Bibliografía El Registro Fósil




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HOMINIZACIÓN Y CONSTRUCCIÓN DEL SER HUMANO:

BASES PARA UN DEBATE ENTRE ANTROPOCENTRISMO Y BIOCENTRISMO

ÍNDICE


  • El registro fósil





  • Antropocentrismo frente a Biocentrismo




  • El Biocentrismo en la filosofía occidental




  • Conclusiones




  • Bibliografía



El Registro Fósil
Partamos de una afirmación clave para el desarrollo de este artículo: no existe un primer ser humano.
Esta aserción, quizás obvia para la mayoría, puede tener consecuencias filosóficas y éticas de considerable importancia en nuestra cultura, si se piensa atentamente desde la propia perspectiva evolucionista, que no es otra cosa que una dialéctica existencial.

Los descubrimientos de restos fósiles humanos, realizados durante las dos últimas décadas en todo el mundo, han ampliado muy considerablemente el árbol genealógico del ser humano. En nuestro propio país, el yacimiento burgalés de Atapuerca está generando una serie de datos anuales, que constituyen sucesivas sorpresas para la paleoantropología.

Pero la verdadera revolución científica y filosófica ya se hizo en el siglo diecinueve, y más concretamente en 1859 a partir de la publicación de El origen de las especies. Ahora sólo tenemos que seguir aplicándola, pensándola y quizás también adaptándola, pero su esencia revolucionaria, es decir, la confirmación de que el hombre desciende de los animales, eso ya no tiene vuelta atrás.

Sin embargo esto no quiere decir que el mundo científico esté exento ya de nuevas revoluciones. De hecho la biotecnología ya lo está haciendo, metiéndonos de lleno en lo que se podría denominar “Revolución Genética”. Pero además, el concepto que tenemos sobre nosotros mismos, es decir, la manera en que el hombre piensa al hombre, puede volver a cambiar, a dar un giro de 180 grados por lo que se refiere a la trayectoria humanista occidental.

Hace siglo y medio el gran debate se originó al chocar dos conceptos radicalmente opuestos del hombre y de la vida en general, como eran el creacionista y el evolucionista. El primero, con su pensamiento fijista de las especies, viéndose amenazado por las continuas apariciones de restos fósiles, que dieron origen a las modernas teorías geológicas que abogaban por unos cambios lentos pero progresivos en el planeta, que terminarían por afectar a las especies vivas provocando en algunos casos su extinción. La evolución geológica dio así paso a la biológica en las teorías decimonónicas. Pero el creacionismo, de fuertes raíces religiosas, no estaba dispuesto a permitir que una de sus bases doctrinales se cayera a los pies.

De hecho, hoy día no parece muy coherente que por un lado se acepte la verdad del evolucionismo biológico y de nuestra ascendencia animal, y que por otro se crea al mismo tiempo en una religión que proporciona al ser humano el privilegio de un alma que lo diferenciaría radicalmente del resto de las criaturas vivas.

Pero ningún doctor de la Iglesia nos ha podido decir todavía en qué momento del desarrollo del embrión aparece el alma humana. Desde hace muy pocos años, el Vaticano ha aceptado el evolucionismo biológico, le ha costado siglo y medio decidirse, y quiere solucionar el problema causado entorno al alma humana, mediante conceptos emergentes del alma.

Sin embargo, la misma pregunta que hoy día nos hacemos respecto al alma en el embrión humano, a su simple naturaleza como persona, para intentar solucionar los problemas éticos que generan las nuevas técnicas biotecnológicas, así como el tan polémico aborto, la podríamos hacer con respecto a nuestros antepasados filogenéticos. Consideramos que el Homo sapiens sapiens tiene unos doscientos mil años de antigüedad, y que desciende directamente del Homo rodhesiensis y éste del Homo antecesor, que a su vez también era el antepasado del Hombre de Neandertal. Pero ¿en qué momento podemos decir que aparece un ser humano, el primer ser humano?

La cuestión es que no hay un primer ser humano, y esto nos puede parecer algo paradójico porque los científicos e historiadores (también en ocasiones los políticos), en muchos aspectos son los grandes sastres de la historia, de manera que cortan y cosen el tiempo y el espacio, para hacerse el traje a medida. Es la única manera que tienen de poder diferenciar las partes de un continuo proceso de divergencia biológica.

