Los remedios de la abuela jean Michel Pedrazzani




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MAL ALIENTO: El mal aliento no sólo es molesto para aquellos que se nos acercan. Es también signo de un desarreglo más profundo que puede ser de origen gástrico, hepático o dental. No se puede pues, para hacerlo desaparecer, contentarse con masticar efluvios, sino que, por el contra­rio, hay que buscar y curar, una vez disimulado, el mal que lo provoca.

—Mal aliento provocado por algunos alimentos (ajo, cebolla, etc.): Maurice Mességué aconseja masticar una ramita de perejil o algunos granos de café. Estos dos remedios pueden ser también útiles cuando el olor desagra­dable es provocado por el mal funcionamiento de un órgano o una caries dental, pero su efecto es muy limitado en el tiempo.

MAREOS EN LOS VIAJES: ¿Quién no se ha visto afectado por este famoso mal de los transportes, que se manifiesta la mayor parte de las veces en coche, pero en algunas ocasiones también en avión? Para evitarlos, la cantante Mick Micheyí, que es también una notable magnetizadora, recomienda sujetarse en la piel del estómago, con ayuda de un trozo de tela adhesiva, un manojo pequeño de hojas de perejil.

MIGRAÑAS: Éste era el recurso de las hermosas marquesas, que lo utilizaban y abusaban de él para librarse de los cortejadores inoportunos. Actualmente ya no es una excusa, puesto que todo el mundo sabe que bastan algunos comprimidos para hacerlas desaparecer. Pero nuestro ritmo de vida hace que las migrañas sean cada vez más frecuentes, y en consecuencia se necesitan más y más pastillas para calmarlas. Lo cual nos conduce a envenenar­nos poco a poco, mientras que algunas sencillas tisanas serían muchas veces tanto o más eficaces.

—Preparar una infusión echando una cucharada de café de granos de anís en una taza de agua hirviendo. Embeber con ello dos compresas. Tenderse de espaldas y relajarse aplicándose las compresas sobre cada sien.

—Hacer una infusión, en una taza de agua hirviendo, con 5 gramos de hojas y flores de calaminta. Beber tras las comidas.

—Machacar algunas cerezas hermosas y bien maduras. Hacer con ellas un emplasto, que se aplicará sobre la frente, mientras se permanece tendido.

—Machacar una rodaja de limón bastante gruesa, y mezclarla con una taza de café. Beber el resultado.

—Preparar una compresa con el jugo de un limón ligeramente salado, y aplicarla sobre la frente.

—Cortar dos buenas rodajas de limón. Aplicarlas sobre las sienes y mantenerlas durante un cuarto de hora.

—Hacer una infusión con un litro de agua y 30 gramos de hojas o de flores de melisa. Beber fresca. Esta poción presenta además la ventaja de ayudar a las digestiones difíciles, que a veces pueden ser causa de migrañas.

—Hacer una infusión con 10 gramos de hojas de naranjo y flores de azahar en medio litro de agua. Beber caliente o fría.

—Tomar sobre un terrón de azúcar algunas gotas de agua de azahar.

—Cortar dos buenas rodajas de papa y aplicarlas sobre las sienes del mismo modo que las rodajas de limón.

—Hacer una infusión con un pellizco de romero en una taza de agua. Beber caliente o tibia.

—Hacer una infusión con 15 gramos de tomillo en un litro de agua. Beber aromatizándola con un alcohol ligero o, mejor, con algunas gotas de agua de azahar.

OBJETOS TRAGADOS: Es el terror de las madres cuyos niños se lo llevan todo a la boca. Por supuesto, si el objeto en cuestión es de un cierto tamaño, es preferible prevenir inmediatamente al médico, como también si es particular­mente cortante o acerado. Si no, no hay de qué alarmarse. Basta simplemente con proporcionarle al imprudente los medios de envolver el cuerpo extraño de modo que pueda atravesar todo el organismo sin crear ninguna lesión y ser evacuado por las vías naturales. Éstos pueden ser:

—tallos de espárragos, cuyas fibras leñosas se enrolla­rán alrededor del intruso;

—pequeños copos de algodón embebidos en aceite;

—hojas de puerro.

