Carlos pérez mejías 2º Licenciatura en Geografía Geografía Rural Curso 2007/2008




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títuloCarlos pérez mejías 2º Licenciatura en Geografía Geografía Rural Curso 2007/2008
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Riesgos


Entrando ya en el tema de los riesgos, observamos de 4 clases, los cuales iremos desarrollando más adelante –no necesariamente en este orden-:

  • 1.- Riesgos sanitarios: ej. potencial alérgeno de los nuevos alimentos recombinantes..

  • 2.- Riesgos ecológicos: ej. reducción de la biodiversidad silvestre...

  • 3.- Riesgos sociopolíticos: ej. reducción de la biodiversidad agropecuaria, incremento de las desigualdades Norte-Sur a consecuencia de la “tercera revolución verde” basada en la ing. genética.

  • 4.- Riesgos para la naturaleza humana: ej. difusión de ideologías y prácticas eugenésicas, creación de nuevas “razas” de seres humanos para realizar cometidos específicos...


Hoy en día, sólo los del primer tipo (sanitario) se están teniendo en cuenta, mientras que los otros tres apenas se consideran, o no se tienen en cuenta en absoluto.

Vamos a profundizar en los riesgos ecológicos:

En la manipulación genética se extreman ciertas propiedades de los genes, más resistencia frente a los tóxicos, más capacidad de sintetizar productos químicos... es obvio que extremar estos “extremos” implica crear riesgos de desestabilización o ruptura de equilibrios naturales y sociales existentes.

Pongamos varios ejemplos:

Ej nº 1. La transferencia horizontal de genes entre diversas especies a través de los vectores empleados en ing. genética pueden crear graves problemas de “contaminación genética” y en el peor de los casos, “superpatógenos”.

Esos elementos genéticos parasitarios, pueden saltar de unas células a otras, introducirse en el genoma y salir de él, multiplicarse en las células y persistir en estado latente en el medio ambiente, por lo que una vez sueltos, es imposible controlarlos o recuperarlos.

Así, se crean nuevos patógenos, y muchas veces resistentes a muchos antibióticos.
Ej. nº 2. Por otra parte, pueden haber efectos en cadena en los ecosistemas y agrosistemas. Uno de los problemas previsibles de la utilización masiva de plantas transgénicas resistentes a los herbicidad y equipadas con toxinas insecticidas sería la drástica disminución de insectos y muchas hierbas en los campos, que sirven a su vez de alimento a aves y otros animales.

Además, las toxinas insecticidas se acumulan en el suelo, y tienen impactos devastadores sobre insectos polinizadores y sobre el propio suelo.

De todo esto se deduce un gran riesgo: el medio ambiente es impredecible, y los experimentos en un laboratorio no garantizan cuál será el comportamiento del organismo transgénico en el medio ambiente, que se convierte así en laboratorio en cada nueva liberación.
Por ejemplo, se manipuló a una bacteria de suelo, para que fuera capaz de “digerir” restos agrícolas y ganaderos produciendo etanol. Se suponía que los restos podrían emplearse para fertilizar el suelo. Parecía una idea redonda, pero el suelo abonado de esta manera se esterilizaba, las semillas morían al poco de brotar. ¿La explicación? La bacteria transgénica era fuertemente competitiva con los microorganismos naturales del suelo, y dañaba a unos microorganismos procedentes de la simbiosis de hongos con las raíces de las plantas, que son esenciales para la alimentación. Es un ejemplo que cómo algo teórico, luego en la realidad no se cumple.
Sigamos ahora con otro argumento de las transnacionales,

