Anthony Giddens Conciencia, propio-ser y encuentros sociales




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Erikson: angustia y confianza


Teorías que den relieve a elementos inconscientes de conducta humana suelen ir unidas a perspectivas objetivistas. No es muy difícil ver la razón. Porque el objetivismo, como muchos relatos de lo inconsciente, considera el registro reflexivo de la acción como mera espuma sobre la superficie de la actividad humana, cuyos verdaderos orígenes están en otra parte. Para confeccionar un relato de (algunos rasgos de) lo inconsciente y las relaciones sociales, no seguiré esas versiones del psicoanálisis estructuralista, asociadas en particular con Lacan, que hoy gozan de favor en ciertos círculos. Aunque es innegable que los escritos de Lacan contienen ideas de gran interés, en mi opinión expresan una concepción empobrecida del agente, similar a la generada por el «marxismo estructuralista».[4] Lacan ha sido una de las personalidades destacadas en la vanguardia de los ataques a la obra de los denominados «psicólogos del yo» dentro del psicoanálisis. Estas polémicas han salido triunfantes en un grado sustancial, porque la obra de Sullivan, Horney, Eriksom Kardiner y otros parece hoy ensombrecida. Pero yo entiendo que algunos de los aportes de esos autores conservan una importancia muy grande y aquí me basaré en ellos en algún aspecto.

Críticas, «revisionismos» y profesadas «ortodoxias» proliferaron tanto en la teoría psicoanalítico desde los primeros años del siglo XX como ocurrió en el marxismo. Ahora bien, los psicólogos del yo se asociaron a dos líneas principales de elaboración frente a las formulaciones «clásicas» del psicoanálisis contenidas en los escritos de Freud. Por un lado, hicieron propia la perspectiva alentada por Anna Freud. A saber: argumentaron que la absorción de Freud en la represión y lo inconsciente lo condujo a descuidar los componentes más cognitivos, racionales, del agente. Por otro lado, se vieron influidos por los escritos de analistas de la sociedad, en especial antropólogos, que demostraban la extrema diversidad de los modos de vida social humana. Los escritos de Freud sobre temas de la cultura -aunque en algunos aspectos conserven su importancia- se afiliaban en esencia al evolucionismo de la antropología del siglo XIX. Tomar nota de aquella diversidad lleva también a admitir la variedad existente de formas de organización familiar y, por lo tanto, de socialización temprana. Admitir estos dos conjuntos de factores, unidos entre sí, produce rupturas sustanciales con perspectivas más tradicionales de teoría psicoanalítica, aunque no implica la adopción de un relativismo cultural pleno: existen procesos de desarrollo del niño y de la personalidad adulta que son comunes a todas las sociedades humanas. Erikson lo expresa del siguiente modo en Childhood and Society: p> <p class="citalarga">El psicoanálisis pone en práctica hoy el estudio del yo (...). Desplaza su interés desde el estudio intenso de las condiciones que embotan y distorsionan al yo individual, hasta el estudio de las raíces del yo en la organización social (...) Una niñez prolongada hace del ser humano un virtuoso técnico y mental, pero también le deja durante toda su vida un residuo de inmadurez emocional.[5]

Erikson, junto con Sullivan, son quizá las dos personalidades que sobresalen entre los escritores que han preservado ciertos elementos universales del relato original de Freud sobre los estadios del desarrollo psicosexual al mismo tiempo que adoptaban contribuciones provenientes de las ciencias sociales. Aprovecharé en lo que sigue sus ideas, aunque con medida y críticamente. Sobre la base tanto de su labor clínica como del estudio de una serie de culturas, Erikson distinguió una secuencia de etapas de desarrollo de la personalidad en el período que lleva desde la infancia hasta la edad adulta. Su examen de la naturaleza de las inclinaciones motivacionales y las capacidades mentales del infante es convincente en extremo. Pero me parece que no destaca lo bastante en el desarrollo del niño ese umbral esencial constituido por la fase de dominio sintáctico del lenguaje, una transición en la vida del individuo cuyas consecuencias -como lo ha demostrado Chomsky- pueden ser discernidas con alguna facilidad pero cuyos orígenes siguen siendo oscuros tras cada intento de asirlos.

