Carlos pérez mejías 2º Licenciatura en Geografía Geografía Rural Curso 2007/2008




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títuloCarlos pérez mejías 2º Licenciatura en Geografía Geografía Rural Curso 2007/2008
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Otro argumento que se utiliza por parte de los defensores de la manipulación genética es que los que se manifiestan en contra de esta actividad están impidiendo el avance de la ciencia, y los acusan de ludismo.
De igual manera que a comienzos del s. XIX el problema no era la máquina de vapor, sino la explotación de los trabajadores y la organización capitalista del trabajo, a finales del s. XIX el problema no son las “tijeras enzimáticas” para recortar y pegar genes, sino la apropiación de estas tecnologías por poderes sospechosos e incontrolables para poner en marcha una nueva “revolución tecnológica” capitalista.

Y es que hasta los “cálculos de riesgo” pueden ser objeto de manipulación. Para ello voy a recurrir a un ejemplo de catástrofe del pasado: Chernobyl.
Las estimaciones de la industria nuclear sobre la seguridad de los reactores nucleares, antes de los accidentes de Three Mile Island y Chernobyl, eran extraordinariamente optimistas. Una de las más publicitadas fue el famoso “Informe Rasmussen” de 1974, el cual, en 13 volúmenes y con un coste de más de 3 millones de dólares, elaborado en 2 años, aseguraba que la probabilidad de un accidente nuclear grave era solamente de uno por millón (un accidente importante por cada millón de años/reactor) si morían 70 personas, y para accidentes aún más graves (De unos 2.700 muertos) sería de uno por mil millones.
La realidad de los hechos no tardó en proporcionar un terrible desmentido. Después de Chernobyl, la Agencia Internacional de la Energía Atómica ha evaluado la probabilidad de accidentes importantes en uno cada mil años/reactor, teniendo en cuenta la cantidad de reactores instalados en todo el mundo, esto nos lleva a un promedio de un accidente grave cada dos años y medio en algún punto del globo. Como se ve, el riesgo estimado es ahora un millón de veces mayor que el de “informe Rasmussen”.
Llevando esto al terreno de los transgénicos, Inglaterra evaluó que con una distancia de separación de 200 metros, la probabilidad de que el polen de maíz transgénico contaminase (por polinización cruzada) el maíz normal era de un grano de polen por cada 40.000. Al tiempo, otra científica dio a conocer sus propios resultados, y la probabilidad (con vientos moderados, y teniendo en cuenta factores como la polinización por abejas) era de un grano de polen por cada 93. De repente, el riesgo se ha multiplicado por 430.
Toda sustancia, proceso o producto donde intervengan técnicas de manipulación genética tiene que demostrar su inocuidad y su compatibilidad a largo plazo con la salud pública y el medio ambiente antes de aceptarse su producción. Es cierto que los riesgos forman parte de la vida y que no puede pensarse en su eliminación completa: pero en cualquier caso deberían ser los expuestos a posibles daños quienes decidieran si aceptan o no tal exposición.
La cultura clásica del riesgo defiende la libre empresa y la comercialización de productos sin trabas en tanto que la peligrosidad no haya sido probada. La nueva cultura del riesgo, fundada en el principio de precaución, invierte la proposición considerando que la prudencia se impone en tanto no se haya probado su inocuidad.

Pero ante actividades que puedan plantear riesgos graves, cabe preguntarse: ¿verdaderamente necesitamos esta actividad?
Sólo en una docena de años, entre 1986 y 1998, se han realizado unas 25.000 pruebas de campo de OMGs en todo el mundo; en España sólo en 4 años (de 1996 a 1999) se realizaron más de 400 ensayos. Únicamente en el año 1997 se realizaron unas 3.000 pruebas en EEUU. En la práctica, lo que eso significa es que, en lugar de realizar las experiencias peligrosas en laboratorio, estamos convirtiendo la biosfera entera (y nuestros propios cuerpos dentro de ella) en un laboratorio de alto riesgo.
En nuestro país, por desgracia, una prudente iniciativa presentada al Congreso de los Diputados (prohibir durante 3 años la importación, venta y cultivo de productos transgénicos en España, para posibilitar siquiera el cumplimiento de la legislación vigente sobre etiquetado) fue rechazada: el 24 de febrero de 1999, en la Comisión de Medio Ambiente, PP c CiU votaron en contra (20 votos), contra los 19 votos de IU, PSOE y Grupo Mixto. El 10 de marzo se perdía otra votación semejante en el Pleno del Congreso: 159 diputados contra 133 rechazaron la moratoria. Sendas ocasiones perdidas para poner en práctica el principio de precaución.

