© 1986 Javier Vergara Editor, S. A




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Título original

Women Who Love Too Much
Edición original.

Jeremy P. Tarcher, Inc.
Traducción

Nora Escoms.

© 1985 by Robin Norwood

© 1986 Javier Vergara Editor, S.A.

San Martín 969/Buenos Aires/Rep. Argentina

© 1986 Javier Vergara Editor, S.A. de C.V.

Av. Cuauhtémoc 1100, México, D.F./C.P. 03600 ISBN 968-497-147-8

Impreso en México - Printed in Mexico

Esta edición se terminó de imprimir en

LITOARTE, S. de R.L.

F.C. de Cuernavaca 683, México 11520, D.F.

en el mes de noviembre de 1986.

INDICE

Agradecimientos…………………………………………………………………………… 03

Prólogo………………………………………………………………………………………… 04

1 Amar al hombre que no nos ama……………………………………………… 08

2 Buen sexo en malas relaciones………………………………………………… 32

3 Si sufro por ti, ¿me amarás?............................................... 52

4 La necesidad de ser necesitadas……………………………………………… 68

5 ¿Bailamos?..................................................................... 83

6 Los hombres que eligen a las mujeres que aman demasiado... 105

7 La Bella y la Bestia……………………………………………………………………. 134

8 Cuando una adicción alimenta a otra…………………………………….…. 175

9 Morir por amor……………………………………………………………………… ….. 189

10 El camino a la recuperación……………………………………………………. 209

11 Recuperación e intimidad: cerrar la brecha………………………….... 246

Apéndice l ……………………………………………………………………………………… 259

Apéndice 2……………………………………………………………………………………… 264
AGRADECIMIENTOS

Deseo expresar mi más profundo agradecimiento a tres personas, por su alentador compromiso con la creación de este libro. En primer lugar, agradezco a mi esposo, Bob Calvert, quien cocinó la cena todas las noches durante el último año del desarrollo de este libro; él leyó todo lo que escribí -seis, siete veces, y más aun- y se mantuvo enérgico, positivo y alentador, y proporcionó con tacto una respuesta valiosísima, sugerencias útiles y suavísimas críticas al trabajo en desarrollo. A pesar de la considerable cantidad de tiempo, esfuerzo y atención que nos costó este libro, siempre apoyó maravillosamente el proyecto, tanto con palabras como con acciones.

En segundo lugar, agradezco a mi dactilógrafa, Stephanie Stevens, que demostró una capacidad casi psíquica para descifrar resmas enteras de mi material escrito a mano, acompañado por complicadas instrucciones para el formato. De esas pilas de hojas garabateadas, ella produjo hermosas páginas a tiempo para el vencimiento de cada plazo, respondiendo siempre con entusiasmo al material que copiaba.

Finalmente, debo agradecer a Laura Golden, la editora de Tarcher, que vio por primera vez el manuscrito y creyó en él. La clara comprensión de Laura del concepto de amar demasiado, además de su perspicaz, alentador e incansable asesoramiento para una escritora primeriza, mejoraron ampliamente la relevancia, coherencia y calidad general del libro. Trabajar con ella ha sido una gran bendición y una delicia.

Cada una de estas personas creyó en este libro antes de que fuera realidad, y les estoy agradecida por su dedicación, su cariño y su apoyo.
PROLOGO
Cuando estar enamorada significa sufrir, estamos amando demasiado.

Cuando la mayoría de nuestras conversaciones con amigas íntimas son acerca de él, de sus problemas, sus ideas, sus sentimientos, y cuando casi todas nuestras frases comienzan con "él...", estamos amando demasiado.

Cuando disculpamos su mal humor, su mal carácter, su indiferencia o sus desaires como problemas debidos a una niñez infeliz y tratamos de convertirnos en su terapeuta, estamos amando demasiado.

Cuando leemos un libro de autoayuda y subrayamos todos los pasajes que lo ayudarían a él, estamos amando demasiado.

Cuando no nos gustan muchas de sus conductas, valores y características básicas, pero las soportamos con la idea de que, si tan sólo fuéramos lo suficientemente atractivas y cariñosas, él querría cambiar por nosotras, estamos amando demasiado.

Cuando nuestra relación perjudica nuestro bienestar emocional e incluso, quizá, nuestra salud e integridad físicas, sin duda estamos amando demasiado.

A pesar de todo el dolor y la insatisfacción que acarrea, amar demasiado es una experiencia tan común para muchas mujeres que casi creemos que es así como deben ser las relaciones de pareja. La mayoría de nosotras hemos amado demasiado por lo menos una vez, y para muchas de nosotras ha sido un tema recurrente en nuestra vida. Algunas nos hemos obsesionado tanto con nuestra pareja y nuestra relación que apenas podemos funcionar como personas. En este libro examinaremos a fondo los motivos por los que tantas mujeres, en busca de alguien que las ame, parecen encontrar inevitablemente parejas nocivas y sin amor. Analizaremos también por qué, una vez que sabemos que una relación no satisface nuestras necesidades, nos cuesta tanto ponerle fin. Veremos que el amor se convierte en amar demasiado cuando nuestro hombre es inadecuado, desamorado o inaccesible y, sin embargo, no podemos dejarlo; de hecho, lo queremos y lo necesitamos más aun. Llegaremos a entender cómo nuestro deseo de amar, nuestra ansia de amor, nuestro amor mismo, se convierte en una adicción.

