Aula Sibilia. Tecnociencia




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7. Hombre Postorgánico | Esencia Informativa del Ser Humano | Inmaterialidad de la Información

Así, las propuestas de la genética y la teleinformática, aunque sean diferentes entre sí, integran el mismo paradigma tecnocientífico. Su objetivo último coincide: superar los límites de la materia, trascender las restricciones inherentes al organismo humano en busca de una esencia virtualmente eterna. En ambos casos se rechaza la materialidad y organicidad del cuerpo a la vez que se exacerba el polo inmaterial: el alma, el espíritu, la luz.

Así el cuerpo material recibe una grave acusación: es limitado y perecedero, vive fatalmente condenado a la obsolescencia. Superar los parámetros básicos de la condición humana, su finitud, su contingencia, mortalidad, corporalidad, animalidad, limitación existencia, aparece como el móvil e, incluso, como una legitimación de la tecnociencia fáustica actual. Se re reclama un Hombre Postorgánico, que trascienda la forma actual de la humanidad.

La idea de inmaterialidad de la información reposa en que se ha demostrado que la información esencial de determinado elemento puede desmaterializarse y trasferirse a través de diversos medios sin sufrir alteraciones. Esta inmaterialidad de la información caracteriza a nuestra era y suele marcar todos los discursos sobre el tema.

Parece que “la información perdió su cuerpo”. Se ha operado una escisión (ruptura) conceptual entre la información y su soporte material: este último ha sido descalificado y la primera se ha convertido en una suerte de “fluido desencarnado”, capaz de transitar entre diferentes sustratos sin perder ni su forma ni su sentido.

Así, la información adquirió una relevancia universal, se trasformó en denominador común de todas las cosas vivas e inertes y logró la supremacía sobre la materia.

En conclusión, si la esencia de la humanidad es informática (inmaterial), entonces no habría diferencias sustanciales entre computadoras y seres humanos, porque ambos compartirían la misma lógica de funcionamiento.

En la nueva modalidad de la gnosis laica, hasta se plantea que sólo sería posible la salud gracias a la modificación o eliminación del cuerpo. Por ahora, cabe señalar que esa modificación o eliminación se quiere realizar en nombre de la tecnociencia y en provecho de la supuesta “esencia informativa” del ser humano.

Hoy hay una especie de neocartesianismo en el cual la vieja oposición de cuerpo-alma correspondería al par hardware-software. Y la balanza se inclina hacia el polo del software. Vale recordar que el famoso “pienso, luego existo” de Descartes también terminaba arrojando todo el peso del ser humano en el polo inmaterial del dualismo: la mente. En la actualidad no se hace más que reafirmar el viejo dualismo privilegiando el polo inmaterial (software-código) a la vez que se desdeña y castiga el material (hardware-orgánico)

Pero el viejo cuerpo de la anatomía y de la fisiología todavía se yergue (erige), la materialidad del cuerpo se rebela orgánica, demasiado orgánica. Lo sensible persiste e insiste: el hombre parece estar enraizado hasta la médula en su estructura de carne y hueso. Al menos... por el momento.

8. Ruptura del dualismo cartesiano | Hombre como Vinculación Cuerpo-Mente

Hasta el momento todas respuestas respecto a la conciencia y la mente y su relación con el mundo material parecen resolverse dentro del viejo dualismo cartesiano. Las respuestas suelen ser monistas, en tanto que enfatizan o el polo material (cuerpo) o el inmaterial (mente). Estos son los monismos básicos de nuestra tradición filosófica materialista e idealista.

Pero también se reclama en la actualidad que, para un sector que se autodenomina ciencias de la vida, parece haber todavía mucha incomprensión sobre lo que sucede de hecho en su elemento natural, el ecosistema, mucho mayor y más complejo que una mesa de laboratorio.