Alternativas a los cultivos transgénicos.
Ya que los transgénicos no son la única posibilidad en la agricultura, deberíamos pensar en alternativas. Y es que la agricultura ecológica se apoya en la herramienta biológica más potente de todas, la biodiversidad, y renuncia a otra herramienta cuyos efectos secundarios se han revelado demasiado graves: la química de síntesis. Crea agroecosistemas cuyo objetivo es la obtención de alimentos de máxima calidad respetando el medio ambiente y conservando la fertilidad de la tierra, mediante la utilización óptima de los recursos naturales y sociales. Aunque no se desprecian los objetivos de productividad, no se sacrifican los demás aspectos en el altar de los máximos rendimientos posibles. “La cuestión es tratar la enfermedad, en lugar de los síntomas”. En lugar de diseñar una variedad transgénica de maíz que sea tóxica para las lombrices de las raíces, un agroecólogo se preguntará en primer lugar por qué hay un problema de lombrices. En agricultura ecológica, la fertilización se basa en la materia orgánica (estiércoles y abonos verdes principalmente). La rotación de cultivos, la diversificación de los mismos, las asociaciones de cultivos con sinergias positivas, el control de plagas a través de prevención y métodos biológicos, son prácticas que caracterizan a este “otro paradigma” agrícola, perfectamente capaz de alimentar a la humanidad pese a la machacona propaganda que intenta persuadirnos de lo contrario.
Las cooperativas también pueden ser una alternativa, estableciendo lazos directos entre productores y consumidores de bienes agroalimentarios ecológicos. Ofrecen grandes ventajas: para el agricultor y ganadero, la seguridad de poder vender toda su producción a un precio justo acordado de antemano, y la revalorización de su trabajo, apreciado por consumidores especialmente sensibilizados; para ellos, la eliminación de sobreprecio de los productos ecológicos y el enriquecimiento que proporciona una relación directa con quien trabaja para suministrarle alimento y otros bienes.

Soberanía alimentaria.
Resulta llamativo como en el debate sobre los recursos alimentarios en un mundo donde 800 millones de personas padecen hambre y desnutrición, no se mencionan los hábitos de consumo de las poblaciones más ricas del planeta. Es como si la dieta cárnica fuese un tabú político imposible de abordar; como si aceptáramos la famosa y terrible frase que pronunció George Bus al pie del avión que le iba a llevar a la cumbre ambiental de Río de Janeiro en 1992, según la cual:
nuestro modo de vida no puede ser objeto de negociaciones”
A nivel global, casi la mitad de la producción mundial de grano y más de la tercera parte de las capturas pesqueras se destina a alimentar ganado, en un mundo donde la quinta parte de la población humana no tiene alimento suficiente. El Consejo para la Alimentación Mundial ha calculado que dedicar a alimentación humana entre el 10% y el 15% del grano que se destina al ganado bastaría para llevar las raciones al nivel calórico adecuado, erradicando el hambre.
Las vacas europeas se alimentan con el pescado del Perú y la soja de Brasil, mientras en aquellos países latinoamericanos pescadores y campesinos padecen hambre y desnutrición, y nosotros no sabemos qué hacer con los excedentes lácteos. Así, existe un nexo poderoso entre el hambre y desnutrición humanas en el planeta y la alimentación excesivamente carnívora de las poblaciones ricas del Norte.
No podemos seguir desperdiciando tanta comida en criar animales como hacemos hoy. Con el objetivo de liberar recursos biológicos para los demás seres humanos y para la biosfera, conviene cambiar nuestras pautas de alimentación hacia una dieta básicamente vegetariana, mucho menos rica en carne que la actual, y renunciar a la ganadería intensiva.


