Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani




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HELENIO: Esta planta, según la leyenda, nació de las lágrimas derramadas por la hermosa Helena cuando fue raptada por Paris. Hipócrates, Dioscórides y Galeno, más médicos que poetas, la estimaban principalmente por su bienhechora acción sobre el útero, las vías urinarias y el aparato respiratorio. Hoy en día se sigue utilizando por las mismas razones.

Es la raíz de esta gran flor amarilla la que se utiliza, una vez secada y triturada, y de 20 a 30 gramos de esta preparación en un litro de agua permiten preparar una infusión capaz de calmar las toses y las bronquitis más rebeldes.

El vino de helenio, por su parte, estimula la acción del hígado y de los riñones. Se prepara haciendo macerar, durante ocho días, aproximadamente, 80 gramos de raíces trituradas en un litro de buen vino tinto.

En cuanto a la decocción (10 gramos en 100 gramos de agua), alivia las pequeñas enfermedades estrictamente femeninas.

HIEDRA: El profesor Binet estima que posee «sobre el organismo humano un temible poder de destrucción de los glóbulos rojos». En estas condiciones, es, pues, preferible reservarla a un uso externo, aunque se puede servir de ella para hacer tisanas purgantes muy enérgicas.

En cambio, sus hojas, que presentan la inestimable ventaja de permanecer verdes todo el año, una vez trituradas, constituyen excelentes emplastos para fundir la celulitis y calmar los dolores reumáticos.

Jean Palaiseul (op. cit.) las recomienda igualmente para hacer desaparecer los callos.

«Tras un baño caliente prolongado, escribe, aplicar una hoja previamente remojada durante dos o tres horas en jugo de limón o macerada de uno a dos días en vinagre;

recubrir con un vendaje, esto cada día, hasta que el callo esté listo para desprenderse en un baño caliente.»

HIEDRA TERRESTRE: Llamada comúnmente así debido a sus largos tallos rampantes, no tiene sin embargo ningún punto en común con la precedente, excepto una vaga semejanza. Excelente remedio contra las afecciones pulmonares, durante mucho tiempo ha sido el medicamento específico de la tisis. Se la sigue empleando para calmar los catarros bronquíticos y las toses «abundantes», tanto en infusión (5 gramos aproximadamente para una taza de agua) como en jarabe.

Para obtener este último, picar en un mortero diez buenos puñados de plantas frescas, rociándolas con la infusión precedente. Dejar luego macerar durante media jornada en un recipiente cubierto. Pasar por una tela fina apretando muy fuerte para exprimir todos los jugos, luego hacer hervir el líquido así obtenido. Añadir el azúcar y hacer cocer hasta obtener la consistencia deseada. Conser­var en una botella bien tapada.

HIERBA CANA: Esta planta es un notable regulador de la circulación sanguínea, y es completamente adecuada para las mujeres que sufren ausencia de menstruaciones o reglas dolorosas. Tres o cuatro tazas diarias de una cocción realizada con 50 gramos de plantas frescas o secas por litro de agua pueden poner fin a todos estos males. Conviene sin embargo no abusar de ella, ya que la hierba cana contiene un alcaloide, la senecionina, que puede ser peligroso.

Aplicada en cataplasma tras haber sido cocida, alivia las hemorragias, así como la obstrucción mamaria de las madres lactantes.

HISOPO: Tal como lo indica San Juan en su Evangelio, fue al extremo de una rama de hisopo que el soldado tendió a Jesucristo la esponja empapada en vinagre. Hoy en día, esta planta, tomada en infusión, es utilizada como expecto­rante para liberar los bronquios. El doctor H. Leclerc precisa sin embargo «que hay que administrarla con una cierta prudencia, sobre todo a los sujetos cuyo sistema nervioso es particularmente impresionable».

LAVANDA: Siempre ha sido utilizada como antiséptico. Los cazadores mediterráneos machacaban sus hojas para dar unos toques a sus perros mordidos por una serpiente; los soldados romanos utilizaban su aceite para desinfectar sus heridas; las matronas frotaban con ella la cabeza de sus hijos para despiojarlos.

