Anthony Giddens Conciencia, propio-ser y encuentros sociales




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títuloAnthony Giddens Conciencia, propio-ser y encuentros sociales
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Postura


Sistemas sociales -he señalado- se organizan como prácticas sociales regularizadas, sustentadas en encuentros dispersos por un espacio-tiempo. Ahora bien, los actores cuya conducta constituye esas prácticas tienen «postura». Todos los actores tienen «postura» o están «situados» en un espacio-tiempo, y viven a lo largo de lo que Hägerstrand denomina sus sendas espacio-temporales, y también tienen postura en un orden relacionar, como lo indica la expresión misma «posición social». Sistemas sociales sólo existen en la continuidad de prácticas sociales que se extinguen en el tiempo, y a través de estas. Pero algunas de sus propiedades estructurales se caracterizan mejor corno relaciones «de práctica-posición».[45] Las posiciones sociales están constituidas estructuralmente corno intersecciones específicas de significación, dominación y legitimación, lo cual atañe a la clasificación de los agentes. Una posición social incluye la especificación de una «identidad» definida dentro de una red de relaciones sociales, aunque esa identidad es una «categoría» a la que corresponde un particular espectro de sanciones normativas.

Desde Linton, el concepto de posición social se asocia de ordinario con el de rol, y este último ha merecido mucho más debate y análisis que el primero.[46] No me propongo reseñar ese debate, sino sólo expresar algunas reservas sobre la noción de rol. El concepto se relaciona con dos maneras de ver en apariencia opuestas, y tengo algún reparo que hacer a ambas. Una es la de Parsons, en cuya teoría el rol es fundamental como el punto de conexión entre motivación, expectativas normativas y «valores». Esta versión del concepto de rol, para ser aceptable, está demasiado estrechamente unida con el teorema parsonsiano de que la de integración societaria nace de un «consenso valorativo». La otra es el punto de vista teatral cultivado por Goffman, sobre el cual diremos más en el próximo capítulo; es que aquí tocamos los límites de sus opiniones. Estas dos concepciones pudieran parecer contrarias entre sí, pero de hecho presentan una precisa afinidad. Las dos propenden a destacar el carácter «dado» de los roles, y por lo tanto coinciden en expresar el dualismo de acción y estructura característico de tantos dominios de teoría social. El guión está escrito, el escenario está montado y los actores se desempeñan lo mejor que pueden con los papeles preparados para ellos. Rechazar estas concepciones no lleva a desechar por completo el concepto de rol, pero lleva a mirar la «postura» de los actores corno una idea más importante. Con propósitos de definición, adoptaré la formulación que expuse en una obra anterior. Una posición social se puede considerar como «una identidad social que lleva consigo cierto espectro (por difusa que su especificación sea) de prerrogativas y obligaciones que un actor a quien se concede esa identidad (o que es un "depositario" de esa posición) puede activar o poner en práctica: esas prerrogativas y obligaciones constituyen las prescripciones de rol asociadas a esa posición».[47]

«Posición» se entiende mejor como «postura», con atribución de una rica veta de sentidos al segundo de estos términos que propongo. Los actores siempre tienen postura acerca de los tres aspectos de la temporalidad sobre los que se construye la teoría de la estructuración. La postura de agentes en circunstancias de copresencia es un aspecto elemental de la estructuraci6n de encuentros. Postura incluye aquí muchas modalidades sutiles de movimiento corporal y gesto, así como la trayectoria más general del cuerpo por los sectores regionales de las rutinas diarias. La postura de actores en la región de sus sendas diarias espacio-temporales, desde luego, es su simultánea postura en el interior de la regionalización más vasta de totalidades societarias y en el interior de sistemas intersocietarios cuyo alcance de difusión converge con la distribución geopolítica de sistemas sociales en una escala global. La significación de una postura en este sentido, el más rudimentario, se liga estrechamente, desde luego, con el nivel de distanciamiento espacio-temporal de las totalidades societarias. En aquellas sociedades en las que integración social e integración sistémica son más o menos equivalentes, la postura presenta sólo una «estratificación» delgada. Pero en las sociedades contemporáneas los individuos tienen posturas en un espectro muy amplio de zonas, en el hogar, el lugar de trabajo, el vecindario, la ciudad, el Estado nacional y en un sistema mundial, y todas ellas exhiben aspectos de una integración sistémica que cada vez más vincula los detalles menores de la vida cotidiana a fenómenos sociales de una extensión espacio-temporal enorme.

