿Nick?

Su voz tenía un deje de impaciencia, una pizca de inquietud y una porción entera de lujuria. Le tomó menos de dos segundos decidirse.

Se apartó de ella y tomó los vaqueros.

—Tengo que irme.

Su ceño se frunció con incredulidad justo antes que su famoso temperamento mostrara su feo rostro. Ella se incorporó, sin importarle en lo más mínimo estar desnuda como el día en que nació. Dana Sampson estaba constituida como una sirena y lo sabía.

—De ninguna manera. No otra vez. Lo juro por todos y cada uno de los jodidos dioses que si te vas esta vez, será la última.

Él se tiró la camiseta negra sobre su cabeza.

—No seas tan malditamente dramática, Dana. Es impropio.

—¿Impropio? —Se burló ella—. Impropio es engañarme así. Especialmente después de la noche que he tenido. Karl fue un completo capullo en el club. Casi lo lancé al suelo la décima vez que me manoseó detrás de la barra y sabes que no puedo ser atrapada haciendo esa mierda otra vez. Necesito una liberación tan mala como tú. Pero no, tienes que ponerme caliente y te vas. ¿Se trata de un juego para ti? —Botó fuera de la cama y le empujó un dedo en el pecho—. Si te vas, no te dejaré volver.

Él sabía que podría doblegar su voluntad con sólo un empuje si realmente quisiera. Pero lo que quisiera se había esfumado tan pronto como hubo sentido el cambio. Se encogió de hombros y cogió su chaqueta de cuero de la silla de terciopelo púrpura que habría comprado de alguna tienda hippie en Eugene.

—Tienes que hacer lo que tienes que hacer, nena.

Ella se cruzó de brazos sobre su muy natural y muy bien dotado pecho y le fulminó con la mirada.

—Esta vez lo digo en serio, Nick. No eres el maldito salvador del mundo. ¿Cuándo te vas a enterar que a nadie le importa una mierda lo que haces? Esos niños, todos ellos, no puedes salvarlos.

Había la suficiente verdad en esa declaración como para hacerle apretar fuertemente la mandíbula. Le dio la espalda y se puso la chaqueta.

—Cuanto antes les digas a todos que salgan pitando, más seguros estarán. ¿Por qué demonios no harás eso? Es como si estuvieras esperando que suceda algo apocalíptico. Si no te conociera, diría que lo estás invitando para así lanzarte y salvar la situación como tu hermano.

Él se volvió tan rápido que ella no tuvo tiempo para prepararse. La agarró por el cuello y apretó los dedos en su piel lo suficiente como para llamar su atención. Ella se quedó sin aliento, sus manos volando para intentar que él la soltara. En sus ojos él vio sorpresa, luego incredulidad, después el borde del miedo derretirse hasta los huesos.

Y aunque le enfermó, su reacción alimentó el odio que normalmente mantenía profundamente bloqueado en los recovecos de su alma. Esa parte de él que estaba vinculado al mal más oscuro. Esa parte contra la que luchaba cada día de su interminable vida.

—No sabes de lo que hablas.

Ella se levantó de puntillas, abrió la boca para introducir aire en su reducida tráquea. En sus amplios ojos cobalto él vio el reflejo de lo que era en ese momento: una mancha negra, los remanentes de cicatrices que pasaban por un hombre, el monstruo de las pesadillas. Y todavía no la soltaba.

Sus labios se fruncieron en una mueca mientras la veía desvivirse por el control. En algún lugar en su interior registró que debería sentir algo por ella, por la retorcida relación que habían mantenido, pero no pudo sentir nada más que repugnancia.

Estaba a punto de liberarla cuando un cosquilleo corrió sobre cada una de las cicatrices de su espalda. Y él lo supo.

Ella iba a morir.

No esta noche. No por su mano.

Pero pronto.

Él aflojó su agarre. Ella se dejó caer al suelo y aspiró una gran bocanada de aire. Con mano firme se masajeó la blanda garganta. Probablemente le habría dejado marca, aunque eso no era nada nuevo para Dana.

—Eres un cabrón —se atragantó ella.

Ningún argumento. Él no tenía suficiente emoción como para reunir una respuesta, por lo que cerró la cremallera de la chaqueta en su lugar y la miró con ojos de acero.

—Vete a la colonia, Dana.