"Adicción" es una palabra que asusta. Evoca imágenes de consumidores de heroína que se clavan agujas en los brazos y llevan una vida obviamente autodestructiva. No nos agrada la palabra y no deseamos aplicar el concepto a nuestra forma de relacionarnos con los hombres. Pero muchas, muchas de nosotras hemos sido "adictas a los hombres" y, al igual que cualquier otro adicto, necesitamos admitir la seriedad del problema antes de poder empezar a curarnos.

Si usted alguna vez se vio obsesionada por un hombre, quizá haya sospechado que la raíz de esa obsesión no era el amor sino el miedo. Quienes amamos en forma obsesiva estamos llenas de miedo: miedo a estar solas, miedo a no ser dignas o a no inspirar cariño, miedo a ser ignoradas, abandonadas o destruidas. Damos nuestro amor con la desesperada ilusión de que el hombre por quien estamos obsesionadas se ocupe de nuestros miedos. En cambio, los miedos -y nuestra obsesión- se profundizan hasta que el hecho de dar amor para recibirlo se convierte en la fuerza que impulsa nuestra vida. Y como nuestra estrategia no da resultado, tratamos, amamos más aún. Amamos demasiado.

La primera vez que reconocí este fenómeno de "amar demasiado" como un síndrome de ideas, sentimientos y conductas fue después de varios años de asesorar a alcohólicos y drogadictos. Luego de llevar a cabo cientos de entrevistas con adictos y sus familias, hice un descubrimiento sorprendente. A veces, los pacientes a quienes entrevistaba se habían criado en familias con problemas, y a veces, no; pero sus parejas casi siempre provenían de familias con problemas severos, en las cuales habían experimentado tensiones y sufrimientos mayores que los comunes. Al luchar por salir adelante con sus compañeros adictos, estas mujeres (que en el área del tratamiento para el alcoholismo se conocen como "co-alcohólicas") inconscientemente recreaban y revivían aspectos significativos de su niñez.

Principalmente a través de las esposas y novias de adictos, comencé a entender la naturaleza del hecho de amar demasiado. Sus historias personales revelaban la necesidad de superioridad y sufrimiento que experimentaban en su papel de "salvadoras" y me ayudaron a comprender la profundidad de su adicción a un hombre que, a su vez, era adicto a una sustancia. Era evidente que, en esas parejas, ambos integrantes necesitaban ayuda por igual, y que ambos estaban literalmente muriendo por sus adicciones: él, por los efectos del consumo de sustancias químicas; ella, por los efectos de una tensión extrema.

Esas mujeres co-alcohólicas me clarificaron el increíble poder y la influencia de sus experiencias infantiles sobre sus patrones adultos para relacionarse con los hombres. Ellas tienen algo que decirnos a todas quienes hemos amado demasiado acerca de la razón por la cual hemos desarrollado nuestra predilección por las relaciones problemáticas, cómo perpetramos nuestros problemas y, lo más importante, cómo podemos cambiar y mejorar.

No pretendo implicar que las mujeres sean las únicas que aman demasiado. Algunos hombres practican esta obsesión con las relaciones con tanto fervor como podría hacerlo una mujer, y sus sentimientos y conductas provienen de la misma dinámica y las mismas experiencias infantiles. Sin embargo, la mayoría de los hombres que han sido dañados en la niñez no desarrollan una adicción a las relaciones. Debido a una interacción de factores biológicos y culturales, por lo general tratan de protegerse y evitar el dolor mediante objetivos más externos que internos, más impersonales que personales. Tienden a obsesionarse por el trabajo, los deportes o los hobbies, mientras que la mujer, debido a las fuerzas biológicas y culturales que la afectan, tiende a obsesionarse con una relación, tal vez con un hombre así dañado y distante.

Es de esperar que este libro sea útil para cualquiera que ame demasiado, pero está escrito en especial para las mujeres porque el hecho de amar demasiado es principalmente un fenómeno femenino. Su propósito es muy específico: ayudar a reconocer ese hecho a las mujeres que tienen patrones destructivos de relacionarse con los hombres, comprender el origen de esos patrones y obtener las herramientas necesarias para cambiar sus vidas.

Pero si usted es una mujer que ama demasiado, me parece justo prevenirle que éste no será un libro fácil de leer. Por cierto, si la definición le va bien y aun así usted lee este libro en forma superficial, sin que la afecte o la conmueva, o si se encuentra aburrida o enojada, o no logra concentrarse en el material aquí presentado, o si sólo piensa en lo mucho que esto podría ayudar a otra persona, le sugiero que pruebe volver a leerlo con posterioridad. Todos necesitamos negar lo que nos resulta demasiado doloroso o amenazador para aceptarlo. La negación es un medio natural de autoprotección, que obra en forma automática y espontánea. Tal vez en una lectura posterior usted podrá enfrentar sus propias experiencias y sus sentimientos más profundos.

