Criminología, ciencia social que estudia la naturaleza, extensión y causas del crimen; características de los criminales y de las organizaciones criminales




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Criminología, ciencia social que estudia la naturaleza, extensión y causas del crimen; características de los criminales y de las organizaciones criminales; problemas de detención y castigo de los delincuentes; operatividad de las prisiones y de otras instituciones carcelarias; rehabilitación de los convictos, tanto dentro como fuera de prisión, y la prevención del delito. La ciencia de la Criminología tiene dos objetivos básicos: la determinación de causas, tanto personales como sociales, del comportamiento delictivo y el desarrollo de principios válidos para el control social del delito. Para la consecución de estos objetivos, la Criminología investiga a partir de los descubrimientos de otras disciplinas interrelacionadas con ella, tales como la Biología, Psicología, Psiquiatría, Sociología, y Antropología.

No se conocen a ciencia cierta las causas del delito. La teoría más antigua a este respecto, basada en la Teología, afirmaba que los delincuentes son personas perversas, que cometen crímenes de una forma deliberada, porque están instigados por el demonio u otros espíritus malignos. Aunque estas ideas han sido descartadas por la moderna Criminología, persisten en muchas regiones del mundo y se encuentran en el fondo de las razones para imponer penas muy severas a los delincuentes.

Desde el siglo XVIII se han formulado varias teorías que han logrado avances en la explicación del delito. Uno de los primeros intentos para explicarlo desde una postura más científica que teológica fue planteado a finales del siglo XVIII por el médico y anatomista alemán Franz Joseph Gall, que intentó relacionar la estructura cerebral y las inclinaciones del criminal. Esta teoría fue popular durante el siglo XIX, pero hoy se encuentra abandonada en el descrédito. Una teoría biológica más sofisticada fue desarrollada a finales del siglo XIX por el criminólogo italiano Cesare Lombroso, que afirmaba que los delitos son cometidos por aquellos que nacen con ciertos rasgos físicos hereditarios y reconocibles. La teoría de Lombroso fue refutada a comienzos del siglo XX por el criminólogo británico Charles Goring. Este autor hizo un estudio comparativo entre delincuentes encarcelados y ciudadanos respetuosos de las leyes, llegando a la conclusión de que no existen los llamados ‘tipos criminales’ con disposición innata para el crimen. Los estudios científicos recientes han confirmado las tesis y observaciones de Goring. Sin embargo, algunos investigadores siguen manteniendo que ciertas anormalidades en el cerebro y en el sistema endocrino contribuyen a que una persona tenga inclinación hacia la actividad delictiva.

Otro intento de explicación del delito fue iniciado en Francia por el filósofo político Montesquieu, que intentó relacionar el comportamiento criminal con el entorno natural y físico. Sus sucesores han intentado reunir pruebas tendentes a demostrar que los delitos contra las personas, como el homicidio, son hasta cierto punto más frecuentes en climas cálidos, mientras que los delitos contra la propiedad, como por ejemplo el robo, son más numerosos en regiones frías. Otros estudios parecen indicar que la criminalidad desciende en directa relación con el descenso de la presión atmosférica, el incremento de la humedad y las temperaturas altas.

Numerosos e importantes criminólogos del siglo XIX, sobre todo los relacionados con movimientos socialistas, consideraron el delito como efecto derivado de las necesidades de la pobreza. Estos autores señalaron que quienes no disponen de bienes suficientes para satisfacer sus necesidades y las de sus familias por las vías legales y pacíficas se ven empujados con frecuencia al robo, el hurto, la prostitución y otros muchos delitos. La criminalidad tiende a aumentar de una forma espectacular en periodos de desempleo masivo. Los criminólogos tienen una visión más amplia y profunda del problema y culpan de la mayoría de los delitos a las condiciones de necesidad y carencia asociadas con la pobreza. Las condiciones vitales de quienes se hallan en la miseria, de forma muy especial en los barrios más marginados, se caracterizan por la superpoblación, la falta de privacidad, los espacios inadecuados para vivienda, la carencia de medios para la diversión y los problemas sanitarios. Este tipo de condiciones generan sentimientos de necesidad y desesperación que conducen al crimen como salida, y que son estimulados por el ejemplo de aquellos que por esta vía han logrado escapar de la extrema pobreza hacia lo que aparece como una vida mejor.