Actualmente la biología ha tenido que recurrir al análisis de ADN en laboratorios, para determinar si se ha producido algún caso de especiación en algunos animales, que a simple vista es imposible de poder confirmar. Ni siquiera la famosa norma que decía que no se podía producir un cruce entre dos especies diferentes, es ahora sostenible.

Resulta imposible determinar cuándo un ejemplar deja de ser Homo rodesiensis para ser un verdadero Homo sapiens. El registro fósil sólo cuenta con una infinitesimal muestra de todos los ejemplares, o individuos, que anduvieron por el Olduvai o por la misma Atapuerca. Veamos lo que el propio Darwin reflexiona sobre el registro fósil:

[...] los registros fósiles son muchos más imperfectos de lo que cree la mayor parte de los geólogos. El conjunto de ejemplares de todos los museos es absolutamente nada, comparado con las innumerables generaciones de innumerables especies que es seguro que han existido. [...] ¿quién pretenderá que en los tiempos futuros se descubrirán tantas formas intermedias fósiles que los naturalistas podrán decidir si estas formas dudosas deben o no, llamarse variedades? [...] Dentro de la teoría de que las especies son sólo variedades muy señaladas y permanentes, y de que cada especie existió primero como variedad, podemos comprender por qué no se puede trazar una línea de demarcación entre las especies, que se supone generalmente que han sido producidas por actos especiales de creación, y las variedades, que se sabe que lo han sido por leyes secundarias.1


A lo largo de la vida de una persona, decimos que pasamos por varias etapas, desde la infancia, a la adolescencia, a la juventud, la madurez y finalmente la vejez. Pero ¿podemos determinar el día que dejamos de ser una cosa para pertenecer a la otra? Podríamos pensar que en las mujeres, la menarquía sería determinante para concretar el paso de la infancia a la adolescencia; biológicamente podríamos establecer ese momento, que ocurre en un día concreto de la vida de la muchacha. Pero desde el punto de vista de la persona en su conjunto, en su total temporalidad, esa niña no deja de serlo al día siguiente de tener su primera menstruación. Sí que influirá en su manera de comportarse y asimilar la información de su entorno, pero no podemos decir que ese día sea una persona diferente a la anterior.

Tampoco el momento de la jubilación laboral, en hombres o mujeres, nos otorga la categoría de viejos para el día siguiente del evento. Sólo la contracción del tiempo nos permite poder catalogar las “diferentes personas” por las que cada uno de nosotros ha ido pasando.

El registro fósil al que acceden los paleoantropólogos, sería similar al descubrimiento por parte de un futuro científico poseedor de una máquina del tiempo, que haciendo una cata sobre tu vida fuera capaz de rescatar un día de tus ocho años de edad, otro de cuando tenías veinticinco, y un día cualquiera de tus sesenta y tres años cumplidos. Ante estos registros cronológicos, el científico podría establecer que fuiste niño, adulto y maduro, y no se equivocaría porque de hecho así fue, incluso podría concretar aún más y explicar que eras un niño cuando tenías ocho años y un hombre adulto con veinticinco. De manera que contraería el tiempo hasta poder clasificarlo en subgrupos de un todo principal denominado vida, tu vida.

Pero con ese registro tan pobre de lo que en realidad fue toda una vida, supongamos la vida de un tal Pedro con una existencia total de noventa y tres años, el futuro científico no podría determinar ni siquiera el día de su nacimiento. ¿Pero verdaderamente la existencia de esa persona comienza el día en que su madre dio a luz? Ese día comenzó a ser llamado por un nombre, Pedro, pero no todos coincidirían en ver su día de nacimiento como el momento en que comenzó a vivir, a existir.

Si ahora realizamos un pequeño ejercicio de extrapolación, podremos ver cada uno de los hallazgos de Atapuerca, por centrarnos en un yacimiento familiar para nosotros, como esos pequeños extractos de tiempo de la imaginada vida del tal Pedro, ahora convertida en toda nuestra filogenia como especie. Y si todavía quisiéramos profundizar más, e irnos al Olduvai, entonces tendríamos que pensar si la aparición del género Homo, no significa en realidad más que la asignación de un nombre, como el de Pedro, pero que su existencia ya es anterior, que en realidad entre un homínido de género Homo y un australopitécido no existe ninguna barrera, a no ser que contraigamos de nuevo el tiempo.

