La violencia contra la naturaleza o el poder desnudo de las transnacionales




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La implantación del modelo de la republiqueta sojera y las nuevas reconfiguraciones

 

La etapa de instalación del modelo de la Argentina forrajera, duró poco más de 10 años y concluye con la llamada crisis del campo en que una reconfiguración y una reconversión acelerada vuelca en los cortes de ruta a los más desfavorecidos, mientras otros sectores multiplican sus ganancias con las ventas anticipadas, mediante el chantaje a la masa de productores en negro o aprovechando los puertos privados y el respaldo de los exportadores, para extenderse con la compra de tierras por todo el Cono Sur. O sea que, cuando el anterior modelo aparece instalado y consolidado, al menos en la zona núcleo, es decir en la parte más importante de las tierras agrícolas argentinas, el proceso tiende a reconfigurarse de manera aún más y más compleja. La nueva etapa implicaría la producción masiva de agrocombustibles además de forrajes, y comprende la extensión de la frontera agropecuaria, es decir, la extensión de la línea de agriculturización al interior y a suelos cada vez más frágiles, también hacia los países hermanos de América del Sur. Ello conlleva la disputa violenta por la tierra con los pequeños productores, con los campesinos y pastores, así como la desaparición de los bosques, a veces con incendios terribles e incontrolados que arrasan los paisajes, y el reemplazo masivo de otras producciones por los nuevos monocultivos. De esta manera, la apicultura desapareció o se exilió en los confines, en las islas o en la precordillera. La ganadería se vio forzada a desarrollarse cada vez más en corrales de engorde, ahora desde la recría misma del ternero. La carne alimentada en encierro, con balanceados de maíz y de soja, cuando no con camas de criaderos de pollos y ponedoras, con hormonas y antibióticos, no sólo tiene otro gusto, sino que acrecienta los problemas de salud del argentino medio. Los alimentos, además de perder calidad se encarecen debido a la suba del precio de la tierra, y la provisión de hortalizas y verduras a las concentraciones urbanas queda prácticamente sujeta a la mano de obra semiesclava de los países limítrofes, en las periferias hortícolas de las grandes ciudades.

Actualmente, enormes plantas de producción de biocombustibles se levantan en los puertos del litoral, y las asociaciones empresarias y también; lamentablemente, muchos de los funcionarios y técnicos del Estado nos adelantan con expectativas de que la Argentina reúne todas las condiciones para convertirse en un referente de la producción de biodiéseles a nivel mundial y que cuadriplicará su actual producción en los próximos meses. Por lo demás, las corporaciones cuentan con la legislación necesaria para hacerlo, me refiero a la Ley de Promoción de la Producción de Biocombustibles, que en su momento se denominara como Ley Monsanto, y que los senadores votaron a mano alzada y por unanimidad, y esto implica la rebaja sustancial de las retenciones a los aceites reelaborados. También cuentan con el respaldo total de un sistema educativo y académico que ha convertido las universidades en instituciones prestadoras de servicio de las corporaciones, y la explosión en Río Cuarto y la muerte de profesores y estudiantes en el laboratorio de esa casa de estudios, es clara muestra de ello: estaban tratando de descontaminar de solventes los residuos del biodiésel para poder hacerlos útiles a la producción de balanceados para la alimentación animal. El modelo sufre de una extrema racionalidad y no puede malgastar recursos. La agricultura industrial de producción de commodities, con una mínima mano de obra, produce en los grandes molinos: harinas, lecitina, tortas prensadas y en especial aceites que ahora se trata de convertir en biodiéseles. En el caso del maíz y de la caña, en cambio, se puede producir etanol con las biomasas respectivas. En ambas situaciones quedan residuos, que serán cuantiosos según se calcula y que las empresas se proponen recuperar y hacer útiles en las nuevas producciones industriales de carnes que se planifican y extienden por el territorio, tales como los grandes “hoteles” para engorde tanto de vacunos como de pollos, o como la empresa Avex que, justamente goza en la zona de Río Cuarto de una legislación hecha a su medida, y es capaz de faenar 120 mil pollos por día. Las plantas para alimentar motores con nuestra agricultura, los nuevos megatambos de la agroindustria con 4.000 vacas en ordeñe, los nuevos inmensos criaderos de carne tercerizada, el dominio hegemónico del modelo por parte de grandes feedloteros, frigoríficos y supermercadistas, son pensados y planificados en ámbitos académicos, en la universidad, en el INTA y en el CONICET, donde fluyen como ríos de dinero los subsidios y las financiaciones para estos estudios e investigaciones, que hacen a las necesidades del nuevo modelo corporativo del agrocombustible, modelo que no es sino la fase avanzada del antiguo modelo de los agronegocios que se instalara en los años 90, y que ahora, en esta nueva etapa, se propone la producción de combustibles y de carnes en forma industrial, y su expansión política y tecnológica al resto de América Latina.

