La violencia contra la naturaleza o el poder desnudo de las transnacionales




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La violencia contra la naturaleza o el poder desnudo de las transnacionales

Autor(es): Rulli, Jorge Eduardo


Rulli, Jorge Eduardo . Miembro del Grupo de Reflexión Rural (GRR www.grr.org.ar) Es conductor del programa Horizonte Sur que se emite por Radio Nacional (AM 870) los domingos a las 11 horas. Ha publicado diversos artículos y libros, entre ellos recientemente Pueblos Fumigados/Los efectos plaguicidas en las regiones sojeras, Buenos Aires, Editorial del Nuevo Extremo, 2009.

Artículo publicado en el nro. 42 de Herramienta.



  Millones de argentinos sufren el hambre y la desnutrición, en la tierra que alguna vez fuera llamada granja del mundo. Otros millones se alimentan malamente con comidas industrializadas que, jamás habrían imaginado ingerir sus antepasados. En el Paraguay de Lugo el ejército todavía suele acompañar a las topadoras, a las máquinas de siembra directa y a los fumigadores brasiguayos, mientras el éxodo a las ciudades como Asunción se torna masivo. En Brasil, el gobierno de Lula acepta ser el exponente más claro del nuevo modelo de las corporaciones, y mientras presiona en los foros internacionales a favor de los biocombustibles convierte al Cono Sur en su patio trasero y de repoblamiento poblacional. En Uruguay, los líderes del Frente Amplio le demuestran al mundo su propia experiencia en socialismo municipal a la vez que su enorme indiferencia respecto al medio ambiente: no son capaces siquiera de comprender que las papeleras expresan un modelo de país monocultor de eucaliptos, que la soja contrabandeada desde la Argentina para no pagar las retenciones y la aprobación de semillas genéticamente modificadas como el arroz con caroteno, configuran el destino colonial del Uruguay en el siglo XXI. En Bolivia, la intervención de Lula y de Cristina ante la amenaza de la guerra civil, logró que se quitara de la nueva Constitución la prohibición a los organismos genéticamente modificados y ello parece haber detenido la confrontación, probablemente también los ímpetus de cambios existentes. El movimiento secesionista santacruceño se apoya fundamentalmente en los intereses de los sojeros y arroceros del departamento de Santa Cruz, cuyas exportaciones crecientes casi equiparan hoy a las exportaciones del gas boliviano. Desde estas perspectivas, tanto de la ecología como de la implantación de nuevos procesos de colonialismo corporativo, el común de las miradas que tan sólo logran un recuento de países latinoamericanos ordenados a izquierdas o a derechas, parecieran evadir la creciente complejidad de las situaciones locales, y nos hacen prisioneros de la confusión de los viejos paradigmas de los años 60 y 70 sin poder resolver los desafíos del presente. 

 

Hace años manifestamos: 

El proceso de globalización impuso a la Argentina en los años 90 un modelo de país productor de transgénicos y exportador de forrajes. Las consecuencias son ahora fáciles de advertir: inmensos territorios vaciados de sus poblaciones rurales, cientos de pueblos en estado de extinción, 400 mil pequeños productores arruinados y muchísimos más endeudados con los bancos debido al desequilibrio financiero que les causó la adopción de nuevos paquetes tecnológicos con gran dependencia a insumos, semillas OGMs, herbicidas de Monsanto y carísimas maquinarias de siembra directa.

 

Este modelo de exportación de forrajes ha sido perverso, pues su lógica fue la del aumento constante de esas exportaciones y ese crecimiento fue en desmedro de las producciones de alimentos. El hambre es entonces, y más allá de los discursos hipócritas de la clase política, una consecuencia directa e inevitable del modelo elegido de agroexportación de commodities. Cuántos mayores daños todavía, nos preguntamos, podrá provocar la etapa de exportación de agrocombustibles en la que estamos entrando aceleradamente. De esa manera, tanto el éxito del modelo cuanto los récord de cosechas que se obtienen, se traducen inmediatamente como mayor pobreza, indigencia y hambre para las poblaciones, a la vez que récord de niños nacidos con malformaciones, aumento en el índice de cáncer y enfermedades producidas por la contaminación de los tóxicos de la agricultura.

