Guillermo O. Martin (h) y Sofía N. Agüero




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Al respecto de la deforestación, estamos hoy asistiendo a uno de los procesos de mayor magnitud en el Amazonas, que considerado el “pulmón del mundo”, debe alertarnos sobre las consecuencias futuras de estas acciones (Anderson, 1990). La no conservación de un ecosistema natural como este, tiene variadas connotaciones debido a que en él se encuentran entre el 40 y el 50 % de las especies vegetales actuales del planeta (Kishinami, 1996) y muchas de ellas están aún sin clasificar y por lo tanto, sin conocer su posible contribución a las industrias farmacéutica, alimenticia, maderera, etc.
Se considera actualmente, que si el proceso masivo de deforestación de la Amazonia continúa al ritmo de esta última década, para el año 2050 podría desaparecer el 40 % de la superficie de esta selva, lo que aceleraría enormemente el calentamiento global y el incremento de la tasa de CO2 en la atmósfera, con el ya conocido perjuicio que esto acarrearía para la calidad de vida sobre la Tierra (Britaldo Silveira Soares-Filho, comunicación personal).
Se estima que la tasa de deforestación en el Amazonas es cercana a los 19.000 km2 anuales y las causas de ello son complejas (Figuras 9 y 10); una de las primordiales es la alta tasa poblacional de la región, que sumado al efecto de la inmigración y el desempleo, lleva a los habitantes a buscar lugares menos poblados para despejar la selva e instalarse (Buschbacher, 1980). Brasil, que posee el 60 % del territorio de la selva, advertido de esta situación, ha iniciado una política de racionalización de los desmontes, permitiendo que sólo el 20 % de la Amazonia brasilera pueda ser deforestada para la agricultura o ganadería y cancelando las licencias de las compañías madereras que presenten irregularidades (Kishinami, 1996).



Figura 9: Proceso de deforestación de la Amazonia



Figura 10: Proceso de deforestación de la Amazonia

Otro efecto de estas acciones sobre las selvas tropicales húmedas y que no siempre se tiene en cuenta, es que estas formaciones vegetales contienen gran parte (alrededor del 35 %) del C de la Tierra; la destrucción de la cubierta vegetal provoca la liberación de este elemento al ambiente y con ello se contribuye al calentamiento global. Casualmente, la conservación de áreas de pastizales y bosques mediante la implementación de sistemas de producción silvopastoril (Figura 11), es una estrategia muy efectiva para disminuir este efecto y el producido por la eliminación de gas metano (CH4) por parte de los herbívoros rumiantes (gas responsable en parte, del efecto invernáculo o invernadero global).
En este sentido, los suelos con pasturas tienen un rol significativo por la gran extensión que representan, reteniendo y reduciendo la emisión de C a la atmósfera (Minami et al., 1993; Fischer et al., 1994). Los pastizales también contribuyen reduciendo las emisiones de óxido nitroso (N2O), gas que interviene en el calentamiento global; se ha comprobado que después de 10 años de instalada una pastura, la cantidad emitida es significativamente menor a la original, por la rápida descomposición de la Materia Orgánica (M.O.) del suelo (Keller et al., 1993).