PICADURAS DE INSECTOS: ¿Qué niño —o qué adulto—, recorriendo el campo durante un fin de semana, no ha sido víctima de un pequeño animal volador o reptador que le ha dejado, a menudo durante varias horas, el recuerdo de un agudo dolor? Sin embargo, estas pequeñas picaduras no deberían estropear nunca un día de descanso, puesto que es muy fácil calmar rápidamente el dolor que provocan.

—Cortar un limón en dos y friccionar vigorosamente el enrojecimiento que señala el lugar de la picadura. La sensación de ardor desaparece instantáneamente.

—Friccionar, como para las quemaduras, la región dolorida con una mezcla de clara de huevo y aceite de oliva.

—Machacar algunas hojas de perejil y embadurnar con ellas la picadura. Se pueden emplear también hojas machacadas como cataplasma.

—Cortar una cabeza de puerro en dos y frotar con ella el lugar donde ha penetrado el aguijón.

—Echar sobre el lugar dolorido algunas gotas de jugo de ajedrea.

—Se da por descontado que todos estos pequeños trucos son válidos tan sólo en el caso en que el paciente ha sido víctima de una sola, o como máximo de unas pocas picaduras. No hay que olvidar que los insectos son portadores de veneno, y que éste, inyectado en fuertes dosis, puede ser peligroso. En caso de ataque por un enjambre, es absolutamente necesario acudir a un médico.

—Además, si se trata de picaduras de abeja, estos diferentes remedios no podrán aportar alivio más que a condición de que antes de aplicarlos se haya tomado la precaución de retirar el aguijón, si es que se ha quedado clavado en la capas superficiales de la piel.

PICOR EN LOS OJOS: Este picor puede ser debido al cansancio, al humo, incluso a la falta de humedad en el aire. Puede calmarse muy rápidamente gracias a una loción, obtenida a base de hacer una infusión de algunas hojas de aciano en medio vaso de agua; aplicar en compresas tibias.
QUEMADURAS: Son el tributo de todas las cocineras, y también de los jóvenes imprudentes. Afortunadamente, a excepción de la azucena, que no se encuentra más que en las floristerías, cerca de la cocina está todo lo necesario para calmar rápidamente el dolor.

—Hacer macerar unos pétalos de azucena en aceite de oliva o alcohol. Empapar un algodón con esta preparación y untar con ella la quemadura.

—Partir en dos una papa y aplicarla sobre la parte dolorida.

—Mezclar dos cucharadas de aceite de oliva con una clara de huevo y aplicar sobre la piel.

REUMATISMOS: Las crisis agudas deben, por supuesto, ser objeto de un tratamiento médico a menudo de larga duración. Pero los ataques más benignos pueden ser muy bien curados en casa, sin ayuda de nadie.

—Hacer una decocción de camomila. Empapar con ella unas compresas y aplicarlas tibias sobre la parte dolorida.

—Tomar las hojas grandes de una repollo. Quitar el nervio central, luego machacarlas ligeramente con ayuda de un rodillo de pastelero. Calentarlas sobre una fuente de calor —un radiador, por ejemplo—, y aplicarlas, en varias capas, sobre la articulación afectada. Mantener en su sitio mediante un vendaje.

—Picar cinco puñados grandes de salvia fresca. Mezclar la pasta obtenida con 500 gramos de mantequilla. Hacer hervir durante unos quince minutos a fuego suave. Colar. Dejar enfriar la preparación, que puede conservarse luego en un tarro de cerámica. Apenas aparezcan los primeros dolores, masajear la región afectada haciendo penetrar el ungüento.
SABAÑONES Y GRIETAS: Son provocados por el frío. La mayor parte de las veces son los labios los que resultan más afectados, en primer lugar porque su piel es muy frágil, en segundo porque están húmedos muy a menudo. Pero las grietas pueden atacar igualmente a los dedos de las manos y de los pies, los cuales duelen entonces terriblemente.

—Tomar arcilla seca y reducida a polvo. Mojarla con aceite de oliva hasta que recupere la consistencia de la pasta de modelar. Aplicar en cataplasma sobre las extremi­dades afectadas.

