Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani




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De hecho se trata de una reacción normal que se­ñala su voluntad de emancipación, su deseo de mostrar que han salido de la infancia, de la cual es símbolo esa merienda. Por ello, más que forzarles a tomar esta merienda de media tarde que no les gusta, es preferible tomar en cuenta sus aspiraciones proponiéndoles, al final de la comida principal, los elementos nutritivos que les son necesarios.

«Los glúcidos deben dominar ampliamente la ración calórica en el período de la pubertad, que se entiende de los doce a los catorce años para los niños, y de los diez a los doce años para las niñas, así como durante todo el crecimiento», precisa Marcel Rouet (op. cit.).

«La asociación de frutos secos y oleaginosas: ciruelas, ciruelas pasas, damasco, uvas, nueces, avellanas, almen­dras, olivas, puede constituir por su riqueza en azúcares, lípidos, proteínas y vitaminas un completo fortificante que reemplace con ventaja al pastelito de mantequilla del glotón...»

He aquí pues los alimentos que, presentados bajo la forma de golosinas, pueden constituir excelentes postres que aporten a los organismos jóvenes todos los elementos necesarios para un desarrollo armonioso.

No volveremos a insistir en la alimentación de los adultos, cuyos principios de base hemos dado ya en nuestro primer capítulo. Baste con recordar que debe ser armonio­samente equilibrada, ni exclusivamente vegetariana ni exclusivamente carnívora, y que su volumen está condicio­nado por la actividad física y el gasto energético más o menos importante que traiga consigo.

«Parece que la frugalidad es una condición primordial de la longevidad humana —escribe Marcel Rouet (op. cit.)—; no se ven centenarios gordos».

Esto es totalmente exacto, pero la naturaleza es lo suficientemente sabia como para hacer que las personas de edad limiten inconscientemente, y sin que ello les propor­cione una sensación de privación, el volumen de sus comidas. Su apetito se hace menos vivo. Las necesidades energéticas de su organismo se ven limitadas por la falta de actividad, y debido a ello los alimentos demasiado ricos ya no les tientan, y acuden así a un régimen reducido que les conviene perfectamente.

Por supuesto, algunas contingencias económicas pue­den agravar esta tendencia natural y, entonces, las conse­cuencias de la malnutrición se vuelven graves. Es también Marcel Rouet quien anota que «la supresión de la carne le quitaría al viejo este estímulo necesario a su apetito, que a menudo se vuelve perezoso. La carne, por su aroma, su sabor y las preparaciones que permite, influye por acción refleja en las mucosas del estómago y favorece la secre­ción de los jugos digestivos. Convirtiéndose cada vez más en un gourmet, el anciano llegará muy pronto a buscar la calidad de los alimentos en detrimento de la cantidad».

He aquí una sabia recomendación que permite a todas las madres de familia cuidar sin remordimientos y sin temores acerca de su salud a los abuelos que viven bajo su mismo techo.

Pero la cocina de la felicidad no es tan sólo una cuestión de abundancia, es también toda una atmósfera. Como decíamos más arriba, una cena sencilla a la luz de unas velas, una vez acostados los niños, puede hacer olvidar buen número de malentendidos conyugales. Y lo que es cierto para estas cenas excepcionales lo es también para todas las demás comidas que se toman dos veces al día. El nerviosismo, los reproches, los enfurruñamientos, perjudi­can tanto la digestión como la armonía familiar. Y un hombre —¡o una mujer!— que digiere mal se vuelve fácilmente irascible. Hay que tomarse pues su tiempo para comer, al igual que el ama de casa se ha tomado su tiempo para preparar la comida. Además, sería ofenderla no saborear sus platos y empujarla a la vía de la facilidad que consiste, en lugar de cocinar, en echar el contenido de una lata de conservas en una cacerola con un poco de mantequilla derritiéndose al fondo.

De hecho, ya no le concedemos la importancia que se merecen a las comidas, o por el contrario les concedemos demasiada.

Demasiada importancia a estas comidas de negocios, pretextos para desbordamientos casi bulímicos que no justifican en absoluto las pretensiones gastronómicas de los chefs, que parecen ignorar que esta gastronomía a la que dicen servir es un arte lleno de finura y de comedimiento.

Demasiada poca a las comidas familiares y, en particu­lar, a la tradicional comida del domingo, que reunía antiguamente a toda la familia en torno a la misma mesa.

Hoy, nos preocupamos de terminar rápidamente con esta formalidad para no perdernos la película de televisión o los resultados de los partidos de fútbol. Y es una lástima.

El hombre tiene la ventaja sobre el animal de haber sabido transformar la necesidad de alimentarse en un placer. Actualmente está perdiendo esta supremacía en provecho de unas diversiones que no compensan, ni de lejos, con respecto a lo que uno se priva voluntariamente.