Lea despacio, permítase relacionarse tanto intelectual como emocionalmente con estas mujeres y sus historias. Las historias presentadas en este libro podrán parecerle extremas. Le aseguro que son todo lo contrario. Las personalidades, las características y las historias que he encontrado entre cientos de mujeres a quienes he conocido personal y profesionalmente y que entran en la categoría de amar demasiado no están en absoluto exageradas aquí. Sus historias reales son mucho más complicadas y llenas de dolor. Si los problemas de ellas le parecen mucho más graves y angustiosos que los suyos, permítame decir que su reacción inicial es típica de la mayoría de mis pacientes. Cada una cree que su problema "no es tan grave", aun cuando se compadece de la situación de otras mujeres que, en su opinión, tienen "verdaderos" problemas.

Una de las ironías de la vida es que las mujeres podamos responder con tanta compasión y comprensión a la vida de otros y permanecer tan ciegas a (y por) el dolor en nuestra propia vida. Conozco eso muy bien, pues la mayor parte de mi vida fui una mujer que amó demasiado hasta que el efecto nocivo sobre mi salud física y emocional fue tan severo que me vi forzada a examinar a fondo mi forma de relacionarme con los hombres. He pasado los últimos años trabajando mucho para cambiar ese patrón. Han sido los años más gratificantes de mi vida.

Espero que, a todas ustedes que aman demasiado, este libro las ayude a cobrar mayor conciencia de la realidad de su situación, pero que también las aliente a empezar a cambiarla, reencauzando su afecto, no hacia su obsesión por un hombre, sino hacia su propia recuperación y su propia vida.

Aquí cabe una segunda advertencia. En este libro, al igual que en tantos libros de "autoayuda", hay una lista de pasos a seguir a fin de cambiar. Si usted decide que realmente desea seguir esos pasos, necesitará -como en todo cambio terapéutico- años de trabajo y nada menos que su dedicación total. No hay atajos para salir del patrón de amar demasiado en el que usted está atrapada. Es un patrón aprendido a temprana edad y muy bien practicado, y el hecho de abandonarlo será temible, amenazador y un constante desafío. Con esta advertencia no pretendo desalentarla. Después de todo, si usted no cambia su patrón de relaciones, sin duda se enfrentará a una lucha en los años venideros. Pero en ese caso, su lucha no será por crecer sino simplemente por sobrevivir. Si elige iniciar el proceso de recuperación, dejará de ser una mujer que ama a alguien con tal intensidad que resulta dolorosa para pasar a ser una mujer que se ama a sí misma lo suficiente para detener el dolor.



CAPITULO 1
Amar al hombre que no nos ama

Víctima del amor,

veo un corazón destrozado.

Tienes una historia que contar.
Víctima del amor;

es un papel muy fácil

y tú sabes representarlo

muy bien.
... Creo que sabes

a qué me refiero.

Caminas por la cuerda floja

del dolor y el deseo,

buscando el amor.


Víctima del amor
Era la primera sesión de Jill, y se veía indecisa. Vivaz y menuda, con rizos rubios como los de la huerfanita Annie, estaba sentada, muy tiesa, al borde de la silla, frente a mí. Todo en ella parecía redondo: la forma de su cara, su figura ligeramente rolliza y, en particular, sus ojos azules, que observaban los títulos y certificados colgados en las paredes de mi consultorio. Hizo algunas preguntas sobre mis estudios universitarios y mi título de consejera y luego mencionó, con visible orgullo, que estudiaba Derecho.

Hubo un breve silencio. Miró sus manos entrelazadas.

-Creo que será mejor que empiece a hablar de por qué estoy aquí -dijo con rapidez, aprovechando el impulso de sus palabras para ganar coraje-. Estoy haciendo esto... me refiero a consultar a una terapeuta, porque soy realmente desdichada. Es por los hombres, claro. Quiero decir, yo y los hombres. Siempre hago algo que los aleja. Todo empieza bien. Realmente me persiguen y todo eso, y después, cuando llegan a conocerme... -se puso visiblemente tensa contra el dolor que se avecinaba- ...todo se arruina.

Me miró, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas, y prosiguió más lentamente.

-Quiero saber qué hago mal, qué tengo que cambiar en mí... porque lo haré. Haré todo lo que sea necesario. Realmente soy muy trabajadora. -Comenzaba a acelerarse otra vez.- No es que no esté dispuesta. Es sólo que no sé por qué siempre me pasa esto. Tengo miedo de involucrarme en otra relación. Quiero decir, cada vez que lo hago, no hay más que dolor. Comienzo a tener miedo de los hombres.

Meneó la cabeza, sus redondos rizos se balancearon, y explicó con vehemencia:

-No quiero que eso suceda, porque estoy muy sola. En la escuela de Derecho tengo muchas responsabilidades, y además trabajo para mantenerme. Esas exigencias podrían mantenerme ocupada todo el tiempo. De hecho, eso es prácticamente lo único que hice el último año: trabajar, ir a las clases, estudiar y dormir. Pero echaba de menos el hecho de tener un hombre en mi vida.