Estamos, entonces, en un momento de transición hacia lo que Gustavo Grobocopatel, el más grande sojero de la Argentina, llama la Sociedad del Conocimiento. Estamos, en un momento de equilibrios inestables en la medida en que se están implantando políticas, procesos e inversiones para un muy largo período y en los marcos de reordenamientos globales en que la Argentina tiende a cumplir roles anticipatorios de país mediador, para llegar con estos modelos a otros pueblos hermanos. Sin embargo, esos equilibrios inestables que dibujan un tiempo de cambios, tienen el enorme respaldo de los sostenidos y crecientes precios de las commodities en los mercados internacionales, y eso ayuda a proporcionar una imagen de estabilidad y de firmeza que, en verdad, no existe. Como casi todo lo que tiene que ver con la globalización, este modelo argentino tiene mucho de frágil, de volátil, de efímero, de aleatorio y de simulacro. Demasiadas cosas fundamentales que sostienen al modelo dependen de contingencias que nos son absolutamente ajenas y que escapan a la voluntad de los gerentes y de los funcionarios. Sin embargo, la permanencia y la profundización del modelo biotecnológico y de producción de agrocombustibles, no tiene su mayor base de firmeza en los precios. Lamentablemente, esa sostenibilidad social se la proporciona al modelo un paradigma ideológico que se ha impuesto en gran parte del común y del que son prisioneros la mayoría de los dirigentes, y no me refiero tan sólo a las dirigencias políticas, que en esto son las últimas que deciden. Me refiero a la dirigencia científica, universitaria, docente, empresarial, periodística, barrial y hasta religiosa.

 

La Biblioteca Nacional: el jardín de los senderos que se bifurcan

 

La búsqueda por parte de ciertos intelectuales del sujeto revolucionario es un viejo gesto de la izquierda que suele no atender suficientemente las actuales complejidades y crecientes perversiones del modelo. Las zonas de extrema pobreza, marginalidad y desocupación son también zonas donde el capitalismo globalizado explora nuevos modos de manipulación y de clientelismo, donde los multimedios oligopólicos hacen estragos sobre la idea de sí mismos de los excluidos y donde se descarga todo el peso político asociado de las bandas de narcos, de las policías de gatillo fácil y de los punteros políticos. Resulta al menos arriesgado imaginar que de esas zonas pueda surgir el nuevo sujeto emancipatorio, aunque no es esa la discusión que nos planteamos, ya que pertenece al campo de la investigación posible, sino la falta de rigor y hasta de escrúpulos de una izquierda y de unos intelectuales supuestamente nac and pop, que por momentos parecieran haber extraviado todo sentido de la realidad. Las actuales polémicas en torno al glifosato y a las políticas de la Corporación Monsanto, justamente, han colaborado en poner en evidencia ese modelo criminal de agricultura que durante años se negaron a ver. Un modelo de agricultura que despobló el campo, enfermó a las poblaciones, empobreció los suelos, modificó la cultura y los patrimonios de los argentinos y nos convirtió en una republiqueta sojera. Si ahora algunas denuncias y debates parecen consentidos, no sólo es consecuencia de la presión de tanta lucha, sino también de a qué sirven a confrontaciones políticas menores. Asimismo, tiene relación con que nuevas tecnologías, modelos productivos y mercados calificados se van implementando por parte de las grandes empresas. El glifosato no sólo está cuestionado en la Argentina, también en diversas partes del mundo se alzan voces similares que nos recuerdan las investigaciones olvidadas durante años, que comprobaban sus terribles efectos sobre la salud de las poblaciones. Las empresas del agronegocio, sin embargo, saben mejor que nadie acerca de sus propios crímenes y ya tienen planeadas soluciones para reforzar o renovar sus herbicidas cuestionados, nuevas semillas transgénicas resistentes a las nuevas formulaciones que se preparan para salir a los mercados, nuevos negocios que demorarán probablemente muchos otros años para que logremos, como ahora, probar su intrínseca capacidad de contaminar, de enfermar, de difundir la muerte. Pretenden burlarse, tal como hicieran en el año 1996, cuando se aprobaron en la Argentina los primeros OGM (organismos genéticamente modificados); del principio precautorio y en un futuro probable, volveremos a descubrir que los venenos no son inocuos, cuando como ahora, las víctimas sean incontables…

 

Entramos en una etapa de posglobalización en que el país laboratorio hace nuevamente punta…

