Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani




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AGUA DE ZARCILLOS: Recomendada para los enjuagues bucales, se prepara haciendo macerar, en 700 gramos de alcohol de 90°, 120 gramos de hojas frescas trituradas de codearía, 120 gramos de hojas frescas trituradas de berros, 30 gramos de canela, 10 gramos de clavos triturados, 30 gramos de cortezas de limón picadas, y 15 gramos de pétalos de rosa. Tras una semana, filtrar el líquido para eliminar los residuos de las plantas.

AGUA VULNERARIA ROJA: Debe su color —y por lo tanto su nombre— a las flores de corazoncillo que entran en su composición, bastante complicada a fin de cuentas aunque las dosificaciones sean las mismas para todas las plantas que entran en ella. Cicatriza las heridas.

Hacer macerar 30 gramos de cada una de las siguientes plantas en un litro de alcohol de 90°: flores de lavanda y de corazoncillo, hojas de albahaca, de calamento, de hisopo, de mejorana, de melisa, de menta picante, de orégano, de romero, de ajedrea, de salvia, de tomillo, de serpol, de ajenjo, de tanaceto, de angélica, de ruda y de hinojo. Filtrarlo todo al cabo de una semana.

Es evidente que siendo la composición de este remedio bastante compleja, es interesante prepararlo en gran cantidad; sobre todo teniendo en cuenta que se conserva perfectamente bien. Es suficiente entonces, para hallar las proporciones exactas, multiplicar el peso de las plantas por la misma cifra que los litros de alcohol utilizados (para 2 litros, multiplicar por dos, 3 litros por tres, etc.).
BÁLSAMO DEL SAMARITANO: El Buen Samaritano, nos dice el Evangelio, compartió su manto con un pobre. Sin duda no se trata de la misma persona que dio su nombre a esta preparación; más bien el autor fue un hombre de guerra, puesto que su principal propiedad es ayudar a la cicatriza­ción de las heridas.

Mezclar en una botella el mismo volumen de aceite y de vino. Mezclar el conjunto hasta obtener una precipitación homogénea. Aplicar inmediatamente sobre la herida, que quedará desinfectada y protegida.

BÁLSAMO OPODELDOCH: Como el Bálsamo Tranquille, que sigue a continuación, es utilizado para calmar los dolores reumáticos, y también para reducir los esguinces. He aquí la receta, tal como se la encuentra en Les Bienfaits des plantes (Dargaud editor):

«Disolver al baño maría 300 gramos de jabón rallado en dos litros y medio de alcohol de 90°, añadiéndole 240 gramos de alcanfor, así como 60 gramos de esencia de romero, 20 gramos de esencia de tomillo y 100 gramos de amoníaco. Mezclar bien el líquido, luego filtrar en ca­liente y echar inmediatamente en un recipiente de cue­llo ancho para ser conservado. Se solidifica parcialmen­te. Aplicarlo en fricciones sobre los reumatismos, esguin­ces, etc.»

BÁLSAMO TRANQUILLE: Excelente contra los reumatismos, debe su nombre al buen abate que lo puso a punto.

En un litro de aceite de oliva, cocer suavemente algunas hojas frescas de belladona, de beleño, de hierba de mora, de tabaco, de dormidera y de estamonio. Al cabo de aproximadamente una hora, se constata que el aceite ha tomado una hermosa tonalidad verde, y ya es tiempo de detener la cocción. Se filtra entonces el líquido obtenido y se almacena, tras haberle añadido algunas gotas de esencia de ajenjo, de hisopo, de mejorana, de menta, de ruda, de salvia y de tomillo.

ELIXIR DE GARUS: Precioso para la digestión, se obtiene haciendo macerar durante dos a tres días 5 gramos de áloe, 5 gramos de clavo, 5 gramos de azafrán, 5 gramos de mirra, 10 gramos de nuez moscada y 50 gramos de canela en 5 litros de alcohol de 90° a los cuales se habrá incorporado 200 gramos de agua de azahar. Tras filtrarlo, se añade al líquido obtenido una vaina de vainilla para darle mejor sabor, y 500 gramos de jarabe de culantrillo para suavi­zarlo.

JARABE DE ARTEMISA: Todas las mujeres que tienen re­glas difíciles deberían tenerlo en su botiquín. En efecto, este jarabe regulariza la función menstrual, al mismo tiempo que atenúa los dolores y devuelve el vigor a aque­llas que se sienten agotadas por estas indisposiciones perió­dicas.