Otros teóricos relacionan la criminalidad con el estado general de la cultura, sobre todo por el impacto desencadenado por las crisis económicas, las guerras, las revoluciones y el sentimiento generalizado de inseguridad y desprotección derivados de tales fenómenos. Cuando una sociedad se vuelve más inestable y sus ciudadanos sufren mayor angustia y temor ante el futuro, la criminalidad tiende a aumentar. Esto es cierto en lo referente a la delincuencia juvenil, como ha evidenciado la experiencia de Estados Unidos desde la II Guerra Mundial.

El último de los grupos de teorías más importantes al respecto es el elaborado por psicólogos y psiquiatras. Estudios realizados por investigadores del siglo XX, como el criminólogo americano Bernard Glueck y el psiquiatra británico William Healy, han señalado que cerca de una cuarta parte de la población reclusa está compuesta por psicóticos, neuróticos o personas inestables en el plano emocional, y otra cuarta parte padece deficiencias mentales. Estas condiciones mentales y emocionales, de acuerdo con estas teorías, determinan que algunas personas tengan una mayor propensión a cometer delitos. Diversos estudios recientes sobre criminales y delincuentes han arrojado más luz sobre los desequilibrios psicológicos que pueden conducir a un comportamiento criminal.

Desde la mitad del siglo XX, la creencia de que el delito puede ser explicado por una teoría única ha sido abandonada. Los expertos se inclinan a asumir las teorías del factor múltiple o de la causa múltiple, es decir, que el delito surge como consecuencia de un conjunto plural de conflictivas y convergentes influencias biológicas, psicológicas, culturales, económicas y políticas. Las explicaciones basadas en la causa múltiple parecen más verosímiles que las teorías anteriores de la simple causa única. En último extremo, siguen sin estar claras las causas del delito, porque la interrelación de los factores en presencia en cada caso es difícil de determinar.

Junto a las teorías de la causa del delito, se han ido aplicando varios modelos correccionales. Así, la antigua teoría teológica y moral entendía el castigo como una retribución a la sociedad por el mal realizado. Esta actitud todavía pervive. En el siglo XIX, el jurista y filósofo británico Jeremy Bentham intentó que hubiera una relación más precisa entre castigo y delito. Bentham creía que el placer podía ser medido en contraste con el dolor en todas las áreas de la voluntad y de la conducta humana. Argumentaba este autor que los delincuentes dejarían de delinquir si conocieran el sufrimiento específico al que serían sometidos si fueran apresados. Bentham, por tanto, instaba a la fijación de penas definidas e inflexibles para cada clase de crimen, de tal forma que el dolor de la pena superara sólo un poco el placer del delito. Este pequeño exceso sería suficiente para resultar disuasivo de una forma eficaz, pero no tanto como para resultar una crueldad gratuita por parte de la sociedad. Este cálculo de placeres y dolores estaba basado en postulados psicológicos que ya no se aceptan.

La tentativa de Bentham fue hasta cierto punto superada a finales del siglo XIX y principios del XX por un movimiento conocido como escuela neoclásica. Este colectivo rechazaba las penas fijas y proponía que las sentencias variasen en relación con las circunstancias concretas del delito, como la edad, el grado intelectual y estado psicológico del delincuente, los motivos subyacentes y otros factores que pudieran haberlo incitado a su comisión, así como los antecedentes penales y anteriores intentos de rehabilitación. La influencia de la escuela neoclásica dio lugar al desarrollo de conceptos tales como grados del delito y de la pena, sentencias indeterminadas y responsabilidad limitada de los delincuentes más jóvenes o deficientes mentales.

Hacia la misma época, la llamada escuela italiana otorgaba mayor importancia a las medidas preventivas del delito que a las destinadas a reprimirlo. Los miembros de esta corriente argumentaban que los individuos se ven determinados por fuerzas que operan al margen de su control, por lo que no podían ser responsables por entero de sus crímenes. En este sentido, impulsaron el control de la natalidad, la censura de la pornografía y otras iniciativas orientadas a mitigar los factores que, a su entender, empujaban a la actividad delictiva. La escuela italiana ha dejado una perdurable influencia en el pensamiento de los criminólogos actuales.

