Antes del siglo XVII, los seres vivientes más pequeños conocidos eran insectos diminutos. Naturalmente, se daba por sentado que no existía organismo alguno más




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fecha de publicación07.03.2016
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De todos modos, hasta 1966 la hipótesis vírica no se consideró merecedora del premio Nobel. Por fortuna, Peyton Rous, que había hecho el descubrimiento cincuenta y cinco años antes, aún estaba vivo y pudo compartir en 1966 el Nobel de Medicina y Fisiología. (Vivió hasta 1970, en cuya fecha murió, a los noventa años, mientras se dedicaba aún a efectuar investigaciones.) ¿Qué es lo que se estropea en el mecanismo del metabolismo cuando las células crecen sin limitaciones? Esta pregunta aún no ha sido contestada. Pero existen profundas sospechas respecto a algunas de las hormonas sexuales.
Por una parte, se sabe que las hormonas sexuales estimulan en el organismo un crecimiento rápido y localizado (como, por ejemplo, los senos de una adolescente). Por otra, los tejidos de los órganos sexuales -los senos, el cuello uterino y los ovarios, en la mujer; los testículos y la próstata, en el hombre- muestran una predisposición particular al cáncer. Y la más importante de todas la constituye la prueba química. En 1933, el bioquímico alemán Heinrich Wieland (que obtuviera el premio Nobel de Química, en 1927, por su trabajo sobre los ácidos biliares), logró convertir un ácido biliar en un hidrocarburo complejo llamado «metilcolantreno», poderoso carcinógeno. Ahora bien, el metilcolantreno, al igual que los ácidos biliares, tiene la estructura de cuatro cadenas de un esteroide y resulta que todas las hormonas sexuales son esteroides. ¿Puede una molécula deformada de hormona sexual actuar como carcinógeno? O incluso una hormona perfectamente formada, ¿puede llevar a ser confundida con un carcinógeno, por así decirlo, por una forma distorsionada de gen en una célula, estimulando así el crecimiento incontrolado? Claro está que tan sólo se trata de especulaciones interesantes.
Y lo que resulta bastante curioso es que un cambio en el suministro de hormonas sexuales contiene a veces el desarrollo canceroso. Por ejemplo, la castración para reducir la producción de hormonas sexuales masculinas, o la administración neutralizadora de hormonas sexuales femeninas, ejerce un efecto paliativo en el cáncer de próstata. Como tratamiento, no puede decirse que merezcan un coro de alabanzas, y el que se recurra a estas manipulaciones indica el grado de desesperación que inspira el cáncer.
El principal sistema de ataque contra el cáncer aún sigue siendo la cirugía. Y sus limitaciones continúan siendo las mismas: a veces, no puede extirparse el cáncer sin matar al paciente; con frecuencia, el bisturí libera trocitos del tejido maligno (ya que el tejido desorganizado del cáncer muestra tendencia a fragmentarse), que entonces son transportados por el torrente sanguíneo a otras partes del organismo, donde arraigan y crecen.
El uso de radiación energética para destruir el cáncer presenta también sus inconvenientes. La radiactividad artificial ha incorporado nuevas armas a las ya tradicionales de los rayos X y el radio. Una de ellas es el cobalto 60, que genera rayos gamma de elevada energía y es mucho menos costoso que el radio; otra es una solución de yodo radiactivo (el «cóctel atómico»), que se concentra en la glándula tiroides, atacando así el cáncer tiroideo. Pero la tolerancia del organismo a las radiaciones es limitada, y existe siempre el peligro de que la radiación inicie más cáncer del que detiene.
Pese a todo, la cirugía y la radiación son los mejores medios de que se dispone hasta ahora, y ambos han salvado, o al menos prolongado, muchas vidas. Y necesariamente serán el principal apoyo del hombre contra el cáncer hasta que los biólogos encuentren lo que están buscando: un «proyectil mágico», que sin lesionar las células normales, luche contra las células cancerosas bien para destruirlas o para detener su desatinada división.
Se está desarrollando una labor muy eficaz a lo largo de dos rutas principales. Una conduce a averiguar todo lo posible acerca de esa división celular. La otra, a especificar con el mayor número posible de pormenores cómo realizan las células su metabolismo con el fin esperanzador de encontrar alguna diferencia decisiva entre las células cancerosas y las normales. Se han encontrado ya algunas diferencias, pero todas ellas bastante insignificantes... por ahora.
Entretanto se está llevando a cabo una magnífica selección de elementos químicos mediante el ensayo y el error. Cada año se ponen a prueba 50.000 nuevos medicamentos. Durante algún tiempo, las mostazas nitrogenadas parecieron ser prometedoras, de acuerdo con la teoría de que ejercían efectos parecidos a la irradiación y podían destruir las células cancerosas. Algunos medicamentos de este tipo parecen representar alguna ayuda contra ciertas clases de cáncer, por lo menos en lo concerniente a la prolongación de la vida, pero evidentemente son tan sólo un remedio paliativo.
Se han depositado más esperanzas en la dirección de los ácidos nucleicos. Debe existir alguna diferencia entre los ácidos nucleicos de las células cancerosas y los de las normales. El objetivo, pues, es encontrar un método para interceptar la acción química de uno y no la de los otros. Por otro lado, tal vez las células cancerosas desorganizadas sean menos eficientes que las células normales en la producción de ácidos nucleicos. Si fuera así, la introducción de unos cuantos gramos de arena en la maquinaria podría truncar las células cancerosas menos eficientes sin perturbar seriamente a las eficaces células normales.
Por ejemplo, una sustancia vital para la producción de ácido nucleico es el ácido fólico. Éste representa un papel primordial en la formación de purinas y pirimidinas, los bloques constitutivos del ácido nucleico. Ahora bien, un compuesto semejante al ácido fólico podría (mediante la inhibición competidora) retardar el proceso lo suficiente para impedir que las células cancerosas formaran ácido nucleico, permitiendo mientras tanto que las células normales lo produjeran a un ritmo adecuado, y, claro está, las células cancerosas no podrían multiplicarse sin ácido nucleico. De hecho, existen tales «antagonistas acidofólicos». Uno de ellos, denominado «ametopterina», ha demostrado ejercer cierto efecto contra la leucemia.
Pero hay todavía un ataque más directo. ¿Por qué no inyectar sustitutivos competidores de las propias purinas y pirimidinas? El candidato más prometedor es la «G-mercaptopurina». Este compuesto es como la adenina, pero con una diferencia: posee un grupo -SH en lugar del -NH 2 de la adenina.
No se debe desestimar el posible tratamiento de una sola dolencia en el grupo de enfermedades cancerosas: Las células malignas de ciertos tipos de leucemia requieren una fuente externa de la sustancia aspargina que algunas células sanas pueden fabricar por sí solas. El tratamiento con la enzima aspargina, que cataliza la desintegración de la aspargina, reduce sus reservas en el organismo y da muerte a las células malignas, mientras que las normales logran sobrevivir.
La investigación decidida y universalizada acerca del cáncer es incisiva y estimable en comparación con otras investigaciones biológicas, y su financiación merece el calificativo de espléndida. El tratamiento ha alcanzado un punto en que una de cada tres víctimas sobreviven y hacen una vida normal durante largo tiempo. Pero la curación total no se descubrirá fácilmente, pues el secreto del cáncer es tan sutil como el secreto de la vida misma.
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