—Hacer hervir 20 gramos de brotes de álamo en 100 gramos de manteca de cerdo durante una media hora. Dejar enfriar. Aplicar la pomada así obtenida sobre las partes enfermas.

Este bálsamo, que es particularmente adecuado para los labios y las comisuras de la boca, puede también ser empleado como preventivo en lugar de otras preparaciones que se venden en farmacias. Su eficacia, además, es claramente superior a la del lápiz labial.

—Tomar un buen pellizco de flores de caléndula se­cas, echarlas en agua hirviendo y dejarlas allí durante un buen cuarto de hora. Filtrar y hacer un masaje con el líquido.

TOS (ACCESOS DE): Hay fumadores impenitentes que, mien­tras se ponen a toser encienden otro cigarrillo. El milagro reside en que generalmente, después de algunas chupadas, su tos cesa. Se trata sin duda de lo que se llama curar el mal por el mal, aunque tal ejemplo no sería recomendado por nadie. Es preferible recurrir a la receta, además deliciosa, que indica Jean Palaiseul en Nos grand-méres savaient (op. cit.): «Cortar en rodajas dos o tres manzanas grandes no peladas en un litro de agua fría; añadir algunos trozos de regaliz, y hacer hervir durante un cuarto de hora; filtrar, beber a discreción, sin azucarar».

VERRUGAS: ¡Cuántos tratamientos costosos y más o menos dolorosos, cuando no se trata de auténticas operaciones quirúrgicas, para librarse de estas pequeñas excrecencias carnosas indeseadas! ¿Pero por qué ir a buscar tan lejos lo que la naturaleza nos pone al alcance de la mano?

—La celidonia, por ejemplo, que crece al borde de los caminos y en las viejas paredes, y cuyo amarillento jugo que rezuma cuando se corta su tallo quema las verrugas en tan sólo unos días.

—Los guisantes (arvejas) también, cuyas vainas contienen en su interior un jugo que las ataca.

—Las papas, finalmente, que una vez ralladas y aplicadas en cataplasma dan el mismo resultado.

No hay ninguna erupción pequeña, ninguna heridita, que no pueda ser aliviada y curada utilizando simplemente los remedios que la naturaleza pone cotidianamente al alcance de la mano del ama de casa. Ya se trate de verduras, de aromatizantes, incluso de especias, todas estas plantas que hallamos cada día en nuestro plato nos ayudan a vivir mejor, evitándonos el tener que atiborrarnos de medica­mentos que, si bien tienen un efecto benéfico al primer momento, pueden ser peligrosos a largo plazo.

Éste es, por ejemplo, el caso de la aspirina. Ciertamen­te, todos los médicos están de acuerdo en reconocer que constituye un remedio precioso, sin duda uno de los mejores. Pero todos admiten también que, consumida a fuertes dosis, llega a provocar ulceraciones gástricas que pueden ser graves. No deja de ser tentador, cuando uno tiene dolor de cabeza o de muelas, cuando se siente venir la gripe, acudir al tubo de comprimidos. No se piensa en ese momento en las consecuencias ulteriores de este gesto repetido demasiado a menudo, ya que tan sólo se espera de él un resultado rápido y radical.

Es sin embargo casi tan sencillo curarse con una de las preparaciones a base de limón que hemos indicado, o con cualquier otro «remedio casero», aunque haya que esperar un poco más de tiempo los resultados y soportar el dolor unos pocos minutos más. Sin embargo, ¡qué garantías de futuro se hallan disimuladas bajo este pequeño calvario suplementario!

EL ETERNO FEMENINO

Incontestablemente, la señora de Brézé, condesa de Maulévrier, era sin la menor duda la mujer más hermosa de su tiempo. Pero, lo que es mejor, supo seguir siéndolo durante toda su vida, en una época en la cual, las mujeres aún más que los hombres, envejecían aprisa y mal. Puesto que aquella mujer cuyo recuerdo ha guardado la historia bajo el nombre de Diana de Poitiers no olvidaba ningún cuidado para conservar intacta esta belleza que la suerte le había prodigado desde su nacimiento ni para protegerla del deterioro de los años.