Figura 11: Sistema de producción silvopastoril

Sin embargo, debe también tenerse en cuenta que en los sitios donde la dinámica natural del ecosistema está basada en ambientes con vegetación distribuída en varios estratos (como el caso de selvas o bosques), la extracción de los estratos leñosos para transformar el paisaje en pastizales o pasturas implantadas, trae aparejado con el uso sostenido, procesos de degradación tanto del pastizal o pastura como del suelo. Esto se explica en razón de que el mantenimiento de una abundante vegetación natural en los ambientes citados, se debe al eficiente reciclaje de nutrientes que ocurre en la biomasa y el humus del suelo (Jordan, 1982), pero cuando se elimina esa cobertura forestal y se aplica el fuego seguido de agricultura o uso ganadero intensivos, el normal bajo contenido de nutrientes de estos suelos comienza a producir desequilibrios en el reciclaje mencionado. La explicación se funda en que durante los primeros años de implantación, las pasturas producen convenientemente, pero a medida que los niveles de P (fundamentalmente) y otros nutrientes van reduciéndose por un inadecuado reciclaje, la fertilidad se vuelve limitante para mantener niveles productivos adecuados (Serrao et al., 1979; Toledo et al., 1982). Todo esto lleva a pensar en la importancia de la conservación de ciertos ecosistemas forestales nativos o en la estructuración (si se decide su reemplazo) de un esquema productivo alternativo, que tienda a mejorar la producción pero conservando en gran parte, la dinámica de los nutrientes (ej.: un modelo silvopastoril).
En recientes investigaciones realizadas por Montenegro y Abarca (2002), se comprueba que en algunos casos la retención de C almacenado en el perfil del suelo de algunos sistemas silvopastoriles, es mayor que en un bosque natural; esto demuestra que con el correcto manejo de los ecosistemas pastoriles, el hombre puede combinar perfectamente la producción con la conservación ambiental.
Respecto del aporte de C al suelo, es importante recordar que la fuente que da origen a la M.O. del mismo, proviene fundamentalmente del tejido vegetal muerto. Las plantas forrajeras producen una gran cantidad de C, del cual una parte importante se acumula en el subsistema subterráneo (Lavado, 1991) y el resto proviene de la descarga o defoliación natural de las plantas, al depositar sobre el suelo su material senescente (hojas y tallos muertos). En este aspecto, los pastizales perennes tienen ventaja sobre los anuales debido a que exploran más profundamente el perfil del suelo, produciendo aumento en su porosidad y con ello, una reducción en la densidad aparente del mismo. Estos efectos benéficos, sumados a una mayor cantidad de material muerto que depositan en relación a los pastizales anuales, contribuyen a maximizar la producción de M.O. en el perfil edáfico. Esta es una razón más para valorizar la importancia de la conservación y manejo de los sistemas de pastizales naturales, porque la formación de M.O. desencadena una variedad de efectos positivos sobre las propiedades del suelo. Entre ellas, Buckman y Brady (1966) destacan el aumento de la granulación del suelo, el incremento de la capacidad de retención de agua y el mejoramiento de la relación C/N. Este último parámetro es un buen índice del estado de salud del suelo; cuando disminuye, se reduce la cantidad de energía y el número de microorganismos edáficos, lo que afecta la estabilidad estructural y la permeabilidad. Las relaciones C/N altas, que son las positivas, se dan en tierras de bosques y pastizales naturales.
Como vemos, tanto la conservación de ambientes naturales como la instalación de ambientes artificiales en base a pasturas o bosques, se complementan para reducir los efectos nocivos de la deforestación masiva y la desertificación progresiva que está experimentando el planeta. Si bien los dos tipos de ambientes citados (naturales y artificiales), producen resultados similares favorables a la calidad de vida, es importante conocer que intrínsecamente presentan diferencias sustanciales, tanto en lo estructural como en lo funcional.
Altieri (1997), puntualiza las diferencias más significativas entre los ecosistemas naturales y los agroecosistemas (Figuras 12 y 13), enfatizando que de estas diferencias surge la importancia que tiene para el equilibrio ambiental, la conservación de los primeros (Tabla 2). El conocimiento y comprensión de los atributos de los ecosistemas naturales, permite para muchos casos de agroecosistemas, saber que estrategias productivas o de manejo (derivadas de los naturales) podemos aplicar a estos últimos tomando decisiones en base a pautas ecológicas.
Al respecto, Lowrence et al. (1984) y Viglizzo (1989), realizando un pormenorizado análisis de las interacciones sistema - ambiente bajo condiciones extensivas de producción, establecen que el ecosistema natural funciona como resultado de controles y balances internos del propio sistema, en contraposición con el agroecosistema que surge como resultado directo de la intervención humana. Los agroecosistemas son entonces, sistemas que operan lejos del equilibrio (Odum, 1984), incapaces de persistir sin la actividad antrópica y diseñados para ser extremadamente abiertos (Crossley et al., 1984), con importantes insumos de materia, energía e información y grandes exportaciones de producción primaria o secundaria.