Echar en un kilo de miel, al que se habrán mezclado 2,5 kilos de azúcar, unos 200 gramos de flores de artemisa, la misma cantidad de menta poleo, de nepetacataria; añadir 100 gramos de mejorana, de matricaria, de albahaca y de ruda; añadir también 20 gramos de raíces de énula campana, de hinojo, de anís y de canela. Hacerlo calentar todo hasta obtener un líquido ligeramente espeso. Filtrar y conservar al abrigo de la luz.

Una cucharada sopera de esta preparación por la mañana y otra por la noche ayudan a atravesar este período difícil para muchas mujeres.
JARABE DE RUIBARBO: Ha ayudado a generaciones de niños a no tener problemas intestinales, y podrá continuar aún durante mucho tiempo cumpliendo con este papel.

Hacer una infusión, en un litro de agua, con 200 gramos de ruibarbo y 20 gramos de canela. Filtrar y añadir 1,5 ki­los de azúcar.

Recuperar el ruibarbo y la canela y añadirles 20 gramos de raíces y 300 gramos de hojas de achicoria, 100 gramos de fumaria, 100 gramos de hojas de escolopendra y 50 gramos de bayas de alquequenje. Echarlo todo en 5 litros de agua hirviendo. Dejar macerar durante medio día, pasar, y añadir 2 kilos de azúcar al líquido. Mezclar los dos jarabes y filtrar de nuevo.

Una cucharada sopera de este jarabe tomada por la noche tendrá unos efectos incontestables a la mañana siguiente.

JARABE DEPURATIVO: Se trata, de hecho, de un jugo de hierbas obtenido machacando, en cantidades iguales, hojas frescas de achicoria, de fumaria, de berro y de le­chuga.

Para mejorar su sabor y para que la preparación merezca verdaderamente su nombre de jarabe, se le puede añadir tanta miel como se desee.

POCIÓN DE TODD: Los aficionados a las bebidas exóticas podrían pensar que se trata de un ponche. De hecho, es un precioso estimulante para combatir las depresiones conse­cutivas a los estados gripales.

Echar 30 gramos de jarabe de azúcar en aproximada­mente 50 gramos de ron. Aromatizar con 5 gramos de tintura de canela y diluir ampliamente con agua.
POLVO IMPERIAL DE LÉMERY: Se halla perfectamente en su lugar en todas las preparaciones que recomendábamos en el capítulo dedicado a la cocina de la felicidad, en la medida en que ayuda a la digestión al tiempo que despierta los ardores amorosos. Para fabricarlo, la cocinera picará 40 gramos de canela, 30 gramos de jengibre, la misma cantidad de clavo, 10 gramos de nuez moscada y, si puede obtenerlo, 70 gramos de almizcle. Tras lo cual le bastará echar una pulgarada pequeña sobre el bistec (bife) del hombre de su vida para que éste recuerde de pronto que siempre la ha encontrado muy deseable.

POLVO PARA FAVORECER LA EXPULSIÓN DE LOS GASES INTESTINALES:

Espolvoreado a pequeñas dosis sobre las carnes, a las cuales proporciona un muy buen sabor, este polvo puede evitar tanto las hinchazones como los dolores de vientre. Se obtiene machacando 50 gramos de granos de anís, la misma cantidad de cilantro y de hinojo, 10 gramos de canela, la misma cantidad de cortezas de limón secas y de cortezas de naranja, 50 gramos de clavo y la misma cantidad de ruibarbo.

TÉ DE SAINT-GERMAIN: ¿Tenía el conde de Saint-Germain la edad que pretendía? Algunos lo siguen creyendo, pero es dudoso que una longevidad tan excepcional como la suya pudiera ser debida a la tisana que aún lleva su nombre y que era apodada igualmente «polvo de larga vida».

Hacer macerar durante algunos días 10 gramos de hojas de sena en alcohol de 90°. Luego hacer evaporar este alcohol y recoger el polvo obtenido. Reducir igualmente a polvo 5 gramos de flores de saúco secas, la misma cantidad de granos de anís, así como de hinojo. Componer con ello una infusión y preparar como un auténtico té.
TINTURA DE ÁRNICA: Diluida en un vaso de agua, estimula poderosamente la vesícula biliar, y facilita así la digestión y la asimilación de los alimentos.

Hacer macerar durante un mes un puñado de flores de árnica, canela, y granos de anís, en alcohol de 90°. Pa­sar y conservar al abrigo de la luz en una botella bien ta­pada.