En todas las sociedades, un único agente, casi siempre la madre biológica del niño, domina la crianza temprana del infante. Las primeras fases de desarrollo de la personalidad parecen asociadas en general a resoluciones de necesidades o tensiones nacidas de la conformación física del organismo. Pero es casi seguro que Freud las comprimió en un esquema demasiado determinista, y haría falta uno más flexible para comprender variaciones entre sociedades y en el interior de cada una de estas. Podemos decir que la interacción tempranísima entre infante y madre forma un estrato en el desarrollo de lo «inconsciente»: ni «movimiento corporal» ni «gobierno del cuerpo» tienen un sentido muy semejante al que adquieren cuando intervienen en una «acción» en el caso del miembro adulto de la sociedad. Si seguimos a Erikson, podemos distinguir tres polaridades sucesivas que se asocian con la trasformación del cuerpo en un instrumento para «actuar-en-el-mundo». La primera, y más temprana, es la de «confianza básica» versus «desconfianza básica». El infante recién nacido es un haz de irnpulsos con ciertos mecanismos homeostáticos de ajuste de base genética, y existe en un medio extraño; las actividades de la madre proveen cuidado y protección. «Confianza» (que aparece aquí como un rasgo de personalidad) se entiende corno un espacio-tiempo psicológicamente «ligador» gracias al despertar inicial de un sentimiento que no mira ausencia como abandono. La dinámica psicológica que subtiende la intersección de presencia y ausencia tiene su punto de origen en el cuerpo, las necesidades corporales y sus modos de saciedad y control. Según el comentario de Erikson: «El primer logro social del infante, entonces, es su anuencia a permitir que la madre desaparezca de la vista sin excesiva angustia o ira, porque ella ha pasado a ser una certeza interior así como una predictibilidad extema». Predictibilidad, continuidad, igualdad, proporcionan «un sentimiento rudimentario de identidad del yo que depende (...) de la admisión de que existe una población interior de sensaciones y de imágenes recordadas y anticipadas que mantienen una correlación firme con la población exterior de cosas y personas familiares y predecibles».[6] «Confianza» equivale aquí. a fe, y desde muy temprano, apunta Erikson, tiene con esta una precisa mutualidad; existe un sentimiento al menos incipiente de «ser fiable» asociado a la extensión generalizada de una confianza en el otro. No significa esto, desde luego, que la formación inicial de confianza ocurra sin conflicto ni tensión. Al contrario, opera sobre el fondo de una angustia difusa, cuyo control se insinúa como el origen motivacional más generalizado de la conducta humana. La interacción entre infante y madre inserta al individuo humano en crecimiento en un nexo del que, para bien o para mal, no escapará en lo sucesivo. La madre es un agente (ya un representante del «otro generalizado») que, en el acto de cuidar al infante, le impone una de- manda social que presagia las sanciones normativas asociadas con la posterior formación de relaciones sociales. La angustia ante la ausencia se desarma por la recompensa de una copresencia, lo que forma la raíz de la dialéctica de compromiso y descompromiso en que se basa la diversidad de encuentros. La expansión de la autonomía del infante, anclada en su gobierno del cuerpo como elemento de acción (que experimenta una trasformación colosal con el dominio del lenguaje), simultáneamente ensancha e integra esta dialéctica. Cada individuo tiene el derecho -cuyo contenido varía bajo múltiples aspectos en contextos diferentes- de mantener una distancia de otros en la que preserve una privacidad corporal y una integridad propia. Pero el propio-ser tiene que avenirse a un compromiso social, siempre que se establezca con la debida deferencia por el delicado reconocimiento de las necesidades de otros. El infante aún no sabe esto, ni su conexión con un rostro. Rostro, según expresión de Beeker, es «el sentimiento positivo de calidez propia vuelto al mundo para su inspección y su potencial saboteo por parte de otros».[7]

En tanto base de un sistema de dominio sobre la tensión, la polaridad confianza /desconfianza se organiza en tomo de relaciones entre proyección e introyección que son mecanismos de personalidad. Una introyección infantil, como lo sostiene Freud, asimila bondad exterior y certeza interior; la proyección ve en un perjuicio interno una malevolencia externa.[8] Basados ellos mismos en la identificación, estos mecanismos son suplantados por una diversidad de formas psíquicas más maduras. Pero pasan de nuevo al primer plano en situaciones de extremo peligro o crisis. La maduración física del cuerpo erige después el escenario para la transición a una nueva fase de desarrollo. Erikson apunta que el mejor modo de entenderlo no es suponer un desplazamiento de zonas de placer sobre la superficie del cuerpo, como lo sostiene Freud, aunque unas fijaciones pueden centrarse en estas. «Retener» y «soltar» son desde luego aplicables al gobierno sobre los productos de desecho del cuerpo, pero encuentran expresión mucho más genérica a través de las manos y los brazos. Retener y soltar son los correlatos de conducta de la polaridad principal en que se basa esta etapa: autonomía versus duda o vergüenza. Como ocurría en la fase anterior, con la que esta se puede situar en una relación de tensión generalizada, la polaridad se puede resolver de una manera benigna o relativamente perturbadora. «Retener», como una modalidad codiciosa, puede representar una cruel absorción en sí mismo o constituir una pauta de cuidado en que se exprese autonomía. De manera semejante, «soltar» puede ser una expresión hostil de impulsos agresivos o una actitud más tranquila de «dejar pasar las cosas». Parece importante destacar la significación de la psicodinámica de la vergüenza en contraste con la culpa. Muchos psicoanalistas, inspirados en sugerencias de Freud, han considerado que la vergüenza se relaciona específicamente con el miedo a una exposición genital. Esto por cierto viene a indicar un aspecto de la angustia, una angustia ante una «apariencia» corporal, cuya gran importancia (según señalaremos pronto) muestra Goffinan. Pero el fenómeno de la vergüenza es sin duda mucho más general de lo que nos llevaran a creer los comentarios de Freud.[9]