Estamos acostumbrados a contemplar la aparición del género Homo, de la misma manera que lo hacemos con el nacimiento de una persona. Un momento clave y decisivo, y sí es cierto que lo es, pero tan decisivo como pueda ser la segunda fase de la sinaptogénesis en el embrión humano, periodo en el que comienza la actividad neural, o tan decisivo como el momento de la fecundación del óvulo por parte del espermatozoide que logró llegar primero en aquella cópula concreta.

Es verdad que si contraemos el tiempo, poco o nada creemos encontrar entre ese embrión y la persona adulta, no lo sentimos Pedro, sino algo muy anterior, otra cosa, pero ¿otro ser? Sin embargo, cuando se rastrea el tiempo paso a paso, minuto a minuto, Pedro no ha dejado de serlo en ningún instante determinado; Pedro sólo pasa por diferentes estados, y Pedro no es menos Pedro cuando le cortan el cordón umbilical, que dos horas antes cuando todavía flotaba en el líquido amniótico.

Así que nuestro supuesto científico del futuro, con su máquina del tiempo, resulta que no puede acceder más que a tres momentos insignificantes de su vida, que en total suman un registro de tres días, de los 33.945 que constituyeron toda la vida de Pedro, y seguramente todavía me quedo corto, puesto que si pensamos en un origen pre-humano pongamos de unos cinco millones de años, estaríamos hablando de doscientas mil generaciones de individuos (a veinticinco años la generación). Resulta obvio, que cuantos más descubrimientos paleoantropológicos se realizan, más se acercan las especies hasta ahora catalogadas, porque al mismo tiempo se descubren también diferenciaciones hasta ahora desconocidas. Este es el proceso de acordeón, típico de los arqueólogos, y más concretamente de los paleoantropólogos, que primero lo comprimen para diferenciar grandes grupos de primates y homínidos, mientras que luego deben de ir dilatándolo, para encajar dentro las pequeñas diferencias que van apareciendo según se amplía el registro fósil.

En un registro fósil ideal, de millones de muestras, comparables a lo que fuesen al menos unos segundos de cada día de la vida de Pedro, no habría huecos, intersticios, donde saltar de una forma a otra, sino que las “mutaciones” (cambios fisiológicos y psicológicos) que provocaron los diferentes procesos de especialización al interactuar con el entorno, serían tan progresivas que no podrían apreciarse.

También se ha de tener en cuenta, que son posibles las circunstancias que originan un cambio brusco en el fenotipo del individuo como ocurre con la especie de lepidóptero Biston betularia, Falena, en la se produce el denominado “melanismo industrial”:

Hasta mediados del siglo XIX, la mariposa Biston betularia presentaba un aspecto moteado claro. Sin embargo, a partir de 1868, comenzaron a aparecer variantes de pigmentación oscura, melánica, en regiones industriales en las que la vegetación se había ennegrecido a causa de la contaminación ambiental. Con el tiempo, estas variedades melánicas fueron reemplazando, casi por completo, a la variedad original clara en esas regiones.2


Pero cuando esto ocurre, no estamos hablando de una especie nueva, sino de un individuo similar al resto de su familia taxonómica, salvo en alguna característica muy concreta de su fenotipo. Esto lo podríamos comparar con el cambio brusco en la vida de la hermana de Pedro, en el momento de sufrir la menarquía. Su cuerpo ha sufrido un cambio biológico importante, que tendrá consecuencias muy significativas para el resto de su vida, pero que no comporta una transformación de la persona como individuo específico, y si acaso tan sólo de la personalidad.

Incluso al Sahelanthropus de hace unos siete millones de años se le denomina Hombre de Toumai. ¿Pero por qué se le denomina coloquialmente “hombre? Sin duda por el afán de los investigadores que lo han encontrado por ser los descubridores del antepasado más viejo del ser humano. Pero con Toumai ya aparece el gran problema que aquí estamos tratando, no saben si está más emparentado con los homínidos que con los chimpancés. Y lo de llamarlo hombre, no es por su bipedismo, sino por su dentadura, que es lo único que les hace sospechar su parentesco con el hombre.

Incluso en Indonesia, los antiguos habitantes dieron el apelativo de Orangután al conocido primate que habita aquellas selvas, la palabra orangután deriva del malayo Orang Hutan, que significa “hombre de la selva”, lo cual refleja muy claramente que para estos antiguos pobladores de la selva indonesa los orangutanes eran, en cierta manera, similares a ellos y les incluían en el mismo conjunto vital, con el mismo calificativo, hombre, pero con un color diferente y poblador del bosque.