—¿Por qué? —Dijo bruscamente, furiosas olas radiaban de su carne desnuda, como si fuera un horno quemando carbón— ¿Así puedes repetir la actuación? No, gracias.

—No, para que puedas vivir. Algo viene.

No sabía el qué, exactamente, la única vez que su jodida piel había zumbado así, su medio hermano había sido jurado en los Argonautas. Desde entonces habían sido pequeñas ráfagas de electricidad, un zumbido ocasional cuando los cazadores estaban fuera, pero nada tan grande como lo que había sentido en los últimos días. Ahora sabía, por supuesto, que el cambio había empezado en aquel entonces, con la inducción de Demetrius, del mismo modo que sabía que estaba creciendo, levantándose como un oleaje de agua en el océano abierto, esperando chocar en una gigantesca ola sobre todo lo que su pueblo conocía.

Y ¿tan jodido estaba que era el único que lo veía venir?

Se volvió hacia la puerta, más decidido que nunca a averiguar qué demonios había llegado justo a través del portal de nuevo, y por qué sólo dos días después del último cruce.

—Espera.

Él se detuvo, pero no se volvió.

—Hablas en serio, ¿verdad? —Preguntó ella con un hilo de voz.

Miró por encima del hombro y observó como ella levantaba la sábana para cubrirse el cuerpo desnudo. Los gemelos tatuajes de Furia en sus pechos brillaron cuando ella se movió. El tercero, sabía él, se cernía en la parte baja de la espalda. La modestia no era algo que a ella le preocupara, lo que significaba que verdaderamente estaba asustada.

Por fin.

—Ve a la colonia y quédate allí —dijo él con severidad—. Te prometo que estarás a salvo. No te molestaré allí.

—Nick —El arrepentimiento se precipitó sobre sus rasgos cuando extendió la mano.

Sí. Su psicópata relación estaba bien y realmente jodida. A ella le gustaba lo duro y a él le gustaba dárselo, pero lo que acababa de ocurrir había cruzado la línea. Y el hecho de que ella no vio que eso provocara una explosión en su cerebro para hacerle gritar, Vete al infierno. Rápido.

Él salió por la puerta principal del apartamento antes de que ella diera un paso en su dirección, y se dirigió a la escalera de servicio que llegaba hasta el callejón en la parte trasera del viejo edificio. Su audición estaba en sintonía con lo que estaba sucediendo a su alrededor, en busca de lo que había percibido en el interior, por lo que la oyó lloriquear un piso más arriba y detrás supuestamente de paredes insonorizadas.

Y una mierda, si él necesitaba oír eso esta noche.

Lanzó una pierna sobre su Harley, estacionada cerca del contenedor de basura, y se puso el casco, no porque estuviera preocupado por reventarse la cabeza, sino porque era la ley. Un infierno sobre ruedas, un motorista sin casco atraía a los polizontes. Y los polis traían problemas.

La moto rugió a la vida bajo sus dedos. Cuando salió con ímpetu del callejón sobre las cuatro de la madrugada a las desiertas calles de Silver Hills, el poder puro y duro de la máquina debajo de él retumbó a través de su cuerpo.

Al igual que el zumbido. Por toda su piel. Más fuerte esta vez. Vibrante energía eléctrica contra su ropa tanto que estaba seguro de que tenía que estar brillando bajo sus vaqueros y cuero.

El portal se había abierto de nuevo. Y esta vez lo que llegó no era rival para la oscuridad dentro de él. Era mil veces peor.

CAPÍTULO 10

—¿Estás segura que aquí no hay sexo, querida? Porque ya sabes lo que me parece todo ese mete y saca.

Casey mostraba su sonrisa más agradable de “sí, señora” cuando la campanilla encima de la puerta repicó. Una ráfaga de aire crujiente se precipitó en la tienda justo antes de que Dana entrara, llevando vaqueros muy a la moda, sus gruesas botas favoritas y una chaqueta de cuero rojo sangre con brillantes anillas de plata de arriba debajo de las mangas. En sus manos sujetaba dos humeantes vasos de cartón, uno de los cuales Casey esperaba desesperadamente estuviera lleno con moka Valencia.

Casey levantó un dedo para advertirle a Dana que pronto estaría con ella y giró el libro en las manos de la mujer sesentona para que pudiera ver la foto de la autora en la contraportada.