Ejemplos positivos de la aplicación de las tecnologías del ADN recombinante.
A pesar de ser escasos ejemplos y constituyen una mínima parte de los proyectos que se están llevando a cabo con estas tecnologías, nos dan cierta esperanza.


  • Todos los años se producen grandes pérdidas en las cosechas de arroz (base de la dieta de una tercera parte de la población mundial) por la marchitez o seca causada por ciertas bacterias. Algunas variedades de arroz son resistentes a la enfermedad, y con los procesos de mejora clásicos (tardan unos 10 años) se puede intentar transferir esta resistencia a las variedades comerciales. El proceso se abrevió empleando técnicas de ingeniería genética: clonando un gen de resistencia y transfiriéndolo a variedades empleadas en agricultura. Luego se enviaron copias del gen correspondiente a expertos de Europa, Asia, África y Norteamérica, para que pudieran introducir la resistencia a la enfermedad en sus variedades locales.




  • Otro ejemplo lo encontramos en unos biotecnólogos españoles, quienes manipularon una levadura de pan a la cual se le insertó un gen de un hongo para evitar irritaciones y procesos alérgicos frecuentes entre los trabajadores del sector panadero. Si no apareciesen efectos indirectos indeseables hasta ahora no detectados, la verdad es que no se me ocurren buenas razones para quitar esa levadura de las panaderías.




  • Tradicionalmente, el cuajo empleado para elaborar muchos tipos de queso procedía del estómago de las vacas (lo que tradicionalmente llevaba a muchos vegetarianos a renunciar también al queso). Hoy se produce cuajo empleando bacterias transgénicas en tanques de fermentación. Desde luego es una opción que prefieren los vegetarianos (y las vacas, claro, si pudieran elegir).




  • Un ejemplo paradigmático es el uso de “bioplásticos” a partir de bacterias, con lo cual se ahorraría el tremendo impacto ambiental de la petroquímica. De hecho, Greenpeace alentó esta producción, encargando ese tipo de plástico (conocido como “biopol”) para fabricar sus propias tarjetas de crédito. Sin embargo, hay un hecho a remarcar en esta historia: Monsanto compró la empresa que desde 1990 empleaba esas bacterias para producir polímeros en tanques de fermentación....sólo para decidir, en 1999, que el biopol (con precios de petróleo muy bajos –¡cómo han cambiado las cosas!-) no resultaba rentable y deshacerse de él. Para una vez que se atisbaba una aplicación ecológica de la biotecnología...




  • Este último caso no se puede decir en absoluto que sea positivo, sino que indica por dónde van las ideas de las transnacionales mientras proclaman su deseo de acabar con el hambre en el mundo. Los agricultores brasileños de Río Grande de Sul cultivan desde 1993 un tabaco transgénico al que llaman fumo louco –“humo loco”, y fue la tercera tabaquera estadounidense hizo llegar la semilla a Brasil secretamente y volando la ley estadounidense de exportación. La propiedad especial de esta planta es que contiene el doble de nicotina que las normales.



Ni tecnofanatismo, ni tecnocatastrofismo.
En los textos donde se analizan las oportunidades y los riesgos relacionados con la manipulación genética surgen títulos tan sobrecogedores como “el octavo día de la creación”, “el segundo Génesis”, “la reinvención de la naturaleza”...no se tratan de mera retórica. Tales expresiones apuntan hacia el mismo centro de lo que está en juego, y hay que denunciar los intentos de banalizar estas tecnologías, a las que deberíamos acercarnos con “temor y temblor”, pero sin concesiones al irracionalismo. Sin duda satanizar la ciencia y a los científicos es un camino seguro de derrota para el ecologismo. Entonces tenemos que tener claro que hay que huir tanto del tecnofanatismo como del tecnocatastrofismo.
Una declaración consensuada por numerosas organizaciones campesinas, indígenas y ecologistas reunidas en Quito (Ecuador) en enero de 1999, afirmaba:
“rechazamos la manipulación genética por ser una tecnología éticamente cuestionable que viola la integridad de la vida humana, de las especies que han habitado la Tierra por millones de años y de los ecosistemas”.

