Conferencia de edgar morin




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CONFERENCIA DE EDGAR MORIN

Amigas y amigos:

He intitulado mi conferencia Complejidad.

Hoy día se debe empezar por constatar que la palabra complejidad se emplea en muchos casos, pero su uso no significa una conquista del conocimiento, ni un nuevo modo de concebir las cosas. Significa, en el lenguaje común, una ausencia de posibilidad de dar una descripción adecuada. Significa más confusión que esclarecimiento. Cuando se dice: “ la situación mundial es muy compleja!”, “;ah, la situación política es muy compleja!”, “ esta personalidad es muy compleja!”, significa que no podemos dar una explicación. No se trata entonces de una victoria del conocimiento, sino todo lo contrario.

Podemos constatar que la noción de complejidad no se encuentra en la tradición filosófica del mundo occidental. Se puede decir, de hecho, que hay muchos pensadores filósofos complejos en los hechos, no en las palabras. Pensemos, por ejemplo, en el viejo Heráclito de Efeso1, quien vivió seis siglos antes del periodo cristiano. Era un pensador complejo porque enfrentó algunas contradicciones lógicas, no para eliminarlas, sino para asumir que dos nociones antagonistas se deben concebir juntas para entender algunas cosas. Decía Heráclito: “dividamos, tomemos la unión de la discordia y de la concordia”. Proponía “vivir de muerte, morir de vida” —regresaré más adelante sobre este punto y su significación.

Tanto Aristóteles2 como Platón3, Spinoza4 y Heidegger5, y muchos filósofos más descubrieron aspectos de lo complejo. Por ejemplo, Platón dice que hay un mundo de las apariencias y de los fenómenos, pero no toda la realidad puede caber detrás de este mundo. Es el fin de una concepción muy sencilla de la realidad. No voy a abundar en este sentido, porque sería tema para otra charla, pero quería señalar lo que ocurre cuando no existe concepto de complejidad. En la tradición filosófica hay pensamientos complejos, pero cuando se hace un descubrimiento complejo, se tiende a “cerrarlo”, a dogmatizarlo. Históricamente, encontramos en el pensamiento chino y en sus fundamentos antiguos, en el Tao6, una complejidad en el sentido de que para entender las cosas en el mundo se deben unir dos nociones complementarias y antagonistas (Ying y Yang), pero también la importancia de no concebir objetos separados, sino las relaciones entre estos objetos.

La historia de la ciencia occidental nos muestra que lo denominado ciencia clásica se desarrolla del siglo xvii al siglo xx, aunque subsisten algunos de sus rasgos en ciertos sectores. Los dogmas fundamentales de la ciencia clásica rechazan la complejidad, porque la complejidad es una confusión de las apariencias. Pero el mundo real, detrás de esas apariencias, es un mundo de determinismo, de leyes muy constreñidas, muy claras, y esto implica la disipación de la complejidad. Plantea también el principio de reducción según el cual conocer las unidades primarias, las más sencillas de un sistema o de un conjunto, es suficiente para conocer el todo. Está también el principio de disyunción, es decir, que al no comunicarse más entre ellas, cada disciplina construye un fragmento de realidad objetiva, pero entre los pedazos no se puede ver el tejido común.

Por estas razones hay un rechazo de la complejidad, porque significa incertidumbre, confusión, apariencias. No se puede concebir la complejidad sin revisar primero las raíces latinas de la palabra cornplexus, lo que esta tejido, junto, y el verbo complectere, que significa abrazar. Pero no se puede abrazar, no se puede ver el tejido común que se encuentra desintegrado en las disciplinas.

Es muy interesante ver cómo, históricamente, existe una brecha en esta concepción. La complejidad irrumpe primero en los hechos y no como una noción. En el siglo XIX, Weaver habló de la complejidad desorganizada, es decir, de las consecuencias del segundo principio de la cibernética7. Este segundo principio introduce un proceso de desórdenes o de desorganización con el aumento de la entropía y de los sistemas cerrados. Esta idea también se generalizó por algunos teóricos, como Clausius8, al estudio del Universo, dicen que el Universo tiende a la dispersión generalizada, es decir, a la entropía mísma Es un principio de desorden.