—Nada en absoluto, señora Colbert. Joan Swan escribe estrictamente misterios. Un poco de asesinatos y caos no le molesta, ¿verdad?

Adelaida Colbert miró a Casey por encima de sus gafas de lectura y levantó las cejas teñidas de rojo.

—Por supuesto que no. ¿Parezco una mojigata? Con tal de que seamos claros en el asunto del sexo. —Giró de nuevo el libro para examinar la cubierta, entonces levantó la voz lo suficiente como para que cualquiera que estuviera pululando por las pilas de libros en la librería de la esquina de Casey pudiera oírla—. Yo dirijo la Liga Femenina Episcopaliana en Saint Michael. Tengo una reputación que mantener, ya sabes. Nada de mete y saca —Ella le hizo un guiño a Casey.

Casey llegó al expositor del final de pasillo y echó otro libro de Swan en los brazos de la señora de Colbert.

—Entonces, le sugiero este también. Definitivamente aquí no hay sexo.

La señora Colbert carraspeó ruidosamente, a continuación, tomó los libros que Casey le había sugerido hacia la caja en la parte trasera de la tienda donde Mandy, empleada a tiempo parcial de Casey, la atendió con una sonrisa y charla sobre el equipo local de fútbol del instituto.

Divertida, Dana se paseó en dirección a Casey y le entregó el vaso de la Casa de Java que había recogido enfrente.

—Creía que Swan escribía explosivos y húmedos romances.

Casey levantó el vaso y bebió un sorbo lentamente. Ah, como ese chocolate de naranjas que gigia solía enviarle en Navidad. La vida ya era mejor. Se humedeció los labios.

—Lo hace.

—Uh-huh —dijo Dana—. No digas más.

Casey esperó a que la mujer mayor terminara su compra y se dirigiera hacia la salida. El calor se propagó del vaso en la mano de Casey a los dedos y luego a los brazos, y ella esperaba que continuara su viaje a través de su cuerpo frío. Ella estaba hoy más fría de lo que había estado ayer. Más fría y más cansada. Le había llevado toda su energía sólo salir de la cama y arrastrarse a la librería.

—Abríguese, señora Colbert. El informe del tiempo dijo que se avecina una ventisca.

—Lo creeré cuando lo vea —murmuró la anciana cuando abrió la pesada puerta de cristal—. Buenos días, Casey.

—Hablando de la tormenta… —Casey le entregó a Mandy un talonario y la lista de víveres que había hecho anteriormente—. ¿Por qué no vas a Staples ahora antes de que empiece el mal tiempo? Puedo atender las cosas aquí.

—¿Estás segura? —preguntó Mandy, alcanzando ya a su abrigo en el gancho de la pared posterior.

—Sí —dijo Casey—. Adelante y toma un almuerzo temprano mientras estás fuera.

—¿Quieres que te traiga algo para ti? —Mandy se enrolló el pañuelo alrededor del cuello.

—No. Estoy bien.

—¿Estás a dieta?

La pregunta cogió a Casey con la guardia baja. Sabía que había perdido algo de peso, lo sentía en su ropa, pero pensó que no tanto para que alguien se diera cuenta.

—No —dijo ella, en lo que esperaba fuera una voz tranquila—. Simplemente no tengo hambre.

—Bien. Nos vemos más tarde —Mandy les sonrió a las dos y salió de la tienda.

Por desgracia, Dana no estaba tan inclinada a creerse el “simplemente no tengo hambre” de Casey. La estudió con ojos escudriñadores. Lo cual enervó más a Casey. ¿Es que no tenía suficiente con lo que tratar hoy?

—Gracias por el café —dijo Casey rápidamente para llenar el silencio en la conversación.

—No hay problema —Dana bajó la vista hacia el libro que estaba en el mostrador y levantó las cejas—. ¿Algo que debería saber?

Mierda. Los ojos de Casey viraron hacia el libro que había sacado de la estantería antes de la apertura y que luego había estado demasiado distraída para devolverlo a su sitio: La salud es un estado de ánimo. Rápidamente lo guardó debajo del mostrador, fuera de la vista.

—Un cliente lo pidió. Oye. ¿Qué haces aquí tan temprano de todos modos? —Ella miró el reloj, las 10:45 de la mañana y después a Dana—. ¿No trabajaste hasta tarde anoche?

