¡El hombre moderno sin su fundamento animal es una cosa máS!




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fecha de publicación21.02.2016
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¡EL HOMBRE MODERNO SIN
SU FUNDAMENTO ANIMAL ES UNA COSA MÁS!


HUGO HOENIGSBERG

INSTITUTO DE GENETICA EVOLUTIVA Y BIOLOGIA MOLECULAR
UNIVERSIDAD MANUELA BELTRAN, BOGOTA D.C. COLOMBIA
Hace unos cuarenta siglos, los judíos le asignaron al hombre el carácter de sagrado. El término de sagrado no nos debe confundir. El cristianismo también le atribuyó al hombre el carácter de sagrado de especie ritual y religiosa, porque fue la época en la cual los judíos confeccionaron toda una trama cultural bajo la obsesión religiosa y ritual. Hoy el mundo no es religioso, en todo el mundo las religiones languidecen y en su mayoría no parecen ser capaces de renovarse. Las religiones de hoy parecen preocuparse por su propia preservación; o sea, su fin ya no es el hombre sino ellas mismas y así para ellas el hombre decayó a ser un medio. El carácter sagrado del hombre no puede encontrar apoyo en las religiones que hoy subsisten aunque puede que surja de una de ellas una nueva definición de hombre, ojalá cuando la población mundial de la especie regrese a los niveles demográficos de hace unos dos milenios, o más fácilmente cuando el hombre, sin vergüenza, asuma la verdadera esencia de animal-humano que el mundo antiguo nos legó.

Sería difícil negar que el hombre moderno tiende a semejarse a los otros animales sin ser el más dotado. De hecho, lo que distinguía al hombre de los otros animales era que el hombre se ponía a sí mismo como fin, mientras los animales incapaces de ponerse a sí mismos como fin, se convirtieron en medios del hombre. El sometimiento y la dependencia comportamental del perro, era que el perro no se ponía como fin, mientras que el hombre sí lo hacía. Así, el perro se vio obligado a coevolucionar con el hombre como medio... Pero desde cuando el hombre no se pone como fin, sino muchas cosas culturales que han coevolucionado con él como el Estado, el dinero, la nación, la humanidad, etc., es desconcertante y conmovedor para un biólogo como yo, notar cuánto el hombre se está semejando a sus mascotas y finalmente cuánto sufre e incurre en los mismos destinos y participa de las mismas propiedades de los otros animales.

El Judaísmo y el Cristianismo habrían estado en capacidad de demostrar que la colmena de las abejas o el hormiguero eran mundos automáticos y cerrados en sí mismos porque los comportamientos, en ellos contenidos, resultan de estar soldados a estereotipos mecánicos que la naturaleza les ha construido para sus supervivencias colectivas y que por eso son un fin en sí mismos y por eso profundamente diferentes al mundo humano que no era un fin en sí porque tenía al hombre mismo como fin. La razón del hombre moderno no puede admitir esta diferencia porque hoy el hombre, al ser degradado a medio, no ofrece diferencias con los individuos que habitan la colmena.

En el momento en que el hombre acepta el ordenamiento maquiavélico de su degradación, no solo en la política sino en todas las actividades que desempeña, cuando es soldado, administrador, ejecutivo o campesino, es solamente soldado, administrador, ejecutivo o campesino, ni más ni menos como el buey que tira toda su vida del arado, como el gallo de combate, o el toro de lidia que no son sino eso, buey, gallo de combate o toro de lidia. Cuando el hombre tenía como fin el hombre, podía morir en la guerra o hacer toda su vida el mismo trabajo sin que por eso se convirtiera en otro animal entre animales. Cuando el hombre toma el lugar del gallo o del buey, es usado en la misma manera y para los mismos fines porque será cuestión de conveniencia. Por ejemplo, es cuestión de conveniencia económica que un hombre tire de un arado o lo haga un buey. Desde ese momento en que el hombre no es un fin sino un medio, sus cualidades amatorias, procreativas, productivas, su edad, sus apetitos, etc., pasan a ser de gran importancia y como tales vienen a ser estudiadas, agrupadas, organizadas para servir a muchos fines de la sociedad, del dinero, del Estado y de la nación. Y francamente es una gran suerte para el hombre que del estudio de sus cualidades y propiedades resulte que no existe especie tan rendidora, tan conveniente para la explotación, tan barata y dúctil porque si no hubiese desaparecido por las razones de eficiencia maquiavélica ya anotadas.