En el siglo XX, el mundo de la física, más precisamente el de la microfísica, usó factores de incertidumbre, entre otros, de dificultades lógicas, e introdujo, de hecho, el concepto de complejidad. Podemos decir también que, desde el siglo XIX, la concepción darwinista de la evolución incorporó al azar como parte sustantiva de su pensamiento. En efecto, la evolución en la teoría de Darwin consiste en variaciones al azar y selección natural. La selección así como la teoría son el factor de racionalidad, pero las fluctuaciones en sí son algo que ocurre por azar, no hay más: se trata de un determinismo mecanicista.

En la cosmología, se hizo casi evidente la idea de que no hay un universo inmóvil con su historia, su principio; un principio térmico muy muy grande que se llama Big Bang: esto es, una erupción térmica donde se produjo una enorme agitación, la creación de las partículas, el movimiento de destrucción y de creación de los núcleos de los átomos, de las galaxias y de otra infinidad de cosas. En la evolución del Universo, es muy difícil hacer predicciones sobre su futuro, cuando éste tiene la posibilidad de generar una nueva concentración con la victoria de la gravitación, o de llegar hasta la dispersión con la energía negra.

Científicamente, en estos hechos se encuentra la complejidad. Pero los científicos no utilizan esta palabra. ¿Cómo surge entonces esta noción? Aparece en un campo muy alejado de las ciencias naturales, físicas y biológicas, aislado de la ciencia humana. Son matemáticos, ingenieros, quienes elaboran la teoría de la información: Shannon9, Weaver10 y Norbert Wiener11 (quien formula el concepto de la cibernética); ellos introducen una noción que no concuerda más con la causalidad lineal del determinismo sencillo: la retroacción, que es una causalidad circular. La teoría de los sistemas tiene como principio primero, como idea matricial, el que el todo no se puede concebir como la adición de las partes: hay una calidad supra aditiva.

La palabra complejidad se manifiesta, por ejemplo, en el pensamiento de Ashby12, quien la definió como el grado de variedad dentro de un sistema. Pero la complejidad no hizo muchos avances como noción. En los hechos, progresó a través de nuevas concepciones, como la de fractal de Mandelbrot13, la teoría de las catástrofes de Thom14, ambos matemáticos. Después, la física del caos afirma que a pesar del hecho de que al inicio hay un determinismo, los procesos que se desarrollan a partir de éste no se pueden predecir y parecen totalmente desordenados, es decir, el determinismo es salvado en principio, pero no en los hechos. Se puede decir que a través de las interconexiones entre varias teorías aparece la noción de complejidad, que encuentra su primer uso casi oficial en las ciencias de la complejidad, en el Instituto de Santa Fe15.

En esta concepción, en la ciencia de los sistemas complejos, la noción de complejidad abraza, entre otras, las teorías del caos y de las catástrofes; se reduce a los sistemas en los que se hacen muchas interrelaciones, interreacciones que parecen muy complicadas, son sistemas dinámicos. Es evidente que en este momento no hay posibilidad de reducir. El reduccionismo se encontró en una crisis muy fuerte. Y es entonces que se presenta la palabra emergencia, referente a las cualidades surgidas en los procesos globales que no se pueden entender a partir de los elementos particulares. Eso es la teoría de los sistemas complejos, pero es también lo que llamo la “complejidad restringida o limitada”, porque esta restringida a estos tipos de sistemas aparentemente complicados. Pero pienso que todos los sistemas o cada uno de ellos puede definirse como complejo, y su naturaleza como organizacional. La complejidad restringida tiene sus valores porque busca formalizar, modelar, y tiene un carácter interdisciplinario. Pero se queda con la idea clásica de la búsqueda de leyes y, de hecho, no enfrenta la problemática epistemológica de la complejidad, es decir, hay una descomplejización de la complejidad. Digamos que los principios fundamentales, los dogmas fundamentales de la ciencia clásica son poco modificados y hay únicamente una brecha, no hay un replanteamiento epistemológico de la complejidad. Para mí, la complejidad generalizada es un problema epistemológico o paradigmático, ¿en cuál sentido? —porque puedo emplear la palabra paradigma, que tiene varios significados, a partir de la utilización de Thomas Khun16 en su libro La estructura de las revoluciones científicas—. Yo definí el paradigma de manera diferente: si tomamos la utilización de la palabra y la lingüística, el paradigma está en las relaciones lógicas que inician algunos conceptos clave y fundamentales.