—Sí —Dana se encogió de hombros, tras el cambio en el tema mientras apoyaba una cadera contra el mostrador—. No podía dormir.

Aunque no se reunían a menudo, en los últimos meses, Dana había desarrollado una habilidad especial para dejarse caer de forma inesperada, y ella era la única persona en el XScream de la que Casey se sentía remotamente cerca. Su amiga era una criatura de la noche y rara vez se aventuraba a salir antes del mediodía, así que el hecho de que estuviera aquí ahora puso los instintos de Casey en estado de alerta. Por razones que Casey no podía explicar, había un vínculo entre las dos. Había estado desde el momento en que se conocieron. Había dejado de cuestionárselo dos meses atrás y finalmente aceptar la extraña sensación de tener una amiga, sin bien una imprevisible.

—Oh. ¿Intercambio duro?

—No peor que lo habitual.

Casey asintió con la cabeza entendiendo. Y maldijo a Karl, como hacía cada vez que intentaba conquistar a Dana. El tipo era un pulpo y dirigía el XScream como si fuera su propia Mansión privada Playboy. Dana no era la única chica que había mencionado que a él le gustaba ponerse rudo, pero era una de las pocas que habitualmente se conformaban con ello. Por qué, Casey no lo sabía, pero había dejado de fastidiar a Dana al respecto ya que la respuesta era siempre la misma: Tengo mis razones.

Gracias a Dios, que Karl no había intentado nada en ella, pensó Casey. Pero maldición si ella podía entender cuáles eran ahora las razones de Dana.

—Supongo que eso explica las marcas en el cuello.

—Supongo que sí. No explica las tuyas.

Maldita sea. Pensó que el collar y el maquillaje que se había aplicado esta mañana habían escondido el mortecino chupetón.

Casey se ajustó el collar, mientras que Dana sonrió como una idiota y no hizo nada para ocultar sus propias marcas.

—¿Quieres contarme lo del beso?

—No.

Dana frunció los labios.

—Aguafiestas.

—Como siempre —Casey inclinó la cabeza e intentó una última vez convencer a su amiga—. Por favor sólo dime que eso no te lo hizo Karl.

—No fue Karl —Dana se apartó del mostrador y cualquiera rastro bromista que había tenido desapareció de repente—. Mira, sólo he venido para decirte que voy a irme durante un tiempo.

—¿En serio? ¿A dónde?

—No lo sé. Estaba pensando que tal vez hacia el norte, hasta Canadá. Tal vez a Vancouver. Podrías venir conmigo si quieres —Una sonrisa tiró de su boca—. La cosa del estado de ánimo y todo eso. Podríamos ir a Robeson, hacer algunas compras, relacionarnos con algunos canadienses. Ya sabes lo que dicen acerca de los hombres canadienses. Todo es más grande en el norte.

Casey se sobresaltó y alzó una mano.

—Alto. Es demasiado temprano para pensar en eso.

Especialmente ahora. Especialmente cuando todo lo que hacía era devanarse los sesos acerca del misterioso hombre desnudo que había tenido en su cama hacía dos noches. El que le había dejado su marca en el cuello, el que había marcado su piel con su calor para después desvanecerse como un ladrón en la noche sin siquiera despedirse.

Y ella ni siquiera podía dejar de pensar en el tamaño de su… sí.

—Nunca es demasiado pronto para pensar en el sexo, como la inocente señora Colbert acaba de señalar —Dana miró por encima del hombro—. Hablando de eso, ¿por qué no me das uno de esos libros de la Swan para el camino?

—Eres incorregible.

—Algo —acordó Dana.

Cuando tuvo su nuevo libro y el café terminado, Dana se dirigió a la salida. Se detuvo a dos pasos de la puerta y se volvió a estudiar a Casey durante un buen rato.

—Sabes, no me llevo bien con la mayoría de las mujeres.

—¿En serio? —Se burló Casey—. Nunca me lo hubiera imaginado — Aunque era unos diez centímetros más baja que Casey, Dana siempre había parecido más grande, más vibrante, más viva de lo que parecía Casey. Si Dana estaba en una habitación, la gente se daba cuenta. Ella tenía ese tipo de personalidad que llenaba el espacio a su alrededor.

—Al principio no me gustaste, ya sabes. Había algo en ti que encontré extraño. Es curioso, ¿eh? La mayoría de la gente dice eso de mí.