«Una vez más, escribe Jean Palaiseul (op. cit.}, los análisis modernos han mostrado que el empirismo había visto certeramente que el aceite esencial extraído de la lavanda es un poderoso antiséptico (en dosis ínfimas —de 0,5 a 0,2%— mata al bacilo de la difteria, al de la tifoidea, al bacilo de Koch, así como al estreptococo y al neumoco­co), al mismo tiempo que un notable neutralizador del veneno...»

Para eliminar la migraña, ayudar a las digestiones difíciles, curar la gripe, el asma o la bronquitis, tomar tres o cuatro tazas diarias de una infusión obtenida con aproxima­damente 5 gramos de flores secas para una taza de agua.

Para las contusiones, los esguinces, las úlceras, algunas dermatosis y las grietas, aplicar la maceración siguiente:

Hacer macerar durante quince días 100 gramos de flores secas en medio litro de alcohol de 30°, removiendo bastante a menudo. Al cabo de este tiempo, filtrar a una botella bien tapada.

LINO: Los hombres del neolítico lo utilizaban ya para tejer sus telas. Los pintores, por su parte, apreciaban su aceite, que daba a sus telas un agradable brillo.

Es su semilla lo que interesa a los fitoterapeutas, que la recomiendan, en maceración (de 15 a 20 gramos en un litro de agua fría), contra todas las afecciones de las vías digestivas y urinarias e incluso contra la blenorragia. Pero son las cataplasmas realizadas a partir de la harina que se extrae de ella las que son más conocidas. Por otro lado, lo mejor es que uno mismo machaque las semillas para obtener esta harina, y no hacerlo más que a medida de las necesidades. Mal conservada, fermenta y produce ácido cianhídrico, que provoca erupciones cutáneas.

Las cataplasmas, que deben ser aplicadas relativamente calientes, pero no quemando, son indicadas para curar las bronquitis y los dolores musculares.

LÚPULO: Antiguamente a la cerveza no se le incorporaba lúpulo. Pero las cosas han ido cambiando, y hoy en día esta bebida refrescante se ha convertido en un brebaje saluda­ble, diurético, depurativo, y capaz de calmar los ardores amorosos excesivos. A condición, por supuesto, de no abusar de ella...

El lúpulo puede ser preparado en infusión (20 gramos de planta seca por un litro de agua) para devolver el apetito a aquellos que lo han perdido, hacer bajar la fiebre y calmar el nerviosismo. En dosis más fuerte, ayuda igual­mente a encontrar el sueño. A notar por otra parte que en algunos países nórdicos se tapan las orejas con conos de lúpulo y que, dicen, ésta es la mejor forma de asegurarse una noche tranquila.

MALVA (MAYOR Y MENOR): Las hojas de esta planta bisanua recuerdan las de la hiedra, pero, así como la malva mayor puede alcanzar hasta 50 centímetros de altura, la menor no crece más que tendida sobre el suelo.

En infusión (15 gramos de flores secas por litro de agua) cura las bronquitis y calma las inflamaciones de las vías urinarias. En decocción (30 gramos de hojas secas por litro de agua), proporciona un gargarismo excelente contra la amigdalitis y una loción que hace desaparecer las pequeñas irritaciones de la piel.

MALVAVISCO: Muy curiosamente, no entra en absoluto en el famoso pastel de miel que hace las delicias de los niños al mismo tiempo que calma su tos. En cambio, era muy utilizada en la Edad Media por aquellos que debían sufrir el «juicio de Dios» y que, antes de prestarse a la prueba del fuego, se embadurnaban las manos con un ungüento a base de ella a fin de no mostrar inmediatamente más que quemaduras ligeras, insuficientes para establecer su culpa­bilidad.

Afortunadamente, ya no nos hallamos en esas circuns­tancias, y si hoy en día aún se utiliza es para suavizar males más corrientes.

Contra los abscesos, furúnculos, irritaciones de la piel y de las mucosas, utilizar una maceración obtenida echando en agua caliente la raíz triturada.

