Andrea Hernández Mingorance




descargar 272.61 Kb.
títuloAndrea Hernández Mingorance
página1/8
fecha de publicación26.01.2016
tamaño272.61 Kb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Biología > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8
Un paso

Andrea Hernández Mingorance
Un paso. Solo hace falta un paso para empezar una nueva vida. A mis doce años ya sabía que no era fácil. En teoría tienes que poner un pie delante del otro y luego vendrá otro paso y otro, pero, en la práctica, todo es mucho más complicado. Cuando la guagua se paró ante mí con un hondo quejido, la angustia empezó a trepar por mis entrañas. Entonces cogí impulso y di el paso para encaramarme a la guagua. El conductor me miró de arriba abajo, como si nunca hubiese visto a un niño solo. Mientras pagaba el viaje le devolví la mirada, desafiante.
Sabía que ningún niño se atrevería a iniciar una aventura como la que yo tenía planeada, pero no me consideraba un niño corriente. Yo no encajaba con los demás, mientras ellos jugaban con la game-boy yo me sumergía en las páginas de cualquier libro. Incluso los profesores comentaban mi extraño comportamiento y yo los comprendo, no es normal que en una sociedad en la que se premia a los borricos alguien ose desviarse de la senda marcada. Un día mi tutora se acercó a mí y me preguntó qué hacia, yo emergí del fascinante mundo de Gabriel García Márquez justo cuando Santiago Nasar iba a ser asesinado y le mostré la portada. Ella asintió con la cabeza y sugirió que fuera a jugar con los demás niños. Mi mirada se dirigió hacia el grupo de niños que, con las pupilas dilatadas, contemplaban fijamente las pantallas de sus máquinas sin parar de mover los dedos. Le dije a mi tutora que prefería quedarme leyendo, ella suspiró y se levantó para irse.
A mi paso por el pasillo de la guagua, las personas me miraban inquisitivamente durante un momento para luego volver a los suyo. Me senté en un asiento libre justo cuando la guagua empezó a moverse. Contemplé la rambla, los viejos edificios, los árboles recién florecidos, los manidos bancos; y en todos ellos veía mi propia inseguridad. Me había escapado de casa ¿qué sería de mí a partir de ahora? ¿Les importaría a mis padres?
Mi madre fue la primera en preguntarme qué quería ser de mayor. Fue una pregunta casual, sin segundas intenciones pero fue la que desencadenó el huracán. La verdad es que nunca lo había pensado. En el colegio siempre nos decían lo importante que era tener una buena carrera, indispensable para tener conseguir un trabajo digno y ganar dinero. Y yo me preguntaba ¿y después? Una vez que tuviera una carrera, un trabajo y dinero ¿sería feliz? Por eso no me preocupaba en exceso que haría con mi vida. Sin embargo cuando mi madre me lo preguntó supe la respuesta.
— Quiero ser escritor
Mi padre levantó la vista de su plato y dejo una cuchara de potaje a medio camino de su boca. ¿Escritor? Yo asentí con la cabeza, orgulloso de haber encontrado algo que estaba seguro me haría feliz. Pero mis padres no parecían orgullosos. Mi madre se limpió cuidadosamente la boca con la servilleta de tela y me miró seriamente. ”Cariño, todavía eres muy pequeño para decidir eso”. Yo dije que no, quería ser escritor, estaba seguro. Mi padre sonrío y con un tono de fingida dulzura me dijo que ese trabajo no tenía salida profesional, que seguramente acabaría en el paro junto con otros muchos escritores fracasados. Mi madre le apoyó y comentó que mejor era acudir a una universidad y estudiar una buena carrera como medicina o derecho.

