Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani




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DOMINGO


Comida

— Ensalada

— Pierna de cordero al spiedo (al ast)

— Judías verdes (CHAUCHAS) cocidas al vapor

— Fruta

Cena


— Medio pomelo

— Gratinada delfinesa de leche y huevos

— Queso

— Huevos con leche

LUNES

Comida


• Fiambres (servir muy de tarde en tarde)

• Bistec (bife) a la brasa con hierbas

• papas cocidas en las cenizas Ensalada

Cena


Potaje de verduras (sopa de verduras) Tortilla con tomate Queso Fruta

MARTES

Comida


—Paté

— Pollo asado

— Ensalada de berros

  • Queso



Cena


— Sopa de cebolla

— Endivias estofadas

— Queso

— Fruta

MIÉRCOLES

Comida


— Entremeses (entradas) de pescados

(con aceite, en escabeche, ahumados)

  • Salteado de ternera

  • Jardinera de verduras

— Ensalada

— Queso

Cena


— Sopa de soja

— Huevos al plato (con o sin tocino)

— Ensalada

— Queso

JUEVES

Comida


— Ensalada mixta

— Rustido de cerdo (cerdo al horno)

— Judías blancas (POROTOS) estofadas

— Crema helada

Cena


— Huevos al plato

— Berenjenas salteadas

— Ensalada

— Queso

VIERNES

Comida


— Mariscos

— Filetes de pescado con acedera

— Ensalada

— Fruta

Cena

— Sopa de pescados, con pan frito al ajo y roya

— Tomates a la provenzal

— Queso

— Huevos a punto de nieve

SÁBADO


Comida

— Huevos duros con mayonesa

— Rosbif con papas fritas

— Ensalada

— Sorbete (helado de agua)

Cena

— Arroz a la española

— Ensalada

— Mousse de chocolate a la corteza de naranja

Estos menús, naturalmente, no tienen más que un valor indicativo. Corresponde a cada ama de casa el inspirarse, satisfaciendo el gusto particular de su «mesa» al tiempo que la sacia, para elaborar comidas que respeten un cierto equilibrio y, sobre todo, aporten cada día a cada organismo todos los elementos —sales minerales, lípidos, prótidos, vitaminas— que necesita.

Lo más importante es no servir comidas pantagruélicas, de las que se dejaría la mitad y cuyas excesivas grasas serán mal asimiladas. Lo esencial es proporcionarle al cuerpo los «carburantes» que necesita para que se desarrolle armoniosamente y permita al individuo hacer frente a todas sus tareas cotidianas.

«Hay que comer para vivir y no vivir para comer.» Quien escribió esto fue Moliere y, aunque en boca de Harpagón esta sentencia tomó una entonación cómica, de tal modo revelaba la sórdida avaricia del personaje, el precepto sigue siendo válido.

Los alimentos son indispensables para la vida. Consu­mámoslos razonablemente y viviremos bien, en todos los sentidos de la expresión.

UNA FARMACIA EN LA COCINA

Acodado a la barandilla, el hombre contempla tristemente las pequeñas olas que chapotean al pie del estrave. De tanto en tanto, levanta los ojos hacia las velas que cuelgan fláccidas al extremo de sus vergas. Hace ya días y días que la nave se halla en plena calma chicha, prisionera de una mar de aceite. Y el hombre sueña en su país, que tal vez no vuelva a ver. En Amsterdam la hermosa, en La Haya la industriosa donde le aguardan su esposa y sus hijos. En esa Holanda donde el viento que viene del mar hace girar los molinos y ondular los campos de tulipanes.

Es mejor esto, de todos modos, que pensar en su estómago que le tortura, en el hambre que va corroyendo sus fuerzas, y sobre todo en el escorbuto que le acecha como a todos sus camaradas. Dos marinos han sido alcanzados ya, y uno no puede hacer más que compade­cerse por ellos, ya que todavía no existe ningún re­medio contra esta terrible enfermedad que ataca a los nave­gantes.