La prevalencia de sentimientos de vergüenza o timidez es indicada por la frecuencia con la que estar «avergonzado» y términos comparables («mortificado», «humillado», etc.) aparecen en el habla ordinaria. Parece difícil sostener la idea, propuesta por algunos autores, de que la culpa es «privada» en tanto que la vergüenza es «pública». La vergüenza roe las raíces de la autoestima y es evidente que tiene relación estrecha con la experiencia, más atemperada, de la «turbación». Tanto vergüenza como turbación se localizan psicológicamente en la intersección de compromiso y descompromiso, el fracaso en «salvar» ciertas fases de un cumplimiento a expensas de ser «pillado» bajo diversos aspectos. A diferencia de «culpa», «vergüenza» y «turbación» capturan ambos lados de encuentros, es decir: estos dos últimos términos pueden ser usados por el individuo sobre su propia conducta o sobre la conducta de otros. Me puedo avergonzar de mi mismo, o de algo que hice, o sentirme turbado por ello. Pero también me puedo avergonzar de la conducta de otro, o turbarme en lugar de otro. Parece que detectamos aquí una diferencia entre las dos emociones. Avergonzarse por la conducta de otro indica un lazo con este, que da a conocer cierta admisión de una asociación con el otro o aun de una responsabilidad por él. Turbarse en lugar de alguien, más que expresar una alienación respecto de su conducta, revela cierta complicidad con ella, una simpatía hacia alguien que se ha «expuesto» innecesariamente.

Tiene especial interés, a la luz de la preocupación de Gofftnan por los seudo incidentes, tomar nota de que Erikson liga vergüenza en el infante (que deja fuertes huellas residuales en el sistema de seguridad en el adulto) con postura corporal y regiones «anteriores» y «posteriores» del cuerpo. Podemos considerarlo un modo en que la teoría de Freud de la retención anal se consigue expresar bajo una forma mucho más socializada. Las «regiones anteriores y posteriores», en las que ocurren encuentros, y en cuyo contexto se escenifican ocasiones sociales, quizá se relacionen directamente con la experiencia más primaria de la regionalización anterior/ posterior del cuerpo. Poner «la cara» en la vida social es evitar las angustias provocadas por la vergüenza, y no tener cara lleva precisamente a la vergüenza o la turbación. Para el infante, «posterior» significa «el trasero».

 

[...]

 

La tercera fase, la que culmina en el dominio de un lenguaje sintácticamente elaborado, y que coincide con este dominio, focaliza una polaridad de iniciativa versus culpa. Es la fase de transición edípica que, a despecho de sus oscuridades y complejidades, se presenta como una fase de crisis universal en el desarrollo psicológico humano. En la que concierne al cuerpo, se caracteriza por el dominio de una postura erecta y un movimiento ambulatorio en esa postura, y por la maduración de una genitalidad infantil. El potencial dramático de esta fase para el posterior desarrollo de la personalidad está dado por la conjunción de la demanda de reprimir el apego temprano a la madre (tanto en varones como en niñas), unida a las capacidades que pasan a formar parte de este proceso en tanto coincide con un gran salto adelante en destrezas lingüísticas. Es una fase de iniciativa porque consume la transición edípica otorga al niño el gobierno interior necesario para aventurarse más allá de los confines inmediatos de la familia en relaciones con pares. Pero esto se adquiere a costa de una represión, que en ciertos individuos y ciertas circunstancias se paga con una atrofia bajo la forma de angustia nacida de culpa.

 

[...]

 

En conjunto, las tres fases representan un movimiento progresivo hacia la autonomía, que se debe entender como el fundamento de la capacidad para el registro reflexivo de una conducta. Pero «autonomía» no significa el apartamiento de los estímulos provocadores de angustia o de los modos de luchar con una angustia, en que consiste el sistema de seguridad de la personalidad adulta. Los componentes motivacionales de la personalidad infantil y de la adulta derivan de una orientación generalizada a evitar angustia y preservar autoestima contra el «ser inundado» por vergüenza y culpa. Podemos suponer que los mecanismos del sistema de seguridad permanecen en un nivel inconsciente porque son pre-lingüísticos, por más que la fase edípica sea justamente la época en la que el niño aprende a constituirse como un «yo».

 
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