Parecía que la guagua huía de la tarde, pero los últimos rayos de sol se lograban colar por la ventana, alumbrado a los pasajeros. Los contemplé atentamente, parecían sacados de las páginas de mis cuentos. Allí estaba la niña que soñaba con ser princesa pero que se pinchó con la aguja de una rueca, el anciano que vivía en las páginas de un viejo diario, la mujer que se enamoró de un duende invisible e incluso el príncipe que se había convertido en ogro. Por primera vez desde que salí de casa arrastrando la pesada mochila sentí que mi viaje tenía algún sentido. Era obvio que mis padres no me apoyaban para cumplir su sueño y jamás podría aprender a ser un buen escritor en el colegio. Por eso debía marcharme, recorrer mundo, conocer a muchas personas y vivir cientos de experiencias para luego poder plasmarlas en mi cuaderno en forma de relatos.
Me aseguré de haber guardado el cuaderno en la mochila, lo necesitaría en mi viaje. Lo había comprado poco después de decidir marcharse de casa, un cuaderno lustroso con Spiderman encaramado a una tela de araña en la portada. Mucho mejor que mi anterior cuaderno del que había llenado hasta la última página. Esa mañana había vaciado la mochila de todos los libros del colegio y en su lugar había puesto algunas mudas de ropa y sus libros favoritos. Y el cuaderno de Spiderman, por supuesto. Había acudido a la escuela como siempre, pero a la salida en vez de volver a casa me había dirigido a la estación de guaguas.
La noche caía sobre la ciudad y con ella todo se volvía más oscuro en mi mente. No era tarde para rectificar. Podría pedir al conductor que parase, solo tendría que conseguir un teléfono y llamar a mis padres para que me vinieran a buscar. Ya me inventaría alguna excusa. Esta misma noche estaría durmiendo en mi cama y por la mañana todo seguiría igual, como si nada hubiera pasado. Contemplé el ya extraño paisaje y tuve la tentación de levantarme y salir corriendo. Las dudas me inundaban.
En vez de correr, permanecí en mi asiento. Saqué el cuaderno y empecé a escribir:
Queridos papá y mamá:
Siento no haberme despedido….

ANTONIO ALBA SEMPERE.
SIN TÍTULO.


Pedro va sentado al final del autobús número 7. Esta vez ha conseguido un asiento junto a la ventanilla. La hora punta ha quedado atrás y no tiene que ir de pie cogido a la barra a la vez que sujeta la mochila con la mano que le queda libre. Esta mañana ha cambiado la mochila por una bolsa de deporte de lona azul y gris. La lleva entre sus piernas, apretada de tal forma que las piernas le duelen pero permanecen inmóviles. Contra su pecho aplasta una cazadora estampada con motivos geométricos para ensordecer los latidos de su corazón, una gorra oculta su pelo largo y grasiento ausente de champú esa mañana. Su mirada permanece fija al exterior, si acaso gira la cabeza cuando el autobús se para y necesita observar a los viajeros que suben o bajan. No es su hora habitual pero prefiere estar atento a cualquier rostro conocido. Una furgoneta blanca se para junto al autobús. El conductor estudia un plano y habla por el móvil al mismo tiempo. Está tan concentrado que cuando el semáforo cambia el autobús le regaña con un bocinazo para que avance. Pedro siente pena por el destino incierto de la furgoneta blanca. Necesita llorar pero impide por vergüenza que las lágrimas surquen su cara. Si hubiera cogido las gafas de sol podría desahogarse frente a la chica que lee. Demasiado ridículo para un día nublado que ya empezaba a limpiar las calles. Suspira profundamente y se abraza aún más a su cazadora. Recuerda que lleva un libro en la bolsa pero no puede moverse. El tiempo ha amarilleado un poco las hojas del libro, igual que el color de la lluvia del título. Lo lleva envuelto en el mismo papel de embalaje en el que se lo entregó su abuelo meses atrás. Piensa que color tomará su piel ahora que ya no respira. Antes era una piel curtida por el sol y la sal marina de años de pesca. Con sus manos huesudas le entregó una vez un caballito de mar, debió haberlo conservado pero cuando se es un niño no se valoran los detalles.

Las puertas del autobús se cierran emitiendo un soplido tras una chica demasiado pálida para llevar los labios tan rojos. El cabello negro y el atuendo gris tampoco le favorecen. La mira y se mira a sí mismo. No sabe como se supone debe vestir alguien de 13 años cuando acude a un entierro. A su abuelo nunca le gustaron los colores obscuros. No le gustaba ver a las mujeres enlutadas que tomaban el fresco. Sólo conseguían hacerse pronto más viejas. Pedro pensó que su madre no haría eso jamás. Ni siquiera por su padre, que ahora esperaba en vano la despedida de su hija. No entendía Pedro como la muerte no era justificación suficiente para anestesiar el dolor, al menos por unas horas. Es cierto que él no sabía la causa de la pelea. Por más que preguntara, su madre nunca le daba una respuesta convincente. Él, le correspondía ocultando las visitas prohibidas a su abuelo con las excusas que inventaba en el tren de vuelta.