La cocina de la felicidad, la que condiciona la armonía de las parejas, no es tan sólo aquella que contiene los alimentos que enumerábamos más arriba. Es también aquella que restablece las posibilidades de comunicación entre personas que las han perdido por culpa de su forma de vida. Saborear un plato es darle las gracias a aquella que se ha tomado su tiempo en prepararlo; felicitarla por él es decirle que se ha comprendido que además de los ingredientes palpables, las verduras, las carnes, las espe­cias, se ha sabido encontrar allí la ternura, la voluntad de dar placer, el deseo de complacerle que se hallan subya­centes.

Comer, comer bien, es un placer sensual. Muy a menudo es el preludio de otras «satisfacciones», y los grandes seductores no ignoran la ayuda preciosa que aporta una buena comida, en un marco agradable, a su empresa. La gastronomía es casi inseparable de los primeros encuentros, de los balbuceos amorosos. ¿Por qué, en estas condiciones, es inevitable que la mayor parte de los hombres —y también de las mujeres— imaginen que se vuelve superflua una vez consumado el matrimonio? Como durante el noviazgo, constituye al contrario un factor de entendimiento, un elemento de aproximación, en una palabra una de las condiciones de la felicidad.

SE LAS LLAMA MEDICINALES

Se llamaba Francois Domenach y, a principios del siglo XX, enseñaba los rudimentos de la gramática y del cálculo a los niños de Arles-du-Tech, en los Pirineos Orientales. Como todo maestro de aquella época, François Domenach era un hombre curioso hacia las cosas de la naturaleza. Sus ratos de ocio, sus vacaciones, los pasaba recorriendo el campo, recogiendo hierbas, observando los animales y los insectos, completando cada día sus conocimientos a través de las lecciones de las cosas permanentes.

Sus alumnos, por supuesto, eran los primeros en beneficiarse de todas estas observaciones, aunque no tomaran gran placer en ellas y pocos obtuvieran un auténtico provecho. Pero el azar quiso también que François Domenach cayera enfermo. Fue algo que comen­zó con una serie de dolores insidiosos en los ríñones y luego, muy aprisa, el pobre maestro empezó a sufrir un auténtico martirio. Cuando experimentó enormes dificulta­des en orinar, supo que tenía cálculos renales.

En aquella época no se conocía más que las curas en balnearios o la operación para acabar con una tal enferme­dad. Ninguna de estas soluciones convenía a nuestro hombre. La primera debido a que era demasiado cara y la segunda simplemente porque atentaba a su integridad física. Ante la carencia de la medicina oficial, François Domenach resolvió pues acudir en busca de ayuda a sus buenas viejas amigas las plantas, que conocía tan bien desde hacía tanto tiempo. Tras algunas investigaciones, descubrió que se consideraba a la albura del tilo como un excelente diurético, y pensó que bajo la corteza de este árbol quizá se ocultara el remedio a sus sufrimientos.

Se llama albura a la madera tierna y blanquecina que se halla entre la corteza y el corazón de un árbol, formando cada año un nuevo círculo en torno a este corazón.

Tras varios años de investigaciones, durante los cuales experimentó sobre sí mismo las diferentes pociones que iba preparando, François Domenach consiguió finalmente determinar sobre qué árboles convenía retirar la preciosa materia, en qué momento preciso del año había que hacerlo, cómo debía conservarla y la mejor forma de prepararla.

Para resumir en algunas pocas palabras sus trabajos, podemos precisar que la mejor albura de tilo se recoge en el Rosellón, en árboles que crecen entre los 900 y los 1000 metros de altura, cuando se produce la subida de la savia. Las placas de albura deben ser secadas inmediatamente al aire libre antes de ser cortadas en bastoncitos finos, que pueden ser entonces distribuidos a los herbolarios.

Habiendo pues descubierto empíricamente este méto­do, y tras curar totalmente, nuestro maestro siguió experimentando sobre sus amigos, sus conocidos e in­cluso los padres de sus alumnos. Cada vez los resulta­dos se mostraron concluyentes, y pudo conseguir que una mayoría de enfermos pudiera aprovecharse de su descubri­miento. En 1916, pues, tras varios meses de trabajos, hacía llegar a la Academia de Ciencias de París una memoria donde resumía sus observaciones y sus experiencias, proponiendo poner gratuitamente su descubrimiento a disposición de los médicos.

No se le respondió nunca. Muchos años más tarde, cuando sus herederos, como era su derecho, quisieron reclamar el documento, se les negó incluso su devolución, bajo los pretextos más falaces.