La postura en las sendas espacio-temporales de la vida cotidiana, para cada individuo, es también una postura en el interior del «ciclo de vida» o senda de vida. La formación de un «yo» acaso se modele en el narcisismo original de una «fase del espejo» en el desarrollo de la personalidad. Es a través de la postura del cuerpo en relación con su imagen como el niño crea la virtualidad de llegar a ser un agente reflexivo. La connotación misma de un «yo» como embrague necesariamente remite un propio-ser a una postura en el interior de la serialidad de discurso y de acción. Una postura a lo largo de la senda de vida, desde luego, siempre se relaciona estrechamente con la categorización de una identidad social. «Niñez» y «adultez», entre un número de otras posibles formas de gradación de la edad, siempre mezclan criterios biológicos y sociales de desarrollo. Una postura diferencial sobre la senda de vida es la condición constrictiva más importante que concurre a la significación fundamental de la familia en tanto conjuga reproducción física y social. Una sociedad humana cuyos miembros todos hubieran nacido en una misma cohorte de edad sería imposible por el muy largo período de dependencia más o menos completa en que el infante humano está de la asistencia de sus padres.[48]

Pero es la intersección entre estas formas de postura y aquella forma que habita la larga duración de las instituciones la que produce el marco global de una postura social. Sólo en el contexto de esa intersección en el interior de prácticas institucionalizadas se pueden aprehender correctamente modos de postura espacio-temporal, en relación con la dualidad de estructura. En todas las sociedades parece ocurrir que edad (o grado de edad) y género sean los criterios más generales de atributos de una identidad social. Pero aunque en la bibliografía sociológica se suele hablar de roles de edad, roles de género, etc., de una manera genérica, no adoptaré ese uso. Una identidad social conferida por la edad o el género -y por otras características presuntamente «adscriptivas», como la pigmentación de la piel- admite ser foco de tantos aspectos de conducta que emplear el término «rol» para definirlos es equívoco y a la vez superficial.[49] La noción de rol, como lo han señalado muchos críticos de su uso desmedido en la ciencia social, alcanza alguna precisión conceptual sólo si se aplica en contextos de interacción social donde los derechos y las obligaciones normativos que se asocian a una identidad social estén formulados con relativa claridad. Como lo sugieren sus orígenes teatrales, conviene hablar de rol sólo cuando existan escenarios precisos de interacción en los que se estatuya con particular fuerza la definición normativa de modos «esperados» de conducta. Esos escenarios de interacción son provistos virtualmente siempre por una sede específica o un tipo de sede donde ocurren encuentros regularizados en condiciones de copresencia.[50] Escenarios de esta clase tienden a asociarse con un cierre de las relaciones más deslindado que en los sistemas sociales como un todo.

«Postura» atañe a lo que denominaré las contextualidades de la interacción y nos permite especificar, de una manera directa, la importancia de la obra de Goffman para la teoría de la estructuración. Toda interacción social es una interacción situada, a saber: en el espacio y el tiempo. Se la puede entender como la ocurrencia oportuna pero rutinizada de encuentros, que se extingue en un espacio y un tiempo, pero que se reconstituye de continuo dentro de diferentes áreas de espacio-tiempo. Estos rasgos regulares o de rutina de los encuentros, así en el tiempo como en el espacio, representan rasgos institucionalizados de sistemas sociales. Una rutina se modela en la tradición, la costumbre o el hábito, pero es un serio error suponer que estos fenómenos no re- quieren explicación, que son simples formas repetitivas de una conducta llevada a la práctica «sin pensar». Por el contrario, como Goffman (junto con la etnometodología) ha contribuido a demostrar, el carácter rutinizado de la mayor parte de la actividad social es algo que debe ser «operado» de continuo por quienes lo sustentan en su conducta cotidiana. Uno de los huecos más notables en los escritos de Goffman es la ausencia de un relato sobre motivación. En las secciones anteriores he intentado remediar esto indicando que confianza y tacto, como propiedades básicas que los participantes aportan a sus encuentros, se pueden interpretar en los términos de la relación entre un sistema de seguridad básica, el sostenimiento (en la praxis) de una sensación de seguridad ontológica, y la naturaleza rutinizada de una reproducción social que los agentes organizan diestramente. El registro del cuerpo, el gobierno y uso del rostro en un «trabajo facial», son fundamentales para una integración social en un tiempo y un espacio.