Al autobús ya no sube gente. Los pocos que quedan, llevan maletas y algún paraguas. Es extraño ver el autobús tan vacío. La chica que lee ha cerrado el libro y la de los labios rojos rebusca en su cartera con mala cara. Hay otras cuatro personas más que se aferran a su equipaje. Todas intentan traspasar la lluvia para observar la calle. Lo de fuera no se diferencia mucho del interior del autobús. Los pocos transeúntes a penas si se detienen para cruzar la calle. Todos parecen tener un destino claro al que llegar lo antes posible y ni siquiera los coches suponen un obstáculo insalvable. De hecho, los conductores parecen no percibir la conducta desafiante de algunos peatones, simplemente aminoran ,les dejan pasar y continúan su camino. Todos quieren llegar sin perderse ni perder nada por el camino. Pedro tampoco quiere perder el libro dedicado por su abuelo. Ahora que lo ha perdido a él se aferra a un objeto suyo. Es curioso como la historia sobre la desaparición de un pueblo de montaña le gustara a alguien tan acostumbrado a llenarse las uñas de escamas y sangre. Limpiaba el pescado en el patio para evitar el olor en la casa, Pedro le veía mientras olía los geranios esperando saborear el resultado final en un estupendo caldero. Había peces saltando en la cesta, tanto, que salpicaban a Pedro y le hacían reír de forma nerviosa mientras su abuelo sonreía y seguía con lo suyo.

La estación de tren está cerca. Pedro siente de nuevo el calor de la tristeza en su cara pero logra contenerse cerrando los ojos por un momento. Pegados a su equipaje, los pasajeros se preparan junto a la puerta. Él se espera, no tiene prisa. Su tren aún tardará en salir. Quiere sentarse en el andén a leer un rato, quizá lo suficiente para pegarse luego a la ventanilla del vagón a contemplar como la lluvia cae sobre el mar.

CLASE XXXVII
Estoy viéndome en tu espejo:
César Sención._
Estoy desesperado por llegar a mi destino, y más que yo, el chofer que conduce el bus.

Cuando mis padres vengan a darse cuenta de que salí de la casa y sin avisar, ya estaré lo bastante lejos de ellos. Mi poblado es pequeño, sumamente pequeño, tan insignificante que ni siquiera sale en los mapas. Mis padres trabajan a tiempo completo, y el poco tiempo que se las pasan en casa, es para discutir y hablar de negocios, pero conmigo nada. No es excusa para marcharme. No sé que se me metió en la cabeza en ese momento, pero tuve que hacerlo, y a estas horas de la mañana, a penas raya el sol el alba, en pleno verano. No me pregunten como lo hice. Solo sé que tuve que hacerlo a escondidas, mis padres no me habrían permitido escapar.

El conductor nos ha avisado de las dos horas que se tarda en llegar a la ciudad, yo escucho con un poquito de miedo e incertidumbre, es la segunda vez que viajo en mi vida, la otra vez, estaba muy pequeño; y lo poco que recuerdo me parece sueño. Hoy no sé lo que me espera ni lo que me tiene reservado el destino. Pero aceptaré todo lo que me de, ¡Si pude aceptar las desavenencias en mi casa, sabré lidiar con las desavenencias de la gran urbe! Aunque estos pensamientos en cada parada me impiden continuar, y pensar en devolverme, pienso que es peor, por eso sigo decidido en continuar mi osada travesía.

El trayecto es largo, y un poco tedioso todavía en dentro de los pueblos, en donde se desmontan y suben algunos pasajeros. Al principio el rugir del motor me asustaba, cuando aminoraba su marcha, ya sea en las paradas, los rebases o en los empedrados caminos. Soy de los pasajeros del fondo, y por momento se escucha el motor a lo lejos, eso indica que estamos pasando por mejores caminos, las condiciones aminoran el rugir de los motores, ese urticante ruido se ha quedado atrás, bien lejos, a la intemperie en esos angostos caminos.

Desde aquí atrás veo al conductor distraerse con los vehículos en movimientos, el flujo es inmenso, entre ellos, varios vehículos de lujos se van sucediendo, y a nuestra par un viejo Cadillac rojo nos va retando. El conductor reduce la marcha, significa que estamos llegando a nuestro destino, las señales lo indican, el taponamiento es mayor, el Cadillac rojo logra escabullirse entre los demás vehículos, a nuestro lado queda otro bus, con menos gente, pero del mismo tamaño, a través de los cristales puedo divisar, por la cercanía, un niño de mi misma edad, y de menor porte, su mirada huidiza lo delataba, quizás sea nuevo al igual que yo en esta ciudad, lo veo en el asiento trasero solo y pesaroso, y la tristeza en el rostro que refleja es inmensa, no hay dudas de que también le dio por escapar. Me llama a curiosear su dolor, es mucha la casualidad, pero ¿como se hará en esta gran urbe?, tal vez sus padres le pelean sin razón, quizás ni los tenga, o viva con su padrastro como mi amiguito Pedrito, más sin embargo no es lo mismo, por que aunque Pedrito vive con su padrastro este lo quiere como si fuera su verdadero hijo, lo llevo para todas parte con él, incluso yo he tenido la suerte de visitar el acuario con ellos, su madre es enfermera y su padrastro profesor, ambos son bondadosos. Recuerdo que allá tan emocionados jugábamos. Nos dispersamos por toda la zona, justo en aquellas dos ocasiones se nos acercaron dos bellas señoras, una más coqueta que la otra a preguntarnos si éramos mellizos, inmediatamente la madre de Pedrito les decía que no. ¿Qué más quisiera yo? Pero se asombraban de la respuesta, ¿en serio, no son mellizos?¿ni siquiera hermanos, les contestaba el padrastro de mi amiguito, solo son vecinitos.