Habiéndose realizado miles de pruebas de campo con organismos transgénicos, no se han detectado por ahora efectos nocivos inesperados.
En respuesta podemos decir que hay efectos que pueden no aparecer a corto plazo, pero sí a medio y largo. Y si no se detectan efectos nocivos, es porque sencillamente tampoco se buscan, no se hacen las preguntas adecuadas. Como dicen los anglosajones, “no miro para no ver”.
También es difícil justificar que alguien ha enfermado debido al consumo de alimentos transgénicos, porque sencillamente aunque llevan consumiéndose años en EEUU, no han sido etiquetados.
Pongamos un ejemplo descriptivo sobre el peligro de transnacionales como Monsanto:
En 1993, los EEUU dieron permiso a Monsanto para comercializar la hormona de crecimiento bovino obtenida por manipulación genética, que se inyecta a vacas leches para que den más leche, pero les causa muchos efectos secundarios indeseables (malformaciones de los terneros, transtornos reproductores...)
En Abril de 1998, un informe oficial del gobierno canadiense destapó el escándalo político y científico que supuso la autorización de esa hormona. Tanto Monsanto como el ministerio de alimentación estadounidense ocultaron daros esenciales.
Dijeron que un experimento en el que se suministró la hormona a ratas durante 90 días se había mostrado que ésta “no era activa por vía oral en ratas”, pero según ha revelado el informe canadiense, entre el 20 y el 30% de las ratas desarrolló anticuerpos a la hormona, probando así que ésta había penetrado en su sangre y alertado al sistema inmunológico, además aparecieron quistes en el tiroides e infiltraciones en la próstata.
No se hicieron los necesarios estudios toxicológicos ni si supone un riesgo para la salud humana. Además, los científicos autores del informe canadiense fueron amenazados por sus superiores -por lo visto más sensibles a los intereses de Monsanto que a su deber de proteger la salud de la gente- para que alteraran su texto. Y eso que se nos insiste que “todo está bajo control”.
Resumen de los riesgos ecológicos de los cultivos y alimentos transgénicos:

  • Efectos tóxicos o alergénicos debido a productos transgénicos o productos de interacciones con genes huéspedes.

  • Propagación de transgenes a especies silvestres cercanas por hibridación sexual.

  • Transferencia horizontal de genes a través de la mediación de un vector a especies de plantas sin relación alguna.

  • Recombinación de vectores que generan nuevas cepas virulentas de virus.

  • Transmisión a través de un vector de resistencia a los antibióticos a bacterias del medio.

  • Incremento de la contaminación química del agua y los alimentos.

  • Aumento de las enfermedades relacionadas con biocidas entre los trabajadores de campo.

  • Las plantas transgénicas equipadas con bio-insecticidas aceleran la evolución de resistencias a estos en las plagas –con lo que pierden eficacia los bio-insecticidas naturales-.

  • Concentración de los insectos normales sobre los cultivos no transgénicos, sometiéndolos a daños acrecentados.

  • Alimentos manipulados para que tengan buen aspecto, con independencia de su valor real para la nutrición.

  • La expansión de los cultivos transgénicos amenaza la diversidad genética por la simplificación de los sistemas de cultivos y la promoción de la erosión genética.


Además, la diseminación de OMGs en el medio ambiente puede alterar los mecanismos, el ritmo y la orientación de la evolución de las especies, con imprevisibles repercusiones para la estabilidad ecológica de la biosfera.
En general, las presiones internacionales para ganar mercados y aumentar las ganancias hacen que las compañías liberen cultivos transgénicos demasiado rápido, sin consideración apropiada de los impactos a largo plazo en las personas o en los ecosistemas.