A esas empresas les preocupa en medio de la actual debacle internacional, crear nuevos estímulos para la formulación de las relaciones financieras y de los mercados globales. Es por ello que están implementando los mercados calificados, con mesas redondas en que agrupan a víctimas y victimarios, a socios y a cómplices de las corporaciones, y en esos espacios ensayan los discursos y los protocolos que establecerán las nuevas certificaciones de la soja y de otros paquetes bio y nanotecnológicos que se encuentran en experimentación. Las corporaciones planean, con las normativas internacionales para las sojas y los biocombustibles, que pretenden ahora certificar como responsables, conseguir entrar en el rentable mercado de los bonos de carbono que se decidirán en el próximo mes de diciembre en la reunión de Copenhague y que lucran con los cambios climáticos. Suponen también que, de esa manera, mejorarán su imagen en relación a los consumidores, a la vez que dinamizarán los mercados globales. De allí la renovada presión sobre el Vaticano, a través de la Academia Pontificia de Ciencias, para que acepte la propuesta corporativa de que los transgénicos podrían resolver el hambre en el mundo, operatoria en que nuestro país participó a mediados de este año 2009 mediante la presencia del presidente de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA), el biólogo Moisés Burachik. Los estrategas de las corporaciones se anticipan a las nuevas resistencias, preconcibiendo los campos de confrontación y los límites en que se dirimirán las batallas del mañana.

Una vez más, pretenden implicarnos en el gran juego de poder de los que dominan el planeta. Nuestro deber es continuar buscando caminos de emancipación. Las denuncias como la del doctor Andrés Carrasco, del CONICET, y otras muchas, corroboran todas aquellas que se han presentando en los últimos años respecto de los impactos de los tóxicos liberados al ambiente, y exigirían que el gobierno asuma medidas al respecto. Deberían ser anuladas y revisadas las medidas administrativas que dieron lugar a la aprobación del glifosato, del 2.4D, del endosulfan, del paraquat, así como de otros muchos tóxicos de uso habitual en el actual modelo productivo de la sojización. Se debería también verificar la enorme responsabilidad de los organismos del Estado en la aprobación ligera de los informes con que las empresas acompañaron las solicitudes de aprobación de esos tóxicos y la probable catarata de juicios indemnizatorios al Estado que los numerosísimos afectados entablarán en demanda de justicia. Se debería intervenir el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) y a la CONABIA. Los pronunciamientos del doctor Carrasco no solamente dan crédito a los cuestionamientos y verificaciones realizadas pordiversas instituciones contra el glifosato, sino que, tanto sus propias declaraciones como la respuesta del ministro de Ciencia y Tecnología, doctor Lino Barañao, a favor de la Soja RR y de sus paquetes agrotóxicos, nos conducen a un debate sobre las ciencias, un debate ausente en nuestro país. Nos consta que gran parte de las universidades, tanto como las instituciones de ciencia y tecnología, por ejemplo el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), dependen de contratos con las empresas corporativas, que esas empresas determinan las líneas de investigación y que nuestras instituciones les forman los cuadros que ellas necesitan. La falta de decoro es tan grande que sus propios responsables lo confiesan públicamente. Esta situación configura un nuevo modelo de colonialismo corporativo que se denomina el Poder del Conocimiento.

 

 

Antes el Foro de los 100 Millones, luego las Mesas de Concertación de los Agronegocios con los Ambientalistas, ahora la Soja Responsable…

 

Las transnacionales necesitan que legitimemos sus modelos, necesitan también que interioricemos el neocolonialismo, que lo asumamos como un añadido a nuestra identidad, en el nuevo orden neocolonial... Cuando en plena ofensiva de las empresas transnacionales aceptamos, tal como lo hacen algunas organizaciones ambientalistas, sentarnos a discutir con ellas, en realidad damos por supuesto que podemos o que tenemos capacidad de negociar, lo cual entraña la certeza de disponer del poder suficiente para ello. O acaso no, y simplemente y sin inocencia, aceptamos y reconocemos la propia derrota de las luchas llevadas en tiempos anteriores... De hecho estaremos aceptando y sumándonos resignados a la estrategia de esas empresas con la esperanza de poder negociar algunos límites a sus ofensivas, acotar el daño que consideramos inevitable, etc. Ahora bien, hagamos el esfuerzo de tratar de verlo desde la perspectiva no ya de los derrotistas y negociadores, sino desde la perspectiva de las propias empresas y desde la necesidad de preservar sus estrategias de mercadeo global. Ellas mismas por boca de la Fundación Vida Silvestre (FVS), copada en su momento por altos empresarios de la empresa Pionner y de los agronegocios, lo expresaban con claridad en la propia convocatoria al Foro por los 100 Millones de granos de exportación que hicieran a finales del año 2003. Necesitaban de los ambientalistas y de ciertas ONGs, decían, para evitar las posibles crisis sociales o colapsos ambientales que podría provocar el aumento de millones de nuevas hectáreas de soja a los monocultivos de aquel entonces. Lograron sumar a organizaciones como FARN, Greenpeace, FUNDAPAZ y Aves Argentinas que, fueron sus mejores interlocutores con la sociedad civil. Fue un justificado orgullo para las empresas de agronegocios semejantes éxitos de cooptación que, seguramente, los hicieron ilusionar con la posibilidad de poder quebrar la voluntad de resistencia de nuestro pueblo frente a los avances del modelo de agroexportación.