Prosiguió con rapidez.

-Entonces conocí a Randy, mientras visitaba a unos amigos en San Diego, hace dos meses. Es abogado, y nos conocimos una noche en que mis amigos me llevaron a bailar. Bueno, hicimos buenas migas de entrada. Había tanto de que hablar... Salvo que creo que fui yo quien más habló. Pero a él parecía gustarle eso. Además, era fantástico estar con un hombre que se interesaba por cosas que para mí también eran importantes.

Jill frunció el entrecejo.

-Parecía realmente atraído hacia mí. Por ejemplo, me preguntó si era casada (soy divorciada, desde hace dos años), si vivía sola. Ese tipo de cosas.

Yo podía imaginar cómo debió notarse el entusiasmo de Jill mientras conversaba alegremente con Randy por sobre la música estrepitosa aquella primera noche. Y el entusiasmo con que lo recibió una semana después, cuando él hizo un viaje por trabajo a Los Angeles y lo extendió 160 kilómetros más para visitarla. Durante la cena Jill le ofreció dejarlo dormir en su apartamento para que pudiera postergar el largo viaje de regreso hasta el día siguiente. Randy aceptó la invitación y el romance se inició esa noche.

-Fue fantástico. Me dejó cocinar para él y realmente disfrutaba que lo atendiera. Le planché la camisa antes de que se vistiera, por la mañana. Me encanta atender a los hombres. Nos llevábamos a las mil maravillas.

Jill sonrió con una expresión de añoranza. Pero al continuar con su historia, resultó evidente que, casi de inmediato, se había obsesionado por completo por Randy.

Cuando él llegó de regreso a su apartamento de San Diego, el teléfono estaba sonando. Jill le informó con calidez que había estado preocupada por su largo viaje y que la aliviaba saber que había llegado bien. Cuando tuvo la impresión de que él parecía un poco perplejo por su llamada, se disculpó por haberlo molestado y colgó, pero un intenso malestar comenzó a crecer en ella, atizado por la comprensión de que una vez más sus sentimientos eran mucho más profundos que los del hombre de su vida.

-Una vez Randy me dijo que no lo presionara o simplemente desaparecería. Me asusté mucho. Todo dependía de mí. Se suponía que debía amarlo y al mismo tiempo dejarlo en paz. Yo no podía hacerlo: por eso me asustaba cada vez más. Cuanto más miedo sentía, más perseguía a Randy.

Pronto, Jill comenzó a llamarlo casi todas las noches. Habían acordado turnarse para llamar, pero a menudo, cuando era el turno de Randy, se hacía tarde y Jill se inquietaba demasiado para soportar la espera. De cualquier manera, no podría dormir, de modo que lo llamaba. Esas conversaciones eran tan vagas como prolongadas.

-Me decía que había olvidado llamarme, y yo le decía: "¿Cómo puedes olvidarlo?" Después de todo, yo nunca lo olvidaba. Entonces empezábamos a hablar de la razón por la que él lo olvidaba, y parecía tener miedo de acercarse a mí y yo quería ayudarlo a superar eso. Siempre decía que no sabía qué quería en la vida, y yo trataba de ayudarlo a aclarar cuáles eran las cosas importantes para él.

Fue así como Jill adoptó el papel de psiquiatra con Randy, tratando de ayudarlo a estar más presente emocionalmente para ella.

El hecho de que Randy no la quisiera era algo que Jill no podía aceptar. Ella ya había decidido que Randy la necesitaba.

En dos oportunidades, Jill voló a San Diego para pasar el fin de semana con él; en la segunda visita, él pasó el domingo ignorándola, mirando televisión y bebiendo cerveza. Fue uno de los peores días que ella podía recordar.

-¿Bebía mucho? -le pregunté. Pareció sorprendida.

-Bueno, no, no mucho. En realidad, no lo sé. Nunca lo pensé. Claro que estaba bebiendo la noche en que lo conocí, pero es natural. Después de todo, estábamos en un bar. A veces, cuando hablábamos por teléfono, yo oía el tintineo del hielo en un vaso y bromeaba al respecto... porque bebía solo y esas cosas. En realidad, nunca estuve con él sin que bebiera, pero simplemente supuse que le gustaba beber. Eso es normal, ¿no es cierto?

Hizo una pausa, pensativa.

- ¿Sabe? A veces, por teléfono, hablaba de una manera rara, especialmente para un abogado. Parecía vago e impreciso; olvidadizo, poco consistente. Pero nunca pensé que eso sucedía porque estaba bebiendo. Creo que yo misma no me permitía pensar en ello.

Me miró con tristeza.

- Tal vez sí bebía demasiado, pero debía de ser porque yo lo aburría. Creo que simplemente yo no le interesaba lo suficiente y él no deseaba estar conmigo. -Prosiguió con ansiedad.- Mi esposo nunca quería estar conmigo... ¡eso era obvio! -Se le llenaron los ojos de lágrimas al esforzarse por continuar.- Mi padre, tampoco... ¿Qué tengo? ¿Por qué todos sienten lo mismo por mí? ¿Qué es lo que hago mal?