Es de primera importancia destacar que una teoría sobre la rutina no se asimila a una teoría sobre la estabilidad social. La teoría de la estructuración se interesa por el «orden» en tanto es un trascender tiempo y espacio en relaciones sociales humanas; la rutinización tiene un papel clave para explicar el modo en que esto se produce. Una rutina persiste a través del cambio social, aun el más vivo, y aun si, desde luego, algunos aspectos de rutinas que se dan por supuestas acaso se vean comprometidos. Procesos de revolución, por ejemplo, sin duda suelen dislocar las actividades diarias de multitudes de personas que se ven arrastradas en el fervor de la revuelta o son las desdichadas víctimas de sucesos sociales en cuya iniciación no tuvieron parte. Pero el imperio de una rutina se quiebra de la manera más sustantiva en circunstancias donde la textura de la vida cotidiana es atacada frontalmente y deformada de manera sistemática -como en los campos de concentración-. Aun en este caso, según lo muestra tan bien Bettelheim, rutinas, aun de índole perjudicial, se restablecen.

Es instructivo ver las reglas implícitas en encuentros, según propone Goffman, como si formaran conglomerados en casilleros o «rnarcos». Se mira un enmarcamiento como si ofreciera la ordenación de actividades y de significados por cuya virtud una seguridad ontológica se sustenta en la escenificación de rutinas diarias. Los marcos son conglomerados de reglas que concurren a constituir y regular actividades, y que las definen como actividades de cierta clase y sujetas a un espectro dado de sanciones. Cada vez que individuos coinciden en un contexto específico, enfrentan la pregunta (pero en la amplia mayoría de las circunstancias la pueden responder sin dificultad alguna): «¿Qué sucede aquí?». «¿Qué sucede?» improbablemente admita una respuesta simple porque en todas las situaciones sociales pueden «suceder» muchas cosas de manera simultánea. Pero en general los que participan en una interacción abordan esa pregunta en el nivel de una práctica, y articulan su conducta con la de otros. O, si plantean la pregunta en un plano discursivo, será referida a un aspecto particular de la situación que parezca enigmático o inquietante. Un enmarcamiento, en tanto es constitutivo de encuentros y en tanto se ciñe a estos, «da sentido» a las actividades en que los participantes se comprometen, y se los da tanto para ellos mismos como para otros. Esto incluye la comprensión «literal» de sucesos pero también los criterios por los cuales está claro que «sucede» humor, juego, teatro, etcétera.

Marcos primarios de actividad diaria se pueden considerar aquellos que generan lenguajes «literales» de descripción tanto para participantes legos en encuentros como para observadores sociales. Marcos primarios varían mucho en precisión y cierre. Cualquiera que sea su nivel de organización, un marco primario permite a los individuos categorizar una pluralidad indefinida de circunstancias o situaciones para que puedan responder de manera apropiada a todo lo que «suceda». Si alguien descubre que eso que sucede en un momento y en un lugar particulares es, por ejemplo, una tertulia, podrá poner en juego una conducta acorde, aunque algunos aspectos de los contextos no le resulten familiares. Buena parte del trabajo de Goffman concierne a reglas que permiten producir transiciones entre marcos primarios y secundarios. Así, las «claves» para las trasformaciones son las fórmulas por las cuales una actividad que ya tiene significado en un marco primario recibe un significado en uno secundario.[51] Por ejemplo, una pelea puede ser «juego», y un comentario en apariencia serio, un chiste. Pero exactamente el mismo tipo de análisis se puede efectuar para indicar las reglas implícitas en las transiciones entre diferentes marcos primarios.

En este contexto no viene al caso seguir en detalle el análisis de Goffman del encuadramiento. En cambio, quiero considerar brevemente el alcance que puede tener la formulación discursiva de reglas, para lo que tomaré una pieza de trabajo distinta, la de Wieder sobre «recitar el código».[52] La investigación de Wieder informa acerca de los resultados de un estudio con observador participante en una unidad residencial para la rehabilitación de presos bajo palabra. Los internos mencionaban la existencia de reglas de conducta que ellos denominaban el «código». El código era verbalizado de manera explícita aunque, desde luego, no estaba formalizado en forma escrita tal corno lo establecían y coordinaban los internos o el personal. Al parecer, ningún interno era capaz de recitar todas las máximas que constituían el código, pero todos podían mencionar algunas, y el código se discutía a menudo. Lo componían reglas como: no «soples» (informar al personal sobre otros internos); no «cantes» (o sea, no admitas culpa ni responsabilidad por un acto que el personal defina como ilegítimo); no hurtes a otros internados; comparte con otros cualquier regalo o beneficio inesperados que pudieras recibir, etc. También el persorna conocía el código y lo utilizaba en sus tratos con los internos. Como dice Wieder: «Se lo usaba como un esquema de interpretación general que "estructuraba" su ambiente».[53] Pero Wieder apunta además que su verbalización llevaba a invocarlo bajo formas en que no podrían serlo reglas formuladas de manera implícita. Constituía un «vocabulario de motivos» con el que tanto el personal como los internos interpretaban acciones, en especial atípicas o problemáticas. No se lo consideraba una mera descripción de lo que se admitía tácitamente; más bien las circunstancias en que se apelaba al código podían ser alteradas por el hecho de invocarlo. «Recitar el código» significaba, como lo indica la expresión no sólo informar sobre lo que el código era, sino reprender a quienes lo contravenían; presentaba el código como un medio de control, y esa presentación era parte del modo en que operaba el código mismo. Sostengo que esto es característico de las «interpretaciones de reglas» expuestas discursivamente en muchos contextos sociales.