Desde esta perspectiva proyectos como los de la inteligencia artificial, la ingeniería genética y las biotecnologías revelan sus frágiles cimientos, que cercenan la vida al separarla del cuerpo orgánico, en su trágica búsqueda de una “esencia” etérea y eterna.

En este sentido, muchos se han aventurado a superar esa ruptura dualista. Algunos sugieren la enunciación de una nueva biología filosófica, según la cual lo orgánico prefiguraría lo espiritual y el espíritu continuaría formando parte de lo orgánico.

De ese modo, la vida ligada al organismo sería ineluctablemente mortal, pero en vez de limitar la vida, el hecho de ser orgánica y mortal animaría sus potencia, porque tanto la vida como el pensamiento solamente serían posibles en el mundo orgánico, es decir, enraizados en un cuerpo vivo.

La corriente dinámica de las ciencias cognitivas reclama que “el cerebro no es una computadora” y que “es imposible entender la cognición si se la extrae de su encarnación”.

Al defender la necesidad de un vínculo entre mente y cuerpo humano, los dinamistas niegan toda posibilidad de que exista pensamiento anclado exclusivamente al software, y alegan la importancia fundamental de la interacción con el medio ambiente sensible y con los otros, la locomoción, la percepción, las diversas acciones y reacciones ejercidas sobre el entorno físico. Todos esos procesos requieren la encarnación de la mente en un cuerpo.

En el plano evolutivo, el sistema neuronal surgió así, conectado con censores y músculos, esos vínculos formaron el cerebro, y sobre esa base comenzaron a asentarse operaciones más abstractas. Por eso, lo orgánico sería un requisito básico y necesario para el pensamiento.

El pensamiento propiamente humano y el procesamiento de información efectuado por las computadoras son diferentes, el hombre no razona en términos binarios, no opera con unidades de información (bits), sino mediante configuraciones intuitivas e hipotéticas; además, acepta datos imprecisos y ambiguos; actúa no sólo de modo enfocado, sino también lateralmente. La mente no se limita a razonar lógicamente, en un sentido semejante al procesamiento digital de datos propio de los dispositivos informáticos. Por el contrario, el pensamiento poseería una potencia analogizante inherente, relacionada con las condiciones materiales de la existencia humana, incluyendo el sufrimiento y la sexualidad.

En este sentido, sería imposible pensar sin cuerpo, porque el sufrimiento es una experiencia inextricablemente vinculada al cuerpo orgánico. Un programa informático capaz de sentir dolor de pensar sería el único caso para no desesperar con la tecnociencia.

Volviendo al pensamiento de Descartes, terminó admitiendo que el hombre no se puede reducir a una mente inmaterial acoplada a un cuerpo mecánico, un ser dual y claramente escindido (separado), sino que se trata de una “criatura incorporada”.

Esa evidente insuficiencia de los saberes occidentales al a hora de explicar toda complejidad del pensamiento quizás tenga una explicación relativamente simple: quien piensa no es el cerebro, sino el hombre. La conciencia y el cerebro no son lo mismo, aunque estén evidentemente vinculados.

En el terreno de las emociones, los sentimientos, las sensaciones y las pasiones, la tecnociencia sólo ha registrado fracasos al intentar imitarlos. Por ejemplo, los programas de ajedrez actuales logran jugar al mismo nivel que los grandes maestros, pero usan mecanismos intelectuales limitados si se los compara con los de los jugadores de carne y hueso. La informática sustituye la comprensión por grandes cantidades de cálculos porque las computadoras tienen abundante capacidad y velocidad en ese aspecto, pero sus programadores todavía no entienden los mecanismos que las mentes humanas implementan al jugar al ajedrez.

Las actividades más complejas de la mente humana son las más difíciles de entender y emular digitalmente. Probablemente una computadora jamás logra copiar el pensamiento, porque hay un obstáculo en los aspectos más “irracionales” del hombre.

“Amar es lo más difícil que hacen los humanos, y también es lo más difícil de imitar”.

