Anthony Giddens Conciencia, propio-ser y encuentros sociales




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Serialidad


Encuentros son fenómenos secuenciados que se interpelan en la serialidad de una vida cotidiana, pero que le dan forma. Las propiedades sistemáticas de encuentros se pueden remontar hasta dos características principales: abrir y cerrar, y tomar tumos. Ahora las consideraré brevemente. La duración de la vida cotidiana, tal como la vive cada individuo, es un fluir continuo de actividad sólo interrumpido (aunque regularmente) por la pasividad relativa del dormir. La duración de la actividad puede ser «puesta entre paréntesis» o «segmentada conceptualmente» -como afirma Schutz- por un momento reflexivo de atención del sujeto. Esto es lo que sucede cuando alguien es invitado por otro a citar «una razón» o «razones» para ciertos aspectos de su actividad, o, en general, a explicarlos. Pero la duración de una vida diaria también es «puesta entre paréntesis» por la apertura y el cierre de encuentros. Con palabras de Goffrnan: «Se puede hablar, entonces, de abrir y cerrar paréntesis temporales y paréntesis espaciales que deslindan».[27] Aficionado como lo es a metáforas tomadas de la dramaturgia y a analogías, Goffman cita a modo de ejemplo los artificios que se emplean para abrir y cerrar espectáculos teatrales. Para señalar la iniciación de una pieza teatral, suena una campana, se amortiguan las luces y se levanta el telón. Cuando concluye, las luces de la sala se encienden de nuevo al tiempo que baja el telón. La mayoría de las ocasiones sociales usan algún artificio como señal formal de apertura y cierre; esta es una característica de ocasiones rituales en culturas tradicionales, pero también en una diversidad de ocasiones sociales más seculares típicas de sociedades contemporáneas. La puesta entre paréntesis de las ceremonias de iniciación, por ejemplo, marca de manera ejemplar un cambio dramático en el estilo de conducta en el marco de la ocasión; en cierto modo, los marcadores señalan el paso de lo profano a lo sagrado. Caillois ha mostrado en este sentido los paralelismos entre las esferas de religión y «juego», así como los influjos históricos directos entre ellas.[28]

Se puede arriesgar la conjetura de que actores cotidianos darán particular importancia a marcadores de paréntesis cuando las actividades que ocurren durante el encuentro, o con una ocasión social, son miradas por los participantes como algo que diverge mucho de las expectativas normales de la vida cotidiana. Goffman ofrece el siguiente ejemplo. En un examen médico del cuerpo desnudo, o en el dibujo del mismo objeto en una clase de arte, el individuo no suele despojarse de su ropa delante de otro u otros, ni se vuelve a vestir en su presencia a la conclusión del encuentro. Desvestirse y vestirse en privado hace que el cuerpo se exhiba y se oculte de repente; lo uno y lo otro marcan las fronteras de¡ episodio y comunican que las acciones se mantienen apartadas de connotaciones sexuales u otras que de lo contrario se vería en ellas. Esto forma parte de lo que Goffman denomina la «sintonización» de encuentros e indica una conexión estrecha con discusiones de Wittgenstein sobre el entretejimiento de formas de vida. La ocurrencia de encuentros, marcados y provistos de un definido «tinte» o «ethos» social, remite a trasformaciones de una multiplicidad de episodios en «tipos» divergentes.

Nosotros (y un número considerable de "ellos") tenemos la capacidad e inclinación de usar una actividad concreta, real -una actividad que posea sentido en sí misma-, como un modelo para señalar trasformaciones destinadas a diversión, decepción, experimento, ensayo, sueño, fantasía, ritual, demostración, análisis y caridad. Estas sombras vivas de sucesos entran en la máquina del mundo corriente pero no exactamente de la manera inmediata que es propia de la actividad literal ordinaria.[29]

La mayoría de los encuentros que forman parte de la serialidad de la vida social ocurren o bien afuera (en un espacio-tiempo) o bien contra el fondo de las reuniones celebradas con ocasiones sociales. Compromisos faciales en muchos de estos contextos no determinan cercamientos claros que deslinden la interacción de los no participantes. En tales circunstancias, el registro reflexivo del cuerpo, de gestos y posturas, se usa por lo general para producir una «clausura de un compromiso convencional».[30] Es decir, una «barrera» sancionada normativamente separa a los comprometidos en el encuentro de otros que están copresentes. Es un trabajo de colaboración en el que quienes participan en el compromiso facial y los circunstantes -a menudo, por supuesto, empeñados en sus propios compromisos con otros asistentes- mantienen una especie de «inatención cortés» entre ellos. Goffman indica varios modos en los que se puede consumar y en los que se puede dislocar esto. Como en todas las áreas del registro mutuo de una interacción, hay características de una complejidad extraordinaria hasta para manifestar «inatención». Así, por lo común se espera de los circunstantes que no sólo no aprovechen una situación de proximidad de presencia que les permitiría observar lo que ocurre en otros compromisos faciales, sino que también demuestren activamente inatención. Esto puede ser problemático. Porque si la inatención es demasiado estudiada, el efecto puede ser el de sugerir que el individuo, en realidad, está espiando.

