Anthony Giddens Conciencia, propio-ser y encuentros sociales




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títuloAnthony Giddens Conciencia, propio-ser y encuentros sociales
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Rutinización y motivación


En lugar de emplear el concepto de identidad del yo, en lo que sigue utilizaré ideas de Erikson sobre los orígenes y la naturaleza de autonomía corporal y confianza. Sostendré que un sentimiento de confianza en la continuidad del mundo de objetos así como en la trama de la actividad social tiene su origen en ciertas conexiones especificables entre el agente individual y los contextos sociales a través de los cuales ese agente se desenvuelve en el curso de una vida cotidiana. Si el su- jeto no se puede aprehender salvo a través de la constitución reflexiva de actividades cotidianas en prácticas sociales, no podemos comprender la mecánica de personalidad si no consideramos las rutinas de vida cotidiana por las que el cuerpo pasa y que el agente produce y reproduce. El concepto de rutinización, fundado en una conciencia práctica, es vital para la teoría de la estructuración. Una rutina es inherente tanto a la continuidad de la personalidad del agente, al paso que él anda por las sendas de actividades cotidianas, cuanto a las instituciones de la sociedad, que son tales sólo en virtud de su reproducción continuada. Un examen de la rutinización según sostendré, nos proporciona una llave maestra para explicar las formas características de relación entre el sistema de seguridad básica, por un lado, y los procesos constituidos reflexivamente, inherentes al carácter episódico de encuentros, por el otro.

Podemos indagar la naturaleza psicológica de la rutina si consideramos los resultados de situaciones en que los modos establecidos de vida diaria consuetudinaria se ven radicalmente socavados o sacudidos, es decir: por el estudio de lo que podemos denominar «situaciones críticas». Existe un sentido en que situaciones críticas, para in- dividuos específicos o conglomerados de individuos, se edifican ellas mismas en la regularidad de una vida social en virtud de la propia naturaleza de la intersección entre el proceso o «cielo» de vida del individuo, la duración de una actividad, por un lado, y la larga duración de las instituciones, por el otro. Se trata de las crisis señaladas de manera regular por ritos de pasaje, que para el individuo convenzan con el nacimiento y terminan en la muerte. No obstante, puesto que forman parte intrínseca de la continuidad de una vida social, aunque para los individuos representen discontinuidades, esas situaciones suelen presentar a su vez un carácter claramente rutinizado.

Por «situaciones criticas» entiendo circunstancias de disjunción radical de un carácter impredecible que afecten a cantidades sustanciales de individuos, situaciones que amenacen o destruyan las certidumbres de rutinas institucionalizadas. Me intereso, en este punto, no en analizar los orígenes sociales de esas circunstancias, sino en sus consecuencias psicológicas y en lo que esas consecuencias indican sobre la generalidad de una vida social de rutina. Puesto que en otro lugar[10] he examinado con algún detalle situaciones críticas, aquí sólo mencionaré una: la famosa narración de un episodio absolutamente infame de la historia reciente. Me refiero a la exposición de Bettelheirn en The Informed Heart, descripción y análisis de las experiencias del autor y de otros en Dachau y Buchenwald. En los campos, escribe, «vi (... ) producirse cambios rápidos, y no sólo de conducta sino también de personalidad; cambios increíblemente más rápidos y a menudo mucho más radicales de los que produciría un tratamiento psicoanalítico».[11] La experiencia del campo de concentración no se definía sólo por el confinamiento sino también por un desarreglo extremo de formas acostumbradas de vida social, como resultado de condiciones de existencia brutales, de una amenaza continua o una efectiva violencia ejercida por los guardias del campo, de la escasez de alimento y de otras provisiones elementales para el sustento de la vida.

Los cambios de personalidad descritos por Bettelheim -experimentados por todos los prisioneros internados en el campo durante algunos años- seguían una determinada secuencia de etapas. Esa secuencia era, a todas luces, regresiva. El proceso mismo de encarcelamiento inicial era traumático para la mayoría de los internados. Arrancados de su familia y sus amigos, por lo común con escaso o ningún aviso previo, muchos prisioneros eran sometidos a tortura durante su trasporte a los campos. Los de origen profesional o de clase media, que en su mayoría no habían tenido antes contacto con la policía ni con el sistema carcelario, experimentaban la mayor dislocación en las etapas iniciales de trasporte e «iniciación» en la vida del campo. Según Bettelheim, los suicidios producidos en la cárcel y el trasporte se circunscribían sobre todo a este grupo. Pero la gran mayoría de nuevos prisioneros procuraba tomar distancia psicológica de las mortíferas presiones de la vida del campo y trataba de mantener los modos de conducta asociados con su vida previa. Pero esto, en la práctica, era imposible. La «iniciativa» que Erikson señala como núcleo de la autonomía humana de una acción se corroía con mucha rapidez; la Gestapo, deliberadamente hasta cierto punto, forzaba a los prisioneros a adoptar una conducta pueril.

En su gran mayoría, los prisioneros pasaban por el campo sin ser azotados en público, pero la amenaza vociferada de que les darían de patadas en el trasero sonaba en sus oídos varias veces por día (...) Amenazas como estas, y también los denuestos que lanzaban contra los prisioneros tanto los SS como los capataces, se referían casi exclusivamente a la esfera anal. "Mierda" y "culo" eran insultos tan corrientes que era raro que llamaran a un prisionero de otro modo.[12]

Los guardias ejercían un control estricto pero deliberadamente errático sobre el cuarto de baño, tanto en el sentido de las excretas como de la limpieza en general. Todas estas actividades se realizaban en público. Los campos destruían virtualmente toda diferenciación entre regiones «anteriores» y «posteriores», y hacían de estas últimas, física y socialmente, una preocupación central de la vida del campo.