En los riesgos sanitarios el que más preocupa es la transferencia de genes de resistencia a antibióticos. Muchas veces las plantas transgénicas están dotadas de genes de resistencia a un antibiótico, genes que no tienen valor agronómico alguno pero que aparecen asociados a los mismos, y sin embargo pueden plantear notables problemas de salud humana y animal, pues basta con unas mínimas mutaciones (y son frecuentes en bacterias) para que desarrollen resistencia no sólo a esos pocos antibióticos, sino a otros muy utilizados para infecciones ya más graves.
En un experimento, varias plantas transgénicas con genes de resistencia a los antibióticos se hicieron crecer en el laboratorio junto a un hongo. En cada una de las pruebas, los genes de resistencia a los antibióticos se habían transferido al hongo.
Este riesgo se ha valorado mucho por la comisión europea, que ha rechazado muchos cultivos transgénicos que tienen genes de resistencia a antibióticos. Pero el gobierno español permitió la comercialización y cultivo de maíz de la multinacional Novartis (con un gen de resistencia a la ampicilina) y promueve la aprobación de colza, tomate y algodón con genes de resistencia a los antibióticos.
Otro peligro latente son las nuevas alergias, ya que mientras que hoy sólo aproximadamente una docena de alimentos naturales son susceptibles de producir reacciones alérgicas, la ingeniería genética posibilita que proteínas procedentes de organismos que antes nunca hemos comido lleguen a nuestros estómagos sin que sepamos nada sobre su potencial alergénico. Además, los trabajadores del campo, los vecinos de cultivos transgénicos o los obreros que fabrican los nuevos productos biotecnológicos pueden igualmente desarrollar alergias o fatales reacciones autoinmunes.
De hecho, en Marzo de 1999, el laboratorio de nutrición de York (Inglaterra) anunció que las alergias alimentarias a la soja habían aumentado un 50% en 1998. Era la primera en 17 años de análisis que la soja estaba entre las 10 comidas que causan más alergias. Y lo único nuevo que en relación a la soja había ocurrido en 1998 era la introducción masiva de soja transgénica de Monsanto en la cadena alimenticia humana.
Tal y como dice el informe sobre el desarrollo humano de 1999 elaborado por el PNUD, y el cual cito textualmente:
“Al definir las prioridades de la investigación, el dinero se impone a la necesidad: los cosméticos y los tomates de maduración retardada ocupan un lugar más alto en la lista de prioridades que una vacuna contra la malaria o cultivos resistentes a la sequía para tierras marginales. El control más estricto de la innovación en manos de empresas multinacionales desconoce las necesidades de millones de seres humanos. Desde los nuevos medicamentos hasta mejores semillas para cultivos alimentarios, las mejores tecnologías nuevas están diseñadas y su precio se fija para quienes las puedan pagar. El progreso tecnológico sigue estando lejos del alcance de los pobres”.
No hace más que confirmar la idea que he estado exponiendo: la manipulación genética responderá a los intereses del capital, y no velará por los necesitados.


Riesgos sociopolíticos:

Se dice a veces que la manipulación genética posibilitará una reducción de uso de biocidas en la agricultura, y por lo tanto una agricultura más compatible con el medio ambiente. Pero los resultados a corto plazo pueden ser engañosos, y encubrir desastres a medio y largo plazo.

Sin embargo, al estar apareciendo resistencias a los herbicidas por parte de malas hierbas, es necesaria cada vez usar mayores dosis de herbicida, dejando a su vez mayores cantidades de residuos químicos en los cultivos.
Monsanto se vanagloria de que en 1996 , el primer año de cultivo de su soja transgénica resistente a su herbicida glifosato, el uso de éste se redujo en porcentajes que varían entre el 9% y el 39% en diferentes zonas de EEUU, pero al mismo tiempo ha solicitado a las autoridades reguladoras de varios países triplicar los valores límite admitidos de residuos de glifosato en los cultivos (pasando de 6 a 20 mg por Kg de peso en seco).
En EEUU los límites admitidos de glifosato en alimentos para consumo humano ha pasado de 0´2 mg por Kg en 1986 a 100 mg en 1998, lo que supone un aumento del 200 % en 12 años, a medida que se desarrollaba la estrategia comercial de Monsanto.
En 1997 se había incrementado el uso de glifosato en soja un 72% ese año, y las previsiones de la multinacional Monsanto son duplicar las ventas de su herbicida estrella en menos de 10 años gracias a los cultivos transgénicos. ¿Seguro que su objetivo es disminuir su uso?
Así, las empresas que abastecen de agua potable temen una contaminación por biocidas que supone los valores límite establecidos en la UE.
Y aquí habría que hablar de 2 paradigmas opuestos e irreconciliables: avanzar hacia una agricultura que apenas use biocidas (que sería la única opción realmente ecológica y socialmente aceptable) o avanzar hacia una agricultura de plantas resistentes a los biocidas. Y la ingeniería genética, controlada por las compañías que fabrican los biocidas, claramente se han decantado por esta segunda opción.
Y es que mientras que las aplicaciones esporádicas de biocidas pueden controlar los organismos indeseables, el uso constante (especialmente de un solo producto) provoca la aparición de resistencias, ya se trate de plagas de insectos o de malas hierbas. En la biosfera tanto como en los agroecosistemas, diversidad significa estabilidad: los monocultivos son sistemas muy inestables cuya productividad sólo puede mantenerse pagando un elevado coste en daños al entorno. Para reducir el impacto ambiental de la agricultura lo que necesitamos no son estrategias de sentido único sino diversificación y reequilibrio. No hay salida por tanto si no abandonamos la mentalidad de “guerra química” contra la naturaleza.