Pero, ante el silencio de las autoridades médicas François Domenach había tomado sus precauciones, y explicado en detalle a su hermano todo lo que sabía sobre la albura del tilo del Rosellón. Este hermano transmitió a su vez estas informaciones al nieto del maestro, y gracias a esta tradición familiar este último, Paúl Domenach, pue­de hoy en día seguir recolectando estas laminillas de ma­dera para alivio de las personas que sufren cálculos de la vejiga.

Las desventuras de François Domenach frente a los detentadores de la ciencia oficial no son, desgraciadamen­te, la excepción. En las altas esferas de la medicina, se olvida fácilmente que el arte de curar comenzó con el conocimiento de las plantas, y que un producto químico, si bien puede parecer más eficaz a corto plazo, no reemplaza­rá jamás a una cura a base de ingredientes naturales, los cuales no arrastran consigo efectos secundarios.

Ya que nadie puede negar que la medicina nació el día en el que uno de nuestros lejanos antepasados, habiendo descubierto por casualidad que una planta aliviaba tal o cual mal, empezó a consumirla regularmente y a aconsejar­la a aquellos que sufrían de la misma enfermedad que él.

Hoy en día, se estima que el uso organizado de las hierbas con fines terapéuticos se remonta a los prehomínidos, pitecantropos, sinantropos o africantropos. Estos seres, a medio camino aún entre el hombre y el animal, eran esencialmente cazadores y recolectores. No cultiva­ban, pero en cambio sabían discernir perfectamente en la naturaleza cuáles eran las plantas comestibles y cuáles no lo eran. Guiados por el mismo instinto que empuja hoy en día a nuestros perros y gatos a purgarse con algunas hierbas en particular, extraían de la naturaleza los vegetales que mejor les convenían. Poco a poco, aprendieron a discernir aquellos que no podían ser utilizados más que con fines alimenticios y aquellos que contenían virtudes medicinales. Pero lo más notable fue sin duda que comprendieron —¿tras cuántas infructuosas experiencias?—- que si bien podían cultivar los primeros para aumentar el rendimiento y suprimir los azares de la recolección, los segundos perdían casi todo su poder desde el instante mismo en que eran exilados de su habitat natural.

Es sin duda debido a esto que los primeros médicos, es decir los primeros hombres que poseyeron un conocimien­to profundo de las plantas y de sus propiedades, fueron los brujos. En el secreto de las iniciaciones se transmitían no solamente las fórmulas mágicas de encantamiento, sino también los «mapas» de los lugares de recolección, así como el calendario de las mismas.

Haciendo que el medicamento sea independiente de estas contingencias geográficas y estacionales, la ciencia ha hecho ciertamente mucho en pro del bienestar del.... médico, que ya no tiene que preocuparse por las fechas

—salvo, por supuesto, para comprobar que el producto no está caducado— ni por los lugares de fabricación. Pero, dicho esto, ¿qué son pues nuestros modernos terapeutas sino «iniciados» que han recopilado, en el transcurso de largos años de estudios, el fruto del saber de sus predece­sores?

Sea como sea, es evidente que hoy en día, en algunas regiones de África o de las Antillas, brujos y «encantado­res» siguen ejerciendo su oficio y, como herederos de esta ciencia milenaria, obtienen sin Codex ni quimioterapia complicada notables resultados. Esto es tan cierto que, desde hace algunos años, varios grandes laboratorios americanos y alemanes han enviado junto a ellos equipos de especialistas que se esfuerzan, a duras penas, en penetrar sus secretos.

¿Qué ocurrirá con sus observaciones? ¿Servirán simple­mente para poner a punto sus equivalentes químicos o, por el contrario, representarán el golpe de timón hacia un verdadero regreso a las medicinas naturales? Nadie puede decirlo, y lo único que se puede hacer es desear que la segunda hipótesis sea la buena.

Pero volvamos a nuestros prehomínidos que, de caza­dores y nómadas, se han convertido en sedentarios y agricultores. Con su organización en comunidad aparecen los primeros medios de una tradición escrita: signos cabalísticos destinados tanto a apaciguar los espíritus como a transmitir a las futuras generaciones el fruto del saber. Y, muy lógicamente, tras las prescripciones culturales son las indicaciones médicas de las plantas lo que se graba o pinta sobre la piedra, la madera o lo que hace las veces de papel. Tanto en China como a orillas del Mediterráneo, hacen su aparición los primeros tratados de medicina. Es por ejemplo el famoso papiro de Ebers, redactado bajo la XVIII dinastía faraónica, unos quince siglos antes del nacimiento de Cristo.

Durante milenios, el arte médico permaneció profunda­mente ligado a la religión. Así, entre los antiguos griegos, se consideraba a Chiron el centauro, hijo de Cronos, dios del Tiempo, y de una ninfa, «el primer herbolario y boticario famoso por sus conocimientos de las plantas medicinales». La cita es de Plinio el Viejo.