Bettelheim insiste particularmente en la general impredictibilidad de los sucesos en los campos. El sentimiento de autonomía de acción que los individuos tienen en las rutinas ordinarias de una vida cotidiana en escenarios sociales ortodoxos se desvanecía casi por completo. La sensación de «futuridad» en que de ordinario se desenvuelve la duración de la vida social era destruida por el carácter manifiestamente contingente aun de la esperanza de que el día siguiente llegaría. Los prisioneros, en otras palabras, vivían en circunstancias de radical inseguridad ontológica: «las tareas sin sentido, la falta casi de tiempo para uno mismo, la imposibilidad de hacer proyectos a causa de los repentinos cambios en la conducción de¡ campo, eso era lo profunda- mente destructivo».[13] Algunos prisioneros se convertían en «cadáveres andantes» (Muselmänner, se los llamaba) porque se sometían con fatalismo a lo que el futuro deparase. Ya no se comportaban como agentes humanos, evitaban mirar a los ojos a los demás, sólo hacían groseras movimientos con su cuerpo y arrastraban las piernas adonde iban. Estos hombres y mujeres morían pronto. Sólo pudieron sobrevivir prisioneros que conservaron alguna pequeña esfera de gobierno sobre su vida cotidiana, a la que todavía consideraban «propia». Preservaban, como dice Bettelheim, «el espinazo de una humanidad reducida pero aún presente». A pesar de ello, no conseguían evitar una serie de actitudes pueriles, una disminución muy marcada de su sentir temporal, de su aptitud de «proyectar», y volátiles oscilaciones del talante como respuesta a sucesos por completo triviales.

Todo esto que hemos dicho vale para la conducta de prisioneros que no habían permanecido más de un año en los campos (entre ellos, el propio Bettelheim). Los «prisioneros antiguos», que habían sobre- vivido en los campos durante varios años, tenían una conducta diferente. Habían perdido por completo toda orientación en el mundo exterior, y por así decir se habían reconstruido como agentes por el recurso de integrarse en la vida del campo como partícipes de esos mismos rituales de degradación que habían sentido tan ofensivos cuando fueron prisioneros nuevos. En muchos casos eran incapaces de recordar nombres, lugares y sucesos de su vida anterior. El resultado final, observado en la mayoría de los prisioneros antiguos, aunque no en todos, era una personalidad reconstruida que se basaba en una identificación con los opresores mismos, los guardias del campo. Los prisioneros antiguos imitaban las actividades de sus captores, no sólo para granjearse el favor de ellos sino también como indica Bettelheim, porque habían introyectado los valores normativos de los SS.

¿Cómo interpretaremos estos sucesos? La secuencia de etapas parece bien clara (aunque el propio Bettelheim no la enuncie así). La ruptura y el ataque deliberado sobre las rutinas ordinarias de la vida producen un alto grado de angustia, un «despojo» de las respuestas socializadas que se asocian con la seguridad del manejo del cuerpo y con un marco predecible de vida social. Ese brote de angustia se expresa en modos regresivos de conducta, que atacan los fundamentos del sistema de seguridad básica cuya raíz es una confianza manifestada hacia otros. Los que están mal preparados para enfrentar estas presiones sucumben y se someten. Algunos consiguen sostener una esfera mínima de gobierno y autoestima que les permite sobrevivir durante un período más prolongado. Pero en fin, al menos en la mayoría de los prisioneros antiguos, ocurre un proceso de «resocialización» en el que se restablece una actitud de confianza (limitada y ambivalente en alto grado),[14] que incluye una identificación con figuras de autoridad. Esta secuencia de angustia acrecentada, regresión, a la que sigue una re- construcción de pautas de acción ejemplares, se presenta en una serie de situaciones críticas en contextos por lo demás muy diferentes, como respuestas a verse en la línea de fuego en el campo de batalla durante períodos prolongados, a interrogatorios forzados y a la tortura en prisiones y a otras condiciones de apremio extremo.[15]

En cambio, la vida social cotidiana -en mayor o menor medida, según el contexto y los azares de la personalidad individual- supone una seguridad ontológica fundada en una autonomía de gobierno corporal dentro de rutinas y encuentros predecibles. El carácter rutinizado de las sendas a lo largo de las cuales los individuos se mueven en el tiempo reversible de la vida diaria no «ocurre» casualmente. Se «lo hace ocurrir» por los modos de registro reflexivo de una acción que los individuos sostienen en circunstancias de copresencia. El «anegamiento» de modos habituales de actividad por una angustia que el sistema de seguridad básica no puede contener adecuadamente es un rasgo específico de situaciones criticas. En una vida social ordinaria, los actores tienen un interés motivado en el sustento de las formas de tacto y «reparación» que Goffman analiza con tanta agudeza. No obstante, esto no se debe a que la vida social sea una suerte de contrato de protección en que los individuos voluntariamente entraran, según Goffman propone sobre este punto. El tacto es un mecanismo por el que los agentes son capaces de producir las condiciones de «confianza» o seguridad ontológica dentro de las cuales se vuelve posible canalizar y administrar tensiones más primitivas. Por eso se puede afirmar que muchos de los rasgos específicos de un encuentro cotidiano no tienen motivación directa. Más bien existe un compromiso motivacional generalizado para el completamiento de prácticas habituales por un tiempo y un espacio.

 
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