La propaganda de las compañías agroquímicas dice que herbicidas como el glifosato u otros son ambientalmente benignos. Cierto que son menos tóxicos que otros anteriores, pero no significa que sean ambientalmente recomendables.
Los fabricantes afirman que se degradan rápidamente en el suelo, no se acumulan en la aguas subterráneas, no tienen efectos en los organismos y no dejan residuos en los alimentos.

Sin embargo hay evidencias que restos de estos herbicidas causan defectos de nacimiento en animales de laboratorio, es tóxico para los peces y puede causar cáncer en humanos. Es absorbido vía dermatológica, por lo que representa riesgos también para los agricultores.
El glifosato es tóxico para algunas especies que habitan el suelo (arañas, escarabajos...) y organismos acuáticos (peces). Además este herbicida se acumula en frutos y tubérculos, por lo que preocupa la cuestión de la contaminación de los alimentos por residuos del herbicida.
Incluso recientes estudios escandinavos han encontrado contaminación de aguas subterráneas por glifosato en Dinamarca (algo imposible según Monsanto) y evidencia la conexión entre la exposición a glifosato y tumores del tipo linfoma que se incrementó un 80% desde comienzo de los años 70.
Uno de los argumentos más desvergonzados que utilizan es que la ingeniería genética servirá para terminar con el hambre en el mundo. Se llega a criticar a los “tecnocríticos” de insensibilidad e insolaridad con los pueblos hambrientos del sur. Incluso se afirma que “los ecologistas extremistas impiden erradicar el hambre”.
A finales del s. XX y según cifras de la ONU, 840 millones de personas padecen hambre y desnutrición en un mundo donde el consumo de alimentos del 20% más rico de la población mundial es 16 veces mayor que el 20% más pobre. Pero el hambre y la desnutrición severas no son problemas técnicos, sino político-sociales. Las hambrunas no están causadas por la falta de tierras ni de alimento, sino por falta de acceso al alimento y de fuentes de ingresos monetarios en momentos críticos. El hambre no es sino un síntoma de males sociales más profundos: pobreza y desigualdad. Se puede decir de manera aún más lapidaria: la causa real del hambre en el mundo no es la escasez de comida, sino la escasez de democracia.
Hoy producimos más que suficiente para alimentar a toda la población mundial, y con una distribución adecuada nadie pasaría hambre; mañana, simplemente con una reducción de la cantidad de carne ingerida por las poblaciones del Norte liberaríamos recursos suficientes para alimentar sobradamente a la población máxima prevista para el s. XXI (entre 9.000 y 10.000 millones de personas).
Y es que mejorar la productividad de los cultivos no constituye más que una parte de la solución a los problemas de alimentación en el mundo. Es aún más importante combatir la pobreza, mejorar las infraestructuras para la distribución de los productos y favorecer la autosuficiencia regional apoyando a los agricultores de subsistencia.
La supuesta “revolución verde” biotecnológica de las multinacionales no aliviará el hambre y la desnutrición: por el contrario, empeorará la situación, pues sustraerá más tierras a los agricultores pobres (para sus cultivos de subsistencia) y las dedicará a cultivos para el mercado mundial.

Es cierto que hay aplicaciones de las tecnologías del ADN recombinante potencialmente favorables a los pobres y hambrientos, el problema es que éstos no representan mercados suculentos para los dueños del capital privado.