La violencia contra la naturaleza, expresa hoy en todo el continente el poder desnudo de las transnacionales, esa violencia se ejerce especialmente sobre las tierras campesinas devastadas, y sobre los agroecosistemas que son arrasados impiadosamente. La megaminería con uso de cianuro, la agricultura industrial de transgénicos acompañada de intensas cantidades de venenos, la implantación de árboles para madera y pasta de papel en desmedro de las cubiertas forestales y de monte natural, la producción de etanoles y biodiéseles obtenidos desde la agricultura y los cultivos de caña, la producción de carnes en encierro en gran escala con balanceados, desde salmones a novillos, configuran un largo listado de nuevos roles asignados a nuestros países a partir de los mercados globales. Sorprendentemente, muchas expresiones políticas herederas de importantes luchas de los decenios pasados, hoy parecen incapaces de visualizar estos procesos como procesos de nuevo colonialismo o tal como dicen algunos de transcolonialidad, debido al rol de las empresas transcoloniales. Esas izquierdas encerradas en sus esquemas antiguos, han preferido optar por estrategias de lucha que se proponen el socialismo o al menos una redistribución más justa de la riqueza. Cuando de lo que se trata ahora, es de la apropiación de los territorios por parte de las empresas, así como de la desterritorialización de las poblaciones y de su concentración obligada en enormes megalópolis, tal como en el caso del Plan Colombia donde el despoblamiento forzado de la población rural no ha sido substancialmente diferente al ocurrido en la Argentina o en el Paraguay. En estas nuevas situaciones, proponerse las tradicionales reformas agrarias, una mayor equidad en la distribución de la riqueza o acaso el implementar formas de socialismo urbano, resultan peligrosamente funcionales al sistema implantado de dominios y saqueo, no importa cuáles sean sus motivaciones políticas.

 

Impactos de la Soja RR en la Argentina

 

Los impactos del modelo de la soja sobre los ecosistemas y las poblaciones son cada vez más evidentes e insoslayables en todo el territorio nacional. Estaremos sobrepasando este año las 22 millones de hectáreas de monocultivos transgénicos y sus efectos han sido y serán crecientemente devastadores, tanto para el medio ambiente y la biodiversidad, cuanto para la vida y la cultura rural. El modelo agro exportador de forrajes y de subproductos oleaginosos, se ha constituido en una fábrica inagotable de pobreza, fuente de desarraigo y razón de migración hacia las grandes ciudades, donde en los nuevos y crecientes conurbanos se multiplican los fenómenos de la indigencia y de la exclusión social. Por otra parte, la soja y el maíz transgénico han desplazado a muchos otros cultivos que aportaban alimentos a la mesa de los argentinos, algunos de los cuales ahora deben ser importados. El uso intenso de agrotóxicos ha mostrado la falsedad de las promesas que tuviera en los años 90 la llamada revolución biotecnológica. Las cifras en uso de herbicidas y de nuevos pesticidas, acaricidas y fungicidas son formidables, y han provocado una masiva contaminación de las cuencas hídricas y de las napas freáticas. Para peor, esta agricultura industrial ha barrido a las pequeñas producciones hortícolas, tambos y criaderos de aves que rodeaban las ciudades argentinas. Ahora los monocultivos llegan a las primeras calles de las localidades, y las fumigaciones impactan sobre las poblaciones de los barrios periféricos, provocando graves y crecientes estadísticas de cánceres y enfermedades terminales.

Como consecuencia de los profundos impactos, han aparecido además, nuevos patógenos y plagas, que ahora infestan los monocultivos tanto como afectan a las poblaciones. Ello es consecuencia de que, tanto la comunidad de microorganismos del suelo como la diversidad biológica de animales y vegetales han sufrido fortísimas modificaciones y ello ha provocado graves desequilibrios. Asimismo, se han registrado cambios en las comunidades de malezas, con la aparición de especies inusuales y de varias especies que han desarrollado tolerancia a los herbicidas. La respuesta de las empresas ha sido la de operar sobre los efectos del modelo, incorporando nuevos tóxicos, aumentando las aplicaciones y la cantidad de herbicidas por hectárea, así como también incorporando otros herbicidas aún más tóxicos, y variados insecticidas y funguicidas para responder a las nuevas amenazas producidas por los desequilibrios del ecosistema. Otro tema de fuertes impactos es la práctica de barbechos químicos en época invernal, que luego de cada cosecha de soja, completa en vastas extensiones de territorio el ciclo del monocultivo y del creciente agotamiento de los suelos. Luego de la última cosecha y antes de las primeras heladas, germinan en estos campos, que se disponen para el barbecho, verdes alfombras de soja guacha, que son los granos que cayeron de las máquinas cosechadoras. Actualmente el método que se sigue en estos casos dado que esa soja RR resiste al glifosato, es la de combatirla con un producto cuyo nombre comercial es Grammoxone y cuyo componente activo es el temible Paraquat.