TISANA REAL: Si, como se dice, los reyes hicieron Francia, también consiguieron la reputación de hacer buenas comidas, lo cual no dejó de ocasionarles algunos empa­chos. Hasta tal punto que un herbolario, cuyo nombre se ha perdido desgraciadamente, compuso para ayudarles una tisana que, aún hoy en día, es llamada real.

Hacer macerar durante veinticuatro horas 20 gramos de sena, 20 gramos de hojas de perejil y 20 gramos de sulfato sódico en un litro de agua. Añadir a la preparación 5 gramos de cilantro y 5 gramos de granos de anís, así como

un limón cortado a rodajas. Filtrar y beber antes de acostarse.

VINAGRE DE LOS CUATRO LADRONES: Eran, dice la leyenda, cuatro hombres sin escrúpulos que aprovecharon una epidemia de peste para entrar a saco en Toulouse y robar sin ninguna vergüenza las casas de los desgraciados enfermos. Lo más sorprendente es que nunca resultaron contamina­dos, y que luego pudieron gozar apaciblemente del pro­ducto de sus rapiñas.

La historia podría resultar inmoral hasta el final si nuestros cuatro ladrones, para evitar la horca, no hubieran dado a conocer el secreto que les había preservado, para mayor provecho de la doliente humanidad. Simplemente embadurnaban sus cuerpos, antes de cada expedición, con una preparación cuya receta es la siguiente:

Hacer macerar en 4 litros de vino blanco, durante una semana, 50 gramos de flores de ajenjo mayor, 50 gramos de ajenjo póntico, 50 gramos de romero, 50 gramos de lavanda, 50 gramos de salvia, 50 gramos de ruda, 10 gramos de canela, la misma cantidad de clavo, así como de rizo­ma de ácoro, de nuez moscada y de ajo. Pasar luego todo ello y añadirle al líquido así obtenido medio litro de vina­gre de alcohol en el cual se habrán disuelto 20 gramos de alcanfor.

De acuerdo, las epidemias de peste son cada vez más raras. El vinagre de los cuatro ladrones, excelente desinfec­tante, mantiene sin embargo toda su utilidad, ya que ayuda también a eliminar las contusiones. Añadamos a ello que su poderoso olor lo hace a menudo preferible a las clásicas sales para reanimar a una persona desvanecida.

Vinagre de los cuatro ladrones, tisana real, té de Saint-Germain, bálsamo del Samaritano, he aquí nombres poéticos para preparaciones muy eficaces. Nombres ade­más mucho más atractivos que los horribles neologismos con que son etiquetadas nuestras modernas especialidades farmacéuticas.

Los médicos de Molière consideraban una cuestión de honor el utilizar un latín de cocina —¡en su caso la expresión adquiría todo su sentido!— que les servía tanto para impresionar a sus pacientes como para disimular su ignorancia. Sus sucesores, si bien son sin la menor duda más competentes, no por ello emplean menos un lenguaje tan incomprensible como el suyo para el profano, como si fuera absolutamente necesario que el arte médico se disimule tras una pantalla de fórmulas abstrusas para ser operacional.

¡Qué encanto podrían tener en cambio sus recetas si prescribieran algunas de las preparaciones que acabamos de estudiar!

A CADA MAL SU REMEDIO

El divino Aquiles iba a morir. Tendido bajo su tienda, se masajeaba sin descanso el talón donde se había clavado la flecha disparada por París, o más bien por el propio Apolo, el cual, para abatir al héroe, había tomado la apariencia del troyano.

Pues no era fácil alcanzar al guerrero griego. A su nacimiento, Tetis, su madre, lo había sumergido en el Estix, el río de los Infiernos, a fin de que ninguna herida pudiera serle nunca infligida. Pero, como había sido necesario que lo sostuviera, lo había sujetado por ese famoso talón, el cual, no habiendo gozado de la protección de las aguas malditas, era su único lugar vulnerable.

Era allí donde había disparado el dios del Sol, a fin de vengar a Héctor, cuyo cuerpo, sujeto detrás del carro de su vencedor, había sido arrastrado por tres veces alrededor de las murallas de la orgullosa Ilion. Ahora era el turno del griego sufrir, mientras aguardaba a que el veneno en que había sido untado el dardo que lo había golpeado hiciera finalmente su efecto.

