Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani




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PULMONARIA: Este calificativo le viene del aspecto de sus hojas, ovaladas y ligeramente puntiagudas, llenas de agu­jeros, como un pulmón enfermo. Los sostenedores de la teoría de los idénticos llegaron pues a la conclusión de que estaba destinada a tratar la tuberculosis y las afecciones similares. No se equivocaron mucho, puesto que ha quedado evidenciado que hace maravillas contra los abscesos del pulmón cuando se la toma en infusión (50 gramos de hojas frescas para un litro de agua) a razón de varias tazas al día.

QUINQUINA: Originaria de América latina, esta planta, que no ha podido ser aclimatada a Europa, proporciona la preciosa quinina. Pero su corteza permite también preparar un delicioso vino aperitivo y reconstituyente aconsejable para las personas que sufren de falta de apetito, así como de astenia intelectual o física.

Hacer macerar 15 gramos de corteza a trozos en 80 gramos de aguardiente durante treinta y seis horas. Añadir un litro de vino de oporto o del rosellón y dejar macerar de nuevo durante una quincena de días. Filtrar y beber un vaso de licor antes de cada comida.

REGALIZ: Los escitas, estos temibles caballeros de las estepas que aterrorizaron a las poblaciones establecidas a las orillas del Mediterráneo, le debían, pretende la leyenda, el poder permanecer días enteros en sus sillas de montar sin beber ni comer. Sin duda es más exacto pensar que la utilizaban para purificar su aliento, emponzoñado por la carne cruda, «ahumada» entre su silla y el lomo del caballo, de la que se alimentaban en el transcurso de sus

incursiones.

Sea como sea, esta raíz, que hace las delicias de los niños y que aromatiza agradablemente otras preparaciones fítoterapéuticas muy amargas, posee un efecto saludable sobre los bronquios. Para aprovecharla plenamente, pulve­rizar 300 gramos de raíz seca y hacer macerar en un litro de agua; filtrar y añadir 300 gramos de azúcar, removiendo.

REINA DE LOS PRADOS: Si alguien les dice que esta gran flor que, desde lo alto de su metro y medio de altura, domina la pradera, contiene salicilato de metilo, esto les podrá parecer que carece de importancia. Si les añade que la oxidación del aldehido salicílico —presente en esta flor— da el ácido salicílico, no habrán adelantado mucho. Y si les precisa además que partiendo de este ácido el médico estrasburgués Charles-Frédéric Gerhardt descubrió, en 1853, el ácido acetilsalicílico, estarán ustedes en su derecho de pensar que, esta vez, estamos exagerando. Sin embargo, este ácido acetílsalicílico es algo que utilizan ustedes a menudo —y a veces incluso abusan de él— bajo el nombre de... ¡aspirina!

A partir de ahí, las indicaciones medicinales de la reina de los prados se hacen evidentes. Con el ligero «detalle» de que, contrariamente a la aspirina, las preparaciones hechas a base de ella no atacan las mucosas gástricas.

Contra la gripe, pues, contra los estados febriles, contra algunas neuralgias, una infusión de sus flores (un pellizco por taza) será siempre bienvenida. Sobre todo teniendo en cuenta que esta planta es también diurética, lo cual la hace preciosa en todas las afecciones del riñón o de la vejiga, en cuyo provecho puede realizar su doble acción.

Para terminar con las retenciones de agua, la celulitis, los reumatismos, la uremia y la arteriosclerosis, Vincent d'Auffray (op. cit.) recomienda además el siguiente jarabe:

«Hacer hervir dos litros de agua. Tras enfriarlos a aproximadamente 90°, echar encima 250 gramos de rema­tes floridos y dejar en contacto durante doce horas en un recipiente tapado; pasar exprimiendo, y hacer disolver en la alcoholatura el doble de su peso en azúcar. Este jarabe debe ser tomado a razón de 100 a 200 gramos diarios».

RETAMA: Si es usted mordido por una víbora —o por una cobra, aunque esto es mucho menos frecuente en nuestras latitudes—, y ha sido atacado por la serpiente en las proximidades de una mata de retama, está usted salvado. «Basta» entonces con hacer una incisión en la mordedura de modo que brote la sangre, y luego aplicar sobre la herida un emplasto de tallos machacados del arbusto, para que el efecto del veneno quede neutralizado. Claro que siempre es más prudente acudir a continuación a consultar al médico para hacerse administrar una buena dosis de suero...

Esta curiosa propiedad de una planta que pasaba por maldita fue descubierta por los campesinos, que habían constatado que sus ovejas eran mucho menos sensibles al veneno de los reptiles cuando habían ramoneado retama. Recientes investigaciones, que pusieron en evidencia la presencia de esparteína en esta planta, vinieron a confirmar esta observación completamente empírica.