Pero los transplantes de órganos también “violan la integridad de la vida humana”. De hecho, el príncipe Carlos de Inglaterra, un destacado crítico de la agricultura basada en transgénicos, ha declarado que “modificar el curso de las cosechas es entrometerse en la obra de Dios”. No parece un argumento muy acertado, ya que por ejemplo curar un cáncer también sería “entrometerse en la obra de Dios”.

III – CONCLUSIONES
Hay que pensarlo 2, 3 y hasta 100 veces antes de manipular la constitución molecular de los organismos vivos o interferir en el funcionamiento de los ecosistemas. No porque “sean sagrados” o inmejorables, sino porque la experiencia científica pone de manifiesto que la probabilidad de que nuestra intervención empeore las cosas es superior a que las mejore.
La ingeniería genética es una tecnología potentísima, con lo cual requiere de mucha precaución y prudencia ya que puede acometer daños irreversibles. Y hacen falta argumentos más convincentes que la necesidad de acumulación de capital propia de una economía industrial que hasta la fecha sólo ha hecho que probar su carácter destructor de la naturaleza.

El problema no son las tecnologías de manipulación genética en sí mismas, sino su apropiación (en el contexto de una creciente privatización del conocimiento científico) por un puñado de empresas transnacionales embarcadas en un muy ambicioso proyecto de dominación.
Aun así, ante cualquier aplicación de las nuevas biotecnologías, debemos preguntarnos estas 3 cuestiones, a mi modo de entender, claves:

  • ¿La aplicación tecnológica es realmente necesaria? Y para saber diferenciar lo necesario de lo superfluo, creo que el criterio en juego no debe ser el lucro económico, sino si satisface necesidades humanas básicas.




  • ¿Es la solución que se propone la única concebible? ¿están excluidas todas las vías alternativas de procurar la satisfacción de necesidades que se intenta?




  • Suponiendo que estemos tratando de satisfacer necesidades básicas y que no seamos capaces de ingeniar vías alternativas menos arriesgadas, ¿los riesgos en juego son asumibles? Porque si se revela que puede tener efectos destructivos y puede poner en juego el futuro de seres vivos a causa de algunas ganancias en confort y beneficios económicos para los países industrializados, por supuesto no debe ser asumible.


De todas maneras no es justificable tampoco una posición extremista de renuncia total a las tecnologías del ADN recombinante. No se trata de decir “no a todo”, el problema como ya he comentado antes es el contexto en el que se esta produciendo, con el poder concentrado en manos de unos pocos. No hace falta mencionar que para que esto cambie implicaría una drástica reducción del poder del capital, y eso es muy improbable, pues hoy por hoy todo apunta en sentido contrario.

Así, no se debe renunciar a la manipulación genética, sino que –de acuerdo con los graves riesgos y las complicadas cuestiones sociopolíticas en juego- se proceda en este campo con una prudencia especial. En el debate sobre las nuevas biotecnologías lo que ha de cuestionarse no son los medios (ej. las diversas técnicas de manipulación genética) sino más bien los fines y la consecuencias.

