Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani




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CELIDONIA: Es preferible desconfiar de esta planta, cuyo jugo puede matar a un perro de buen tamaño. De modo que tan sólo la señalamos por su savia amarillenta que rezuma al romper el tallo y que corroe las verrugas.

CENTAUREA (MENOR): Quirón el centauro, herido por Hera­cles, la utilizó para cicatrizar sus heridas, lo cual le valió durante siglos la reputación de ser una hierba mágica. Hoy en día se tienen más en cuenta sus propiedades antifebriles y tónicas.

La infusión se prepara con 30 gramos de plantas enteras para un litro de agua.

CENTINODIA: No todos los autores están de acuerdo sobre la forma de utilizar esta planta trepadora. Algunos de ellos no consideran más que su rizoma, otros sus tallos, sus hojas y sus flores. Sin tomar partido en la disputa, anotemos simplemente que, sea cual sea la solución elegida, las indicaciones son siempre las mismas, es decir, la diarrea, las leucorreas, los esputos de sangre y las hematurias.

Para combatirlos, los sostenedores de la utilización de la raíz preconizan la maceración del rizoma. Los de la planta prefieren una decocción obtenida con 30 gramos de tallos frescos o 50 gramos de tallos secos para medio litro de agua.

COLA DE CABALLO: Es un verdadero almacén de sílice, puesto que sus cenizas lo contienen hasta en un 80% y, examinan­do sus hojas con una lupa, pueden apreciarse pequeños fragmentos brillantes. Es pues un notable remineralizador, superior incluso al calcio.

Para combatir el raquitismo o ayudar a la resoldadura de una fractura, beber, entre las comidas, una decocción de 100 gramos de colas de caballo que hayan hervido durante una media hora en un litro de agua.

Contra las incontinencias urinarias y las hematurias (orina sanguinolenta), tomar una decocción más concentra­da (150 gramos de colas de caballo para un litro de agua).

CONSUELDA (MAYOR): La historia ocurre en la Edad Media. Una sirvienta, un poco voluble, acababa finalmente de encontrar marido, y deseaba que él no se enterara de sus aventuras pasadas. Decidió pues, para recuperar una vir­ginidad perdida hacía ya mucho tiempo, bañarse en una preparación a base de consuelda. Permaneció un cierto tiempo en el baño, luego se fue a hacer los preparativos de su boda, olvidando vaciar la tina.

Su dueña, viendo aquella agua tibia, se sintió tentada a su vez por las alegrías del baño y se metió en ella. Se dice que su marido, cuando se reunió con ella por la noche en la cama, creyó verdaderamente en un milagro al constatar que la madre de sus hijos se había vuelto de pronto «doncella»...

Ciertamente, el propio nombre de consuelda deja entender bien que se trata de una planta capaz de «soldar», pero de ahí a creer que pueda poseer tales efectos hay un gran paso, que no pensamos franquear.

Lo que sí es cierto, en cambio, es que su raíz, seca y diluida en agua, permite preparar compresas que activan la cicatrización de quemaduras y pequeñas heridas. Igual­mente, las maceraciones de esta raíz (150 gramos para un litro de agua dejados en maceración al menos durante tres horas), tomadas a razón de tres o cuatro tazas al día, favorecen la regeneración de las mucosas gástricas atacadas por las úlceras.

CORAZONCILLO: Su perfume de incienso le había valido, en la Edad Media, el sobrenombre de «arrojadiablos», pero su verdadero combate es contra la infección más que contra los malos espíritus. El doctor Leclerc anota en efecto que «la esencia y la resina que albergan los remates floridos de la planta son un antiséptico muy útil en el tratamiento de las heridas, de las úlceras y de las quemaduras». Y el autor da la composición del aceite que es conveniente utilizar en estos distintos casos: «Hacer macerar durante tres días 500 gramos de remates floridos recién cogidos y cortados en una mezcla de 1.000 gramos de aceite de oliva y de 500 gramos de vino blanco; hacer hervir inmediatamen­te al baño maría hasta consumir el vino. Si no pueden disponer de plantas frescas, añade, hagan macerar más tiempo —de 6 a 8 días— 200 gramos de plantas secas y remuevan la mezcla dos veces al día. Filtren luego e introduzcan en varios frascos este aceite, que tomará aún más rápidamente una hermosa tonalidad rojiza si entretan­to lo han expuesto al sol».