Sus recetas, desgraciadamente han permanecido secre­tas, y se sabe tan sólo que, como Cleopatra, tomaba baños de leche que conservaban su piel tersa y aterciopelada. Por lo demás, debemos contentarnos con conjeturas, puesto que sirvientes y doncellas no han desvelado nunca la misteriosa alquimia que permitía a su dueña parecer gozar de una eterna juventud.

Lo que sí es cierto, en cambio, es que todas sus lociones, todos sus bálsamos, todos sus ungüentos eran a base de plantas. Y de plantas muy comunes. Lo cual no le fue nada mal, puesto que, tras haber llamado la atención de Francisco I —al cual se resistió victoriosamente, pese a las calumnias de Víctor Hugo en El rey se divierte—, se convirtió en la amante de su hijo, el futuro Enrique II, en cuyo corazón reinó hasta su muerte.

El flechazo se produjo un hermoso día de 1536. El joven príncipe acababa de cumplir los diecisiete años. ¡Diana tenía veinte años más que él! Durante treinta años, iban a vivir un idilio fuera de lo común, en medio de torbellinos e intrigas, sin que su amor resultara jamás marcado ni por la edad, que terminó finalmente señalando a la hermosa duquesa, ni por las tortuosas intrigas de los grandes señores, que veían con mal ojo el que aquella «vieja dama» condicionara la política de su país.

Cuando ella murió, a los sesenta y siete años, se hallaba aún en plena florescencia de su belleza.

Se trata por supuesto de un caso excepcional, y muy pocas mujeres, incluso en nuestros días, podrían vanaglo­riarse de una tal longevidad de su seducción, ni siquiera tras haber utilizado todos los recursos y todos los artificios de la cirugía o de la cosmetología moderna. De todos modos, no hay que preocuparse; si una mujer de hoy en día no puede ofrecerse un «peeling», un «lifting» o un remodelaje del seno por medio del poliestireno, no tiene tampoco por qué desesperarse. Sin llegar a ser una Diana de Poitiers, cualquier mujer puede descubrir en su cocina, a fin de cuentas su reino particular, todos los ingredientes necesarios para realizar eficaces mascarillas de belleza o para confeccionarse pequeños remedios que terminarán con sus pequeños males.
ACNÉ: Esta enfermedad de la juventud hace muy desgracia­das a las mujercitas que se ven afectadas por ella. He aquí, para consolarlas, un tratamiento que, al menos, tiene el mérito de no limpiar mucho sus bolsillos al tiempo que hace desaparecer sus estigmas.

En primer lugar, no utilizar cualquier tipo de jabón para lavarse. Se elegirá preferentemente uno azufrado, y no se vacilará en frotar vigorosamente.

En segundo lugar, vigilar el régimen alimenticio, aprovechando al máximo las propiedades diuréticas de algunas verduras de las que ya hemos hablado.

Finalmente, en cada comida, es conveniente masticar un nabo crudo. Es excelente, sobre todo si se toma la precaución, cada día, de aplicar sobre las espinillas del acné un tomate fresco cortado en dos.

Se pueden aplicar también sobre el rostro cataplasmas de harina de maíz.

ACNÉ ROSÁCEO: Es provocado por una inflamación de las glándulas cutáneas del rostro. Su aparición se produce por otro lado de una forma muy insidiosa, puesto que empieza con pequeños puntos rojos prácticamente invisibles que se transforman poco a poco en pústulas, las cuales se extienden, ganan terreno y, finalmente, se reúnen para formar una red inextricable de manchas rojas.

De acuerdo, el acné rosáceo es una enfermedad que afecta esencialmente a los alcohólicos. Pero las mujeres más sobrias pueden también ser sus víctimas, principalmen­te cuando superan la difícil etapa de la menopausia. Es conveniente pues, desde la aparición de los primeros enrojecimientos, reaccionar sin tardanza.

La decocción de hojas de lechuga, aplicada por la mañana y por la noche, es un excelente remedio, que presenta además la ventaja de atenuar las quemaduras de las insolaciones. Pero, si se puede preparar una decocción con las semillas de lechuga y no solamente con sus hojas, se obtendrá un agua aún más eficaz.
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