Los intentos modernos de tratamiento de los delincuentes deben casi todo a la Psiquiatría y a los métodos de estudio aplicados a casos concretos. Todavía queda mucho por aprender de los delincuentes que son puestos en libertad condicional y cuyo comportamiento dentro y fuera de la prisión se estudia detenidamente. La actitud de los científicos contemporáneos es que los delincuentes son individuos y que su rehabilitación sólo podrá lograrse a través de tratamientos individuales y específicos. Por otro lado, el incremento de la criminalidad juvenil desde la II Guerra Mundial ha preocupado a la opinión pública y ha estimulado el estudio sobre los desequilibrios emocionales que engendra la delincuencia. El creciente conocimiento de la delincuencia ha contribuido a la comprensión de las motivaciones de los criminales de todas las edades. En los últimos años, la delincuencia ha sido atacada desde muchos campos. Aumentar la eficacia de esta labor mediante actuaciones policiales y los procesos judiciales ha sido una de las principales preocupaciones de los criminólogos. Esta inquietud se fundamenta en la convicción ética y doctrinal de que los criminales no pueden ser tratados y rehabilitados hasta que son prendidos y procesados, y de la conciencia de que si se comete un delito se tiene grandes probabilidades de ser detenido y condenado, lo que representa el más eficaz instrumento disuasorio para reprimir la actividad delictiva. Un estudio realizado en 1942 en Estados Unidos reveló que sólo el 25% de los autores de delitos denunciados era arrestado, sólo el 5% condenado y únicamente el 3,5% encarcelado. De acuerdo con los informes del FBI, al final de la década los arrestos habían subido hasta el 29% de los delitos denunciados, y las condenas alcanzaban al 22%. Las proporciones de detenciones y condenas de delincuentes continuaron aumentando durante la década de 1950, en gran medida gracias a los avances de los métodos policiales. En las décadas de 1960 y 1970 la criminalidad, en particular los delitos violentos, aumentó con claridad, pero descendió el número de condenas. Al principio de la década de 1980 la criminalidad se estabilizó y luego comenzó a descender lentamente.

El tratamiento y rehabilitación de los delincuentes ha mejorado en muchas áreas. Los problemas emocionales de los condenados han sido estudiados: se han hecho esfuerzos para mejorar su situación. En este sentido, psicólogos y trabajadores sociales han sido formados para ayudar a adaptar y reinsertar en la sociedad a los condenados que se hallan en libertad condicional, a través de programas de reforma y rehabilitación dirigidos tanto a jóvenes como a adultos.

En numerosas comunidades se han realizado iniciativas destinadas a afrontar las condiciones que generan delincuencia. Los criminólogos reconocen que tanto los delincuentes juveniles como los adultos son el principal producto del hundimiento de las normas sociales tradicionales, a consecuencia de la industrialización, la urbanización, el incremento de la movilidad física y social y los efectos de las infravivienda, el desempleo, las crisis económicas y las guerras. La mayoría de los criminólogos cree que una prevención efectiva del delito requiere instituciones y programas que aporten guías de actuación y el control realizado, tanto en el plano teórico, como en el que atañe a la tradición, por la familia y por la fuerza de la costumbre social. La mayoría de la opinión pública entiende que para solucionar el problema de la delincuencia es importante el arresto y condena de los delincuentes y plantear la alternativa de su reinserción, aunque en los últimos años se están fortaleciendo las actitudes de los que piensan que la rehabilitación está fallando y que hacen falta, en cambio, imponer penas más largas y severas para los delincuentes.

Cesare Lombroso (1835-1909), criminólogo y antropólogo italiano. Nacido el 6 de noviembre de 1835 en Verona, en el seno de una familia judía, estudió en Turín, Padua, Viena y París. En 1862 fue nombrado profesor de Psiquiatría en la Universidad de Pavia y, en 1871, director del sanatorio psiquiátrico de Pesaro. En 1876 aceptó la cátedra de Medicina e Higiene Forense de la Universidad de Turín, donde también fue profesor de Antropología Criminal.