Dentro de poco, como la víspera, deberá contentarse con un trozo de galleta rancia, ya que el pañol está vacío y el capitán ha racionado los víveres.

Entonces el hombre se revuelve. Aprovechándose de que nadie lo mira, se desliza en la bodega con la esperanza de tener la suerte de capturar una rata. Sin hacer ruido, se desliza por entre los fardos de tubérculos que la nave trae del Nuevo Mundo para mayor alegría de los horticulto­res de la Frisia o del Brabante. Son la debilidad de los roedores. Lo sabe, y se pone al acecho. Y, mientras aguarda, una idea se abre camino en su mente. Puesto que a las ratas les gusta esta cosa extraña, que no se utiliza todavía más que para producir unas flores muy decorativas, esto quiere decir que es comestible. Así pues, ¿por qué no roer una para engañar un poco al hambre?

Entonces el hombre saca su gran cuchillo de marinero, revienta uno de los fardos, elige un tubérculo bien firme y corta con un gesto rápido la nacarada carne. Cuando va a llevarse a los labios el pedazo tiene un momento de duda. ¿Y si aquello va a envenenarle, puesto que todo el mundo sabe muy bien que la propia planta es venenosa? Pero se tranquiliza. Si esta raíz no fuera comestible, las mismas ratas estarían todas muertas.

Durante algunos minutos, mastica la jugosa carne, y finalmente se decide a engullirla. El primer trozo cuesta que pase, pero el resto desciende mejor. Cuando vuelve al puente, se ha comido una papa entera.

Durante la noche siguiente no puede dormir. Crispado en su coy, aguarda los primeros síntomas del envenena­miento. Cuando llega su turno de trabajo, todavía no se ha producido nada. Se tranquiliza. Durante los siguientes días, realiza frecuentes visitas a la bodega, en compañía de sus mejores amigos, a los cuales ha revelado su secreto. Cuando finalmente llega el viento, sólo los que han hecho como él se hallan en condiciones de maniobrar la nave. Todo el resto de la tripulación está abatida por el escorbuto.

Al capitán, que quiere saber lo ocurrido, le explican su latrocinio. Toma buena nota y, de regreso a su puerto de amarre, comunica el fruto de sus observaciones a las autoridades. Naturalmente, aún se ignora que es la vitamina C contenida en la Solanum tuberosum —más vulgarmente conocida como papa— lo que ha protegido a esos hombres, pero en esos tiempos se confía más en el valor de la experiencia, de modo que se aprovisiona ampliamente con este tubérculo a todas las tripulaciones que efectúan trayectos largos.

¿Aventura romántica, relato puramente imaginario? Evidentemente. La historia no ha retenido el nombre del primero que se dio cuenta de que la papa cruda era un potente antiescorbútico, ni las circunstancias de su descu­brimiento. Sin embargo, fue preciso que un día un hombre, un holandés, lo descubriera, dando así a su país el medio de asegurarse la supremacía marítima de los viajes largos. Como fue necesario también, casi un siglo más tarde, que un británico observara que la lima, una variedad de li­nón de las Indias, poseía efectos aún más radicales, al tiempo que se conservaba de una forma mucho más cómoda.

Este descubrimiento fue considerado incluso tan importante que fue clasificado inmediatamente como «secreto militar» por el Almirantazgo. Lo que le valió a la Navy destronar a la flota holandesa.

Los limones y las papas es algo que todas las amas de casa conservan hoy en día en su heladera o en su despensa. Como almacenan también un cierto número de verduras de as que tan sólo conocen sus cualidades alimenticias, sin sospechar en lo más mínimo que puedan poseer, además, virtudes curativas. Así es, sin embargo, y vamos a examinarlas metódicamente, por orden alfabético, antes de pasar a las propiedades de las plantas aromáticas, para terminar con las de las frutas.
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