Pero la retama no es tan sólo un antiveneno. Es también tónica para el corazón, y poderosamente diurética. Así, gracias a ella, la muy célebre Madame Fouquet consiguió, en el siglo XVII, curar al mariscal de Saxe, rompecorazones de moda y accesoriamente vencedor en Fontenoy, de una hidropesía tan rebelde que ningún remedio de la época había conseguido terminar con ella. La receta que esta conocida curandera nos ha legado es la siguiente:

«Tomad un haz de retama verde y hacedla arder en un lugar limpio donde no haya más que las propias cenizas de la retama; tomad estas cenizas y tamizadlas, metedlas en un paño, liadlo bien y remojadlo por espacio de veinticuatro horas en dos pintas —aproximadamente dos litros— de buen vino blanco. Dádselo a beber al enfermo tan pronto como lo pueda tomar; hacedle meter en su cama y cubridlo bien para hacerle sudar; no lo habrá bebido tres veces que ya estará curado».

Hoy en día, Jean Palaiseul, que estima las dosis un poco fuertes, recomienda hacer una infusión en frío de 60 gramos de cenizas de retama durante cuarenta y ocho horas en un litro de vino blanco y administrar tan sólo de 60 a 90 gramos por día antes de las comidas.

Las flores de la retama pueden servir también para preparar una tisana excelente contra la celulitis, la reten­ción de agua, las nefritis, la artritis y los reumatismos crónicos. Sin embargo hay que tomar la precaución, para que sean eficaces, de recolectarlas antes de que se hayan abierto completamente. La infusión se hace a razón de 25 gramos de flores secas por cada litro de agua.

ROBLE: Los druidas le deben su nombre, que es un derivado de la palabra celta deru, los romanos trenzaban con él coronas para honrar a los generales vencedores, y San Luis se instala a su sombra para impartir justicia. En medicina, es su corteza la que se utiliza, debido a su fuerte contenido en tanino que lo convierte en un notable astringente.

ROMAZA: Se trata de un fortificante. Su raíz tiene la propiedad de asimilar el hierro del suelo, fijarlo y transformarlo en hierro orgánico. Resulta pues muy utilizada, sobre todo para la preparación de un vino tónico y reconstituyente cuya receta es la siguiente:

Tomar 200 gramos de raíces secas trituradas, un poco de regaliz y de enebro, y hacerlo macerar todo en 2 litros de vino tinto azucarado. Hacer hervir al cabo de veinticuatro horas hasta la reducción de un tercio aproximadamente. Filtrar, luego conservar en un frasco bien tapado.

RUDA: Las hermosas romanas la utilizaban —no siempre con éxito— como abortivo. Luego se ha confirmado que esta hierba produce una congestión sanguínea y una estimulación de las fibras musculares del útero que pueden, a veces, provocar la expulsión del feto. Es pues desacon­sejable para las mujeres encintas. Una vez indicada esta precaución esencial, hagamos notar que en infusión da excelentes resultados en los casos de amenorrea, es decir cuando las reglas son raras o inexistentes, lo cual, naturalmente, puede darle a una mujer la impresión de que está esperando un niño.

RUIBARBO: Todo el mundo conoce las deliciosas compotas que se hacen con sus venillas, puesto que las hojas en sí son tóxicas. Se cita menos a menudo, en cambio, el vino de ruibarbo, del que Jean Palaiseul (op. cit.) da la receta:

«Hacer macerar durante cuarenta y ocho horas en un litro de buen vino tinto o blanco, de 60 a 80 gramos de raíz de ruibarbo triturada, de 10 a 15 gramos de raíz de genciana, de 8 a 10 gramos de raíz de angélica; pasar exprimiendo a través de un paño».

Tomada a pequeñas dosis, esta bebida es tónica. Se vuelve purgante cuando se aumenta la cantidad, y no conviene hacerlo más que con prudencia, si se desean evitar algunos desarreglos.

SALICARIA: Son los sauces, a cuya sombra medra, quienes le han dado su nombre. Astringente y hemostática, sirve, en decocción, (50 gramos de plantas secas para un litro de agua), para tratar las inflamaciones de la mucosa gastroin­testinal y las diarreas.

SAPONARIA: Esta «hierba jabón» lo limpia todo, desde la ropa hasta el organismo. Los médicos árabes la recomenda­ban contra la lepra. Hoy en día se han encontrado otros remedios mejores, lo cual es de agradecer. Queda el hecho de que sus hojas, y más aún sus raíces, poseen propiedades depurativas y diuréticas innegables, que hacen de ella un remedio contra los reumatismos y las enfermedades de la piel tales como el acné. Se prepara en infusión utilizando 25 gramos de hojas o de raíces secas para un litro de agua.