DULCAMARA: En el campo, los niños mastican su tallo que, amargo al principio, se vuelve dulce como el regaliz. Es una imprudencia, ya que esta planta contiene alcaloides que pueden ser tóxicos. Nos limitaremos pues a recomendarla en aplicaciones externas para aliviar las hemorroides que no sangren.

Preparar una decocción utilizando 50 gramos de tallos secos para un litro de agua. Aplicar en compresa.

EGLANTINA: Esta hermosa flor silvestre del escaramujo, llamada también gavanza, recibe el sobrenombre de «rosa perruna» debido a que, en la Antigüedad, se creía que podía curar a las personas mordidas por un perro rabioso. Produce un fruto de nombre bárbaro: el cinorrodón. Está compuesto por una cápsula roja que contiene como un plumón —utilizado como picapica por los niños— que rodea el auténtico fruto o aquenio.

Según Jean Palaiseul (op. cit.), este plumón «es un vermífugo ideal contra los ascárides lombricoides, parásitos que viven en el intestino delgado del hombre y del cerdo: administrado en ayunas en dosis de 15 centigramos, envuelto en miel, actúa inmediata y mecánicamente sobre las lombrices, a las que mata sin provocar la menor irritación de la mucosa intestinal y sin ningún peligro para el sujeto».

Más agradable es la confitura realizada con la envoltura carnosa que rodea este plumón, y que se revela como un excelente reconstituyente. Recientes análisis han demos­trado en efecto que 100 gramos de esta envoltura contienen tanta vitamina C como un kilo de limones.

Fabrice Bardeau, en La Pharmacie du Bon Dieu, da la receta de esta confitura, que ha descubierto en una obra del siglo XVIII

«Tomar los frutos bien maduros y cuidadosamente desprovistos de su plumón y corazón interno. Se cortan en trozos pequeños, luego se rocían con un poco de vino tinto. Se cubre el recipiente y se deja macerar durante veinticua­tro horas en un lugar fresco. Después se tritura todo en un mortero para obtener la pulpa, que se pasa por el tamiz a fin de eliminar la corteza.

»Para 500 gramos de esta pulpa, convendrá prever 750 gramos de azúcar ,que se hará cocer sólo hasta formar un jarabe. Se diluye luego en él la pulpa, dejando cocer unos breves instantes. Se dejará enfriar un poco antes de meter en tarros».
ERYSIMUM: Es la providencia de los cantantes, de los actores, de los abogados y, en general, de todos aquellos que necesitan tener una voz clara. Para aliviar las cuerdas vocales, pues, o hacer desaparecer una ronquera, tomar de 4 a 5 tazas diarias de una tisana compuesta del siguiente modo: echar en un litro de agua tibia una cincuentena de gramos de hojas secas; dejar macerar toda una noche, filtrar, y beber tibia azucarando con miel.

ESPINO BLANCO: El «hermoso espino blanco» tan caro al poeta, tiene una larga carrera tras de sí. ¿No se dice acaso que la zarza ardiente junto a la cual Moisés se entrevistó por primera vez con su dios era un espino blanco, y que la corona de espinas de Cristo estaba hecha con sus ramas?

Tanto en Grecia como en Roma, el arbusto era considerado como un amuleto. Los caballeros de la Edad Media veían en él un testimonio de esperanza y, antes de tomar la ruta de las cruzadas, todos ellos ofrecían una rama a la dama de sus pensamientos a fin de que ella recordara siempre a aquel que estaba guerreando lejos.

Todo esto, por supuesto, no es más que anécdota y superstición. Lo que sí es cierto, en cambio, es que los sabios norteamericanos acaban de descubrir que esta planta normaliza la tensión y combate la arritmia cardíaca, así como la taquicardia. Hubieran podido ahorrarse largas investigaciones, ¡puesto que ya Dioscórides decía lo mismo hace varios siglos, aunque formulándolo de otro modo!