En Suiza, se ha desarrollado un arroz concebido para paliar 2 carencias nutricionales que afectan sobre todo a los países más pobres: incorpora beta-caroteno (sustancia precursora de la vitamina A) y cierta dosis de hierro fácilmente absorbible. Sin embargo ese ejemplo es una escasísima excepción.
Si realmente los cultivos transgénicos se destinases a intentar paliar el hambre en el mundo, entonces deberían poseer alguna o varias de las siguientes características:

  • Semillas capaces de crecer en suelos pobres, salinizados, contaminados...

  • Cultivos con más proteínas y nutrientes, de alto rendimiento, sin necesidad de insumos caros (maquinaria, agroquímicos, biocidas...)

  • Pensados para los agricultores de subsistencia, no para los latifundios industrializados.

  • Semillas baratas y fácilmente accesibles.

  • Cultivos para alimentar personas, no ganado.


Y se puede asegurar que ninguno de los cultivos transgénicos que ya se comercializan tienen ninguna de las características mencionadas. Los primeros cultivos transgénicos que se han introducido en la cadena alimenticia (soja y maíz) están destinados a servir de pienso a la ya excesiva cabaña ganadera de los países del Norte, no a alimentar seres humanos; son caros y están sometidos a estrictas condiciones de protección de la propiedad industrial; están pensados para la agroindustria...
Y los supuestos beneficiaros de estas biotecnologías agrícolas (ej. los habitantes de África) rechazan enérgicamente la manipulación de sus problemas de hambre y desnutrición por parte de multinacionales de “ciencias de la vida” que no buscan sino incrementar sus beneficios.
La biotecnología agrícola de las transnacionales no mejorará la dieta ni la seguridad alimentaria de los más pobres, sino que seguramente las empeorará. Se trata de un modelo agrícola desfavorable para ellos: agricultura intensiva en agroquímicos, con monocultivos en grandes plantaciones propiedad de grandes terratenientes, y una dependencia creciente de los agricultores. Así, en este contexto se han empleado términos como “bioservidumbre” o “proletarización de campesinado”.
Y es que no hay ejemplo más claro como la tecnología de semillas estériles que patentó EEUU y que fue bautizada como “tecnología terminator”. Esta tecnología impide la germinación de las semillas, con lo que cultivos básicos como son el trigo, el arroz o el sorgo pasan a ser de un solo uso. Con el maíz se hacen variedades híbridas, ya que esta hibridación es un método biológico eficaz para obligar a los agricultores a comprar semillas cada año.

Hasta ahora muchos cultivos se resistían a la hibridación, pero con la tecnología “terminator” se habrá roto esta barrera, y se acelerará la desposesión del agricultor y la monopolización de las semillas. Y es curioso cómo se ha conseguido, ya que Monsanto compró la empresa “Delta and Pine Land Company”, poseedora de la patente de “terminator” y éste es un claro ejemplo de cómo se privatizan los resultados de la investigación pública o semipública.

Antes las protestas que la tecnología terminator despertó en todo el mundo, Monsanto acabó por prometer en octubre de 1999 que no comercializaría estas semillas. Pero se han desarrollado ya tecnologías que dejan atrás a la “terminator” original.

Estas nuevas tecnologías de semillas estériles, mutiladas, “drogadictas” (dependientes de insumos químicos) no son una innovación, de hecho representan la dirección que está tomando la manipulación genética, y muestra lo que verdaderamente quieren las transnacionales agroquímicas que hoy aumentan su poder para controlar, manipular y mercantilizar la vida. El beneficio agronómico de estas tecnologías es nulo; el aumento de poder y control para estas empresas lo es todo.
Desde el punto de vista de pérdidas/ganancias de empleo, las perspectivas no son demasiado halagüeñas. Para los países del Sur, hay estimaciones que sugieren pérdidas de hasta el 50% del empleo en los sectores afectados por la introducción de las nuevas biotecnologías.

En cuanto a los países del Norte donde se concentran las capacidades de investigación, aunque a corto plazo puedan crearse nuevos puestos de trabajo, los efectos netos en términos de empleo a medio y largo plazo no son positivos, no siquiera bajo supuestos de rápido crecimiento del sector.