Desde el instante en que Jill tomó conciencia de un problema entre ella y alguien importante para ella, estuvo dispuesta no sólo a tratar de resolverlo sino también a asumir la responsabilidad por haberlo creado. Si Randy, su esposo y su padre no la hablan amado, ella sentía que debía ser por algo que ella había hecho o dejado de hacer.

Las actitudes, los sentimientos, la conducta y las experiencias de vida de Jill eran típicas de una mujer para quien estar enamorada significa sufrir. Ella exhibía muchas de las características que tienen en común las mujeres que aman demasiado. A pesar de los detalles específicos de sus historias y luchas, ya sea que hayan soportado una larga y difícil relación con un solo hombre o se hayan visto involucradas en una serie de relaciones infelices con muchos hombres, las mujeres que aman demasiado comparten un perfil común. Amar demasiado no significa amar a demasiados hombres, ni enamorarse con demasiada frecuencia, ni sentir un amor genuino demasiado profundo por otro ser. En verdad, significa obsesionarse por un hombre y llamar a esa obsesión "amor", permitiendo que ésta controle nuestras emociones y gran parte de nuestra conducta y, si bien comprendemos que ejerce una influencia negativa sobre nuestra salud y nuestro bienestar, nos sentimos incapaces de libramos de ella. Significa medir nuestro amor por la profundidad de nuestro tormento.

Al leer este libro, es probable que usted se identifique con Jill, o con otra de las mujeres cuyas historias encontrará aquí, y quizá se pregunte si usted también es una mujer que ama demasiado. Tal vez, aunque sus problemas con los hombres sean similares a los de ellas, le cueste asociarse con los "rótulos" que se aplican a los antecedentes de algunas de estas mujeres. Todos tenemos fuertes reacciones emocionales ante palabras como alcoholismo, incesto, violencia y adicci6n, y a veces no podemos mirar nuestra vida con realismo porque tememos que nos apliquen esos rótulos a nosotros o a los que amamos. Es triste, pero nuestra incapacidad de usar las palabras cuando sí son aplicables a menudo nos impide conseguir ayuda adecuada. Por otro lado, esos temidos rótulos pueden no ser aplicables en su vida. Es probable que su niñez haya tenido problemas de naturaleza más sutil. Tal vez su padre, al tiempo que proporcionaba un hogar económicamente seguro, sentía un profundo rechazo y desconfianza hacia las mujeres, y su incapacidad de amarla evitó que usted se amara a sí misma. O quizá la actitud de su madre hacia usted haya sido celosa y competitiva en privado aun cuando en público se enorgulleciera de usted, de modo que usted terminó por necesitar un buen desempeño para ganar su aprobación y, al mismo tiempo, temer la hostilidad que su éxito generaba en ella.

En este libro no podemos cubrir la miríada de formas en que una familia puede ser disfuncional: eso requeriría varios volúmenes de naturaleza bastante diferente. Sin embargo, es importante entender que lo que todas las familias disfuncionales tienen en común es la incapacidad de discutir problemas de raíz. Quizá haya otros problemas que sí se discuten, a menudo hasta el punto de saturación, pero con frecuencia éstos encubren los secretos subyacentes que hacen que la familia sea disfuncional. Es el grado de secreto -la incapacidad de hablar sobre los problemas-, más que la severidad de los mismos, lo que define el grado de disfuncionalidad que adquiere una familia y la gravedad del daño provocado a sus miembros.

Una familia disfuncional es aquella en que los miembros juegan roles rígidos y en la cual la comunicación está severamente restringida a las declaraciones que se adecuan a esos roles. Los miembros no tienen libertad para expresar todo un espectro de experiencias, deseos, necesidades y sentimientos, sino que deben limitarse a jugar el papel que se adapte al de los demás miembros de la familia. En todas las familias hay roles, pero a medida que cambian las circunstancias, los miembros también deben cambiar y adaptarse para que la familia siga siendo saludable. De esa manera, la clase de atención materna que necesita una criatura de un año será sumamente inadecuada para un adolescente de trece años, y el rol materno debe alterarse para acomodarse a la realidad. En las familias disfuncionales, los aspectos principales de la realidad se niegan, y los roles permanecen rígidos.

Cuando nadie puede hablar sobre lo que afecta a cada miembro de la familia individualmente y a la familia como grupo -es más, cuando tales temas son prohibidos en forma implícita (se cambia el tema) o explícita (" ¡Aquí no se habla de esas cosas!")- aprendemos a no creer en nuestras propias percepciones o sentimientos. Como nuestra familia niega la realidad, nosotros también comenzamos a negarla. Y eso deteriora severamente el desarrollo de nuestras herramientas básicas para vivir la vida y para relacionarnos con la gente y las situaciones. Es ese deterioro básico lo que opera en las mujeres que aman demasiado. Nos volvemos incapaces de discernir cuándo alguien o algo no es bueno para nosotros. Las situaciones y la gente que otros evitarían naturalmente por peligrosas, incómodas o perjudiciales no nos repelen, porque no tenemos manera de evaluarlas en forma realista o autoprotectora. No confiamos en nuestros sentimientos, ni los usamos para guiamos. En cambio, nos vemos arrastradas hacia los mismos peligros, intrigas, dramas y desafíos que otras personas con antecedentes más sanos y equilibrados naturalmente evitarían. Y por medio de esa atracción nos dañamos más, porque gran parte de aquello hacia lo cual nos vemos atraídas es una réplica de lo que vivimos mientras crecíamos. Volvemos a lastimarnos una y otra vez.