El mérito de haber codificado estos descubrimientos dispersos y haber transformado unos conocimientos empí­ricos en una verdadera ciencia corresponde a Hipócrates y a Galeno, su sucesor.

El primero, que siempre ha sido considerado, y sigue siéndolo, como el «padre de la medicina» —¿acaso los fu­turos doctores no pronuncian su juramento antes de po­der ejercer?—, vivió en Grecia, en el siglo IV antes de Jesucristo. La leyenda, siempre ella, afirma que era hijo de Esculapio, dios de los médicos, y de una mortal. De origen divino o no, dejó tras él una obra importante, entre la que hay que destacar en primer lugar el Corpus hippocratus, donde se hallan reunidas una cantidad enorme de observaciones sobre el tratamiento de las enfermedades por los vegetales, así como sobre la alimentación de los convalecientes.

Galeno, por su parte, vivió seis siglos más tarde —es decir, en el siglo II de nuestra era— en Roma, aunque también era de origen griego. No siempre estuvo de acuerdo con el gran maestro cuyos trabajos emprendió la tarea de completar, y sus desacuerdos crearon incluso una expresión proverbial que sirve para señalar las incertidumbres de la medicina: «¡Hipócrates dice sí y Galeno dice no!»

Una constante se mantiene sin embargo en las concep­ciones de los dos hombres: el papel irreemplazable de las plantas en el tratamiento de las enfermedades. Esto es tan cierto que se siguen llamando «preparaciones galénicas» a los medicamentos compuestos a base de plantas medicina­les, por oposición a los remedios químicos, que la Edad Media bautizó como «espagíricos» o «herméticos», debido a su origen misterioso y a su preparación alquímica.

Las compilaciones de estos dos hombres iban a ser, durante siglos, la base de todos los tratamientos médicos, y se puede decir incluso que constituyen el origen de la farmacia. Iban a beneficiarse sin embargo (gracias a la conquista romana, lo cual prueba que a veces algunos males son buenos) de la inestimable aportación que representaban los conocimientos de los druidas galos, considerados también como maestros en el arte de utilizar las plantas.

En efecto, contrariamente a una leyenda difundida demasiado a menudo, nuestros lejanos antepasados celtas eran excelentes médicos que habían sabido constituir una farmacopea muy completa y que practicaban incluso algunas operaciones tan complicadas como la trepanación y el injerto. Una planta, en particular, ocupaba un lugar preeminente en su arsenal terapéutico. Era el muérdago, la baya sagrada que aún hoy en día entra en buen número de preparaciones estrictamente farmacéuticas.

Estos hombres, que el invasor romano se apresuró a presentar como unos salvajes impenetrables a toda cultura, conocían también perfectamente las propiedades de las fuentes termales, y las utilizaban en abundancia. De hecho, fueron los legionarios venidos del otro lado de los Alpes los que se iniciaron e, imitándoles, aprendieron a su vez a beneficiarse de las cualidades de las aguas minera­lizadas.

Luego, Europa va a sumergirse en lo que mucha gente se empecina en llamar «la noche de la Edad Media», olvidando las catedrales y la organización político-administrativa que, en buena ley, puede ser considerada como una de las más perfectas... y en consecuencia de las más complicadas.

La expansión de la fitofarmacia es entonces considerable. Los chinos y los egipcios nos enseñan las propiedades del opio, de la granada, del ruibarbo.

Los griegos y los romanos han definido la utilización de las semillas del ricino, del eléboro, de la raíz de tapsia, de la belladona y de la misteriosa mandrágora. Los galos han aportado el conocimiento del muérdago, de la verbena, que era para ellos la «hierba maravillosa», así como la salvia, que era en su lengua la «hierba sagrada». A ellos les corresponde también el mérito de haber reconoci­do las posibilidades de la centaura menor, del corazoncillo y del beleño.

Esta ciencia es conservada por los clérigos, así como por los alquimistas, lo cual no resulta siempre incompatible; como lo prueba el ejemplo más célebre de todos ellos, cuya reputación sigue aún manchada por un relente de azufre. Alberto Magno, puesto que de él se trata, nació en 1193 en Lauingen, a orillas del Danubio. Su padre era un alto funcionario de la Corte Imperial. Ordenado sacerdote, se consagra tanto al estudio y a la filosofía como a su sacerdocio. Es él, por ejemplo, quien forma a santo Tomás de Aquino, filósofo y prelado cuya piedad no puede ser negada.