Contrasta esta visión inclusiva del entorno vital, con la que tuvieron los occidentales colonizadores de Australia, que hasta 1965 catalogaban a los aborígenes como parte de la flora y fauna del continente. No creo que nadie les negara la condición de seres humanos, pero es muy significativo que a efectos jurídicos, legales, burocráticos...etc, estuvieran incluidos en el patrimonio natural, con lo que ello supone desde el punto de vista psicológico, es decir considerar a la etnia aborigen y sus individuos, como una pertenencia del estado, y sobre todo el trato vejatorio que conlleva la inclusión de toda una comunidad, en el conjunto de la fauna y flora. En el caso de los nativos indoneses, la categoría hombre, otorgada a los orangutanes, acercaba a estos grandes simios al género humano y por añadidura, implicaba a los propios nativos en el mundo animal circundante. Pero en el caso de los occidentales australianos, se procedía desde un brutal etnocentrismo a la marginación absoluta de la etnia aborigen, apartándola de la posibilidad de considerarla como parte de la ciudadanía australiana.

Recientemente, los investigadores de la genética humana, han determinado con los estudios realizados sobre el ADN de nuestra especie, que no se puede hablar de razas humanas, al menos desde el punto de vista genético. Es decir, que somos una misma raza, un “continuo” genético y específico, que ha adquirido fenotipos diferentes por circunstancias medioambientales.

Si en lugar de especular espacialmente, de la forma que lo estamos haciendo al contemplar las diferentes etnias como todo un mismo grupo racial, lo hiciéramos temporalmente al analizar las variaciones progresivas que el proceso de hominización ha ido ejerciendo a lo largo de los milenios, tampoco podríamos escapar a la idea del continuum. No quiere ello decir que todos los homínidos, habidos y por haber, seamos una misma especie, pero sí que nos une un hilo irrompible, un filamento que no podemos cortar a nuestro gusto y que disuelve el mismo origen del ser humano.

No hay un primer ser humano. Pero entonces tampoco el segundo, ni el tercero, ni el que haga el número diez millones. Al abordar la continuidad filogenética del género Homo, sin solución de continuidad alguna, disolvemos el origen de nuestra propia especie en el fluir general del conjunto evolutivo. Y la disolución de nuestro origen como especie, ayuda a la disolución de un pensamiento antropocentrista, porque en cierta forma conlleva la disolución de nuestra auto-determinación. Nosotros determinamos quiénes somos y quiénes son los demás. Pero si borramos nuestro origen, estamos borrando nuestra propia identidad, para mezclarla con el resto del hilo conductor.

Por otro lado no sólo hemos de mirar al pasado, sino que las reflexiones sobre el futuro de la humanidad también pueden ser muy significativas, puesto que la evolución no se ha terminado, y menos ahora que la cultura concurre de tal manera y a tal velocidad, que se puede hablar ya de una evolución cultural. Hay dos filósofos occidentales, que han destacado en contemplar al hombre, como algo inacabado, incompleto, que deberá sufrir serias transformaciones para devenir en otro ser, a saber, Emerson y Nietzsche, el primero con su hombre inacabado y el segundo al hablar del superhombre. Sin olvidarnos de Condorcet, que ya en la prisión jacobina, y antes de suicidarse, vislumbró incluso a un ser humano transformado en sus características físicas.

¿Estamos quizás a mitad de un camino, en el proceso evolutivo hacia una super-inteligencia? Nosotros no seríamos entonces más que un simple eslabón de entre muchos otros. ¿Y cómo nos contemplarán los seres inteligentes en los que se convierta el actual Homo sapiens de aquí a dos mil años, por ejemplo?

Si se procede al enriquecimiento genético de las personas, cosa que en algunos textos se comienza a perfilar como posibilidad biotecnológica (véase L. M. Silver, Vuelta al edén, Taurus, Madrid, 1998.), de aquí a no muchos años se podría llegar a pensar que la especie humana se ha transformado en otra, y que de hecho genéticamente se habría desviado del actual Homo sapiens. Por tanto, si elevamos la vista para contemplar el continuo evolutivo en el que nos vemos inmersos, se siente la apabullante sensación de caer en un abismo insondable, ya que la barandilla donde nos apoyábamos se rompe, y nos vemos arrastrados al vacío.

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