Algunas flores en infusión en esta maceración permiten obtener un calmante pectoral muy eficaz que permite también curar, en gargarismos o en baños bucales, los males de la garganta y las aftas.

MANDRÁGORA: Es la raíz de los alquimistas, la que crecía al pie de las horcas, engendrada por el semen de los ajusticiados. Los brujos acudían a recolectarla en las noches sin luna, escoltados por un perro negro, para intentar inmediatamente insuflarle la vida y hacer de ella un homúnculo capaz de realizar todos sus deseos.

En realidad, y puesto que hay que separar la realidad de la imaginación, la mandragora, si bien existe realmente, no crece en nuestras latitudes. Necesita un clima más cálido. Lo que sí es cierto, en cambio, es que su voluminosa raíz adopta vagamente la forma de un ser humano, y se comprende a raíz de ello todas las malinterpretaciones que su apariencia ha podido inspirar.

Desde el punto de vista estrictamente médico, apenas posee ninguna cualidad, excepto una acción vagamente narcótica y analgésica.

MARRUBIO BLANCO: Esta planta, que sirve tanto para los bronquíticos como para los asmáticos, a los enfermos afectados por debilidad cardíaca que a los que son víctimas de un acceso de paludismo, a las mujeres que sufren reglas dolorosas que a los hepáticos, se halla en abundancia al borde de los caminos, en los pedregales y en los terrenos baldíos. Se puede preparar de diversas formas sin jamás quitarle ninguna de sus propiedades, por lo que la elección no es de hecho más que una cuestión de gusto.

Jarabe: 3 gramos de extracto de marrubio para 200 gramos de azúcar.

Vino: hacer macerar durante una semana 50 gramos de plantas secas en un litro de vino blanco o tinto. Azucarar ligeramente.

Infusión: 30 gramos de plantas enteras secas para un litro de agua.

MELILOTO: Su nombre proviene del griego meli, que significa miel. Ello es debido al aprecio que tienen las abejas hacia sus flores blancas o de color amarillo vivo, que caen en racimos a lo largo de su alto tallo.

Su infusión (50 gramos de flores secas para un litro de agua) calma la excitación nerviosa y ayuda a encontrar el sueño, al mismo tiempo que activa el trabajo de los riñones y desinfecta las vías urinarias.
MELISA: Si el nombre de la planta anterior tenía una raíz griega que significaba miel, ésta ha tomado el suyo del griego melissa, que se traduce por «abeja». Ambas se hallan pues muy próximas.

De hecho, la melisa es famosa sobre todo por el agua que lleva su nombre, y cuya composición hemos dado más arriba. Pero se puede fabricar también un vino de melisa haciendo hervir durante un cuarto de hora 200 gramos de hojas en un litro de vino blanco suave. Tomado a pequeñas dosis, atenúa los vértigos y los espasmos cardíacos.

MUÉRDAGO: Contrariamente a la leyenda, el muérdago no crece en los robles, a los que haría reventar, sino sobre los manzanos y los álamos. Desde la más remota Antigüedad, esta planta ha sido considerada como una panacea. Lo cual no es sorprendente, puesto que muy recientes investigacio­nes han demostrado que constituye un excelente remedio contra la hipertensión y la arteriesclerosis. Un sabio suizo, Rudolf Steiner, ha puesto incluso a punto una terapéutica contra el cáncer en la que el muérdago es un elemento esencial.

Para obtener el mayor provecho de todas sus propieda­des, hacer macerar 50 gramos de hojas de muérdago finamente cortadas en un litro de vino blanco seco. Filtrar y beber antes de cada comida.

OLMO: Se emplea la segunda corteza de las ramas jóvenes para confeccionar una decocción (100 gramos de corteza seca por un litro de agua) que, aplicada en compresa sobre las herpes y las placas de eccema, las hace desaparecer.

PARIETARIA: Se parece a la ortiga, crece como ella en las viejas paredes, pero no pica. Su infusión (30 gramos de planta fresca para un litro de agua) favorece la diuresis y permite pues curar la litiasis al tiempo que calma los cólicos nefríticos que la acompañan.