Y es que la manipulación genética creará impactos desiguales Norte/Sur, como paso a describir:

  • Aumentan más los riesgos de mercantilización y oligopolización de la agricultura en beneficio de las empresas de los países del Norte, y en detrimento de la agricultura de subsistencia en los países del sur. Los nuevos productos y materiales producidos por la biotecnología pueden sustituir a importaciones provenientes de países pobres del Sur, desestabilizando aún más sus economías.




  • Actividades de alto riesgo como muchas de las relacionadas con la ingeniería genética se desplazan a países del Sur donde la legislación es laxa, y la vida humana es “barata” (como sucede en muchos casos con la exportación de procesos industriales contaminantes del Norte al Sur).




  • Hay mayor vulnerabilidad de los países del Sur ante la contaminación genética, como pueden ser riesgos de hibridación entre plantas cultivadas transgénicas y sus parientes silvestres. En estos países del Sur, introducir cultivos transgénicos exigiría muchas más precauciones, mientras que lo previsible es que se tomen todavía menos que en las naciones ricas del Norte.




  • Otro elemento sería la biopiratería: la búsqueda de beneficios por parte de las grandes compañías transnacionales que dominan los negocios del ADN recombinante está llevando a una desenfrenada carrera por hacerse con patentes sobre el material genético estudiado, incluso el humano.


Conviene indicar que la concesión de patentes sobre seres vivos y sobre material genético supone una profundización sin precedentes en el proceso de total mercantilización, privatización de la naturaleza y dominación sobre las personas que caracteriza al sistema industrial capitalista.
Como ejemplo decir que la empresa Delta Pine (célebre por la patente terminator) de EEUU se deshizo de varios miles de kilos de residuos tóxicos y biopeligrosos por el expeditivo procedimiento de tirarlos en un pueblecito de Paraguay, Rincón-í. Es uno de los casos más sangrantes que se conoce de exportación de daños ambientales y sanitarios desde el Norte hacia el Sur.

Hay que tener en cuenta las graves consecuencias que las empresas transnacionales pueden acarrear a la hora de la privatización del conocimiento y de la vida. La concesión de patentes sobre material biológico tiene profundas consecuencias en la seguridad alimentaria nacional, en el desarrollo rural y en la protección ambiental. Entraña el riesgo de incrementar todavía más los procesos de mercantilización, oligopolización de la agricultura y erosión de la diversidad genética presente en los cultivos agrícolas. Las patentes obligarían a los campesinos a comprar nuevas semillas cada año, obstaculizarían el intercambio libre de datos científicos y aumentarían aún más el control por parte de las grandes empresas transnacionales. Si se convierten los cultivos alimentarios o las medicinas en mercancías patentadas, se puede negar su acceso a pueblos y países enteros.
La fuerza de estas transnacionales se vio hace poco en Irlanda, cuando Monsanto amenazó al país entero si no autorizaban los experimentos de campo con su remolacha azucarera modificada genéticamente: en tal caso “podría volverse muy difícil” abastecer al país con cualesquiera otras semillas de Monsanto.
Voy a ilustrar con un ejemplo cómo los alimentos transgénicos no acabarán con el hambre en el mundo. Es el ejemplo de los indios chimanos y la leishmaniosis.

La leishmaniosis es una de las peores enfermedades parasitarias; transmitida por mosquitos, afecta a 350 millones de personas en todo el mundo (aunque no preocupa demasiado en el Norte, donde daña sobre todo a animales de compañía como los perros). En 1987 Alain Fournet, un químico francés que trabajaba en el Instituto Boliviano de Biología de Altitud, halló que los indios chimanos aplicaban una eficaz cataplasma en las heridas producidas por el parásito, a partir de una planta llamada eventa. Investigado el asunto, resultó que el principio activo de la planta es 200 veces más activo que el extracto natural y ofrece la promesa de un tratamiento eficaz contra la enfermedad.
Fournet patentó las chimaninas que había tomado de los chimanos. Pero 10 años después, todo seguía igual: ninguna empresa farmacéutica quería desarrollar un medicamento cuyos beneficiarios serían principalmente campesinos pobres bolivianos, sin recursos para pagarlo. Finalmente, en 1999, una transnacional toma cartas en el asunto: el departamento de salud animal de Novartis se interesa por la molécula y comienza a hacer pruebas en animales. El poder adquisitivo de un perro del Norte es mayor que el de un campesino del Sur.