Fue entonces cuando el herido recordó una planta maravillosa cuyas virtudes le había enseñado su maestro, el centauro Chiron. Envió a un esclavo, que hizo una gran recolección. A su regreso, ordenó la confección de emplastos, que aplicó sobre la herida. Muy pronto la hemorragia cesó, y los dolores desaparecieron.

Desgraciadamente, la aquilea —puesto que desde entonces esa hierba aromática lleva el nombre del valeroso soldado— no podía servir de antídoto al veneno que ya se había extendido por todo el cuerpo del moribundo, y Aquiles fue a reunirse con los dioses. Lo cual prueba que, si bien se pueden pedir muchas cosas a la fítoterapia, no se le puede pedir lo imposible; es decir que, puesto que cada planta tiene virtudes muy particulares, no se puede pedir de ellas que constituyan un remedio universal.

Así, tras haber analizado las propiedades de las di­ferentes verduras, vamos a estudiar del mismo modo las de las plantas medicinales propiamente dichas, tanto de todas aquellas que puede recolectar uno mismo como de aquellas otras que únicamente pueden encontrarse en una herboris­tería.

ABEDUL: La Edad Media lo había apodado el «árbol de la sabiduría», ya que eran sus flexibles ramas lo que utilizaban los maestros para corregir a sus alumnos (tanto como sus deberes).

Pero las cualidades del abedul no se limitan ahí, sino que en la primavera proporciona una savia diurética y excelente contra las enfermedades de la piel.

Las hojas, una vez secas, permiten preparar líquidos que tienen sensiblemente las mismas propiedades.

Así, en decocción, proporcionan baños excelentes contra las enfermedades de la piel. En infusión (de 30 a 50 gramos por litro de agua), combaten los cólicos nefríticos, la gota, los reumatismos y la hidropesía.

La corteza, finalmente, permite preparar un vino febrífugo. Para obtenerlo, basta con dejar macerar de 50 a 60 gramos de esta corteza en un litro de vino durante ocho días, filtrarlo, y aromatizarlo al gusto.

ACEBO: Este arbusto siempre verde es un excelente febrífugo y, en las regiones pantanosas, se inmuniza contra las fiebres intermitentes con el siguiente vino:

Hacer macerar 50 gramos de hojas de acebo frescas machacadas en medio litro de aguardiente; añadirle un litro de vino blanco seco, dejar macerar de nuevo durante veinticuatro horas; filtrar.

ÁCORO: Fueron los tártaros quienes, en el siglo XIII hicie­ron descubrir a la Europa oriental las propiedades de esta caña. Quizá fue él quien les ayudaba a lanzar su potente grito de guerra, tan terrible para sus enemigos, ya que su principal virtud es la de aclarar la voz.

Se le encuentra en las zonas pantanosas, como todas las cañas, pero es su raíz la que hay que recolectar para confeccionar con ella las decocciones utilizadas en garga­rismos.

ACHICORIA SILVESTRE: No seguiremos a los «creativos» de las grandes agencias publicitarias cuando afirman que la raíz de la achicoria torrefactada reemplaza ventajosamente al café, además de eliminar sus propiedades perjudiciales. De hecho no consigue más que desnaturalizar su sabor sin aportar nada nuevo a la salud, si no es hacer amarillear la tez hasta tal punto que aquellos que abusan de ella llegan a dar la impresión de sufrir de ictericia.

Las hojas, en cambio, tienen notables virtudes tonifi­cantes, depurativas y diuréticas. Su amargor, lejos de ser desagradable, realza por el contrario las ensaladas un poco sosas como la lechuga, y un buen medio de hacer una cura es mezclarlas con las comidas.

AGRACEJO: Este arbusto proporciona unas bayas comestibles gracias a las cuales puede componerse una decocción, un jarabe, una jalea, una confitura y un vino. Todas estas preparaciones permiten hacer bajar la fiebre y terminar con algunas afecciones pulmonares. Las personas que sufren trastornos de la circulación sanguínea, así como aquellas cuyo hígado y vesícula biliar se hallan obstruidas, pueden también conseguir un alivio seguro con esta cura.

El vino de agracejo se prepara poniendo a macerar durante varios días de 50 a 60 gramos de bayas trituradas en un litro de vino. Tras haberlo filtrado, se aromatiza según el gusto y se toma un vaso antes de cada comida.

La corteza de las raíces permite realizar una decocción (una cucharada sopera por cada taza de agua) sin duda más eficaz que el vino cuya composición acabamos de indicar.
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