Que Greenpeace se sentara reiteradamente a negociar con los agronegocios expresó un respaldo decisivo al modelo de la producción de soja y además un respaldo a la voluntad de los agronegocios de profundizar ese modelo hasta el horizonte de los 100 millones de toneladas de granos de producción, horizonte que actualmente hemos alcanzado, con un sacrificio terrible de la población y del territorio. Esa connivencia con las empresas fue más grave todavía porque Greenpeace no detuvo su campaña a favor de los bosques y en respaldo a la Ley de Bosques durante todo el año 2008. Ley de Bosques que, por lo demás, no hizo sino acelerar la deforestación, en la medida en que las provincias actúan como el zorro a cargo del gallinero y en espera de la reglamentación de la Ley emitieron más permisos de tala que nunca antes. Actualmente, son las provincias las que han decidido sobre cómo colorear las zonas según indica la Ley: muy poco en rojo que, generalmente, no es más que las zonas actuales de parques nacionales, en verde y amarillo aquellas que se disponen a diversas formas de explotación, siempre bajo la norma de que cada barón de provincias hace de los bienes comunes su principal fuente de poder. Mientras, tanto Greenpeace como otras ONGs ambientalistas, continúan concitando voluntades y esperanzas en la opinión pública, esperanzas traicionadas vilmente desde su mismo nacimiento, ya que la previa adhesión al modelo transforma la lucha por la preservación de los bosques en un mero divertimento.

Con la Mesa Redonda de la Soja Sustentable en el Hotel Bourbon, en Foz de Iguazú convocada por la WWF, el gobernador Maggi de Mato Grosso y Unilever, durante el mes de marzo del año 2005, comenzó otra etapa en la dependencia a insumos y en el neocolonialismo del modelo. Se trataría ahora de consolidar el llamado MERCOSUR de la Soja, y la etapa refiere a una profundización del status de republiqueta sojera que nos fuera fijado en los años 90. Es necesario, aclarar que en esta etapa no sólo se nos propone añadir nuevos territorios más allá de las fronteras nacionales a las extensiones asignadas a los monocultivos, tal como se produjo masivamente durante la crisis del campo, o se nos impone una planificación del territorio y del porvenir de los argentinos realizada desde las empresas y en reemplazo del Estado ausente, sino que se nos enfrenta a una complejización del modelo y a una incorporación de nuevos actores que lo fortalezcan y legitimen.

Las corporaciones, ahora en alianza con las grandes ONGs, trataban en esa etapa, de avanzar de ese modo sobre la resistencia de los consumidores europeos con nuevos mercados certificados que se protocolizan en el gran Encuentro de la Soja Responsable de Campinas, Brasil, en mayo de este año 2009, mercados que expresan cambios superficiales, a la vez que consiguen incorporar nuevos productores y buscan engañar al conjunto tanto como mantener el esquema de dominación. El logro de sumar a muchas de esas grandes ONGs europeas y locales a las mesas de consenso y la incorporación de consultoras prestigiadas permiten a las empresas abrir amplios abanicos de alternativas sobre diagnósticos básicamente correctos y que describen situaciones sumamente críticas e igualmente insoportables para la conciencia del consumidor europeo. Entre las opciones se ofrecen, tal como lo hace la WWF del osito Panda, rotaciones de soja y ganadería para preservar suelos e imaginar ilusorios modelos de sustentabilidad. Esta propuesta olvida la concentración en el uso del suelo en la Argentina y el masivo levantamiento de alambrados, torres de molino, bebederos e infraestuctura rural, así como la ausencia de población en el campo, que permita volver a lo que fuera la rotación tradicional en las prácticas agrarias en la Argentina. Sin embargo, creemos que la propuesta debe ser leída desde la crisis suscitada por los problemas ambientales en Europa, problemas que son la consecuencia de la enorme concentración de corrales de engorde en las cercanías de los puertos en donde desembarca el grano que exportamos y la búsqueda por parte de las empresas de una superior racionalidad de la producción que les permita evitar los actuales impactos, trasladando la cría en engorde a los propios países productores de forraje.

 

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