Las reglas que se aplican reflexivamente en circunstancias de copresencia nunca se limitan en sus alcances a encuentros específicos sino que se aplican en la reproducción del diseño de encuentros a través de un tiempo y un espacio. Las reglas del lenguaje, del enmarcamiento primario y secundario, de la conducción de una interacción interpersonal, se aplican, todas ellas, por extensos campos de vida social, aunque no se las pueda considerar necesariamente coextensivas de una «sociedad» dada. Aquí debemos prestar alguna atención a una diferenciación conceptual entre «interacción social» y Prelaciones sociales» (aunque no siempre ponga yo particular cuidado en separarlas en lo que sigue). Interacción social denota encuentros en que individuos se comprometen en situaciones de copresencia y, por lo tanto, una integración social en un nivel de los «elementos de construcción» por medio de los cuales se articulan las instituciones de sistemas sociales. Relaciones sociales están por cierto incluidas en la articulación de una interacción, pero también son los principales «elementos de construcción» con los que instituciones se ensamblan en una integración sistémica. Una interacción se basa en la «postura» de individuos en los contextos espacio-temporales de actividad. Unas relaciones sociales atañen a la «postura» de individuos dentro de un «espacio social» de categorías y lazos simbólicos. Reglas incluidas en posiciones sociales conciernen por lo general a la especificación de derechos y obligaciones que interesan a personas que tienen una particular identidad social o que pertenecen a una particular categoría social. Los aspectos normativos de esas reglas, en otras palabras, se declaran particularizadamente, pero todas las características previamente establecidas de las reglas se les aplican también. Por ejemplo, acaso más bien se las obedezca de manera tácita que se las formule en el plano discursivo. Hay muchos casos así en la bibliografía antropológica. Un ejemplo son las culturas en las que existe matrimonio unilateral entre. primos cruzados. Aunque los miembros de estas culturas tienen desde luego algunas ideas que ponen en práctica acerca de quién se casa con quién las reglas de elegibilidad a que de hecho obedecen en su conducta son más tácitas que explícitas.

Goffman demuestra que una integración social nace de los procedimientos aplicados con reflexión por agentes entendidos, pero no indica determinadamente los límites o fronteras de ese entendimiento ni especifica las formas que adopta. Quiero plantear aquí esa pregunta: ¿en qué sentido tienen los agentes «entendimiento» de las características de los sistemas sociales que producen y reproducen en su acción?

Demos por supuesto que «saber» equivalga a una noticia precisa o válida -no digo «creencia» porque las creencias son sólo un aspecto del entendimiento-. No tiene sentido considerar que la conciencia práctica se componga exhaustivamente de creencias proposicionales, aunque en principio algunos elementos puedan formularse de ese modo. Una conciencia práctica consiste en entender las reglas y las tácticas por las que se constituye y reconstituye la vida social diaria en tiempo y espacio. Actores sociales se pueden equivocar algún tiempo sobre lo que esas reglas y tácticas sean, y en esos casos sus errores pueden aparecer como «inconveniencias situacionales». Pero toda vez que en la vida social exista continuidad, la mayoría de los actores no puede menos que acertar la mayor parte del tiempo; es decir: entiende lo que hace, y comunica logradamente su conocimiento a otros. El entendimiento incorporado en las actividades prácticas que constituyen el grueso de la vida diaria es un rasgo constitutivo (junto con el poder) del mundo social. Lo que saben del mundo social los actores que lo constituyen no es algo ajeno a su propio mundo, como en el caso de un saber sobre sucesos u objetos de la naturaleza. El examen del preciso saber que los actores tienen, y del modo en que aplican ese saber en su conducta práctica (en la que se empeñan actores legos lo mismo que observadores sociales), requiere emplear los mismos materiales -una inteligencia de prácticas organizadas recursivamente- de donde se extraen las hipótesis sobre ese saber. La medida de su «validez» viene dada por el alcance en el que los actores sean capaces de coordinar sus actividades con otros de manera de llevar adelante los propósitos en que su conducta se compromete.