Considero que los ganaderos actúan con ese criterio utilitarista cuando deciden escoger el ganado. Las infatuaciones políticas del partido nacista en Alemania, consideraron "científicamente" que los rumanos, eslavos, hebreos, negros y gitanos no eran útiles al régimen y por lo tanto debían ser aniquilados. Con esta demostración exquisitamente racionalista tipificable en la mejor escuela de administración económica, se puede homogeneizar la población para fines de máxima eficiencia.

Lo espantosamente inhumano de todo esto, es que el hombre moderno debe su supervivencia a su condición de medio. Sin embargo, me resulta altamente probable que el hombre como medio puede llevarnos tanto al exterminio de enteras familias de la raza humana como a su total extinción.

LO INDUCTIVO Y LO DEDUCTIVO

El hombre se hizo un medio a partir de la tendencia moderna al racionalismo, o sea, desde el Renacimiento Italiano con Galileo y Maquiavelo. Esa escuela la recibió de los métodos inductivos y deductivos y "viendo que eran buenos" indiscriminadamente los aplicó a todas sus actividades; porque dieron buenos dividendos los empleó racionalmente, o sea, con la máxima violencia. No es pura coincidencia que la estadística sea una rama importantísima de la ciencia moderna. El hombre en el mundo moderno podrá decir, como ya lo dijeron T. S. Elliot, Alberto Moravia o Eugenio Montale, que el uso que se hace de él es absurdo, ridículo y despiadado, pero no puede decir que no es racional. Es que si el obrero, el campesino, el burócrata o el estudiante lo dijeran de su condición en la fábrica, en el campo o en el aula, alguien sacaría las estadísticas para desmentirlos. Es que la racionalidad del mundo moderno resulta del funesto coctel "satánico" de lo inductivo con lo deductivo.

La racionalidad hoy presente por doquier, se inició con Galileo (1564-1642) y en menor grado con Kepler (1571-1630) con el método científico. Valga la pena aclarar que el conflicto entre Galileo y la Inquisición no es simplemente el conflicto entre el libre pensamiento y el fanatismo; es además el conflicto entre el espíritu de la inducción y el de la deducción. Los que creen en la deducción para llegar al conocimiento, tienen que tomar sus premisas de alguna parte, usualmente de un procedimiento empleado por los juristas modernos, por los mahometanos, judíos cristianos, comunistas y capitalistas. Los juristas sacan sus premisas de la Constitución del 91, en el caso colombiano; los mahometanos del Corán; los Judíos y los Cristianos de la Biblia; los comunistas del Capital de Carlos Marx y los capitalistas de varios autores inspirados. La deducción fracasa cuando las premisas que están en los libros inspirados son falsas.

Galileo fue el primero que usó la observación y la experimentación para elaborar premisas y luego hipótesis, sin valerse de libros ilustres! Con este procedimiento se enfrentó a Aristóteles y a las Escrituras y con ello destruyó el conocimiento medieval. Galileo pudo haber dicho con Sócrates, que sabía muy poco, pero sabía que sabía algo, en cambio sus contemporáneos aristotélicos no sabían nada pero creían que sabían mucho.

Desafortunadamente, el derroche de las alegres aplicaciones del método científico inductivo de Galileo, penetró en todas las actividades humanas desde el siglo XIX. Se puede decir que gracias a él, tenemos la explosión demográfica, la salud pública, los trenes, los automóviles, etc., etc., hasta las toallas higiénicas y la administración de empresas. Todo lo que se ve en las tiendas y en las universidades viene de Galileo, incluyendo la guerra atómica y la de los gases. Y esto combinado y sacralizado con el método deductivo, sacando de la manga algún libro inspirado como el Capital, la Constitución o la Biblia... Figúrense! Obviamente lo malo de la indiscriminada diseminación del coctel inductivo y deductivo fue que viendo la sociedad capitalista del siglo XIX que funciona y produce buenos dividendos, las adoptó con procedimientos racionales y efectivos, o sea, violentos. En una palabra, la parte que la política maquiavélica había hecho del hombre como medio, se completó con el capitalismo salvaje del siglo XIX: el hombre dejó de ser un fin para convertirse en un medio.

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