Pero Alberto encuentra también tiempo para escribir, pese a los numerosos desplazamientos que se ve obligado a efectuar para escapar a las cábalas desencadenadas por aquellos que le reprochan algunas amistades con el «Maligno». Evidentemente, las dos recopilaciones que han llegado hasta nosotros —El Gran y el Pequeño Alberto— evidencian un cierto entusiasmo hacia los procedimientos «herméticos» y, ¿por qué no decirlo? por la brujería. Pero el segundo libro en particular demuestra un perfecto conocimiento de las plantas. Para convencerse de ello basta con leer por ejemplo las primeras líneas del capítulo consagrado al heliotropo:

«Los caldeos la denominaban hierba ireos, los griegos mutichiol y los latinos heliotropium. Esta interpretación proviene de helios, que significa «sol», y de tropos, que quiere decir «cambio», porque esta hierba se gira hacia el sol...»

O esta receta de «bolus purgante», que sigue siendo completamente actual: «Tomad casia nueva, regaliz selecto medianamente picado, y cuatro granos de canela, y haced un bolus con azúcar. Lo administraréis por la mañana, tres horas antes de comer...»

Un poco más tarde, en Salerno, cerca de Nápoles, una escuela de médicos —que publica en versos sus observacio­nes— seguirá estudiando y poniendo a punto remedios a base de plantas. Muy pronto fue imitada por la escuela de Montpellier, uno de cuyos más célebres alumnos fue François Rabelais, que, antes de escribir las aventuras de Gargantúa y Pantagruel, sostuvo ante esta asamblea una tesis doctoral que tenía por tema las plantas medicinales.

Luego vino inmediatamente Pedro Aureliano Teofrastro Bombastus von Hohenheim, más conocido con el nombre de Paracelso, que iba a revolucionar la medicina con su teoría de los «idénticos».

El hombre nació en 1493, en Einsiedein, en el cantón de Schwyz, en Suiza, naturalmente. Muy impresionado por el ocultismo, pensaba que el equilibrio físico está condicio­nado por una fuerza «magnal», en resonancia con todas las fuerzas magnales de la creación. Es ésta una de las ideas-fuerza del ocultismo, según la cual todas las cosas, vivas o inertes, emiten radiaciones, que se encuentran entre sí en un plano «astral» y se influencian mutuamente para bien o para mal.

Paracelso no vaciló en extraer de ello la conclusión de que formas semejantes debían, según toda probabilidad, emitir radiaciones comparables y capaces pues de reforzar­se en razón de su complementariedad. De ahí su famosa teoría de los idénticos, fundada sobre el principio de que toda planta parecida a un órgano era adecuada para tratar las enfermedades de este órgano.

Para él, pues, la nuez, imagen de la caja craneana que alberga el cerebro, era excelente contra los dolores de cabeza, neuralgias y migrañas; la judía (poroto-chaucha) indispensable para curar las afecciones de los riñones; ¡el cólquico soberbio contra los callos de los pies!

Algunos fitoterapeutas, y no de los menos importantes —Maurice Mességué forma parte de ellos— siguen conce­diendo todavía un cierto crédito a esta teoría. Sin embargo, lo hacen de una forma más mesurada que su creador, y si bien la admiten en algunos casos particulares, no la convierten en un dogma intransgredible.

Deslizándonos así a lo largo de los siglos, llegamos ahora a lo que se ha convenido en denominar la época moderna; dicho de otro modo aquella que, dejando a un lado las enseñanzas del pasado, no cree más que en un progreso mal comprendido, lo cual muy a menudo no es más que una abdicación de la razón frente a las fórmulas de los químicos. Desde principios del siglo XX, la fitoterapia perdió su supremacía en beneficio de su rival, la quimiote­rapia. Por mucho que, en 1882, se instaló en el número 4 de la avenida del Observatorio, en París, un museo medicinal que reagrupaba unas 22.000 muestras de plantas, el reinado de los remedios naturales había pasado.

En un primer tiempo, sin embargo, se contentó con extraer el principio activo mayor de cada planta y concentrarlo. Una hierba, en efecto, encierra entre treinta y ciento cincuenta componentes, de los cuales cada uno posee una acción y una potencia específicas. Por diferentes procedimientos, se obtenían así medicamentos, todavía naturales, pero claramente más potentes que las prepara­ciones clásicas.

El método presentaba sin embargo inconvenientes, el primero de los cuales, y no el menor, era la necesidad, para la destilación de algunos gramos de esencia, de un volumen enorme de plantas. Además, el medicamento así obtenido presentaba la desventaja, en relación con las decocciones antiguas, de no ofrecer al paciente más que el beneficio de una sola virtud de la planta de la que había sido extraído, ya que todas las demás habían sido eliminadas en el transcurso de la fase de concentración.