TABLA 2: DIFERENCIAS ESTRUCTURALES Y FUNCIONALES ENTRE ECOSISTEMAS NATURALES Y AGROECOSISTEMAS

(Adaptado de Altieri, 1997)


Atributo

Ecosist. Natural

Agroecosistema

Productividad neta

Media

Alta

Cadenas tróficas

Complejas

Simples, lineales

Diversidad (especies)

Alta

Baja

Diversidad (genética)

Alta

Baja

Ciclos minerales

Cerrados

Abiertos

Estabilidad

Alta

Baja

Vulnerabilidad

Baja

Alta

Grado de madurez

Maduro

Inmaduro

Fenología

Estacional

Sincronizada

Heterogeneidad

Compleja

Simple

Permanencia

Larga

Corta

Control humano

Innecesario

Necesario





Figura 12: Ecosistema natural



Figura 13: Agroecosistema

Como fuera puntualizado anteriormente, existen numerosas e importantes diferencias estructurales y funcionales entre los ecosistemas naturales y los agroecosistemas; lo estructural hace referencia a la organización del sistema, mientras que la función está referida a las conexiones y movimientos de materia, energía e información, entre los diferentes componentes estructurales del sistema y entre esos mismos componentes y el ambiente (Marten, 1988). En el ecosistema agropecuario, la diversidad de especies es baja y los individuos tienden a ser idénticos en su constitución genética, tamaño, edad y estado nutricional; estas poblaciones de plantas y animales superiores, no llegan a utilizar completamente todos los nichos ecológicos disponibles. El ecosistema natural, en cambio, reinvierte gran parte de su productividad en el mantenimiento de su propia organización ecológica y plantea estrategias de ocupación por parte de su alta diversidad de especies, de todos los nichos ecológicos disponibles. Los procesos biológicos muestran en el ecosistema natural, continuidad en el tiempo y el espacio; el agroecosistema, al estar generalmente organizado en monoactividades que se inician e interrumpen en períodos muy acotados, presenta discontinuidad temporal y espacial (Viglizzo, 1989).
Todas las consideraciones precedentes, indican que la conservación de la biodiversidad (y en especial los bosques nativos), debe ser una premisa fundamental al momento de decidir el manejo de las tierras bajo nuestra administración. En el caso particular de la Gran Región Chaqueña Sudamericana (más del 50 % de la misma se encuentra en territorio argentino), debemos conocer que actualmente se considera como una de las áreas con mayor interés global para su conservación, comparándose en estos términos con la Amazonia.
¿Por qué resulta fundamental proteger los bosques nativos?. Los bosques son ecosistemas vitales que involucran beneficios tangibles e intangibles indispensables para la continuidad de la vida sobre el planeta. Los bosques nativos brindan a la sociedad servicios ambientales indispensables para su supervivencia, tales como las regulaciones climática e hídrica, la conservación de la biodiversidad, la fijación de emisiones de gases de efecto invernáculo y la protección del suelo; todo ello además de preservar la identidad cultural y contribuir a la diversificación y belleza del paisaje (Menéndez, 2008).
Sin embargo, a pesar del rol esencial que cumplen los bosques, el ritmo de desmonte y degradación forestal es alarmante. En 2007, el Departamento de Montes de la FAO reportó que existen en el mundo 4.000 millones de hectáreas de bosque, con una pérdida de 7,3 millones de hectáreas por año (alrededor de 20.000 hectáreas por día). Sólo en América Latina y el Caribe, la deforestación anual afectó a 4,7 millones de hectáreas, siendo en este momento la región en situación más crítica según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
En Argentina existen en la actualidad alrededor de 29 millones de hectáreas de bosques nativos; es importante recordar que a principios del siglo XX, esa cifra era de 100 millones de hectáreas. Hoy la nación se encuentra en una verdadera emergencia forestal, perdiendo 1 hectárea de bosque cada 2 minutos. Al respecto, la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable (Dirección de Bosques) de Argentina, indica que la superficie de bosques y montes naturales del país en el año 1935, era de 1.072.600 km2; el mismo organismo reporta que en el año 2000 esa superficie se había reducido a sólo 331.904 km2. La Tabla 3 presenta los valores de deforestación de bosques y montes nativos desde 1935 al 2000, en algunas provincias argentinas (Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable - Dirección de Bosques, 2002).