Para entender las relaciones de lo humano y la naturaleza, plantearé dos casos: en el mundo de la universidad, existe un paradigma dominante, que es un paradigma de disyunción; para la ciencia humana, la antropología, por ejemplo, significa eliminar la naturaleza biológica-animal del humano y concentrarse en los rasgos mentales estructurales, digamos: cerebro eliminado, mente conservada. El paradigma contrario, el de la reducción, reduce todos los rasgos humanos a la biología, la mente únicamente a los procesos neuroquímicos del cerebro, o los comportamientos humanos sociales a los comportamientos que se encuentran en las sociedades del chimpancé, de los antropoides.

Un paradigma complejo será aquél que no haga disyunción, pero tampoco reducción, sino conjunción e integración de uno y del otro, porque tanto la animalidad como el biologismo se encuentran dentro del hecho cultural humano y viceversa. Es la razón por la cual, cuando realizamos nuestros actos más culturales, que tienen que ver, por ejemplo, con el bautismo, el matrimonio, los funerales, éstos son a la vez culturales y biológicos, pues implican el nacimiento, la reproducción y la muerte. Lo más cultural es, al mismo tiempo, lo más biológico; esto explica la noción de paradigma.

A partir del siglo XVII, lo que llamo el gran paradigma de Occidente es un paradigma que opera la disyunción entre el mundo de la filosofía, de la mente, del espíritu, de la poesía, de la literatura, y el mundo de la ciencia y de la técnica: disyunción total. Estamos todavía bajo el dominio de este modo de pensar. Podemos decir que las concepciones más antagonistas, el materialismo absoluto y el espiritualismo absoluto, son producto del mismo paradigma fundamental.

Esto es, en la complejidad generalizada no se puede continuar más con la reducción, con la disyunción, con el determinismo absoluto. Un sistema es una unidad que comporta elementos muy variados, muy diversos. Para entenderlo, deben unirse dos términos que son incompatibles: el uno y el múltiplo. Como se dice en latín, es la unitas multipiex, la unidad múltiple. Hay una relación muy interesante entre el todo y las partes, y es que no podemos entender el todo sin conocer las partes, pero no podemos conocer las partes sin conocer el todo; hay casi una transformación. Como lo he indicado, un todo es cualquier otra cosa más que la adición de las partes, porque se producen cualidades nuevas. El caso de la organización de la vida es muy significativo desde este punto de vista, ¿por qué?, porque a partir de los años cincuenta del siglo XX, sabemos que la constitución de un organismo vital como el nuestro está. totalmente hecho de elementos físicos y químicos que se encuentran en la naturaleza. Así, podríamos reducir el conocimiento de lo vivo al conocimiento físicoquímico. Pero no es así, porque la organización, que es un tipo de autorganización de la vida que permite tener juntas una gran variedad de moléculas, hace emerger cualidades nuevas que son obra de la vida. La reproducción, la autorreproducción, la autorreparación, el proceso de conocimiento del mundo interior, el proceso de organización de sí mismo son las cualidades que se pueden llamar vida. Si no se ven estas cualidades, se trata únicamente de un juego de moléculas, sí es un juego de moléculas, pero su organización produce la complejidad, es decir, la emergencia de nuevas cualidades.

De manera más general, podemos ver el Universo, la vida, la biosfera, el mundo humano, pero no podemos conocerlo simplemente con la reducción a un principio de orden. “Orden” significa determinismo, estabilidad, ciclo regular, regularidad. Hay orden, hay desorden, desorden significa azar, significa condiciones, inestabilidades, y en este juego de orden y de desorden aparece la organización. Lo que es muy interesante desde el punto de vista conceptual es que no hay posibilidad de eliminar el orden. Por ejemplo, los átomos de carbono que fueron necesarios para la constitución de la vida se formaron en una estrella anterior a nuestro Sol, y en la variedad de exclusión de este fuego increíble de una estrella se necesitaba que tres núcleos de helio se encontraran exactamente en el mismo momento para hacer un átomo de carbono. Es el azar, es el desorden el que es la condición de la organización, pero también el orden, porque hay una suerte de obligación de que cuando ocurra este encuentro se haga el carbono. Son las fases diversas orden-desorden-organización las que debemos unir, y la unión complementaria de estos conceptos antagonistas es, epistemológicamente, la complejidad. Si no tenemos esta consideración, nos quedamos en el nivel de la complejidad restringida.