Según Lombroso, las características mentales de los individuos dependen de causas fisiológicas. Postuló la existencia de un “tipo criminal” que sería el resultado de factores hereditarios y degenerativos más que de las condiciones sociales. En un principio sus ideas fueron rechazadas en casi toda Europa, pero más tarde se aplicaron en la reforma del tratamiento de la locura criminal. En la actualidad, su teoría de la criminalidad hereditaria está superada por el determinismo biológico que implica, otorgando la criminología mayor importancia a los factores sociales en que se forma la personalidad del delincuente. Entre sus numerosas obras figuran El genio y la locura (1864), L’uomo delinquente (El hombre delincuente, 1876), La donna delinquente (La mujer delincuente, 1893), L’antisemitismo e le scienze moderne (El antisemitismo y la ciencia moderna, 1894), El crimen, causas y remedios (1899) y Los fenómenos de hipnotismo y espiritismo (1909). Cesare Lombroso falleció el 19 de octubre de 1909 en Turín.

CIENCIA Y DELITO: A 90 AÑOS DE LA MUERTE DE CESAR LOMBROSO
El padre de la criminología


Un médico creyó descubrir la causa de la delincuencia. Y fundó una ciencia, la Antropología criminal




Por RICARDO V. CANALETTI. De la Redacción de Clarín.
Drácula, el monstruo creado por Bram Stoker en 1897, tenía nariz afilada, cejas abultadas y orejas puntiagudas. Stoker no fue original con el aspecto de su criatura pues se basó en el retrato del delincuente clásico que había trazado 12 años antes un médico italiano. Drácula, además de conde y vampiro, era un criminal nato.Ese médico fue César Lombroso. Nació de padres judíos en Verona, el 6 de noviembre de 1835. A los 20 años ya pretendió demostrar que la inteligencia era enemiga de las mujeres; a los 24 se recibió de médico cirujano.El Piamonte es una región italiana que en 1859 entró en guerra con Austria por su independencia. Lombroso se alistó en el ejército. Se sorprendió por la gran cantidad de tatuajes obscenos, que tenían los conscriptos deshonestos en comparación con los honrados. Gestó así su idea de una personalidad típica del criminal.Al dejar el ejército, vivió de su magro sueldo de profesor universitario de medicina legal y de su trabajo en hospitales psiquiátricos.En 1870, mientras hacía la autopsia de un bandido llamado Vilella, este médico de baja estatura, abultado abdomen, eterno traje gris, largos bigotes, mentón barbado y lentes redondos, tuvo una inspiración. Vio en la parte posterior del cráneo de Vilella una pequeña cresta, como la de los pájaros, que interpretó como signo de primitivismo.El argumento que implicaba esta inspiración se desarrolló en su mente. Sostuvo que había una especie de hombre distinta al moderno y normal, una raza aparte de tipo delincuente, un ser que no completó su evolución y que era cercano al animal. Como un mono en un bazar, la conducta natural de ese ser entre la gente civilizada es el delito.Para el médico italiano esa naturaleza criminal era innata, es decir hereditaria. Esto era tan cristalino como los efectos para el Derecho: se debía estudiar al delincuente, no al delito.Seis años después de analizar el cráneo de Vilella, Lombroso publicó su famoso libro El hombre delincuente. Tuvo cinco ediciones y en ellas advirtió que se podía identificar a los criminales natos porque su aspecto simiesco se traduce en estigmas corporales.Por ejemplo, mayor espesor del cráneo, mandíbulas grandes, frente baja y estrecha, nariz afilada como el pico de las aves rapaces, cejas pobladas, protuberancia en la parte superior de la oreja, grandes dientes caninos y paladar achatado como las ratas, arrugas precoces, poca sensibilidad al dolor, incapacidad de sentir vergüenza. Y agregó rasgos sociales como hablar en jerga y tatuarse.La obra fue un éxito formidable en todo el mundo. En la Argentina tuvo muchos seguidores, los mismos que en 1914 vieron en el Petiso Orejudo, un joven anormal, al exponente genuino y porteño de hombre lombrosiano. Hasta inspiró una palabra del lunfardo: manyamiento, que significa identificar a las personas por su aspecto, resabios que aún quedan en el llamado olfato policial.Por lógica, si Lombroso decía que su hombre delincuente era como un animal pero los animales son buenos, su teoría fallaba. ¿Qué hizo? Se dedicó a demostrar que los animales son delincuentes. Citó el caso, entre muchos otros, de la cigueña que, con su amante, asesina a su marido.Mina Harker, una de las protagonistas de la novela de Stoker, dice de Drácula: El conde es del tipo criminal y como criminal tiene una mente deforme.Esta es la segunda gran inspiración de Lombroso, que tuvo al examinar a otro bandido, Misdea. Encontró que tenía un antecedente de epilepsia y sólo por eso asoció esa enfermedad con la delincuencia. La epilepsia, a su criterio, favorece la acción de las tendencias primitivas. En otro trabajo se aventura a decir que los hombres geniales tienen síntomas de alteración mental.Si tales cosas pensaba Lombroso sobre el varón criminal, de la mujer decía: La mujer normal tiene muchos caracteres que la aproximan al salvaje y por consecuencia al delincuente (irascibilidad, venganza, celos, vanidad). Y a las prostitutas las comparó directamente con los monos.Stephen Jay Gould, actual presidente de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, afirma que Lombroso no escapó a los aires racistas de su tiempo pues identificó la conducta criminal como la conducta normal de los grupos inferiores.Hubo jueces y policías que consideraron su tesis como una justificación para emplear una técnica de investigación: la de detener, frente a cualquier delito con autor desconocido, a los sospechosos de siempre, pertenecientes a las clases menos influyentes.El médico-antropólogo debió reconocer que había delitos cometidos por personas normales, sin estigmas en su cuerpo. Y porque eran normales, es decir corregibles, hasta se los podía perdonar por más grave que sea su delito. En cambio, como los criminales natos inspiraban temor, eran incorregibles o necesitaban largos tratamientos, recomendaba que, frente a la mínima falta, se los encerrara por tiempo indeterminado o se los castigara con duchas frías y trabajos penosos.En los momentos de gloria viajó mucho y en una de sus salidas de Italia tuvo un encuentro singular. En Moscú fue invitado, para desagrado del anfitrión, a visitar al gran escritor León Tolstoi, autor de La Guerra y la Paz.Tolstoi estaba convencido que Lombroso lo consideraría loco y le rehuía la mirada. Al despedirse, el ruso se quedó pensando que el gran error de Lombroso era eludir la cuestión básica de las profundas transformaciones sociales que influían sobre la conducta humana; el italiano, creído que Tolstoi era loco o criminal nato.Sus biógrafos y familiares han dicho que Lombroso era ciclotímico, capaz de grandes entusiasmos y enseguida fuertes depresiones. Así vivió la época gloriosa de su teoría, de 1878 a 1888, y así vivió los años posteriores de las críticas a sus ideas que terminaron desacreditándolas por completo.Jamás se ha demostrado, según los científicos modernos, la existencia del criminal nato, ni anatómica ni genéticamente. Las pruebas de Lombroso fueron tachadas de ridículas, fruto de su imaginación y no de datos reales, porque a lo sumo una nariz muy puntiaguda o un brazo más largo o más corto, son variaciones extremas dentro de una curva normal.Sobre el final de su vida Lombroso se volcó al espiritismo. El 19 de octubre de 1909 terminó de retocar el prólogo de un libro sobre la materia y se fue a acostar. Murió mientras dormía. Al hombre que es considerado el padre de la criminología y que fundó una ciencia nueva, la Antropología criminal, hoy archivada, le faltaban pocos días para cumplir 74 años.