SAÚCO: He aquí otro arbusto del que todas sus partes, las hojas, las flores, los frutos e incluso la corteza, pueden ser utilizados.

Los frutos, en primer lugar, cuyas propiedades laxantes son conocidas desde la edad de las cavernas. Las hojas a continuación, diuréticas y depurativas, que permiten fabri­car un «té» caro al abate Kneipp. «Tomad de seis a ocho hojas de saúco, escribía el siglo pasado, cortadlas a trozos pequeños, como se hace con el tabaco, y hacedlas hervir durante aproximadamente diez minutos. Todas las maña­nas, una hora antes de vuestro desayuno, tomaréis una taza de este té durante toda la duración de vuestra cura primaveral. Este simple té depurativo limpia la máquina del cuerpo humano de una forma excelente...»

Las flores, después, que una vez secas proporcionan en infusión un remedio contra la gripe y las fiebres infantiles.

La corteza, finalmente, de la que se extrae una decocción excelente en caso de hidropesía.

TANACETO: De la misma familia que el ajenjo, es utilizado principalmente como vermífugo. Beber por las mañanas en ayunas una infusión de flores (5 gramos aproximadamente para una taza de agua), o administrar en lavativa (30 gramos de flores en infusión en un litro de agua hirviendo salada).

TILO: Conocemos ya las propiedades de la albura del tilo, pero sus flores poseen cualidades que tampoco son de despreciar. Frescas o secas, permiten preparar infusiones calmantes particularmente recomendadas en casos de

insomnios, de dolores de cabeza, de palpitaciones y de angustias.

TUSÍLAGO: Es una planta extraña, cuyas flores se abren antes de que hayan aparecido las hojas, lo que no impide de ningún modo el que se puedan utilizar indiferentemente las unas y las otras, puesto que sus propiedades son idénticas.

En infusión (de 30 a 40 gramos para un litro de agua), curan las bronquitis crónicas, los resfriados y la sinusitis. En decocción (las proporciones son idénticas), proporcio­nan un gargarismo desinfectante, notable contra las an­ginas.

VALERIANA: Es un poderoso calmante que es adecuado tanto en los casos de histeria, de epilepsia, de depresión nerviosa, de convulsiones, como para curar las migrañas y

los calambres.

De hecho, es el rizoma lo que se utiliza, ya sea para preparar infusiones (100 gramos para un litro de agua), ya sea para confeccionar decocciones que se añaden al agua del baño.

VERBENA: Era la hierba mágica por excelencia, utilizada por los druidas para perfumar el agua con la cual lavaban sus altares. Hoy en día, se consume en infusión, y se revela particularmente benéfica para las mujeres encintas, a las que tonifica el útero, y para las madres lactantes, a las que aumenta las secreciones lácteas.

Contra los lumbagos y las ciáticas, permite realizar cataplasmas que calman muy rápidamente el dolor.

VIOLETA: A los habitantes de la ciudad les cuesta imaginar que esta hermosa florecilla, delicadamente perfumada, sea la base de unas tisanas expectorantes particularmente eficaces. 5 ó 6 gramos de violetas secas en un litro de agua hacen más para curar los resfriados y las bronquitis que muchos otros remedios complicados.

VULNERARIA: Una planta vulneraria, en el lenguaje de los fitoterapeutas, es una planta que ayuda a la cicatrización de las heridas, y ésta hace honor a su nombre. Pero permite también preparar un vino recomendado para las mujeres que tienen problemas menstruales.

Hacer macerar 50 gramos de flores secas en un litro de vino blanco seco. Filtrar y conservar en una botella bien tapada. Tomar un vaso de vino antes de cada comida.

ZARZAPARRILLA: Los «Pitufos», estos encantadores personajillos de historieta, la encuentran deliciosa. De hecho, durante mucho tiempo se ha creído que esta planta, originaria de México y pariente próxima de la enredadera picante de Europa, curaba las enfermedades venéreas y, en particular, la blenorragia y la sífilis. Eso no es en absoluto cierto, pero sus cualidades, al mismo tiempo diuréticas y desinfectantes, hacen de ella un excelente auxiliar de los tratamientos químicos de estas enfermedades.

Y SIEMPRE LA BELLEZA

—Dime, primo, si te lo pidiera con insistencia, ¿harías el amor con la persona que hay aquí? —preguntó Erzsebeth, con un estallido de risa.

—¡Por supuesto que no! —respondió el agraciado caballero—. Ni que me fuera en ello la cabeza. Es demasiado fea y vieja.