—Eres extraña, Dana. Este inesperado viaje a Vancouver no es la excepción.

Dana sonrió.

—Sí, bueno. Si fuéramos todos iguales, ¿no sería aburrido?

—Mucho.

—¿Lo ves? Ser diferente es bueno —Tan pronto como su sonrisa apareció, algo oscuro se deslizó en los bordes de los azules ojos de Dana—. Hazme un favor, Casey.

—Lo que sea.

—Cuida tu espalda. La gente no es lo que parece.

—¿Y eso significa…?

—Significa que tengas cuidado. Ted Bundy era un tipo guapo y resultó ser un asesino en serie. No te engañes por las apariencias. No todo el mundo es tan dulce como yo —Antes de que Casey pudiera preguntar qué significaba eso, le dio un abrazo—. Y no te estreses por lo que te dijo el médico.

—¿Cómo…?

—Tengo que irme. Te veo cuando regrese.

Dana salió de la tienda en una ráfaga de viento. Las hojas secas dispersas en la acera se colaron en la tienda antes que la puerta se cerrara, trayendo consigo el olor de la lluvia inminente y pesimismo.

¿Cómo lo había sabido? Casey se quedó mirando a Dana cruzando la calle, y trató de recordar si ella había mencionado la cita. ¿Había escrito algo sobre ella en la tienda? ¿Le había hablado a Dana sobre tus temores y después olvidado por completo de la conversación?

La respuesta a estas preguntas es sencilla: No le había contado a nadie que ella tenía miedo de que pudiera estar enferma, así que no había manera de que Dana pudiera saberlo. Si apenas se lo admitía a sí misma.

La gente no es lo que parece.

¿Qué demonios significa eso?

Una extraña sensación apocalíptica se deslizó por la columna de Casey mientras estaba clavada en el sitio, mirando a través de las vidrieras a Dana como caminaba rápidamente por la calle principal y giraba por Halston.

Se habían conocido hacía sólo seis meses. ¿Qué había tratado de decirle Dana? ¿Qué sabía?

Nada, decidió Casey. Dana, obviamente, sólo leyó los signos. El comentario de Mandy, el libro, el sentimiento emocional de su viaje… Tal vez ella incluso había visto ayer su coche aparcado fuera de la clínica.

Sí, esa tenía que ser la respuesta.

Apartando esos confusos pensamientos de su mente, Casey examinó la calle. Dos coches estaban estacionados en la cuneta, pero las aceras estaban vacías. La cafetería de enfrente era una desierta isla virtual. Más allá de la plaza del pueblo donde no había niños jugando, las nubes oscuras se reunieron, lo que indicaba que la tormenta se acercaba.

La gente, obviamente, había oído el pronóstico de fuertes vientos y lluvias y esta vez tomaban medidas, quedándose en casa, dispuestos a esperar.

Todos menos ella.

Se volvió a la caja registradora y consideró la posibilidad de cerrar temprano. Pero, ¿qué iba a hacer ella sola en casa durante el resto del día? Ella estaba en ascuas esperando esa temida llamada telefónica de la doctora, incapaz de calmarse debido a que su cerebro daba vueltas con lo que sospechaba que estaba mal con ella y lo que había sucedido la otra noche.

El teléfono sonó justo cuando llegó a la puerta del almacén. Se quedó inmóvil y miró hacia el mostrador. Una extraña vibración zumbó a lo largo de la base de su columna, cerca de su marca de nacimiento.

Ten cuidado. No te engañes por las apariencias.

Levantó el receptor e hizo acopia de valor.

—Erase una vez.

—¿Casey? Soy Jill Carrow.

Su doctora. Casey lanzó un suspiro.

—Hola. Esperaba que llamaras.

—Tengo el resultado del examen.

Sin andarse por las ramas. Esto no podía ser bueno.

—¿Y…?

Jill vaciló, y en el interminable silencio, Casey incluso oyó su respuesta antes que las palabras fueran pronunciadas.

—Y creo que sería mejor que lo habláramos personalmente. Me temo que hemos encontrado algo.

Era peligroso abrir el portal en el mismo lugar por donde había salido unos días antes. Para no llamar una atención no deseada, Theron eligió una ubicación a ochenta kilómetros de Silver Hills y le hizo el puente a un coche abandonado en una calle lateral, conduciéndose de vuelta al pequeño pueblo.