http://www.tuobra.unam.mx/publicadas/020607125031-_Iacute_.html


Joel Zac describe al psicópata como poseedor de una específica estructura de personalidad cuyo comportamiento es agresivo, impulsivo, con una especial modalidad de sus valores éticos, guiado por fuertes ideales vindicatorios. Lo caracteriza por su tendencia a la acción (acting-out) y por estar dominado por ansiedades paranoides. Están siempre alertas, muy atentos para “adivinar” la intención secreta de lo que el otro dice o está pensando, y poseen la capacidad para inocular sentimientos en el otro, para manipularlo. Están atentos a los signos del otro, sirviéndoles para eliminar las defensas de sus víctimas y poder aprovecharse luego de ellas. El psicópata instaura un superyó endeble, lacunar, se identifica con figuras parentales narcisistas idealizadas. La alteración raramente está generalizada a la totalidad del superyó, presenta áreas o lagunas deficientes; por eso, se manejan bien en algunos aspectos y muestran conductas antisociales en otros.
En la película Retratos de una Obsesión, observamos el funcionamiento psicopático o, si se quiere, la estructura de la maldad, donde el personaje, un empleado de la casa de fotografía elige una familia a la cual captura y se introduce dentro de la misma, presentándose como alguien bueno. Como método utiliza la seducción y aparece luego la traición. Se ve claramente como este personaje se adueña de la vida del grupo familiar. Intenta saber todo de cada uno de sus integrantes para destruirlos, para tomar venganza, usando a los otros proyectivamente, evitando así elaborar el dolor de sus propios traumas y abusos infantiles.
A lo largo de nuestro recorrido hemos observado cómo la capacidad  para captar la vulnerabilidad del otro puede ser utilizada para buenos o malos propósitos. Así vemos cómo en el escenario ficcional, el autor tiene la misión de conducir al espectador al lugar de la enfermedad misma (la escena dramática), logrando la liberación de sus afectos. También el analista conduce al  paciente al escenario fantaseado de su enfermedad, con el objetivo de disolverla.
En cambio, el psicópata o aquel que vive “en la estructura de la maldad”, fuera de todo escenario, lleva a sus víctimas hacia una cruel pesadilla, que no es otra que la historia siniestra de su propia vida infantil.