El problema del dualismo cuerpo-alma, así como las diversas maneras en que cada época lo resuelve, constituyen serias cuestiones políticas. Las tecnologías de producción de almas y cuerpos, en todos los tiempos, suelen conspirar contra las potencias de la vida; obedecen a intereses de una determinada formación histórica, aunque en lucha constante con otras fuerzas que también batallan intentando oponerse. Pero la vida opone resistencia a los dispositivos desvitalizantes y siempre es capaz de crear nuevas fuerzas.

9. Naturaleza en la Modernidad | Evolucionismo

Dios, como un buen relojero, había construido y dado cuerda al gran reloj universal; después de ese supremo acto inicial, el creador se había retirado dejando la máquina en perpetuo funcionamiento.

Con los impetuosos avances del capitalismo industrial, sin embargo, la pregunta por el origen se hizo cada vez mas presente.

Una respuesta llegó en 1859, enunciada por Charles Darwin. El mundo del siglo XIX ganó una explicación a la altura de sus necesidades. El hombre emergía de sus páginas como un animal en competencia feroz con los demás y en lucha por la dominación para la supervivencia.

Conceptos como selección natural, lucha por la vida y violenta eliminación de los inaptos legitimaban, también, el nuevo orden sociopolítico y económico. La evolución natural se presentaba como un equivalente de la mano invisible que comandaba el mercado. El paradigma evolucionista estaba en total concordancia con el individualismo moderno y con la sociedad competitiva del capitalismo industrial.

La metáfora evolucionista, íntimamente emparentada con la idea de progreso, pronto empezó a invadir los más diversos campos de saber.

La naturaleza había sido reformulada como una feroz arena de lucha. Podemos afirmar entonces, que la naturaleza que acompañó el desarrollo del capitalismo industrial también se encuentra en pleno proceso de reconfiguración.

10. Naturaleza en la Posmodernidad | Postevolucionismo

La naturaleza postulada por Darwin demoraba un millón de años en crear una nueva especia. Ahora, no sólo la extinción es infinitamente más veloz, gracias a la ingeniería genética, la creación de nuevas especies por medio de artimañas no naturales también promete convertirse en rutina.

En 1996 comenzaron a lanzarse por el planeta los organismos genéticamente modificados, tanto vegetales como animales. Es una auténtica carrera por la creación de productos innovadores, con el firme anhelo de obtener un buen posicionamiento en los mercados globalizados.

Como se sabe, la especie humana no está excluida de este proyecto, muy por el contrario, el potencial de lucro que guarda su genoma es incalculable, especialmente para las industrias biomédicas y farmacéuticas, suscitando más expectativas y polémicas que cualquier otro proyecto biotecnológico.

Lo cierto es que en los últimos tres o cuatro siglos, la vida y la naturaleza han sido afectadas a tal punto por las proezas de la tecnociencia, que ya no parecen coincidir con su antigua definición. Obviamente, la nueva versión de naturaleza que emerge de esas turbulencias deberá ser compatible con el mundo contemporáneo.

Cuando el alfabeto de la vida comenzó a ser descifrado (código genético), quien fuera capaz de comprender este lenguaje estaría en las condiciones de captar la esencia de todos los organismos que habitaron el planeta desde el primero. Y más, una vez dominada la misteriosa dinámica, los científicos podrían alterar a gusto las informaciones condensadas en los genomas de cada especie.

La nueva perspectiva que partió de la biología molecular no sólo permitió entender, sino que además ayudó a expandir los horizontes de otro tipo de evolución: la artificial o tecnológica. Esto es lo que empieza a denominarse postevolución.

El proyecto abarca toda la biósfera, ya que absolutamente todos los seres vivos de la tierra están compuestos por la misma sustancia: el mismo tipo de información. La proximidad entre hombres y animales puede consignarse en la metáfora digital que dice que se trata de “software compatible”.