Nadie se convierte en una mujer así, una mujer que ama demasiado, por casualidad. Crecer como miembro femenino de esta sociedad y en una familia así puede generar algunos patrones previsibles. Las siguientes características son típicas de las mujeres que aman demasiado, mujeres como Jill y, tal vez, como usted.

1. Típicamente, usted proviene de un hogar disfuncional que no satisfizo sus necesidades emocionales.

2. Habiendo recibido poco afecto, usted trata de compensar indirectamente esa necesidad insatisfecha proporcionando afecto, en especial a hombres que parecen, de alguna manera, necesitados.
3. Debido a que usted nunca pudo convertir a su(s) progenitor(es) en los seres atentos y cariñosos que usted ansiaba, reacciona profundamente ante la clase de hombres emocionalmente inaccesibles a quienes puede volver a intentar cambiar, por medio de su amor.

4. Como la aterra que la abandonen, hace cualquier cosa para evitar que una relación se disuelva.
5. Casi ninguna cosa es demasiado problemática, tarda demasiado tiempo o es demasiado costosa si "ayuda" al hombre con quien usted está involucrada.

6. Acostumbrada a la falta de amor en las relaciones personales, usted está dispuesta a esperar, conservar esperanzas y esforzarse más para complacer.
7. Está dispuesta a aceptar mucho más del cincuenta por ciento de la responsabilidad, la culpa y los reproches en cualquier relación.

8. Su amor propio es críticamente bajo, y en el fondo usted no cree merecer la felicidad. En cambio, cree que debe ganarse el derecho de disfrutar la vida.
9. Necesita con desesperación controlar a sus hombres y sus relaciones, debido a la poca seguridad que experimentó en la niñez. Disimula sus esfuerzos por controlar a la gente y las situaciones bajo la apariencia de "ser útil".
10. En una relación, está mucho más en contacto con su sueño de cómo podría ser que con la realidad de su situación.

11. Es adicta a los hombres y al dolor emocional.
12.Es probable que usted esté predispuesta emocionalmente y, a menudo, bioquímicamente, para volverse adicta a las drogas, al alcohol y/o a ciertas comidas, en particular los dulces.

13. Al verse atraída hacia personas que tienen problemas por resolver, o involucrada en situaciones que son caóticas, inciertas y emocionalmente dolorosas, usted evita concentrarse en su responsabilidad para consigo misma.
14. Es probable que usted tenga una tendencia a los episodios depresivos, los cuales trata de prevenir por medio de la excitación que proporciona una relación inestable.

15. No la atraen los hombres que son amables, estables, confiables y que se interesan por usted. Esos hombres "agradables" le parecen aburridos.

Jill tenía casi todas esas características, en mayor o menor grado. Fue tanto porque ella encarnaba tantos de los atributos mencionados como por cualquier otra cosa que ella me haya dicho que sospeché que Randy podía tener un problema de alcoholismo. Las mujeres que tienen esta clase de características emocionales se ven atraídas una y otra vez hacia hombres que son emocionalmente inaccesibles por una razón u otra. La adicción es una forma primaria de ser emocionalmente inaccesible.

Desde el comienzo, Jill estuvo dispuesta a aceptar más responsabilidad que Randy por el inicio de la relación y por mantenerla en marcha. Al igual que tantas otras mujeres que aman demasiado, era obvio que Jill era una persona muy responsable, una gran emprendedora que tenía éxito en muchas áreas de su vida, pero que no obstante tenía muy poco amor propio. La realización de sus objetivos académicos y laborales no bastaba para equilibrar el fracaso personal que soportaba en sus relaciones de pareja. Cada llamada telefónica que Randy olvidaba hacer asestaba un duro golpe a la frágil imagen que Jill tenía de sí misma, la cual ella luego se esforzaba heroicamente por apuntalar tratando de obtener alguna señal de cariño por parte de él. Su voluntad para aceptar toda la culpa por una relación frustrada era típica, al igual que su incapacidad de evaluar la situación con realismo y de cuidarse abandonando la relación al hacerse evidente la falta de reciprocidad.

Las mujeres que aman demasiado tienen poca consideración por su integridad personal en una relación amorosa. Dedican sus energías a cambiar la conducta o los sentimientos de la otra persona hacia ellas mediante manipulaciones desesperadas, tales como las costosas llamadas de larga distancia y los vuelos a San Diego de Jill. (No olvidemos que su presupuesto era sumamente limitado.) Sus "sesiones terapéuticas" de larga distancia con él, más que un intento de ayudarlo a descubrir quién era, eran un intento de convertirlo en el hombre que ella necesitaba que fuera. En realidad, Randy no quería ayuda para descubrir quién era. Si le hubiera interesado ese viaje de autodescubrimiento, él mismo habría hecho la mayor parte del trabajo en lugar de permanecer pasivamente sentado mientras Jill trataba de obligarlo a analizarse. Ella hacía esos esfuerzos porque su única otra alternativa era reconocerlo y aceptarlo tal como era: un hombre a quien no le importaban sus sentimientos ni la relación.