Crimen, término que aparece, pese a su tradicional identificación con el de delito, cuando se ha formulado previamente la pregunta sobre la posibilidad de formar un catálogo de hechos que vulneren la convivencia humana desde una perspectiva universal y deban ser castigados en todo tiempo y lugar. Parece que podrían tener consideración de crimen ciertas conductas execrables como el parricidio, el asesinato con alevosía o el robo con homicidio, entre otros. Pero la historia ha demostrado que, en ocasiones, tales hechos no eran castigados como delitos según las costumbres de ciertos pueblos, por ejemplo el parricidio como muestra de piedad filial.

Tales fenómenos no aconsejan desistir del empeño del referido catálogo y surge así la idea de Rafael Garofalo sobre el delito natural como una lesión de aquella parte del sentido moral que consiste en los sentimientos altruistas fundamentales de piedad y honestidad, en el punto de equilibrio en que se encuentran en las razas humanas más civilizadas, cuya medida es necesaria para la adaptación del individuo a la sociedad. Se ha criticado que este punto de equilibrio debe sustituirse por la actitud mínima, toda vez que el Derecho penal representa un mínimo ético, y que la piedad y honradez, aparte de la dificultad de su evaluación moral y su imprecisión, no deben ser elevadas a una categoría universal sin advertir que los sentimientos religiosos, patrióticos, del honor y de la honestidad pueden tener en reiteradas ocasiones mayor importancia en la conducta del individuo.

De ahí que sea más acertada la fórmula de Emile Durkheim cuando expresa que el crimen hiere sentimientos que, para un mismo tipo social, se encuentran en todas las conciencias sanas y que un acto es criminal cuando ofende los estados firmes y definidos de la conciencia colectiva.

De este fenómeno surge en los tiempos modernos la llamada ciencia autónoma de la criminología que puede ser considerada desde dos planos distintos: el primero intenta conocer las formas reales y objetivas en las que se ha cometido el delito (fenomenología criminal); el segundo se ocupa del estudio del delincuente concreto (criminología clínica).

El concepto de crimen adquiere una relevancia extraordinaria en la edad moderna, cuando se aplica al ámbito internacional y es practicado por los poderes públicos. El problema ha sido tratado por los organismos e instituciones internacionales, por medio de un proyecto de convenio sobre la responsabilidad de los estados que define el crimen como un hecho ilícito en el orden internacional resultante de la violación por parte de un Estado de un derecho esencial para todos los miembros de la comunidad internacional.

Entre sus manifestaciones más significativas pueden encontrarse: la violación grave de un acuerdo internacional de importancia esencial para el mantenimiento de la paz y la seguridad mundial; el incumplimiento grave del ejercicio del derecho a la libre determinación de los pueblos como la que prohibe el establecimiento o el mantenimiento por la fuerza de una dominación colonial; la violación grave de una obligación internacional de importancia fundamental para la vigilancia de los derechos de todo ser humano, como pueden ser las leyes que prohiben la esclavitud o el genocidio u otras formas de aniquilación o sometimiento del individuo y la falta de aplicación de las leyes que vigilan la protección del medio ambiente como las que prohiben la contaminación masiva de la atmósfera o de los mares entre otras medidas.