La equivalencia se puede establecer con respecto a cualquier otro espécimen vivo, sea una mosca, una lechuga, una orquídea o una bacteria. De hecho, la diferencia es meramente cualitativa: se refiere a cantidad y al modo de organización del mismo tipo de información. “El hombre no difiere de la bacteria E.Coli debido a una química más eficiente, sino a un contenido de información mucho más basto”.

Todo esto significa que la barrera que siempre ha separado a las diversas especies puede ser atravesada, desactivando también la escisión entre naturaleza y artificio, un quiebre radical que en el pensamiento occidental.

Así, de los laboratorios no emergen sólo computadoras controladas por chips de ADN humano o de neuronas de animales, pueden surgir también combinaciones polémicas, como un tipo de arroz que promete erradicar los principales problemas de salud en Asia gracias a una inclusión de genes de una flor, un virus, una leguminosa y una bacteria.

Las nuevas posibilidades de hibridación parecen infinitas, gracias a la recombinación de informaciones orgánicas e inorgánicas mediante la ingeniería genética y la teleinformática.

Con todas estas novedades la naturaleza está perdiendo su tradicional opacidad y su rigidez típicamente analógica. Ingresa así, ella también, en el proceso de digitalización universal.

En este sentido la tecnociencia de índole fáustica parece decidida a eliminar del mundo una de sus características constitutivas: lo imprevisible. “El destino está escrito en nuestros genes”. Por eso, se supone que basta con tener acceso al oráculo genético para saber todo lo que es, lo que fue y lo que será; y dominar las técnicas de la biología molecular sería una condición tan necesaria como suficiente para alterar el texto del destino.

Estos nuevos saberes llevan en sí un fuerte impulso: la ambición de controlar el futuro. Cerrar las puertas a lo imprevisible y comandar el destino del mundo. Una actitud indudablemente fáustica. La voluntad de conducir la evolución, tomar las riendas de la especie humana y de toda la biósfera: ésa es la promesa encerrada en la técnica que permite manipular la herencia genética de los seres vivos.

En este sentido, el proyecto genoma humano, ampliamente divulgado como algo que permitirá desprogramar las enfermedades y la muerte, anular el envejecimiento y desactivar el dolor, persigue el fin de controlar el destino, restringir el enorme abanico de posibilidades contenidas en el juego de dados del futuro.

Ahora el objetivo es proyectar y producir seres vivos con fines explícitos y utilitarios.

Por otro lado, cabe agregar que los dispositivos disciplinarios de la modernidad se dirigían a modelar cuerpos y subjetividades para encuadrarlos en un proyecto sociohistórico específico, como la cultura y la educación. Pero ya no hace falta restringir tales procesos a esos métodos impresitos y lentos. Los saberes de inspiración digital y ambiciones fáusticas pretenden llevar a cabo un programa mucho más radical y efectivo de formateo: intervenir directamente en los códigos genéticos y en los circuitos cerebrales, que se presentan como los elementos determinantes de la gran mayoría de las características humanas, físicas y psíquicas.

Las biotecnologías serían capaces de lograr aquello que los esfuerzos sociopolíticos del pasado no han podido conseguir: generar un nuevo tipo de ser humano. Así, se vislumbra una posible victoria de los ingenieros genéticos precisamente allí donde han fracasado los arduos métodos del reformismo social. La ingeniería genética se perfila como capaz de efectuar una reprogramación precisa y eficaz de los seres humanos.

11. Ruptura de la Historia Evolutiva | Trasmutación Genética | Compatibilidad Humano-Computadora

Gracias a sus habilidades culturales el hombre se apropió del planeta tierra. La intervención humana pasó a afectar el desarrollo de los más diversos organismos de otras especies, tanto vegetales como animales. Del mismo modo, la construcción de herramientas para lidiar con todos los aspectos de la vida cotidiana, así como el descubrimiento de sustancias con poderes curativos, la invención de tratamientos terapéuticos y la producción de remedios para sanar o aliviar enfermedades fueron originando, también, una cantidad de saberes y técnicas con enormes influencias en la producción de cuerpos y subjetividades.