TABLA 3: TASA DE DEFORESTACIÓN DE BOSQUES

Y MONTES NATIVOS EN PROVINCIAS ARGENTINAS,

DESDE 1935 A 2000 (valores en km2)

(Adaptado de Secret. Ambiente y Desarrollo Sustentable - Dirección

de Bosques, 2002)


Provincia

1935

2000

Jujuy

18.700

9.390

Salta

107.000

71.290

Catamarca

51.500

4.514

Sgo. del Estero

107.000

69.115

Tucumán

19.800

7.930

Formosa

40.000

33.000

Chaco

82.000

51.000

Córdoba

138.000

13.310

La Rioja

78.000

3.220

San Luis

60.000

9.250

Santa Fe

59.000

8.255



Al igual que otras zonas del país, el Gran Chaco (Parque Chaqueño) se encuentra bajo importantes procesos de modificación de sus ecosistemas naturales. Las intervenciones humanas responsables de tales modificaciones son de variada naturaleza, tales como los desmontes sistemáticos, los incendios incontrolados de pastizales, la alteración de los cursos de agua, el sobrepastoreo de los campos naturales, la introducción sin estudio previo de especies vegetales y animales exóticas, la caza furtiva, la planificación de grandes obras de infraestructura sin estudios de impacto ambiental, etc. (F.H. & D., 2005). En la mayoría de los casos, el debilitamiento o reducción del tapiz vegetal natural, es motivado por inadecuadas prácticas de manejo como las antes citadas, que inician procesos erosivo - degradativos del suelo y las especies; también contribuyen a estos efectos, agentes climáticos como las lluvias torrenciales, que en presencia de suelos de relieve pronunciado, horizonte superficial compactado (pié de pezuña), baja tasa de infiltración y alta tasa de escurrimiento, originan progresivamente pérdidas de suelo, vías de drenaje superficial y finalmente cárcavas (Carámbula, 2003).
En el Noroeste Argentino (NOA), las mismas razones que en gran parte del planeta (el continuo incremento de la población mundial y la necesidad de satisfacer la demanda creciente de alimentos y servicios), están ejerciendo una fuerte presión sobre los ecosistemas naturales. Durante el siglo XX, la expansión del área destinada a la actividad agropecuaria a nivel mundial, lo ha sido a expensas de la deforestación de regiones subhúmedas secas y semiáridas (Houghton, 1994). Esto aceleró los procesos de pérdida de biodiversidad y de desertificación, cuando los sistemas productivos no fueron manejados con criterios sustentables (Southworth y Tucker, 2001). La eliminación de la cobertura boscosa a tala rasa, modifica el microclima y altera variables ambientales tales como la temperatura del aire y del suelo, la humedad relativa, el albedo y el balance hídrico, que resultan en modificaciones irreversibles para el ecosistema (Asbjorsen et al., 2004).
La sobreexplotación del Bosque Chaqueño Semiárido Argentino a partir de la década del ’70 como consecuencia de la expansión de la frontera agropecuaria, en función de prácticas de desmonte total con topadoras, ha producido alteraciones irreversibles en el suelo, contribuyendo a un paulatino y progresivo proceso de desertificación. Al respecto, Boletta et al. (2006), mediante la evaluación de imágenes satelitales de LandSat 2 y LandSat 5 durante los últimos 30 años, determinan que el cambio de cobertura del suelo en un área de 1,5 millones de hectáreas del Dpto. Moreno en la Prov. de Sgo. del Estero (Argentina), permite discriminar diferentes manejos del bosque. Cuando el desmonte fue producto de un aprovechamiento moderadamente racional de la vegetación, dejando árboles semilleros, se verificó una buena recuperación de la cobertura forestal a largo plazo. Por el contrario, cuando las superficies desmontadas fueron a tala rasa y el suelo destinado a uso agrícola y posteriormente abandonado por el agotamiento de su capacidad productiva, los terrenos fueron invadidos por un estrato arbustivo (fachinal) denso y carente de valor comercial; en estos casos el bosque no se recuperó.
Actualmente, las prácticas agrícolas que se siguen realizando en la zona, afectan la conservación del bosque. La quema de campos silvopastoriles entre final de invierno y principio de primavera para promover el rebrote de los pastos, coincidiendo con la época más seca del año, reduce la eficiencia de infiltración de las precipitaciones primaverales por el efecto hidrófugo de las cenizas. Boletta et al. (2006) reportan que observaciones “in situ” permitieron verificar erosión edáfica severa en campos sometidos a fuego, por el incremento de la escorrentía debido a la presencia de cenizas sobre el perfil del suelo.