En estas condiciones, era evidentemente mucho más rentable ir en busca de productos de síntesis de naturaleza exclusivamente química... lo cual no tardaron en hacer todos los grandes laboratorios. Lo único en lo que aún no se había pensado era en que estas preparaciones antinatu­rales podían desencadenar en el organismo series de fenómenos de rechazo, incluso envenenamientos. De hecho, los accidentes fueron numerosos y, sin extendernos en el caso de la talidomida o del talco Morhange, se puede observar que buen número de enfermos, curados por la química de una afección benigna, han debido ser tratados inmediatamente después por afecciones llamadas «secun­darias», pero sin embargo graves, ¡provocadas por los medicamentos que les habían curado!

En 1930, pues, se puede considerar que todo estaba consumado, y que la quimioterapia había suplantado definitivamente a la fitoterapia. Pero el golpe de gracia contra esta última iba a ser dado el 11 de setiembre de 1941, cuando el gobierno de Vichy promulgó en Francia una ley suprimiendo el diploma de herbolario y estipulando que esta especialidad paramédica desapareciera al mismo tiempo que el último titular del último diploma expedido antes de esta fecha. Así, estos especialistas a los cuales miles de pacientes debían el haber recuperado su salud no eran mejor tratados que... ¡los cosecheros destiladores!

Los pocos herbolarios que subsisten hoy en día son aquellos que han pasado su examen antes de esta fecha fatídica, es decir hace más de treinta y cinco años. Son, si puede decirse, los últimos representantes de una «especie en vías de extinción».

Otros hombres, sin embargo, han tomado el relevo. Desafiando al Consejo de la orden de médicos, y los procesos que éste no deja de intentar contra ellos, fitoterapeutas no diplomados tales como Maurice Mességué o Henri Errera siguen curando por medio de plantas. Algunos de ellos incluso comercializan sus cosechas. Y no son los médicos quienes se quejan de ello.

Una nueva corriente, una especie de regreso a la naturaleza, está efectivamente apareciendo entre los médi­cos jóvenes que, de modo perfectamente legal, prescriben cada vez más a menudo remedios a base de plantas. Ya que, desde el instante mismo en que un estudiante ha sostenido con éxito su tesis y pronunciado el juramento de Hipócrates, adquiere el derecho de elegir la terapéutica que mejor convenga al paciente que está tratando. Puede así ordenar un medicamento o, por el contrario, prescribir una «preparación magistral», es decir un remedio que, en lugar de existir ya listo en una farmacia, será confeccionado sobre pedido; ya sea siguiendo las indicaciones del Codex, ya sea según una fórmula indicada por el propio médico.

Es en este momento que los conocimientos del herbola­rio revisten una importancia capital. No se prepara una poción a base de plantas del mismo modo que se condiciona un medicamento químico. Ninguno de los métodos industriales empleados en los grandes laboratorios podría dar un resultado satisfactorio. Hay que trabajar paso a paso y muy minuciosamente. Uno de los pocos herbolarios hoy aún en ejercicio explica el porqué:

«Imaginemos, dice, que se quiere realizar una mezcla de 3 kilos de confeti de diferentes colores, y se meten desordenadamente un kilo de papelillos amarillos, un kilo de papelillos azules y un kilo de papelillos rojos. Tras haber agitado el conjunto tanto tiempo como se crea necesario, se divide el total en montones de 30 gramos. ¿Creen que será posible encontrar en estas porciones tantos confeti rojos como azules y amarillos? Seguramente no, a menos que nos encontremos con una casualidad extraordinaria».

Así, en fitoterapia, la cuestión de las dosificaciones es esencial. Cada planta, como hemos dicho, tiene una propiedad dominante muy particular, y es la combinación de estas propiedades dominantes lo que da a una mezcla de plantas la eficacia buscada.

A esto hay que añadir el que la mayor parte de las plantas censadas como benéficas a dosis normales pueden tener efectos desagradables, incluso volverse peligrosas, cuando se abusa de ellas. Así, la «gentil» camomila, si bien facilita la digestión cuando es bebida moderadamente, se convierte en un potente vomitivo cuando es tomada con exceso.

Las plantas, como muchas cosas, pueden ser las mejores amigas del hombre o sus peores enemigas. Es por eso por lo que es conveniente, cuando uno se mete a herborizar, tomar algunas precauciones. La poca cantidad de tiendas especializadas existentes empuja en efecto a buen número de personas a recolectar y a conservar por sí mismas las flores y las hierbas necesarias para la confección de estas tisanas cuyo secreto conocían nuestras abuelas y de las que todos hemos guardado la nostalgia. Pero esta recolección no debe ser efectuada no importa cuándo ni importa de qué modo.