De hecho, todo es bueno en el espino blanco: las flores, por supuesto, los frutos, las hojas, e incluso la corteza de las ramillas.

Contra las variaciones de la tensión y los trastornos cardíacos, se preferirá la infusión de flores (una cucharadita de café por cada taza de agua hirviendo).

Para hacer bajar la fiebre, se recurrirá a una decocción preparada con la corteza de las ramillas.

Finalmente, para parar una diarrea, algunas tazas de infusión de frutos secos serán excelentes.

EUCALIPTO: Importado de Australia, merece doblemente su sobrenombre de árbol de la fiebre puesto que, siendo muy ávido de agua, contribuye a desecar las regiones en las cuales es plantado, evitando así la proliferación de los mosquitos responsables de la transmisión de algunas enfermedades febriles, y además se revela en algunos casos como un febrífugo más potente que la quinina.

Alivia también los catarros nasales, las bronquitis, las afecciones gripales, y destruye además las bacterias. Fumado como cigarrillo, calma las crisis de asma.

La decocción de eucalipto se prepara haciendo hervir una veintena de gramos de hojas de este árbol durante un minuto en un litro de agua, luego dejándolas durante un buen cuarto de hora.

FRESNO: Este gran árbol era considerado antiguamente como el enemigo jurado de las serpientes, las cuales, fuera cual fuese la hora del día, huían de su sombra. Más serias son sus cualidades diuréticas, de las que cualquiera puede aprovecharse plenamente gracias a una deliciosa bebida, que no deja de recordar a la sidra espumosa, y que se fabrica aún en algunas zonas rurales.

Para obtener 5 litros de este brebaje, se necesitan 5 gramos de hojas de fresno secas, 5 gramos de achicoria silvestre, 6 gramos de levadura de cerveza, 3 gramos de ácido tártrico (de venta en todas las farmacias) y 250 gramos de azúcar cristalizado.

Echar las hojas de fresno en un litro y medio de agua hirviendo y dejar en infusión durante tres horas. Disolver también el azúcar en un litro y medio de agua, pero fría. Echar otro litro y medio de agua hirviendo sobre la achicoria y disolver el ácido tártrico en el medio litro de agua restante.

Echar a continuación en un barrilito primero el jarabe de azúcar, luego la infusión de fresno pasada por el tamiz, el agua de achicoria, también pasada, la solución del ácido tártrico, y finalmente la levadura de cerveza disuelta en un vaso de agua tibia. Durante once días, se deja fermentar la mezcla, tomando buen cuidado de retirar la espuma que aparecerá por el canillero del barrilito, completando el volumen con un poco de agua fresca cada vez que se proceda a esta operación. Pasado este lapso se mete el líquido en botellas que se cierran muy herméticamente, almacenándolas de pie en una bodega que sea fresca. Quince días más tarde, la bebida de fresno está lista para ser consumida.

FUMARIA: El origen de su nombre es discutido, pero importa poco el que sea debido al hecho de que los antiguos imaginaban que esta planta nacía de los humos de la tierra o de que su jugo hacía brotar lágrimas de los ojos como el humo. Lo que sí cuenta son sus propiedades, que le permiten curar la hepatitis al tiempo que estimulan el apetito y ayudan a enriquecer la composición de la sangre. Es conveniente sin embargo prestar mucha atención a su utilización ya que, si la cura de fumaria dura más de una decena de días, sus consecuencias se invierten, y se convierte en calmante e hipnótica.

La decocción se prepara echando 50 gramos de plantas frescas —o el doble de plantas secas— en un litro de vino o de agua. En este último caso, la tisana debe ser consumida en las veinticuatro horas siguientes, mientras que, en el primero, un vaso de vino antes de cada comida es suficiente para que el remedio produzca todos sus efectos.

GARIOFILEA: Los soldados del ejército del Rin, que debían conquistar Europa al mando de Napoleón Bonaparte, le deben mucho. En el año IV de la República, en efecto, la quinina era rara, y los remedios para hacer bajar la fiebre eran por aquel entonces prácticamente todos a base de esta planta. Fue entonces cuando un médico, recordando sin duda las tisanas de su pueblo natal, tuvo la idea de utilizar la raíz de esta pequeña rosácea. Los resultados fueron excelentes, y sus colegas le imitaron muy pronto, en beneficio de gran número de soldados.