Podemos entender ahora las palabras de Weaver, cuando decía que el siglo xix sería el siglo de la complejidad desorganizada y que el siglo xx sería el siglo de la complejidad organizada. Pero la pregunta importante es ¿Cómo religar la complejidad desorganizada a la complejidad organizada?, porque si tenemos únicamente en cuenta el segundo principio de la termodinámica17, un principio de desorganización, no podemos entender como se hicieron los átomos, las estrellas y, finalmente, la vida, su aparición. Hay un principio de complejización organizacional. Debemos poner en relación los dos, el principio de la termodinámica y el principio organizacional, pues son complementarios y antagónicos y, de nuevo, se trata de una concepción compleja.

Entonces, podemos saber que “sistema”, “emergencia” y “caos” son conceptos no conceptualizados y son, además, las concepciones restringidas de la complejidad. He indicado que esta noción de sistema no es sencilla, porque la emergencia, por ejemplo, es algo indeducible de las cualidades de la parte y, en este sentido, irreductible; es, digamos, la eliminación del pensamiento reductivo, lo cual permite concebir todas las cualidades de la vida. Podemos ver aquí la veracidad de las palabras de Heráclito: “vivir de muerte, morir de vida”. Porque sabemos ahora que en la vida de una persona humana, desde el punto de vista de su organismo biológico, éste trabaja también cuando duerme, el corazón continúa su trabajo, la sangre continúa su camino, la respiración continúa, y trabajar significa degradación de la energía. Por esta razón, somos dependientes del ambiente para tomar la comida que nos dará esta energía, y hay también una dependencia para desarrollar el conocimiento necesario que nos permita encontrar los lugares en donde tomar esta comida vital. Hay entonces en el cuerpo tanto un proceso de desorganización permanente como un proceso de reorganización permanente. Esto significa, evidentemente, que hay una desintegración de las moléculas físicoquímicas de las células, así como también una reconstitución de nuevas moléculas. Pero lo más extraordinario es que hay una mortalidad de las células que son, a su vez, remplazadas por nuevas células. Las células que mueren no mueren porque se hicieron demasiado viejas, mueren en un momento en el que las señales del conjunto corporal dan alguna indicación y la célula se suicida; éste no es un suicidio de desesperanza, sino un suicidio por y para la salud de todo el organismo. Sí, ése es su impulso, y sus pedazos son comidos por los linfocitos. Es decir, hay un proceso que organiza la muerte celular para rejuvenecer el organismo. Este proceso de rejuvenecimiento, de regeneración, de reorganización, es un proceso permanente, y las palabras “morir de vida” significan rejuvenecer. Se cansa uno demasiado, no podemos soportar una juventud permanente y entonces morimos. Podemos concebir la vida complejizando la definición que hiciera en el siglo XIX Bichat18, el médico biólogo francés, quien decía que la vida se puede definir como el conjunto de funciones que luchan contra la muerte. Pero esta lucha, podemos añadir, se hace con la integración organizacional de la muerte. Luchamos contra la muerte; con la organización de la muerte, ésta es la complejidad conceptualmente complementaria. Y si hay un exceso de muerte celular, entonces llega el Parkinson, llega SIDA, llega el Alzheimer. No hay insuficiencia, hay células que no quieren morir más que no quieren más el suicidio, que son anarquistas: “no me importa el organismo”, entonces vienen la osteoporosis, la esclerosis y algunos de los cánceres en los que se da esta proliferación celular.

Se puede ver que la complejidad es, desde el punto de vista epistemológico, una complejidad lógica. No es únicamente una complejidad empírica de los fenómenos que se interfieren, no. Es una complejidad que nos obliga a concebir unidad y diversidad, orden o desorden, organización. Es lo que llamo la “dialógica”, que tiene en sí misma algo muy tradicional en la historia de la filosofía que es la dialéctica, sobre todo en el sentido de Hegel19 y Marx20. La dialéctica dice que la oposición, el conflicto entre los contrarios, tiende a producir algo que los rebasa, una síntesis, algo nuevo que aparece. Pero la dialógica significa también que cuando se mantiene alguna contradicción desde el punto de vista lógico fundamental, no se puede superar en una síntesis. Cuando, por ejemplo, en la física cuántica, con Niels Bohr21 se admitió finalmente que una partícula puede, en ciertas condiciones, comportarse como un corpúsculo, un cuerpo material finito y, en otras condiciones, como una onda, surgieron dos nociones lógicamente incompatibles que encontramos en la realidad; y en muchas cosas las contradicciones son fundamentales. Por esto, la dialógica permite integrar la herencia de la dialéctica y, además, amplificar el problema de la contradicción.