Otra práctica negativa para la sustentabilidad del ecosistema, se presenta a partir de 1992 en gran parte del NOA, en donde la mayoría de los desmontes realizados ignoran las franjas protectoras de bosque nativo que deben quedar cada 300 m, de acuerdo a las reglamentaciones provinciales vigentes. Casas y Mon (1988) comprueban que la temperatura del suelo a 5 cm de profundidad en áreas deforestadas y a 100 m de distancia de la franja protectora, se incrementa entre 6 y 9 ºC respecto del suelo forestado; esto pone en evidencia que cuando se desmonta sin dejar las franjas reglamentarias, se agrava aún más el efecto adverso de las altas temperaturas y de la demanda de agua por parte de la atmósfera (evaporación). Todos estos aspectos deben tenerse en cuenta al momento de decidir el uso de la tierra en regiones con alta probabilidad de degradación como la del Chaco Semiárido del NOA.
En la última década, dentro de los factores que inciden directamente en la modificación de las condiciones ambientales de las diferentes regiones del mundo, desencadenando procesos erosivos o degradativos de diferente magnitud, pero siempre desfavorables al objetivo de la conservación de los recursos naturales, el Calentamiento Global y el Cambio Climático resultante de este, son fundamentales. Por calentamiento global se entiende un aumento en el tiempo, de la temperatura media de la atmósfera terrestre y de los océanos; este fenómeno se ha intensificado en las últimas décadas, como consecuencia de la actividad humana. La actual tendencia hacia el calentamiento provocará la extinción de numerosas especies vegetales y animales en los próximos 100 años, debilitadas ya por la contaminación y la pérdida de habitat. Este daño irreversible determinará además la posibilidad de la destrucción del equilibrio en muchos ecosistemas con la consecuente creación de nuevos ambientes, en general, de menor potencial productivo que los actuales (Barros, 2006).
El daño ambiental aludido es y será consecuencia del cambio climático resultante. Este consiste en la variación de las características del clima: temperatura, humedad, régimen de precipitaciones, vientos, etc. A partir de la década del 80 existen evidencias científicas de que el incremento de las variaciones climáticas del último siglo han sido causadas por acciones antrópicas incontroladas. Lo que va a ocurrir con el clima en los próximos 45 a 60 años ya está decidido: el calentamiento global seguirá pero la tendencia con que pueda suceder en la segunda mitad del siglo XXI, dependerá de la cantidad de gases de “efecto invernáculo” (también llamado “efecto invernadero”) que se emitan a la atmósfera. Estos gases se producen como consecuencia de la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) por la deforestación de bosques y algunos métodos de explotación agrícola, entre otras causas (Barros, 2006).
Al respecto, los registros de la evolución de las concentraciones de los principales gases de efecto invernáculo, son la mayor evidencia de la influencia humana sobre la composición atmosférica. En estudios realizados durante los últimos 1000 años sobre la concentración atmosférica de CO2, CH4 y N2O, se comprueba que luego de permanecer estos valores constantes durante 800 años, comienza un incremento progresivo de los mismos a partir del año 1800, pasando el CO2 de 280 ppm. a 360 ppm. en el año 2000 como consecuencia de la utilización de combustibles fósiles en la generación de energía y transporte y los cambios en el uso del suelo (principalmente la deforestación y el manejo irracional de los ecosistemas de pastizales), el CH4 de 750 ppm. a 1700 ppm. en el año 2000 como consecuencia del proceso de fermentación digestiva de los herbívoros rumiantes, los rellenos sanitarios y la práctica del cultivo de arroz bajo agua o por inundación y el N2O de 270 ppm. a 310 ppm. en el año 2000 como consecuencia del uso masivo de los fertilizantes nitrogenados en la agricultura (Barros, 2004; Serio, 2006) (Figura 14).


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