Además de sus propiedades febrífugas, la gariofílea es también un potente andidiarreico si es tomada en infusión, y su decocción se revela excelente para el lavado de las úlceras varicosas.

GERANIO: No nos equivoquemos, no se trata en absoluto de las hermosas flores que decoran tantos balcones, tanto en la ciudad como en el campo. Esas geraniáceas son de hecho pelargonios, parientes próximos del geranio Robertianum que nos interesa aquí, pero que no tienen ninguna propiedad terapéutica.

Este geranio, llamado también hierba de San Roberto, crece en estado silvestre, en los viejos muros y en los setos. Sus flores machacadas desprenden un perfume que recuer­da en cierto modo el nauseabundo olor que desprenden los chivos a su alrededor. Pero, pese a este fétido pelente, un emplasto de hojas reducidas a pasta basta para detener las hemorragias pequeñas. Igualmente, las cataplasmas de hojas frescas —esta vez no machacadas— ayudan a eliminar la obstrucción de los senos en las madres que dan el pecho a sus hijos.

En decocción (50 gramos de planta entera seca para un litro de agua), el geranio Robertianum combate eficazmen­te las úlceras gástricas, las hemorragias internas, la gastroenteritis y la diabetes.

GORDOLOBO: Conocido desde Hipócrates, el gordolobo es una planta de flores amarillas cuyas hojas están cubiertas por un ligero vello blanquecino, que aún hoy es utilizada para calmar el catarro bronquial, contra el cual sus propiedades ligeramente narcóticas hacen maravillas.

En Irlanda se sostiene que, hervido con leche, es capaz de curar la tuberculosis. La misma preparación sirve además para hacer cataplasmas que activan la maduración de abscesos y de furúnculos. Resulta por otra parte aconsejable no contentarse con aplicar las hojas sobre el absceso, sino beber también la leche en la cual se han cocido, cuya acción depurativa ayudará a la eliminación de las toxinas y, por ello, acelerará el proceso de curación.

GRAMA: Diurética, sedante y antiséptica a la vez, esta «mala» hierba es de hecho una de las mejores amigas del hombre, que la ha utilizado durante mucho tiempo para combatir las consecuencias de algunos encuentros amoro­sos que por aquel entonces se llamaban púdicamente «la patada de Venus». Hoy en día se recurre a los antibióticos para cumplir este papel, que por otro lado realizan muy bien. La grama ya no es pues utilizada más que como un diurético desinfectante.

La decocción de grama, debido al vigor de su raíz y al amargor que desprende, se prepara en dos tiempos. En primer lugar, se remojan los rizomas durante algunas

horas, luego, una vez ablandados, se sacan del agua para aplastarlos ligeramente. Esta primera agua de remojo, muy amarga, es desechada, y se vuelven a sumergir las raíces en un litro y medio de agua, que se lleva a ebullición durante una veintena de minutos. Ya no queda más que dejar reposar la decocción y pasarla antes de bebería tibia. Es sin embargo aconsejable aromatizarla, con miel por ejemplo, para atenuar el amargor que persiste pese a estas precau­ciones.

HELECHO MACHO: Luis XVI pagó 1.800 francos a doña Nouffer, una curandera suiza, por la receta siguiente, que es excelente para expulsar la solitaria: «Tomar 12 gramos de polvo de raíz de helecho macho y disolverlos en 190 gramos de agua de tila. Hacer beber la preparación al paciente, el cual, la víspera, no habrá comido más que una sopa de pan. Administrarle dos horas más tarde un purgante».

Tras haber hecho verificar por varios médicos la eficacia del remedio, el rey encargó a su ministro Turgot hacerlo divulgar por entre el pueblo. Fue una sabia decisión, puesto que aún hoy en día se utiliza el extracto de helecho macho, pero asociado con el éter en vez de con la tila, para expulsar a los huéspedes indeseados.
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