Anthony Giddens Conciencia, propio-ser y encuentros sociales




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Lo inconsciente, tiempo, memoria


Es claro que la acepción psicoanalítica de «inconsciente» guarda relación con una oposición trazada entre ella y este tercer sentido de «consciente», una oposición con lo que he denominado conciencia discursiva. Conciencia discursiva implica una aptitud de poner cosas en palabras. Lo «inconsciente» en teoría psicoanalítico denota lo opuesto: no ser capaz de dar expresión verbal a las inspiraciones de la acción.

Pero a fin de desarrollar más la noción de «inconsciente» en tanto «lo inconsciente» es preciso hacer algunos comentarios sobre la memoria, porque es patente que memoria y lenguaje están muy próximos. Me propongo argüir que «lo inconsciente» sólo se puede entender en los términos de memoria, y que esto a su vez significa examinar con mucho cuidado lo que es memoria. Aquí reaparecen todos los problemas de la teorización de la temporalidad cuya importancia ya he destacado.

 

[...]

 

Si el «presente» no está segregado del fluir de una acción, «memoria» no puede ser otra cosa que un modo de designar el entendimiento de agentes humanos. Si memoria no denota una «experiencia pasada», tampoco conciencia (en ninguno de los tres sentidos antes mencionados) expresa el «presente». Aquello de lo cual una persona «tiene noticia» no se puede fijar en un punto particular del tiempo. Tenemos que distinguir, por lo tanto, entre conciencia como noticia sensorial (la primera acepción, y la más general, del término antes mencionado); memoria, en tanto la constitución temporal de una conciencia; y recordación, que es el medio de recapitular experiencias pasadas para enfocarlas sobre la continuidad de una acción. Si memoria denota este dominio temporal tan propio de la experiencia humana, entonces conciencia discursiva y práctica denotan mecanismos psicológicos de recordación, tal como se los emplea en contextos de acción. Conciencia discursiva connota las formas de recordación que el actor es capaz de expresar verbalmente. Conciencia práctica supone una recordación a la que el agente tiene acceso en la duración de una acción sin ser capaz de expresar lo que con ello «sabe». Lo inconsciente designa modos de recordación a los que el agente no tiene acceso directo porque existe una «barrera» negativa de algún tipo que inhibe su integración inmediata al registro reflexivo de una conducta y, más en particular, a una conciencia discursiva. Los orígenes de la «barrera» son de dos clases afines. En primer lugar, puesto que las experiencias más tempranas del infante, que configuran el sistema de seguridad básica por el que se canaliza o controla la angustia, son anteriores a una competencia lingüística diferenciada, es probable que ellas permanezcan después «fuera de los límites» de una conciencia discursiva. En segundo lugar, lo inconsciente contiene represiones que inhiben una formulación discursiva.

En un plano de definición conceptual, estos apuntes son bastante acordes con el uso característico que hace Freud de «lo consciente» y «lo inconsciente». Pero la tesis de que la mayor parte de las actividades cotidianas carece de motivación directa lleva a cuestionar el modelo de motivación con el que Freud trabajó en general. Para Freud, todas las actividades humanas están motivadas, incluidos (por ejemplo) aparentes casualidades o «errores» como el trastrabarse al hablar. Freud se empeñó mucho precisamente en demostrar que fenómenos que se supondrían «accidentales» tienen de hecho su origen en motivos (inconscientes). No parece haber razón para cuestionar la calidad esclarecedora de las intuiciones de Freud en estos temas. Pero no es más atinado sostener que todo acto o gesto está motivado -en el sentido de que se le pudiera adscribir un «motivo» preciso- que ver en una acción una cadena de intenciones o de razones. Esta visión simplificada de la naturaleza de la acción humana tiene un vicio lógico. La acción, como lo expresé muchas veces, no admite ser conceptualizada satisfactoriamente como un agregado de actos. Los escritos de Freud, por concentrarse sobre todo en «segmentos» deslindados específicos de conducta (síntomas neuróticos), inevitablemente recaen en expresar esa errónea concepción de la acción. Ahora bien, en lugar de suponer que todo «acto» tiene su correspondiente «motivo», debemos entender el término «motivación» por referencia a procesos. Lo cual significa, en concreto, que lo inconsciente sólo rara vez hace intrusión directa en el registra reflexivo de una conducta. Tampoco las conexiones en cuestión se originan sólo en mecanismos psicológicos interiores a la personalidad de¡ actor individual; están mediadas por las relaciones sociales que los individuos mantienen en las prácticas de rutina de su vida diaria.

Reflexionar un poco sobre este punto nos provee una suerte de transición entre lo examinado hasta aquí en este capítulo y lo que sigue. Los principales teoremas que deseo proponer dicen lo que ahora detallo. La vida cotidiana ordinaria -en mayor o menor grado según el contexto y los azares de la personalidad individual- incluye una seguridad ontológica que expresa una autonomía de gobierno corporal dentro de rutinas predecibles. Los orígenes psicológicos de una seguridad ontológica se sitúan en mecanismos básicos de control de angustia (según lo mostró Erikson, cuyas ideas expongo enseguida), jerárquicamente ordenados como componentes de personalidad. La generación de sentimientos de confianza en otros, que es el estrato más profundo del sistema de seguridad básica, proviene en lo sustancial de rutinas predecibles y de cuidado instituidas por figuras parentales. El infante desde muy temprano es tanto dador como receptor de confianza. Pero cuando se vuelve más autónomo, el niño aprende la importancia de los que, según una expresión de Goffman, son «dispositivos protectores» que sostienen la mutualidad implícita en la confianza por la vía de un tacto y de otras fórmulas que salvan la cara de otros. Una seguridad ontológica es protegida por esos dispositivos pero es mantenida en un sentido más fundamental por la predictibilidad misma de una rutina, que se ve quebrada de una manera radical en situaciones críticas. El allegamiento de modos habituales de actividad por una angustia que el sistema de seguridad básica no puede contener de manera adecuada es específicamente un aspecto de situaciones críticas.

La crítica de la terminología de Freud sobre obrar y propio-ser trae consigo varias consecuencias. El «yo» es un rasgo esencial del registro reflexivo de una acción pero no se lo puede identificar ni con el agente ni con el propio-ser. Por «agente» o «actor» entiendo al sujeto humano global localizado en el espacio-tiempo corpóreo de¡ organismo vivo. El «yo» no tiene imagen, como en cambio la tiene el propio-ser. El propio-ser, sin embargo, no es una suerte de mini-agencia en el interior del agente. Es la suma de las formas de recordación por las cuales el agente reflexivamente define «lo que» se sitúa en el origen de su acción. El propio-ser es el agente en tanto el agente lo define. Por lo tanto, propio-ser, cuerpo y memoria se relacionan íntimamente.

 
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