Hombre, sería mucho más fácil si pudiera emitirse de un lugar a otro en la tierra como podía en Argolea. Pero no, esa era una habilidad que él y sus congéneres disfrutaban sólo en su tierra natal. Y a decir verdad, si algún humano lo veía desvanecerse en el aire, probablemente alucinaría más si supieran que los daemons vagaban a su alrededor.

Como había caminado entre los humanos la mayor parte de su vida, tenía un buen conocimiento del trabajo de su tecnología, por lo que los aspectos mecánicos de la conducción no fue un gran problema. Él normalmente no era de los que robaban, pero a momentos desesperados medidas desesperadas, y estaba ansioso por llegar a Silver Hills y terminar con este pequeño trabajo.

Aminoró mientras se acercaba a los límites del pueblo y giró por la calle Main. Una serie de tiendas se alineaban a ambos lados de la calle, mientras que unas pocas pancartas anunciaban el Festival Anual de la Cosecha de Otoño agitándose por el viento en las anticuadas farolas cada doscientos metros. Algunas hojas desesperadas por aferrarse al verano se mantenían en las ramas por encima de la carretera, aunque sus días estaban contados. La Madre Naturaleza estaba de muy mal humor, a juzgar por el remolinante cielo negro, y parecía a punto de desatarse.

Era, sospechaba Theron, la quintaesencia del pequeño pueblo americano. Cuando había pasado por aquí sólo días antes, él no había prestado mucha atención, pero ahora lo hizo. El adorno del pan de jengibre, las señales pintadas a mano, manojos de flores secas colgando alrededor de las puertas y bobinadas en coronas. Una parte de él se preguntó qué harían los humanos que vivían aquí si supieran que uno de los de su clase vivía entre ellos.

¿Su clase?

No. No era su clase. Esta vez la mujer que había venido a buscar no era más que una humana con un pequeño extra. Algo que Isadora necesitaba.

Estacionó el coche en la parte alta de la calle Main y salió. El crujiente aire le rodeó mientras bajaba por la acera. El rey le había dado sólo un nombre, Acacia Simopolous y le habló sobre una tienda que la familia de la mujer había tenido durante los últimos veintitantos años. Pensó que sería el mejor lugar por donde empezar.

Algunos coches estaban aparcados a lo largo de la calle, pero había sorprendentemente pocos humanos vagando a esta hora del día. Bien mirado, era bastante seguro. A los daemons no les gustaba salir de día, aunque no significaba que no lo hicieran. Examinando los negocios al pasar, Theron vio su objetivo.

Un escozor le recorrió la columna y pensó velozmente en Casey otra vez y se preguntó si se toparía con ella en este viaje.

Esperaba que no, por más razones que las obvias.

Un cartel de “cerrado” se balanceaba de un gancho en el interior de la puerta. Theron echó un vistazo a la tienda y vio que algunas de las luces todavía estaban encendidas. Extraño que se cerrara tan pronto durante el día, ¿pero que sabía él de la conducta humana?

Él decidió probar suerte con la puerta. Para su sorpresa, se abrió.

Una campana sonó en el interior y cuando entró fue envuelto de inmediato por el calor y el olor del papel y vainilla flotando en el aire.

—Enseguida estoy con usted —dijo una voz femenina.

La voz de Casey lo golpeó como un puñetazo en el estómago, robando el aire de sus pulmones y casi colapsando sus rodillas. La malvada atracción que había sentido por ella a primera vista hizo erupción en el pecho mientras caminaba hacia el interior de la tienda y la vio en el otro extremo de un pasillo de libros, subida tres escalones de una escalera, reemplazando tomos encuadernados en cuero en un estante alto. Su cuerpo se endureció con sólo una mirada, una imperiosa necesidad de tocar su suave piel, sentir su piel contra la suya, para terminar lo que habían empezado, tan fuerte como había sido la noche en que estuvieron juntos.

Pero ahora ese deseo se vio ensombrecido por la realidad que él había estado equivocado. Esta humana, en quien no había podido dejar de pensar durante tres largos días, era la mujer que había sido enviado a encontrar.

La hija del rey perdida hace mucho tiempo.

La única mujer que salvaría su raza.

La que él conduciría a una muerte segura.

CAPÍTULO 11
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