En primer lugar, hay que recordar siempre que la contaminación es un verdadero azote cuya insidiosa acción hace perder a las «simples» una gran parte de sus benéficas propiedades. Es pues necesario, para que la recolección sea buena, tanto en cantidad como en calidad, apartarse de los senderos batidos, huir de las zonas de cultivos intensivos donde la tierra, regada con insecticidas y alimentada con abonos químicos, ya no puede producir más que frutos semienvenenados. Es lejos de las carreteras y de los vapores de gasolina donde se encuentran las mejores plantas, aquellas que han guardado intactos todos sus jugos.

A veces hay que andar largo tiempo antes de conseguir llegar a estos lugares privilegiados, pero ¿quién se lamenta de ello? Al encanto de la recolección se une entonces el placer del paseo y los beneficiosos efectos de una generosa oxigenación, lo cual es el mejor modo de comenzar una cura natural.

Los hombres civilizados que somos no deberíamos jamás desprendernos de una cierta humildad frente a esta naturaleza. Hemos perdido el instinto que guiaba a nuestros lejanos antepasados y que les permitía discernir, entre dos plantas, la comestible de la venenosa. En los campos, la mortal cicuta se codea con el perejil silvestre, y se necesita un ojo ejercitado para diferenciarlas. Para toda expedición, pues, es prudente proveerse de un catálogo botánico en el que se hallen descritas todas las plantas y cuyos grabados las muestren tal como son. Poco a poco, a medida que se vaya adquiriendo la experiencia, se hará más raro el tener que recurrir a este vademécum, pero sería estúpido creer que uno puede ser capaz, desde las primeras tentativas, de distinguir el gordolobo o la bistorta en medio de todas las demás hierbas de un prado.

Además, como toda «expedición», una campaña de recolección de medicinales se prepara con anticipación. Se puede ciertamente partir a la aventura y recoger lo que se presente, al azar del paseo, pero éste no es el mejor método. Cada planta, en efecto, sufre variaciones estacio­nales, y sus propiedades se resienten de ello. Todas no deben ser pues recolectadas al mismo momento si se quieren aprovechar al máximo sus posibilidades curativas. En su obra Guide pratique des plantes medicinales, Vincent d'Auffray traza un cuadro de las distintas épocas en las cuales conviene recolectar las medicinales más corrientes. He aquí lo que preconiza:

En primavera:

En planta entera, la fícaria; las raíces de gariofílea, de bistorta, de levístico; flores de berenjena, de retama, de prímula, de endrino, de tusilago, de violeta; brotes de álamo.

En verano:

En plantas enteras, la endrina, el hinojo, el galega, el marrubio; en plantas florecidas, la anémona pulsatila, la malva, el muguete, el pensa­miento silvestre, la pimpinela, la pulmonaria, la santolina, la hierba cana, la verónica de los Alpes; las hojas de fresno, de granza, de zarza, de ajedrea, de tomillo, de tusilago; en hojas y en tallos, el ajenjo, el apio silvestre, el acónito, la balsamina, la bardana, la belladona, la gariofilea, la borraja, la consuelda, el berro, la cinoglosa, el malvavisco, el hisopo, la hiedra terrestre, la melisa, el meninanto, la parietaria, la vincapervinca, el cardillo; las flores de árnica, de borracha, de celidonia, de madreselva, de ortiga muerta, de pie de gato, de reina de los prados, de salvia, de escabiosa, de saúco y de tilo.
En otoño:

En plantas enteras la pequeña menor, la famuaria, la hierba de San Roberto, la lechuga nociva, la saponaria; en flores, el gordolobo, la buglosa, la lavanda, la matricaria, el hipérico, el orégano; las hojas de albahaca, de gordolobo, de digital, de hierba mora, de nogal, de romero, de tanaceto; los frutos de majuelo, de escaramu­jo, de agracejo, de enebro, de mirtilo, de aladier­na, de saúco; las semillas de cólquico.

En invierno:

Raíces, rizomas (se trata del tallo subterráneo de la planta que envía raíces hacia la tierra y tallos hacia el exterior) o bulbos de acónito, de énula campana, de bardana, de consuelda, de fresera, de retama, de genciana, de malvavisco, de brusco, de cardillo, de reonía, de rábano blanco, de sapo­naria, de sello de Salomón, de valeriana; ho­jas de muérdago; cortezas de abedul, de arra­clán, de roble, de fresno, de torvisco, de sauce, de saúco; brotes de pino silvestre.

He aquí lo suficiente como para conseguir una amplia cosecha, pero conviene saber también cómo recolectar y, sobre todo, saber conservar estas plantas, lo cual es menos sencillo de lo que parece.