Nuestro bus se detiene por rato, mientras el otro bus acelera y pierdo de vista al niño con él, ¡ay si alguien pudiera ayudarle en esta ciudad! Pero ¿que estoy pensando? Si yo soy quien necesito igual o más ayuda que él.

Mirando bien de cerca al chofer del bus, tiene un cierto parecido con mi padre, un poquito más pequeño, pero a quien verdaderamente se parece es al padrastro de Pedrito, que también llegó a ser conductor de bus, nos contaba día a día, todas sus experiencias, la pesada niñez que padeció, y siempre que se refería a ella me miraba con sorna. Yo me sentía aludido, aunque admito que sus relatos me deleitaban, y a partir de entonces, empecé a verme en su espejo, el último relato hace dos días, nos contaba de aquella vez en que teniendo un poco más de mi edad, tuvo que partir de su casa, partir y sin saber a donde, la vida le había golpeado muy duro, igual que a mí, a diferencia, que antes de llegar a esta ciudad, una señora mayor se montó en su mismo bus, y por ser viuda y no tener hijos se interesó en él, lo adoptó y a partir de ese momento la vida empezó a devolverle lo que de su niñez le había robado.

A mí, aunque no me ha tocado la misma suerte, no pierdo la esperanza de que un día llegue. La providencia de Dios es muy grande, por eso estoy atento a cada señora viuda o no, que se monte al bus, alguna puede que se apiade, me prodigarme sus saludos, y una que otra mirada lastimera, es poco lo me llega aquí al final del bus.

Se detiene definitivamente el bus, esta vez si llegamos a la última parada, a través de los cristales diviso lo inmenso de las edificaciones en esta gran urbe. Mi ánimo cambia, mi mente se transforma, se me sube un fuerte rubor por las venas, me estoy quedando totalmente solo en el bus, mi incertidumbre se hace mayor, grita el alta voz su ultima parada, y se me enfría el alma, cabizbajo camino y observo la profundidad de mis pasos, los que me van llevando a un hondo abismo, bajo el ultimo peldaño y me detengo anonadado en el pavimento, sin norte ni sur. ¿Estas perdido? Irrumpe una voz suave. Es una mujer muy hermosa, del porte de la madre de mi amigo Pedrito, y lo mismo de bondadosa, se detiene a mis espaldas. ¿Esperas a alguien niño bello? Continua. ¿Esperas a tus padres, verdad? En lo que respondo. No tengo padres. Entonces ¿A dónde te diriges…es peligrosa la ciudad para un niño de tu edad? Y yo le contesto enfáticamente, no tengo a donde ir, mi casa es la calle. Vente conmigo, me dijo ella inmediatamente, te invito a mi casa, y con alegría excepcional continua, que de ahora en adelante, será también tuya.
  1   2   3   4   5   6   7   8

similar:

Andrea Hernández Mingorance iconMtro. Francisco Hernández Hernández

Andrea Hernández Mingorance iconName: Andrea D. Molinari

Andrea Hernández Mingorance iconPaula Mathiasen and Andrea C. Premoli

Andrea Hernández Mingorance iconRojas macareno andrea montserrat

Andrea Hernández Mingorance iconAndrea Ramírez Lúa Ayón

Andrea Hernández Mingorance iconPara Andrea, por abrir puertas

Andrea Hernández Mingorance iconAndrea Lassalle- viviana Sabatino- silvia Márquez

Andrea Hernández Mingorance iconDocente: Andrea Giraldez Demian Procopio Curso: Sábado k-5051

Andrea Hernández Mingorance iconTutoría 1: Resumen de Video Leidy Andrea Cruz Cód. 083400122010

Andrea Hernández Mingorance iconG L o s a r I o honorina hernández rivera




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com