Como consecuencia de la nueva situación ambiente creada en el campo por las aerofumigaciones y la contaminación, podemos verificar una masiva colonización de las zonas urbanas por los pájaros silvestres, incluyendo las aves carroñeras, de rapiña y gaviotas, así como también por los roedores del campo, obligados todos a abandonar sus hábitats naturales ahora convertidos en lugares hostiles para la vida. La ingesta de los argentinos, por su parte, comenzó a extraviar sus herencias alimentarias, se modificaron nuestras comidas y nuestro modo de comer, y asociados a la ingesta han surgido nuevos problemas de salud, en especial la obesidad vinculada a la pobreza, los problemas cardíacos y sobre todo el cáncer como consecuencia de la contaminación, que se ha hecho tan común como antes lo era la gripe. Muchos de los programas alimentarios que llegan a los sectores carenciados incorporaron la soja transgénica masivamente gracias a la “generosidad” de las asociaciones de productores, y los problemas en los niños no demoraron en aparecer: formas femeninas en varones y madurez anticipada en las niñas, descalcificación y osteoporosis en adolescentes, desnutrición y debilidad dentaria, etc. La gravedad de la situación fue tal que el Poder Ejecutivo, a lo largo del año 2002, debió reiterar el llamado a que no se diera más soja en los comedores a menores de cinco años. No obstante, tanto el Rotary Club como Cáritas insistieron durante años en alimentar a la niñez argentina con soja transgénica y con la mal llamada leche de soja en algunas localidades, inclusive hasta el presente. Exactamente han hecho lo mismo, diversos gobiernos municipales y provinciales que, contra toda evidencia, continúan distribuyendo soja o mezclándola como en el caso de la Trisoja, con otros alimentos, para incorporarla de contrabando en la alimentación de los sectores carenciados. Por su cantidad de disruptores y por el empeño gubernamental en que se la convierta en parte de la ingesta habitual, se nos reafirma la convicción de que la soja es uno de los grandes controladores sociales de una época que ha puesto la alimentación y la mesa familiar en el centro de las estrategias corporativas.

 

Cuando el capitalismo global se maquilla de verde

 

Decíamos a principios del año 2005 en un documento del GRR y con motivo de organizar el Contraencuentro de Foz de Iguazú contra la Mesa Redonda Empresarial de Soja Sustentable: 

Uno de los ejes de esas nuevas políticas públicas son las estrategias de certificación condicionadas por los intereses de los mercados y sometidas sin escrúpulos a los mensajes implacables de la publicidad empresarial. Los discursos de sustentabilidad social y ambiental, que fueran parte del arsenal de denuncias de las organizaciones de la sociedad civil, son captados por las corporaciones, que ahora se invisten de pretendidas responsabilidades sociales. Ciertas ONGs, lamentablemente, en estos nuevos escenarios han devenido en meras entidades prestadoras de servicios ambientales y pretenden además mostrarnos como un progreso las mitigaciones o morigeraciones de impactos que se prometen. 

En realidad nos tratan de imponer una mirada en la que ya no hay verdades básicas ni fundamentos de verdades últimas. Con esa mirada sin absolutos se quiebra el espejo de nuestra posible y recuperada identidad. Porque para pertenecer a una comunidad o para reconstruir nuestra identidad es imprescindible que reconozcamos al otro diferente, llámese enemigo o como se lo quiera denominar. Y por eso el esfuerzo de las transnacionales para que legitimemos los modelos impuestos y para que nos sentemos a las mesas de consenso donde el enemigo se disipa… El modelo de dominación es gigantesco y sin embargo frágil, en última instancia depende de nuestra propia aceptación, aún más todavía, depende de que sigamos como ahora sin saber quiénes somos y qué queremos. La construcción del modelo se basa en generarle sentidos comunes a la subjetividad creada por el neoliberalismo. Una vez que se ha construido ese sentido común, la dificultad de deconstruirlo y de construir otro sentido alternativo requiere de un esfuerzo titánico. Es por ello que en nuestras luchas deberíamos tratar siempre, y por sobre todo, de generar esas nuevas subjetividades.