Por otra parte el desarrollo de la diversidad genética en las especies agrícolas es fruto de miles de años de trabajo campesino, y sería contrario a toda justicia que se convirtiese en propiedad privada de una empresa que en apenas una década puede transformarla en cultivo comercial. Una legislación favorable a las patentes sobre material biológico agrandará aún más las distancias entre los países del Norte y los del Sur.
Y es que la extensión del derecho de patentes hasta abarcar seres vivos, material biológico y procesos biológicos redunda en un impresionante movimiento hacia la privatización del conocimiento científico-técnico y de la vida. Se trata de una enorme acumulación de poder privado, y precisamente en empresas de los dos sectores que afectan a las necesidades más básicas de las personas: alimentación y salud.
Las consecuencias de esta privatización del conocimiento y de la vida las podemos resumir en:


  • Incremento de las desigualdades sociales en cada país, y de las desigualdades Norte- Sur.

  • Cuando las empresas agroquímicas, de semillas y farmacéuticas se fusionan en unas pocas megaempresas, los ciudadanos y las comunidades agrícolas pueden quedar atrapados en una férrea cadena de controles

  • Reducción de la variedad de líneas en investigación básica.

  • Reducción del lapso de tiempo que media entre la fase de I+D y la comercialización de los productos, con un aumento correlativo de los riesgos para los consumidores y el medio ambiente.

  • El zorro como guardián del gallinero: son las empresas quienes realizan y evalúan las pruebas de campo, en general sin control público, o con un control muy insuficiente.

  • Falta de información sobre lo que realmente se está haciendo (al amparo del secreto comercial).


El PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) ha publicado informes que sugieren que, si tiene éxito el desarrollo de las nuevas biotecnologías bajo control de las megacorporaciones, en el futuro los países del Sur tendrán que hacer frente a pagos por royalties y derechos de patente a estas transnacionales del Norte que superarán los exorbitantes e injustos pagos por la deuda externa que están realizando hoy.
La generalización de las patentes sobre la vida y del uso de las nuevas biotecnologías en la agricultura incrementará el poder político y económico de las transnacionales a expensas de los estados nacionales y de la sociedad civil, tanto en el Norte como en el Sur del planeta.
Incluso si realmente no hubiese graves problemas de bioseguridad, peligros para los ecosistemas o riesgos para la salud humana (lo cual está muy lejos de ser el caso) el hecho es que media docena de multinacionales en estrecha alianza con el gobierno de los EEUU, puedan llegar a controlar el 90% de la alimentación mundial, ¿no debería ser objeto de la máxima preocupación? En este contexto, hablar como hace Greenpeace de un “refeudalización del mundo” o de “una nueva época feudal” no es exagerado.


Los 10 principales peligros de los cultivos y alimentos transgénicos en el contexto sociopolítico actual los podemos resumir en:


  • Riesgos para la salud pública (Alergias, intoxicaciones, difusión de la resistencia a antibióticos...)

  • Contaminación genética (por difusión incontrolada de los transgenes en la biosfera).

  • Aumento de la contaminación química por biocidas.

  • Pérdida acrecentada de biodiversidad silvestre y agropecuaria.

  • Creciente inseguridad alimentaria.

  • Enorme concentración de poder en un puñado de transnacionales.

  • Degradación de la democracia.

  • Incremento de las desigualdades Norte-Sur y en general de la injusticia.

  • Inactivación de recursos de la agricultura ecológica y perjuicios para los agricultores que no se suban al carro de los transgénicos.

  • Privatización y mercantilización de la agricultura, la ganadería, la I+D científica, y en definitiva privatización y mercantilización de los seres vivos y la misma vida.