Hablo de la ecorganización porque, como he indicado, tenemos la necesidad, para nuestra organización, de tomar comida en el medio ambiente —de donde tomamos cosas organizadas como vegetales, animales—; no podemos continuar sin la cooperación del mundo exterior. Lo mismo sucede desde el punto de vista social para el individuo, quien no puede desarrollarse como persona si no aprovecha la cultura o el lenguaje de su sociedad. Así, la multiplicidad de la dependencia permite la autonomía, es decir, debemos concebir autonomía y dependencia no desde el punto de vista de una disyunción, como antes lo hizo la ciencia determinista —que no puede entender la autonomía—, ni el espiritualismo total —que ve la libertad y la autonomía, pero no puede concebir la relación con el mundo material, real—. Podemos ver, entonces, que la autonomía necesita de la dependencia, y también que la biotonomía de la computadora “necesita una dependencia” de la electricidad.

Todas estas cuestiones nos inducen a una noción fundamental para entender la complejidad, no únicamente la dialógica, sino también la recursividad generatriz, que se refiere a los circuitos causales y productores que existen en el mundo de la complejidad. Por ejemplo, los humanos somos productos de un proceso de reproducción biológica y un proceso de producción que se hace a partir de la organización genética de nuestra herencia. Pero para la continuación del proceso reproductor se necesitan un hombre y una mujer; se hace el enlace, el acoplamiento y se produce un niño o una niña. Esto significa que somos productos y productores. En la relación social, una sociedad se continúa a través de las interacciones individuales. Puede hacerse la supresión total de las personas humanas con una bomba de neutrones muy limpios que elimine la vida humana y conserve los parlamentos, los edificios estatales, todo, pero entonces no habría más vida, no habría más sociedad. Vemos así que los individuos producen la sociedad, pero la sociedad, con su emergencia propia —cultura, educación y otros— produce los individuos producto y productores. Es una ruptura con el mundo de la causalidad lineal, es una causalidad circular la que permite entender todos estos fenómenos complejos. Además, hay un principio que llamo el principio holograma’tico, el cual significa que no hay únicamente una parte en un todo, sino que también el todo se encuentra dentro de la parte; por ejemplo, en cada célula de mi cuerpo, de mi piel, existe la totalidad del patrimonio genético, aunque sólo se expresa una pequeña parte; la otra es inhibida, pero la totalidad se encuentra ahí. Lo mismo sucede con cada individuo en una sociedad; está la sociedad como un todo con su cultura y su lenguaje presentes y está la mente del individuo. Todo esto significa que hay relaciones de tres tipos reunidas, porque si tomamos la relación individuo-sociedad, sociedad-individuo y sociedad-individuo-especie biológica, puede concebirse al humano de un modo trinitario indisociable: una producción de los individuos que produce la sociedad que produce a los individuos que producen la especie humana. Es una integración holográmica de cada uno y los otros. Y podemos aun decir que si nosotros, los humanos, nos consideramos desde el punto de vista de la evolución cósmica, sabemos ahora que las partículas que aparecieron en los primeros segundos del Universo se encuentran en nuestros átomos; que el átomo de carbono se encuentra vitalmente en nuestro organismo; que las moléculas que se hicieron en la Tierra se encontraron para formar la organización viviente y que, además, tenemos en nosotros la vida como organización fundamental, la animalidad: somos vertebrados, somos mamíferos, somos antropoides y, además, somos humanos. Es decir, está la totalidad, pero hay algo adicional: la cultura, el conocimiento mental, la conciencia. Tenemos, pues, una situación muy compleja, porque somos integralmente los hijos y las hijas de la aventura cósmica, pero somos al mismo tiempo ajenos a este cosmos con nuestra cultura, en nuestra conciencia. Y comprender a las dos y juntas es una necesidad de entendimiento que no se puede tomar, como en la enseñanza clásica, a pedazos, en pedazos cortados.