Entonces ¿Por qué la tecnociencia se presenta como una ruptura con el pasado? Porque los saberes derivados de la teleinformática y las biotecnologías estarían inaugurando algo fundamentalmente nuevo en la historia humana, propio de la tecnociencia de índole fáustica cuya hegemonía no cesa de crecer.

Antes, para mezclar la genética de especies era necesaria cierta compatibilidad para el ensamblaje sexual y mezclar sustancias. Ahora, bajo la perspectiva de la digitalización universal, las informaciones genéticas fluyen sin restricciones porque la técnica del ADN recombinable permite efectuar infinitas combinaciones. La trasmutación genética puede efectuarse entre representantes de especies totalmente distintas, incluso entre organismos animales y vegetales, inertes (informáticos) y con vida.

Estos nuevos saberes constituyen un distanciamiento tanto de la historia evolutiva precedente como de las técnicas tradicionales agropecuarias.

También el ser humano puede ser redirigido, gracias a los tratamientos genéticos, que prometen revolucionar la medicina mediante la prevención e incluso corrección de los “errores” genéticos detectados en los códigos de los pacientes.

Además, la ingeniería genética ofrece un amplio catálogo de tecnologías del alma: la genética comportamental. Esta pretende identificar las relaciones entre un determinado gen y algún atributo de la personalidad, como la criminalidad o la violencia, para alterar la información contenida en el ADN y librarnos de esos problemas sociales definitivamente.

Por otro lado, las alteraciones en información genética se combinan con la informática para promover una hibridación de los cuerpos con materiales inertes. Cada vez más integrados, los agentes artificiales se combinan con los orgánicos, disuelven las fronteras y tornan obsoleta la antigua distinción, ya que ambos elementos comparten la misma lógica de la información digital. Así es como surgen materiales inéditos como los biochips, o implantes biónicos.

En este sentido, la evolución tecnológica es tan rápida y profunda que representa una ruptura en el tejido de la historia de la humanidad. Este quiebre ocurrirá de forma tajante cuando se termine de borra la línea divisoria que solía separar los seres humanos de los dispositivos informáticos.

Se destaca la posibilidad de una fusión entre los órganos de la mente y los circuitos electrónicos para aumentar la capacidad de almacenar información a velocidades inusitadas y para efectuar un upgrade sistemático del alma, una actualización permanente a partir de la variedad de menús ofrecidos en el mercado, lo que daría lugar al Ser Humano 2.0.

En este sentido, la actividad humana está venciendo al lento accionar de la naturaleza, es por eso que la humanidad se encuentra en una encrucijada sin precedentes, ante la inminencia de tomar decisiones que mucho tiempo atrás sólo cabían a los dioses y, después, a las pericias del azar junto a las férreas leyes naturales.

El vocabulario e la tecnociencia contemporánea, según el cual las transmisiones entre las neuronas humanas ocurren mediante impulsos eléctricos y transferencias de información, abren camino para pensar una interacción posible con los aparatos informáticos. Como comparten la lógica y se basan en una estructura semejante, ambas entidades podrían interconectarse, intercambiando datos y operando de manera conjunta. Esto abre las puertas a una novedosa compatibilidad entre seres humanos y computadoras.

El único obstáculo para alcanzar la compatibilidad absoluta parece ser el estado actual del desarrollo tecnológico, que sería aún insuficiente. Sin embargo, la capacidad informática aumenta de manera exponencial y sus potencialidades no tienen límites: por definición, son infinitas.

En este horizonte se puede decir que todo podrá ingresar al orden digital. Todo puede ser convertido en información. De hecho ya se han conectado con éxito diversos dispositivos computacionales al sistema nervioso humano. También crece la digitalización de la percepción.