Volvamos a la sesión de Jill para comprender mejor qué la había llevado aquel día a mi consultorio. Ahora hablaba de su padre.

-Era un hombre muy obstinado. Juré que algún día ganaría una discusión con él.

Reflexionó un momento.

-Sin embargo, nunca lo logré. Tal vez sea por eso que me dediqué al Derecho. ¡Me encanta la idea de discutir un caso y ganar!

Esbozó una amplia sonrisa al pensarlo y luego volvió a ponerse seria.

-¿Sabe lo que hice una vez? Lo obligué a decirme que me quería, y a darme un abrazo.

Jill trataba de contarlo como una simple anécdota de sus años adolescentes, pero no le salió así. Se percibía la sombra de una niña herida.

-Jamás lo habría hecho si no lo hubiera obligado. Pero me quería. Sólo que no podía demostrármelo. Nunca pudo volver a decirlo. Por eso me alegro de haberlo obligado. Si no, nunca lo habría oído decírmelo. Hacía años y años que esperaba eso. Yo tenía dieciocho años cuando le dije: "Vas a decirme que me quieres", y no me moví hasta que me lo dijo. Después le pedí un abrazo y, en realidad, tuve que abrazarlo yo primero. Él apenas me abrazó y me palmeó el hombro un poco, pero bastó. Realmente necesitaba eso de él.

Las lágrimas habían vuelto, y esta vez rodaron por sus redondas mejillas.

- ¿Por qué le costaba tanto hacerlo? Parece una cosa tan básica poder decir a una hija que uno la quiere.

Volvió a contemplar sus manos entrelazadas.

-Lo intenté tanto... Tal vez por eso discutía y peleaba tanto con él. Yo pensaba que si alguna vez ganaba, él tendría que enorgullecerse de mí. Tendría que admitir que lo hacía bien. Yo quería su aprobación, que supongo que significa su amor, más que nada en el mundo...

Al hablar más con Jill, se volvió evidente que su familia adjudicaba el rechazo por parte de su padre al hecho de que él había querido un hijo varón y en cambio había tenido una hija mujer. Esa explicación facilista de la frialdad de su padre hacia ella era mucho más sencilla para todos, inclusive para Jill, que aceptar la verdad sobre él. Pero después de un tiempo considerable en terapia, Jill reconoció que su padre no tenía lazos emocionales cercanos con nadie, que había sido virtualmente incapaz de expresar amor, calidez o aprobación a nadie en su esfera personal. Siempre había habido "razones" para su contención emocional, tales como discusiones y diferencias de opinión o hechos irreversibles, como el que Jill fuera mujer. Cada miembro de la familia prefería aceptar esas razones como válidas en lugar de examinar la calidad siempre distante de sus relaciones con él.

En realidad, a Jill le costaba más aceptar la incapacidad básica de amar de su padre que continuar culpándose a sí misma. Mientras la culpa fuera suya, también habría esperanzas... de que algún día ella pudiera cambiar lo suficiente para provocar un cambio en él.

Es verdad en todos nosotros que cuando sucede algo emocionalmente doloroso y nos decimos que la culpa es nuestra, en realidad estamos diciendo que tenemos control sobre ello: si nosotros cambiamos, el dolor desaparecerá. Esta dinámica subyace a gran parte de la culpabilidad que se adjudican las mujeres que aman demasiado. Al culpamos, nos aferramos a la esperanza de que podremos descubrir lo que estamos haciendo mal y corregirlo, controlando así la situación y deteniendo el dolor.

Este patrón en Jill quedó bien en claro durante una sesión, poco después, en la cual describía su matrimonio. Inexorablemente atraída hacia alguien con quien pudiera recrear el clima emocionalmente carente de su niñez con su padre, su matrimonio fue una oportunidad de que volviera a intentar ganar un amor reprimido.

Mientras Jill relataba cómo conoció a su esposo, recordé una máxima que había oído de labios de un colega: La gente hambrienta hace malas compras. Desesperadamente hambrienta de amor y aprobación, y familiarizada con el rechazo aunque nunca lo identificara como tal, Jill estaba destinada a encontrar a Paul.

Me dijo:

-Nos conocimos en un bar. Yo había estado lavando mi ropa en un lavadero público y salí unos minutos para ir al bar de al lado, un lugar pequeño y barato. Paul estaba jugando al pool y me preguntó si quería jugar. Le dije que sí, y así empezó todo. Me invitó a salir. Le dije que no, que yo no salía con hombres que conocía en los bares. Bien, me siguió hasta el lavadero y siguió hablándome. Finalmente le di mi número telefónico y salimos la noche siguiente.