Digamos más generalmente que la enseñanza no da la posibilidad de entender lo que significa ser humano. Hay pedacitos del ser humano en la biología, los hay también en la física y en la química, en la cosmología, los hay en las varias ciencias humanas separadas unas de las otras, los hay también en la literatura, en las novelas, porque en las novelas está lo que podemos entender del modo más concreto lo que significan las pasiones, la subjetividad, la inserción en un ambiente, etcétera.

Lo más importante del pensamiento complejo —que puede revivir con algunos instrumentos como la recursión, la dialógica, la hologramática— es que podemos entender nuestra situación. Hay una noción que introdujo Heinz Von Foerster22, que habla de las máquinas no triviales: un ser viviente es también una máquina, somos una máquina térmica que funciona normalmente a 37 grados de temperatura, pero no somos únicamente una máquina, y como tal no somos triviales. Una máquina trivial es una cuyo comportamiento podemos conocer a partir de lo que le llega, a partir de los inputs; conocemos los outputs a partir de los inputs: es el determinismo. Esta máquina (la humana) puede hacer salir outputs imprevistos, inesperados. Esto pasó en la evolución biológica que fue creadora. No quiero decir con esto que haya un diseño inteligente al inicio.

Pienso, como Spinoza, que hay una creatividad en la naturaleza misma, por lo cual no se necesita un Dios externo creador. Esta creatividad manifestada en las evoluciones biológicas consiste en la aparición de alas en algunos insectos, en algunos reptiles que se hicieron pájaros, en algunos mamíferos que saben volar. Esta evolución, desde la creación en los insectos y en los animales de ojos que permiten ver, es un proceso creador, y la ciencia objetiva tenía mucho miedo de la noción de creación, porque tenía miedo de la introducción de un Dios externo que no se puede concebir científicamente. Estoy de acuerdo, pero no es una razón para eliminar todos los procesos creativos: el proceso creativo en la historia humana, en las civilizaciones humanas, y también en algunas personas, como fue ron los iniciadores de religiones: el príncipe que se volvió Buda, Jesús de Nazaret, Mohamed, todas estas personas inesperadas que estaban totalmente fuera de cierta norma social. Pero es de esta desviación que nacieron movimientos gigantes; lo mismo para el socialismo, donde las primeras ideas fueron de pensadores muy aislados, que parecían totalmente locos; y el socialismo se volvió, con la socialdemocracia y el comunismo, una fuerza gigante, para bien y para mal también. Así, no podemos utilizar una visión trivial para concebir las cosas de la vida, las cosas de la humanidad.

Ahora hablaré de la noción de caos. Para la física del caos, que es muy interesante, el caos significa procesos irregulares, desordenados. Es muy importante, porque ahora sabemos que muchos de los procesos que aparecen como totalmente determinados en una cierta temporalidad, por ejemplo, el de la rotación de la Tierra alrededor de sí misma y alrededor del Sol, tuvieron en algún momento otra determinación. De este ejemplo de procesos muy bien determinados, podemos saber que cuatrocientos millones de años antes, la rotación no era de veinticuatro horas sino de veintitrés. Y podemos pensar entonces que cuatrocientos millones de años después no será tampoco la misma cronología que hoy. Esta introducción es muy importante. Aquello que parece lo más inmóvil, lo más estable, cuando se ve desde una escala de tiempo muy amplia, ya no presenta estabilidad. Es el problema de las estrellas que nos parecen inmóviles y de hecho estén en movimiento de dispersión extraordinaria. Nuestra Vía Láctea se va hacia un atractor desconocido. Esta noción de caos de la física es buena, pero no basta, porque la noción de caos esté reducida al desorden. Debemos volver a la noción de los antiguos griegos, al caos como aquello que origina, ahí donde nace el cosmos: el universo con su orden. El caos es un origen en el que hay indistinción en el poder creador de desorden, orden y organización, es la indistinción creativa. Hoy podemos ver que no es como pensaban los griegos clásicos, primero el caos y después el cosmos. Vemos que en este cosmos hay también cosas de destrucción y de creación. En mi libro23 hablo del “caosmos”, la unión de los dos términos, existe el mismo problema lógico y epistemológico.