PASIONARIA: Es originaria de las regiones cálidas de Améri­ca y, si se la denomina así, es debido a que su flor se parece —simbólicamente, se entiende— a todos los instrumentos de la Pasión de Cristo. Con un poco de imaginación, en efecto, puede verse en su corola la corona de espinas, los clavos en su triple pistilo, el martillo en sus estambres, las lanzas romanas en sus puntiagudas hojas y, finalmente, el látigo en los pequeños zarcillos que surgen de su tallo.

Sus propiedades son esencialmente calmantes, y las personas ansiosas, nerviosas o simplemente afectadas por el insomnio hallarán alivio bebiendo, antes de acostarse, una taza grande de agua en la cual se habrá hecho infusionar durante un cuarto de hora 5 gramos de hojas secas.

PIE DE GATO: Crece en los pastos alpinos y florece en mayo. Una infusión de sus flores secas (una pulgarada para una taza de agua) descongestiona la vesícula biliar.

PINO SILVESTRE: Es bien sabido lo conveniente que es el aire de las pinedas y de los abetales para los asmáticos, que encuentran allí la alegría de respirar libremente. Las preparaciones a base de pino son pues particularmente recomendadas a todos aquellos que sufren de los bronquios o de los pulmones.

Contra la gripe o la bronquitis, se utilizará una infusión de brotes (50 gramos aproximadamente para un litro de agua), cuya acción será reforzada por inhalaciones de la siguiente mezcla: 1 gramo de esencia de lavanda, 2 gramos de esencia de pino, 2 gramos de esencia de tomillo. 4 gramos de esencia de eucalipto, todo ello diluido en 150 gramos de alcohol de 90°.

Se puede también confeccionar un jarabe que tendrá el mérito de suavizar la garganta al tiempo que calma la tos: hacer macerar durante media hora 50 gramos de brotes de pino en el mismo peso de alcohol de 60°; echar esta preparación en un litro de agua hirviendo; dejar macerar de nuevo durante seis horas; filtrar y añadir un peso equivalente de azúcar en polvo. Colocarlo todo a reducir al baño maría hasta obtener la consistencia deseada.

Para el baño, preparar una decocción haciendo hervir en 15 litros de agua y durante dos horas, 2 kilos de agujas, de pinas y de ramitas de pino trituradas. Añadir esta decocción al agua del baño, cuyos vapores liberarán las vías respiratorias, mientras que los principios activos calmarán los dolores reumáticos y curarán las enfermedades de la piel.

PLANTAINA: Alimenta a los pájaros y cura al hombre de más de veinte enfermedades, si hay que creer a Plinio. Sin ir tan lejos, se puede retener el que sus hojas frescas machacadas ayudan a las heridas pequeñas a cicatrizar muy rápida­mente.

Una infusión concentrada de sus hojas (100 gramos de hojas frescas o secas para un litro de agua durante un cuarto de hora) detiene las diarreas. Aplicada en compre­sas, esta infusión calma igualmente la inflamación de los párpados.

POTENTILLAS: Son tres hermanas, primas de la fresera. La primera, bautizada anserina, es trepadora. La segunda, quinquefolio, igualmente trepadora, posee como su nombre indica cinco hojas. En cuanto a la tercera, tormentilla, levanta diríamos que penosamente sus 40 centímetros de altura en medio de los prados. Pero todas proporcionan un rizoma que se recolecta al final del verano y que sirve para fabricar una decocción (30 gramos de raíces trituradas en un litro de agua) excelente contra la diarrea.

PRIMAVERA: Es la mensajera de la primavera, el cuclillo de color amarillo dorado que anuncia el regreso de los buenos días. Santa Hildegarda la juzgaba capaz de curar las parálisis benignas. Parece que fue demasiado optimista. Es exacto en cambio que esta planta posee virtudes antiespasmódicas, diuréticas, laxantes y, sobre todo, expectorantes.

Para facilitar la eliminación de la orina, tomar una infusión de 20 gramos de flores para un litro de agua.

La decocción de raíces secas y trituradas (15 gramos para un litro de agua) ayuda, por su parte, a despejar las vías respiratorias.
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