En primer lugar, hay que elegir su día y su hora. Flores, tallos y hojas se recogen desde el momento en que el rocío que se ha depositado por la mañana, y se ha evaporado bajo los efectos del sol. Las raíces y los rizomas se recolectan al caer la noche. Además, se debe evitar absolutamente partir de recolección en día de lluvia. Las razones son muy sencillas. En primer lugar, porque la lluvia diluye en cierto modo la fuerza de las hierbas, a continuación porque las humedece y hace así su secado y su conservación mucho más delicados.

Partir temprano, un día de buen tiempo, y regresar tarde, son los dos primeros principios del herbolario. Tomarse su tiempo es el tercero. En efecto, no sirve de nada apresurarse y recoger indiscriminadamente. Por el contrario, hay que elegir las plantas más verdes, las más vivaces, no tomar más que las flores que acaban de abrirse y que los insectos aún no han tenido tiempo de deteriorar, y manipular todo ello, ya que es muy frágil, con mucha delicadeza. Meterlas todas en una bolsa para poder llevarlas más cómodamente es casi condenarlas al marchi­tamiento y al moho. Se deben por el contrario formar manojos, que se colocarán, al regreso al coche, en el asiento de atrás o en el suelo del portamaletas. Pero, sobre todo, hay que cuidarse de actuar vandálicamente, de recoger por recoger, sin medida y mucho más allá de las propias necesidades, por el simple placer. Algunas plantas, como algunos animales, se hallan en vías de extinción, y no se debe olvidar que cada tallo cortado no vuelve a reproducir­se. Siempre con la misma preocupación de salvaguardar el futuro, se debe evitar el arrancar la planta cuando la raíz no es de ninguna utilidad en las preparaciones que se efectuarán a continuación. Éste sigue siendo el mejor método de asegurarse la recolección del año siguiente.

Una vez terminada la recogida, viene la delicada operación del secado. De él dependerá en efecto la buena conservación y, por consiguiente, la eficacia de las medici­nales recogidas.

Este secado puede ser perfectamente natural y progresi­vo, o aprovechar la ayuda de radiadores o de toda otra fuente de calor. Debe además ser efectuado a la sombra, en un local aireado sin rastros de humedad, a una temperatura más o menos constante de 15°.

Las flores deben ser suspendidas en guirnaldas y las hojas en racimos. Las demás plantas deben ser dispuestas sobre cañizos en capas lo suficientemente delgadas como para evitar que la humedad que desprendan ocasione su putrefacción.

Las raíces, más robustas, pueden ser colocadas a secar al sol.

Una vez terminado el secado, las plantas deberán ser almacenadas al abrigo de la luz, en un lugar seco. Los mejores recipientes siguen siendo aún los buenos viejos tarros de loza, que presentan además la ventaja de ser muy decorativos. Desgraciadamente, cada vez son más raros y, por ello, más caros. Se pueden encontrar sin embargo en el comercio tarros opacos que, aunque sean menos bonitos, sirven también perfectamente para este cometido.

Los bocales de cristal pueden ser también utilizados, a condición de mantenerlos encerrados en un armario, de modo que las plantas que contienen permanezcan en la sombra. En cuanto a los botes de hojalata, no son más que algo para salir del paso, y no pueden ser recomendados.

Todas estas operaciones pueden parecer muy complica­das. No lo son en absoluto. Con un poco de costumbre, se llega muy rápidamente a reconocer las buenas plantas de las malas, a distinguir las mejores y a saber exactamente por qué lugar conviene cortar su tallo. Para aquellos que viven en el campo y que disponen de suficiente lugar en su casa, el secado tampoco presenta ningún problema. Sólo los habitantes de las ciudades, que aprovechan su fin de semana para ir a efectuar una recolección de plantas de salud, pueden experimentar algunas dificultades. Pero los modernos apartamentos tienen casi todos un lugar previsto para tender la ropa, cuya abertura se puede cubrir con tela de saco por ejemplo, obteniendo así un secadero de plantas perfecto.

Así, eliminados todos los obstáculos, cada cual puede constituir este herbario que nuestras abuelas utilizaban tan a menudo para mantener en buena salud a todos los habitantes de la casa.

INFUSIONES Y TISANAS

Estas plantas, recolectadas en el frescor matutino, secadas con mil precauciones o, más simplemente, compradas en el herbolario, se hallan ahora en sus frascos, listas para ser utilizadas en confeccionar bienhechores remedios. En verdad, no es necesario ser un gran fítoterapeuta para curar, con su ayuda, los pequeños males de todos los días. Servirse bien de las simples es, ante todo, una cosa muy «simple». Basta, para obtener buenos resultados, con respetar escrupulosamente las dosificaciones y conocer perfectamente los diferentes modos de preparación en los cuales pueden entrar, y de los cuales enumeramos a continuación los principales.
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