La responsabilidad que se deriva de tales hechos, así como la obligación de reparar los daños a cargo del Estado que ha infringido la norma, puede ser impuesta por la comunidad internacional a través de las instancias y exigencias correspondientes que establecen las sanciones colectivas, existiendo ya una práctica jurisprudencial importante al respecto

Autoplástico -

aloplástico

Autoplástico - aloplástico

Autoplástico - aloplástico

Al.: Autoplastisch - alloplastisch. -

Fr.: autoplastique - alloplastique. -

Ing.: autoplastic - alloplastic. -

It.: autoplastico - alloplastico. -

Por.: autoplástico - aloplástico.

fuente(186)

Términos que califican dos tipos de reacción o de adaptación, el primero de los cuales consiste

en una modificación del organismo solo, y el segundo en una modificación del medio ambiente.

Los términos «auto-» y «aloplástico» se emplean a veces en psicoanálisis, en el marco de una

teoría del campo psicológico definido por la interacción del organismo y su ambiente, con el fin de

distinguir dos tipos de operaciones, una dirigida hacia el propio sujeto y comportando

modificaciones internas, y la otra hacia el exterior. Daniel Lagache se refiere a estos conceptos

en su elaboración de la noción de conducta.

Como en el siguiente cuadro, de doble entrada:

Operaciones

Autoplásticas Aloplásticas

Concretas Fisiológicas Acciones materiales
Simbólicas Actividad mental, consciente e

inconsciente

Comunicaciones, lenguajes

S. Ferenczi habla de adaptación autoplástica en un sentido más específicamente genético.

Según este autor, se trata de un método de adaptación muy primitivo, correspondiente a una

fase onto- y filogenética del desarrollo (fase de la «protopsique»), en la cual el organismo no

tiene influencia más que sobre sí mismo, pudiendo realizar sólo cambios corporales. Ferenczi

relaciona con este fenómeno la conversión histérica y, de un modo más preciso, lo que llama

«fenómenos de materialización»: su «[...] esencia consiste en la realización, como por arte de

magia, de un deseo a partir del material corporal que tiene a su disposición y, aunque de forma

primitiva, por medio de una representación plástica». Se trataría de una regresión más profunda

que la que tiene lugar en el sueño, puesto que el deseo inconsciente se encarna, no en una

imagen visual, sino en estados o actos del cuerpo.

En contraposición, Ferenczi habla en ocasiones de adaptación aloplástica para calificar el

conjunto de acciones dirigidas hacia el exterior que permiten al yo mantener su equilibrio.

Nils Christie
Profesor de Criminología de la Facultad de Leyes de la Universidad de Oslo, Noruega.
Autor de numerosos artículos científicos y libros, alguno de ellos publicados en diferentes lenguas, entre ellos: Los límites del dolor e Industria del control del delito. ¿La nueva forma de Holocausto?, entre otros. Muchos de sus escritos tratan sobre la delincuencia y el control del delito, pero también tiene publicaciones sobre drogas y el control sobre las drogas y de comunidades alternativas, villas para gente diferente, la mayoría de éstos con problemas mentales.
Ha trabajado como Visiting Profesor en Berkeley, Jerusalem y Oxford. Ha dado cursos en una gran cantidad de Universidades en América Latina, Escandinavia y en Europa del Este. Su particular interés en los últimos años ha sido analizar el desarrollo de la figura de la cárcel en los países industrializados y el análisis de la mediación como un medio alternativo para la aplicación del Castigo.