Existen, desde luego, diferencias potenciales entre entender las reglas y tácticas de una conducta práctica en los medios donde el agente se mueve y entender aquellas que se aplican en contextos distantes de su experiencia. Es variable la medida en que las habilidades socia- les del agente procuran comodidad inmediata en contextos cultural- mente ajenos como es variable, desde luego, la mezcla de diferentes formas de convención expresivas de fronteras divergentes entre culturas o sociedades. No es solamente en un saber -ni en dogmas de creencia- que agentes pudieran formular discursivamente donde manifiestan ellos tener noticia de condiciones de vida social que no sean aquellas en las que ocurren sus propias actividades. Es a menudo por la manera de llevar a cabo actividades de rutina, por ejemplo, como actores en circunstancias de acusada inferioridad social ponen de manifiesto la noticia que tienen de su opresión. Los escritos de Goffman abundan en comentarios sobre este tipo de fenómeno. Pero en otros aspectos en que hablamos del «saber que los actores tienen de las sociedades de que son miembros» (y de sociedades de las que no lo son), la referencia es a una conciencia discursiva. Aquí no existe diferencia lógica entre los criterios de validez en cuyos términos se deban juzgar los artículos de creencia (hipótesis, teorías), se trate de miembros legos de la sociedad o de observadores sociales.

¿Qué clases de circunstancias -siquiera en un plano general- propenden a influir sobre el nivel y la naturaleza de la «penetración» que los actores alcanzan sobre las condiciones de una reproducción sistémica? Ellas incluyen los siguientes factores.

  1. los medios de acceso que los actores tienen al conocimiento en virtud de su ubicación social;

  2. los modos de articulación del conocimiento;

  3. circunstancias referidas a la validez de los artículos de creencia considerados «conocimiento»;

  4. factores relacionados con los medios de difusión del conocimiento disponible.

Desde luego, el hecho de que todos los actores se muevan en contextos situados en el interior de totalidades más vastas limita el saber que ellos tienen de otros contextos de los que no tengan experiencia directa. Todos los actores sociales conocen mucho más de lo que llegan a vivenciar de manera directa, lo que es resultado de la sedimentación' de una experiencia en el lenguaje. Pero actores que pasen su vida en un tipo de medio pueden ser más o menos ignorantes de lo que suceda en otros. Esto es válido no sólo en un sentido «lateral» -en el sentido de una separación espacial- sino también en un sentido «vertical» en sociedades más extensas. Así, los que pertenecen a grupos de elite acaso sepan muy poco sobre otros que vivan en sectores privilegiados, y viceversa. No obstante, conviene mencionar que una segregación vertical de medios es casi siempre también una segregación espacial. Con la categoría 2. de la anterior enumeración denoto tanto el alcance en el que los artículos de creencia se encuentran ordenados en los términos de «discursos» generales cuanto la naturaleza de discursos diferentes. Es característico de la mayor parte de los artículos de un saber cotidiano, de sentido común encontrarse formulados de una manera fragmentaria, dislocada. No sólo el «primitivo» es un bricoleur: buena parte de la charla cotidiana entre miembros legos de todas las sociedades se afirma en artículos de un saber que son inconexos o no se someten a examen. Sin embargo, la emergencia de discursos de ciencia social influye claramente sobre todos los niveles de interpretación social en las sociedades donde han alcanzado predicarnento. Goffman tiene un vasto auditorio, que no se limita a sus colegas sociólogos profesionales.

Por lo que toca a 3., baste señalar que individuos pueden operar con teorías, descripciones o relatos falsos tanto de los contextos de su propia acción como de las características de sistemas sociales más amplios. Aquí desde luego existen fuentes de tensión posible entre conciencia práctica y conciencia discursiva. Estas pueden tener orígenes psicodinámicos, en represiones que segreguen o embarullen las razones por las cuales la gente actúa de cierta manera y lo que se inclina a decir o puede decir sobre esas razones. Pero es evidente que aquí pueden existir presiones sociales más sistemáticas capaces de influir sobre el modo en que unas creencias falsas sean sostenidas por los miembros de una sociedad acerca de aspectos de esa sociedad. Es casi innecesario decir que influyen particularmente respecto de 4. las relaciones, en lo histórico y lo espacial, entre una cultura oral y los medios de escritura, de prensa y de comunicación electrónica. Estos últimos han introducido una novedad no sólo en los acervos de saber disponible sino también en las clases de saber producido.

 
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