Respuesta que no podía ser más funesta, ya que la vieja mujer la oyó. Irguiendo penosamente su arqueada espalda, miró fijamente a Erzsebeth Bathory a los ojos y le lanzó:

—No te burles, condesa, porque un día tú también serás como yo, y entonces notarás mucho más que yo la ausencia de los hombres.

La joven, sin embargo, estaba todavía en lo más esplendoroso de su belleza. Descendiente de una de las más antiguas familias de Hungría, emparentada con los Habsburgo de Austria, se había casado hacía algunos años con Ferenc Nadasky, cinco años mayor que ella y, además, inmensamente rico. Tras los primeros días, ella había empezado a engañarle, principalmente con Ladislas Bende, que cabalgaba cerca de ella. Todo aquello debería haberla tranquilizado. Sin embargo, la aterró. Regresó con las bridas sueltas a su castillo de Csejthe, una impresionan­te y siniestra fortaleza erigida sobre un espolón rocoso de los Cárpatos. Con un gesto, rechazó a su atractivo amante y corrió a refugiarse en una habitación extraña, cubierta de espejos, que había hecho instalar hacía unos meses. Allí, completamente desnuda, espió durante varias horas las acechanzas de la edad sobre su magnífico cuerpo.

La hermosa condesa tenía pánico a envejecer. Desde hacía ya mucho tiempo utilizaba todos los elixires y todas las pomadas que le preparaban con gran secreto médicos y alquimistas. Desde hacía tiempo, tenía el convencimien­to de que la sangre fresca de alguna joven virgen sería sin duda mucho más eficaz. La réplica de la vieja mujer la hizo penetrar en la locura. Ayudada por Dorko, un enano monstruoso, y de Jo liona, su nodriza, hizo, en una decena de años, matar en las más horribles condiciones a más de novecientas jóvenes.

Para recoger su sangre, inventó los más abominables instrumentos de tortura, entre los cuales, una jaula erizada de púas. Encerraba allí a sus víctimas, completamente desnudas, y luego hacía izar la jaula hasta el techo. Tras lo cual Jo liona y Dorko, armados con un largo atizador calentado al rojo, obligaban a las desgraciadas a debatirse para que se hirieran con los hierros. Muy pronto, era una auténtica ducha de sangre lo que caía sobre su dueña.

El segundo invento de la condesa maldita era una especie de autómata que tenía la apariencia de una mujer joven. Nada faltaba en él, ni los cabellos ni los ojos de porcelana. Pero esta virgen de hierro estaba hueca y, cuando se encerraba en ella a una mujer, largos puñales entraban en movimiento, lacerando su carne hasta que la sangre empezaba a fluir y, siguiendo un canal practicado en el suelo, iba a llenar la bañera donde aguardaba Erzsebeth.

Y esto duró diez años, hasta la llegada al castillo de liona Harczy, una joven cantante vienesa de dieciséis años. Erzsebeth la había invitado a Csejthe a fin de que pudiera reposar su voz en el aire puro de las montañas. La noche de su llegada, tras haberle cosido los labios para impedirle gritar, trababa conocimiento con la virgen de hierro. A la mañana siguiente, su anfitriona anunciaba que había muerto súbitamente durante la noche, y ordenaba que se celebraran unos magníficos funerales.

La desaparición de una joven de la buena sociedad pasó menos desapercibida que la de las pequeñas campesinas. El pastor Ponikenus, que al principio se había negado a celebrar el servicio fúnebre, para terminar luego accedien­do a condición de que se desarrollara de la manera más sencilla, no dejaba de pensar que, el día de su llega­da, la cantante no parecía en absoluto enferma. Expu­so sus temores a György Thurzo, gran paladín de la alta

Hungría.

Este último tenía ya sus dudas. Decidió intervenir y ordenó la entrada de la policía en el castillo. El 2 de enero de 1611, descubría en él los instrumentos de tortura puestos a punto por Erzsebeth. Inmediatamente, ordenó el arresto de Dorko y de Jo liona, así como de una decena de otros servidores, que no tardaron en confesar las horribles cosas de las que habían sido cómplices. Fueron condenados a muerte y, el mismo día de su ejecución, los albañiles emparedaron todas las salidas de Csejthe, donde permane­cía encerrada la condesa. Iba a sobrevivir todavía tres años, pese a la soledad, pese a la falta de alimentos. ¿De qué modo consiguió resistir? Nadie lo sabe.

Lo que Erzsebeth Bathory había pedido a la sangre humana hubiera hecho mucho mejor buscándolo en la de las plantas, en su savia, en sus jugos, que contienen todos los principios vitales capaces de preservar la belleza y de impedir, en la medida de lo posible, por supuesto, que la piel envejezca. Éste es principalmente el caso de todas las aguas de Smith, de Colonia o de miel.
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