"Usted no va a creer esto, pero terminamos viviendo juntos dos semanas después. El no tenía dónde vivir y yo tenía que dejar mi apartamento, de modo que conseguimos uno para los dos. Nada en la relación era tan estupendo, ni el sexo, ni el compañerismo, ni nada. Pero pasó un año y mi madre empezó a ponerse nerviosa por lo que yo estaba haciendo, entonces nos casamos.

Otra vez Jill sacudía sus rizos.

A pesar de ese comienzo casual, pronto se obsesionó. Debido a que Jill había crecido tratando de enmendar todo lo que estuviera mal, naturalmente trasladó ese patrón de pensamientos y conducta a su matrimonio.

-Me esforzaba mucho. Quiero decir, realmente lo amaba y estaba decidida a lograr que él también me amara. Yo sería la esposa perfecta. Cocinaba y limpiaba como loca, y al mismo tiempo trataba de ir a las clases. Gran parte del tiempo él no trabajaba. Estaba por ahí o desaparecía varios días. Era un infierno, la espera y el hecho de no saber nada de él. Pero aprendí a no preguntar dónde había estado porque... -Vaciló y cambió su posición en la silla.- Me cuesta admitir esto. Yo estaba tan segura de que podía hacer que todo funcionara bien si tan sólo me esforzaba lo suficiente, pero a veces me enojaba después de que él desaparecía y entonces él me pegaba.

"Nunca había dicho esto a nadie. Siempre me sentí tan avergonzada... Yo misma nunca me vi de esa manera, ¿sabe? Como alguien que se dejaría pegar.

El matrimonio de Jill terminó cuando su esposo encontró otra mujer en una de sus prolongadas ausencias del hogar. A pesar de la angustia en que se había convertido su matrimonio, Jill quedó desolada cuando Paul se marchó.

-Yo sabía que, fuera quien fuese esa mujer, era todo lo que yo no era. En realidad podía ver por qué me había abandonado Paul. Yo sentía que ya no tenía nada para ofrecerle, ni a él ni a nadie. No lo culpaba por haberme dejado. Me refiero a que, después de todo yo tampoco podía soportarme.

Gran parte de mi trabajo con Jill consistió en ayudarla a comprender el proceso de enfermedad en que había estado inmersa durante tanto tiempo: su adicción a las relaciones condenadas al fracaso con hombres emocionalmente inaccesibles. El aspecto adictivo de la conducta de Jill en sus relaciones puede compararse con el uso adictivo de una droga. Al comienzo de sus relaciones había un período "alto" inicial, una sensación de euforia y entusiasmo mientras ella creía que al fin podrían satisfacerse sus más profundas necesidades de amor, atención y seguridad emocional. Al creer eso, Jill se volvía cada vez más dependiente del hombre y de la relación para sentirse bien. Luego, al igual que un adicto que debe consumir más droga cuando ésta produce menos efecto, comenzaba a dedicarse a la relación con mayor intensidad ya que ésta le proporcionaba menos satisfacción. En un intento de conservar lo que una vez había parecido tan maravilloso, tan prometedor, Jill acosaba servilmente a su hombre, pues necesitaba más contacto, más consuelo, más amor, al tiempo que recibía cada vez menos. Cuanto peor se volvía la situación, más le costaba desembarazarse de ella debido a la profundidad de su necesidad. No podía renunciar.

Jill tenía veintinueve años la primera vez que vino a verme. Hacía siete años que su padre había muerto, pero se guía siendo el hombre más importante de su vida. En cierto modo, era el único hombre de su vida, porque en cada relación con otro hombre por quien se sentía atraída, en realidad se relacionaba con su padre, esforzándose aún por ganar el amor de aquel hombre que no podía darlo debido a sus propios problemas.

Cuando las experiencias de nuestra niñez son particularmente dolorosas, a menudo nos vemos obligados inconscientemente a recrear situaciones similares durante toda la vida, en un impulso de obtener el control sobre ellas.

Por ejemplo, si nosotros, al igual que Jill, hemos amado y necesitado a un progenitor que no nos correspondía, a menudo nos comprometemos con una persona similar, o con una serie de ellas, en la edad adulta, en un intento de "ganar" la vieja lucha por ser amados. Jill personificaba esta dinámica al sentirse atraída por un hombre inadecuado tras otro.

Hay un viejo chiste acerca de un miope que ha perdido sus llaves a altas horas de la noche y las está buscando a la luz de un farol callejero. Otra persona llega y se ofrece a ayudarlo a buscarlas, pero le pregunta: "¿Está seguro de que las perdió aquí?" El hombre responde: "No, pero aquí hay luz."

Jill, al igual que el hombre del chiste, buscaba lo que faltaba en su vida, no donde tenía esperanzas de encontrarlo, sino donde le resultaba más fácil buscarlo, ya que era una mujer que amaba demasiado.

En este libro analizaremos qué es amar demasiado, por qué lo hacemos y cómo podemos transformar nuestra forma de amar en una forma más sana de relacionarnos. Volvamos a examinar las características de las mujeres que aman demasiado, esta vez una por una.
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