Veremos ahora algo muy importante relacionado con la idea de disyunción. Tomemos la ciencia económica que, desde el punto de vista formalista, del cálculo matematizado, es muy sofisticada. En ella se constatan dos enfermedades en nuestra ciencia humana tan adelantada: la primera, es cómo reduce la vida humana al cálculo. Siendo que el cálculo no puede concebir la vida humana, sus pasiones, el amor, el odio, el sentir, todo lo que hace nuestra humanidad. Es una visión muy abstracta y que, finalmente, puede ser muy dañina, porque ve únicamente cosas formales exteriores y no ve la verdad del sufrimiento de los humanos. La segunda visión de esta economía tan adelantada es que está totalmente aislada de las otras realidades humanas, por ejemplo de la psicología, en donde se pueden entender las pasiones, los pánicos; de la religión, donde se puede entender la intervención del quehacer religioso. En la economía se encuentra el acto de la vida con el consumo, pero consumimos también por una variedad de razones: si tomamos, digamos, un perfume, éste será quizá para seducir a otra persona, entre varias posibles razones. Esto explica el muy pequeño poder de predicción de la economía. Y los economistas deben hacer siempre la corrección de las predicciones: “el crecimiento no será del dos y medio por ciento, sino que será del uno o tres por ciento”. No puede predecir las grandes crisis que provienen de asuntos externos a la economía como, digamos, un tsunami o como el incidente del once de septiembre, las guerras, etc. Esto significa, en última instancia, que un conocimiento capaz de contextualizar el conocimiento de los hechos, de los datos, es más útil que un saber sofisticado incapaz de hacer la contextualización, no únicamente referida al contexto social, al espacio, sino también a un contexto histórico, para hablar de las cosas humanas.

Esta idea, evidente para todos los asuntos humanos, se volvió muy importante en la evolución de las ciencias biológicas de los comportamientos animales, pero estaba también la idea de conocer “lo que significan” los chimpancés, lo que “son” los chimpancés, únicamente en una jaula, con el método de laboratorio, es decir, aislando a los chimpancés los unos de los otros. En los años sesenta, una joven etnógrafa, Jane Van-Lawick Goodall24, hizo en Tanzania una observación de muchos años, muy difícil, pero, a partir de esta observación, descubrió una sociedad muy compleja, con relaciones entre individualidades muy distintas; puso de manifiesto que en la realidad de los chimpancés no hay incesto entre los hijos adultos y la madre. Así, la observación es en muchos casos superior a la experimentación, y en la ciencia se deben combinar ambas.

Hoy día, lo que se impone cada vez más para nosotros, para la evolución de nuestra civilización tecnocientífica y económica, es la contextualización en la biosfera. La ventaja del pensamiento sociológico ecológico es que es un pensamiento polidisciplinario que vincula las ciencias físicas, las de la Tierra, la meteorología, la geología, las ciencias biológicas, la zoología, la microbiología y también, hoy día, la inserción de los humanos, de la aventura humana con todos los peligros de degradación de esta biosfera, que conduce a la degradación no sólo de la vida humana, sino de la civilización humana misma. Hoy día, la contextualización es vital para nosotros los humanos. No podemos aislar las decisiones que tomamos sin tener en cuenta el ambiente. Hay un problema de inseparabilidad, las cosas separables tienen también una inseparabilidad con su contexto, y éste puede ser únicamente el sistema de un desencuentro, pero hoy el contexto general es el de la planetarización que algunos llaman globalización o mundialización, es el con texto que también debemos entender.

No existe en nuestra enseñanza, como enseñanza fundamental, toda la historia de la era planetaria que empezó aquí mismo, en las Américas, con las conquistas de los conquistadores, desarrollada a través de la esclavitud, de la colonización, y que hoy día toma el aspecto de la mundialización económica. Ahí también hay complejidad, porque es evidente que hay un aspecto terrible de esta planetarización. Pero también hubo intercambio: los tomates, las papas, por ejemplo, que llegaron a Europa; y el caballo y el trigo, a América. Paralelamente, en el mundo europeo surgió una conciencia autocrítica muy marginal, manifestada por dos hombres de familias judías convertidas (esto es, marranos); Bartolomé de las Casas25 —quien admitía que los indios de América tenían un alma, como los otros humanos —cosa de la que la Iglesia no quería saber nada—, y Montaigne26 —quien decía que nosotros llamamos bárbaros a las personas de otra civilización—. Así empezó lo que podemos llamar el humanismo. La idea de Montesquieu27 con sus
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