Sin embargo y más allá de los discursos, la violencia está vigente como nunca jamás en la historia y además de ello: se ha globalizado. Pero esas situaciones son realidades distantes a las mesas de consenso donde se imponen las hechicerías de hacer desaparecer a los contrarios. Si la agresividad y la violencia no son parteras de la historia estaríamos desconociendo nuestra propia historia nacional hecha de sucesivos estallidos sociales que rompieron o desbordaron cada vez que ocurrieron los modelos impuestos, modelos que se reproducían a sí mismos intentando perpetuarse, y que abrieron de ese modo espacios para cambios sociales e institucionales. Rodolfo Kusch, cuando habla de América profunda, refiere siempre a un imaginario de magma y a un abismo impensable, horrible y hediondo que oficia como caos creador del inconsciente y de las fuerzas colectivas ligadas a la tierra por lo fundante del pensamiento, por el arraigo, por la tradición y la cultura. Sobre ese magma social y de pensamiento popular se enfría una capa leve de lava sobre la cual ejercemos nuestra precaria racionalidad y nuestras certezas sobre el mundo de los objetos. A veces esa capa es tan fuerte que nos hace olvidar que debajo subyace un abismo y en el escenario en que construimos el propio universo casi nos dejamos convencer sobre la inexistencia de la muerte y la existencia en cambio de un progreso ilimitado. Otras veces la capa leve se fractura y nos caemos en lo hondo, a veces el magma estalla y es preciso reformular ideas y también, el orden social. Después de cada estallido cambian las correlaciones de fuerzas.

Si negamos a la violencia como factor de cambio estaríamos desconociendo, asimismo, la rebelión popular de diciembre de 2001 que no fue sólo un estallido provocado por el hartazgo al abuso del poder y a la corrupción, sino que significó de la misma forma un crecimiento y una rebelión de la ciudadanía que hizo saltar las costuras del modelo político. El magma emergió una vez más por encima de la capa que lo contenía. Sin embargo, los gobiernos surgidos de ese terrible cimbronazo social juegan, conversos y reconvertidos, a los cambios de roles en los que no existe el enemigo o donde se ubica al enemigo donde no lo hay, que es una manera aún más perversa de alimentar la confusión, siendo fieles a las antiguas estrategias de “construir” al enemigo, según convenga. Así, muchos de ellos desde las duras experiencias de los años 70 en que proponían la doctrina sesgada de cuanto peor mejor, se han reciclado a los actuales operadores y funcionarios políticos que avalan el modelo establecido a la vez que sobreactúan respecto a sus viejos aliados del grupo Clarín y de la Mesa de Enlace. Este modelo que pareciera intocable para nuestra clase política, tanto gubernamental como opositora, es también, el modelo neoliberal impuesto por la dictadura y por el menemismo, en el que el grueso de las cadenas de la producción, de la comercialización y de las exportaciones, pertenecen al dominio de las grandes empresas transnacionales. Es ése el núcleo duro, innegociable, del modelo que llamamos del agronegocio. En buena medida gracias a las luchas de cierta izquierda urbana que mostró el camino de atenuar la injusta distribución de la riqueza sin plantearse el romper con la dependencia colonial a las corporaciones, se han añadido ahora intensas políticas sociales, políticas para la pobreza, planes clientelares y ayuda para microemprendimientos financiados todos por nuevos préstamos que son diseñados por los bancos y que resultan absolutamente funcionales al país de la sojización, la desterritorialización y el desempleo. No se trata, en este caso, de resolver el tema de la pobreza y del hambre, sino de perpetuarla a la vez que de contenerla para evitar nuevos estallidos. Centenares de cuadros de la izquierda progresista aportan su creatividad a esta tarea de mero reciclaje y maquillaje del modelo y de sus consecuencias, y sorprendentemente, lo hacen con pretendido ánimo optimista de lograr modificar la iniquidad institucionalizada.

 

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