Los defensores de las nuevas biotecnologías se quejan de que los críticos argumentan a menudo sobre las técnicas biológicas empleadas, cuando en realidad lo que desean es combatir el sistema neocapitalista y el poderío de las multinacionales. Se llega a decir que no es ético criticar la tecnología para atacar a ese sistema.
Sin duda hay un interés claro por parte de los defensores del actual orden económico-social en mantener el debate sobre biotecnologías en un terreno lo más “técnico” posible (el terreno donde sólo se permite jugar a los “técnicos”). Pero esto es inaceptable, porque las grandes opciones tecnológicas son asuntos que afectan a toda la sociedad. Hoy, no es posible hablar de biotecnologías sin hablar al mismo tiempo de capitalismo.
A veces se descalifican los recelos que la mayoría de las personas experimentan hacia las aplicaciones agropecuarias de la manipulación genética como fruto de la ignorancia, dando a entender que si comprendiesen mejor los aspectos científicos del problema serían más favorables a los nuevos organismos transgénicos. No es infrecuente que tales observaciones se asocien con la idea de dejar las decisiones en manos de los “expertos” que “entienden verdaderamente los problemas”.
Por el contrario, según se ha constatado repetidamente en estudios de la UE, aunque es cierto que la ignorancia sobre los aspectos científicos del debate sobre las nuevas biotecnologías es muy amplia, a medida que aumenta la información de los ciudadanos y ciudadanas sobre estos asuntos, crecen también sus recelos sobre las aplicaciones agropecuarias de la manipulación genética.
En concreto, los profesores de biología consideran que los riesgos asociados con la ingeniería genética son mayores de lo que cree el común de la gente, y los ciudadanos y ciudadanas de los países europeos con mayor nivel educativo e informativo, como Dinamarca, Alemania y Suecia, son también quienes menos apoyan la aplicación masiva de las nuevas biotecnologías al sector agroalimentario. La idea tecnocrática según la cual “han de decidir los expertos” es inaceptable a la par que antidemocrática.

Resumen de las 8 formas en que la biotecnología de las multinacionales está dañando la democracia.


Erosiones y daños

Ejemplos ocurridos

1.- Decisiones impuestas contra resoluciones de las instituciones de representación democrática.

- Aprobación por la Comisión Europea del maíz transgénico de Novartis contra la resolución del Parlamento Europeo y contra la opinión de 13 del os 15 estados miembros.

- Cesión de la Comisión Europea ante las presiones de EEUU en la cumbre mundial de Seattle de diciembre de 1999, aceptando incluir los alimentos transgénicos en la OMC, contra la opinión de los 15 estados miembros.

2.- Censura y atentados contra la libertad de expresión.

- Destrucción del número monográfico de “The Ecologist” titulado “The Monsanto Files” (sept-oct de 1998)

- Censura del programa de televisión del os periodistas Steve Wilson y Jane Akre en Florida, por presiones de Monsanto en 1997.

3.- Distorsión de la ciencia y ocultamiento de datos clave.

- Aprobación de la somatotropina bovina recombinante en EEUU (1993).

4.- Rechazo de la participación democrática.

- Política de bioseguridad en España (rechazo de que expertos designados por grupos sociales afectados tomen parte en el proceso de decisión).

- “Tecnocracia” en lugar de mecanismos de participación en las grandes decisiones sobre ciencia y tecnología, en la mayoría de los países.

5.- Desprecio por la opinión pública.

- Política sobre alimentos transgénicos en la UE (impuestos contra la opinión mayoritaria del os ciudadanos).

6.- Privatización de los recursos naturales y acumulación de poder privado exento de control democrático.

- Patentes sobre la vida.

7.- Confusión entre los poderes públicos y las burocracias empresariales.

- Conexiones entre el personal de la Administración y de las transnacionales, en EEUU y Europa.

- Caso concreto de Lord Sainsbury, subsecretario de ciencia en el gobierno de Tony Blair y propietario de la patente de un gen clave en la manipulación genética de alimentos.

8.- Deprecio por la “soberanía del consumidor”.

- Política de etiquetado de productos transgénicos en EEUU y Europa, a lo largo de los noventa.
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