IV – EPÍLOGO: El futuro próximo
Que el s. XXI será el siglo de la biotecnología es la simple consecuencia de la insustentabilidad del sistema socioeconómico edificado a lo largo del s. XX.
No podemos concebir una sociedad sustentable que no se base sobre la energía solar, la fotosíntesis y el “cierre de ciclos” de los materiales, en lugar de hacerlo sobre los combustibles fósiles y los recursos minerales (como las insostenibles economías industriales actuales). Dicho de otra forma, el predominio de las “tecnologías minerales” sobre las biotecnologías, de las tecnologías basadas en la materia inorgánica sobre aquellas basadas en la vida orgánica, habrá sido un breve paréntesis de 2 siglos en la larga historia de la humanidad; y sería ecológicamente irresponsable intentar alargar este paréntesis.
Ya hay analistas económicos que vaticinan para los próximos tiempos una situación en la que los materiales vegetales proveerían la base para una parte preponderante de los productos manufacturados, y al menos una tercera parte de los productos industriales que hoy obtenemos de derivados del petróleo podrían producirse a partir de recursos vegetales.
En este contexto, la cuestión no es “biotecnología si / biotecnología no”, sino qué tipo de biotecnologías para una sociedad sustentable. La agricultura ecológica y la medicina preventiva son biotecnologías; la ingeniería genética y una hipotética ganadería industrial basada en la clonación también lo son, aunque orientadas en otro sentido más distinto.
La dinámica histórica de capitalismo basado en las tecnologías minerales ha conducido a sobrepasar los límites de la biosfera, desequilibrándola gravemente. Si ahora intentamos poner la potencia de la vida al servicio del mismo objetivo de expansión sin límites, el agravamiento de la crisis ecológica está asegurado.
V - ANEXO I: el primer alimento transgénico
El primer vegetal transgénico que se comercializó en el mundo (a partir de 1994 fue el tomate McGregor. Se le introdujeron 2 genes extraños: uno para que las membranas celulares tomateras se descompongan lentamente, y un gen de resistencia a un antibiótico. Con el segundo, se asocian serios riesgos para la salud humana y animal, por la posibilidad de transferencia de esta resistencia a microorganismos patógenos. El primero, provoca que el vegetal se mantenga durante más tiempo con aspecto apetitoso. Pero todos los otros procesos de envejecimiento continúan: las vitaminas y los demás elementos nutritivos se descomponen como en cualquier tomate, y sólo el aspecto externo engaña. El tomate envejece y pierde valor nutritivo, pero dejamos de percibirlo en su apariencia.

Pensando más allá, podemos afirmar que con este tipo de tomates se favorecen los tiempos de almacenamiento y los trayectos de transporte serán mas largos, lo cual provocará impactos ambientales mayores. En los tiempos del efecto invernadero, no hacen falta tomates que den la vuelta al mundo, sino lo contrario: una agricultura cercana con distancias cortas entre el productor y el consumidor.
Así, ante estos tomates de maduración retardada, una sociedad madura debería saber decir NO.

VI - ANEXO II: Reflexiones


Como vemos , poquísimos alimentos recombinantes que se nos proponen superan una evaluación que haga uso de criterios como la sustentabilidad ecológica, el principio de precaución y la idea de justicia social. Sabiendo esto:
¿Necesitamos tomates transgénicos de maduración retardada, que harán aumentar todavía más el transporte motorizado de mercancías a larga distancia, ya hoy ecológicamente insostenible?
¿Podemos aceptar que se inserten rutinariamente en plantas de cultivo genes marcadores de resistencia a antibióticos, con el riesgo de que se transfieran estos genes a cepas de bacterias patógenas, creando problemas de salud humana y animal cada vez más incontrolables?
¿Es lícito producir masivamente edulcorantes sintéticos sin preocuparnos por la ruptura de mercados vitales para los países del Sur que dependen de la exportación de azúcar de caña?
¿Cabe valorar la ganadería industrial sin tomar en consideración el sufrimiento de los animales criados en granjas-factoría?
¿Realmente necesitamos tabaco transgénico con el doble de contenido en nicotina que el normal?
VII– BIBLIOGRAFÍA.
CC. OO. (1999): Argumentos recombinantes sobre cultivos y alimentos transgénicos. Madrid: Departamento Confederal de Medio Ambiente. Área de Medio Ambiente de la Fundación 1º de Mayo.
PEDAUYÉ, J. FERRO, A. y PEDAUYÉ V. (2000): Alimentos transgénicos: la nueva revolución verde. Madrid: McGraw-Hill.
RIECHMANN, J. (2000): Cultivos y alimentos transgénicos. Una guía crítica. Madrid: Los Libros de la Catarata.
SEGRELLES SERRANO, J. A. (2005): “El problema de los cultivos transgénicos en América Latina: una “nueva” revolución verde”, Entorno Geográfico, nº 3, pp: 93-120.
Documental “Alimentos transgénicos (Harvest of fear)”. Canal Historia. 56 min.
Documental “¿Qué comemos hoy? Alimentos transgénicos y biológicos”. Documanía. 50 min

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