Nils Christie es un criminalista noruego que actualmente vive y trabaja parte del tiempo en Oslo, enseñando en el departamento criminológico. Pero a veces, cuando tiene tiempo libre sale de la ciudad de Oslo y se va a un pequeño pueblo llamado Vidarasen.
Hay dos maneras para describir este lugar. Primeramente se puede mirarlo con ojos de un burócrata, o un gerente quienes probablemente describirían Vidarasen como uno de cinco proyectos vecinales para personas incapacitadas, los cuales fueron fundados en los 80 por el movimiento antroposófico del Camp Hill. Pero si lo miras con los ojos de Nils, descubres un lugar en donde un montón de tontos tratan de vivir fuera de la 'sociedad normal'. En Vidarasen viven 150 personas, 12 vacas, un caballo, 30 gallinas, 20 ovejas y muchos gatos. Hay una panadería, un carpintero, una alfarería, un taller para hacer muñecas, otro taller y un rancho con dos invernaderos. En lugar de un cuarto de televisión que es casi típico por cada tipo de hogar institucionalizado para personas diagnosticadas como incapacitadas, Vidarasen tiene una sala grande donde la gente hace fiestas, tiene conciertos y un par de representaciones teatrales durante el año. También hay una capilla y una cafetería. Ahora, después de esta corta introducción de Vidarasen, quisiera primeramente aclarar porque invité a Nils a venir a Oakland. La razón por la que pienso que la contribución de Nils a nuestra conversación será crucial es que la exploración de Vidarasen deja desde un lugar concreto, para no decir real, a las certezas de lo que quizás llamaríamos 'certezas modernas'. Vidarasen es un lugar que por lo menos en algunos aspectos es subsistencia. El rancho con los invernaderos junto con la panadería les provee de comida. También es un lugar casi sin jerarquía al menos no de la manera burocrática a la que estamos acostumbrados. Sin embargo, ni es una utopía ni resultado del romanticismo. Es real, porque, Nils dice: a algunas personas les gusta y otras lo odian.

Antonio BERISTAIN IPIÑA, S.J., Fundador y Director del Instituto Vasco de Criminología (1976-2000), Catedrático de Derecho penal, inició su docencia en esta disciplina en la Universidad de Deusto (1958-1967), después pasó a las de Valladolid (1967-1968), Madrid (1968-1970) y Oviedo (1970-1973). En enero de 1973 se incorporó a la Universidad del País Vasco, donde ha dirigido el Departamento de Derecho penal. En la actualidad es Profesor Emérito de la Universidad del País Vasco, Director Honorario del Instituto Vasco de Criminología y Presidente del Consejo de Dirección del Centro Internacional de investigación sobre la delincuencia, la marginalidad y las relaciones sociales.

Se ha especializado y ha trabajado sobre temas penales, victimológicos, criminológicos, penitenciarios, éticos, etcétera, en varias Universidades europeas y americanas, especialmente en Friburgo de Brisgovia y en París. Ha sido Miembro del Consejo Científico (1975-1980) y del Consejo de Dirección (1980-2005) de la Sociedad Internacional de Criminología, Miembro del "Editorial Board", de International Journal for the Sociology of Law (Londres, Nueva York), Miembro del Beirat del Internationales Dokumentations- und Studienzentrun für Jugenkonflikte (Wuppertal, Alemania), Correspondant de la Revue de Science criminelle et de droit pénal comparé (París), de la Revue de droit pénal et de criminologie (Bruselas), Miembro correspondiente de la Sociedad Mexicana de Criminología, Miembro Correspondiente del Instituto de Derecho Penal Comparado de la Universidad Católica de La Plata (Argentina), Profesor Invitado por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y la Universidad de Salzburgo (Austria), Académico Correspondiente de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, Socio Titular de la Sociedade Sul-Río-Grandese de Criminología (Brasil), Fundador y Director de la Revista Eguzkilore. Cuaderno del Instituto Vasco de Criminología y Profesor consulto extranjero del Doctorado en Derecho de la Universidad John F. Kennedy (Buenos Aires, Argentina), etc.

Es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Pau y Países del Adour (Francia) y por la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, Buenos Aires (Argentina), y ha sido galardonado con la Medalla de la “The Hebrew University of Jerusalem” (1973), la “Medalla Santo Ivo”, otorgada por el Egregio Conselho Superior de la Fraterna Orden di Christo (Brasil) (1980), el Premio Hermann Mannheim de Criminología Comparada (1993), la Medalla al Mérito Social Penitenciario (1994), la Medalla Félix Restrepo, S.J., de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia) (2001), la Gran Cruz de la Orden de San Raimundo de Peñafort (2001), el ‘X Premio de Convivencia’ de la Fundación Profesor Manuel Broseta (2002), el II Premio Internacional Covite, otorgado por el Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco (2003), el V Premio Fundación José Luis López de Lacalle (2005), el “I Premio Internacional de Victimología y Defensa de las Víctimas”, de la Fundación Victimología, Cartagena (Murcia) (2005), el Premio ‘Derechos Humanos 2005’ instituido por el Consejo General de la Abogacía Española (2005) y el III Premio de Convivencia Cívica Catalana (2007).
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