Toda suerte de complicaciones de estos fenómenos es posible. Pueden existir muchas circunstancias en las que un individuo esté interesado en escuchar el contenido de un encuentro y simule inatención de manera muy deliberada. Pero esto corre el riesgo de que se note a causa de una artificialidad de postura o por una cantidad de otros rasgos que pueden denunciar lo que ocurre. No se debe extraer de esto la conclusión -como se inclinaron a hacerlo muchos intérpretes de Goffman- de que en su mayor parte estas complejidades maravillosamente sutiles de la interacción sean estudiadas o supongan una manipulación cínica. Lo contrario es cierto. En las destrezas de interacción que los actores revelan en la producción y reproducción de encuentros, lo notable es su anclaje en una conciencia práctica. Más tacto que cinismo es inherente a la estructuración de encuentros. Mientras que el contenido de lo que se considera «muestra de tacto» puede variar ampliamente, es imposible cuestionar la importancia del tacto en sociedades o culturas que en otros aspectos son muy diferentes. El tacto -un acuerdo conceptual latente entre quienes participan en con- textos de interacción- parece ser el principal mecanismo que sustenta una «confianza» o seguridad ontológica por largos recorridos de espacio-tiempo. El tacto con el que se mantiene el cercamiento de un compromiso convencional se revela con claridad en circunstancias que amenacen fracturar ese cercamiento. Así, en espacios muy reducidos, corno ascensores, es virtualmente imposible mantener una postura de no escuchar. En la sociedad anglo-norteamericana, al menos, lo usual en tal situación es suspender la comunicación, quizá con un mero comentario al pasar que indique que un encuentro no se interrumpe sino que se suspende. De manera similar, si tres personas conversan y una es interrumpida por un llamado telefónico, las otras no pueden fingir una inatención completa y acaso prosigan una conversación vacilante, entrecortada.[31] Contextos de encuentros semejantes a estos pueden expresar directamente asimetrías de poder. De este modo, si, por ejemplo, dos individuos en un ascensor siguen adelante con su conversación sin importarles estar rodeados por la estrechísima proximidad de otros, es muy posible que manifiesten así a los que son sus subordinados o inferiores su indiferencia a mantener una inatención cortés en ese contexto. No obstante, acaso dejen traslucir de todos modos cierta preocupación por desviarse de una norma que se observaría de ordinario, y entonces hablen en voz más alta que en otras circunstancias.

Los encuentros suponen «tomar distancias por lo que toca tanto a la posición de los cuerpos en relación unos con otros, dentro y fuera de la región del compromiso facial, cuanto a la toma de distancia serial para contribuciones al encuentro en los términos de una serialidad u observancia de tumos. Una toma de distancia colaborativa dentro de sedes es desde luego importante para la puesta entre paréntesis de encuentros (y, como después procuraré indicar, está sujeta a lo que Hägerstrand denomina «restricciones de superposición» y «restricciones de envase»). Las sanciones normativas generalizadas que influyen sobre la proximidad aceptable de individuos en lugares públicos varía mucho entre las diversas culturas, como varían las sanciones que recaen sobre los límites de un contacto corporal aceptable entre personas en diversos contextos.[32] Pero un tomar distancia sólo se puede organizar con eficacia en los límites de una «charla cómoda» -no tan apartados los participantes que deban gritar, y no tan próximos que no se puedan observar las señales ordinarias de expresión facial que ayudan a registrar la sinceridad y autenticidad de lo que se dice-. Compromisos faciales, cuando otros están copresentes, se llevan adelante casi siempre dando un poco la espalda a quienes no intervienen en el compromiso, y la disposición de los cuerpos es tal que no exista barrera física al libre intercambio de miradas o contacto visual. Puede resultar difícil lograr esto en situaciones de apiñamiento en las que hay mucho movimiento, como en una tertulia o en un tren lleno de gente. En esos contextos se puede producir un relajamiento transitorio de las sanciones que de ordinario pesan sobre la excesiva movilidad de los miembros. Es por entero aceptable que una persona haga bailotear su cuerpo en esta situación si al mismo tiempo es claro para otros que lo hace para mantener contacto visual en un compromiso donde la postura de otros amenaza bloquear la visión. Esos movimientos se pueden llevar adelante de una manera exagerada, en realidad, para indicar a otros que el actor los hace consciente de que en una circunstancia ordinaria ese movimiento del cuerpo se consideraría fuera de lugar.

La observancia de turnos en encuentros ha sido muy estudiada por autores de orientación etnometodológica.[33] A menudo se desdeñó su obra por trivial. Pero es una apreciación harto miope. Porque la observancia de turnos arraiga en las propiedades más generales del cuerpo humano y por lo tanto expresa aspectos fundamentales de la naturaleza de una interacción. Además, el observar turnos es un rasgo importante del carácter serial de la vida social, y en consecuencia guarda relación con el carácter global de una reproducción social. Observar turnos es una forma de «restricción de superposición», que deriva del hecho simple pero elemental de que el principal medio comunicativo de los seres humanos en situaciones de copresencia -el habla- es un medio «de orden único». Un habla se despliega sintagmáticamente en el fluir de la duración de una interacción, y puesto que puede hablar una sola persona por vez si es que se ha de realizar una intención comunicativa, los aportes a encuentros son inevitablemente seriales. Se debe decir que el estudio empírico de conversaciones muestra que su forma es mucho menos simétrica de lo que se pudiera suponer. La administración de los turnos rara vez sucede de manera que los participantes concluyan sentencias. Hay una plétora de fenómenos de vacilación; los hablantes se cuelan en lo que el otro dice, de suerte que no existen divisiones claras en la observancia de turnos, etcétera.[34]

 

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