Las nuevas tecnologías permiten que las partes del cuerpo que han perdido su funcionalidad o intercomunicación con los impulsos cerebrales, puedan nuevamente, al menos en cierto grado, recuperar su funcionalidad o conexión. Estas tecnologías ya se están desarrollando, tanto para la motricidad, como para la percepción (vista, olfato, tacto, gusta, audición).

La nueva tecnociencia parece ofrecer los elementos necesarios para realizar un sueño largamente añorado: modelar nuestros propios cuerpos y almas, y así generar los más diversos resultados al gusto del consumidor.

Son innumerables los desdoblamientos de esta propuesta, por un lado, se abre el camino hacia la realización del sueño individualista y narcisista por excelencia: la autocreación. Desde una óptica a nivel macro, se abre el camino a la replanificación de la especie humana.

12. Eugenesia de la Tecnociencia | ¿Límites éticos?

El término eugenesia fue acuñado en 1883, y se refiere a trasmitir ciertas características humanas por vía genética. Se aplicó en varios períodos de la historia por medio de técnicas como esterilización en masa, políticas de planificación productiva, etc. Sin embargo, los alcances de la eugenesia estaban restringidos por la insuficiencia de los conocimientos y de las técnicas disponibles, y luego perdió su legitimidad por las experiencias nazis.

Como se sabe, el uso de herramientas tecnocientíficas para “mejorar la raza humana” fue un componente importante del programa nazi, con sus proyectos de eugenesia pretendían “purificar” la especie en su base biológica, propagando las características propios de los arios (considerados superiores) y eliminando el linaje de los demás grupos étnicos, así como de los enfermos mentales y personas con malformaciones físicas.

Stephen Hawking desencadenó un escándalo mediático al declarar que la informática y las biotecnologías van a incrementar la complejidad interna del cuerpo humano sin que tengamos que esperar a la evolución biológica, que es inexorablemente lenta. Pronto será posible provocar la alteración deseada en un laboratorio, para después trasmitirla a nuevas generaciones como un rasgo propio de la especie.

En los albores del siglo XXI la eugenesia parece estar resurgiendo tras largas décadas de condena y silencio. Las ideas y propuestas surgen en contextos completamente distintos. Se trata de un gesto típicamente fáustico.

En su actualización más reciente la eugenesia se presenta en términos de mercado: ahora las manipulaciones genéticas se promocionan en nombre de valores como la eficacia económica, el aumento del desempeño individual, la optimización de calidad y de la relación beneficio-costo. Es una eugenesia aparentemente inofensiva que está en venta, todo su marketing dirigido a consumidores de los mercados globalizados.

Ahora los nuevos saberes, a diferencia del pasado, posibilitan la realización plena de los proyectos eugenésicos, pues abren una senda que no sólo puede producir una “mejora” de los seres vivos, sino una verdadera producción de seres vivos. Pensemos, por ejemplo, en la técnica de ADN recombinante, donde los científicos realizan elecciones rutinarias acerca de cuáles genes alterar, suprimir o insertar en los códigos de diversos organismos animales y vegetales. La especie humana también está en la lista.

Los problemas que plantea esta cuestión son varios, ¿Quién podría decir qué es “mejor” para los seres vivos? ¿Qué criterios definen las cualidades propicias y los rasgos que deben ser eliminados? Ha pesar de la importancia que estas preguntas revisten aún no han sido respondidas. Y mientras las cuestiones éticas permanecen abiertas las investigaciones en los laboratorios avanzan todos los días.

¿Será que consideraciones de este tipo alguna vez hicieron que cualquier inventor suprimiera uno solo de sus descubrimientos? Ni siquiera es necesario responder, la construcción biopolítica de los cuerpos y subjetividades está ingresando en una etapa absolutamente novedosa y decisiva.

Es “inevitable” decía la voz sintetizada de Stephen Hawking.

Es propio de lo fáustico ser infinitista al pretender superar toda frontera.




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